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lunes, 3 de agosto de 2026

Y OTROS CUATRO PARA COMENZAR AGOSTO


El Premio Clarín 2017 fue otorgado a esta novela mayor, una sólida y escalofriante pesadilla futurista en la que el canibalismo es legitimado en gran parte del mundo a causa de un virus que afecta a los animales y resulta mortal para los seres humanos. ¿Qué resto de humanismo puede caber cuando los cuerpos de los muertos son cremados para evitar su consumo? ¿En qué lugar queda el vínculo con el otro si, de verdad, somos lo que comemos? En esta despiadada distopía -tan brutal como sutil, tan alegórica como realista-, Agustina Bazterrica inspira, con el poder explosivo de la ficción, sensaciones y debates de suma actualidad. amazon


La Vieja Nueva Tierra (alemán: Altneuland; hebreo: תֵּל-אָבִיב Tel Aviv, "Tel de la primavera"; yiddish: אַלטנײַלאַנד) es una novela utópica publicada por Theodor Herzl, el fundador del sionismo político, en 1902. Se publicó seis años después del panfleto político de Herzl, Der Judenstaat (El Estado Judío) y amplió la visión de Herzl sobre el retorno de los judíos a la Tierra de Israel, lo que contribuyó a que Altneuland se convirtiera en uno de los textos fundadores del sionismo. Fue traducido al hebreo por Nahum Sokolow como Tel Aviv (Varsovia, 1902), nombre que se adoptó entonces para la ciudad recién fundada. La novela cuenta la historia de Friedrich Löwenberg, un joven intelectual judío vienés que, cansado de la decadencia europea, se une a un aristócrata prusiano americanizado llamado Kingscourt cuando se retiran a una remota isla del Pacífico (se menciona específicamente que forma parte de las Islas Cook, cerca de Rarotonga) en 1902. Al detenerse en Jaffa en su camino hacia el Pacífico, encuentran que Palestina es una tierra atrasada, indigente y escasamente poblada, tal como le pareció a Herzl en su visita de 1898. Löwenberg y Kingscourt pasan los siguientes veinte años en la isla, aislados de la civilización. amazon


En un 2011 no del todo inconcebible, la sociedad ha abrazado la Paridad Mental, una ideología que proclama la igualdad intelectual absoluta y amenaza con redefinir la esencia misma de la inteligencia. Bajo sus nuevos postulados, palabras como listo o tonto se convierten en tabú, y combatir la discriminación de las mentes menos favorecidas pasa a ser el caballo de batalla de una renovada lucha por los derechos civiles. Las universidades censuran las lecturas obligatorias para evitar cualquier sugerencia de superioridad o inferioridad mental, y hasta clásicos como El idiota de Dostoievski se consideran problemáticos solo por lo que parecen insinuar sus títulos.
Pearson Converse, profesora universitaria de Literatura, observa con creciente escepticismo esta tremenda deriva hacia la homogeneidad intelectual y la restricción del lenguaje, y el día que su hijo Darwin es amonestado en el colegio por tachar de «estúpida» la camiseta de un compañero, dice basta. Con una aversión atroz a cualquier tipo de dogma desde que los testigos de Jehová marcaran su infancia, Pearson no está dispuesta a que las nuevas tesis de la Paridad Mental aplasten el espíritu de sus hijos ni el de sus alumnos.
Cuando sus controvertidas decisiones docentes y su empeño por preservar la libertad de pensamiento en un mundo que amenaza con apisonar todas las diferencias la sitúen en el centro de una tormenta ideológica, Pearson se refugiará en su mejor amiga, Emory, con la que puede despacharse a gusto y compartir sus ideas socialmente reprochables sobre el movimiento paritario. O eso cree… Enfrentada a la censura, el ostracismo de sus colegas e incluso a la intervención de los servicios sociales, Pearson deberá encontrar la mejor estrategia para alzar su voz en una sociedad en la que la disidencia y la meritocracia intelectual se castigan como una vieja herejía. amazon


«Odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y sin embargo sigo jugando porque no tengo alternativa. Y ese abismo, esa contradicción entre lo que quiero hacer y lo que de hecho hago, es la esencia de mi vida.» Andre Agassi
Siendo un bebé, le pusieron una raqueta de juguete en la mano. Desde entonces, Agassi no ha hecho otra cosa que golpear pelotas de tenis. Su padre, obsesionado por convertirlo en un astro del deporte, construyó una máquina que disparaba 2500 pelotas al día contra el pequeño Andre. Escrita por el Pulitzer J. R. Moehringer, Open es la semblanza a corazón abierto de Andre Agassi, que en estas memorias se muestra tal como es: un hombre que debió enfrentarse a las presiones de su familia, de la fama, pero que siempre conservó el valor de la amistad y un sentido altruista de la vida. En esta cautivadora autobiografía, Agassi revela, con sentido del humor y ternura, una vida definida por la contradicción entre un destino impuesto y el anhelo por complacer a quienes lo han sacrificado todo por él. amazon

domingo, 26 de julio de 2026

¿DÓNDE COMENZÓ TODO?


El mapa del Holocausto en Viena
Un historiador crea un centro de datos para localizar en el plano de la capital austriaca las últimas viviendas de miles de víctimas del nazismo, y reconstruir sus vidas.
David Granda, 25.07.2026

Cuando preparaba el documental Shoah, Claude Lanzmann se preguntó hasta el tormento por el desenlace del exterminio: “Siempre me han perseguido los últimos momentos de los condenados, los últimos instantes antes de la muerte. ¿Qué significaba esperar desnudo y congelado, entrar a una cámara de gas en Sobibor o Treblinka?”. Cuatro décadas después, el proyecto Memento Wien se hace ahora otra pregunta con la misma obsesión, y la sitúa en el mapa: ¿dónde comenzó todo?

Su responsable, el historiador Wolfgang Schellenbacher, se propuso ubicar en el plano de Viena los nombres de todas las víctimas del Holocausto en esa ciudad. Quiso que se conociera dónde vivían en el momento de su deportación y reconstruir sus historias, en los casos en los que hallara información, con fotografías y documentos oficiales. Se trata de una cartografía exhaustiva de 55.285 nombres y 8.109 edificios —incluidas sedes emblemáticas de la represión nazi, como el cuartel general de la Gestapo— que Schellenbacher ha compilado manualmente.

Memento Wien es una herramienta diseñada para acceder con el móvil mediante geolocalización activa (memento.wien, disponible en inglés y alemán). Mientras paseas por la ciudad, el mapa te guía igual que Google Maps, pero el destino no es un restaurante o una tienda, sino la evocación de las víctimas y del paisaje urbano de entonces, como las sinagogas destruidas durante el pogromo de la Noche de los cristales rotos.

En Europa proliferan diversos trabajos de mapeo de la memoria —archivos históricos con datos de geolocalización— como Joods Monument en Ámsterdam, Mapping the Lives en Berlín y otras ciudades continentales, o MemoMap en Praga, que de inicio plantea: ¿Te preguntas qué ocurrió en tu casa, en tu calle o en tu barrio durante la II Guerra Mundial?

Schellenbacher arrancó su proyecto vienés hace una década, nutriéndose de los archivos del Centro de Documentación de la Resistencia Austriaca (DÖW, en sus siglas en alemán), fundado en 1963 por antiguos miembros de la resistencia durante el Tercer Reich. También exploró archivos belgas y checos.

“El objetivo es poner rostro a las víctimas, crear un archivo vivo que comunique historias individuales ocurridas en nuestro vecindario y que cuentan el destino de la ciudad”, dice Schellenbacher en la sede del DÖW, un edificio barroco en el patio del antiguo Ayuntamiento de Viena. El historiador matiza que Memento Wien no es la versión digital de los Stolpersteine, las placas de latón de 10x10 centímetros que conmemoran a las víctimas de la Alemania nazi en las aceras de sus domicilios. “Nosotros quisimos incluir a todas las víctimas y documentar su última dirección conocida, que en muchos casos no era la misma que la de 1938”.

