sábado, 7 de noviembre de 2026

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HUMOR, REMEDIO INFALIBLE





NO HAY CAMINO PARA LA PAZ, LA PAZ ES EL CAMINO


Yabarín, líder de la principal lista árabe de Israel: “Al apoyar a Eisenkot, hemos elegido lo menos malo”
El dirigente ve prioritario colaborar con el bloque judío de oposición para reemplazar a Netanyahu, pese a las diferencias ideológicas. El jefe de Estado encargará previsiblemente este domingo formar Gobierno al principal líder opositor.
Antonio Pita, 07.11.2026

Yusef Yabarín (Um El Fahem, Israel, 56 años) recibe abrazos y besos en un salón de bodas con mesas redondas y equipo de sonido. Parece el padre del novio, pero no hay ceremonia. Son simplemente cientos de palestinos con ciudadanía israelí que acuden este viernes a felicitarlo por los 11 escaños (de los 120 del Parlamento) que la lista electoral que lidera obtuvo la semana pasada en las urnas, dándole un papel clave para desbancar del poder a Benjamín Netanyahu. Es lo que intentará el principal líder opositor, Gadi Eisenkot, a partir de este domingo, cuando previsiblemente reciba el encargo del presidente, Isaac Herzog, por contar con más de la mitad de los apoyos. Entre ellos los de la candidatura de Yabarín.

Se llama Lista Conjunta, coaliga a tres partidos y fue la más votada de las dos que representan a los palestinos con nacionalidad israelí, dos millones de descendientes de quienes no huyeron o fueron expulsados hace décadas (1947-1949).

Han pasado los últimos cuatro años más discriminados, perseguidos y colectivamente criminalizados, bajo la coalición más extremista de Netanyahu. Por eso, cuando llegaron las elecciones, acudieron a votar como nunca, logrando un resultado histórico: 19 escaños en total. Y, también por eso, cuando Yabarín acudió este jueves —con el poder que da un 9% de los asientos en la Kneset— a la residencia del jefe del Estado, Isaac Herzog, en Jerusalén, puso la “prioridad” (sacar a Netanyahu del poder) por encima de las diferencias ideológicas con la derecha en la oposición. En vez de abstenerse, como apuntaba inicialmente, recomendó a Eisenkot.

El presidente de Israel, Isaac Herzog, (al fondo de la mesa) recibe a los representantes de la Lista Conjunta en el marco de las consultas para decidir a quién encarga formar Gobierno, este jueves en Jerusalén. Yigal Slavin

“Estamos eligiendo lo menos malo”, admite Yabarín. “Eisenkot es el único candidato alternativo y queríamos asegurar que contase con una mayoría amplia y clara. Era un mensaje al presidente [...] con el objetivo claro de impedir que diese el mandato a Netanyahu. Es el inicio de un camino para derrocarlo”, explica en una entrevista con este periódico antes del acto de celebración. El evento tiene lugar en Arara, una de las mayores localidades de Wadi Ara, un valle eminentemente árabe en el norte de Israel. La elección no es casual: la Lista Conjunta rozó aquí el 80% de votos. Otro 17,3% fue a la otra candidatura árabe, la más conservadora Ra’am, con ocho importantes diputados gracias a su fuerza entre los beduinos del sur. El Likud de Netanyahu recibió 24 votos, un 0,2%.

Netanyahu, mientras, sigue azuzando la teoría de que las listas árabes “robaron” las elecciones, apoyado en una investigación a la que el Comité Electoral ha quitado suficiente entidad como para modificar el resultado. Yabarín ve la maniobra de alguien que “busca privar de legitimidad al poder político árabe” porque “se niega a aceptar el resultado” electoral, que le ha dejado sin mayoría de Gobierno. “Sabe que el camino hacia su destitución es la cooperación entre judíos y árabes. Y eso es lo que teme”.
“No somos ingenuos”

Yabarín solo lidera la Lista Conjunta desde mayo. Antes fue diputado, por la misma candidatura y por Hadash, uno de los partidos que la conforman. De inspiración socialista, pone más énfasis en una alianza entre iguales con la mayoría judía, de la que proviene uno de sus diputados y recibe miles de votos. Yabarín se licenció en Derecho por la Universidad Hebrea de Jerusalén y se doctoró por la de Georgetown, en Estados Unidos. Luego, dio clases en universidades de ambos países, hasta centrar sus energías en ONG de derechos humanos y en Dirasat, el centro legal y de análisis que cofundó en Nazaret, la mayor ciudad árabe de Israel, para promover la igualdad entre las poblaciones judía y palestina del país.

