sábado, 3 de agosto de 2024
JARA Y SEDAL
martes, 28 de marzo de 2023
SWARM
Escribí este relato corto, "Jara y sedal", hace casi 15 años y hoy sigue siendo actualidad, nos cargamos el planeta. Estoy empezando a ver una serie en Movistar +, "El Quinto Día" -The Swarm/ Der Schwarm-, catastrófica, donde nos muestra como el mar se rebela, por fin, contra los humanos. Entretenida y dura, con unas imágenes del fondo marino fantásticas, sobre todo de ballenas. Sólo están los 3 primeros capítulos, habrá que seguir esperando otra semana más.
lunes, 11 de julio de 2022
EN MODO OFF 2
sábado, 9 de julio de 2022
ANTARTIDA (EN MODO OFF 1)
domingo, 9 de enero de 2022
¡DESPUÉS HABLAMOS!
Todo empezó hace ya más de treinta años, o debería decir acabó. Una tarde de otoño se acercó a mi casa, como solía hacer cada día, aunque en esa ocasión yo esperaba en la puerta con una pregunta ¿qué toca hoy, quedarte conmigo o dejarme? Los últimos meses había utilizado todas las disculpas posibles: se me fue el santo al cielo, me crucé con un accidente en la autopista, el Jeep se quedó sin gasolina, mi abuela enfermó, y hasta un cólico nefrítico. Acabadas las disculpas esa tarde tocaba dejarme y así fue. Después de aquello, mis ojos, de color azul pelirrojo, se oscurecieron de tanto llorar, pero hasta las lágrimas se secan.
Unos meses después decidí tomarme unas pequeñas vacaciones a modo de catarsis y compré un vuelo a Nueva York. Dos semanas en Manhattan, pura desconexión. Con el Time Out en la mano me senté en un banco de Bryant Park para marcar todo lo que me interesaba ver durante mi estancia: exposiciones, conciertos, una ópera y varias películas de estreno. Cada día, después del desayuno, comenzaba mi periplo por la ciudad, caminando sin prisa para disfrutarla; siempre descubría nuevos lugares a pesar de creer conocerla bien.
Así pasó la primera semana, tachando nombres en la revista neoyorquina, visitando nuevos y viejos lugares, paseando abrigado por las calles y los parques de Manhattan. La séptima noche compré la cena en un deli cercano al hotel, algo frugal para no acostarme con el estómago vacío y me dispuse a regresar al hotel para cenar en la habitación, calentito, ojeando una revista -cuando se viaja solo, durante las noches la soledad se hace más patente-. Y allí, junto a la gran columna de mármol, a la izquierda de la recepción de mi hotel, al fondo del amplio vestíbulo, estaba esperándome. Conmoción. Palabras, palabras, disculpas, una historia larga y emotiva. Conmoción.
La segunda semana fluyó: paseos compartidos, largas conversaciones; las piezas encajaban a la perfección. Pero como todo se termina, había que volver a nuestras vidas. Después de muchas horas entre aeropuertos, aviones, cansancio, sopor y jet lag, llegamos finalmente a nuestro destino. Abrazos, besos y despedida con un ¡después hablamos!
Nunca hubo un "después".
He vuelto muchas veces a Nueva York, sin conmoción alguna, sin palabras vacías, sin sorpresas. Claro que, por si acaso, no comento con nadie el nombre del hotel al que voy, últimamente uno con vestíbulo algo más pequeño y la recepción entrando a la derecha.
