jueves, 20 de agosto de 2026

REÍR POR NO LLORAR

 

SOMNÍFERO

Los vuelos de BINTER entre las islas son mis somníferos naturales: ni pastillas, ni alcohol, ni nada. Es sentarme y aguantar a que las azafatas larguen su speech de seguridad para quedarme traspuesto. Tanta es la rapidez que hace un par de vuelos me sentaron en la fila 4 —se me debió de haber olvidado asignarme asiento—, y cuando la azafata empezó a repartir el donut o los munchitos (no recuerdo a qué hora era el viaje) desde la fila 1, cuando llegó a la 4 yo ya estaba en la Luna. Abrí los ojos al escuchar el crujido de las papas o tal vez el olor del dulce, y la señorita andaba ya por la fila 8, calculé.

Como me desperté del sueñecillo ligeramente alarmado, hambriento, sediento o todo lo anterior, no pude conciliarlo de nuevo y abrí el libro que llevaba en la bolsa de tela de STRAND —la de los perritos, que uso cuando traigo café de Tenerife—: Manolito Gafotas, esa delicia de Elvira Lindo que se lee de maravilla en cualquier avión cuando uno viaja por este mundo mundial, sobre todo si lo hace con la cabeza llena de datos, de presión cual olla a ídem o de fechas de entrega. Sí, problemas de ricos, lo acepto.

miércoles, 19 de agosto de 2026

18 MESES

AY MADRID, MADRID, MADRID

BUENA FILOSOFÍA

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

MORGAN





NI UN ALMA

BEAU!


JUAN TAMARIZ, DEP





 

DOS LAGARTOS


Yo no creo en nada. Bueno, no es del todo cierto, creo en el karma -o quiero creer en él- y también en la buena gente. El karma se resiste a cumplir su cometido y es leeeeento; respecto a la buena gente, en general he tenido suerte, ni puedo ni debo quejarme.

¿Conoces a una persona de esas que, cuando la ves, te produce un rechazo automático? Afortunadamente, esta gente no suele abundar en tu vida -al menos no en la mía-, pero como las meigas, haberlas, haylas. Cuando te cruzas con ellas se te oscurece el día, se nubla, te quita hasta el apetito.

Hoy tuve una mañana con uno de estos encuentros que, como una gota de tinta china en un vaso de agua, llama mucho la atención en el momento, pero luego se diluye y desaparece; no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, dice nuestro refranero. Este momento efímero pasó y seguí disfrutando de la compañía de mis antiguos compañeros de trabajo, con los que estaba tomando un café y poniéndome al día, siempre un rato de lo más placentero.

El resto de la mañana, todo a contrarreloj: una reunión y una visita de obra que, por cierto, va muy bien. Tras mi revisión dermatológica anual, ya solo me queda volver al centro de salud para que me miren el oído derecho, que, aunque con algo menos de sordera que hace unos días, no me fío del todo. ¿Me habrán echado un mal de ojo? ¡Lagarto, lagarto!

Recuerdo que en mi antiguo despacho del Ayuntamiento, antes de mudarme al de la planta de arriba y por aquello de la cercanía, tenía colgada junto a una jamba de la puerta una ristra de ajos. Creo que aquello fue lo que me salvó; una estaca de madera hubiera llamado demasiado la atención y no era cuestión de asustar a los pobres ciudadanos que iban a contarme sus problemas. Me pregunto a quién se los contarán ahora...

lunes, 17 de agosto de 2026

OSCURA FUE NUESTRA NOCHE...


Saturno siendo devorado por sus hijos
Las instituciones liberales parecen incapaces de formar élites que garanticen su supervivencia frente el auge ultra.
Pau Luque Sánchez

De la última hornada de líderes políticos a menudo descritos como fascistas, solo hay uno que haya tenido formación fascista y de quien se pueda decir que es biográficamente fascista. Curiosamente, esta última persona es, de la camada en cuestión, quien menos se ha comportado como un mandatario fascista.

Las políticas de Giorgia Meloni, militante histórica del fascismo italiano, son, a grandes rasgos, homologables a las de los grandes partidos conservadores europeos (ella misma dijo que, de ser británica, sería tory). Incluso en la crisis ceutí, Meloni puso parcialmente en marcha un mecanismo previsto en el derecho comunitario en relación con el tratado de Schengen. Una jugada indigna, innecesaria y peligrosa, propia de quien está en precampaña electoral, pero no fascista. Así que Meloni es fascista, pero su Gobierno no lo es.

Trump, Milei u Orbán, a diferencia de Meloni, recibieron una formación liberal en el sentido político. Y, sin embargo, son quienes han hecho y hacen las políticas más iliberales, autoritarias y a ratos fascistoides (cómo denominar si no las cacerías del ICE en Estados Unidos).

La formación de Orbán fue incluso exquisitamente liberal: estudió en Oxford gracias a una beca de una fundación de George Soros, cuya Universidad, la Central European University, fue expulsada de Hungría en 2018 gracias a la presión de... Orbán. Si la historia de las instituciones de formación liberal pudiera ser capturada en una sola imagen, sería la del reverso del cuadro de Goya: aparecería Saturno siendo devorado por sus hijos.

¿Qué ocurrió para que las instituciones liberales parezcan ahora incapaces de formar élites que garanticen su propia supervivencia?

Manejo la combinación de tres conjeturas como respuesta. Es el constreñimiento de estar en la UE lo que evita que, una vez en el poder, te comportes como un fascista. Esta hipótesis tiene el inconveniente de que deja en parte inexplicado el caso Orbán. Al mismo tiempo, explica por qué Orban no llegó más lejos.

