Protagonizada por John Benjamin Hickey, ganador del premio Tony y nominado al Emmy, y con el debut de Niv Nissim, Sublet se centra en un escritor del New York Times (Hickey) que visita Tel Aviv tras sufrir una tragedia. La energía de la ciudad y su relación con un joven que conoce allí (Nissim) lo devuelven a la vida.—Greenwich Entertainment
sábado, 15 de agosto de 2026
LOS RICOS TAMBIÉN LLORAN
Reyerta cayetana en Marbella
La sangre caliente, como el eclipse, es un gran igualador social, sobre todo en España.
Raquel Peláez, 15.08.2026
Anda circulando por ahí un vídeo impagable de una pelea entre jovencísimos cayetanos a la salida de la muy selecta cantera de Nagüeles, el paraje donde cada verano se reúne la juventud acaudalada y fina de la Costa del Sol a hacer networking con copas premium. Es de madrugada y, pese a la oscuridad, se intuye que están todos más morenos que Julio Iglesias en los años ochenta. Llevan ropajes que permiten etiquetarles como pijos redomados, aunque en ningún caso una guayabera de lino blanco, un polo de piqué celeste, unos pantalones chinos caqui o unas alpargatas color pistacho garanticen que el portador de tales prendas goce de una cuenta corriente saneada. Los clichés son como un piso Airbnb en el centro de Madrid o Barcelona: terriblemente injustos pero cómodos y económicos. ¿A que solo con estas pinceladas ya se han hecho cargo del percal?
Independientemente de su verdadera posición social, me apostaría algún miembro vital a que si les preguntásemos que opinan del actual presidente del Gobierno no escucharíamos palabras dulces. Es más, por las pintas se parecen mucho a los que protagonizaron en su día las algaradas de Ferraz y, aunque no está claro el motivo de la tangana, resultaría más raro enterarse de que la yesca prendió por un debate sobre el salario mínimo interprofesional que corroborar que simplemente estaban putodefendiendo España. Hay algo reconfortante en ver a gente con pinta de saber pelar manzanas sin usar las manos e ir a colegios donde la matrícula cuesta más que la entrada de un bólido comportarse como bandoleros de un episodio de Curro Jiménez. La sangre caliente, como el eclipse solar, es un gran igualador social. Sobre todo en España, donde tenemos una larga tradición de condes tatuados (don Juan de Borbón tenía los brazos como un bucanero) y nobles navajeros (cómo olvidar aquel episodio de violencia callejera en el que fue pillado Felipe Juan Froilán de Todos los Santos).
En este caso llama la atención el particular estilo de lucha de los pegones starliteros, porque no se observan patadas voladoras indómitas al estilo Cantona, tan adecuadas a los niveles de testosterona de la gente de su edad, sino saltos de púgil que traen a la cabeza al mismísimo Topuria, un campeón que, a petición de Ayuso, ha hecho campaña contra las drogas (y esto último lo saco a relucir por lo que sea). La impronta de la velada de Ibai Llanos es clara en esta juventud prometedora que, tal y como reclamaba Salvador Sostres la pasada semana en una incendiaria columna, no se ilusiona con cortinas de humo plebeyas porque tiene algo por lo que pelear. Yo voy a ponerme otra vez el vídeo. Este verano me agarro a los buenos momentos como una garrapata al pelo de un golden retriever.
PRECIOSA PELÍCULA
Se trata de una película de 2025 dirigida por Oliver Hermanus y escrita por Ben Shattuck , quien adaptó sus relatos cortos "La historia del sonido" y "Historias de origen". Narra la relación entre dos hombres, interpretados por Paul Mescal y Josh O'Connor , que se conocen en 1917 mientras asisten al Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra , y después de la Primera Guerra Mundial viajan juntos grabando canciones folclóricas de sus compatriotas en la zona rural de Maine durante el invierno de 1920.
Trama: en 1917, Lionel Worthing, estudiante del Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra, conoce a su compañero David White en un pub. Allí, conectan al instante gracias a su pasión por la música folk, antes de ir al apartamento de David para tener relaciones sexuales. Mientras su relación se estrecha, Estados Unidos entra en la Primera Guerra Mundial . El conservatorio cierra, David es reclutado por el ejército y Lionel regresa a su hogar en Kentucky. Deja la música de lado para dedicarse a la granja familiar tras la repentina muerte de su padre. En 1919, Lionel recibe una carta de David informándole de su regreso de Europa y de su nuevo trabajo en una universidad de Maine. David se dispone a emprender un viaje financiado por el departamento para recopilar canciones folclóricas en cilindros de cera , e invita a Lionel a acompañarlo. Los dos se reencuentran, reavivan su amistad y viajan por la América rural, grabando canciones folclóricas de gente de diversos estratos sociales. Finalmente, sus caminos se separan de nuevo, ya que David debe regresar al trabajo y Lionel planea viajar a Europa. Lionel se cartea con David, pero deja de escribirle al cabo de un año al no recibir respuesta...
(Wikipedia)
♫
Paul Mescal, *Silver Dagger.
ROMANCE SONÁMBULO
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.
Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando
desde los puertos de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No veis la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo.
Ni mi casa es ya mi casa.
Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
¡Dejadme subir!, dejadme
hasta las altas barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.
Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal,
herían la madrugada.
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!
Sobre el rostro del aljibe,
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.
Federico García Lorca.
