sábado, 5 de septiembre de 2026

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

¿Y SI VUELVEN A GOBERNAR ELLOS?


Música de nuevo. Hoy, Beethoven para empezar: esta, en un lado de la balanza; la política, en el otro.

Esta mañana, tras el parón de la hora correspondiente por aquello de tomar hierro en ayunas, me senté a leer el periódico. Ya a esas horas de la mañana, uno es capaz de ponerse de mal humor con las noticias. Leí un interesante y ¿profético? artículo con el título «Deutschland 2033» y, al comprobar las similitudes con lo acontecido en Europa en el siglo pasado —cámbiese la palabra «judío» por «inmigrante»—, me quedé preocupado.

En España, donde no tuvimos un pasado nazi, pero sí a Franco, nos encontramos con un panorama parecido, la conspiración comunista judeomasónica ha dado paso a las hordas invasoras —emigrantes, igualmente—, donde el miedo al que viene de fuera ha instalado el relato del odio allá donde mires; un relato basado en innumerables mentiras y bulos que pintan un final de legislatura terrible. No sé cómo Pedro Sánchez aguanta el embate, o mejor dicho, los embates.

Parecería que la opinión pública se decanta por el derrotismo y da como ganador al PP y a Feijóo —ejemplo patrio de gran estadista y orador—, de manera que el futuro se considera escrito, aunque personalmente no pueda entender cómo un país puede llegar a votar a un partido y/o ideología que en estos últimos años ha votado NO a todo:

NO al divorcio.

NO al matrimonio igualitario.

NO al aborto.

NO a la ley de dependencia.

NO a la ley de igualdad.

NO a la eutanasia.

NO a la reforma laboral.

NO a la subida del SMI.

NO a la subida de las pensiones.

Podríamos decir que España se ha vuelto un país masoquista sin ánimo de equivocarnos.

Bruch, *Concierto para violín nº1.

‘Deutschland 2033’: el libro que imagina cómo sería una Alemania gobernada por la ultraderecha
El periodista Justus Bender publica un análisis de un hipotético futuro gobierno de la formación ultra Alternativa para Alemania (AfD), basado en lo que ya está ocurriendo en el país.
Andreu Jerez Ríos. Berlín, 4 de septiembre de 2026 22:45 h

Alternativa para Alemania (AfD) ha ganado las elecciones federales con un 36% de los votos. La ultraderecha es, con mucha diferencia, el partido más votado del país. La formación, fundada en 2013 al calor de la crisis de deuda en la Eurozona, no tiene suficientes escaños para gobernar en solitario, pero se ha convertido en imprescindible para formar un ejecutivo en la mayor economía europea.

Los conservadores de la CDU-CSU están en segundo lugar, pero muy lejos de AfD. Los democristianos, en estado de shock, hacen frente a un dilema: probar un inverosímil gobierno cuatripartito con socialdemócratas, verdes y poscomunistas (la prensa bautiza la fórmula como Coalición Zimbabue-Ghana por la cantidad de colores de los cuatro partidos involucrados) o abrirse a negociar con la ultraderecha una coalición gobernante con una cómoda mayoría parlamentaria. La democracia cristiana alemana está entre la espada y la pared.

La segunda opción tiene además un serio inconveniente: como partido más votado, AfD tiene derecho a exigir que su candidata, Alice Weidel, se convierta en la futura canciller federal. Weidel lo pone además más difícil, exigiendo a los conservadores “una disculpa pública al pueblo alemán” por haber dejado entrar solicitantes de asilo e inmigrantes al país. La ultraderecha se siente más cerca que nunca de su objetivo real: destruir la democracia cristiana, alcanzar la hegemonía política, tener la mayoría absoluta para gobernar en solitario y transformar a su gusto el Estado alemán.

Tras días de debates internos en la cúpula de la CDU-CSU, el presidente del partido y candidato a canciller democristiano, Jens Spahn, toma finalmente la decisión de tumbar lo que queda del cordón sanitario y acepta unas negociaciones con una ultraderecha considerada por los servicios de Inteligencia del país como parcialmente de extrema derecha —por consiguiente, una amenaza para el orden constitucional—.