En los días del Anschluss (la ocupación alemana de Austria en 1938), Viena era una de las mayores metrópolis judías del mundo. Cerca de 200.000 ciudadanos vieneses eran clasificados como judíos según las Leyes de Núremberg, que legalizaban el racismo. Un 10% de la población total. La burocracia nazi empezó entonces una operación logística de desahucio y concentración de los judíos en reubicaciones forzosas. Gran parte de la población fue obligada a mudarse al menos una vez antes de su deportación final.

Uno de los edificios que albergaban los llamados apartamentos de reagrupamiento, antesala de los trenes que llevaban a los campos de exterminio, se encontraba en Adlergasse 4. De esta dirección salieron 55 personas rumbo a los campos. El número 19 de la calle Berggasse, donde Sigmund Freud vivió y pasó consulta durante casi 50 años (hoy un museo), también fue utilizado como vivienda de concentración de judíos. De aquí fueron deportadas 23 personas. Cuatro hermanas de Freud murieron en los campos de concentración nazis.

Junto al Canal del Danubio, Seegasse 9 albergaba la mayor residencia de ancianos de la comunidad judía. Fue el último domicilio de 952 víctimas del Holocausto, según la recopilación de Schellenbacher.


“¡Siempre echaré de menos mi hogar!“, escribió Johanna Weiss cuando tenía 18 años en una foto que regaló a una amiga cuatro días antes de su deportación. El 28 de octubre de 1941 fue conducida con sus padres al gueto de Lodz. Su último domicilio en Viena, Zirkusgasse 10, fue la última residencia de 110 personas antes de ser asesinadas.

No hace falta recorrer la periferia, una calleja apartada o el tradicional barrio judío de Leopoldstadt para encontrar a las víctimas. A Anna Strauss, vecina de la Ópera y el Albertina en Maysedergasse 1, la deportaron con 62 años al gueto de Theresienstadt en 1942 y fue asesinada en Auschwitz dos años después. A la enfermera Freide Beile Ries, de 53 años, la sacaron de su casa en Bösendorferstraße 7, una calle elegante entre el Musikverein y el Ring, para trasladarla directamente a la cámara de gas de Auschwitz.

Hildegard Lustig vivía con su hijo a las puertas de la catedral de San Esteban en Schulerstraße 1. Los deportaron en el transporte número 27 a Sobibor en la primavera del 42. Él resistió un par de meses en el campo de concentración de Majdanek, también en la Polonia ocupada. A ella le obligaron a quitarse la ropa nada más llegar, le confiscaron sus objetos de valor, la raparon y la condujeron desnuda por un pasadizo de 150 metros de largo, junto con otros 950 prisioneros, a la cámara de gas. Así lo atestiguan los documentos recopilados por el DÖW.

La foto de la cantante Herta Maringer es un documento irrepetible. La encontró Schellenbacher en el Archivo Estatal de Bruselas. La artista vienesa se muestra escotada y vestida de marinero, saludando sonriente con la mano en la visera. Había huido a Bélgica tras el Anschluss, como muchos otros judíos austriacos, y allí las autoridades de inmigración eran más relajadas con las fotos exigidas en los documentos de identidad. Esa imagen fue la que vieron luego los agentes que tramitaron su deportación a Auschwitz.

Muy conocida en su época fue la dirección de la Gestapo en el centro de Viena. La policía secreta ocupó un hotel de lujo en Morzinplatz 4, el Metropole. Era más grande que el cuartel general de Berlín y empleaba a 900 agentes. Cada día engullía hasta medio millar de personas para su interrogatorio, tortura y, con frecuencia, deportación a campos de concentración a través de la antigua entrada de reparto del hotel. Los bombardeos aliados lo redujeron a escombros y hoy solo queda un memorial.

Los convoyes se sucedieron hasta octubre de 1942, cuando el gauleiter (líder de zona nazi) Baldur von Schirach declaró Judenfrei (libre de judíos) a Viena en “una contribución a la cultura europea”. Las víctimas habían partido durante años, regularmente, de la estación de ferrocarril a los campos de tránsito, concentración y exterminio del Tercer Reich. ¿En qué momento sospecharon que esas deportaciones conducían a la muerte? “Nunca. Al menos, no en Viena”, deduce Schellenbacher.

El DÖW exhibe una exposición permanente sobre la persecución nazi en Austria. En sus archivos guarda una singular colección sobre la participación austriaca en la Guerra Civil española. Desde 1984 ha recopilado material de referencia (documentos oficiales, fotografías, cartas, artículos periodísticos y textos autobiográficos) de más de 1.400 brigadistas que se movilizaron para luchar contra el fascismo en España.

En su hazaña cinematográfica, testimonio único de los supervivientes del Holocausto, Claude Lanzmann proclamaba que Shoah abolía toda la distancia entre el pasado y el presente. Quien vive en Viena hoy puede saber cuántos de sus antiguos vecinos terminaron en los campos de exterminio.

sábado, 11 de julio de 2026

DESDE LAS PROFUNDIDADES

 
The Idan Raichel Project, *Mi'ma'amakim.

Mi'ma'amakim (Desde las profundidades)

Estrofa 1

Mi'ma'amakim karati brayikh 
Desde las profundidades te llamé, ven a mí. 
Alei drayikh tavi'i b'rakha 
A tus caminos, trae bendición. 
Mime'ona shel sharav v'shel kfor 
Desde una morada de calor abrasador y de escarcha, 
Eilayikh baderekh hakhazara 
Hacia ti, en el camino de regreso.

Estrofa 2

Mi'ma'amakim karati brayikh 
Desde las profundidades te llamé, ven a mí. 
Sheshavt b'enikh et pakhad hayam 
Tú, que en tus ojos cautivaste el miedo al mar. 
Eilayikh baderekh she'at ovada 
Hacia ti, en el camino por el que te pierdes, 
Al pi t'hom k'tsat lifney she'nifdam 
Al borde del abismo, justo antes de que seamos redimidos.

Estribillo

Mi yakhal l'kapeir al layla bli shayna 
¿Quién podría compensar una noche sin dormir? 
Mi yimtsa li dakh d'muta shel ahava 
¿Quién me encontrará un reflejo puro de tu amor? 
Mi yishma et koli koreh lakh ba'shkhuna 
¿Quién oirá mi voz llamándote en el barrio? 
Umi yavi lakh et yadekh b'yadai 
¿Y quién pondrá tu mano en mis manos?

Estrofa 3

Mi'ma'amakim karati brayikh 
Desde las profundidades te llamé, ven a mí. 
Kshe'at nish'eret yafa bein ha'shmarim 
Cuando permaneces hermosa entre los recuerdos (lo que queda). 
Ma'she'at shomra she'at lo m'gala 
Lo que guardas en secreto, lo que no revelas, 
U'b'enayikh rak dma'ot u'khvaim 
Y en tus ojos, solo hay lágrimas y dolor.

(Se repite el estribillo)
Un pequeño detalle musical

A mitad de la canción, se escucha un canto en amárico (el idioma de Etiopía) interpretado por el propio Idan Raichel. Aunque no forma parte de la letra oficial en hebreo, la traducción de ese breve fragmento evoca la espera de la persona amada:

"Mi amor, te espero. Escucho tu voz. Regresa a mí, que mi corazón se llena de ti".

domingo, 5 de julio de 2026

SOBRE EL SIONISMO


El verdadero significado del sionismo
The New York Times, Ari D. Berman, 02.07.2026

En algunas partes de Estados Unidos y Europa, la palabra “sionismo” se ha convertido en poco más que una consigna gritada por bandos opuestos en manifestaciones. Puede ser un término de orgullo o una forma mordaz de expresar la ira y la condena hacia Israel y sus partidarios. Esto ha generado un serio malentendido sobre lo que es y lo que no es el sionismo. El mal uso de la palabra ha simplificado en exceso su complejidad. En la práctica, ha perdido su significado para el público en general.

