domingo, 6 de septiembre de 2026

RECUPERAR LA PELEA


Cuando la clase trabajadora vota a los ricos
"La conciencia de clase no nace de un eslogan: nace cuando una trabajadora descubre que su problema es compartido y que, organizada, puede cambiarlo".
José González Arenas, 05.09.2026

No es que la clase trabajadora sea ignorante, ingenua o incapaz de reconocer sus propios intereses. Es que lleva décadas sometida a una maquinaria cultural, mediática y económica diseñada para que confunda sus problemas con los de quienes los provocan.

Cada vez que la ultraderecha entra en un gobierno, se repite el ritual de la sorpresa. Se buscan explicaciones rápidas: el miedo, la inmigración, la inseguridad, las redes sociales, la corrupción de la izquierda, el hartazgo. Todo eso influye. Pero no basta. La pregunta decisiva es otra: ¿cómo ha conseguido una parte de quienes viven de su salario depositar su confianza política en quienes viven de sus rentas, de su patrimonio y de la precarización ajena?

La respuesta no cabe en un tuit, pero Antonio Gramsci dejó hace casi un siglo una pista fundamental: la hegemonía cultural. El poder no se sostiene únicamente mediante las leyes, los tribunales, la policía o el dinero. Se sostiene cuando logra que su visión del mundo parezca la única sensata, natural y posible.

Y eso es exactamente lo que ha ocurrido.

La gran victoria de los poderosos

La derecha económica ha logrado instalar una idea extraordinariamente eficaz: que los intereses de los ricos son los intereses de todos. Si bajan impuestos a las grandes fortunas, nos dicen, habrá inversión. Si se reducen los derechos laborales, habrá empleo. Si se privatiza la sanidad, habrá eficiencia. Si se recorta la escuela pública, habrá libertad de elección. Si se facilita el despido, habrá dinamismo. Si se persigue a los sindicatos, habrá modernidad.

Es una estafa intelectual. Pero funciona porque se repite desde hace décadas en televisiones, tertulias, columnas, empresas, fundaciones, colegios privados, púlpitos digitales y redes sociales.

El trabajador que llega agotado a casa después de una jornada de diez horas no dispone de un gabinete de asesores, de un departamento de comunicación, ni de una cadena de medios que le explique por qué su salario no alcanza. Tiene, en cambio, una avalancha de mensajes que le señalan culpables más débiles que él: el inmigrante, la feminista, el joven que recibe una beca, la persona que cobra una ayuda, el funcionario, el ecologista, el vecino pobre que ocupa una vivienda…

Nunca el fondo de inversión. Nunca la gran empresa que aumenta beneficios mientras congela salarios. Nunca el casero que convierte el derecho a vivir en un negocio obsceno. Nunca la multinacional que esquiva impuestos. Nunca el banco rescatado con dinero público, que después desahucia familias.

La ultraderecha no inventa el malestar: lo captura, lo deforma y lo dirige contra quienes no tienen poder.

El miedo vence a la nómina

En una sociedad insegura, el miedo se convierte en moneda política. Miedo a perder el empleo, a no llegar a fin de mes, a que los hijos vivan peor, a no poder pagar el alquiler, a caer enfermo, a envejecer sin cuidados, a que el barrio se deteriore.

Pero en lugar de ofrecer seguridad material, la extrema derecha ofrece seguridad identitaria. No te promete un contrato digno, sino una bandera. No garantiza vivienda, sino enemigos. No sube salarios, pero eleva el volumen de los discursos patrióticos. No protege lo público, pero promete orden. No persigue al defraudador, pero convierte al extranjero en sospechoso.


Es una operación política de enorme cinismo: se transforma una frustración legítima en odio hacia el último de la fila. Y mientras los de abajo se enfrentan entre sí, los de arriba brindan.

Porque la guerra cultural no es un entretenimiento. Tiene consecuencias muy concretas. Cuando se impone la idea de que el problema es la inmigración y no la explotación laboral, gana quien paga sueldos miserables. Cuando se presenta el feminismo como una amenaza, gana quien se beneficia de la desigualdad. Cuando se criminaliza al pobre, gana quien especula con la vivienda. Cuando se desacredita al sindicalismo, gana quien puede despedir, subcontratar y precarizar sin resistencia.

La extrema derecha funciona como el mejor departamento de recursos humanos de las élites económicas.

La izquierda también debe mirarse

Sería cómodo atribuir toda la responsabilidad a la manipulación mediática. También sería falso. La izquierda ha cometido errores graves: ha dejado que el lenguaje político se alejara de la vida cotidiana, ha confundido a veces la superioridad moral con la persuasión y ha renunciado en demasiadas ocasiones a disputar el sentido común.

No se puede responder al malestar de quien no encuentra médico, no puede emanciparse o teme perder su empleo con un manual de consignas. Hay que hablar claro: el problema no es que haya demasiados derechos, sino que hay demasiados privilegios. El problema no es que el Estado proteja demasiado, sino que protege demasiado poco a quien trabaja y demasiado bien a quien acumula.

No basta con tener razón en los datos si la gente siente que nadie la escucha. La derecha ha aprendido a hablar de emociones, identidad y pertenencia. La izquierda no puede abandonar ese terreno. Defender la igualdad no consiste en recitar cifras: consiste en explicar que una vida digna es un derecho y señalar con nombres políticos a quienes la impiden.

La clase trabajadora no necesita sermones. Necesita organización, resultados y una esperanza que no sea decorativa.

Recuperar la pelea

La solución no será una campaña publicitaria ni un líder carismático. Requiere reconstruir poder social desde abajo.

Primero, hay que volver a colocar el salario, la vivienda, la sanidad pública, la educación, las pensiones y la jornada laboral en el centro de la conversación política. No como asuntos técnicos, sino como el núcleo de la democracia. Una persona que trabaja y sigue siendo pobre no vive en libertad.

Segundo, hay que combatir el monopolio de la narrativa reaccionaria. Eso exige medios públicos fuertes e independientes, alfabetización mediática, regulación de los grandes monopolios comunicativos y una respuesta organizada ante las redes de desinformación. La mentira no puede seguir teniendo más recursos que la verdad.

