lunes, 16 de febrero de 2026
¡ME PIDO EL ÚLTIMO!
La primera regla para ser feliz consiste en no desear en ser el primero en nada.
Manuel Vicent, 15.02.2026
A esta edad todavía aspiro a conseguir ciertas cosas, que a mi juicio se parecen mucho a la felicidad, por ejemplo, que me siga sentando bien lo que como cada día, que mi fisiología funcione correctamente en el cuarto de baño y aprovechando que estoy allí mirarme al espejo sin despreciarme; dormir con la seguridad de que mañana ningún acreedor llamará al timbre de mi puerta; llenar los insomnios con mis aventuras de niño o de chaval como aquella vez que en la escuela gané el primer premio en un concurso de cazadores de moscas al vuelo por lo que recibí los primeros aplausos de mi vida que todavía resuenan en mis oídos; también intento alcanzar un momento de felicidad cuando, despierto al amanecer, alargo la pierna hacia ese lado fresco de la cama y luego cambio el dial de la radio, dejo que la actualidad se vaya por el sumidero de la historia y que una sonata de Scarlatti me permita seguir soñando. A estas alturas todavía aspiro a ponerme los calcetines sin gemir, a levantarme del sillón de golpe sin tener que acompañarlo con una blasfemia o una jaculatoria. He leído en alguna parte que un caballo muy sano vive más o menos alrededor de 30 años y que la vida de una persona longeva se compone de los tres caballos que uno lleva dentro; con el primero se va al galope, con el segundo se avanza al trote, con el tercero, que es mi caso, uno camina al paso. La primera regla de la felicidad consiste en no desear ser el primero en nada. Tarde o temprano con pasos cortos todo el mundo llega a su propia meta, pero hay que mirar dónde pones los pies para no pisar ningún charco. “La felicidad es un ideal de la imaginación”, dice Kant. Desde los presocráticos todos los filósofos y moralistas han tratado de dar respuesta a esta aspiración humana de ser feliz. A mi juicio, Schopenhauer ha dado tajantemente en el clavo. Dijo: “La felicidad consiste en no tener envidia”. Que ese vicio cruel e implacable no me ataque es la plegaria que elevo a los dioses todos los días.
UN ARÍCULO MUY DURO
Seas de izquierdas o de derechas, si eres buena gente —y yo sé que sí—, lo que se cuenta en este artículo te va a parecer igual de fuerte que a mí; o así lo quiero creer. Con todo lo que hemos pasado durante y después de la dictadura, con todos los logros que hemos conseguido, ¿cómo hemos llegado a esta situación?
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Tristemente, las palabras andan alimentando la furia de estos tiempos.
Elvira Lindo, 15.02.2026
Sanchista, en el lenguaje ordinario que maneja hoy con desparpajo la derecha, es toda aquella persona que no desprecia a Pedro Sánchez. Sanchista es todo aquel que no le insulta, Sanchista es quien no utiliza la palabra criminal o corrupto o mentiroso para describirlo, Sanchista es aquel ser humano que no encuentra paralelismo posible entre Sánchez y Trump, porque para el Antisanchista de pata negra, si Trump es un canalla, no lo es porque ande deteniendo y expulsando a los hispanos, no lo es por su constante amenaza con invadir países soberanos, no lo es por su narcisismo autoritario, no por sus venganzas arancelarias ni por su demolición de la política climática, si Trump es un canalla es porque se parece a Sánchez. Putos amos los dos. Si usted desea obedecer el manual del perfecto Antisanchista debe asumir que el actual presidente encarna el Mal Absoluto, y siendo esto así no son suficientes las críticas a su gestión o el reproche a su falta de autocrítica, ni tan siquiera basta con no votarle, llegados a este punto si usted quiere demostrarle a la galería que no es un despreciable Sanchista ha de rubricar los consabidos hijo de puta con un anhelo innegociable: Sánchez ha de acabar en el banquillo.