El sionismo es la creencia de que el pueblo judío tiene derecho a vivir libremente en su patria ancestral, a forjar su futuro, a defender su dignidad, a preservar su civilización y a aportar sus valores y sabiduría a la humanidad. Se entiende que una patria judía es el principal medio para que los judíos construyan una sociedad próspera, con todos sus habitantes —tanto judíos como no judíos—, que manifieste y difunda los valores fundamentales de la Torá: la dignidad humana, la justicia y la compasión. El término precede por décadas al Estado moderno de Israel. Y la historia del origen del sionismo comenzó siglos antes de eso.

En el Génesis se nos cuenta cómo Dios bendijo a Abraham y a sus descendientes con una tierra desde la que serían una bendición para “todas las familias de la tierra”. Esa promesa permaneció en los corazones de los israelitas durante los 400 años de esclavitud en Egipto. Inspiró su regreso a la tierra donde nacieron sus antepasados, así como la fundación de la primera comunidad judía, que creció, bajo el reinado del rey Salomón, hasta convertirse en un centro de comercio, sabiduría y moralidad.

Las expulsiones de los judíos de Israel, primero en la época babilónica y luego en la romana, dieron lugar a un duelo colectivo que se expresa una y otra vez en la liturgia judía. Hasta el día de hoy, los judíos le piden a Dios tres veces al día la bendición de la tierra en la que puedan construir una sociedad. Y en las bendiciones después de las comidas, le dan las gracias a Dios por darnos una tierra “codiciable, buena y amplia” como herencia.

El anhelo por la tierra se tradujo en una presencia judía continua a lo largo de su larga historia bajo gobernantes extranjeros, incluyendo un aumento significativo de las comunidades judías en el siglo XIX. En ese momento, la visión sionista moderna comenzó a echar raíces.

En su influyente texto de 1896 sobre la idea de la autodeterminación judía, Der Judenstaat, Theodor Herzl imaginó un Estado judío que beneficiaría a la humanidad, y escribió: “Todo lo que intentemos allí en nuestro propio beneficio redundará de manera poderosa y beneficiosa en el bien de toda la humanidad”.

A raíz de los pogromos en Rusia y del caso Dreyfus en Francia, Herzl, el fundador del movimiento sionista moderno, creía que el sionismo liberaría a los judíos de las ataduras del miedo físico, así como de la discriminación profesional, social y generacional. Les permitiría crear una sociedad que fuera la máxima expresión de sí mismos y contribuir al mundo de manera más contundente.

Los primeros pensadores sionistas imaginaban a judíos y no judíos conviviendo pacíficamente en un país inclusivo que se rigiera por los más altos principios morales. La misión del sionismo, tal y como la expresó el periodista de principios del siglo XX Ahad Ha’am (un seudónimo), era crear “un Estado judío y no simplemente un Estado de judíos”.

El primer titular del cargo de primer ministro de Israel, David Ben-Gurión, defendió una idea similar, afirmando que el éxito definitivo de Israel vendría determinado “no por sus riquezas ni por su poderío militar, ni por sus habilidades técnicas, sino por su valor moral y sus valores humanos”.

Desde sus inicios, la patria judía se comprometió tanto con la autodeterminación judía como con la plena dignidad y la ciudadanía en igualdad de condiciones de personas de todas las religiones y orígenes. Este compromiso está consagrado en la Declaración de Independencia de Israel de 1948, redactada tras la creación del país por parte de las Naciones Unidas. Al igual que muchos ideales nacionales, se ha visto puesto a prueba por la guerra, el miedo, el extremismo, el fracaso político y las aspiraciones nacionales contrapuestas. La realidad actual no siempre refleja toda la plenitud de la visión de los primeros pensadores sionistas. Y, sin embargo, los retos y contratiempos de un momento concreto no invalidan la promesa subyacente de la idea en sí misma.

Al igual que los ideales democráticos fundacionales de Estados Unidos siguen desenvolviéndose de forma imperfecta, la promesa del sionismo no es algo que se haya completado en su creación, sino un ideal que se va perfeccionando y construyendo generación tras generación. Israel ha avanzado en esa promesa creando una sociedad basada en la libertad, las oportunidades y el Estado de derecho, además de lograr avances revolucionarios en ciencia y medicina que mejoran y salvan vidas en todo el mundo. Creer en el potencial del sionismo es creer en la obligación de seguir construyendo los ideales a los que aspira.

Nada de esto significa que no se puedan criticar las políticas y prácticas de un gobierno israelí. El antisionismo, sin embargo, va mucho más allá y rechaza por completo la idea de la autodeterminación judía. Quienes niegan a los judíos el derecho a un Estado judío, en un mundo que acepta sin problemas los Estados musulmanes y cristianos, están discriminando a los judíos. Es aquí donde el antisionismo se convierte en antisemitismo.

Reducir el sionismo a banderas, eslóganes o epítetos sirve de tapadera a quienes buscan la destrucción de Israel e ignora todo el bien que ha aportado el proyecto sionista. Un hospital universitario israelí en el que trabajan científicos, médicos y enfermeros tanto judíos como no judíos, todos con un mismo objetivo, es una iniciativa sionista. También lo es el sistema judicial de Israel, compuesto por jueces judíos, musulmanes, cristianos y drusos.

Cuando una universidad judía proisraelí, como la mía en Nueva York, forma a psicólogos que restituyen la dignidad, a abogados que protegen a los más vulnerables, a trabajadores sociales que fortalecen a las familias, a dentistas que atienden a comunidades desfavorecidas o a científicos que persiguen descubrimientos revolucionarios —capacitando a estudiantes de todos los orígenes para que aporten sanación, dignidad y oportunidades al mundo—, eso también se inspira en la misión sionista.

Aunque el Estado moderno de Israel se fundó sobre las cenizas del Holocausto y sirvió de cobijo para los refugiados, el sionismo siempre aspiró a ser algo más que una simple respuesta al antisemitismo o un refugio frente a él. Fue un medio para permitir que los judíos vivieran al máximo de su potencial, sin las ataduras de las experiencias restrictivas —y a menudo brutales— de vivir en tierras extranjeras. El sionismo es, por tanto, la respuesta a un anhelo de 3800 años de antigüedad, no solo una respuesta a una crisis moderna.

Visto a través del prisma de su historia y su propósito último, el sionismo se convierte en un marco para el diálogo constructivo y una inspiración renovada. Desde sus orígenes bíblicos hasta hoy, el sionismo ha transmitido una de las ideas más perdurables de la humanidad: que un pueblo, arraigado en sus valores y de vuelta en su patria, puede construir una sociedad que honre la fe, la dignidad, la responsabilidad y la esperanza.

lunes, 29 de junio de 2026

LOS NIÑOS DEL BRASIL


Tras la pista del nazi Mengele en Suiza: unas vacaciones en la nieve y las incógnitas de un archivo secreto
La esposa del apodado ‘Ángel de la Muerte’ alquiló un piso cerca del aeropuerto de Zúrich en 1961 y fue vigilada por la policía, pero la presencia del criminal no llegó a confirmarse. Los servicios de inteligencia suizos abrirán con limitaciones un dosier sobre el caso sellado hasta ahora.
Sara Velert, 29.06.2026

Hay historias que se olvidan y otras que no se dejan enterrar. Como la del horror del nazismo y uno de sus integrantes más abyectos, Josef Mengele. Fue de los nazis destacados que logró huir tras la derrota alemana en la II Guerra Mundial. Se instaló en Argentina en 1949 y murió en 1979 en Brasil. Nunca fue juzgado por sus macabros crímenes. Sobre él hay mucho escrito, pero a veces quedan hilos de los que tirar desde el presente. Uno de ellos está en Suiza, donde el Archivo Nacional custodia un dosier en torno a la incógnita de su posible paso por una localidad de Zúrich en los sesenta que no iba a ver la luz hasta 2071. Recientemente, el Servicio Federal de Inteligencia suizo (NDB) ha cambiado sus criterios a raíz de un recurso y dará acceso con limitaciones a su contenido. Se abre así la puerta para completar un capítulo del papel de Suiza en torno a una contienda mundial en la que no fue atacada, pero que dejó dañada su reputación.