Tercero, es imprescindible fortalecer los sindicatos, las asociaciones vecinales, las cooperativas, las plataformas de vivienda y todas las estructuras que permiten a la gente comprobar que no está sola. La conciencia de clase no nace de un eslogan: nace cuando una trabajadora descubre que su problema es compartido y que, organizada, puede cambiarlo.

Cuarto, hay que acabar con la impunidad fiscal de los privilegiados. No se puede pedir paciencia a quien paga cada euro de impuestos por su nómina mientras grandes patrimonios, corporaciones y fondos especulativos encuentran puertas giratorias, ventajas fiscales y atajos legales. La justicia social empieza por que pague más quien más tiene.

Y, por último, hay que recuperar una palabra que demasiados han dejado de pronunciar por miedo a parecer radicales: conflicto. Claro que hay conflicto. Entre quien vive de su trabajo y quien convierte ese trabajo en beneficio. Entre quien necesita una casa para vivir y quien compra cien para especular. Entre quien defiende lo público y quien hace negocio con la enfermedad, la educación o la dependencia.

Negar ese conflicto no lo elimina. Solo desarma a quienes lo padecen.

La ultraderecha avanza cuando logra que el trabajador crea que su enemigo es otro trabajador. Retrocederá cuando se vuelva a decir, alto y claro, que el enemigo no está en la patera, ni en la cola del paro, ni en el bloque de al lado. Está en los consejos de administración, en los despachos que diseñan recortes y en los poderes que han convertido la desigualdad en modelo de negocio.

La batalla no es únicamente electoral. Es cultural, social y material. Y empieza por una verdad elemental: nadie que viva de su sueldo debería votar para que manden quienes viven de exprimirlo.

José González Arenas (Córdoba, 1959) es doctor en Ciencias Ambientales y licenciado en Ciencias Biológicas. Funcionario de la Junta de Andalucía y vinculado al IFAPA, ha desarrollado su trayectoria profesional en los ámbitos de la investigación agraria, la gestión ambiental y la docencia. Es autor de varios libros y secretario de Sostenibilidad y Medio Ambiente del PSOE de Córdoba.

LOA A NUESTRO PROPIO JUICIO


Hartmut Rosa, sociólogo: “Estamos perdiendo el deseo de vivir y la confianza en la vida”
El intelectual alemán alerta en su nuevo libro de que las sociedades occidentales han convertido a los ciudadanos en meros ejecutores de normas y defiende que recuperemos espacios de rebeldía.
Cristian segura, 29.08.2026

Hartmut Rosa (Lörrach, Alemania, 1959), uno de los intelectuales europeos más influyentes, se mueve como un adolescente más en el campus de verano que dirige. Rosa reúne cada agosto en el pueblo de Schwäbisch Gmünd, desde hace 27 años, a un centenar de jóvenes alemanes para debatir cuestiones de filosofía y sociología. Los alumnos lo adoran por su manera de ser y porque en vez de órdenes estrictas, la gestión es comunal y todo fluye en una especie de caos creativo.

La experiencia en este campus de verano es un pilar importante del nuevo libro de Rosa, tanto como sus investigaciones como catedrático de Sociología en la Universidad Friedrich Schiller de Jena y como director del Centro Max Weber de Sociología de la Universidad de Erfurt. El libro es Situación y constelación (NED Ediciones), y sus vivencias con los jóvenes alumnos aparecen en él. Porque lo que Rosa disfruta más en el campus, según cuenta con una sonrisa, es que se siente vivo, y eso es algo que nuestras sociedades están perdiendo: la satisfacción que da que las personas actuemos según nuestro propio juicio y no siguiendo patrones establecidos.

Rosa analiza el desequilibrio que se está produciendo entre lo que él define con los términos “situación” y “constelación”. El individuo actúa según su experiencia y conocimiento ante una situación; pero frente a una constelación, y estas dominan hoy nuestro día a día en todos los ámbitos, la persona se convierte en un mero ejecutor de normas y opciones establecidas. El también autor de libros como Resonancia. Una sociología de nuestra relación con el mundo (2020) y Lo indisponible (2021) argumenta que el progreso humano está en riesgo: “Allí donde la acción humana se limita a la aplicación de reglas, principios o instrucciones de uso, pierde su dimensión creativa, productiva y, en última instancia, humana”. Esta idea es el pilar de su libro y lo será de las conferencias que impartirá el 15 y 16 de septiembre en los CaixaForum de Barcelona y de Valencia.

Pregunta. Usted pide a sus estudiantes que sean rebeldes, que se salten las normas. ¿Cuál es el límite?
Respuesta. Quiero que la gente subvierta las reglas, pero con responsabilidad. Hay dos maneras de subvertir las reglas. Una es simplemente hacer lo que uno quiere, hacer lo que es bueno para uno mismo. El libro trata sobre hacer lo que es bueno para el conjunto en una situación determinada. Esto es válido para los profesores, para los médicos y para otros oficios. Si tienes un fontanero o un carpintero en tu casa, te dirán: “Normalmente no debería hacer esto, tendría que obtener un permiso, pero de todas formas lo haré”. No deberíamos saltarnos las reglas, pero el mundo se derrumbaría si no lo hiciéramos.

P. Este es el concepto del académico Stefan Kühl de la “ilegalidad útil”. Esto ha existido siempre. ¿Se produce ahora más que antes?
R. Vivimos un proceso de reducir el margen de acción debido a la tecnología. Por ejemplo, cuando quiero ampliar el plazo para que los estudiantes entreguen sus trabajos. Muy a menudo es imposible porque el sistema informático lo impide. Se ha vuelto imposible usar nuestra capacidad de juicio. Es ilegal, lo impide la burocracia, ¡incluso comprar papel higiénico! Tuvimos un caso así en el curso de verano. Podría simplemente ir a comprarlo, pero una regla interna del colegio donde lo organizamos no lo permite: tienes que pedirlo previamente. Tenemos un fallo del sistema y tecnológicamente nos impedimos romper las reglas.

P. En el libro aporta conceptos de países en vías de desarrollo que justifican la acción individual frente a la ejecución de leyes y normas establecidas. Cita a India, Brasil y China, que no son paradigmas de democracia y lucha contra la corrupción. ¿Qué puede aprender Occidente de ellos?
R. Es un debate antiguo, si a veces la corrupción es funcional, pero no es a eso a lo que me refiero. Lo interesante es que son conceptos ambivalentes. No digo que nos olvidemos de las reglas. Hay buenas razones para tener normas. Pero en alemán tenemos un calificativo para alguien que es un espabilado: schlitzohr. ¿Es bueno o malo ser un espabilado? Está en medio, porque entiende cómo resolver problemas y encontrará la manera de alguna manera u otra.