Las negociaciones van más rápido de lo esperado. En pocas semanas, los partidos se ponen de acuerdo y Weidel es elegida canciller por el Bundestag con los votos de su partido y de los conservadores.

La ultraderecha alemana no pierde tiempo. Desde el minuto uno, comienza a aplicar algunas de sus grandes promesas electorales: deportaciones masivas de solicitantes de asilo, sin esperar a que los tribunales fallen si son legales; prisión para las personas sin permiso de permanencia; retirada de la ciudadanía alemana a personas con raíces extranjeras; reforma del código penal, que incluye el delito de “difusión de noticias falsas”; encarcelamiento de periodistas y registros de medios críticos y recortes draconianos en la radio y la televisión públicas; una reforma constitucional que establece que la cultura alemana debe prevalecer sobre el resto y que Alemania es un país cristiano.
“Un escenario”

Los párrafos anteriores resumen la Alemania que Justus Bender se imagina en 2033. El periodista político del diario liberal-conservador Frankfurter Allgemeiner Zeitungensaya ese hipotético futuro en su recién publicado Deutschland 2033. Ein Szenario. ('Alemania 2033. Un escenario'). “El libro es un análisis, porque la trama ficticia solo sirve para ilustrar una idea”, explica el autor a elDiario.es.

Deutschland 2033 no es una novela, sino un ensayo sobre cómo lo que hoy está ocurriendo en Alemania puede influir en el futuro próximo del país. Que un periodista de uno de los diarios más leídos del país haya elegido 2033 —es decir, un siglo después de la toma del poder por parte de Adolf Hitler— indica el clima político en un país que durante décadas se creyó inmune al ascenso electoral de cualquier formación situada a la derecha de la democracia cristiana.

La historia no se repite y la República Federal de Alemania no es la República de Weimar. Sin embargo, el acompasamiento de determinadas dinámicas de los años 20 y 30 del siglo XX con lo que hoy ocurre en Alemania ha llevado a Bender a escribir un libro cuyo título es una provocación y una advertencia.

“El título es, por supuesto, provocador”, dice Bender. “Se trata claramente de una alusión a 1933, a la toma del poder por parte de los nacionalsocialistas. Y lo he elegido por una sencilla razón: llevo 13 años informando sobre AfD y conozco muy bien el partido. Y cada vez que leo informaciones de los años 30 –artículos de periódicos, por ejemplo, o diarios personales–, me doy cuenta de que el tono era muy similar. Es decir, la forma en que los nazis se reían de sus críticos, diciendo: '¿Cómo pueden insinuar que queremos hacer algo ilegal? No crean las mentiras de la prensa liberal mentirosa”.

Precisamente así reaccionan hoy así los líderes de Alternativa para Alemania cuando se les acusa de querer establecer una ciudadanía con criterios étnicos o aplicar su plan de “remigración” para deportar a millones de personas que han llegado al país en la pasada década.
La Hungría de Orbán como modelo

Alemania no está tan lejos del escenario que dibuja Justus Bender en su Deutschland 2033. Basta con echar un vistazo a las proyecciones electorales. Todas las encuestas sitúan a la ultraderecha entre el 27 y el 29% de intención de voto, más de seis puntos por delante de los conservadores de la CDU-CSU y muy lejos del resto de partidos.

No estamos ante la fotografía de un momento concreto, sino de una tendencia que se viene consolidando desde hace meses. AfD ha roto un dique y apunta a ser la fuerza más votada no sólo en el este del país, considerado hasta ahora su gran bastión, sino en el resto de Alemania. La ultraderecha acaricia el umbral del 30%.

Es la coyuntura en la que Bender ha escrito un libro en el que imagina cómo sería una Alemania con un gobierno liderado por la ultraderecha. “Es, sobre todo, un país en el que se ha roto algo muy fundamental”, explica el autor. “En la esfera pública, en la cultura del discurso público, ya no existe la responsabilidad. Es decir, ya no funciona como antes: que un político se contradiga a sí mismo o cometa un error y, a raíz de ello, surja una presión que le obligue a rectificar. Simplemente, en este país todo es posible y, en este clima, un gobierno de AfD puede, por supuesto, imponer muchísimas cosas”.

