sábado, 25 de abril de 2026

PRIORIDAD NACIONAL

DESCONEXIÓN, LIBROS Y POLÉMICA

He estado unos días fuera de mi casa, sin ordenador ni iPad y casi sin móvil, por lo que me he perdido noticias patria como la polémica con Eduardo Mendoza durante la celebración de Sant Jordi en Cataluña., polémica que he buscado en las redes para saber de qué habla Muñoz Molina.


Mira que en España le sacamos punta al lápiz en un tris, no hay nada que se libre de un chiste, pero no sé yo si los catalanes han perdido el sentido del humor...

Entonces llegó Mendoza
Los ataques que recibe el autor de ‘El misterio de la cripta embrujada’ es como uno de esos despropósitos narrativos que tanto le gustan.
Antonio Muñoz Molina, 25.04.2026
https://elpais.com/opinion/2026-04-25/entonces-llego-mendoza.html

Me acuerdo de la única vez que he firmado libros en Sant Jordi porque tuve la suerte de conocer a Miguel Gila. Lo había admirado de niño, antes de la televisión escuchándolo en la radio, viéndolo en algunas películas de pobres en blanco y negro, y luego, al cabo de los años, disfrutando sus viñetas de impávido humor negro en Hermano Lobo, una de aquellas revistas que en pleno franquismo se tomaron la libertad por su mano, antes de que la libertad llegara. Pero en aquel abril de 1995, en Barcelona, lo que le agradecí sobre todo a Miguel Gila fue su extraordinario libro de memorias, Y entonces nací yo, que es uno de los pocos testimonios de los años de la República y la guerra civil contados desde abajo, desde la posición de un pobre soldado de Infantería al que mandan al frente sin entrenamiento alguno y sin vapores ideológicos que lo animen al heroísmo ni a la crueldad.

Los monólogos sobre el absurdo de la guerra que lo hicieron célebre eran rigurosamente autobiográficos. El chiste macabro del hombre con una pierna amputada: (“Yo no soy cojo; es que me fusilaron mal”) reflejaba una experiencia suya: ya en la diáspora del final de la guerra, Miguel Gila fue apresado por un grupo de soldados marroquíes del ejército de Franco, los cuales se apresuraron a ponerlo contra el paredón, junto a otros camaradas de infortunio. Un pelotón de fusilamiento chapucero disparó contra ellos, y casi todos murieron, pero Gila permaneció indemne bajo los cadáveres de los otros, y consiguió escapar. En los tiempos muertos en el frente, los soldados republicanos y los nacionales jugaban al fútbol con pelotas de trapo y se intercambiaban tabaco y papel de fumar, así como noticias sobre parientes o amigos que hubieran quedado en el otro bando. Un día visita el frente Dolores Ibárruri, la Pasionaria, que ante aquella formación de reclutas hambrientos pronuncia su célebre consigna: “Más vale morir de pie que vivir de rodillas”. Y Gila reflexiona: “Pero ellos se marcharon al extranjero a vivir de pie y a nosotros nos dejaron en España a vivir de rodillas”.

El globo de la propaganda y de la épica lo pincha fácil el puro sarcasmo de la realidad. Miguel Gila me dedicó sus memorias y me dio un abrazo en el vestíbulo del hotel y ya no volvimos a vernos, ni ese día ni nunca. Nada más salir de allí fuimos arrastrados en la fiesta multitudinaria de los libros y las rosas, que aquel año, para mayor complicación, incluía breves intervalos de lluvia. A las carreras de literatos entre una librería y otra se añadían las que nos forzaban a buscar sombrillas y aleros bajo los que protegernos. Como aficionado a la literatura y a la botánica, nada me puede complacer más que la costumbre de regalar rosas y libros; pero siendo también aficionado al sosiego, y propenso al mareo y a un cierto grado de pánico en medio de las grandes afluencias de gente, he preferido no volver nunca a Sant Jordi. En Nueva York, cuando trabajaba en el Instituto Cervantes, con la ayuda de un bibliotecario de honda vocación, Lluís Agustí, inventamos un Sant Jordi ecléctico, en el que los participantes leían, según preferencias o habilidades lingüísticas, pasajes de Don Quijote de la Mancha en castellano o en inglés, o de Tirant lo Blanc, y a cada uno se le regalaba una rosa.

Espero que mi ausencia voluntaria y reiterada del Sant Jordi de Barcelona no sea interpretada como una ofensa a la ciudad, o al santo patrón de Cataluña, o a la catalanidad misma. Con bastante menos público, aunque con gran complacencia, me he encontrado con lectores en bibliotecas públicas y en librerías independientes de Barcelona, de esa manera discreta que me parece la más apropiada para la difusión de la literatura. Estoy convencido de que hay algo de confidencial en la literatura, igual que lo hay en músicas como el flamenco o el jazz, no por el hecho accidental de que sean minoritarias, sino porque para ser disfrutadas en su plenitud necesitan ese grado de cercanía en el que es posible la emoción íntima y la percepción de los matices.