P. Alemania está sumergida en un debate sobre si la burocracia está minando su desarrollo. ¿Cree que el problema es especialmente agudo en su país?
R. Sí, porque los alemanes se ciñen a las reglas y dicen: “No, no podemos hacerlo”, sea lo que sea. No sé mucho sobre China, creo que no todo es adecuado allí, pero sí que materializan las cosas. Construyeron un aeropuerto en un año y los alemanes no pueden hacerlo ni en 40. Creo que se ve claramente un colapso total del sistema. Hay una idea desarrollada por un colega, Florian Hoffmann: la sociedad moderna piensa que todo debe estar ordenado por reglas. Debe haber procedimientos claros y para cada tipo de problema debe haber una solución tecnológica clara. Mi argumento principal es que la vida es más compleja. Por eso en Occidente tienes que acabar quebrantando las reglas. Quiere decir que algo anda mal, es un problema sistemático.

P. En el libro alerta sobre el sistema educativo porque está convirtiendo a los menores en meros ejecutores, sin desarrollar su capacidad de actuar con un juicio propio, y que además están siendo sobreprotegidos. ¿Qué consecuencias se detectan ya de ello?
R. Llevo casi 30 años con este campus de verano. En los primeros 10 años, el principal desafío, pensaba yo, era mantener el orden. Les permito hacer casi todo, pero eso solo es posible si no hay alcohol. Les digo que pueden hacer de todo menos beber. En los primeros 10 años siempre traían alcohol y la verdad es que casi disfrutaba lidiar con eso, convencerlos de que no era una buena idea. Rompían todas las reglas. Debían estar en el colegio mayor como muy tarde a las once de la noche; por supuesto, nunca llegaban a esa hora. Les decía que no usaran el trampolín del gimnasio porque es peligroso y por supuesto por la noche saltaban del trampolín. Así fueron los primeros años. Ahora ya no tengo problemas con el alcohol. Tampoco fuman, ni se escapan por la noche. Pero ahora tengo nuevos problemas. Depresión, trastornos alimenticios, ansiedad y lo que llaman sociofobia. Algunos no pueden estar conviviendo con tanta gente.

P. ¿Desde pequeños, entonces, estamos siendo formados para no actuar según nuestro propio juicio?
R. Lo importante es que tengamos pasión por vivir y confianza en la vida. Sentir que el mundo te llama. Confianza en la vida significa que me lanzo a ella aunque no la controle. Mi ejemplo favorito es hacer autostop. Cuando éramos adolescentes lo hacíamos, y probablemente era más peligroso que ahora. Pero entonces los padres no podían rastrearte por el móvil. Y nuestros padres nos decían que no lo hiciéramos, pero la pasión por la vida era más fuerte. Queríamos ir a la ciudad y ver la vida, y también era confianza en la vida. Pensabas: “Sé que es peligroso, pero de alguna manera encontraré la manera”.

P. Concluye en su libro que las sociedades regidas en exceso por los patrones de las constelaciones generan frustración porque no tienen margen de acción para desarrollarse como personas. Esto, dice, beneficia a las fuerzas políticas populistas. ¿Cómo se produce la conexión entre esta decepción y el éxito de Donald Trump, al que usted cita?
R. El sentimiento es que no hay nada que podamos hacer ante determinados problemas. Y personas como Donald Trump llegan y proclaman que ellos actuarán, que resolverán los problemas, simplemente haciéndolo: “Ninguna norma, ningún tribunal, ningún tratado puede limitarme de manera alguna, haré lo que crea”.

P. La frustración en un mundo en el que nos convertimos en meros ejecutores alimenta a la extrema derecha, dice usted. ¿Está de alguna manera vinculado también a las corrientes antimigratorias?
R. Aquí se ve claramente la diferencia entre la constelación y la situación. La lógica de la constelación es establecer la entrada de 10.000 migrantes, ni uno más ni uno menos. Una situación, por el contrario, es la que tuvimos en 2015 cuando [la excanciller] Angela Merkel abrió las fronteras: “Están en nuestras fronteras, es invierno, hay una guerra en Siria, seamos humanos”. Nuestra relación con el mundo se basa en la idea de la membrana. Tenemos muchas membranas alrededor y la vida solo funciona si estas son semipermeables. Comienza con la piel. Nos está protegiendo, pero tiene que estar abierta a la luz del sol, al aire y demás. La siguiente capa es, por ejemplo, la casa. Una casa es una capa protectora, pero debe tener puertas y ventanas por donde entra la luz y por donde entra la gente. Si nuestra relación con el mundo está bien, entonces podemos dejar la puerta abierta. Pero la gente quiere cerrar la puerta con llave y luego eso tampoco es suficiente. Pongamos una cámara de seguridad. Y luego tal vez ni eso baste, pongamos una valla alrededor de la casa. Con cada nuevo dispositivo no es que aumente la confianza en la vida o la sensación de seguridad, sucede lo contrario, la gente se siente menos segura. Ahora la izquierda también tiene miedo y quiere cerrarse: “Los inmigrantes vienen y nos inundan”. La izquierda creo que está actuando así en todas partes, excepto en España.

P. ¿Cree que esta lógica nos ha hecho más xenófobos o racistas que en el pasado?
R. No estoy diciendo que antes todo fuera maravilloso y que ahora todo se está yendo al traste. Pero estamos perdiendo el deseo de vivir y la confianza en la vida. Y queda muy claro cuando miras los datos. Nadie siente que el futuro será un lugar mejor. La gente siente que está en un lugar muy malo. También ves que realmente perdemos el deseo de vivir cuando estudias las tasas de natalidad.