miércoles, 10 de noviembre de 2021
COMO EL DEL HORTELANO
domingo, 2 de diciembre de 2018
11 AÑOS
martes, 6 de febrero de 2018
MI VIAJE NÚMERO CATORCE
viernes, 18 de abril de 2014
UNA RUBIA CON MUCHO PECHO
Noche de jueves.Tengo cena esta noche, de esas que se deciden muy rápido, casi sin pensarlo. Serrat canta "hoy puede ser un gran día... y mañana también" y acabo de llegar de comprar un par de pizzas que serviré con un batido de piña o algo de vino, según apetezca. La pizzería, una cafetería de carretera de esas a) que tienen la carta más grande del mundo y b) donde puedes desayunar, almorzar, merendar y cenar desde un plato combinado hasta un trozo de tarta, está a dos minutos de mi casa y allí me dirigí en moto pertrechado con un libro para la espera que predije de unos veinte minutos, como así fue. Llegué, aparqué la moto en la puerta y entré para encontrarme en la barra a un grupo que parecía una familia y que se disponía a pagar en aquel preciso momento. La familia la encabezaba una señora bajita, rubia, de pelo largo, entrada en años, con el pecho más grande que he visto jamás, simpaticona a la par que ordinaria, que hablaba gritando, por lo que me fue imposible no enterarme de lo que allí acontecía. Se disponían a pagar, eso sí, pero antes había que llegar al total de la cuenta sumando los pequeños montoncitos de monedas y un par de billetes. La señora de pecho descomunal dirigía la operación matemática gritando: no, eso ya lo contaste; no, ahora le sumas el billete; ¡no! Terminada la labor sumatoria el grupo comenzó a dejar libre el espacio ocupado de la entrada de la cafetería pero la señora rubia no se iba, miraba hacia la puerta y hacia el dinero. Al final le gritó a uno de los más jóvenes ¡yo me quedo a esperar a la camarera no sea que alguien venga y se lleve el dinero!, justo en el momento que la camarera hacía acto de presencia en la escena. Volvió a hablar la jefa y le dijo a la camarera ¡no me refería al señor, claro! (el señor era yo y hablaba mirándome a los ojos). Yo sonreí pero no dije nada, por lo que volvió a la carga ¡no sé si el señor me entiende! Ahí sí hablé, diciendo que sí, que el señor sí la entendía y que no había ningún problema. Así, con todo aclarado, el dinero contado y el señor sin pinta de ladrón, se despidió la señora y salió sonriendo hacia la calle, donde esperaba el resto du grupo, intuyo que esperando las oportunas órdenes de la matriarca.Perdidos esos preciosos cinco minutos de lectura abrí el libro y empecé a leer con calma e intentando concentrarme pues casualmente entraban dos parejas jóvenes con sendos cochitos de niños que saludaron y a los que respondí educadamente con un ¡buenas noches! también. Vuelta al libro, mi gozo en un pozo. Un nuevo cliente, joven, que pregunta el precio de una cerveza y al escucharlo ordena una. El cervecero, que evidentemente tenía ganas de cháchara, no paró de hablar hasta que yo tuve las pizzas, las pagué y me despedí. La camarera escuchaba estoicamente la historia de no tener coche, el precio de las guaguas, la posibilidad de alquilar un apartamento en la playa con su familia y bla bla bla. Yo había cerrado convenientemente “El misterio de la cripta embrujada” de Muñoz Molina, que había sido mi elección como lectura –pobre ingenuo-, y escuchaba también las cuitas del hombre que parecían no tener fin. En cualquier caso, una vez pronuncié mi frase ¡buenas noches!, a la que él respondió lo propio, me alejé de la puerta sin saber el final de la historia. Por cierto, la familia de la rubia gritona aún estaba decidiendo qué pasos dar a continuación.Llegué a casa, puse la mesa y mis amigos llegaron justo a tiempo.
viernes, 5 de octubre de 2012
UN PASEO Y UN PERRO PERDIDO
jueves, 9 de agosto de 2012
EL VIAJE DE MR. BROWN
lunes, 16 de abril de 2012
ALGO QUE ESCRIBÍ HACE TRES AÑOS
lunes, 9 de mayo de 2011
RELATO CORTO DE ASIMOV
Isaac Asimov
Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados.
En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero.
-Naron -saludó el mensajero-. ¡Gran Señor!
-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.
-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.
-Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son?
El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.
-Ah, sí -dijo Naron-, Lo conozco. -Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.
Escribió, pues: La Tierra.
-Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero.
-De ningún modo, señor -respondió el mensajero.
-Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?
-Sí, señor.
-Bien, ése es el requisito -Naron soltó una risita-. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.
-En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.
Naron se quedó atónito.
-¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?
-Todavía no, señor.
-Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?
-En su propio planeta, señor.
Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:
-¿En su propio planeta?
-Si, señor.
Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia.
-¡Asnos estúpidos! -murmuró.