Escribo con algo más de miramiento acordándome de las borrascas de indignación que se han desatado en Cataluña en respuesta a una broma de comedida irreverencia que se le ocurrió a Eduardo Mendoza en la presentación de su última novela, una nueva salida del astroso detective sin nombre que comenzó sus aventuras hace ya cuarenta y tantos años en El misterio de la cripta embrujada. A Mendoza, quizás por el ejemplo de sus modales, se le atribuye un humorismo británico, pero yo lo veo bastante español, precisamente de la escuela de Gila, con una ligereza pop de trompazos de títeres o de viñetas de tebeo.

El humor de Mendoza estaba ya en su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, en la que había también un amor por los géneros menos respetables de la literatura, los folletines de crímenes por entregas, las tramas policiales. La primera gran humorada de Mendoza fue provocar con su mejor sonrisa, y como distraído, sin el menor empeño doctrinario, una especie de tranquila revolución en la novela española de aquellos tiempos, cuya principal característica era una seriedad lúgubre, plomiza, abismal. Uno quería empezar a escribir y un miedo paralizante lo dejaba en suspenso: había que revolucionar la gramática, la sintaxis, las normas narrativas, la herencia detestable del realismo decimonónico; y también había que hacer la revolución política y social, de modo que la literatura fuese un arma en la batalla contra el fascismo y el capitalismo. Yo terminé de leer una de las novelas más celebradas de entonces, Juan sin tierra, de Juan Goytisolo, y a mis 20 o 21 años de aprendiz de literato, caí en un trauma de remordimiento, casi de extravío: Goytisolo iba tan lejos en su afán de dinamitarlo todo que terminaba el libro con una frase en árabe, como si el idioma mismo en el que escribía fuera ya inadecuado, igual que las tramas, los personajes, la simple inteligibilidad de una historia. Justo aquello que más me atraía a mí de la literatura era reprobable.

Entonces llegó Mendoza. Como no vivía en España, no se había enterado de que el gusto a la vez primario y sofisticado de contar estaba proscrito, y de que el humorismo no era respetable, a no ser como caricatura panfletaria. Ahora es muy difícil imaginar el efecto que El misterio de la cripta embrujada podía tener en un lector joven con aspiraciones literarias. Mendoza se burlaba de todo, de las convenciones de la literatura y de la política, y la corrosión de sus bromas era más eficaz porque carecía de saña visible y no dejaba, literalmente, títere con cabeza. Visto con la perspectiva de casi medio siglo, La cripta embrujada es una crónica bastante realista de la cochambre ética y estética española en los años de la Transición, de sus lenguajes tan degradados como sus figuras de autoridad. La lógica de la historia era tan insensata como la de la vida diaria y pública de entonces.

Los ataques que Mendoza está recibiendo por atreverse a faltarle al respeto a este santo que muy probablemente no existió podían formar parte de uno de esos despropósitos narrativos que a él tanto le gustan, de la misma manera en que Carles Puigdemont, con sus huidas y apariciones atolondradas y sus espasmos visuales como de cine mudo, se ha convertido ya en uno de sus personajes. Voces ultrajadas exigen que a Mendoza se le retire nada menos que la Cruz de Sant Jordi, lo cual sin duda lo sumiría en la amargura; Puigdemont dice que su broma “es la venganza de los resentidos”. Portavoces de juventudes patrióticas proponen que los libros de Mendoza se quemen en las hogueras de San Juan, logrando así un doble beneficio, purificador e identitario. Tal como están las cosas, empiezo a pensar que el nombre nunca dicho del detective esperpéntico pudiera ser Miguel Gila.

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

 







EL MUNDO AL REVÉS

Éstas son noticias de EL PAÍS en sus primeras "páginas" del periódico online, que se ha vuelto frívolo, taurino y rosa. Qué pena, tendré que buscar ahora otro periódico que leer; está claro que todo tiene un ciclo.



Por otro lado, el periódico habla de Tana como si se tratara de una prócer o personalidad importante en este país de pandereta. 