P. Un problema de las constelaciones, según su análisis, es que limitan nuestra capacidad de decisión a unas pocas opciones. El paradigma de ello es la lógica binaria. Usted pone dos ejemplos en política: menciona el debate que hubo en Alemania sobre si había que imponer la vacunación o no durante la pandemia del covid. ¿En este caso no estaba justificado que no hubiera margen de acción?
R. La vacunación en Alemania supuso una discusión muy importante. Todavía hoy muchos votantes de AfD siguen hablando de ello [la formación de extrema derecha incluso pide cárcel para los ministros de Sanidad que impusieron la vacunación]. El Estado se arroga el derecho de penetrar tu piel. Para ellos se siente como una violación absoluta. La capa protectora es la piel y alguien puede inyectarte algo en la piel, y no sabes qué es. Entonces aparece ese momento irracional, emocional. Creo que los políticos necesitaban haber entendido esto.

P. Otro asunto que usted pone como paradigma de una lógica binaria equivocada en política es la de la transferencia de armas a Ucrania. Según usted, el debate se ha limitado a enfrentar la opción de enviar armamento o pedir que se negocie la paz. ¿Por qué no es compatible defender ambas opciones?
R. En este debate siempre me critican. La gente piensa que soy amigo de Putin o algo así, y no es cierto. Durante 7.000 años hemos seguido la lógica del “Si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepárate para la guerra). Esta idea es la misma que la de los dispositivos de seguridad en casa. Durante 7.000 años nadie dijo “armémonos para matar a nuestros vecinos”, siempre se ha dicho “tengamos armas porque nuestros vecinos son agresivos”. El resultado siempre ha sido la guerra.

P. Medio millón de soldaos rusos invadieron Ucrania sin que por el lado ucranio hubiera una agresión. La acción alemana fue dar armas a Ucrania para evitar que desapareciera su Estado. ¿Qué alternativa de acción había al margen de evitar que Ucrania se hundiera?
R. De verdad quiero argumentar a favor del pueblo ucranio, son víctimas de una agresión absolutamente injustificada. Pero ahora decimos que fue por el expansionismo de Putin, pero no fue solo eso. Por supuesto que lo fue pero, para mí, Ucrania estaba entre Rusia y la UE, y esa situación no era tan mala para ellos, había a veces un empuje más hacia Occidente, hacia la UE, y a veces un empuje más hacia los rusos. Tenían una unión económica con Rusia, y lo que Occidente quería era tener a Ucrania en la UE con aquel acuerdo de asociación [de 2014]. Aquello significaba sumarse por completo a nuestro lado e incluso a la OTAN. Diría que la presión inicial no vino realmente de Putin. Rusia se sintió amenazada.

P. La situación es que Rusia ha invadido un país soberano, vulnerando el derecho internacional. ¿No es esta una situación binaria en la que no hay matices?
R. Sí, eso es lo más importante. Yo soy pacifista, pero nunca dije que no enviaran armas a Ucrania en este caso. Dije que si limitas la discusión a esta simple cuestión, a más y más armas, no resolverás nada. Pero es lo que quiere Alemania. Estuve en España y hubo gente que me dijo que tal vez los alemanes son como los japoneses. Pierden una guerra y durante 80 años quieren convencer al mundo entero de que hay que negociar la paz. Pero después de 80 años, cuando los que vivieron la guerra han muerto, los alemanes se preparan de nuevo para la guerra. La solución debe tener una perspectiva a largo plazo, una buena solución para el pueblo ucranio, pero también para Rusia, para Europa y para el mundo. Pero estamos cayendo en la ceguera. Más cohetes, más tanques, más buques de guerra. ¿A dónde nos llevará eso? Nos llevará a un desastre total.

PELÍCULA Y SERIE


Y UNO DE ELVIRA LINDO


Elvira Lindo, 06.09.2026

El miedo está en el aire, como estaba el amor en aquella canción tontorrona de los setenta. El miedo está rondándonos y diría que su acecho se ha precipitado este verano. ¿Tú no tienes miedo?, me han preguntado varios amigos de esa manera tímida en la que expresamos algo que no queremos reconocer. ¿Tenemos miedo? Escuché en un coloquio a Antonio Scurati, el autor de la monumental M, la gran novela sobre Mussolini, referirse al miedo como la similitud principal de aquellos años a estos. Eran los tiempos en los que el pueblo solo se identificaba con los colores fuertes, el rojo, el negro, en los que se esperaba que alguien conectara con la peor parte de los italianos, las entrañas, la tripa, ahí de donde brota el miedo, el descontento, la desilusión, el abandono, la traición. Es la misma apuesta, dice Scurati, que hoy hace la extrema derecha. La agitación del miedo es tan peligrosa que suele convertirse en un sentimiento estéril. ¿De qué nos sirve el miedo si somos incapaces de percibir cómo los destructores de nuestra convivencia están colonizándonos la mente? Esto no nos impresiona, nos entregamos a diario a su poder, usamos las redes o la inteligencia artificial (IA) como si nuestros actos no estuvieran per se reñidos con una resistencia cívica en la que quisiéramos creer y que por el momento solo desahogamos en stories de Instagram. Somos como el sindicato vertical: alimentamos al poder. Y entre incendios y guerras híbridas, el artículo de Timothy Garton Ash ¿Nos encaminamos a un Hiroshima de la IA? quedó sepultado este verano. Su grito de alarma no provocó ni un solo comentario en esas incontables tertulias que pueblan el espacio mediático. Lo que no se comenta, no existe. Advierte Garton Ash de una posible tragedia provocada por una IA sin regulación, algo inminente. Lo que provoca escalofríos, según el autor, es que tal vez sea esa la única forma en la que reaccione el poder, o nosotros, o ni tan siquiera eso si es que la hecatombe nos pilla tan lejos como para no sentir su sacudida.

De esto escribía la historiadora Margaret MacMillan en una reflexión publicada por The New York Times, Un nuevo orden está por venir. No estamos preparados: “Mientras pedimos a la IA que piense por nosotros, nos diga cómo entrenar a la mascota o escribir una carta, esperamos que las guerras acaben, las instituciones y alianzas se reconstruyan y que el mundo tal y como lo entendemos se recobre y perdure”. La historia, dice MacMillan, nos habla precisamente de cómo los vuelcos a los que nos somete el devenir de los hechos siempre pillaron desprevenidos a quienes ostentaban el poder: aquellos que cedieron el sillón a Hitler pensaron, ingenuamente, que lo controlarían; ni los zares ni la monarquía francesa olieron el aliento de la revolución. La vanidad del poderoso es fabulosa, cree que el pueblo le ama y desea que siga ostentando el trono. ¿Acaso no es lo que piensa Trump? Lo inquietante es que la historiadora señala conflictos que nos afectan y conectan a todos y que solo habrán de solventarse, al menos hasta el punto de garantizar nuestra supervivencia, si hay acuerdos entre la comunidad internacional hoy sometida a vaivenes imprevisibles y a una rapidez no apta para la mente humana (sí para la artificial).

