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domingo, 30 de agosto de 2026

SUEÑO DE DÍAS VENIDEROS


Mohamed el Morabet quiere sentirse libre
Su afán de perderse entre la multitud le hace huir de la idea del inmigrante que escribe de inmigración.
Elvira Lindo, 30.08.2026

Mohamed el Morabet no quiere sentirse aprisionado por una identidad. Y eso resulta valeroso e insólito en esta era en que las identidades, para bien o para mal, se han convertido en un traje hecho a medida para presentarse ante el público. Mohamed quiere que se le juzgue y se le trate como a un novelista, más simple aún, como a un ser humano. Por eso intuyo que mi mensaje le puso en guardia, dado que se produjo días después de que casi 80.000 personas se lanzaran por tierra o mar desde Marruecos para arribar a la costa de Ceuta; pero como es un hombre considerado y sincero, está dispuesto a charlar sobre todo, literatura, vida, incluso de esa herida abierta que ha convulsionado nuestro país. Siendo un conflicto humanitario y geopolítico que llena mañana, tarde y noche tertulias y diarios, tengo frente a mí a un hombre que, aun no queriendo presentarse como experto, tiene siempre ideas singulares que me hacen pensar. Qué infrecuente es eso, alguien que más que opinar de manera contundente, divaga y acaba dejando a su paso un pensamiento valioso. Camina a mi encuentro esta mañana de agosto desde el Museo del Prado, donde es vigilante de sala, aunque confiesa con ironía que cuando le toca trabajar bajo la penetrante mirada del león de Rosa Bonheur (El Cid) se siente más vigilado que vigilante. Un trabajo alimenticio que ha acabado siendo el refugio que le permite, como a todos los novelistas que a lo largo de la historia han debido compaginar arte y oficio, fantasear con esa novela que está por venir. El Morabet escribe en castellano. No fue una decisión meditada, sino el dejarse llevar por la misma vida que le trajo a Madrid desde Alhucemas a estudiar Ciencias Políticas cuando tenía 19 años. Si hubiera contado con dinero, tal vez se hubiera decantado por París, destino que suelen elegir los marroquíes adinerados. Comenzó a compaginar estudio con mil trabajos, como el de mediador en esos centros de acogida de menores a los que Vox suele mandar sus secuaces para defender la rancia España esencial. El porcentaje de niños extranjeros es mínimo, pero la idea de la invasión migratoria ha cuajado. El joven mediador dejó aquel trabajo porque le frustraba: son necesarios mucho más medios para rescatar a un niño sin familia, pero de la experiencia le queda el recuerdo imborrable de aquellas primeras entrevistas de ingreso en las que un crío, tras muchas preguntas, rompía en sollozos y confesaba haber sufrido abusos. Es algo que conviene recordar: no solo las niñas son vulnerables, lo que ocurre es que los chavales no relacionan la palabra violación con su experiencia.

Conocí al novelista cuando publicó su segunda novela, El invierno de los jilgueros, y fue su estilo, elegante y preciso, lo que llamó mi atención. Le pregunto si nadie le ha pedido que escriba sobre lo que está pasando y me dice que durante un tiempo lo hizo en revistas especializadas, pero su afán de perderse entre la multitud le hace huir de la idea del inmigrante que escribe de inmigración, porque, me pregunta él, ¿qué cabe en esa palabra? “Si te fijas, todo el mundo se refugia en ella. Ni los extremistas de Vox se atreven a decir, queremos expulsar a los pobres, sería impopular expresarlo así, tampoco afirmarían que quieren echar a los negros, ni a los moros incluso, así que lo envuelven todo en ese concepto, inmigración, para nombrar a un enemigo impreciso”. Le digo que me gustaría que tradujera a palabra escrita lo que rumia en esas salas del Prado: “Según lo que leo y escucho en Marruecos, salvo excepciones, es que el país tiene un serio problema de pobreza y echa la culpa a los propios pobres. Según lo que leo y escucho en España, salvo excepciones, es que este país tiene un serio problema de inmigración y echa la culpa a los inmigrantes. Ambos mensajes coinciden en aprovecharse de la desesperación de la pobre gente para salvaguardar conceptos abstractos como estabilidad o seguridad. Es muy triste, pero creo esto volverá a ocurrir”.

domingo, 12 de julio de 2026

SÍ, RESENTIDO, ACÉPTALO

Leo con sumo placer a la siempre preclara Elvira Lindo, esta vez sobre los resentidos, figuras que, estoy seguro de ello, conoces o has conocido alguna. Yo tuve la desgracia, nunca la suerte, de conocer a una de catálogo, tanto como rencorosa y narcisista. Siempre pensé, éste es capaz de desear partirse una pierna si te ve a ti escayolado. 