Otra periodista a la que veto, la tal Luz Sánchez-Mellado, que recuerda que en España nadie glosa la "gesta" de los toreros muertos. Alucinante. 


martes, 21 de abril de 2026

HOMEOPATÍA

Hace ya vente años, estando en el estudio trabajando, mi compañero me dice que lleva un tiempo con dolores en el pecho y que no se le van. Son gases, me confirma.
> ¿No vas al médico?
> Sí, sí, fui a mi amigo X y me ha recetado aerored, eructo va, eructo viene. 
Mi amigo era muy dado a la homeopatía y suamigo médico, del que jamás supe nada más de él, a lo mismo. Friegas en el pecho, pastillas de no-sé-qué, antiácidos, infusiones para evitar los gases y esas lindezas. Finalmente fue al médico porque el dolor no sólo no remitía sino que había aumentado y tras un TAG o algo así le diagnosticaron cáncer de pulmón en estado 3 ó 4, ya no lo recuerdo. En ese momento, cuando me lo contó, si odiaba la homeopatía -había leído mucho sobre ella-, mi odio llegó a su cénit, esa majadería (y por ende suamigo médico) iba a matar a mi compañero de despacho, y amigo, como así ocurrió a los seis meses justos después del diagnóstico.
De ahí que noticias como la que leo ahora me llenen de optimismo.

Sanidad certifica que la homeopatía es placebo y que puede constituir “un riesgo” para la salud
El ministerio publica un informe que revisa tres lustros de estudios sobre una pseudociencia que mueve más de 30 millones al año en España y que podrá seguir comercializándose.
Pablo Linde, 21.04.2026

Los resultados que proporciona la homeopatía “no superan al placebo”, no existe “evidencia científica” de que sea un tratamiento eficaz y usarla desplazando otras terapias puede “poner en riesgo” la salud de los pacientes. Estas conclusiones, que la comunidad científica sostiene desde hace décadas, han sido certificadas por el Ministerio de Sanidad en un informe sobre esta pseudoterapia, que ha publicado este martes la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS).

El documento no supone ninguna vinculación legal: los productos homeopáticos son legales ―se comercializan 976― y pueden seguir vendiéndose en farmacias bajo ciertas condiciones, tal y como sucede hasta ahora, con una facturación de más de 30 millones de euros en 2023, según datos que aportó la consultora HMR a este periódico. Es más bien una advertencia oficial de que la ciencia no respalda estos pseudofármacos, que se basan en la falsa creencia de que lo similar cura lo similar y de que una sustancia, diluida en agua hasta su total desaparición, puede curar la misma dolencia que provoca.

El documento es un exhaustivo repaso de la literatura científica publicada entre 2009 y 2026, que incluye solamente ensayos clínicos en humanos con los máximos estándares: aleatorizados y controlados. Cuando los técnicos de Sanidad han buceado en esta bibliografía, lo que han encontrado es que la homeopatía no sirve para curar nada de lo que proclama y que incluso puede tener algún efecto secundario en formulaciones que sí incluyen principios activos vegetales.

La ministra de Sanidad, Mónica García, ha sido tajante en unas declaraciones grabadas sobre el tema: “La homeopatía no funciona. Hemos analizado toda la evidencia científica disponible y el resultado es el siguiente: no funciona mejor que un placebo. Muchas de estas sustancias están tan diluidas que es literalmente como disolver un sobre de azúcar en el Mediterráneo. Cuanto mejor se hacen los estudios, menos funciona; a más rigor, menos efecto. Y el riesgo real para la salud es dejar tratamientos que sí funcionan. No es lo que tomas, sino lo que dejas de tomar. En resumen, ni sustancia, ni explicación, ni eficacia en salud. Donde hay ciencia no mandan las creencias y en este caso la ciencia es clara”.

Vicente Baos, que ha formado parte durante años de la red de expertos de la AEMPS y la Agencia Europea de Medicamentos (EMA), coincide en que el principal riesgo asociado a estos productos es el posible abandono del tratamiento científico con expectativa de producir un beneficio conocido y adecuado.

Para este médico, la publicación de este “esperado informe” es una “excelente noticia”. Es consecuencia del Plan para la protección de la salud frente a las pseudoterapias (ConPrueba), que el Ministerio de Sanidad puso en marcha junto con el de Ciencia en 2018. Proponía publicar informes detallados de las pseudoterapias más extendidas para analizar sus fundamentos y si tenían algún sentido.

Sanidad identificó 73 pseudoterapias y comenzó a publicar informes sobre ellas. La pandemia ralentizó mucho todo este proceso y durante varios años el plan había quedado en suspenso. Desde que entró Mónica García en el ministerio, su departamento ha justificado que estaba trabajando en ellos y, particularmente, en el que acaba de ver la luz, el de la pseudoterapia probablemente más asentada y con una industria más potente detrás, aunque lleve unos años en declive.

El objetivo de estas evaluaciones es articular con ellas campañas informativas para concienciar a la ciudadanía sobre los peligros de las pseudoterapias; realizar modificaciones legislativas para que sea más fácil perseguir la promoción y venta de terapias o artilugios con reclamos para la salud que realmente no sirven para nada; y reforzar las garantías para que todas las actividades sanitarias se realicen por parte de profesionales con la titulación oficialmente reconocida; además de eliminar las pseudoterapias de los centros sanitarios.