A Gloria Giner y a Fernando de los Ríos
MARY HEILMANN, RIP
Símbolo de los obstáculos a los que se enfrentan las mujeres artistas de su generación, tenía 67 años cuando su primera retrospectiva en un museo se inauguró con gran éxito de crítica en 2007.
The New York Times, Débora Salomón, 15.08.2026
Mary Heilmann, que tenía sesenta y tantos años cuando finalmente alcanzó un amplio reconocimiento por sus pinturas abstractas de colores vibrantes, formas sueltas y a menudo asimétricas, falleció el viernes en Riverhead, Nueva York, en Long Island. Tenía 86 años.
Su fallecimiento, en un hospital, fue confirmado por Liane Thatcher, la representante de su estudio, quien dijo que la causa fueron complicaciones derivadas de una caída reciente.
Las pinturas de la Sra. Heilmann, que se burlaban de la precisión geométrica que preferían sus colegas minimalistas, son fácilmente reconocibles. Era una maestra de la línea ondulada, tomando la cuadrícula rectilínea empleada por artistas desde Piet Mondrian en la década de 1920 hasta Sol LeWitt en la de 1960, y distorsionándola y desestabilizándola. Era como si buscara despojar al Modernismo de sus elevados conceptos y aspiraciones utópicas, y dotarlo de un encanto desenfadado. Algunas de sus pinturas más cautivadoras parecen haber sido realizadas por una artista que hubiera extraviado su escuadra y su regla.
Originalmente formada como ceramista, la Sra. Heilmann prefería los colores brillantes que a veces goteaban y se deslizaban como esmaltes por los lados de una vasija. Su predilección por los rosas y naranjas intensos, con sus connotaciones de gusto adolescente, constituía un sutil desafío a los dogmas viriles del pasado.
«Mary se enfrentó a todas las tonterías machistas de la época con una seguridad imperturbable», declaró en una entrevista la artista Laura Owens, antigua alumna de la Sra. Heilmann. «En una época en la que los pintores se tomaban demasiado en serio su propia importancia, Mary, paradójicamente, apostó aún más por la espontaneidad».
En el mundo del arte, la Sra. Heilmann era un símbolo de los obstáculos profesionales a los que se enfrentaban las artistas de su generación. «Fui una marginada durante mucho tiempo», declaró sin amargura en una entrevista con The New York Times en 2008. Fue entonces cuando estaba a punto de inaugurarse en el New Museum de Nueva York su primera retrospectiva en un museo, modestamente titulada "Mary Heilmann: Ser alguien".
La obra ya se había expuesto en el Museo de Arte del Condado de Orange, en Newport Beach, California, y había cosechado grandes elogios. A sus 67 años, la Sra. Heilmann era reconocida como una gran influencia para artistas prominentes como la Sra. Owens, Jessica Stockholder y Elizabeth Peyton, quienes habían encontrado algo liberador en la deliberada y espontánea ligereza de su sensibilidad.
Ellsworth Kelly, el decano de la pintura abstracta estadounidense de líneas definidas, dijo en aquel entonces: "Siempre he pensado que Mary Heilmann es la mejor de los nuevos artistas abstractos".
Mary Ann Heilmann nació en San Francisco el 3 de enero de 1940 y creció en una familia católica irlandesa muy religiosa. Su madre, Mary Florence Webb, era enfermera. Su padre, John Sherman Heilmann, era ingeniero civil y trabajaba principalmente en la construcción de carreteras.
Cuando tenía siete años, su padre consiguió un trabajo construyendo autopistas y la familia se mudó a El Segundo, un pueblo costero al sur de Los Ángeles. Vivían en un bungalow cerca de la playa, y la Sra. Heilmann más tarde recordó la emoción de deslizarse por las dunas de arena y nadar en el océano.
A los 12 años, comenzó a entrenar como nadadora y clavadista de competición, viajando una hora en autobús hasta el Club Atlético de Los Ángeles todos los días después de la escuela. Menos de un año después, todo eso terminó abruptamente cuando su padre murió de cáncer de colon y su madre trasladó a la familia de regreso a San Francisco. Estudió en la Universidad de California, Santa Bárbara, donde se especializó en literatura inglesa. Su temprana afición por modelar cerámica en el torno la llevó a realizar estudios de posgrado en la Universidad de California, Berkeley, donde estudió cerámica y escultura con Peter Voulkos, un reconocido artista que creía en someter la arcilla a la teatralidad del expresionismo abstracto.
Como Heilmann recordó más tarde, al Sr. Voulkos le gustaba cruzar el aula con una olla casera en la mano y luego tropezar (o, como ella decía, "fingir un tropiezo"), haciendo que la olla se rompiera contra el suelo. Recogía los trozos rotos y los ensamblaba para crear una escultura sorprendentemente interesante.
Las primeras esculturas de la Sra. Heilmann, que consistían en objetos de aspecto tosco construidos con materiales baratos de tiendas de manualidades como arcilla plástica, papel de aluminio, bolas de algodón, bambú y purpurina, también buscaban poner de relieve el proceso de su creación.
En 1968, tras obtener una maestría en Berkeley, partió hacia Nueva York con la intención de hacerse un nombre como escultora.