Elvira Lindo, 12.07.2026

Viendo el pasado mes de mayo la inauguración de la Biblioteca Presidencial de Obama en Chicago con todos los ex presidentes americanos vivos y sus flamantes esposas (célebres se han hecho las carantoñas entre un Bush reconvertido en entrañable abuelito y una siempre exultante Michelle), me dio por pensar en qué sentiría al contemplar estas imágenes ese individuo que no fue invitado y que habita en la Casa Blanca como uno de esos reyes injustos y malcriados de los cuentos. O tal vez estaba en Miami echando humo por su mininariz mientras se desahogaba en un tuit afirmando que el centro no es más que un cubo de basura y que él se elevaría a sí mismo un Centro Trump que contuviera, además, una mole comercial y hasta un aquapark. Y aunque la controvertida mole de Obama ya ha contado con numerosas críticas por su desmesura, nuestro rey iracundo ha puesto a su yerno a recaudar dinero para cuadriplicar el presupuesto y aplacar ese resentimiento que alimenta cualquiera de sus erráticas decisiones políticas. Sintió como el rencor volvía, aquel rencor antiguo de sus inicios de magnate cuando no era admitido por una clase alta neoyorquina que siempre lo consideró un hortera. El resentimiento. Si un experto en emociones, en vez de un analista político, definiera esta época, convertiría el resentimiento en la clave de esta enloquecida situación. Se habla mucho de esa masa amorfa y resentida, que sintiéndose ninguneada vota a la extrema derecha para volcar su desafección, pero poco del resentimiento de quienes lo tienen todo.

El resentido privilegiado lo es desde la cuna. Desde niño encontrará motivos para alimentar esa tara emocional. Comenzará comparándose con su hermano y la clave, más que en sus complejos, la debemos buscar en su soberbia. Siempre considerará que merecía más. Hay resentidos en todos los ámbitos del privilegio. Desde el artista resentido que aun teniendo el Nobel desea el Cervantes, como así le ocurría a Cela, hasta el escritor que vendiendo a puñados se resiente por el poco amor de la crítica, o al revés, el que siendo el preferido de las reseñas quisiera ganar más dinerito. Está el resentido que habiendo gozado del poder en su juventud, y habiéndolos perdido ambos, poder y juventud, no puede evitar denigrar a los que ahora con mayor o menor acierto lo ostentan. Encontramos al resentido que a punto estuvo de alcanzarlo, el poder, y no habiéndolo logrado siente que se lo arrebataron, y aunque su posición sea en sí afortunada, no puede evitar ver el mundo desde aquel pellizco del pasado que lo atormenta. Escribo en masculino, porque el poder suele ser cosa de hombres, pero también las hay resentidas, siempre hay en todo género quien considera que las otras tienen más y que viviendo Cela en una constante comparación no se relaja y desea lo que otras, en su opinión menos merecedoras de su posición, han obtenido. El resentido no disfruta de lo que tiene porque siempre aspira a poseer lo que le arrebató el de al lado. Bezos está resentido. Uno de los hombres más poderosos del mundo se resiente de que a otro oligarca, el simpar Musk, le están favoreciendo en la estúpida carrera espacial. Hay artistas resentidos que gozando de un aplauso bastante unánime se detienen en esa pequeña crítica que apareció en un periódico local. Hay quien teniéndolo todo se resiente por la alegría de los humildes y la desprecia como si fuera poco profunda y elevada.

El resentimiento del que nada en la abundancia no parte de la experiencia, más bien surge de una idea desmesurada de uno mismo y por tanto de lo que merecería. Harta estoy de quien teoriza con la idea de que si a Hitler le hubieran aprobado el dibujo se hubiera evitado el nazismo. Las ideas totalitarias son propias de quien aspira a ser dios, o por ser más exactos, el diablo. El mundo se ha plagado de diablos y aspirantes. No precisaron de un trauma que les alentase, vinieron así de fábrica.

domingo, 28 de junio de 2026

DON'T RUN, YOU'LL SWEAT!