Oficial de las SS y médico en el campo de Auschwitz-Birkenau, en la Polonia ocupada, Mengele seleccionaba a las víctimas que morirían directamente en las cámaras de gas al bajar de los trenes del exterminio. Al apodado Ángel de la Muerte, además, le obsesionaba la supremacía aria y sometió a un sinfín de prisioneros a sádicos experimentos, mutilaciones y todo tipo de torturas. Sobrevivieron pocas de sus víctimas, judíos y gitanos, muchos niños, principalmente gemelos, y personas de talla baja.

Tras ocultarse en Alemania, Mengele escapó a Buenos Aires con papeles falsos a nombre de Helmut Gregor en un barco desde Génova. Allí se sintió seguro durante años. Tanto que se atrevió a regresar a Europa. En 1956 disfrutó de unas cortas vacaciones de esquí en la población suiza de Engelberg con su hijo, Rolf, como atestiguan fotografías publicadas en la revista alemana Bunte fallecido ya Mengele.

Las autoridades suizas aún no daban por buena esa información, pese a las imágenes, cuando a finales de los años noventa parlamentarios suizos como el socialista Jean Ziegler, fallecido este mes, preguntaron a su Gobierno por investigaciones periodísticas que apuntaban a la posibilidad de que también hubiera estado en Suiza en la primavera de 1961. Su segunda esposa, Martha Mengele, viuda de su hermano, alquiló un piso en la localidad de Kloten, cerca del aeropuerto de Zúrich, y fue vigilada unos días por la policía. Se marchó una mañana con un hombre que no llegó a ser identificado.

No se confirmó la presencia de Mengele allí y diversos historiadores lo consideran improbable; desde 1959 existía una orden de detención contra él y la presión internacional sobre la captura de nazis huidos aumentó, lo que le llevó a mudarse a Paraguay primero, y a Brasil después. En 1960, además, el Mosad secuestró en Argentina a Adolf Eichmann, oculto bajo el nombre de Ricardo Clement, juzgado y sentenciado luego a la horca en Jerusalén.

Pero las actas policiales conocidas sobre el episodio de Kloten revelan cuando menos una reacción suiza lenta y envuelta en la burocracia a la hora de afrontar las pesquisas.

Josef Mengele, en una imagen tomada en 1956 en Buenos Aires para expedirle un documento de identidad.Universal History Archive (Universal History Archive/Getty)

Así lo sostiene la historiadora suiza Regula Bochsler, que ultima un libro sobre las llamadas rutas de las ratas, redes utilizadas por los nazis para escapar de la justicia y ocultarse. Del archivo que ahora se desclasificará no espera grandes revelaciones sobre Mengele. “Pero sí espero obtener más información sobre la actuación de las autoridades y, por supuesto, que se sigan investigando el asunto”, afirma en una cafetería de Zúrich.

La historiadora y periodista topó con Mengele casi de casualidad. “Yo buscaba información de otro nazi, Vaclav Hajek, un experto en explosivos”, cuenta. Le seguía la pista para otro libro, publicado en 2022, que trataba sobre una importante empresa química suiza que, al igual que ocurrió en otros países en la posguerra, contrató a personal especializado alemán, entre los que se encontraban antiguos nazis.

Indagando sobre Hajek encontró una notificación de los servicios secretos austriacos sobre la posible presencia de Mengele en Austria, Alemania o Suiza en 1961. En ese contexto, Bochsler pidió ver el dosier del médico nazi en el Archivo Nacional y se le denegó el acceso: “Me pareció escandaloso que no se abriera un archivo sobre un asesino nazi tanto tiempo después”. Los servicios de inteligencia suizos alegaron la protección de fuentes y el posible daño a terceros para mantenerlo secreto hasta 2071.

Aunque Mengele no era el objeto de sus investigaciones, Bochsler pudo consultar después las idas y venidas policiales en el Archivo Estatal de Zúrich, donde constan el intercambio de información con la Fiscalía alemana, la entrega de una fotografía de Mengele a los suizos ―“ni siquiera sabían el aspecto que tenía”― y un seguimiento de Martha Mengele “más bien descuidado y, en parte, amateur”.

El fiscal alemán encargado del caso del médico nazi envió a un periodista a Kloten para vigilar el piso después de que una empleada de una inmobiliaria, supuestamente de origen judío, avisara al consulado alemán de Zúrich de que la mujer de Mengele estaba allí, cuenta Bochsler. Había leído que desde 1959 existía una orden de detención contra el nazi y que se había ofrecido una recompensa por su captura. Poco después, el periodista informó a la policía de que había visto a un hombre en el balcón del piso de Martha Mengele y sospechaba que podría tratarse de su marido. La vigilancia comenzó el 6 de marzo de 1961, tres días después de la denuncia, “porque entre medias había un fin de semana”.

Al día siguiente, los agentes preguntaron en Berna si se podía proceder a una detención. “Al principio se dijo que sí, luego que el caso era complicado y debía someterse al jefe [del servicio]. La autorización por escrito se concedería al día siguiente”. Esa mañana, Martha Mengele, que supuestamente estaba en Suiza porque el hijo del nazi estudiaba allí en un internado, se marchó “en su coche con un hombre” al que no se pudo poner nombre.

Las actas, según la historiadora, muestran también que la mujer, al regresar a Kloten, intentó obtener un permiso de residencia que los suizos le denegaron. Tuvo claro entonces que estaba en el punto de mira de las autoridades, por lo que cualquier posible plan de viaje de Mengele habría quedado descartado, afirma la historiadora. La mujer se marchó a Merano (Italia).


Bochsler sospecha que la mudanza de la mujer y el hijo a Suiza pudo formar parte de un plan para que Mengele los viera en un lugar más seguro que Alemania. “Surge una pregunta muy sencilla: ¿por qué alquilar un piso a 8,4 kilómetros del aeropuerto, en un feo bloque de apartamentos en el que los aviones no dejan de pasar rugiendo por encima de la cabeza?”.

Aunque el dosier del Archivo Nacional no despeje finalmente esas incógnitas, “tiene que ser público y los investigadores tienen que poder hacer su trabajo”, afirma por teléfono desde Berna Gerhard Wettstein, historiador de formación y quien intentó ver el dosier tras conocer que a Bochsler se lo habían denegado. “La verdad histórica tiene que conocerse, si no se da pie a especulaciones”, enfatiza Wettstein, que con un ‘crowdfunding’ cubrió los gasto para recurrir judicialmente el secreto del archivo. Durante el proceso, los servicios de inteligencia decidieron abrirlo con condiciones aún por especificar.

“La historia siempre tiene una carga política, y la relación de Suiza y la II Guerra Mundial también”, dice Wettstein. La llamada Comisión Bergier, instaurada por el Gobierno suizo bajo la presión internacional para la restitución de bienes en cuentas bancarias de judíos asesinados en el Holocausto, analizó entre 1996 y 2002 esa denuncia contra las entidades financieras, la política suiza hacia los refugiados del nazismo, a los que cerró la frontera en 1942, y los negocios de filiales en Alemania o la venta de armas, entre otros aspectos que arrojaron oscuras sombras sobre la Suiza de esa etapa.