Siendo estos pensamientos un aviso urgente de lo que está por venir, siempre echo en falta, para paliar el miedo fundado, que alguien aporte alguna idea sobre lo que podemos hacer desde nuestra posición de civiles sin poder en una sociedad tan poco organizada (salvo para los conciertos de Shakira). El diagnóstico es correcto, pero desconocemos el tratamiento, la cura inmediata para prever el desastre. Ya reza el proverbio que mientras el sabio ve el peligro y se aparta, el necio ignora las señales de advertencia. Hoy el necio las ignora, entre otras cosas, porque poca gente lee largo y tendido. ¿Cómo vamos entonces a protegernos de esa ignorancia que alimenta el miedo?

DOS DE ROSA MONTERO


Rosa Montero, 06.09.2026

Pues ya estamos de vuelta, tras un verano bronco y cruel que se ha empeñado en atormentarnos con los incendios devastadores, la desolación de la tragedia de Ceuta, unos cuantos terremotos para que nada falte y hasta las inundaciones de finales de agosto, como calamitoso remate de temporada. Mucha pena todo y un sabor a ceniza entre los dientes.

Pero la vida sigue. Somos bichos tenaces; a poco que nos den unos días de tranquilidad nos venimos arriba y creemos estar de nuevo a salvo y al mando de nuestro destino. Fuegos, seísmos, pandemias, crisis migratorias, riadas; todo eso se sufre, pero en cuanto podemos lo olvidamos y volvemos a sentirnos los reyes del mambo.

En este tórrido y accidentado verano he pensado muchas veces en eso; en que las catástrofes nos dan la medida de nuestra total fragilidad, pero también la de nuestra increíble capacidad de supervivencia. Ya lo dice el refrán: que Dios no te mande lo que puedas soportar. Porque lo aguantamos todo, o casi todo. Y no hablo sólo de la entereza mental ante las grandes penalidades, sino de la porfía misma del cuerpo y de un montón de amenazas invisibles con las que convivimos. Por ejemplo, acabo de leer dos libros sobre sustancias tóxicas, Puro veneno, de Roberto Pelta Fernández, y El olor de las almendras amargas, de Daniel Torregrosa. Dos textos muy interesantes que me han recordado que vivir es una actividad de alto riesgo. Ya se sabe que a lo largo de la historia las mujeres han abusado de muchos ingredientes peligrosos en pro de un supuesto ideal de belleza. Como carmines con cianuro y arsénico, o el célebre albayalde, carbonato de plomo, que blanqueaba el rostro. Lo usaron las egipcias, las griegas, se lo untaba generosamente la famosa Isabel I de Inglaterra. A resultas de ello, la reina quedó calva, perdió los dientes, sufrió fatiga, temblores y deterioro cognitivo. Pero hay muchos otros envenenamientos además de los cosméticos. Los pobres mineros se intoxicaban a mansalva, muchos pintores enfermaron con sus pigmentos plúmbeos, los sombrereros perdían la razón por el nitrato de mercurio con que curtían sus pieles (de ahí que Lewis Carroll pusiera un Sombrerero Loco en su Alicia, era una profesión llena de gente demenciada). Incluso Isaac Newton se intoxicó con mercurio, lo que podría explicar ciertos trastornos mentales que por lo visto tuvo. Y hay otros riesgos que no recogen estos libros. Citaré sólo uno: tras el descubrimiento del radio por Marie Curie, durante varias décadas añadieron suplementos radioactivos hasta en las papillas de los bebés. Todas estas barbaridades las conocemos, pero nos suenan a un mundo remoto y superado. Ahora no sucede, nos decimos. ¿O sí?

Verás, el mercurio se ha utilizado en amalgamas dentales. Como a mí me han empastado las muelas desde niña, debo de haberme zampado un montón. Para que te hagas una idea, el uso general de la amalgama de mercurio no se prohibió en la UE hasta el 1 de enero de 2025, con una excepción hasta el 30 de junio de 2026 para pacientes de bajos ingresos (cosa que me alucina). Así que acabamos de librarnos de eso (aunque es posible que lleves algo de mercurio en la boca). En cuanto al resto del mundo, la OMS intenta erradicarlo para 2034. ¿Y qué decir del plomo? El médico griego Galeno ya advirtió a los romanos, que lo usaban en los acueductos, que beber de ahí era pernicioso para la salud, pero eso no ha sido óbice para seguir utilizando las tuberías de plomo. Si vives en un edificio construido antes de los años ochenta, es probable que las conducciones sean de ese metal. De hecho, en España no se prohibieron las cañerías de plomo en construcciones nuevas y en reformas hasta 2003. Y hay más: la ONG Pure Earth hizo un estudio el año pasado analizando 56 muestras de delineadores comerciales de ojos khol, kajal y surma, y más de la mitad tenían niveles preocupantes de plomo. Recuerdo ahora que en mi juventud usé khol marroquí durante años, así que más plomo para mi coleto (madre mía, no sé cómo he llegado hasta aquí). Y todo esto sin tener en cuenta los nuevos peligros de los que aún no sabemos nada, como no supieron los contemporáneos de Curie lo dañina que era la radioactividad. Por ejemplo: estos nuevos fármacos antiobesidad que la gente consume a troche y moche, ¿qué consecuencias tendrán a la larga? En fin, como digo, la buena noticia es que, visto lo visto, somos más resistentes que las cucarachas.

Rosa Montero, 19.07.2026

Leyendo la novela El amigo, de Sigrid Nunez, (qué libro tan hermoso, ¿cómo he tardado tanto en llegar hasta él? Salió en 2018) me entero de que el gran escritor Rilke amaba a los perros y se sentía muy compenetrado con ellos. Y que una vez, saliendo de un café en España, se topó con una perrita vagabunda a punto de parir que le dirigió tal mirada de súplica (se me abren las carnes de imaginar la vida atroz de esa criatura en 1912, que es cuando nos visitó el poeta, y en este país, tan feroz con los animales por entonces) que Rilke quedó de alguna manera fulminado. En los ojos de la perra vio, diría después, “toda esa verdad que va más allá de lo particular para dirigirse no sé a dónde, hacia el porvenir o lo incomprensible”. Le dio un azucarillo de su café, un gesto que, escribió, fue como decir misa juntos.