En una boda a la que fui hace unos años, me tocó de vecino de mesa un abogado, más canario que el gofio, al que conocía desde hacía muchos años. Él, recasado en segundas nupcias, había sido padre por segunda vez y el churumbel correteaba por el jardín donde la celebración. ¡No corras más que vas a sudar! le gritaba en inglés al pibe.


Nacidos para triunfar
Los padres de hoy contagian a sus hijos el estrés que provoca la necesidad de ser los mejores.
Elvira Lindo, 28.06.2026

Niños de los sesenta o los setenta, niña de entonces, acuérdate hoy del inicio de las vacaciones. Recuerda que el lejano rumor de los coches de la carretera de Valencia eran un anticipo de las olas del mar. Recuerda la paz que te provocaba un boletín de notas sin mácula. Tus padres no pedían demasiado, solo el salvoconducto para seguir adelante. Para que no se te enfriara demasiado el cerebro, te compraban el cuaderno de vacaciones de la EGB, que más que de refuerzo parecía un libro de crucigramas. Nos estaban ablandando el cerebro, se decía entonces, pero es que habíamos dejado atrás los años cincuenta y la severidad se estaba diluyendo.

Severos seguían siendo los padres de los que conseguíamos zafarnos en cuanto llegábamos al pueblo. Era más fácil practicar la travesura clandestina bajo el autoritarismo paterno, un tanto negligente, que sometido al exceso de sobreprotección. Acuérdate de que cuando pasados unos años, no tantos, te convertiste en madre, una de esas gatas jóvenes que compatibilizaban el juego de los niños con la caña en el chiringuito. Madres y padres jóvenes de los viernes. Hubo algún lío. Ay, la vida secreta de los progenitores. Era el tiempo de las separaciones y tú, en ese campo, como en otros, fuiste precoz; acuérdate de que no querías calcar el código moral de tus padres. Pretendías educar con palabras prestadas de Summerhill, de Montessori, de centros que defendían el derecho a una infancia libre y creativa. La teórica sonaba bien; en la práctica, como suele ocurrir, hacías lo que podías. Amabas sumida en contradicciones. La muchachada no salió mal, a pesar de que teoría y descuido siempre iban de la mano.

Por eso, ahora me pregunto: si venimos de aquella educación relajada, si aquellos niños nuestros son ahora estos padres, ¿cómo llegaron a integrarse tan dócilmente en un sistema que somete a sus hijos a una agenda propia de ejecutivos? Un astuto diablo ha convencido a los progenitores para que desde el nacimiento pavimenten el camino hacia la PAU; alguien les inoculó la certeza de que a una criatura se le ha de dar bien toda materia, de que las tardes son para las extraescolares: unas veces por refuerzo; otras, porque ni el notable ni el excelente les son suficientes. En las familias humildes aún podría entenderse, desean que sus hijos se escapen del círculo de la pobreza, pero son las clases pudientes las que están forzando una competitividad ciega. Los padres vuelven a hablar de notas, ¿no es esto extraordinario? Contagian a los niños el estrés que provoca la necesidad no ya ser buenos, sino de ser los mejores. Quieren que experimenten el éxito desde la casilla de salida.

Un ensayo perspicaz de Santiago Gerchunoff, En la era de los niños cosa. Ensayos contra la crianza como emprendimiento, se refiere entre otras absurdas situaciones al angloparlante del parque infantil: “Hay algo muy turbador en oír a un muchacho de Madrid hablar en inglés a sus hijos, como si lo vieras llevando una máscara”. Recuerda las palabras sobre el exilio de Hanna Arendt: “Hay una diferencia abismal entre tu lengua materna y todas las demás”. Cualquier divertimento debe justificarse como parte de un currículum. Pero esos niños tan adiestrados para no decepcionar llegarán pronto a una adolescencia y frente al espejo se encontrarán con complejos e insatisfacciones que serán aún más evidentes si han sido adiestrados para ser individuos de éxito. Siempre nos quedará el inolvidable consejo de Natalia Ginzburg: hay que enseñar a los hijos no las pequeñas virtudes sino las grandes, “no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y saber”. Recordemos que no le salieron mal sus descendientes, ahí estaba el brillante historiador Carlo Ginzburg, que nos dejó la pasada semana. Yo me remito a un deseo: dejen a los niños jugar entre ellos, inventar sus reglas. Si eso les consuela, en el juego y la indolencia estival estarán recibiendo la lección más decisiva de su infancia.