El análisis histórico no se ha agotado. Bochsler traza en su nuevo libro la “tela de araña” de colaboradores en la huida de nazis. En Suiza operaban a través de una especie de oficina de emigración en Berna, que colaboraba con la Embajada argentina, la cual concedía visados y proporcionaba fondos para sacar del país a especialistas en armamento, entre los que también hubo antiguos nazis, explica. Eso no habría sido posible sin la ayuda de los suizos, destaca. “Había quienes ayudaban a cambio de dinero, y había funcionarios que, en el momento decisivo, hacían la vista gorda, restaban importancia al asunto o, sencillamente, no se interesaban por él”, afirma.


“Suiza desempeñaba una especie de doble papel. Por un lado, era un país de tránsito para refugiados; y por el otro, albergaba un centro de organización” de esa red. La Argentina de Juan Domingo Perón buscaba expertos para crear su propia industria armamentística, y “desde la denominada oficina de emigración se reclutaba y se sacaba clandestinamente a gente”.

Bochsler estima que varios cientos de alemanes, entre ellos mujeres y niños, emigraron a Argentina pasando por Suiza, y que entre ellos se encontraban algunos criminales de guerra y unas tres docenas de antiguos miembros de las SS, las SA o el partido nazi, aunque cree que hay muchos casos que no se han registrado. Sin embargo, en el caso de Mengele no está claro que la oficina de Berna interviniera.

Suiza, ante estos manejos, “miró hacia otro lado”. “Querían deshacerse de los refugiados, que suponían una carga para las arcas del Estado. Esa fue una de las razones por las que se trató con tanta delicadeza a los traficantes de personas argentinos, ya que se esperaba que Argentina acogiera al mayor número posible”, explica Bochsler.

La mencionada oficina “también coordinaba a los colaboradores que trasladaban a las personas desde Alemania a Italia pasando por Austria”. En los traslados a través de Suiza “colaboraban abogados y traficantes de personas, que sacaban a las personas de forma ilegal por la frontera y les conseguían alojamiento y documentos de identidad para continuar el viaje. El colaborador más importante fue, sin duda, un teniente coronel suizo. Gracias a un llamado acuerdo de caballeros con los argentinos, pudo interrogar a los expertos en armamento que estaban de paso y, de este modo, recabar conocimientos técnicos para el ejército suizo”. La salida de los miembros del partido nazi o de sus familias se realizó desde Ginebra y Roma en avión, o desde Génova en barco. Desde allí huyó también Mengele.

miércoles, 10 de junio de 2026

REHÉN


Eli Sharabi. El hombre que pasó 491 días torturado por terroristas: "Durante mi secuestro comprobé que toda la ayuda humanitaria de la ONU la controla Hamas"
Su calvario lo padeció en los túneles de Gaza. Mientras camina por Madrid recuerda las penurias de su rapto y muestra su preocupación por el creciente antisemitismo en Europa.
Fernando Palmero, 10.06.2026

Como la mayor parte de pogromos que tuvieron lugar en los reinos cristianos durante el medievo o los ejecutados con inusitada violencia en la Europa de los años 30 y 40 del siglo pasado, también el asesinato masivo de judíos del 7 de octubre de 2023 sorprendió con la guardia baja a los ciudadanos israelíes y al mismísimo Gobierno hebreo.

Aquella mañana, en torno a las 6.30 h., Eli Sharabi (Tel Aviv, 1972), que residía en el kibutz Be'eri, a menos de cinco kilómetros de la frontera con Gaza, se preparaba con su esposa y sus dos hijas para celebrar la festividad judía de Simjat Torá. Cuando escuchó disparos y la llegada de los terroristas, apenas le dio tiempo a reaccionar, como al resto de sus vecinos, y se encerró con su familia en la habitación de seguridad que tienen todas las casas en Israel, un país que no ha dejado de estar amenazado desde la proclamación de su independencia en 1948.

"Decenas de terroristas habían entrado en el kibutz e iban casa por casa forzando los refugios, pero el Ejército israelí no aparecía por ninguna parte", explica a Crónica durante su reciente visita a Madrid. Llevaban refugiados unas cuatro horas cuando los asaltantes entraron en su casa. "Los cinco terroristas que irrumpieron en el refugio no estaban solos. Había otros cinco, además de un comandante que ladraba órdenes. Eran operativos profesionales, cuidadosos, sabían exactamente lo que hacían. Me llevaron por la fuerza hasta la puerta principal, con la cabeza inclinada. Cuando consigo levantarla un instante y echar un vistazo, veo mi hermoso kibutz reducido a un paisaje de carnicería. Las casas de nuestros vecinos estaban ardiendo". Atrás quedaron su mujer, Lianne, y sus dos hijas, Noiya, de 16 años, y Yahel, de 13.

Tras golpearlo en la cabeza y las costillas, lo subieron a un vehículo. "La valla del extremo noreste del kibutz estaba completamente abierta. De pie, había un hombre que parecía un jefe de tráfico, dirigiendo los movimientos. A diferencia de los demás, no llevaba la cara cubierta. Tenía un papel. No era un simple terrorista: era un administrador. Dentro de aquella locura asesina había un orden, un plan".

No le falta razón a Sharabi. Existen ya numerosos indicios para pensar que el ataque fue instigado por el régimen islamista de Irán, coordinado por la milicia libanesa de Hezbolá y ejecutado por el grupo terrorista palestino Hamas. Una estrategia preparada al detalle durante meses para provocar la mayor aniquilación de judíos desde el Holocausto: 1.163 asesinados, 4.834 heridos y 251 secuestrados.

Eli Sharabi era uno de estos últimos. Entonces no podía imaginar que tendrían que pasar 491 días antes de recobrar la libertad, pero por el trato que le daban sus secuestradores, supo desde el primer día que no querían asesinarlo, que lo mantendrían con vida para poder intercambiarlo en una tregua de la guerra que acaba de comenzar. Porque aunque aquel 7 de octubre el Ejército israelí tardó en reaccionar, la respuesta impulsada por el Gobierno de Benjamin Netanyahu se acabó convirtiendo en uno de los conflictos más violentos de los que se recuerdan en la región.


Nada más bajar del coche, ya en Gaza, una multitud se abalanzó sobre él. "Empezaron a golpearme la cabeza, a gritar, a maldecirme a intentar arrancarme miembro a miembro. Mi corazón latía con fuerza, tenía la boca seca, apenas podía respirar". Fue su primera experiencia como víctima de un visceral odio antisemita. Y lo vivió como una constante amenaza durante los largos días de su cautiverio. "Nos odiaban sólo por ser unos cerdos judíos y nos trataban con desprecio. En todo ese tiempo, no me encontré a nadie en Gaza que fuese amable o compasivo con nosotros. Por eso, cuando los medios de comunicación hablan de los civiles inocentes, no sé a qué se refieren".

Sharabi estuvo más de 50 días en casas particulares, desde cuyas azoteas se lanzaban obuses y donde vivían familias de civiles, «que colaboraban con los terroristas». A ellas se llegaba a través de la extensa red de túneles que existían bajo toda la Franja. "Cada vez que entrábamos o salíamos de los túneles lo hacíamos por una vivienda, un hospital, una mezquita o una escuela".

HACIA LA OSCURIDAD

En esos primeros días, Sharabi tenía una esperanza y un temor. La esperanza era la de volver a ver con vida a su mujer y a sus hijas. Para ello, se propuso que su único objetivo sería el de sobrevivir, no ponerse nunca en riesgo, ni abandonarse al abatimiento. El temor, que le provocaba pesadillas nocturnas, era el de acabar en el interior de los túneles, que tantas veces había visto por televisión y cuya intensa oscuridad le provocaba un terror que lo paralizaba.