En Alemania, incluso en parte de la izquierda, se está imponiendo una opción ante el avance de la ultraderecha: dejar que gobierne con la esperanza de que fracase y decepcione al electorado. Una posición que parece más alimentada por la impotencia que por argumentos racionales.

“He oído muchas veces a gente decir: '¿Qué puede pasar de malo? O bien gobiernan correctamente o, si hacen algo ilegal, los tribunales los detendrán'”, reflexiona en voz alta Bender, quien advierte acto seguido: “He escrito este libro como respuesta, porque quería demostrar que no es tan sencillo y que un gobierno tiene un poder enorme y puede hacer muchas cosas sin que nadie lo detenga”.

¿Y qué podría cambiar AfD sin grandes obstáculos? “Lo que podríamos esperar de una Alemania gobernada por AfD no sería el Cuarto Reich –es decir, la continuación del nacionalsocialismo–, sino más bien algo parecido a la Hungría de Víktor Orbán, a su democracia iliberal. Creo que Alemania no dejaría de ser democrática porque habría elecciones, pero las instituciones liberales, la prensa libre, la formación de la opinión pública y la igualdad de los ciudadanos independientemente de su origen étnico se verían amenazadas”.

La primera piedra de esa hipotética futura Alemania pueden ser las elecciones regionales en Sajonia-Anhalt del próximo domingo. AfD roza la mayoría absoluta en las encuestas de esa región del este de Alemania. Su candidato, Ulrich Siegmund, podría convertirse en el primer ministro regional de la ultraderecha y Sajonia-Anhalt, una especie de laboratorio de pruebas para la Alemania que sueña AfD.

viernes, 4 de septiembre de 2026

ARTE


Llego de ver a Jasper Johns, hace un par de meses Calder, en noviembre la mejor fotografía en París, el año pasado David Hockney, Chagall en la Ópera Garnier o en el MET de Nueva York, Indiana, Rothko, Moore en el Neues Musem de Berlín, Picasso, Kandinsky y tantos otros en el MOMA, Gauguin y toda la  maravillosa colección del Thyssen, Leonardo en el Louvre, Goya, Velázquez, El Bosco, Tiziano, Rubens, El Greco en El Prado... No podría vivir sin el arte. Me da la vida, me recarga, me endulza.
Ante tanta barbarie que nos rodea, políticos rastreros, dictadores, abusones, narcicistas, gentuza, mediocres, acomplejados, egoístas, insolidarios, déspotas, explotadores, injustos, poderosos, las noticias devastadoras, los 4 jinetes, el apocalipsis que tenemos encima, la guerra, el poder allende los mares; la pérdida de los seres queridos, los amigos ausentes y a los que ausentamos -mano de santo-. Todo lo que, en definitiva, me resulta insoportable, hace que me plantee si estoy deprimido, respondiéndome cada vez más que sí. 
Me salvan el arte, la música, los libros, la gente a la que quiero, los animales, el cielo azul, el mar, mi biblioteca. 
Ciertamente estoy deprimido.
Tomaso Antonio Vitali, *Chacona en G Minor.

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE



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4 PELÍCULAS




TODO ESTO EMPIEZA A DAR MIEDO










PRUDENCIA DIPLOMÁTICA SIN SUBORDINACIÓN


CEUTA: PEDRO SÁNCHEZ Y LA OBLIGADA DIPLOMACIA DEL SILENCIO
El profesor emérito de la Universidad de Alcalá Manuel Peinado analiza en esta tribuna el silencio de Pedro Sánchez ante los indicios de participación de agentes marroquíes en la crisis de Ceuta. Frente a quienes reclaman una respuesta inmediata contra Rabat, Peinado examina las razones diplomáticas, migratorias, económicas y de seguridad que aconsejan prudencia, pero advierte también de sus límites: preservar la cooperación con Marruecos no puede significar aceptar la indefensión española.
Alcalá Hoy, Manuel Peinado, 03.09.2026

Escribió Lord Palmerston que «las naciones no tienen aliados perpetuos ni enemigos permanentes; lo único permanente son nuestros intereses, y nuestro deber es defenderlos».

El informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras ha introducido un elemento de gravedad en la crisis de Ceuta. Según el documento remitido a la Audiencia Nacional, agentes marroquíes habrían guiado activamente a miles de personas hacia los puntos de entrada los días 30 y 31 de julio. Las imágenes analizadas por la Policía apuntan a una operación que difícilmente puede explicarse como un desbordamiento espontáneo de la frontera. El informe, sin embargo, no atribuye formalmente la autoría intelectual al Gobierno marroquí. Es una distinción importante, aunque no elimina el problema político.

Pedro Sánchez ha optado por no acusar a Rabat. En su entrevista en la Cadena SER sostuvo que Marruecos cooperó desde el primer momento y atribuyó el desencadenamiento de la crisis a campañas de desinformación y a redes criminales. La posición del presidente ha irritado a Ceuta, ha dado munición a la oposición y ha desconcertado también a sectores de la izquierda. La reacción más inmediata consiste en preguntar: si la Policía encuentra indicios de participación de agentes marroquíes, ¿por qué el Gobierno no alza la voz?

La respuesta corta es que la diplomacia no suele consistir en decir en público todo lo que un Estado sabe, sospecha o teme. Y la respuesta larga exige mirar al otro lado del Estrecho sin los prismáticos de la política de tertulia.

En Política entre naciones, Hans Morgenthau, el gran formulador del realismo político, escribió que el estadista debe pensar el interés nacional en términos de poder. No estaba recomendando el cinismo, ni justificando cualquier cosa en nombre de la razón de Estado. Advertía de algo más serio: las decisiones públicas deben medirse por sus consecuencias, no por su capacidad de arrancar aplausos. La prudencia, decía, es la virtud suprema de la política exterior porque obliga a comparar males, calcular riesgos y distinguir entre el gesto satisfactorio y la decisión útil.

Eso no convierte automáticamente en acertada cualquier cautela del Gobierno. Pero permite entender por qué un presidente español puede considerar más peligroso abrir una crisis diplomática con Marruecos que soportar durante unos días o unas semanas el coste político de parecer excesivamente complaciente.

España y Marruecos no mantienen una relación bilateral convencional. No son dos países que intercambian notas verbales y celebran cumbres cuando conviene a ambos ministros de Exteriores. Son vecinos unidos por una interdependencia áspera: comercio, seguridad, terrorismo, pesca, transporte, energía, inversiones, el Sáhara Occidental y, sobre todo, una frontera cuya llave física está en manos marroquíes.

Robert Keohane y Joseph Nye explicaron hace casi medio siglo, en Power and Interdependence, que la dependencia mutua no elimina el poder: lo redistribuye. La pregunta decisiva no es quién necesita más al otro en términos generales, sino quién tiene más que perder si un determinado vínculo se rompe. Marruecos no puede prescindir sin coste de España y de la Unión Europea. Pero España tampoco puede ignorar que Rabat controla, en la práctica, la intensidad de la vigilancia en Castillejos, Nador y buena parte de las rutas atlánticas.

La experiencia de 2021 lo dejó al descubierto. En apenas dos días entraron en Ceuta unas 8 000 personas, después de que los controles marroquíes se relajaran de forma ostensible en plena crisis por la acogida en España de Brahim Ghali. El precedente fue interpretado por numerosos analistas como un recordatorio de poder: Marruecos podía teatralizar el caos fronterizo y trasladar a Madrid una factura política inmediata. La frontera no era sólo una frontera; era también un tablero de negociación.

La politóloga Kelly Greenhill llamó a esto «migración coercitiva diseñada». Su tesis es incómoda porque obliga a separar dos cosas que en el debate público suelen confundirse: las personas desplazadas no son armas, pero pueden ser utilizadas como instrumentos por quienes controlan su salida, sus rutas o su llegada a una frontera. El objetivo no tiene por qué ser conquistar territorio. Puede ser obtener ayuda, reconocimiento, una rectificación diplomática o simplemente recordar al vecino que la estabilidad tiene precio.