viernes, 29 de abril de 2011
EL CORTADOR DE CÉSPED
A medida que recorro la gran extensión verde que separa la casa de la calle me sumerjo, cada vez más profundamente, en mis pensamientos, preguntándome qué sería de aquel compañero abusón de mi época de colegio, después de tantos años. Lo imagino calvo, sin dientes, amargado, divorciado, y con tres hijos que no le dirigían la palabra desde aquella ocasión en la que osó ponerle la mano encima a su mujer porque la cena estaba fría. Me contó un amigo común que había caído en el alcoholismo y últimamente se mal ganaba la vida vendiendo enciclopedias puerta a puerta. Recuerdo también a mi vecina de soltero, a la que le gustaba vestir con abrigos de piel de visón desde que el termómetro bajaba unos grados. La noticia se comentó en los periódicos locales durante una temporada por lo insólita. La habían encontrado en el salón de la casa con la cara destrozada. Sólo su ama de llaves sabía, pues era ella quien la había encontrado, que sus abrigos de visón la devoraron sobre la alfombra persa, empezando por la boca para que no pudiese pedir ayuda. Después de cuarenta años de servicio era la primera vez que disfrutaba de verdad con su señora, aunque esta vez ella poco tuviese que ver. O el grupo de cotillas oficiales de la ciudad, con los que solía coincidir recurrentemente en algunos eventos sociales y donde siempre encontraban la más mínima ocasión para sonsacarme información, siempre amables y educados. A todos ellos les hubiera preparado con sumo gusto un largo crucero sin billete de vuelta. Estaba también el vecino de la manzana de encima que había abandonado ya a tres perros, siempre justo antes de las vacaciones estivales, y que llevaba dos años sin salir de su casa. Sus allegados, desconocedores de sus crueles hábitos caninos, lo achacaban a una agorafobia súbita, aunque la verdad era que cuando se cruzaba con algún perro por la calle creía ver en su mirada un odio visceral y lo imaginaba listo para saltarle al cuello. A él le deseé durante mucho tiempo una enfermedad incurable, horrenda idea según mi mujer, que me decía ¡pero cómo puedes pensar esas cosas!, a lo que siempre respondía: si tuviese el poder para que mis pensamientos se hicieran realidad otro gallo nos cantaría...
Aún me quedaban algunas zonas de césped por cortar, qué delicia. A lo lejos se veía movimiento de la ciudad, aunque yo prefería abstraerme y disfrutar de la felicidad que me proporcionaba el pasear sobre el lento y parsimonioso aparato mecánico con mis perras.
Muchas veces me entretenía observando discretamente a los viandantes que se paraban frente a la valla para admirar el extenso jardín, asignándoles diferentes vidas a cada uno: El señor mayor, antiguo astronauta, que una mañana despertó descubriendo que le daban miedo las alturas y que se dedicaba a dar de comer a las palomas en los pocos parques donde no lo miraban como un bicho raro o donde no estaba expresamente prohibido.
La señora pintada, siempre como recién salida de la peluquería, a la que su marido había abandonado después de 28 años de matrimonio al enamorarse de la cajera del supermercado de la esquina de su casa porque, según decía él, le había deseado un buen día como nadie hasta ese momento. Su mujer, la misma noche en que se encontró sola en su lujoso piso del centro, comenzó a planear cómo recuperar el tiempo perdido contratando, de entrada, un “jovencito de compañía” por toda una semana.
O el que seguro era paseador de perros, que durante las tardes se recorría la ciudad caminando despacio mientras leía a Virginia Woolf para recitarle capítulos completos a su novia como si de poesía se tratara.
Por la esquina izquierda aparecían en eso momento dos niños de la mano, que llevaban atado una pequeña gata con cascabel en el cuello, que daban vueltas a la manzana para escapar de sus casas y de sus padres. Los niños dejaron su hueco en la valla a un señor alto con traje y sombrero gris marengo y un agujero en el calcetín derecho, justo debajo del talón. Se colocaba nerviosamente el pañuelo de su chaqueta mientras miraba de un lado a otro, esperando volver a ver a la vendedora de globos que le había robado el corazón hacía tres años y a la que creyó volver a ver, de lejos, una mañana frente a mi jardín.
La máquina seguía ronroneando, con un amago de pararse que resultó ser una falsa alarma; seguramente tendría que ponerle gasolina de un momento a otro.
Me vino a la cabeza en ese momento aquel impresentable personaje al que conocí durante una cena seria y que hablaba de mujeres continuamente, normalmente en tono despectivo y machista, mientras escupía, sin parar de atusarse el peluquín. Al escucharlo siempre pensaba en su pobre mujer, a la que suponía una santa o una demente.
Así mismo recordé aquel hombre, ya mayor, que siempre llevaba prendida en la solapa de su chaqueta una insignia en la que podía leerse una consigna homófoba, al que había conocido en una conferencia algunos meses antes. El mismo señor que, por el rabillo del ojo, repasaba, de arriba a abajo, al joven musculoso repartidor de periódicos del barrio. Éste, al darse cuenta una mañana, se paró frente a su puerta y le preguntó si quería algo de él, a lo que rápidamente había respondido ¡qué bonita tu bicicleta!