No es el único personaje relevante impactado cognitiva y anímicamente por el contacto con los animales. A mí me emociona de manera especial la terrible historia de Nietzsche, que el 3 de enero de 1889, estando en Turín, vio cómo un pobre caballo de tiro era azotado de forma brutal por el cochero. Espantado, el filósofo rompió a llorar, se abrazó al cuello del equino e, instantes después, se desplomó con un colapso nervioso. Fue el comienzo del fin; tras ser detenido por alteración del orden público, lo trasladaron a una clínica psiquiátrica en Suiza y después a otra en Alemania. Ya no volvería a salir ni a recuperar la razón hasta su muerte, ocurrida 11 años más tarde. No se sabe si su deterioro mental fue causado por una sífilis avanzada, o por una demencia frontotemporal, o incluso por un tumor cerebral, pero la obvia metáfora de que lo enloqueció el sufrimiento insoportable de una criatura indefensa me conmueve muchísimo.

En ambas anécdotas hay reconocimiento y trascendencia. Hay una verdad que, en palabras de Rilke, va más allá de lo particular, es decir, que es más grande que una misma. Siempre me han gustado los animales. De pequeña no jugaba con muñecos antropomórficos, con bebés de goma o peponas de trapo, sino con animales de peluche. El gran amor de mi infancia fue una mona Chita descosida y llena de calvas que mi madre, que era una maga, me convenció de tirar a la basura a los 14 años, envuelta en un pañito-sudario, a modo de rito de madurez (aún no se lo he perdonado). Quiero decir que siempre me he sabido perteneciente al reino animal, e incluso diría que en ocasiones he sentido que formaba más parte de la manada peluda que de la humana. Ahora bien, con el paso del tiempo ese sentimiento se ha ido haciendo más profundo, más complejo, más absoluto. Como si esa continuidad con los demás seres vivos me rescatara de la indecible soledad de la experiencia humana y del sinsentido de la vida. Hace muchos años entrevisté para EL PAÍS al gran naturalista David Attenborough, y ese hombre maravilloso me dijo algo que no puedo citar literalmente, porque no tengo el texto, pero sí fielmente, porque me impresionó. La experiencia más trascendente de su vida, explicó, fue encontrarse cara a cara en Ruanda con un espalda plateada, el enorme y majestuoso gorila de las montañas; se miraron fijamente a los ojos y Attenborough no sólo se reconoció en el gorila, sino que advirtió que el animal se reconocía en él.

Yo también me reconocí en un ojo no humano y creo que fue, en efecto, la experiencia más trascendente que he vivido. La he contado en dos libros y no quiero repetirme, pero sucedió hace mucho en la costa occidental de Canadá cuando, estando yo en el mar en una pequeña zódiac, emergió justo a mi lado una gigantesca ballena corcovada. Vi pasar su ojo, curioso e inteligente, incrustado en la gran mole de su cuerpo. Mirándome. Mirándonos. Y el tiempo se detuvo. Ese salto interespecies es algo muy cercano a la eternidad.

Rilke escribió que, cuando le dio el azucarillo a la perra, sintió como si estuvieran celebrando misa juntos. Entiendo lo que quiere decir; no soy creyente, pero la historia de la ballena tuvo para mí algo religioso, del latín religare, de unirte con el todo. Fue lo más cerca que he estado en toda mi atea vida de lo sagrado, de ese misterio colosal que está en el centro de todo y produce asombro y reverencia. Cada día tengo más claro, en fin, que para mí Dios es el animal que llevo dentro.

IF YOU

FORGES


CUANDO NO LO PERCIBIMOS COMO DOMINACIÓN

Mahler, Sinfonía nº5. *Adagietto.

Los domingos son día que, junto a los lunes, ocupan los últimos lugares de favoritos entre los demás de la semana, quizá porque antecede al lunes, el más odiado sin duda. Pero los domingos tienen algo más, se puede disfrutar de los excelentes artículos que nos ofrecen los periódicos; yo he empezado por leer tres estupendos, dos de Rosa Montero y un tercero de Elvira Lindo, que subiré después al blog.
Durante nuestro último viaje a Bilbao nos cruzamos por la calle con una de esas personas invisibles, un homeless, enfundado en cartones y mantas sucias que dormía "plácidamente" ajeno a nuestra cercanía. Esta imagen, que me evoca una tristeza absoluta porque ¿quién me asegura que alguien a quien quiero o yo mismo no podría acabar así? y a la que le pongo en mi cabeza el fondo musical de los adagios de Barber y Mahler, me recuerda de sopetón lo injusto que es el mundo que habitamos. Tan inextricable es este asunto que imagino que, al dejar atrás al mendigo, nuestra cabeza lo olvida -en la manera de lo posible- y a otra cosa mariposa. 

Nosotros, pobres diablos, españolitos todos, que separamos las basuras, vemos cómo la clase dominante vuela en aviones privados u organiza fiestones que deben hacer saltar las alarmas si éstas existieran para medir la huella de carbono.

Nosotros, que damos limosna cuando nos parten el corazón por la calle, vemos atónitos estas campañas antiaborto que nada dicen sobre qué ocurrirá con tanto niño nacido y no querido, con esa madre sin economía. El después no importa, sólo mantener la conciencia "tranquila", que igual grita ¡no al aborto! que clama por salir a cazar inmigrantes. La misma, sí, aunque cueste creerlo.

¿Alguien duda de la inteligencia de El Sistema? Nuestra sociedad ofrece libertades reales y, al mismo tiempo, produce formas de dominación que hacen que los individuos, nosotros, deseemos precisamente aquello que contribuye a mantener esa dominación. Si vemos de manera tan clara que el capitalismo explota a los trabajadores, también nosotros, ¿cómo es que las sociedades avanzadas no se revelan e incluso llegan a apoyar al sistema que los oprime? La cosa podría ser fácil de entender, aunque hablar de fácil... no sé yo. La sociedad nos ofrece consumo, entretenimiento, comodidad, tecnología, ocio, elección y libertad. Vale, hasta ahí todos de acuerdo. Pero, ¿qué precio pagamos por todo esto?: el individuo se adapta al sistema y deja de cuestionarlo. Estas falsas necesidades "nos hacen libre", o eso pensamos. ¿Somos realmente libres cuando existen ancianos viviendo en la calle? El sistema económico produce necesidades que experimentamos como propias, aunque contribuyan a mantenerlo integrado en el propio sistema.