Ahora, como líder de la lista árabe más influyente, afronta un equilibrio delicado. Los partidos judíos de oposición que aspiran a reemplazar a Netanyahu son principalmente de derechas y contrarios a un punto clave del programa de la Lista Conjunta: el fin de la ocupación militar israelí y la creación de un Estado palestino. “No somos ingenuos. En la oposición no escuchamos voces claras ni en contra de la discriminación ni del racismo. Tampoco que hablen de paz con el pueblo palestino”, reconoce. “Pero”, se apresura a aclarar, “lo primordial ahora mismo es que el Gobierno de Netanyahu no continúe. Y esperar que el nuevo cambie las políticas”.

Para ello, apuesta por un no —a ingresar en la futura coalición— y un sí: a sostener desde fuera con sus diputados un Ejecutivo en minoría, para que Netanyahu y sus socios no puedan tumbarlo. Lo llama “bloque de bloqueo”: 11 escaños dedicados a “permitir el cambio en Israel”.

Entrar en la coalición, en cambio, supondría participar en decisiones como “preservar la ocupación” de los territorios palestinos ocupados o destinar fondos o tropas a los asentamientos en Cisjordania. “Y nosotros no podemos ser parte de eso”, dice. ”Nuestro mensaje es muy claro: no hay solución militar. Más guerra y más guerra y más guerra solo perpetúan la ocupación y el conflicto”, resume.

Una simpatizante de la Lista Conjunta se hace un selfi con su líder, Yusef Yabarín, durante un evento de celebración de los resultados electorales en la localidad árabe de Arara, en el norte de Israel, este viernes. Antonio PIta

La Lista Conjunta incumple, en cualquier caso, al menos una de las cuatro condiciones que otro líder opositor, Eisenkot, puso ya en campaña: denominar a Hamás organización terrorista. Desde entonces, tanto los periodistas israelíes como el propio presidente han presionado a los líderes de las listas palestinas a hacerlo. Sin éxito.

A Yabarín le irrita el tema y siente un doble rasero: a él lo interrogan todo el tiempo por ello, pero no a los políticos judíos que defienden crímenes de guerra o usan lenguaje genocida, con afirmaciones sobre la ausencia de inocentes en Gaza. “Tenemos unos valores y una posición moral muy clara. Y no necesitamos que nadie nos dé lecciones morales. Estamos en contra del daño a civiles inocentes. Condenamos el ataque [por Hamás] a civiles inocentes el 7 de octubre de 2023. Lo dijimos explícitamente ese mismo día. Y también que no puede servir como justificación de todos los crímenes cometidos en Gaza”.

Yabarín recuerda un precedente del que se habla mucho estos días. En 1992, Isaac Rabin tenía solo 56 diputados. Por primera vez en la historia del país, cinco árabes le garantizaron desde fuera la mayoría mínima (61) para resistir a la derecha. Gracias a ello, firmó los Acuerdos de Oslo con el líder palestino, Yasir Arafat. Luego, un ultranacionalista radical israelí lo asesinó por ello.

Es, dice, un ejemplo histórico de la “oportunidad” que se abre. De que un eventual Ejecutivo liderado por Eisenkot cambie sus puntos de vista y “tome una nueva dirección”, en pro de “un horizonte político” para los palestinos. Es, subraya, cuestión de “valentía”. “Sabemos que no sucederá en semanas o meses, pero se trata al menos de iniciar un camino de cambio en la dirección correcta, porque el Gobierno de Netanyahu ha sido destructivo para toda la región”, agrega.

La idea del apoyo externo choca de momento con los deseos de uno de los partidos de oposición, el derechista Israel Beitenu. Su líder, Avigdor Lieberman, ha reiterado este viernes su negativa no ya solo a un Gobierno judeo-árabe, sino también a que el bloque judío de oposición (su partido, el de Eisenkot, Beyahad y Los Demócratas) gobierne en minoría “dependiendo” de las listas palestinas.