Y allí le condujeron enseguida, con varios rehenes más que habían sido secuestrados en el Festival Nova, celebrado en el desierto del Neguev, a pocos kilómetros de Gaza, donde los terroristas habían asesinado a cientos de jóvenes, violado a numerosas mujeres y secuestrado a decenas de personas. Con sus nuevos compañeros de cautiverio pasó la mayor parte del tiempo antes de su liberación. Ni un solo día sin grilletes, en todo momento encadenados por los pies, para que no pudiesen escapar si el Ejército intentaba salvarlos. Y siempre, con un hambre penetrante.

Primero, disfrutaron de dos comidas al día y algo de té. Luego, sólo de una, acompañada de agua, y no siempre a la misma hora. "Al mirarnos unos a otros, veíamos la delgadez extrema, los rostros demacrados, la carne que se iba consumiendo. Yo sentía cómo mi cuerpo se debilitaba, notaba los mareos, veía cómo el vientre se me hundía hacia dentro. La comida consistía en un pan y medio de pita, seco, por persona, o una bandeja de pasta insípida o de arroz. Además de las raciones de pan, a veces nos daban también una lata de queso o de habas. Preferíamos la pita, porque así podíamos guardar un trozo para la noche, al menos para poder llevarnos algo al estómago antes de dormir y ayudar así a calmar el hambre".

EL CONTROL DE LA AYUDA HUMANITARIA

Y no es que sus captores no tuviesen comida. En más de una ocasión, vieron grandes cajones blancos rebosantes de alimentos. Era la ayuda humanitaria que enviaba la ONU para la población civil. "Durante el tiempo que estuve secuestrado a 50 metros bajo tierra, comprobé que toda la ayuda humanitaria que enviaba la ONU la controlaban los terroristas de Hamas. En los túneles veíamos cada semana cómo llegaban grandes cajas con las siglas de la ONU, de la UNRWA, de Turquía o de Egipto, y ellos la controlaban. Primero la repartían entre su propia gente, y sólo después, la que sobraba, la distribuían entre los civiles".

A veces, aunque les resultase "degradante", pedían comida a los terroristas que los custodiaban. Y la respuesta era la misma: "Os daremos una pita, sólo si recitáis estos versículos del Corán o si decís que creéis en Mahoma. Y si abrazáis el islam, os daremos una rodaja de fruta".

Las condiciones de vida eran por completo humillantes. Sin poder lavarse durante meses, sin poder cambiarse de ropa, descalzos, durmiendo cuatro personas en un reducido espacio sobre colchones malolientes, a veces entre gusanos e insectos. Cada cierto tiempo les hacían desnudarse y les registraban por todo el cuerpo. Debían ir juntos al baño y pedir antes permiso para ir a un baño en condiciones de salubridad repugnantes. "En el último túnel, poco antes de nuestra liberación, directamente tuvimos que cavar un agujero en el suelo para utilizarlo de retrete".

A veces conversaban con sus captores. "Sobre fútbol, sobre comidas que teníamos en común, sobre cómo se vivía en Israel... pero todas las conversaciones, independientemente de cómo hubieran empezado, acaban derivando hacia lo mismo: en un futuro cercano acabaremos nuestro trabajo de asesinar a todos los judíos y destruir Israel. Y no se quedaban ahí, su sueño es extender el islam en el mundo entero". Sin embargo, explica Sharabi, "nos extrañó que durante las elecciones de EEUU quisieran que ganase Trump. Y no les faltaba razón. Estaban cansados de Biden y al fin y al cabo, gracias a la intervención de Trump se pudo llegar a un acuerdo de paz y a nuestra liberación".

LA LIBERTAD

Sobre sus captores tiene una idea bastante clara: "Eran personas muy fanatizadas, especialmente los jóvenes, aunque en realidad eligieron ser terroristas por razones económicas. Saben que en Gaza todo está controlado por Hamas, que son los únicos que tienen dinero y poder. Por eso deciden unirse a ellos".

Pocos días antes de su liberación, el 8 de febrero de 2025, fruto de un acuerdo de intercambio de prisioneros, Sharabi pudo conocer el sistema de producción de propaganda de los terroristas palestinos. "Es un espectáculo milimétricamente coreografiado: cómo bajar del coche, cómo caminar hasta el escenario, subir los escalones, qué decir, qué dirán ellos, cómo saludar, cuándo sonreír... A mí me volvieron a preguntar por Netanyahu y me indicaron que dijese que prefiere matar bebés en Gaza antes que liberar a los rehenes. Da igual. Nada de esto importaba ya. Yo sólo tenía un objetivo: hacer y decir lo que hiciera falta para sobrevivir y volver a casa".

Sobrevivió, pero no regresó ya nunca más a casa, a su kibutz. La primera noticia que le dieron fue que su mujer, sus dos hijas y su hermano habían sido asesinados.


Sharabi ha estado unos días en Madrid para presentar la versión en español de su libro Rehén (publicado por Nagrela Ediciones). Es el primero de los 166 secuestrados el 7 de octubre de 2023 que quedaron con vida que se ha decidido a contar por escrito su experiencia. En la gira de promoción de su obra se ha dado cuenta de que en Europa se sabe realmente muy poco de lo que supuso aquel pogromo de Hamas. Y se muestra alarmado por el resurgimiento del antisemitismo. "En realidad, los antisemitas siempre han estado ahí de manera latente, sólo han necesitado la excusa de la guerra para manifestarse abiertamente".

jueves, 4 de junio de 2026

ZOMBIS


Etgar Keret, escritor: “Si la vida es una película, Israel es hoy una de zombis”
El narrador mira a la cotidianidad con humor negro y surrealismo en la colección de relatos ‘El blues del fin del mundo’. El ataque de Hamás en 2023 retrasó su publicación.
Antonio Pita, Tel Aviv, 02.06.2026

El escritor Etgar Keret (Ramat Gan, Israel, 58 años) tenía previsto enviar a la editorial el 8 de octubre de 2023 su noveno libro de relatos breves. Había escogido la fecha al azar: produce uno cada siete años más o menos y se marca un tope para entregarlo. Dos días antes, trasladó a su esposa, Shira Geffen —la guionista y cineasta que escribió la película Medusas, dirigida por Keret y galardonada en Cannes—, la sensación de que le había quedado demasiado oscura, a causa de los acontecimientos personales y políticos que le habían marcado en los años previos: el fallecimiento de su madre, la pandemia del coronavirus, una hernia discal, el regreso al poder de Benjamín Netanyahu con el Gobierno más derechista de la historia del país… Su mujer le recomendó releerlo tranquilamente al día siguiente y, si se quedaba con la misma sensación, pedir una prórroga a la editorial.

Horas más tarde, Hamás lanzó por sorpresa su ataque masivo (casi 1.200 muertos y más de 250 rehenes) y el tono del libro se convirtió en la última preocupación de Keret. Tres meses más tarde, le preguntaron en un encuentro si estaba trabajando en un nuevo libro y se acordó del borrador. Con tantos reservistas movilizados en el país para la invasión de Gaza, la editorial tampoco podía publicarlo. Finalmente, Keret añadió dos relatos y nació el libro que la editorial Siruela publica ahora en español con el título El blues del fin del mundo.

“Aquel día, le dije a mi esposa que el libro no era para el público porque el mundo no es tan malo como el que yo contaba. Hoy el público lo entiende. Es como un ascensor entre dos pisos. La realidad ha descendido al nivel del libro”, cuenta en una entrevista con este periódico en su casa de Tel Aviv.

Como a menudo en el universo de Keret, los relatos de El blues del fin del mundo mezclan situaciones cotidianas con surrealismo. Un concursante alimenta con un ojo un nido de hormigas rojas. Un hombre personaje se dirige a un encuentro sexual casual y acaba en un minyán (los diez varones judíos mayores de edad necesarios para cumplir determinados rituales). En Ramat Gan, localidad junto a Tel Aviv en la que nació el escritor, los dos últimos humanos hacen visitas turísticas guiadas a los alienígenas.