Ya no vemos la dominación como algo tradicional, no nos enfrentamos a la orden "Haz esto porque te obligo", no. Ahora tenemos el moderno y actual "Haz  lo que quieras", de manera que, como podemos elegir, igualmente experimentamos una conducta absolutamente libre, llegando a preguntarnos ¿es libertas elegir entre infinitas opciones previamente producidas por el propio sistema? 

Bucear en la filosofía de la Escuela de Frankfurt es apasionante, pero no quisiera estropearles este día de asueto que comienza. Una sociedad puede ser formalmente libre y, sin embargo, contener individuos profundamente alienados; la dominación más eficaz sería aquella que no se percibe como dominación.

Barber, *Adagio for strings.

sábado, 5 de septiembre de 2026

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

¿Y SI VUELVEN A GOBERNAR ELLOS?


Música de nuevo. Hoy, Beethoven para empezar: esta, en un lado de la balanza; la política, en el otro.

Esta mañana, tras el parón de la hora correspondiente por aquello de tomar hierro en ayunas, me senté a leer el periódico. Ya a esas horas de la mañana, uno es capaz de ponerse de mal humor con las noticias. Leí un interesante y ¿profético? artículo con el título «Deutschland 2033» y, al comprobar las similitudes con lo acontecido en Europa en el siglo pasado —cámbiese la palabra «judío» por «inmigrante»—, me quedé preocupado.

En España, donde no tuvimos un pasado nazi, pero sí a Franco, nos encontramos con un panorama parecido, la conspiración comunista judeomasónica ha dado paso a las hordas invasoras —emigrantes, igualmente—, donde el miedo al que viene de fuera ha instalado el relato del odio allá donde mires; un relato basado en innumerables mentiras y bulos que pintan un final de legislatura terrible. No sé cómo Pedro Sánchez aguanta el embate, o mejor dicho, los embates.

Parecería que la opinión pública se decanta por el derrotismo y da como ganador al PP y a Feijóo —ejemplo patrio de gran estadista y orador—, de manera que el futuro se considera escrito, aunque personalmente no pueda entender cómo un país puede llegar a votar a un partido y/o ideología que en estos últimos años ha votado NO a todo:

NO al divorcio.

NO al matrimonio igualitario.

NO al aborto.

NO a la ley de dependencia.

NO a la ley de igualdad.

NO a la eutanasia.

NO a la reforma laboral.

NO a la subida del SMI.

NO a la subida de las pensiones.

Podríamos decir que España se ha vuelto un país masoquista sin ánimo de equivocarnos.

Bruch, *Concierto para violín nº1.

‘Deutschland 2033’: el libro que imagina cómo sería una Alemania gobernada por la ultraderecha
El periodista Justus Bender publica un análisis de un hipotético futuro gobierno de la formación ultra Alternativa para Alemania (AfD), basado en lo que ya está ocurriendo en el país.
Andreu Jerez Ríos. Berlín, 4 de septiembre de 2026 22:45 h

Alternativa para Alemania (AfD) ha ganado las elecciones federales con un 36% de los votos. La ultraderecha es, con mucha diferencia, el partido más votado del país. La formación, fundada en 2013 al calor de la crisis de deuda en la Eurozona, no tiene suficientes escaños para gobernar en solitario, pero se ha convertido en imprescindible para formar un ejecutivo en la mayor economía europea.

Los conservadores de la CDU-CSU están en segundo lugar, pero muy lejos de AfD. Los democristianos, en estado de shock, hacen frente a un dilema: probar un inverosímil gobierno cuatripartito con socialdemócratas, verdes y poscomunistas (la prensa bautiza la fórmula como Coalición Zimbabue-Ghana por la cantidad de colores de los cuatro partidos involucrados) o abrirse a negociar con la ultraderecha una coalición gobernante con una cómoda mayoría parlamentaria. La democracia cristiana alemana está entre la espada y la pared.

La segunda opción tiene además un serio inconveniente: como partido más votado, AfD tiene derecho a exigir que su candidata, Alice Weidel, se convierta en la futura canciller federal. Weidel lo pone además más difícil, exigiendo a los conservadores “una disculpa pública al pueblo alemán” por haber dejado entrar solicitantes de asilo e inmigrantes al país. La ultraderecha se siente más cerca que nunca de su objetivo real: destruir la democracia cristiana, alcanzar la hegemonía política, tener la mayoría absoluta para gobernar en solitario y transformar a su gusto el Estado alemán.

Tras días de debates internos en la cúpula de la CDU-CSU, el presidente del partido y candidato a canciller democristiano, Jens Spahn, toma finalmente la decisión de tumbar lo que queda del cordón sanitario y acepta unas negociaciones con una ultraderecha considerada por los servicios de Inteligencia del país como parcialmente de extrema derecha —por consiguiente, una amenaza para el orden constitucional—.

Las negociaciones van más rápido de lo esperado. En pocas semanas, los partidos se ponen de acuerdo y Weidel es elegida canciller por el Bundestag con los votos de su partido y de los conservadores.

La ultraderecha alemana no pierde tiempo. Desde el minuto uno, comienza a aplicar algunas de sus grandes promesas electorales: deportaciones masivas de solicitantes de asilo, sin esperar a que los tribunales fallen si son legales; prisión para las personas sin permiso de permanencia; retirada de la ciudadanía alemana a personas con raíces extranjeras; reforma del código penal, que incluye el delito de “difusión de noticias falsas”; encarcelamiento de periodistas y registros de medios críticos y recortes draconianos en la radio y la televisión públicas; una reforma constitucional que establece que la cultura alemana debe prevalecer sobre el resto y que Alemania es un país cristiano.
“Un escenario”

Los párrafos anteriores resumen la Alemania que Justus Bender se imagina en 2033. El periodista político del diario liberal-conservador Frankfurter Allgemeiner Zeitungensaya ese hipotético futuro en su recién publicado Deutschland 2033. Ein Szenario. ('Alemania 2033. Un escenario'). “El libro es un análisis, porque la trama ficticia solo sirve para ilustrar una idea”, explica el autor a elDiario.es.