Para entonces, Richard Serra, amigo suyo del instituto, vivía en Manhattan y se había labrado una reputación en el circuito underground por sus "esculturas de salpicaduras", que creaba lanzando plomo fundido. Llevó a la Sra. Heilmann a Max's Kansas City, por aquel entonces un lugar de encuentro popular para artistas. En la trastienda, bajo la tenue luz roja que emitía un tubo fluorescente de Dan Flavin, entabló amistad con un círculo que incluía a Robert Smithson, John Duff y Carl Andre, escultores que insistían en que la pintura estaba muerta.
Heilmann estaba de acuerdo con ellos. Pero en aquella época, las escultoras tenían grandes dificultades para iniciar sus carreras. De los 22 artistas que participaron en la emblemática exposición de 1969 del Museo Whitney de Arte Estadounidense, «Anti-Ilusión: Procedimientos/Materiales», 20 eran hombres. Quedó devastada cuando no fue seleccionada para esa exposición ni para otras importantes muestras colectivas. Con la esperanza de minimizar las pérdidas, abandonó la escultura y se dedicó a la pintura.
Parecía una decisión temeraria. Para empezar, no tenía formación académica en pintura; además, ¿qué escultora que se precie lo deja todo a los 30 años? Pero le complacía precisamente la audacia de su acto.
En aquel entonces, se ganaba la vida dando clases en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, y reconocía que sus alumnos —así como otros mucho más jóvenes a los que había enseñado anteriormente— le habían proporcionado ideas para sus pinturas. Por ejemplo, en "Little 9 x 9" (1973) , añadió una cuadrícula asimétrica a un lienzo mayoritariamente rojo retirando el pigmento con los dedos, una técnica generalmente conocida como pintura con los dedos.
A medida que su estilo evolucionaba, conservaba su aura de desenfado y alegría. En 1979, tras incorporarse a la prestigiosa galería Holly Solomon en SoHo, la Sra. Heilmann expuso una serie de pinturas de rectángulos en rosa y negro, una combinación de colores deliberadamente empalagosa que recordaba a los dulces Good & Plenty.
Los críticos no supieron interpretar estas obras. La Sra. Heilmann se sintió profundamente herida por una reseña publicada en The Village Voice, quizás porque la escribió una crítica. Kay Larsen, molesta por la aparente indiferencia de las pinturas rosas y negras, concluyó que les vendría bien un poco más de fuerza. Escribió, "no ha estado haciendo sus flexiones".
En 1986, la Sra. Heilmann fue en bicicleta a la Avenida B en East Village para visitar la relativamente nueva Galería Pat Hearn, "una galería de pintura poderosa y radical", como la describió en sus memorias de 1999, "The All Night Movie". Con la ayuda de su amigo Ross Bleckner, quien exponía allí, la Sra. Heilmann se unió a la galería. En la década siguiente, se ganó un público fiel, especialmente entre los artistas más jóvenes que buscaban una alternativa a los excesos del panorama artístico de los años 80, esa época de consumismo desenfrenado dominada por el estilo pomposo del neoexpresionismo.
Además de sus pinturas, la Sra. Heilmann obtuvo reconocimiento por sus sillas cuadradas de madera contrachapada, que comenzó a fabricar en 2002. Si bien guardaban cierta influencia del mobiliario geométrico de Donald Judd, también ofrecían una crítica a su minimalismo austero.
“Las sillas de Judd no eran muy cómodas, pero las mías sí”, declaró a Vogue. De hecho, sus sillas suelen tener asientos y respaldos de malla hechos con tiras de polipropileno, muy parecidas a las clásicas sillas de jardín de aluminio.
La Sra. Heilmann se mostró encantada cuando 45 de sus sillas —fabricadas para la ocasión con madera contrachapada marina resistente a la intemperie y pintadas en tonos pastel de amarillo limón y rojo cereza— se instalaron en 2015 en una terraza al aire libre para ayudar a inaugurar el nuevo edificio del Whitney en el Meatpacking District. Una década después, las sillas reaparecieron en el museo, esta vez en el interior, en una galería con vistas al río Hudson. La exposición se tituló «Long Line», en referencia a una pintura de Heilmann de 2020 que fue ampliada y reproducida de forma espectacular en las paredes de la sala; sus franjas alternas de color turquesa y blanco evocaban las olas del océano de su infancia. La muestra cerró el 19 de enero. Cuando le preguntaron una vez cómo se le ocurrían las ideas para sus pinturas, respondió con su habitual sencillez: "Principalmente, solo pienso. Mucho es soñar despierta. Mucho es sentarme a contemplar".
La Sra. Heilmann nunca se casó y no deja familiares directos. Solía describir su vida como una cruzada solitaria en busca de la realización artística. “No quería mudarme a las afueras, formar una familia y cuidar de los niños, del marido y todo eso”, dijo en una entrevista de 1999 con el Sr. Bleckner para la revista Bomb. “Probablemente se deba a mi educación católica”, añadió. La Sra. Heilmann comentó que, en su juventud, le encantaba leer sobre la vida de los santos porque “en sus historias no había nadie más que ellos y Dios, y eso fue un ejemplo para mí”.
DIES SATURNI
Continúo subiendo, o igual desciendo, por mi escalera de Jacob particular, como si de un mal de ojo se tratara, después del diagnóstico de una anemia galopante, la cual va remitiendo según dice la primera analítica tras un mes de ingesta férrica, seguido por la rotura de una muela que me ha hecho acudir a este moderno centro de torturas llamado clínica dental y, desde ayer, la sordera del oído derecho, que no sabré cómo termina hasta que me vean el jueves próximo, después de haber cumplido como un niño bueno el tratamiento en forma de gotas, dos veces al día. La edad, ya se sabe, te recuerda cada día que nada de estar demasiado feliz, si acaso una pincelada.