Aquellos que profieren los insultos están tan convencidos de que esta es una estrategia legítima para alcanzar el poder que son capaces de afirmar encaramados a la tribuna en el Congreso, como Feijóo hizo esta semana: “Yo a la calle salgo, mientras que este señor (Sánchez) no puede”. Por si no quedaba claro o por si aún no había sido reflejado en los cortes de X el orador volvió a ello pasado un rato: “La calle que usted no puede pisar, señor Sánchez”. Me extrañó que esta frase no se destacara como la más turbia de todo el debate. Fue pronunciada en un tono de requiebro desafiante y, por tanto, como una especie de celebración. Vino a decir el jefe de la oposición que si existe una razón poderosa por la que el presidente ha de largarse es porque el pueblo podría tomarse la justicia por su mano; en ningún caso pareció preocuparle a Feijóo que en un país democrático un representante político haya de temer por su integridad. Al contrario, quiso hacerse eco de las bravuconadas que escucha en los círculos que frecuenta, cada vez más desatados y siempre proclives a extorsionar.
Imaginemos que esta misma mañana un Sánchez, el mismo que ocupa la presidencia o alguien similar de su cuerda, decide salir a la calle, darse un garbeo con las manos en los bolsillos y regresar a algún lugar que frecuentaba antes de ser el Sánchez de hoy. Es lógico temer, dado el clima político que respiramos, que sería insultado, pero no sabemos hasta dónde se atreverían sus atacantes si vieran desprotegido a aquel contra el que alimentan su odio a diario. En cualquier caso, ¿hay algún motivo de satisfacción en imaginar que alguien le arroje un palo a la espalda? Feijóo el desmemoriado no recuerda que un expresidente de su propio partido, Mariano Rajoy, fue agredido en 2015 durante un paseo electoral en Pontevedra. Un joven le propinó un tremendo puñetazo en la cara que le rompió las gafas y le produjo una hinchazón inmediata en la mejilla. Hay un largo historial de políticos agredidos en esta y otras democracias, también de periodistas, de personajes públicos para los que la calle se convierte en un lugar hostil. Qué decir de las épocas negras que España ha padecido: unos podían ir por la calle, otros no. Pero no es solo responsable quien asesta el golpe sino quien señala o sugiere quién se merece un castigo. Tristemente, las palabras andan alimentando la furia de estos tiempos. Como Feijóo, yo también creo que Sánchez no puede ir tranquilo por la calle, y me parece mezquino que dicha realidad le haga sentir más cerca de su victoria. Es un síntoma de falta de argumentos para derrotar al adversario y tal vez un triste signo de este presente encanallado.
AVISO PARA NAVEGANTES
Han pasado ya muchos años desde la revolución cubana, tantos que ya uno no pensaba en Cuba nunca, como mucho al hablar del turismo, del Malecón, de lo mal que lo están pasando, etc. Ahora Cuba está en el candelero, todos los días leemos, ahora sí que sí, lo realmente mal que lo están pasando. No hay medicinas ni electricidad ni petróleo ni optimismo, sí desabastecimiento y represión, un cóctel peligroso donde los haya. ¿Qué le depara a Cuba? ¿Una solución como la de T en Venezuela? ¿Hemos llegado a ver el fin del castrismo como también lo vimos en la URSS o en la primavera árabe?
De tiempos convulsos ya somos espectadores, el futuro de Cuba lo desconocemos.
Pobre gente que camina.
EL TITÁN
Llego ileso del gimnasio, todo bien. Mi dedo sajado sigue convaleciente pero ello no me impidió pasar una hora haciendo cardio, para empezar. Media hora en la bicicleta estática leyendo y la siguiente en la cinta caminando rápido, esta vez sin el libro pero concentrado en la visión a través del ventanal a la calle: acera, calle, carril bici, avenida, acera, parque, autovía, invernaderos... el mar. Suena música machacona -mañana llevo los auriculares- y mientras camino sobre esta máquina de tortura mi cabeza no para, veo gente caminar, señoras con prisas, un señor que pasea un perro chico que parece de pilas, un matrimonio enfundado en ropa deportiva que caminan descompasados sin hablar, él delante y ella detrás; una furgoneta blanca con un papel en la ventana lateral que dice VENDO CASA, coches pequeños de distintos colores, y hasta un repartidor de pizzas (¿quién pide una pizza a las 7:30 de la mañana?). Welcome to America!