La máquina seguía funcionando y poco a poco el césped recuperaba su tamaño perfecto. Escuché a lo lejos la melodía de un teléfono móvil muy parecido a la que en su momento había asignado al número de un amigo y que inexplicablemente había desaparecido de mi vida sin dar explicaciones por ello. Con él era prácticamente imposible mantener una conversación de más de dos minutos sin que saltaran chispas. Lo tenía todo en la vida, era guapo, tenía un buen trabajo y una familia que le quería. Aún así vivía amargado y había alguien que decía que lo había visto reírse alguna vez. Yo, la verdad, lo dudaba.
Esa misma mañana me había vuelto a cruzar con la mujer del despacho de la esquina, que tampoco sonreía nunca, no sé si por problemas faciales, por seriedad o por ambas cosas. A la pregunta de
La semana que viene, si tuviera tiempo para sentarme de nuevo en el pequeño tractor a cortar el césped, seguramente volvería a encontrarme frente a la valla a un nuevo e interesante grupo de personas al que estudiar, pensaba mientras le daba vueltas a una idea que me rondaba por la cabeza en las últimas semanas, la desaparición de los circos con animales. Así, cuando imaginaba a un elefante levantando por los aires al domador me di cuenta cómo se acercaba desde lejos, con paso firme y cara circunspecta, aquel hombre de mediana edad que trabajaba conmigo desde hacía casi cuatro años, quien irremediablemente había terminado con la tranquilidad de mi motorizado paseo: ¡Señor!, ¡señor Presidente!, tiene sólo cuarenta y cinco minutos para cambiarse, el Air Force One despegará en una hora.
Lanzarote, 6 de noviembre de 2010.
viernes, 26 de febrero de 2010
HISTORIA DE UNA GORRA
En Nueva Zelanda, en una tienda cualquiera de Wellington, esperaba una gorra a que alguien la comprase. Ese alguien fui yo. Una gorra cómoda, bonita y muy abrigada, de lana y con visera de cuero. Pero quién iba a suponer que se trataba de una prenda con vida propia... En las antípodas se comportó bien, en la autocaravana mientras recorríamos el país, sobre mi cabeza en los paseos nocturnos y fríos o en la maleta de regreso a casa. Ya en Tenerife la cosa cambió. El primer día de trabajo la llevé puesta y, sin darme cuenta, desapareció. La busqué en el despacho, en los pasillos, en las demás habitaciones, en el banco, en el supermercado y en cualquier lugar que se me ocurrió de los alrededores. Nada, había desaparecido. Ignoro si regresó a Nueva Zelanda o estuvo de excursión o viajando por la isla, el hecho es que tardé tres meses en volverla a ver. Volvió manchada, con algo de barro y con puntos oscuros en su visera. No fue hasta después de unos días en que me fijé que los puntos no eran tales sino pequeños adhesivos con los nombres de las ciudades en que había estado durante estos meses: La Esperanza, Santa Cruz, Tacoronte, Icod, Los Silos... Pero volvió; yo creo que echaba de menos mi cabeza. La encontré hace unos días sobre la fotocopiadora de la oficina, con cara de no haber roto nunca un plato, como disimulando. Yo no le dije nada ni siquiera me hice el sorprendido. La cogí tal cual y los dos salimos a la calle como si nada. Me acordé en ese momento de Fran Luis de León y le dije bajito: ¿por dónde íbamos?lunes, 23 de noviembre de 2009
MI VIAJE NÚMERO CATORCE

Hace dos semanas volvía a casa paseando -aún no he sacado el carné de conducir-, y en un escaparate vi el anuncio y pensé: lo quiero. Siempre he tenido mucha imaginación, así que ya tenía habían llegado a mi cabeza el mar, los olores a algas, las sensaciones desconocidas. Lo mejor es que lo puedo hacer sin tener vacaciones, pues todavía he de esperar unos meses, por lo que utilizo un método infalible para poder lograrlo. En mis trece viajes anteriores lo he utilizado y, hasta ahora, siempre ha salido bien, de maravilla.
Ya saben pues que mi afición favorita, casi la única, es viajar, desde hace años, aunque no demasiados he de decir. Viajar es algo que empiezas a hacer y ya no lo puedes dejar, por lo menos en mi caso particular. No veo el momento de comenzar otro desde que acabo en el que he estado metido, siempre solo, sin necesitar compañeros de viaje ni equipaje. Deben saber que lo único que jamás olvido es un marcador de libro.
