sábado, 3 de octubre de 2026

PREGUNTA POR LA DOLORES


Escrito en la cara
Dolores Vázquez es el ejemplo de que basta acusar a un inocente para que nos parezca culpable.
Antonio Muñoz Molina, 03.10.2026
https://elpais.com/opinion/2026-10-03/escrito-en-la-cara.html

Basta que a uno lo acusen de algo para que se le ponga cara de culpable. Por eso en las fotos de frente y de perfil de las fichas policiales no hay nadie que parezca inocente. Yo quisiera encontrar ciertas fotos mías de hace 52 años que me tomaron en las dependencias de la Dirección General de Seguridad, en Madrid, al día siguiente de la ejecución de Salvador Puig Antich. A las once de la mañana estaba participando en mi primera manifestación antifranquista en la Ciudad Universitaria y antes de la una ya me habían tomado las huellas dactilares y me estaban tomando fotos de frente y de perfil con un flash que empalidecía más aún y aumentaría la cara de susto y de culpa del retratado. Esa es la cara que me gustaría ver de nuevo, y que no se si andará todavía grapada a un expediente en los subsuelos de un archivo de quién sabe dónde. Cómo sería esa cara de 18 años recién cumplidos, de adolescente que se había empezado a dejar la barba y el pelo largo nada más salir de la vigilancia capilar de su padre, de inocente arrojado a la intemperie y la amplitud de un Madrid más habitable en los sueños de provincia que en la torva realidad de las postrimerías franquistas.

Una vez se le pone a alguien la cara de culpable a ver cómo se la quita. Una persona sola es tan frágil como un insecto cuando se vuelca sobre ella el peso terrible de las instituciones acusadoras del Estado y el no menos amenazante de la condena colectiva. Ya es terrorífico que la policía, los fiscales, los jueces, los funcionarios de la justicia se conjuren para perseguirlo a uno: pero además están los vecinos, los entrañables colegas, los aficionados a gritar palabras infames a las puertas de los juzgados, los criminólogos y psicólogos y hasta astrólogos que en caso necesario certificarán en los platós de televisión la culpabilidad indudable del señalado y alentarán esa impaciencia por que se haga justicia que es difícil de distinguir de la sed de venganza.

Estoy convencido de que, aparte de la anestesia, la presunción de inocencia es una de las mayores conquistas de la civilización. En el mundo más o menos desarrollado la anestesia no se le niega a casi nadie. La presunción de inocencia también ayuda en lo posible a reducir el dolor innecesario, pero cada vez se administra, al menos entre nosotros, con más cicatería, y hasta los que más deberían defenderla prescinden de ella, porque a todo el mundo le gusta sumarse al linchamiento de un culpable. Tereixa Constenla recordaba hace unos días el infierno en que se convirtió de la noche a la mañana la vida de Dolores Vázquez, hace 25 años, cuando la acusaron de asesinar a puñaladas a Rocío Wanninkhof, la hija de la mujer con la que había convivido hasta no mucho tiempo antes. Que la acusación fuera inverosímil, y las pruebas de la inocencia de Vázquez indudables, no fue obstáculo para que los investigadores de la Guardia Civil la señalaran sin vacilación, y para que un juez y un jurado la condenaran a largos años de cárcel por el asesinato.

Era fácil mirar las fotos de Dolores Vázquez y encontrarle cara de culpable. Quien va esposado, rodeado de policías, asediado por una chusma ávida de sensacionalismo y venganza, baja la cabeza y pone una expresión de derrumbe y vergüenza, más aún si es inocente. Revisadas ahora, en el reportaje estremecedor de Constela, las supuestas pruebas de la culpa despiertan la incredulidad, y hasta el miedo. Con investigaciones y expertos así a cualquiera lo pueden condenar por cualquier cosa: Dolores Vázquez parecía “fría y calculadora”; las huellas de los neumáticos de su coche no coincidían con las encontradas en el lugar del crimen, y existía la certeza de que justo esa noche ella estaba cuidando a su madre, pero ni los jueces, los jurados, los periodistas, los aficionados a disfrutar del sufrimiento ajeno, estaban dispuestos a que unos mezquinos pormenores de la realidad malograran la fantasía que entre todos habían levantado. Que la Guardia Civil aportara el testimonio de una vidente nos sume ya no en el desconcierto ni la indignación sino el puro desconsuelo. Quizás a los detenidos las fuerzas del orden deberían leerles las rayas de la mano, además de tomarles las huellas dactilares.