Cabe preguntarse si la UE podría seguir siendo un genuino contrapeso en un escenario en el que no sólo Italia, sino las otras tres grandes economías de la Unión (Alemania, Francia y España) estuvieran gobernadas de manera afín a Trump y compañía. Si el próximo año Le Pen gana la presidencia francesa, podremos comprobar cuánto se eleva el plato de la balanza de la UE. Sospecho que la Le Pen presidenta se parecerá más a la primera ministra Meloni —cuando no está en precampaña electoral— que a Orbán. Sería la consolidación de un discurso que ha llevado a que su partido (RN) tachara las famosas palabras de Rajoy sobre la selección de Francia como racistas, escandalosas y lamentables.

Le Pen tiene una tarea: decidir definitivamente si quiere transformar las instituciones liberales para que se parezcan a ella o si es ella quien se transforma para parecerse a las instituciones liberales. No hace falta explicar la diferencia entre parecer y ser, pero conviene recalcar que el peso de la UE conmina a lo primero y empuja hacia lo segundo.

La segunda hipótesis descansa en parte en mi condición de italianófilo recalcitrante. La sabiduría política de los italianos es tan comparativamente superior que incluso quienes se han formado en el fascismo, como Meloni, tienen interiorizada cultura institucional, sentido de Estado y consciencia, maltrecha pero aún presente, de las virtudes del mundo liberal heredado de la Segunda Posguerra Mundial. Parece que se reeditará, una vez más, la increíble capacidad de Italia para sobrevivir a los temblores de la historia.

Esto se resume en un antiquísimo proverbio sefardí que me inventé cuando viví en Italia: “Todo lo que pasa, ya pasó en Italia”. Resumiendo con mucha austeridad: sobrevivir a la caída del Imperio Romano, a dos décadas de fascismo organizado, al colapso de la denominada Primera República por el escándalo de Tangentópolis y al primer magnate televisivo y especulador inmobiliario que llegó a ser primer ministro (Silvio Berlusconi). Ahora hay indicios plausibles de que las frágiles instituciones liberales de la Italia de la Segunda República sobrevivirán a su primer primer ministro con formación fascista.

Tal vez lo que hace falta para que las instituciones liberales perduren no es una formación liberal, sino una formación en la cultura del poder. Los italianos saben acomodarlo y desacomodarlo. Saben fragmentarlo. Saben adaptarlo al contexto. Su problema es, quizás, que nada conocen en la misma medida que el poder. Y esto garantiza que puedas sobrevivir como país, pero no muchas cosas más.

La tercera y última conjetura es la más especulativa. La formación liberal puso todo el énfasis sobre todo en tres cosas: moral, argumentación y racionalidad. Cambió así los términos de la conversación: la política ya no iba de política; iba de tener razón.

Pondré un ejemplo para ilustrar las nefastas consecuencias de esta mutación. Según cuenta el negociador palestino Hussein Agha, uno de los autores del imprescindible Tomorrow is Yesterday, en los sucesivos y fracasados encuentros por la paz arabe-israelí de los años noventa e inicios del siglo XXI ocurrió algo inesperado. Agha se entendió mejor con los conservadores israelíes que con algunos liberales israelíes. Mientras los primeros al menos pretendían negociar algo, los segundos sabían qué era bueno para ellos y bueno para ti y, por tanto, no dejaban nada para negociar. Puede que, por mor de la provocación, Agha exagere un poco (hipérbole que quedaría acreditada por la crónica de esos mismos acontecimientos de Shlomo Ben-Ami en Profetas sin honor). Pero captura bien cómo el tono de arrogancia racional y soberbia moral de los liberales es políticamente fatídico y autodestructivo.

En la formación liberal de segunda mitad del siglo XX se privilegió hasta tal punto la coherencia discursiva, la solemnidad y la innegociabilidad de las verdades morales que fueron relegadas del mapa las materias primas de la política: la traición, el compromiso o la negociación. Los currículos liberales proporcionaban una cultura de la razón, pero sus mejores estudiantes se licenciaban careciendo de una cultura política.

¿Qué decir entonces de sus malos estudiantes? Trump, Orbán o Milei fueron arrojados al mundo adulto sin una cultura política —y, por tanto, sin el más básico sentido de Estado y sin entender el valor de las instituciones liberales—, pero también sin la más elemental cultura de la razón. La combinación de ambas lagunas dio un resultado siniestro.

La razón por la que Meloni se atraganta un poco menos que Trump, Orbán o Milei es una combinación, a mi juicio, de lo anterior: el constreñimiento de las instituciones de la UE y el haber tenido una educación político-sentimental que consiste en una amalgama de la mejor versión del maquiavelismo, el catolicismo y el comunismo, tres buenos ejemplos de comprensión del poder (ajenos, por lo demás, a convertir el poder en un fetiche, como sí hicieron los fans de Schmitt o Laclau).

El liberalismo político no debería ser entendido como una scuola di vita; tampoco como el forjador de instituciones cuya primera virtud sea la justicia, sino, a la manera de Judith Shklar, como una barrera institucional para proteger a los más desamparados. Hablando en plata: la separación de poderes no es una verdad moral, sino un arreglo político e histórico.

La noche de los Trump, Orbán y Milei terminará. Y cuando amanezca deberíamos estar preparados para aceptar que una formación liberal no debería enseñar nada distintivamente liberal; debería enseñar qué es el poder y cómo usarlo para preservar las instituciones liberales. De lo contrario, nos pasará como en aquella vieja canción de Nick Cave cuya letra dice que oscura fue nuestra noche, pero más oscuro será nuestro día.

Pau Luque es investigador de Filosofía del Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su último libro es Ñu. Un problema para cada solución (Anagrama).