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lunes, 19 de octubre de 2026

COMO LUTHER KING


Bastaría con querer hacerlo
Creo que todos sabemos cuándo estamos comportándonos mal, solo que a los miserables eso les da lo mismo.
Rosa Montero, 18.10.2026

Desde luego no ha sido la primera vez que sucede algo así, ni, por desgracia, era inesperado, pero el rechazo de los decretos de vivienda ha vuelto a dejarme anonadada. Se ve que las fuerzas políticas de nuestro país son incapaces de colaborar en causas esenciales, tan esenciales, en fin, que van mucho más allá de los valores partidistas y son transversales, afectando a toda la sociedad, sea cual sea su ideología. No digo que los decretos fueran perfectos ni suficientes. Todo es susceptible de mejora. Pero usar la catástrofe habitacional para arreciar en el pimpampum electoralista y politiquero me parece deprimente (además de que deben de estar sordos y miopes, dada la indignación que arde en las calles).

La realidad es siempre compleja, molesta, tenaz e irreductible. No se adapta a nuestra voluntad ni a las ideologías. El caos inmobiliario es poliédrico y de muy difícil solución, y empeora por el hecho de que está todo pringado de demagogia. Tomemos, por ejemplo, el tema de la ocupación. El problema no es ni muchísimo menos tan grave como trompetean las desfachatadas empresas antiokupas, pero desde luego existe y es peor de lo que sostiene cierta izquierda negacionista. Un familiar muy cercano mío lo ha sufrido, sin ir más lejos; unos indeseables entraron en su único piso en propiedad en el breve tiempo que medió entre dos inquilinos, aunque por fortuna pudo echarlos. Porque además no todos los okupas son familias maravillosas aplastadas por el sistema: también hay canallas. Lo mismo que entre los inquilinos: hay sinvergüenzas a los que hay que desahuciar. En realidad, tampoco creo que haya que hablar sólo de los derechos de los pequeños propietarios y demonizar a todas las empresas; cuando sucedió la insensata tragedia de Maricarmen, un buen amigo me contó el caso de una prima anciana suya que vivía en Madrid en un piso alquilado por sus padres en los años treinta y que ella mantenía con una renta prehistórica. El edificio fue adquirido el año pasado por una inmobiliaria que, tras proporcionar a la mujer otro piso semejante en el mismo barrio (Lavapiés), se ha comprometido a alojarla gratis hasta el fin de sus días. Así que la cuestión no es ser una empresa o un particular. La cuestión es tener principios éticos o ser un tipo mezquino. Creo que todos sabemos cuándo estamos comportándonos mal, solo que a los miserables eso les da lo mismo. Diré por último que hay gente pobre malvada y gente rica estupenda, una obviedad tan rematadamente obvia que avergüenza escribirla, pero es que a veces me parece que vivo en un mundo que algunos se empeñan en ver como de Disney, plano y tópico, cuando, como digo, la realidad es pertinaz y maliciosa e insiste en emborronar los paisajes impecables que nuestros prejuicios han dibujado.

A todo este lío hay que añadir que la justicia nunca puede ser justa del todo. Aunque los legisladores intenten crear una ley lo más favorable posible para la mayoría de las personas, siempre habrá alguien que saldrá perdiendo. Así que, en democracia, resulta inevitable tener que elegir un mal menor, y esa elección sin duda está tamizada por nuestra manera de ver el mundo. Tomemos por ejemplo el sistema penal, que puede ser más o menos garantista, es decir, puede enfatizar la presunción de inocencia del acusado y sus posibilidades de defensa, o bien ser más restrictivo y punitivo. Porque desde luego es imposible conseguir un funcionamiento por completo perfecto; siempre habrá culpables que logren salvarse del castigo e inocentes condenados de manera injusta. Personalmente, ¿qué te preocupa más a ti? ¿Qué te parece más angustioso? Ambos errores son terribles, pero creo que, sin que estemos hablando de un coladero, yo prefiero la vertiente más garantista; me perturba más destruirle la vida a un inocente que el hecho de que un culpable quede suelto. Pues bien, sucede lo mismo en el ámbito inmobiliario. Prefiero que las personas de bien que tienen todo el derecho de desalojar a un sinvergüenza deban cumplimentar algún trámite engorroso, a que inquilinos en estado de extrema vulnerabilidad como Maricarmen puedan ser echados a la calle fácilmente. Son, ya digo, maneras de ver la realidad. Y, por otra parte, las leyes no están escritas en piedra; se prueban, se reforman y se pueden cambiar si no funcionan. A veces tengo un sueño, como Luther King. Sueño que sería fácil entendernos, y que bastaría con querer hacerlo.