Mientras camino raudo sobre la plataforma me planteo qué hago ahí, ¿por qué caminar en un gimnasio, sin moverme, escuchando una música tirando a horrorosa en vez de caminar por la calle bajo ficus, palmeras canarias y cocoteros? Como no tengo respuesta continúo caminando y miro de reojo la pantalla iluminada que parpadea y, entre algunos datos ininteligibles para mi que no domino el idioma gimnástico, distingo tiempo (sí, ese que es inexorable), pendiente y calorías supuestamente quemadas. La cinta es más agradable que la bici estática, aquella colocada frente a un espejo gigantesco que te recuerda quién/ cómo eres sin necesidad ninguna. Caminando me entretengo más con el paso de la vida a través de un cristal transparente al que le han pegado unas letras enormes anunciando el precio de la cuota mensual realmente barata. Huyo de la caverna de Platón, no quiero perderme nada de lo que pase fuera aunque sea un escenario limitado. Menos es nada.
Entra un señor de mediana edad y le pide a la monitora, que es cubana y con la que he hablado un rato antes de empezar, un Monster, entiendo. Y sí, efectivamente, un Monster, bebida energética que a saber cómo sabe. Me siento raro, un paria de gimnasio, un desplazado. No tengo ni muñequera, ni camiseta de asillas, ni botella de agua ni mucho menos un Monster en la mano, pero al menos tengo mi dignidad para asumir mi escalafón en este mundo del cuadrado, abajo abajo pero con la frente alta.
La señora cubana que me da los buenos días al llegar es, además, la monitora. La saludo, paso el carné por un lector de códigos de barra que emite un solido que para el que domine el argot debe decir ¡adelante! y hablamos un rato. Me dice que es cubana, le digo que lo debe estar pasando mal con el interminable asedio (parafraseo a mi amiga P) y me contesta bajando la mirada, "sí, el asedio lo hace el gobierno cubano desde hace 60 años". Asiento, es mi primer día. Me cuenta de su familia, sus abuelos que siguen en Cuba, la comida que mandaba cada semana hasta que bloquearon la web que utilizaba, etc. Asiento de nuevo y le digo que lo siento, justo en el momento en que un pibe pregunta por un mosquetón, de manera que, intrigado, aprovecho para mover la cabeza y encaminarme hacia las taquillas para dejar allí mi mochila, coger el libro y sentarme en la bicicleta.
Termino mi ronda de cardio y vuelvo a encontrarme con la monitoria cubana, esta vez para recoger la rutina de ejercicios de fuerza que empezaré mañana; importante: ¡no más de 20 segundos de descanso entre aparatos y repeticiones! Lo grabo mentalmente.
Ducha, desayuno frugal, café y listo.
Lunes lunero, 10:15 de la mañana, de vuelta a la arquitectura. ¡Feliz semana!
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David Guetta, *Titanium.
domingo, 15 de febrero de 2026
EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS
Ya ni siquiera se sabe si hay alguna luz al final del túnel oscuro que está atravesando la sociedad cubana.
Leonardo Padura, 15.02.2026
1. Desde Bruselas una amiga me escribe y me dice que cada mañana abre el periódico con miedo de encontrar una noticia que sea aún peor que las del día anterior. Otra, desde París, comenta que tiene la sensación de que el mundo ya no gira en círculos, sino a trompicones. Otra más, compatriota mía, me confiaba su nerviosismo, los temores que tenía por lo que pudiera ocurrir. Y anoto esas percepciones de la realidad porque se identifican con algunas de las mías y de muchas personas en estos, nuestros tiempos turbulentos.