Así, con las gotas asentadas en la caverna auditiva, desayunado -hoy rico rico: tostada con salsa tzatziki, un toque de mermelada de albaricoque (no tengo en casa de maracuyá, una pena) y taquitos de salmón ahumado-, empiezo el día leyendo un capítulo de "Aire de familia", de Alessandro Piperno, a la que estoy enganchado, y que me ha devuelto a los últimos dos años de mi trabajo donde las relaciones personales fueron realmente tóxicas, veneno puro, un antes y un después, un ejemplo de punto de inflexión profesional y, desgraciadamente también personal por aquello del mobbing. El protagonista de la historia, un prestigioso escritor y catedrático de literatura comparada se enfrenta, nada más comenzar la novela, a una profesora feminista recalcitrante que le hace la vida imposible después de que éste, por inercia o costumbre o simple educación aprehendida, la dejase pasar ante el umbral de su despacho universitario y, con los años, atreverse a leer ante sus alumnos unas cartas de Flaubert donde expresaba unas ideas algo misóginas. Estos hechos sirven para que comencemos a conocer a los protagonistas, diseminados y con un rol que cada uno irá colocando en un lugar según lo entienda, lo asuma, lo desee. He aquí una de las maravillas de la buena literatura, que te conmueve, te hace pensar, te crea pequeños cortocircuitos que obligan a pensar en algo concreto, que te llevan de viaje por lugares que creías olvidados o donde, incluso, no has estado nunca.
Si del amor al odio hay un pequeño trecho, descartado el amor, y sin querer llegar al odio porque éste absorbe demasiada energía cual agujero negro, viviendo en lugares diferentes y con pocas posibilidades de cruzarme con estos íncubos del pasado, liderados por una gorgona con ínfulas, una leguleya de catálogo y un siniestro ídem, agradezco a la vida que nos haya alejado suficientemente además de proporcionarme la capacidad, ya no de volar, pero sí de hacerlos/as desaparecer como Houdine podía.
Salgo un momento en pos de un ramo de anturios para regalar y me encuentro con mi floristería de referencia cerrada: agosto, ya se sabe. Paso al plan B.
♫
Danza Invisible, *Sin aliento.
UN SUEÑO
Nos encontramos en una gran sala en algún espacio cultural, no lo puedo describir. Me encuentro con mi compañera de trabajo A en la barra, pidiendo algo de beber, cuando aparece Daniel Barenboim a saludarme.
> ¡Hola Jose!, me dice, ¿te han vuelto a llamar de Telde?
> No hasta hoy.
> Pues te van a llamar, están interesados en que les mires lo de la acústica del nuevo auditorio.
> Cuando quieran, ya sabes que este tema me interesa mucho, sería un placer trabajar en el proyecto.
En ese momento le presento a A y me despierto. Fin del sueño.
viernes, 14 de agosto de 2026
DEL FLUJO DEL TIEMPO
Las fotografías de la colección de Lola Garrido revelan los registros y las maneras de los grandes maestros del género.
José Andrés Rojo, 14.08.2026
En el Palacete del Embarcadero está ocurriendo ahora mismo algo extraordinario. Solo hace falta entrar para sentirse arrebatado por algunos de los grandes maestros de la fotografía. Ocurre lo mismo, a unas cuantas cuadras de allí, en la sala de exposiciones del Centro de Documentación de la Imagen de Santander (CDIS): no es un espacio muy grande, pero en sus paredes cuelgan también imágenes de algunos de los más grandes. No es fácil encontrar la palabra para explicar lo que puede encontrarse en esos lugares: ¿belleza? ¿conocimiento? ¿vida? Quizá sean consideraciones expresadas de manera un poco torpe, pero es posible que en las mejores fotografías —pero también en las más corrientes, en las de tanta gente anónima— se mezclen y se confundan en distintas dosis belleza, conocimiento y vida. Las fotografías están como arrancadas del flujo del tiempo, y se conservan como el testimonio de un momento fugaz, que se ha ido definitivamente, pero recuperado de nuevo, vuelto a vivir, a celebrar, a comprender. La doble exposición se titula Fotografía como biografía y reúne una selección de las piezas de la colección de Lola Garrido. La comisaria es Gloria Crespo MacLennan, y el resultado provoca algo parecido a tomar un bocado en el que está concentrado el mundo entero, y la inmensa gama de grises y de colores que contiene cada existencia.
En el palacete están muy cerca la radiante mujer inmensa de Lisette Model y la delgada dama en bañador de Martin Munkácsi, y en las paredes cercanas hay imágenes de Cecil Beaton, Inge Morath o Robert Mapplethorpe que dialogan con otras de Dorothea Lange, Aleksandr Rodchenko o Robert Capa; un poco más allá pueden verse fotos de William Eggleston o Cindy Sherman; podrían evocarse otros nombres, no es lo más relevante. Lo que importa es tenerlos ahí a todos juntos, como si se hubieran reunido para dar una lección de lo que significa perseguir lo más bonito o lo que dice más de nuestros anhelos, para hacer un canto a la vida. En la sede del CDIS la propuesta está centrada en revelar distintos registros del mundo femenino y hay otros tantos maestros: Edouard Boubat, Lee Miller, Berenice Abbot, Man Ray, Lillian Bassman, Elliott Erwitt. Etcétera.