Recuerdo mis primeros viajes, fáciles, de aventuras, más bien cortos. Las primeras veces estuve en la selva, visitando una comunidad de babuinos; en el desierto buscando diamantes y desenterrando momias con un famoso egiptólogo; haciendo montañismo en los Andes con un grupo de boy scouts; y recorriendo Roma en bicicleta con la intención de encontrar un valioso amuleto. Algo después dejé de ser un aventurero para viajar de manera más tranquila. De esta época recuerdo recorrer la estepa rusa en el transiberiano, en medio de una ventisca invernal que duró toda una semana y que no nos permitía abandonar el tren por miedo a morir congelados; estudiando las costumbres de los niños hindúes y tibetanos en sus casas; visitando las iglesias templarias europeas, siempre rodeadas de un halo de misterio y fábula; navegando hacia una base noruega entre el Cabo de Hornos y el de Buena Esperanza, rodeados de ballenas... mi octavo viaje. El Polo Sur, supuso mi descubrimiento del mundo animal, de la belleza de las ballenas, de los delfines. Recuerdo haberme emocionado cuando el grupo llegó a la base antártica y, frente a los noruegos, desplegó una pancarta que decía Save the whales!, frase que tuve que buscar en un diccionario pues mi conocimiento de inglés era muy parco.
Últimamente me he inclinado por viajes más deportivos, más largos, más complejos. Así sobrevolé las Montañas Rocosas en un globo aerostático, pasé una temporada con los navajos en su reserva del Monument Valley, celebré el nacimiento de un león en las faldas del Mont Kenya o navegué bajo los hielos azulados del glaciar Perito Moreno. Mañana, desde que llegue a la isla de St. Thomas, me sumergiré en sus transparentes aguas para intentar encontrar el tesoro que allí se esconde.
Bueno, me despido porque estoy cansado y me espera un largo y emocionante día. Mañana cumplo catorce años y mi tía Carmela me regalará un libro, como cada, y que leeré con placer. Esta vez le he pedido “El tesoro perdido de St. Thomas”. Ya les contaré cómo ha sido.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
LOS VIERNES EN DUQUITAS BLANCAS

El pequeño apartamento de Old Fulton Street, un espacio abierto hacia el downtown de Manhattan, se había convertido en su hogar en los últimos siete años, después de que ambas enviudaran y decidieran vivir juntas en el loft neoyorquino que Carmela y su marido Avner habían comprado durante el tiempo que él estuvo como director titular de la orquesta del Carnegie Hall. Carmela era española, violonchelista, y profesora en una de las orquestas más famosas en aquel momento. En un viaje a Israel, donde tenían que interpretar la ópera Norma como orquesta invitada, conoció al director y nunca volvieron a separarse. No habían tenido hijos pero sí una perra, a la que llamaban Norma en recuerdo de la ópera celestina. Vivieron en Tel Aviv desde que se casaron, con algunas temporadas en Nueva York, Roma o Madrid; en esta última cuidad vivía Lola, su hermana cirujana, y a la que iba a visitar siempre durante las giras europeas de la orquesta. Lola compartía una casa de campo, a las afueras de la ciudad, con Margarita, escritora de cuentos infantiles y, además, librera. Llevaban juntas media vida y unos años antes se habían casado gracias a los aires progresistas que soplaban en el país ibérico. Cada vez que se reunían los cuatro disfrutaban el tiempo compartido como niños en un parque de atracciones. Se llevaban de maravilla, cómplices en felicidad, sintiéndose afortunados por haber encontrado a sus medias naranjas, a las que llamaban “nuestras naranjas enteras”, pues decían que de media nada de nada.
Tanto Margarita como Avner habían muerto hacía ya siete años, casi al mismo tiempo, lo que había sumado a las hermanas en una gran tristeza. La misma noche en que María, desde Jerusalén, llamó a su hermana para contarle que Avner había sufrido un ataque al corazón, tomaron la decisión de vivir juntas. Lola estaba sola desde hacía un año y medio, después de que Margarita sufriera un accidente mientras volvía a su casa desde la librería, hecho del que lentamente iba recuperándose.
Israel y España guardaban para ellas tantos recuerdos, una vida entera, que no parecían ser los lugares idóneos para trasladarse, para seguir hacia delante, de manera que el apartamento de Brooklyn asomaba como la mejor opción, lejos del bullicio de Manhattan y con las mejores vistas sobre la isla, en un barrio tranquilo y bien conectado. Así, después de algunos preparativos y despedidas, de la venta de la librería y las casas en Madrid y en Tel Aviv, organizaron sendas mudanzas hacia Nueva York reuniéndose allí a principios de mayo.