BASURA


Apocalipsis zombi en la campaña electoral
Si el PSOE nos puede dar un cursillo cutre en materia de cloacas, la derecha nos puede dar un máster entero.
Berna González Harbour, 07.11.2026

Los helicópteros tableteaban el viernes con tanto empecinamiento en el cielo de Madrid que la ciudad parecía un escenario de Apocalypse Now. Estábamos en Ópera grabando una entrevista con Isabel Coixet y el ruido nos cegaba tantas veces la conversación que la cineasta bromeó: “¡Imagino que están bajando a Milei y su motosierra con un cable!” La Cumbre Iberoamericana se celebraba muy cerca y el denso control policial pesaba en una atmósfera en la que todo es tan vertiginoso que ya nada nos sorprende. Mientras se acrecentaban las sirenas y el batir de las aspas, decenas de vuelos estaban afectados en Europa por amenazas de bomba y nos aterraba saber que los bancos de sangre también son víctimas de ciberataques. Más la ristra de protestas en Madrid y Francia.

“En 2026 nos cuesta respirar”, aseguró esta semana el estupendo escritor Gonçalo Tavares al recibir el premio Formentor. “Las noticias circulan a algunos metros del suelo y la cantidad de oxígeno disminuye”.

Y es muy cierto. Al igual que esos helicópteros sobre Madrid, las noticias están circulando a algunos metros del suelo como aspas forradas de cuchillas. La campaña intenta renacer estos días tras la catástrofe ferroviaria, pero está sobrepasada por acontecimientos que nada tienen que ver con los programas electorales. Enternece el esfuerzo del PSOE por simular que la dimisión de Óscar Puente abre una nueva página. Más allá de Ceutas y trenes, los nuevos registros de la UCO por el caso Koldo y Ábalos nos recuerdan la basura acumulada. El pago de 240.000 euros a la defensa de Koldo por parte de un periódico digital de derechas nos recuerda que, si el PSOE nos puede dar un cursillo bastante cutre en materia de cloacas, el PP nos puede dar un máster entero.

Las noticias vuelan como esos helicópteros y aún no conocemos el guion de lo que ocurrirá antes de que votemos. Como recuerda Kiko Llaneras en su nuevo podcast de análisis electoral, la ventana de atención es cada vez más corta y lo que antes duraba días se esfuma en segundos. Quién sabe si el 29-N ya no estaremos pensando en trenes, sino solo en el miedo que nos da todo lo que va a seguir ocurriendo en esta era acelerada y loca.

“Las noticias vienen con monóxido de carbono; están hechas para hacer toser a los humanos, para asfixiarlos, para pedir ayuda”, siguió Tavares en las luminosas Conversaciones Literarias celebradas esta semana en Formentor. “Y no hay nada más peligroso que una inmensa multitud asustada”. Pues eso. Que de Apocalypse Now estamos pasando a una nueva entrega del apocalipsis zombi.

SATORI, NO TODO ESTÁ PERDIDO


En un campo de almendros
Gracias a la crónica de Jiménez Barca veo ese campo de Toledo bajo el sol otoñal, los árboles entre los que se esparcen las chatarras del accidente, las personas sumidas en la irrealidad y el dolor.
Antonio Muñoz Molina, 07.11.2026

Un niño tiene desde muy pronto una percepción plástica del mundo, pero se tarda más en adquirir una plena conciencia estética: la sensación de estar contemplando algo que en sí mismo es bello y memorable, con independencia de cualquier utilidad o significado ulterior. Se abren de pronto los ojos y se ve plenamente lo que hay delante de ellos, en toda su complejidad y su riqueza, o en una sencillez que hasta entonces no se supo apreciar. La idea zen de la iluminación repentina, el satori, no alude a una visión mística o cegadora, sino a la simple constatación de lo que existe en un momento dado: sin niebla, sin ideas preconcebidas, sin la fatigosa intromisión de borboteos mentales y fantasías egocéntricas que suele calificarse de vida interior. El haiku, la fotografía, el boceto, son el ejemplo y el fruto de esa instantaneidad.