Creo que casi nadie duda de que la incertidumbre se ha convertido en un sentimiento agobiante para muchos de los habitantes del planeta. Un vertiginoso deterioro de tantos paradigmas, acuerdos de convivencia y certezas más o menos establecidas se ha apoderado de los contextos locales y universales con una fuerza centrífuga que hace borrosos, imprecisos, los referentes más trabajados con los que se trató de crear un orden mundial en el cual no hubiera barbaries imperialistas y genocidios como los ocurridos durante las dos guerras mundiales del siglo XX. Pero, ¿qué puede pasar mañana, pasado, en una semana? ¿Cuál será, digamos, el destino de la OTAN y, peor aún, el de la Unión Europea como proyecto? Aventurar una respuesta resultaría el más absurdo de los ejercicios mentales en que podamos enfrascarnos… pero no solo para los ciudadanos de a pie, sino incluso para los estadistas que deben tomar las decisiones colectivas. El caos crece a un ritmo incontrolado.
Y nadie dudará, tampoco, de que el protagonista, creador y director de este proceso de incertidumbre global hoy en crisis de crecimiento es el presidente estadounidense, Donald Trump, que se ha propuesto, como todos saben, “hacer América grande otra vez”. Solo que para lograr su objetivo —y me disculpan si les recuerdo lo que ya conocen— ha aplicado las más crueles políticas de represión contra inmigrantes indocumentados, considerados terribles criminales y hasta justifica el asesinato de algunos de sus ciudadanos; es el que ya ha comenzado a intentar manipular las elecciones de medio mandato, pues sabe que un resultado adverso podría implicar que sea sometido a un juicio político que, para más ardor, se produciría en unas condiciones de crispación social y política (generada por él) que podría tener impredecibles consecuencias en un país donde hay más armas de fuego que personas; que es el político poderoso, encantado de exhibir su prepotencia con amenazas diversas, que va pasando por encima de acuerdos históricos, incluso con sus aliados; es, también, el presunto pacificador que, por no haber recibido el Premio Nobel de la Paz, asegura que ya no se siente comprometido con la solución de conflictos bélicos; y, lo mejor de todo, resulta ser el mismo servidor público que —según un editorial de The New York Times— en su primer año de segundo mandato ha hecho una caja de ganancias personales y corporativas de una cifra que desborda mis capacidades de cálculo, ascendente a 1.408.500.000 dólares. Y siempre con la retórica de que ya ha devuelto a su nación la grandeza que había perdido.
2. Desde mi condición de cubano afincado en la isla siento ahora mismo, y creo que con justificada intensidad, todas las incertidumbres que crecen dentro y fuera del país. ¿Qué puede pasar en Cuba mañana, la semana que viene? ¿Asfixia, agonía, colapso? Lo más terrible es que puede ocurrir lo peor (no importa qué, solo que puede ser lo peor), porque lo peor está sobre la mesa de la realidad del país. Como hace poco dijo un colega en estas páginas: hasta las pesadillas pueden tener gradaciones.
La política de máxima presión aplicada a Cuba por la Administración estadounidense, llevada al extremo con el decreto presidencial que ha provocado el bloqueo de la importación de petróleo, ha generado efectos inmediatos en un país que desde hace años vive entre crisis. El Gobierno cubano ha decretado otra especie de “período especial en tiempos de paz”, como el que proclamó Fidel Castro en los años noventa, cuando se esfumó la Unión Soviética. Y ahora será una cascada aún mayor de calamidades que ya habían alcanzado niveles críticos: los apagones se multiplicarán; la falta de transporte público será más notoria; incluso el acceso a alimentos, cada vez más caros, se hará un proceso más precario, entre otros efectos anunciados. Pero téngase en cuenta que la Cuba de 1991 no es la de 2026: la de hoy arrastra una falta de confianza que se ha alimentado con años de carencias, de inmovilismo político y de proyectos de estrategias económicas tan erradas o tímidas que no han aliviado las duras condiciones de vida de una población cada vez más empobrecida, obligada a practicar muy disímiles estrategias de supervivencia.