La casa tenía todo lo que necesitaban para ser felices: música, una buena biblioteca, algunos cuadros, pocos pero bien escogidos entre los que destacaba un Jasper Jones, formidables vistas y unos chester comprados a un amigo anticuario de San Francisco que invitaban a practicar el olvidado arte de la buena conversación; además de un gran grupo de amigos que María y Avner habían ido atesorando en su periplo americano. A él siempre le habían reprochado, los más esnobs de sus allegados, que no se mudaran a un barrio mejor, a lo que Avner contestaba recurrentemente ¿qué lugar tiene mejores vistas del skyline que el nuestro?
Llamaban a su casa “Duquitas Blancas”, en clara referencia a sus raíces españolas, pero cambiándole el sentido de la copla por uno mucho más optimista. Así la residencia de las hermanas era conocida en Nueva York tanto por sus cenas de amigos -que no de intelectuales- como por sus extravagancias. Cada viernes del año, y según la máxima de Cicerón Un amigo es un segundo yo, organizaban una velada a la que invitaban a su nutrido círculo, siempre a los mismos, pero que mágicamente cada semana aumentaba ligeramente. Aunque el apartamento en sí no era muy grande, según las proverbiales proporciones de los americanos, a cualquier invitado extranjero le hubiera parecido una mansión. Disponían de dos grandes mesas, una redonda de cristal en el interior, y otra rectangular de madera, ésta en la terraza. A pesar de las costumbres anglosajonas de cenar como las gallinas, entre ellos se había impuesto una norma no escrita, muy española, que consistía en empezar la reunión sobre las nueve de la noche y acabar a las tantas de la madrugada, siempre que hubiera algo interesante de lo que hablar. Hacía gracia a las anfitrionas que en inglés no existiera la palabra sobremesa, así que ellas instituyeron que “Los amigos de los viernes” celebraran las cenas a la manera latina, con un horario anárquico de comienzo y sin hora de despedida. La música de fondo era muy variada, desde coplas hasta música clásica, incluso alguien había llevado una noche algo que sonaba a música de dentista y que resultó ser Mantovani. Se sentían muy orgullosas de haber recopilado una profusa colección de música hebrea y prácticamente todo lo que se había grabado y editado sobre ópera.
Viernes.
Como tal se reunirían para cenar en la terraza, si el tiempo no lo impedía. Sólo el 14 de septiembre de 2001 no había tenido lugar la comida, ya que el atentado del World Trade Center descompuso la rutina de la ciudad y a todos ellos sus estómagos.
La mañana continuaba clara y a las 9 las esperaba en el embarcadero cercano un water taxi que las llevaría a la isla cruzando el East River. Procuraban no subirse al metro para aprovechar al aire libre lo que les brindaba la ciudad. Las precedía la reputación de ser unas de las clientas favoritas de Dean & Deluca, adonde acudían cada viernes, un poco antes de las diez, a surtirse de los manjares que ofrecerían esa misma noche. Allí desayunaban, frente a los ventanales orientados a Broadway, sendos croissants y jugos de naranja, disfrutando del variopinto río que caminaba acelerado sobre las aceras. El resto de la semana no eran tan exquisitas y solían ir a Grimaldi’s, una pizzería cercana, también al Flying Burrito, cerca de Christopher Park o al japonés de la calle 87. Sólo cocinaban en casa tres o cuatro noches al mes y servían ellas misma la cena. Nueva York es una ciudad donde cocinar no supone nunca una necesidad, comentaban continuamente, habiendo tantos restaurantes como bares en España o prostitutas en Filipinas. Una vez provistas de los ingredientes del menú del día cruzaban el puente de Brooklyn hacia Duquitas Blancas, para hacer algo de ejercicio, cargando los cartuchos en dos maletas de viaje que resultaban ser unos perfectos carros de la compra. La cocina esperaba impaciente desde hacía una semana, lista para preparar la comida que se merecían sus inefables amigos, los cuales irían apareciendo a cuentagotas a partir de las nueve de la noche y a los que esperaban con impaciencia como si fuera la primera vez.
Casi con puntualidad de verdugo comenzaban a llegar los miembros del Grupo de los Viernes. La mesa estaba puesta, ordenada pero sin llamar la atención; nada del incómodo número infinito de copas, sólo dos –agua y vino-, sin candelabros. Al final el tiempo acompañaba y decidieron que podrían sentarse en la terraza, por lo que la mesa tenía como única decoración un par de macetas con lirios y un cenicero en uno de los lados. Ya sólo quedaban dos fumadores.