Me acuerdo de la primera vez que tuve conciencia estética de algo. Un día de principios de noviembre, no el de Todos los Santos, a los 15 años, fui al cementerio de Úbeda con un amigo que compartía mis aficiones literarias. Íbamos por el camino, a las afueras de la ciudad, una mañana limpia y fría de sol, con hileras de árboles amarillos y campos recién arados; laderas azuladas ondulaban al fondo de un horizonte de olivares. Esos paisajes y esos mismos colores yo llevaba viéndolos desde que abrí los ojos; eran el escenario constante de mi vida. Y sin embargo, esa mañana, en ese momento, los vi por primera vez de verdad. Pensé que era una primavera de noviembre.

Es una cita que celebro cada año, aunque cada vez haga menos frío y mi primavera de noviembre se parezca cada vez más a un veranillo de San Miguel retrasado. Voy por un camino apurando el oro del último sol en estas tardes abreviadas y el aire, al enfriarse, huele más tersamente aún a hojas caídas y a manzanas; o salgo a media mañana, y entro con alivio en una zona de sol después de un tramo de sombra fría: es el sol que en otros tiempos calentaba a los abuelos, que se apoyaban en las paredes mejor orientadas para recibirlo, salvándolos de la humedad de sus casas sin calefacción. Digo para mí mismo: “primavera de noviembre”. Y aunque por edad estoy más cerca de aquellos abuelos sesteando al sol, con quien me identifico quiméricamente es con el chaval que los miraba entonces como si pertenecieran a otra especie arcaica. En aquella riqueza de los oros variados de noviembre me sentía enardecido por una felicidad sin explicación, en la que parecía que estuviera contenida toda la promesa de un porvenir intacto, un gran regalo sin abrir.

A lo largo de mi vida he reconocido la luz de las primaveras de noviembre en lugares inusitados. Hace justo diez años la disfruté con particular intensidad porque sabía que muy probablemente era la última vez que la veía en Nueva York, ciudad de los otoños más lujosos que existen. Era un archivero y un coleccionista de hojas de árboles caídas por el suelo, en las veredas de los parques, arrastradas por millones en la corriente del río Hudson, que las traían de los bosques de Canadá y del norte del estado. Salía de mi casa con un libro en el abrigo con el simple propósito de guardar en él las hojas que me parecieran más perfectas, sin mordeduras ni manchas de parásitos, de colores más fuertes, los rojos y los amarillos de los arces, los ocres de cuero usado de los robles. Guardar una hoja en un libro era como dejar apresada en sus páginas esa luz que yo veía relumbrar y extinguirse tan despacio como una brasa en el edificio orientado al oeste que veía desde mi ventana.

A los nobles colores cálidos de aquel noviembre de 2016 se superpuso infecciosamente el amarillo anaranjado y sintético del tupé de Donald Trump, el bronceado artificial de una máscara de ojos y boca pequeños y malvados, más crueles todavía por la jactancia ávida de la codicia y el dinero. Teniendo a dónde volver, no había necesidad alguna de seguir habitando en el reino grotesco de aquel aspirante a sátrapa. Recuerdo el estupor de los amigos neoyorquinos con los que compartíamos la cena en la noche electoral. Se avergonzaban de su país delante de nosotros. A la mañana siguiente había quedado con un amigo pintor en una galería de arte, en una de esas calles de Chelsea que desembocan en un horizonte portuario y marítimo. Los cuadros de Mark Rothko se reflejaban en el suelo de cemento muy pulido como en la superficie lisa de un estanque, despojados de sustancia física, de peso, puras franjas de color. En la calle, en la atmósfera limpiada por el viento del mar, resplandecía como nunca mi primavera de noviembre.

¿Y si la conciencia estética no fuera más que nada un engaño voluntario, una especie de opiáceo moral? En este periódico, al día siguiente de la nueva mortandad ferroviaria, Antonio Jiménez Barca, que iba en uno de los trenes, expresa con un formidable instinto literario la dificultad de la mente humana para dar una forma inteligible a la experiencia del caos. Ve un vagón que ha perdido el techo, como si se lo hubieran arrancado, y ve a un viajero que continúa en su asiento, a la intemperie, inmóvil, bañado en sangre, ileso, la cara vuelta hacia donde un poco antes habría una ventanilla. Lo que hay ahora es un campo de almendros. Entre esos almendros camina Jiménez Barca, hacia un desconocido. “Vi un hombre solo, de pie, en medio de una hilera de almendros, llorando”. Los dos se abrazan, con la fraternidad inmediata de la desgracia. El hombre dice llorando que podría haber muerto y no ver nunca más a sus tres hijos pequeños.