domingo, 27 de julio de 2025

UN ARIA x UN ARTÍCULO


El verano del genocidio
El actor judío Mandy Patinkin ha conseguido conmover al público con un discurso contra la masacre en Gaza, que envilece a quienes la perpetran y quienes la apoyan.
Elvira Lindo, 27.07.2025
https://elpais.com/opinion/2025-07-27/el-verano-del-genocidio.html

A los artistas se les quiere por eso que nos dan, tan inaprensible, que se integra en nuestra vida como parte de lo que somos porque somos lo que nos conmueve o nos sacude, aunque la palabra conmover tenga enconados enemigos. Farsantes. Mandy Patinkin, artista para todo siempre que sea lo mejor, ha conseguido conmover a varias generaciones. A mis oídos llegó, cómo no, aquel célebre “soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate para morir”, porque La princesa prometida forma parte de la infancia de nuestros hijos, aunque el actor prefiera aquella otra del mítico personaje: “He dedicado tanto tiempo a la tarea de la venganza que ahora que todo ha terminado no sé qué hacer el resto de mi vida”. Puede parecer una reflexión demasiado honda para una película de aventuras, pero si lo dice Patinkin refiriéndose al victimismo revanchista sus palabras cobran peso. También fui de quienes lo disfrutaron en Homeland como jefazo de la CIA, aunque la prueba de fuego del artista se dirimió mucho antes en Broadway, en las tablas sobre las que el superdotado Patinkin hizo historia como protagonista de Sunday in the park with George, de Stephen Sondheim. Es un intérprete prodigioso. Con una voz sobrenatural de contralto este judío de Chicago ha conseguido lo imposible: emocionarnos tanto como Judy Garland con una delicadísima versión de Over the rainbow que paseó por diversos late shows en los que además de narrar las consabidas anécdotas exhibió su arte de intérprete superdotado. Recuerdo a Patinkin entrevistado por Colbert, el cómico cuyo programa ha sido cancelado por las maniobras de un Trump que anda luchando enconadamente contra la inteligencia. Pero es gracias a ellos, a la valentía de los Patinkin, de los Colbert, que los estadounidenses decentes pueden soportar tal grado de ignominia, de burricie, y recordar a su vez que la maestría en el humor, en la música, puede servir como arma de resistencia, ya que suelen al chulo donde más le duele, señalando su condición de individuo ridículo. El poder puede destruir al adversario, pero el cómico que recibe las bofetadas siempre se levanta para reír el último. Es la esencia de su oficio.

Patinkin, el Iñigo Montoya de toda una generación, ha conseguido llegar al público amplio que le admira por una u otra razón con un discurso airado contra este genocidio de Gaza que no solo envilece a quienes lo perpetran sino a los que desde fuera lo apoyan, a los que pudiendo hacer se inhiben por cobardía, que es otra manera de colaborar, incluso diría que a los que cada día vemos espantados las imágenes de los niños que mueren como pajarillos enfermos de hambre también, inevitablemente, nos ensucia este horror porque cabe preguntarse si de verdad nos estamos dando cuenta de que esta es la causa de nuestro tiempo, la que manchará nuestra memoria al no tener la excusa de no haber sabido. ¿Pueden excusarse en la ignorancia los ciudadanos israelíes en estos momentos? Esto no es posible en la era de la hiperconexión. Quien no sabe es porque ha decidido columpiarse en el fanatismo. Es ese envilecimiento voluntario contra el que Patinkin alza la voz. En su condición de judío decide gritar a los cuatro vientos que estos crímenes no se están cometiendo en su nombre. “Pido a los judíos de cualquier parte del mundo”, dice el cómico con rabia, severidad y emoción, “que pasen un tiempo en soledad y se pregunten, ¿es esto aceptable? ¿Cómo puede ser que repitamos algo que se nos hizo a nosotros, a nuestros ancestros, que sin más demos la espalda a aquella infamia y hagamos lo mismo a otras personas? Es algo que difícilmente soportará en un futuro el pueblo judío”. Patinkin maldice a los que matan, a los que callan, a los que colaboran y en cierta medida incluye a la humanidad que escudada en la impotencia contempla un genocidio en directo desde el gozo de un veraneo marcado ya a fuego en el calendario de cada uno de nosotros.
"Turandot", Puccini. *Nessun dorma!