En su prosa, considerada una de las más originales en lengua hebrea de la actualidad, bastantes historias podrían desarrollarse en cualquier lugar del mundo, con referencias contemporáneas globales como las aplicaciones Spotify o Tinder. A veces, brotan, sin embargo, detalles —o guiños bíblicos o a la jerga israelí— que las enmarcan en su realidad geográfica. Entre las escasas referencias políticas explícitas en El blues del fin del mundo está el relato Perro por perro, una metáfora sobre el ciclo de venganza que alimenta el conflicto de Oriente Próximo.

Keret deja la política para su newsletter, sus columnas (reproducidas en este periódico) o la calle, donde se ha manifestado contra el Gobierno de Netanyahu. Tras el ataque de Hamás, ayudó a llevar libros a soldados israelíes en el frente. Meses más tarde, participó en vigilias silenciosas sujetando fotos de niños palestinos que ese mismo ejército mató en bombardeos. “Era una forma de no permitir que la gente lo negase u olvidase”, explica.

La palabra tabú en Israel (genocidio), sin embargo, le hace enfadar. En una entrevista previa, Keret aseguró: “Cuando dices que Israel está cometiendo un genocidio, significa que no quieres mantener ninguna conversación”. Preguntado por aquella afirmación, se irrita: está harto, dice, que la palabra siempre acabe saliendo en las entrevistas. “Mi crítica a mi país o al ejército y la destrucción en Gaza es mía. Si vienen de EL PAÍS a hacer una encuesta, digo: ‘Coged a alguien que no sea un creador, que no tenga imaginación’. Hay muchos de esos fuera [de Israel]”.

Luego reflexiona al respecto con más calma: “Hay X personas que dicen: ‘Es genocidio’ y X que dicen ‘No lo es’. Es una reducción, casi como de qué equipo de fútbol eres”. Keret, hijo de supervivientes del Holocausto, se queja de que lo critiquen o amenacen en Israel por admitir que su ejército comete crímenes de guerra y, al mismo tiempo, lo presionen en el extranjero a posicionarse sobre si ha cometido genocidio. “No tengo ganas de entrar en ese juego […] El hecho de que Israel haya hecho cosas horribles, y que deben ser juzgadas, es una cosa, pero el intento de decir que lo que todos hemos visto tiene un único nombre… no es mi discurso”, señala.

Lo expresa por mensajes de audio de WhatsApp porque su torrente verbal es tal que la entrevista presencial empieza antes de la primera pregunta y termina con varias pendientes. Enlaza anécdotas, símiles, chistes y juegos de palabras; y traslada su carácter excéntrico a los hechos (insiste en posar para el fotógrafo junto a su conejo) y a las palabras: “Tú me haces una pregunta y yo puedo responderla, responder otra cosa, levantarme y darte un puñetazo o darte un beso con lengua y decirte: ‘No eres realmente heterosexual”.

El humor que impregna su obra y su discurso es, dice, una “manera de mantener la dignidad en un mundo donde te la han quitado”. “Siempre está ahí porque la vida es una experiencia humillante de principio a fin. Sales [del vientre materno] llorando y alguien te susurra al oído: ‘¿Sabes cómo va a terminar? Morirás con dolor y antes de eso todas las personas que amas te abandonarán o sufrirán o simplemente se callarán. Va a ser una mierda”.

Otro símil, este cinematográfico. “Si la vida es una película, vivir en Israel hoy es vivir en una película de zombis”.

―¿Por qué?

―Porque cuando te encuentras con un zombi por la calle, alguien o algo le ha vuelto un zombi […] La gente, desde el dolor, desde mundos que se han venido abajo, dice algo que no son ellos mismos para no romperse en pedazos en el suelo. La gente que encuentro en la calle elogia pensamientos que no salieron de sus entrañas. Se han instalado en el vacío que queda allí después del shock, el trauma, el miedo. Es un espectro de emociones que no hace ningún bien al ser humano. Es el laboratorio de una criatura de mierda”, lamenta. “En un país fascista, hay orden, método y algo que lleva a alguna parte. Lo que tenemos aquí es una especie de caos animal, real, teñido de megalomanía y pensamientos mesiánicos”.

miércoles, 15 de abril de 2026

LA SHOÁ


¿Cómo pudo ocurrir? La cuestión fundamental que sigue obsesionando a Alemania
Veteranos historiadores como Winkler, Aly o Longerich abordan en sus nuevos libros “la pregunta de todas las preguntas, acerca del carácter evitable de la dictadura nacionalsocialista”.
Marc Bassets, 15.04.2026

Es la pregunta. ¿Cómo pudo ocurrir? Los historiadores alemanes, como el capitán Ahab con la ballena blanca, siguen persiguiéndola obsesivamente. Más de 80 años después del fin del nazismo, no acaban de dar con la respuesta definitiva ni completa.

“Cualquier respuesta a la pregunta sobre por qué sucedió así está sometida al examen de las fuentes”, responde con escrúpulo científico Heinrich August Winkler, patriarca de la historiografía alemana. “Si aparecen nuevas fuentes y conocimientos que conduzcan a nuevos resultados, entonces la respuesta deberá completarse y, si es necesario, corregirse”.

Winkler ha publicado recientemente unas memorias tituladas, precisamente, Warum es so gekommen ist (Por qué sucedió así), donde aborda su trayectoria como intelectual, y también la cuestión fundamental, “la pregunta de todas las preguntas desde mis años de estudiante”. “Es la pregunta”, aclara, “acerca del carácter evitable de la mayor catástrofe de la historia alemana, la dictadura del nacionalsocialismo”.

Otro veterano historiador, Götz Aly, ha publicado otro volumen de título similar, Wie konnte das geschehen (¿Cómo pudo ocurrir?), cuya traducción española la editorial Taurus prevé publicar en la primavera de 2027. Ambas novedades coinciden en las librerías con otro extenso estudio de Peter Longerich, biógrafo de Himmler, Goebbels y Hitler, titulado Unwillige Volksgenossen (Compatriotas reticentes). Longerich se formula la misma pregunta, pero halla una respuesta opuesta: los alemanes fueron ampliamente escépticos ante el régimen hitleriano y su ideología, y solo la represión, la propaganda y el oportunismo explicarían la masiva adhesión.

“Sin democracia no habría habido Hitler”, señala Götz Aly en su oficina en Berlín, y la afirmación, en un primer momento, descoloca al interlocutor. Un ventanal da al edificio de arquitectura fascista que albergó el ministerio de Propaganda de Joseph Goebbels; hoy es la sede del ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. En la época imperial, anterior a la República de Weimar, o en un sistema autoritario, según este argumento, difícilmente un emprendedor de la política como Hitler, venido de abajo y sin conexiones, habría podido fundar con éxito un movimiento como el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP). Difícilmente habría podido conquistar el poder. ”Con el káiser, no habría habido Hitler”, dice. “La democracia fue la condición previa”.


Aly menciona otras “condiciones previas” que explican el ascenso del nazismo. Una el baby boom entre 1900 y 1915, “el mayor crecimiento de población en la historia de Alemania”, gracias a los progresos de la higiene y la medicina. En 1933, cuando los nazis toman el poder, Joseph Goebbels tiene 35 años; Reinhard Heydrich, 28; Albert Speer, 27; Adolf Eichmann, 26; Heinrich Himmler, 32. “Era un partido joven y una dictadura joven”, resume.

Por su juventud, la generación nacida entre 1900 y 1915 sale bastante indemne de la Gran Guerra, mientras que los padres mueren o quedan heridos y traumatizados. “Muchos sentían que el NSDAP les había educado”, se lee en el libro. “La mayoría de jóvenes, a izquierda y derecha, querían utopía en vez de pragmatismo, acción decidida y sin reservas en vez de compromisos tortuosos y complicados por medio de procedimientos democráticos”.