Lo real siempre es específico. El almendro es un frutal de secano que se cosecha bien avanzado el otoño. Su forma es tan austera como su fruto. En un campo de almendros la silueta del árbol se recorta con mucha precisión contra la tierra árida y la maleza seca del pasado verano, contra el cielo limpio de octubre y noviembre. Largas sequías llevan muchos años diezmando los campos de almendros. Escribir es contar y es enseñar a ver. Después de leer la crónica de Antonio Jiménez Barca veo gracias a él lo que de otro modo no habría visto, ese campo de Toledo bajo el sol otoñal, las hileras de almendros entre las que se esparcen las chatarras bárbaras del accidente, los equipajes disparados como proyectiles, las personas sumidas en la irrealidad y el dolor; y también el modo en que se ayudan unos a otros, se apoyan en un hombro más fuerte para no desfallecer, se dejan vendar y cuidar. La misma dignidad, la misma extraña alianza entre la fragilidad y la fortaleza, se ven en los supervivientes, en los médicos, en los guardias civiles, en los voluntarios llegados del pueblo para ayudar en lo que puedan. Fijarse en todo es de una importancia suprema; intentar que en las palabras que cuentan haya un grado de precisión semejante al que permite a un forense establecer la identidad genética de un muerto sin nombre. Es importante imaginar bien esa figura del viajero que se ha quedado en el asiento de un vagón descarrilado. A Jiménez Barca le hacen una cura en un hospital y cuando va al café se encuentra con el hombre al que vio en el campo de almendros. Los dos sonríen, se abrazan largamente sin decir nada. Sobran las palabras. El mundo es lo que es, pero el abrazo silencioso entre dos desconocidos es un antídoto y también un argumento contra la vileza política de quienes no tienen el menor escrúpulo en alimentar con cadáveres y mentiras el odio que necesitan sembrar para vencer. Yo no veré la primavera de noviembre en Nueva York, pero sí puedo celebrar la alegría de quienes han sabido rebelarse eficazmente contra la omnipotencia arrasadora del dinero. No todo está perdido. No es trivial la belleza de ese campo soleado de almendros.

IGNORANCIA. BUENO, O MASOQUISMO


Cómo acabar de una vez por todas con la nostalgia del franquismo
Las madres de los supuestos nostálgicos ni siquiera podrían abrir una cuenta corriente sin permiso del marido.
Javier Cercas, 07.11.2026

Dicen que el franquismo está de moda entre los jóvenes. El año pasado por estas fechas, en el 50º aniversario de la muerte de Franco, numerosos estudios parecían confirmar el fenómeno. Según una encuesta del CIS, el 19% de los jóvenes consideraba que los años del franquismo fueron “buenos o muy buenos”; un 17,4% de encuestados de la misma edad juzgaba que la democracia actual es “peor o mucho peor” que la dictadura. Por su parte, en Generación 15-M Ignacio Urquizu detecta una “pulsión autoritaria” entre los jóvenes, y un estudio de SocioMétrica mostraba que, entre los menores de 35 años, se daba un empate técnico entre favorables y contrarios al franquismo. ¿Reflejan estos datos la realidad? Si es así, ¿cómo explicar esa nostalgia de la dictadura?