En el caso de la homeopatía, existen 10.000 médicos colegiados que la recomiendan en sus consultas, según la Sociedad Española de Medicina Homeopática (SEMH). Su usuarios, aunque minoritarios, se han llegado a contar por millones en España. Una encuesta de 2018 mostraba que un 5% de la población había usado esta terapia en los 12 meses previos (lo que equivale a más de dos millones de personas). Desde entonces, son varios los datos que muestran que esta pseudociencia ha ido perdiendo peso.

El hecho de que todavía haya personas que confían en la homeopatía se puede deber, según el informe de la AEMPS, a que a diversos factores ajenos a su efecto específico, “como la evolución natural de la enfermedad o el efecto placebo”.

En opinión de Baos, es la propia legislación europea, “fruto de la importante presencia de lobbies interesados en la homeopatía, el principal handicap para que sigamos en Europa hablando de este tema que debería haber pasado a los libros de historia de la medicina hace muchos años”.

En España, los productos homeopáticos estuvieron en un limbo hasta 2018. Fue cuando la AEMPS los regularizó, bajo la condición de que tenían que probar su seguridad: es decir, no hacer ningún daño al paciente. Pero no pueden promocionarse para ninguna indicación terapéutica ni pueden proclamar que curan nada.

Fruto de aquella regularización se retiraron más de un millar de productos que se vendían en las farmacias, pero quedan otros tantos cuya comercialización está permitida.

Lo que nunca ha sucedido en España es que la homeopatía haya estado financiada por la sanidad pública. Los países que lo hacían (como Francia y Reino Unido) han ido dejando de hacerlo en los últimos años. Alemania tiene previsto retirar la subvención este 2026.

Sanidad subraya que el informe que acaba de publicar va en la línea que están siguiendo otros gobiernos que, sin prohibir su venta, sí exigen cada vez con más énfasis que sean transparentes en la información de su falta de eficacia probada. En Australia, por ejemplo, el National Health and Medical Research Council advierte de que la homeopatía no debe usarse para tratar enfermedades crónicas o graves. Y, en Estados Unidos, la Federal Trade Commission exige informar de que no hay pruebas científicas de su funcionamiento.

Hay movimientos, como el Círculo Escéptico, una de las asociaciones que lleva años luchando por una normativa más estricta con la homeopatía, que piden que Sanidad vaya un paso más allá. Su abogado, Fernado Frías, pone como ejemplo que “no tiene sentido” que el real decreto que regula la autorización de centros y servicios sanitarios, permita la puesta en marcha de unidades de terapias en las que se empleen productos homeopáticos.

Este periódico ha contactado con la Asamblea Nacional de la Homeopatía, organismo que engloba a las principales asociaciones profesionales médicas, farmacéuticas y veterinarias especializadas en esta práctica en España, para recabar su opinión, pero no ha recibido respuesta.

LA ENÉSIMA COGIDA


No voy a ser políticamente incorrecto, ni maleducado, ni desagradable, palabrita.
Nos encontramos ante la enésima cogida a un torero y a las decenas de artículos contándonos su salud, más bien mala, su percance, cómo entró el cuerno en su cuerpo, la evolución etc., etc., etc. Todo con pelos y señales. 
Obviamente que un toro cornee a un torero nos importa, al gran grueso de los españoles, poco o nada -más bien nada-; entiendo que sí a los taurinos. Que un señor con una espada y un capote en ristre torture a un animal indefenso rodeado de gente que jalea (el respetable, lo llaman), con la intención de hacerlo sufrir un buen rato y darle muerte al final, debería bastar para ser noticia en sí misma, no precisamente cuando lo único que puede hacer el animal, o sea defenderse como puede, es meterle el cuerno.
Pero ya se sabe, Spain is different!

NOTA. Ni que decir tiene que no entiendo cómo ésta puede ser una noticia de primara página en EL PAÍS.
Ska-P, *Vergüenza.

[Intro]
¡Eh, torero asesino!

[Verso 1]
Entre el Atlántico y el mar Mediterráneo
Hay una tierra de mar y mucho sol
Que desde antaño se viene practicando
Una asquerosa y sucia tradición
Un individuo vestido de payaso
Tortura y martiriza hasta la muerte a un animal
Y el graderío estalla de locura
Cuando el acero anuncia su final

[Verso 2]
Banderilleros sedientos de violencia
Van torturando sin ninguna compasión
Los picadores prosiguen la matanza
Acentuando punzadas de dolor
Malherido, enviste con bravura contra el frío
Del acero que destroza su interior
Agonizando en un charco de sangre
El puntillero remata la función

[Pre-Coro]
Festejo criminal, ¡vergüenza!

ESCALERAS