Un misterioso número de comensales iba llegando poco a poco, tan variado e interesante como cada noche. Los primeros fueron Andy y Susan, matrimonio judío que había emigrado desde Europa después de la guerra y que habían perdido a sus respectivas familias en campos nazis. Siendo los mejores amigos de Avner ahora lo eran de Carmela. Además tenían una Fundación muy reputada dedicada a becas musicales y dirigida a descendientes de judíos, lo que les daba la oportunidad de viajar a Israel muy a menudo. El misterio les rodeaba cuando les preguntaban si pertenecían al Mosad, a lo que nunca respondían de una manera transparente pero que les daba pie para sacar el tema del conflicto en el Próximo Oriente y abogar por el necesario entendimiento entre judíos y palestinos.
Alex llegó unos minutos después, alto y serio. Era un antiguo piloto de la Pan Am que nunca había salido del armario y que, casi seguro, le causaba una infelicidad constante. Habiendo viajado mucho, sus historias resultaban siempre muy amenas. De vez en cuando se hacía acompañar de antiguos compañeros de profesión, para todos un eufemismo porque siempre resultaban ser pilotos notablemente más jóvenes.
María, mexicana que llevaba viviendo más de treinta años en los Estados Unidos pero que se negaba a nacionalizarse. Casada con un petrolero de Texas, al quedarse viuda heredó una considerable fortuna que había invertido en una protectora de animales. Jamás usaba pieles para vestir y su causa número dos –siempre podría aparecer una primera- era que se prohibieran las corridas de toros, por lo que financiaba a un grupo extremista en España con los que compartía ingenuidad. Llevaba tiempo con una idea fija: descubrir la manera de que los abrigos de pieles se comieran a sus dueñas. Con los años se había convertido en el brazo derecho de Lola, por lo que era normal verla en el apartamento aunque no fuera víspera de sábado. Ambas compartían la afición por la lectura y gustaban de entretenerse en comentar los libros que habían adquirido últimamente. Para Lola era un placer poder hablar en español y expresar lo que en inglés le resultaba algo más difícil; con María se sentía como en casa. En el fondo estaban encantadas de que el español fuera tomando fuerza en el país, por mucho que molestase a algunos. Su chiste preferido era repetir muchas veces palabras como siesta, paella, siesta, paella…
Dimitri y Marcos, dos viejas glorias del ballet clásico que, en cualquier ocasión, te contaban sus supuestas cuitas con Nureyev o la Fontaine. Viviendo en un modesto apartamento del barrio chino, con mucha paciencia habían aprendido a hablar mandarín, de manera que se dedicaban a dar clases particulares en una academia de negocios para jóvenes chinos. Su mayor joya era una sala de cine montada al aire libre en el jardín trasero de su casa, donde proyectaban en verano viejas películas en blanco y negro, sobre todo musicales del estilo Melodías de Broadway.
Un poco más tarde aparecieron July, Matt y Rachel. Los dos primeros llevaban casados muchos años y habían tenido un hijo. Casado éste con Rachel, un día había decidido dejar de hablar a su familia sin explicación alguna, por lo que ella ocupaba ahora el hueco que les había dejado su malagradecido e incomprensible vástago. La pareja estaba jubilada y vivían a las afueras de Manhattan, con cuatro labradores y dos ocas. Les gustaba la jardinería y la horticultura, por lo que pasaban la mayor parte del día en el jardín o en la huerta. Sus perros eran felices dando vueltas a su alrededor sin parar y las ocas ejercían de guardianes de la finca, organizando un verdadero escándalo cuando se acercaba algún desconocido. Rachel era geriatra en el Mount Sinai Hospital en Queens y coordinaba un grupo pro-eutanasia, además de ser una aclamada conferenciante.
En último lugar llegaba siempre Adolfo, un peruano intelectual exiliado. Nadie estaba seguro de las razones que lo empujaron a salir de Lima hacía ya dieciséis años, pues allí era un famoso chef al que no se le conocía ideología política, al menos de forma pública. Nunca hablaba de Perú pero estaba suscrito clandestinamente a El Comercio, el diario peruano de mayor tirada, y devoraba páginas en Internet acerca de la situación política en su tierra natal. No había vuelto a tener una conversación en español desde que pusiera los pies en el avión que lo trajo hasta Nueva York. Comentaba que sus inversiones en Lima le habían ido tan bien que, afortunadamente, no tenía que trabajar más. De lo que vivía era pues otro misterio a sumar.