Otra “condición previa”, según Aly, es la democratización de la educación. “Todos querían ir hacia adelante”, explica, en referencia a esta juventud sobreabundante, mejor preparada que nunca otra antes y que emigra del campo a la ciudad y asciende socialmente. Pero la crisis económica del 1929 frena el ascenso, y aparece la envidia hacia el conciudadano judío, señalado por los nazis como competidor.

El historiador añade que los museos, películas y memoriales han tendido a fijarse en los perpetradores directos, como una banda de criminales en la cúpula del régimen, o bien en las víctimas, para identificarse con ellas. Pero suele soslayarse el resto, “los millones de simpatizantes activos y pasivos, de indiferentes, de seguidores intercambiables y de centenares de miles de ejecutores activos en las mesas de trabajo, en la logística, en la Administración y en los lugares del exterminio de masas”.


La sociedad alemana es el objeto de estudio de Peter Longerich en Compatriotas reticentes, donde analiza miles de documentos en los que el NSDAP y las administraciones gubernamentales tomaban el pulso de la opinión pública. Los informes recogen quejas por motivos variopintos, desde las condiciones laborales al miedo a la guerra.

“La política de exterminio racista del régimen encuentra mayoritariamente reacciones negativas entre la población”, escribe Longerich. En sus memorias, Winkler evoca su infancia en una familia conservadora pero no nazi, y recuerda que tras la guerra su abuela le contaba: “Vimos que cada vez había menos personas en la calle con la estrella judía, y sospechamos que les había ocurrido algo espantoso”. Según Longerich, “no puede hablarse de una nazificación generalizada de la sociedad alemana”.

Aly cree erróneo deducir de los informes que el desapego fue mayoritario, y dice que más bien servían al régimen para reaccionar preventivamente ante posibles focos de descontento. Pone el ejemplo del aumento de las pensiones en un 15% en 1941, año decisivo en la II Guerra Mundial. “La medida”, apunta, “no la financiaba la población activa, sino los trabajadores esclavos”. Se trataba de calmar la inquietud entre los jubilados, que habían vivido la guerra anterior y no querían más guerras. El mensaje era: Hitler se ocupaba de ellos. Funcionaba.

“La verdad es que el NSDAP tenía más de ocho millones de miembros, con una media de edad de 34 años, y 18 millones de soldados alemanes estuvieron en la Wehrmacht”, dice Aly. “Esto significa que quienes, como yo, nacimos en 1947, en un 95% de nosotros tuvimos un padre que estuvo en Rusia o en otro lugar, y vio crímenes de guerra, como mínimo, si es que no participó en ellos, o no hizo nada en contra”. Los nazis “encontraron su base en el centro de la sociedad”.

Cualquier alemán puede comprobarlo en el buscador que desde hace unos días el semanario Die Zeit ofrece en su página web. Permite averiguar si un antepasado militó en el partido nazi y para muchos ha supuesto una desagradable sorpresa. “Me siento traicionada por mi padre. Cuando hablada de los años del nazismo, siempre parecía que él hubiese sido víctima”, cuenta Margrit Braig-Kienzle, uno de los testimonios que Die Zeit ha recogido entre quienes han descubierto, gracias al buscador, que sus padres o abuelos tenían el carné del NSDAP.

A los libros de Aly, Longerich y Winkler, se suma otra novedad: Schreiben in finsteren Zeiten (Escribir en tiempos sombríos), de Helmuth Kiesel, una historia de la literatura en alemán durante los años de Hitler en el poder.

“Los 12 años que siguieron a 1933 y que estuvieron bajo el signo de la cruz gamada, representaron para los autores tal carga de exigencias políticas, presiones y penurias, que la preservación de las cualidades literarias y el desarrollo de las formas narrativas, dramáticas y líricas se vieron considerablemente dificultadas”, escribe Kiesel, profesor emérito en Heidelberg. La gran literatura de la época fue la del exilio, más la de los Thomas Mann o Bertolt Brecht. “Una dictadura no produce buena literatura. La frena y la impide”, comenta en un correo electrónico el editor y ensayista Thomas Sparr, que ha reseñado el libro de Kiesel en la revista Volltext.

Kiesel describe, al final de más de mil páginas, como en la posguerra y hasta hoy, el nazismo es recurrente. El tema. “No era posible escapar del círculo de influencia de aquello que Thomas Mann llamó el breve y sombrío episodio histórico que lleva el nombre Hitler”, afirma. “Si realmente fue una episodio, lo fue con convulsiones culturales, sociales y de la conciencia histórica de una fuerza tan estremecedora que la reflexión histórica, política y ética necesariamente regresa una y otra vez a esta ruptura de la civilización y a las condiciones que la hicieron posible”.

Es el pasado que nunca pasa y la pregunta sin respuesta final, aunque se extingan los contemporáneos, resuena una extrema derecha, y planee un olvido imposible. “Poner un punto final a la catástrofe de los años 1933 a 1945 significaría querer reprimir el capítulo más oscuro de la historia alemana. Las consecuencias serían catastróficas”, avisa Heinrich August Winkler en un correo electrónico. “La disposición a afrontar de manera autocrítica con la historia alemana forma parte de nuestra identidad. Que esto continúe siendo así es, para la República Federal de Alemania, un imperativo categórico”.

domingo, 22 de marzo de 2026

FELIZ DOMINGO


Hola de nuevo. Escucho a Mina mientras cierro el periódico después de haberme empapado las noticias del mundo, que siguen siendo terribles y desesperanzadoras, los artículos domingueros siempre a la altura, la enésima crítica de Boyero a la última película de Almodóvar -la misma que espero ver hoy o mañana- e incluso algunas críticas a las sandeces de Ramón García y sus loas a la tauromaquia infantilizada. Mis amigos comparten fotos de lo bonitas que se han quedado las islas tras Theresa mientras yo preparo la agenda de la semana que viene, aviones incluidos, para encajar como en el tetris lo que necesito ultimar; algunos mensajes enviados que esperan respuesta con lo que podré completar el timetable.

Vimos anoche la película polaco-canadiense  "La promesa de Irene", muy buena, muy emotiva, muy esperanzadora... muy dura. Las primeras imágenes donde nos muestran el "poder" de los nazis son realmente terribles. Una historia real de una jovencísima polaca que escondió a un grupo de judíos en el sótano de su casa, a la par la de un comandante nazi. Dentro del horror llegas a verle hasta un poco de humor al asunto. Yo me emocioné, por supuesto, con lágrimas incluidas. A la protagonista, Irena Gut, la nombraron "Justa de las Naciones", un reconocimiento que hace el pueblo de Israel a los no judíos que salvaron vidas durante el Holocausto, como así hicieron con Oskar Schindler, uno de los poquísimos nazis con este reconocimiento. Ya habré contado que en mi viaje a Jerusalén tuve la ocasión emocionante de estar frente a la tumba de este héroe.


Poco más que compartir hoy con ustedes vosotros, salvo que sigo sin respuesta mis mensajes y, por tanto, sin cerrar la semana que viene, qué se le va a hacer. Por lo pronto sé es seguro que antes de volar tendré la oportunidad de seguir yendo al gimnasio a las 7 como cada mañana, alimentando desde mi cinta de correr las líneas paralelas que tendré frente al ventanal.
Es temprano aún, mediodía, una buena hora para seguir escuchando música -ahora mismo "Planet Gold" de Sofiane Pamart, maravilloso- e imbuirme en la lectura de los dos últimos libros con los que estoy ahora: "Será por dinero", de Aitor Marín, y "El tiempo que me queda", de Irene Afonso Domínguez.
Los dejo con sus cosas, feliz domingo.
Mina, *Una zebra a pois.