Hace tiempo le oí contar la anécdota a Gay Mercader, pionero promotor del rock and roll en España. Debió de ocurrir tras el primer concierto de los Rolling Stones en nuestro país, el 11 de julio de 1976, cuando Franco ya estaba muerto pero el franquismo aún seguía muy vivo. Mercader acompañó a Mick Jagger y Keith Richards a su hotel de Barcelona, de vuelta del concierto en la Monumental. Dos admiradoras iban con ellos, y ya se disponían a subir los cuatro a las habitaciones cuando un conserje los detuvo; Jagger y Richards no entendían qué trataba de decirles, hasta que Mercader se lo aclaró: el buen hombre aseguraba que, si las dos parejas no le mostraban el libro de familia, probando así que estaban casadas y bien casadas, no podía permitirles el paso… Yo no sé qué hubiera dado por ver la cara que en aquel momento pusieron los dos músicos; tampoco sé cómo acabó el incidente: solo espero que las dos parejas se las arreglaran para esquivar al conserje y pasar una noche fantástica. Lo que sí sé es que, en su versión más benigna, eso es lo que fue el franquismo. ¿La mitad de los jóvenes españoles quieren vivirlo? ¿Seguro? En realidad, hay una herramienta infalible para acabar de una vez por todas con la nostalgia del franquismo: la máquina del tiempo. Como no es cuestión de incurrir en prácticas sádicas, yo no trasladaría a los defensores de la dictadura o los aquejados por una pulsión autoritaria al franquismo fascista de los años cuarenta, con sus fusilamientos cotidianos, sus campos de concentración, su hambre insondable, su penuria generalizada y su autarquía a cal y canto; a decir verdad, bastaría con mandarlos a los años sesenta o primeros setenta, cuando España era una mezcla de convento y cuartel donde regía algo casi peor que el fascismo: un engendro del demonio llamado nacionalcatolicismo (en el cual las madres de los supuestos nostálgicos, por ejemplo, ni siquiera podrían abrir una cuenta corriente sin permiso del marido). Con eso sería suficiente: luego ya solo quedaría esperar hasta que, al cabo no de días sino de horas o minutos, los viajeros en el tiempo imploraran de rodillas y sollozando que acabáramos con el experimento y los devolviéramos cuanto antes al aborrecido presente. Lástima que no dispongamos todavía de una máquina del tiempo, dirán ustedes; así es: porque, mientras la inventan, solo podemos sustituirla contándoles a los jóvenes en la escuela y donde haga falta, con hechos y datos, sin moralinas, regañinas ni simplificaciones, lo que fue de verdad el franquismo (y, de paso, por qué la peor democracia es mejor que la mejor dictadura). Ese es el primer motivo que suele alegarse para explicar la presunta nostalgia de aquel régimen entre los jóvenes: la ignorancia de lo que fue. Otro es la ola autoritaria que nos invade. Ambos me parecen válidos, pero hay un tercero que no suele mencionarse, y que yo no descartaría. ¿Por qué los jóvenes sienten o dicen sentir nostalgia del franquismo? Pues por lo mismo que nosotros decíamos a su edad idioteces parecidas: para fastidiar a sus mayores, para plantarles cara e insubordinarse contra ellos; en suma: para joderlos. Sobra añadir que, idioteces aparte, es un motivo perfectamente legítimo.

¿Nostalgia del franquismo entre los jóvenes? Si de verdad la hay, la culpa es nuestra.

EDWARD A. MURPHY JR.

La Ley de Murphy es una de esas no escritas, como las de la Mafia, que siempre terminan demostrándose, y no precisamente como la excepción sino todo lo contrario.
A punto de terminar un proyecto a contrarreloj, como en los viejos tiempos, se cruzan varios caminos para que se cumpla la ley del ingeniero norteamericano, que no cito textualmente para no invocarla.
A partir de mañana me pongo unos días en modo OFF por un asunto familiar, que por supuesto coincide con la entrega del proyecto. a su vez, también con los inciertos resultados (quiero creer que serán óptimos) de mi analítica por aquello de la anemia. Y como no hay dos sin tres, mi madrina T está ya en su última etapa vital, lo que me suma en una tristeza in advance al no poder estar aquí si ocurre el temido desenlace. 
A esta reunión familiar debía contar con mi madre, pero no pudo llegar, cosas de la vida, o mejor dicho de la muerte, siempre tan inoportuna. Ella, si no en cuerpo, en alma estará con nosotros.
Ya sábado, día 7, casi casi a mediados de mes, nada para las Navidades.
El tiempo, como lo son las leyes de la naturaleza, de la física, de Newton y hasta de Murphy, no se detiene para ninguno de nosotros, así que no olviden vivirlo todo.

viernes, 6 de noviembre de 2026

INSTITUTO CERVANTES EN PARÍS

 

CARLITOS


























 

SOBRE LA HUELGA GENERAL


Rodrigo Sorogoyen, Carlos Bardem, Alana S. Portero y Sara Barquinero, entre los más de 800 trabajadores de la cultura que respaldan en un manifiesto la huelga general
Los firmantes llaman al paro del sector con el texto ‘El 11N, la cultura también para’.
Ana Marcos, 06.11.2026