En la cara de Dolores Vázquez lo veían escrito todo: el rencor hacia su antigua amante, la voluntad de castigarla matando a su hija, la saña de las puñaladas, la sangre fría de esconder el cadáver en el coche para tirarlo en otra parte, hasta la ausencia de remordimiento —sin olvidar el morbo añadido de la condición sexual—. Veinticinco años después, Vázquez conserva el aire reservado que tenía entonces, una cara fuerte que resiste bien el paso del tiempo, igual que su fortaleza de espíritu le ha permitido no claudicar a la amargura. Lo que ahora lleva escrito en la mirada es una serena integridad que debería abrumar de vergüenza a quienes pusieron tanto empeño en agredirla, de cerca y de lejos.

La cara de Dolores Vázquez nos impresiona más cuando nos damos cuenta de que su ejemplo no ha servido para que los acusadores vocacionales, las instituciones, los medios, acepten y ejerzan la presunción de inocencia, el sagrado escrúpulo de la búsqueda de la verdad, del respeto a un procedimiento de indagación que debe ejercerse con la discreción y el rigor necesarios para que la tarea de la justicia y la reparación de las víctimas no impliquen el daño y menos aún el castigo anticipado de quien bien puede no tener culpa de nada, incluso cuando las apariencias indiquen lo contrario, cuando parezca que lleva su crimen escrito en la cara. En un país tan sectario como el nuestro, a nadie le cuesta respetar la presunción de inocencia, a condición de que el acusado sea uno de los suyos. En el caso contrario, la sospecha se convierte en seguida en acusación, y el presunto culpable es despojado preventivamente de su dignidad, de su derecho a defenderse, de su trabajo, de su forma de vida.

Hay castigos evidentes, y otros insidiosos, sobre todo en ámbitos profesionales muy viciados. Alguien aparta un instante la mirada, alguien se cruza a otra acera con la cabeza baja. La cobardía y el gregarismo pueden ser tan dañinos como la maldad, y agravarla. Hay un espantoso instinto humano muy anterior a la idea de la justicia, que es el del señalamiento de un miembro de la comunidad que de repente ha de ser excluido, castigado, hasta sacrificado. En La caza, una película de Thomas Vintenberg (en Filmin), que tiene la virtud de devolvernos la limpia emoción inesperada del cine, Mads Mikkelsen interpreta a un maestro de escuela infantil en un pueblo edénico de Suecia, que se ve acusado de abusar de una de las niñas, hija además de su mejor amigo. El grupo fraternal de amigos y vecinos se convierte en una jauría. La autoridad pone en marcha sus protocolos implacables. Una historia de amables costumbres escandinavas, con navidades nevadas y coros de voces blancas, deriva en una película de terror: el terror verdadero y factible, el que uno siente que puede invadir su propia vida e instalarse en los lugares cotidianos, y volver monstruosas las caras de las personas más cercanas. Nosotros, los espectadores de la película, sabemos que ese maestro, Lucas, es inocente, y que su naturalidad jovial en el trato con los niños será precisamente un argumento para quienes se apresuran a considerarlo un criminal depravado. Pero nos haría falta aceptar la duda, la posible sospecha, y sin embargo aceptar siempre la posibilidad humana del error, y reconocerle hasta a quien parece más culpable su derecho a la presunción de inocencia. Cuesta muy poco destruir una vida.

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