“Nunca me ha interesado construir un relato obediente a escuelas o cronologías, sino reunir fotografías que, procediendo de lugares y miradas muy distintas, terminan conversando entre sí”, ha escrito refiriéndose a su colección Lola Garrido Armendáriz, que ha hecho de todo en el mundo del arte —comisaria, crítica, asesora— y que con su nombre y sus dos apellidos tiene un hueco en una red social donde comparte fotografías y reflexiones. Si esto fuera la sección de al lado —Red de redes— no estaría de más decir que constituye un orgullo tenerla ahí como amiga y que, en su caso, cobra su verdadero sentido reaccionar con un me gusta a cuanto coloca en su muro.
En la doble exposición Fotografía como biografía hay en el palacete, además, otro pequeño ámbito en el que Lola Garrido muestra a su familia. Se trata también de otra selección, pero esta vez de las imágenes anónimas que ha ido adquiriendo en mercadillos. “Como no tengo familia —soy hija única de únicos—, decidí fabricarme una”, confiesa. Y ahí están los suyos, alguno se ríe, otros están reunidos, los de más allá posan (un tanto coquetos). Al mostrar su colección, explica Lola Garrido, pretende “compartir una manera de mirar después de haber pasado muchos años aprendiendo a hacerlo”. La invitación es esa: a aprender a mirar.
CONSPIRACIONES
Un científico, un médico, un astrónomo, escoge uno. Siglos de ciencia, demostrados, documentados, experimentados, son puestos en tela de juicio por unos fantoches a los que se les hace caso, ¿se puede entender esto? Se duda de los conocimientos adquiridos pero se cree todas las majaderías que dice esta gente al publicarlas en Internet: Youtube, Tik Tok, Instagram, etc.
¿Cómo luchar contra esta gente cuando la ignorancia es uno de los contrincantes de la lid? No se puede, es imposible. Los conspiranoicos, que no tienen que demostrar nada -he ahí su poder-, asisten a "debate" donde la otra parte la encabeza un científico, ya de entrada es todo surrealista. ¿Qué argumentos esgrime un sujeto que cree que la Tierra es plana antes un geólogo o un astrónomo? Pues ya ven, estos encuentros se dan constantemente y estos elementos gozan de micrófono y redes sociales para extender sus cafradas. Se habla más del inefable Miguel Bosé (cantante colgado) que de Alfredo Corell (divulgador científico), por ejemplo, y así nos va.
¡Problemas de ricos!
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Las conspiranoias no son una anomalía de internet ni nacieron con la covid. Son una forma de alejar el miedo y buscar chivos expiatorios en momentos de incertidumbre.
Enrique Alpañés, 14.08.2026
Ursula Kemp era una mujer de carácter fuerte. Probablemente por eso acabó en la horca. Esta comadrona y curandera gozaba de cierto estatus en el pequeño pueblo de St. Osyth, Inglaterra. Los vecinos acudían a ella cuando enfermaban sus hijos o si necesitaban ayuda que los médicos profesionales no podían ofrecer. Pero empezaron a suceder desgracias a su alrededor: la muerte del bebé de una compañera con la que se enemistó, la repentina cojera de una enemiga. Una serie de acusaciones infundadas acabaron sentándola frente al juez, en uno de los más famosos juicios de brujería. Era 1582. En esa década, en Inglaterra, el 13% de los delitos juzgados eran relativos a las artes oscuras. Este fenómeno es especialmente útil para ilustrar cómo una combinación de rumores, conspiranoias y prejuicios sociales puede acabar infiltrándose en las instituciones. Para explicar por qué, cinco siglos más tarde, hay gente que cree que la Tierra es plana, que el Gobierno aprovecha el eclipse para desviar nuestra atención, que las vacunas tienen microchips o que Trump ganó las elecciones de 2020.
Las teorías de la conspiración no son una anomalía de internet. Son una forma antigua de alejar el miedo, repartir las culpas y crear un relato comprensible del mundo. “Lo que vemos a lo largo de la historia es que cuando hay mucha incertidumbre económica y social, hay un aumento en la demanda y la oferta o desinformación”, explica Sander van der Linden, profesor de Psicología Social en la Universidad de Cambridge. En ese sentido, la Inglaterra isabelina o la época de las colonias del Nuevo Mundo, ofrecían el escenario perfecto para que se propagara el relato de la bruja. Había una inexplicable aparición de enfermedades y plagas. La tasa de mortalidad infantil era altísima, y lidiar con la pérdida de un hijo era más fácil si se buscaba un chivo expiatorio. Van der Linden añade además un dato a tener en cuenta. Los historiadores estiman que entre el 75% y el 80% de las personas condenadas por brujería en Europa fueron mujeres. “Estos juicios se dan en una época en la que se teme el ascenso de la mujer, la concesión de derechos. Se acusó a muchas mujeres de practicar artes oscuras cuando en realidad solo buscaban ascender en su estatus social”.
Es fácil buscar rimas históricas con los versos de la actualidad, explica el experto: “Estamos en una era donde las pandemias, el cambio climático y las guerras internacionales suponen una amenaza constante. Así que hay muchas oportunidades para que se produzca desinformación, y también hay mucha más demanda de ella”.