Así pues la mesa estaba completa, la conversación interesaba, la comida estaba ya servida sobre el mantel y la temperatura era ideal para la cena al aire libre. Las luces de los rascacielos iluminaban el horizonte.
―¿A quién le apetece un poco de sushi?
Prometía ser otro memorable viernes en Duquitas Blancas.
martes, 17 de noviembre de 2009
JARA Y SEDAL

Los dinosaurios lo intentaron sin éxito. Esta vez había sido muy diferente. Los pocos que habíamos sobrevivido lo llamábamos “el año de la venganza”, aunque también se conocía como el de la justicia. Simplemente había ocurrido, sin previo aviso y en muy poco tiempo. En aproximadamente dos meses la población mundial se redujo drásticamente, tanto que sólo quedamos unos pocos cientos de miles; nos conocíamos como “los verdes”.
Volviendo a nuestros orígenes, como no debía ser de otra forma, nos reunimos para formar la gran comunidad verde en África, al pie del Kilimanjaro, ocupando una relativamente grande franja de tierra que comprendía los antiguos parques nacionales Amboseli y Serengueti, en los que fue parte de la frontera entre Kenia y Tanzania. Ahora la otrora reserva animal se había convertido en reserva humana.; las vallas que impedían a los animales salvajes escapar de su parque cumplían un papel inverso, impedían que ellos entraran.
Como había sido tónica constante durante la Historia del hombre, siempre se tendía a olvidar lo acontecido y así se repetían los hechos más terribles recurrentemente. Nosotros no lo olvidamos, no podíamos. Todos éramos vegetarianos y utilizábamos algodón para vestirnos. La reserva verde nos surtía de alimentos, de materias primas para confeccionar telas, de agua potable, una presa para producir electricidad…
¿Las causas? Sí, debemos recordar una vez más.
Los protagonistas de este hecho sin precedentes fueron loa animales. Todos. Desde los peces hasta las aves, desde los mamíferos hasta los insectos. Pequeños, grandes, voladores, cuadrúpedos, reptiles, bípedos; todos. Ocurrió, sin más, el 14 de febrero de hace ya diecisiete años. Este fue el año de la venganza, el año de la práctica extinción de los humanos. Los animales mataban a las personas, daba igual en la parte del planeta que se encontraran, país, el grupo o la raza a la que pertenecieras. Comenzaron los abrigos de pieles devorando a sus dueñas, las ballenas cazando a los marinos, las aves a los cazadores, los toros a los toreros, y así toda la fauna del planeta. Vacas, gallinas y pollos, cerdos, cabras, ovejas, calamares, atunes, cucarachas, mosquitos, murciélagos y toda una interminable lista unida desde la época de los dinosaurios, aunque en aquella ocasión perdieran la batalla y fue la raza humana la que logró evolucionar tanto hasta nuestros días.
Dentro de otros sesenta millones de años se sabrá cuál fue el devenir de la vida en la Tierra, de los animales y de los humanos. Lo único que puedo decir es que desde aquel fatídico día de la venganza hay una ley que rige nuestra comunidad: PROHIBIDO CAZAR Y PESCAR.
RAYCO Y EL MÓVIL

Esperando a que anunciaran mi vuelo busqué un asiento vacío y me senté con la intención de leer el periódico. Cerca de mi había un grupo de futbolistas jóvenes que se apresuraron hacia una de las puertas de embarque al escuchar la orden por megafonía. En la precipitación olvidaron un móvil justo en el asiento de al lado, así que aproveché el último grupito que quedaba para decirles que creía que un compañero había olvidado tan preciado aparato. Rápidamente uno de ellos, el más avispado, se apresuró a decir cógelo, cógelo, que es de Rayco, así le gastamos una broma. Se alejaron, retomé la lectura y me olvidé del móvil, hasta que pasados unos minutos apareció el tal Rayco preguntándome si había encontrado por casualidad un móvil en el asiento junto al mío. Le conté que se lo había entregado a un pequeño grupo vestido como él y en el que se encontraba, quise pensar, el entrenador. Me dio las gracias y se marchó. Vuelta a la lectura. Regreso de Rayco; esta vez con un amigo enorme, alto, que fue quien habó en esta ocasión: ¿seguro que le dio el móvil a alguien? fue la pregunta. Entendí la situación y simplemente contesté que sí, que estaba muy seguro y hasta le describí al amigo. No sé si les convencí o no, pero sin decir palabra corrieron hacia el embarque. Ahora miro siempre con recelo por si me encuentro un móvil a mi lado.