Deutschland 2033 no es una novela, sino un ensayo sobre cómo lo que hoy está ocurriendo en Alemania puede influir en el futuro próximo del país. Que un periodista de uno de los diarios más leídos del país haya elegido 2033 —es decir, un siglo después de la toma del poder por parte de Adolf Hitler— indica el clima político en un país que durante décadas se creyó inmune al ascenso electoral de cualquier formación situada a la derecha de la democracia cristiana.

La historia no se repite y la República Federal de Alemania no es la República de Weimar. Sin embargo, el acompasamiento de determinadas dinámicas de los años 20 y 30 del siglo XX con lo que hoy ocurre en Alemania ha llevado a Bender a escribir un libro cuyo título es una provocación y una advertencia.

“El título es, por supuesto, provocador”, dice Bender. “Se trata claramente de una alusión a 1933, a la toma del poder por parte de los nacionalsocialistas. Y lo he elegido por una sencilla razón: llevo 13 años informando sobre AfD y conozco muy bien el partido. Y cada vez que leo informaciones de los años 30 –artículos de periódicos, por ejemplo, o diarios personales–, me doy cuenta de que el tono era muy similar. Es decir, la forma en que los nazis se reían de sus críticos, diciendo: '¿Cómo pueden insinuar que queremos hacer algo ilegal? No crean las mentiras de la prensa liberal mentirosa”.

Precisamente así reaccionan hoy así los líderes de Alternativa para Alemania cuando se les acusa de querer establecer una ciudadanía con criterios étnicos o aplicar su plan de “remigración” para deportar a millones de personas que han llegado al país en la pasada década.
La Hungría de Orbán como modelo

Alemania no está tan lejos del escenario que dibuja Justus Bender en su Deutschland 2033. Basta con echar un vistazo a las proyecciones electorales. Todas las encuestas sitúan a la ultraderecha entre el 27 y el 29% de intención de voto, más de seis puntos por delante de los conservadores de la CDU-CSU y muy lejos del resto de partidos.

No estamos ante la fotografía de un momento concreto, sino de una tendencia que se viene consolidando desde hace meses. AfD ha roto un dique y apunta a ser la fuerza más votada no sólo en el este del país, considerado hasta ahora su gran bastión, sino en el resto de Alemania. La ultraderecha acaricia el umbral del 30%.

Es la coyuntura en la que Bender ha escrito un libro en el que imagina cómo sería una Alemania con un gobierno liderado por la ultraderecha. “Es, sobre todo, un país en el que se ha roto algo muy fundamental”, explica el autor. “En la esfera pública, en la cultura del discurso público, ya no existe la responsabilidad. Es decir, ya no funciona como antes: que un político se contradiga a sí mismo o cometa un error y, a raíz de ello, surja una presión que le obligue a rectificar. Simplemente, en este país todo es posible y, en este clima, un gobierno de AfD puede, por supuesto, imponer muchísimas cosas”.

En Alemania, incluso en parte de la izquierda, se está imponiendo una opción ante el avance de la ultraderecha: dejar que gobierne con la esperanza de que fracase y decepcione al electorado. Una posición que parece más alimentada por la impotencia que por argumentos racionales.

“He oído muchas veces a gente decir: '¿Qué puede pasar de malo? O bien gobiernan correctamente o, si hacen algo ilegal, los tribunales los detendrán'”, reflexiona en voz alta Bender, quien advierte acto seguido: “He escrito este libro como respuesta, porque quería demostrar que no es tan sencillo y que un gobierno tiene un poder enorme y puede hacer muchas cosas sin que nadie lo detenga”.

¿Y qué podría cambiar AfD sin grandes obstáculos? “Lo que podríamos esperar de una Alemania gobernada por AfD no sería el Cuarto Reich –es decir, la continuación del nacionalsocialismo–, sino más bien algo parecido a la Hungría de Víktor Orbán, a su democracia iliberal. Creo que Alemania no dejaría de ser democrática porque habría elecciones, pero las instituciones liberales, la prensa libre, la formación de la opinión pública y la igualdad de los ciudadanos independientemente de su origen étnico se verían amenazadas”.

La primera piedra de esa hipotética futura Alemania pueden ser las elecciones regionales en Sajonia-Anhalt del próximo domingo. AfD roza la mayoría absoluta en las encuestas de esa región del este de Alemania. Su candidato, Ulrich Siegmund, podría convertirse en el primer ministro regional de la ultraderecha y Sajonia-Anhalt, una especie de laboratorio de pruebas para la Alemania que sueña AfD.

viernes, 4 de septiembre de 2026

ARTE


Llego de ver a Jasper Johns, hace un par de meses Calder, en noviembre la mejor fotografía en París, el año pasado David Hockney, Chagall en la Ópera Garnier o en el MET de Nueva York, Indiana, Rothko, Moore en el Neues Musem de Berlín, Picasso, Kandinsky y tantos otros en el MOMA, Gauguin y toda la  maravillosa colección del Thyssen, Leonardo en el Louvre, Goya, Velázquez, El Bosco, Tiziano, Rubens, El Greco en El Prado... No podría vivir sin el arte. Me da la vida, me recarga, me endulza.
Ante tanta barbarie que nos rodea, políticos rastreros, dictadores, abusones, narcicistas, gentuza, mediocres, acomplejados, egoístas, insolidarios, déspotas, explotadores, injustos, poderosos, las noticias devastadoras, los 4 jinetes, el apocalipsis que tenemos encima, la guerra, el poder allende los mares; la pérdida de los seres queridos, los amigos ausentes y a los que ausentamos -mano de santo-. Todo lo que, en definitiva, me resulta insoportable, hace que me plantee si estoy deprimido, respondiéndome cada vez más que sí. 
Me salvan el arte, la música, los libros, la gente a la que quiero, los animales, el cielo azul, el mar, mi biblioteca. 
Ciertamente estoy deprimido.
Tomaso Antonio Vitali, *Chacona en G Minor.

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE



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