Esa es la primera razón para evitar afirmaciones rotundas cuando la investigación judicial está abierta. Acusar oficialmente al Gobierno de Marruecos sin una prueba concluyente obligaría a exigir una respuesta. Y si Rabat respondiera reduciendo su cooperación migratoria, España se encontraría de nuevo ante una frontera convertida en mecanismo de presión. No es una hipótesis extravagante: es lo que ya ocurrió, a menor escala, en 2021.Y quies olvidan esto, que recuerden la Marcha Verde de 1975.

La segunda razón se llama seguridad. España y Marruecos sostienen desde hace años una cooperación intensa contra el terrorismo, las redes de trata, el narcotráfico y la delincuencia organizada. El acuerdo bilateral de seguridad incluye precisamente intercambio de información y apoyo en investigaciones sobre terrorismo e inmigración irregular. El marco de cooperación no es una cortesía diplomática: es una pieza de la seguridad nacional española.

La tercera razón es económica. Marruecos es el principal socio comercial de España fuera de la Unión Europea y España sigue siendo el primer proveedor y cliente europeo del reino alauí. La automoción, la logística, el textil, la agricultura y las infraestructuras han tejido durante años una red de intereses que no desaparece porque un portavoz decida elevar el tono. ICEX resume esa posición central. También Inditex mantiene en Marruecos uno de sus grandes clústeres de producción. La diplomacia no se hace para proteger balances empresariales, pero una ruptura o una escalada comercial tampoco la pagan los ministros: la pagan empresas, trabajadores y consumidores.

Queda el Sáhara Occidental, la cuestión que gravita sobre todo lo demás. En 2022 Sánchez avaló el plan marroquí de autonomía como «la base más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto. Aquel giro cerró la crisis con Rabat, pero abrió otra en la política española y deterioró la relación con Argelia. No fue una decisión inocua ni indiscutible. Tampoco se puede presentar como una cuestión liquidada: la Unión Europea continúa remitiendo formalmente la salida del conflicto al proceso de Naciones Unidas y el Tribunal de Justicia de la UE ha subrayado el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui. La sentencia europea sobre los acuerdos comerciales es un recordatorio de que la geopolítica tiene también límites jurídicos.

La diplomacia del silencio, por tanto, sólo es defendible si no se convierte en diplomacia de la indefensión. España debe preservar los canales con Rabat, porque sería absurdo prescindir de ellos; pero debe hacerlo desde una posición europea, con capacidad de documentar los hechos, reforzar Ceuta, mejorar los dispositivos de acogida y reducir la ventaja que proporciona a Marruecos el control de la frontera. La petición española de ayuda a Frontex va en esa dirección, aunque llega después de una crisis de enormes dimensiones. La asistencia solicitada a la agencia europea no resuelve el problema de fondo, pero evita que Ceuta quede sola.

Hay una forma infantil de entender la firmeza: elevar la voz, retirar al embajador y exigir una humillación pública del vecino. Suele ser la firmeza de quienes no tendrán que administrar las consecuencias. Y hay una forma igual de infantil de entender la prudencia: callar indefinidamente, negar los indicios y confundir la buena relación con la subordinación.

La política exterior adulta discurre entre esos dos precipicios. No exige a Sánchez que convierta cada informe policial en una crisis de Estado. Le exige que no utilice la razón de Estado como una cortina detrás de la cual desaparezcan la transparencia, la responsabilidad y la defensa de Ceuta. La prudencia puede ser una virtud; la opacidad permanente, no. En ese sentido, la intervención de Pedro Sánchez en el Congreso, que estoy escuchando mientras escribo, ha venido a iluminar el escenario.

Marruecos sabe que España necesita cooperación. España debe demostrar que esa necesidad no equivale a vulnerabilidad. Esa es la verdadera tarea de la diplomacia.

Dr. Manuel Peinado Lorca. Profesor Emérito de la Universidad de Alcalá, Director del Real Jardín Botánico Alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

HIRU EGUN BILBON. KRONICA BAT (III)