Porque los conspiranoicos no son tanto víctimas como partícipes voluntarios de este engaño. “Son activos y, en cierto sentido, piden esta información. Tienen motivaciones, valores y creencias, y quieren propagarlos, y no les importa si la información es verdadera o no”, apunta Van der Linden. No nos manipulan, buscamos activamente ser manipulados.
Otro factor en común es la tensión por la conquista de derechos civiles. Las mujeres siguen luchando por la igualdad real, y las poblaciones migrantes son el blanco perfecto de muchas teorías conspiranoicas (los haitianos que se comen a sus perros y gatos, sin ir más lejos). Esta es otra de las coincidencias más locas: las autoridades parecen haber normalizado y absorbido parte de las ideas conspiranoicas. En Estados Unidos, Donald Trump es propagador, cuando no creador, de muchos bulos. Su secretario de Estado para la salud, Robert Kennedy Jr., es un antivacunas contumaz. Una de las ideas fundamentales de este ideario era la rebelión contra la versión oficial, contra lo establecido por las élites. Pero ahora son estas élites (con Elon Musk, el hombre más rico del mundo, a la cabeza) las que se visten de resistencia antisistema.
Todos estos factores se combinan con una situación inédita: el polvorín de una sociedad altamente tecnologizada, borracha de información y sin las herramientas para diferenciar lo real de lo falso. “Es una combinación de factores perfecta,” apunta el experto. “Por eso estamos en un pico sin precedentes”. Entre que se publicaron las primeras leyes contra la brujería y que se alcanzó el máximo de condenas en la Inglaterra isabelina pasaron 40 años. Hoy en día, una teoría conspirativa puede nacer en internet y propagarse por el mundo en cuestión de horas, entrando en el imaginario público en unos pocos días.
La gente está dispuesta a creer lo increíble. Lo hace por el llamado sesgo de confirmación. Cuando alguien decide adoptar determinada visión sobre la realidad, tiende a buscar informaciones que confirmen esa teoría, obviando o rechazando cualquier evidencia en sentido contrario. El problema es que, en el contexto de las redes sociales, ya no tenemos que buscar nada: la información que nos interpela viene a nosotros. “Está personalizada”, dice Van der Linden. “Los mensajes que nos llegan se basan en nuestra huella digital y, por lo tanto, pueden explotar las vulnerabilidades de las personas de formas desconocidas hasta ahora”.
El entorno es distinto, pero los mecanismos psicológicos subyacentes son los mismos hoy y ayer. Karen Douglas, profesora de Psicología Social de la Universidad de Kent, lleva años estudiándolos. “Las personas se sienten atraídas por las teorías de la conspiración cuando una o más necesidades psicológicas fundamentales se ven frustradas”, explica. “La primera es de tipo epistémico, relacionada con la necesidad de conocer la verdad y de tener claridad y certezas. Las otras necesidades son existenciales, vinculadas a la necesidad de sentirse seguro y de tener cierto control sobre las cosas que ocurren a nuestro alrededor; y sociales, relacionadas con la necesidad de mantener nuestra autoestima y sentido de pertenencia”.
Esta perspectiva implica, en esencia, que cualquiera puede caer en teorías de la conspiración si se dan las circunstancias adecuadas. Se suele caricaturizar a las personas que propagan este tipo de pensamientos, reducir al estereotipo de desquiciados con un gorrito de papel en la cabeza, pero la realidad es más compleja. Tendemos a refugiarnos en las teorías conspirativas cuando vivimos situaciones nuevas que ponen en tela de juicio nuestra idea sobre cómo funciona el mundo. “La gente busca formas de entender qué está pasando y no le gusta la incertidumbre que suele rodear a los acontecimientos en desarrollo. Además, una explicación simple a menudo no resulta muy atractiva,” apunta Douglas. Es una forma de intentar mantener cierto control narrativo en un mundo cambiante y complejo que a veces, simplemente, no se puede explicar del todo. Una mentira simple puede ser más tranquilizadora que una verdad compleja.
Van der Linden destaca la gran capacidad adaptativa de estas ideas, a pesar de las evidencias en contrario, y anima a entender las motivaciones subyacentes de la gente en lugar de intentar rebatir los detalles de una idea específica. Para explicarlo pone el ejemplo de los antivacunas. Cuando se patentó esta técnica, hace 200 años, muchos activistas alertaban de que quienes se vacunaran se convertirían en un híbrido vaca-humano, por el origen vacuno de esta técnica. Obviamente eso no sucedió. Pero eso no impidió que el movimiento antivacunas tomara fuerza. Hace poco, reflotó en X un tuit viral de una cuenta que aseguraba: “Las personas que se vacunaron contra la covid no vivirán más allá de junio de 2026”. Tampoco parece que el movimiento vaya a recular ahora, por mucho que la realidad les rebata sus argumentos. Porque la idea de fondo sigue vigente, la lucha contra las obligaciones gubernamentales, el rechazo a la medicina moderna. “Piensa en ello como en un árbol”, anima Van der Linden. “Nos entretenemos mirando las ramas, intentando podarlas y nadie está mirando a la raíz. A lo que hay debajo de la superficie”.
ANALFABETOS FUNCIONALES
Santiago Ávila, escritor: “Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales”
El economista, profesor universitario y autor de ‘Tontocracia. En busca de la sensatez perdida’ advierte de que la sociedad ha dejado de premiar el conocimiento y reclama una educación que forme ciudadanos con criterio.