Más de 70 editoriales, un centenar de librerías, 70 espacios y organizaciones culturales y más de 500 trabajadores del sector se han unido en el manifiesto El 11N, la cultura también para, en respaldo a la huelga general convocada el próximo 11 de noviembre por el Sindicato de Inquilinas, CC OO, UGT y CGT por la crisis de acceso a la vivienda. Entre los firmantes figuran el filósofo Paul B. Preciado, los cineastas Rodrigo Sorogoyen y Laura Hojman, el actor y escritor Carlos Bardem, los dramaturgos Pablo Messiez y Lola Blasco, el músico Nacho Vegas, la cantante Rocío Saiz, las escritoras Marta Sanz, Elvira Navarro, Gabriela Wiener, Mónica Ojeda, Edurne Portela, Elena Medel, Alana S. Portero, Andrea Abreu, Beatriz Serrano, Lucía Lijtmaer, Aixa de la Cruz, Sara Barquinero, Sabina Urraca y Elizabeth Duval, la poeta y editora Luna Miguel, los escritores José Ovejero y David Uclés, el filósofo Ernesto Castro, los periodistas Javier Gallego, Irantzu Varela y Nerea Pérez de las Heras, la comunicadora Inés Hernand y la viñetista Flavita Banana.


El colectivo de trabajadores y organizaciones de la Cultura ha creado una cuenta en Instagram para difundir el manifiesto en el que respaldan la convocatoria. “Quienes escribimos, traducimos, editamos y vendemos libros; quienes hacemos música, teatro, cine, danza o cualquier arte viva; artistas, galeristas y creadores de contenido; quienes formamos parte del mundo de la cultura nos sumamos a la huelga general por la vivienda del 11 de noviembre”, empiezan declarando. “Hace ya casi un siglo, Virginia Woolf afirmaba que era necesario tener un cuarto propio si se quería escribir ficción o poesía. Muchas de nosotras trabajamos en nuestra propia casa, y a veces ni podemos tener eso asegurado”.









El pasado julio, el Consejo de Ministros aprobó el llamado Estatuto del Artista que derogó la antigua normativa de 1985, tras años de negociaciones. El texto fijó cuestiones largamente demandadas por el sector, por ejemplo, extendió el concepto de jornada laboral para incluir actividades esenciales como los ensayos, la preproducción, la posproducción o las tareas de promoción, para evitar que el trabajo se limite únicamente a la actuación o interpretación final; impuso una mayor transparencia en la retribución, lo que obliga a desglosar de forma individualizada en la nómina tanto los conceptos salariales como los no salariales, así como (esto era una de las reivindicaciones históricas) las cantidades correspondientes a los derechos de autor.

En España, el sector equivale en cifras al 3,5% del mercado laboral, algo menos de 700.000 personas, en datos del Ministerio de Cultura referidos a 2021, mientras solo un 66,6% de ellos son asalariados (casi 20 puntos menos que la media general). Y solo en la mitad de los casos hay un contrato indefinido en una industria cultural que cuenta con un 67% de empresas sin otro empleado que el propio autónomo.

Los firmantes recuerdan en el texto la situación en la que se encuentran sectores como el del libro. “Según una encuesta de la Asociación de Librerías de Madrid, más de 8 de cada 10 librerías son inquilinas, y sólo el 14,3% afirma tener garantías de continuidad en su local actual. Si en las grandes ciudades las librerías cierran, en las pequeñas directamente no llegan a abrir”, explican. Además de recordar la precariedad de la profesión: “Se da por hecho que las profesionales del mundo de la cultura tenemos que compatibilizar más de dos o tres trabajos para crear y que rara vez accederemos a un espacio propio para ello. No podemos aceptar que la cultura sea el privilegio de quienes ya han llegado a ella en posesión de patrimonio mientras se expulsa y precariza a sus trabajadoras”.

Al final del manifiesto, recuerdan la importancia que los espacios culturales tienen en el devenir de un país. “Cada vez más barrios se convierten en decorados, la gentrificación expulsa a vecinas y liquida los pocos espacios de encuentro que nos quedan. Todo lo que nos aísla impide que emerjan comunidades culturales y mutila la riqueza artística. Si algo contribuye al conservadurismo cultural, es la inflación de alquileres e hipotecas”, recuerdan.