Nacho Meneses, 13.08.2026
¿Y si el verdadero problema de nuestro tiempo no fuera la desinformación, sino la pérdida del criterio? ¿Y si la sociedad hubiera empezado a premiar más la apariencia que el conocimiento, más el ruido que la reflexión y más la mediocridad que la excelencia? Esa es la tesis que defiende Santiago Ávila en Tontocracia. En busca de la sensatez perdida (Vergara, 2026), un ensayo en el que analiza cómo esa lógica se ha ido instalando en la política, la empresa, la educación o los medios de comunicación.
Doctor en Economía, militar de carrera, profesor universitario y antiguo directivo de grandes empresas, Ávila sostiene que el problema no reside únicamente en quienes ocupan posiciones de poder. A su juicio, la responsabilidad también recae sobre una sociedad que ha dejado de valorar el conocimiento, el esfuerzo y el pensamiento crítico para abrazar la comodidad de las respuestas fáciles. En esta entrevista reflexiona sobre el papel de la educación, el liderazgo, las redes sociales o la inteligencia artificial, pero también sobre la necesidad de formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
Pregunta. El libro parte de una afirmación contundente: vivimos en una sociedad que premia la banalidad, castiga la excelencia y ha normalizado la mediocridad. Es una tesis deliberadamente provocadora. Para empezar por el principio, ¿qué es exactamente la tontocracia y por qué cree que vivimos en una?
Respuesta. Bueno, el concepto de tontocracia no lo invento yo. Me refiero al ambiente en el que estamos viviendo, pero hay muchos autores que ya habían hablado de ello. Stephen Covey, por ejemplo, decía que hasta la Segunda Guerra Mundial predominaba la ética del ser y que, después, fue imponiéndose la ética del parecer. Antes un apretón de manos valía más que un contrato; ahora importa mucho más la apariencia que lo que uno realmente es. Vivimos en una apariencia constante.
Y, además, vivimos de forma sobreactuada. En el mundo laboral se habla de felicidad laboral; en la educación, de que los alumnos tienen que ser felices... ¿Pero qué me estáis contando? Se están banalizando conceptos muy importantes. Lo que intento con el libro es pelear contra eso y recuperar un poco el sentido común que, a mi juicio, hemos perdido.
Hoy cualquiera, amparándose en la tecnología, puede decir la mayor barbaridad y, con tal de que la diga con seguridad, tiene una trascendencia enorme. Solo hay que mirar la política: vivimos en la apariencia de la apariencia. Decir la verdad, ser honesto, parece que ya no está de moda. Ahora lo importante es ser un espabilado. Si alguien tiene mucho dinero, aunque lo haya conseguido de forma poco ética, hay quien dice: “Fíjate qué listo”. Y yo creo que contra eso hay que pelear, porque es una miseria moral.
P. Habrá quien lea el libro y piense que siempre ha habido mediocres, oportunistas o charlatanes. ¿Qué hace que este momento sea diferente?
R. Porque ahora la mediocridad está estandarizada. Antes un mediocre era alguien de quien procurabas alejarte. Ahora, muchas veces, es el que triunfa. Lo vemos en la política: en lugar de intentar elevar a la sociedad, muchos dirigentes se limitan a mirar por dónde va la corriente y se suman a ella para captar votos. No tratan de conducirla hacia un lugar mejor, sino de simular que lo hacen. Y eso acaba siendo una gran mentira.
Pero no es un problema exclusivo de la política. Ocurre también en la empresa, en la educación o en la propia sociedad. En cualquier sitio donde hay poder hay luchas por el poder y, muchas veces, acaba promocionándose al mediocre porque resulta menos incómodo que alguien brillante. Lo vi muy pronto. Recuerdo mi primer comité de empresa: cada vez que hacía un comentario para mejorar algo se montaba un revuelo. En un descanso pregunté qué estaba pasando y me dijeron: “Cada vez que dices algo con sentido, quienes no quieren que la empresa cambie utilizan tus palabras para bloquearlo”. Ahí entendí que no todo el mundo estaba trabajando por el bien de la organización; muchos estaban pensando únicamente en cómo salir beneficiados ellos.
Hay una anécdota del libro que resume muy bien esa lógica. Cuando tenía 14 años, en el colegio organizaban un concurso de belenes. Mi grupo no tenía ninguna intención de esforzarse y acabamos haciendo un belén bastante malo. Estábamos convencidos de que quedaríamos los últimos, pero terminamos en mitad de la clasificación. ¿Por qué? Porque quienes habían hecho los mejores belenes votaban al mediocre para no dar votos a un rival fuerte. Con el tiempo he visto esa misma actitud en la política y en las empresas: a veces no se elige al mejor, sino al que menos amenaza representa.
P. En el libro dedica un capítulo entero a la educación. ¿Por qué cree que es uno de los lugares donde mejor se observa esa deriva?
R. Porque es donde antes se ve. Todo empieza en la familia, pero donde adquiere una presencia mucho más clara es en la educación. Hoy dar clase es prácticamente un imposible. Ya no hablo de la veneración que antes podía existir hacia un buen profesor, sino de algo mucho más básico: se ha perdido el respeto por su autoridad. Muchas familias no aceptan un suspenso porque les complica la vida, y eso acaba trasladándose a las aulas.
En la universidad he tenido alumnos entrando y saliendo de clase constantemente o peinando a una compañera en mitad de la explicación. Y cuando intentas poner límites, pasas a ser un autoritario. Al final muchos profesores ceden porque enfrentarse a esa situación solo les trae problemas.
Pero el perjudicado no es solo el profesor; también lo es el alumno. Si acostumbras a una persona a que nunca tenga un desencuentro académico, cuando llega la vida de verdad no sabe afrontar un fracaso, un problema laboral, una enfermedad o una decepción. Hemos transmitido la idea de que uno viene al mundo a ser feliz, y a mí me parece una falacia terrible. Precisamente por eso mi próximo libro irá contra esa felicidad obligada.
P. Vivimos rodeados de información y, sin embargo, usted sostiene que cada vez hay menos pensamiento crítico. ¿Qué está fallando?
R. El problema no es la información, sino qué hacemos con ella. Hoy tenemos una cantidad enorme de información, pero eso no significa que tengamos más conocimiento. Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales. Hay universitarios que terminan una carrera y no saben interpretar un texto o resolver una regla de tres. Y eso es muy serio.
Ahora parece que el conocimiento funciona como un supermercado: necesito algo, voy a la inteligencia artificial, lo cojo y sigo adelante. Pero si no tienes una base previa, tampoco puedes saber si esa respuesta es correcta. A mí me ha ocurrido que algún alumno me ha entregado como suyo un artículo que había escrito yo. Si no tienes conocimiento, no puedes discernir. Primero está la información; después, el conocimiento, que consiste en estructurarla; y solo entonces puedes aplicar inteligencia sobre ese conocimiento.
La IA es muy útil para el conocimiento operativo, para resolver tareas, pero no tiene conocimiento afectivo ni especulativo. No anticipa las consecuencias humanas de una decisión ni tiene una ética. Y por eso me preocupa que muchos jóvenes le estén confiando incluso cuestiones psicológicas. En términos antropológicos, una inteligencia artificial es un psicópata: sabe operar, pero le da igual lo que ocurra desde un punto de vista emocional o ético.
P. ¿Las redes sociales y la inteligencia artificial son la causa del problema o simplemente amplifican algo que ya existía?
R. Son una herramienta. Si el ser está bien construido, pueden ser extraordinarias; si está mal construido, lo único que hacen es amplificar el problema. Antes una tontería se quedaba en la barra de un bar o en una conversación entre amigos, pero ahora cualquiera puede coger un móvil, decir la mayor barbaridad y encontrar miles de personas dispuestas a compartirla. La tecnología no cambia la naturaleza humana; simplemente le da más alcance. Por eso no creo que las redes sociales sean la causa de esta deriva, sino el altavoz de un problema que ya existía.
P. Además de profesor universitario, ha pasado más de dos décadas dirigiendo equipos y ocupando puestos de responsabilidad en grandes empresas. Desde esa experiencia, ¿cómo se manifiesta la tontocracia dentro de las organizaciones?
R. Se manifiesta cuando el liderazgo deja de buscar a los mejores y empieza a rodearse de personas que no cuestionan nada. Hay directivos que prefieren tener alrededor a aduladores antes que a gente brillante, porque alguien competente siempre resulta más incómodo. Eso acaba empobreciendo a toda la organización.
Un buen líder no necesita que le den siempre la razón; necesita personas que le aporten puntos de vista distintos. Si todos piensan igual, la empresa deja de aprender. Lo he visto muchas veces: se promociona a quien genera menos problemas, no necesariamente a quien más valor aporta. Y así se termina construyendo una cultura donde el servilismo pesa más que el talento.
P. En el libro cuestiona una idea muy instalada en los últimos años: que el objetivo de la educación, del trabajo o incluso de la vida debe ser la felicidad. ¿Qué le preocupa de ese discurso?
R. Me preocupa que se convierta en un eslogan vacío. Yo no voy a trabajar para ser feliz; voy a trabajar para hacer bien mi trabajo. Si además encuentro un buen ambiente, estupendo, pero convertir la felicidad en una obligación genera frustración, porque nadie puede ser feliz permanentemente.
Creo que hemos confundido bienestar con felicidad. Hay trabajos muy duros que merecen la pena y momentos difíciles que también forman parte de una vida plena. Si transmitimos que cualquier incomodidad es un fracaso, estamos educando personas incapaces de afrontar la realidad. La felicidad no puede ser el objetivo de una organización; debería ser, en todo caso, una consecuencia.
P. Después de todo lo que hemos hablado, uno podría concluir que la responsabilidad es de quienes ocupan posiciones de poder. Sin embargo, usted sostiene que también recae sobre el resto de la sociedad. ¿Hasta qué punto somos corresponsables de la tontocracia que denuncia?
R. Somos mucho más corresponsables de lo que nos gusta admitir. Tendemos a pensar que el problema siempre está en quienes ocupan posiciones de poder, pero una sociedad también decide qué comportamientos premia y cuáles tolera. Si dejamos de valorar el conocimiento, el esfuerzo o la honestidad, no podemos sorprendernos cuando quienes llegan arriba representan justamente esos valores que hemos normalizado.
Por eso creo que la solución pasa por formar ciudadanos adultos, con criterio y capaces de pensar por sí mismos. La educación tiene mucho que ver con eso. Una sociedad mejora cuando sus ciudadanos son exigentes consigo mismos y también con quienes aspiran a dirigirla.
jueves, 13 de agosto de 2026
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