El propósito explícito de la Administración de Trump es que, apretando el cuello de la nación hasta el borde de la asfixia, se produzcan manifestaciones populares que, como en las pocas otras ocasiones que se han generado, serían reprimidas por el Gobierno, pues ya “la orden de combate ha sido dada”. ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Es posible aplicar más presión contra el Gobierno cubano? Y se puede especular —repito, especular entre tanta incertidumbre local y global—: ¿vendría entonces una intervención militar de las llamadas humanitarias para restablecer el orden y provocar el cambio de sistema político perseguido desde hace más de 60 años? ¿Se probaría en Cuba una operación como la de Venezuela o se aplicará la fórmula de tierra arrasada de Gaza? ¿A quién se le darían después las riendas de un país al que no se le ha permitido fomentar una oposición ni medianamente organizada? ¿Se buscaría al fin un pacto con el aparato gubernamental actual o se vivirá un vacío de poder que incluso podría provocar convulsiones sociales de violencia y desgobierno como las que ha sufrido el vecino Haití (un país del cual, por cierto, nadie se ocupa)? ¿Para restablecer la convivencia se le encargaría el Gobierno a los mismos de ahora o se importará un gobernador estadounidense como el Leonard Wood y el Charles Magoon de las intervenciones militares de 1898 y 1906? ¿Y después?… Pero sobre todo —para no adelantarme con más especulaciones que pueden estar muy infundadas y que podrían ser otras, de diverso carácter—, ¿y ahora?, ¿y mientras tanto?
Pues ahora le toca a mis compatriotas residentes en la isla sufrir las más dolorosas carencias que se suman a las ya existentes, pero además con la sensación que muchos tenemos de que la primera solución política necesaria no es solo un “plan de contingencia” para intentar paliar la situación, sino la introducción de cambios profundos en las estructuras del país, asolado por diversas crisis. Generar una reforma coherente y efectiva cuya instrumentación se ha dilatado con la política de poner banditas donde se requerían cirugías profundas. Pero, mientras, amanecer cada día con la tremenda sensación de que el túnel oscuro que recorría la sociedad cubana ya no se sabe si tiene luz al final, pues, lo que es peor, no sabemos si el túnel todavía existe o si este es el destino que le ha tocado a un país de donde tanta gente se va, tanta gente quisiera irse si tuviera adónde y que cada vez se parece más a ese distópico “país de las últimas cosas” que pintó en su novela Paul Auster, porque entre las últimas cosas perdidas, ya para muchos también se han esfumado las esperanzas y temen que ocurra lo peor, sea lo que sea lo peor.
TRES LIBROS Y UN CONCIERTO
La vida ante sí, de Romain Gary
Narrada por Momo, un niño inmigrante criado en el barrio parisino de Belleville, la novela cuenta su vida junto a Madame Rosa, una anciana judía superviviente de Auschwitz que acoge a hijos de prostitutas. Desde su mirada ingenua pero lúcida, Momo relata la convivencia entre marginados, el paso del tiempo y la enfermedad de Madame Rosa. La historia combina humor y ternura para reflexionar sobre la identidad, el abandono, la dignidad y el amor en medio de la pobreza.
El loro de Flaubert, de Julian Barnes
La novela sigue a Geoffrey Braithwaite, un médico inglés viudo obsesionado con la figura de Gustave Flaubert. En su investigación sobre la vida del autor francés —especialmente en torno a un loro disecado que pudo haber inspirado un pasaje de Un corazón sencillo— el narrador mezcla biografía, crítica literaria y reflexiones personales. A medida que indaga en Flaubert, también aflora el dolor por la muerte y las infidelidades de su esposa. La novela explora la relación entre vida y obra, la imposibilidad de conocer plenamente la verdad y la naturaleza esquiva de la memoria.
La ciudad de las luces muertas, de David Uclés
Ambientada en la posguerra española, la novela presenta una ciudad marcada por la derrota, la represión y el silencio. A través de una trama que combina elementos simbólicos y realistas, se retrata a personajes que intentan sobrevivir en un entorno devastado moral y materialmente. La historia indaga en la memoria histórica, la culpa colectiva y las heridas abiertas por la Guerra Civil, mostrando cómo el pasado condiciona el presente de quienes habitan esa “ciudad” oscurecida por el miedo y la pérdida.
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Saint-Saëns, *Concierto Nº1 para Violonchelo.
Bruno Philippe.
AYUSO x 2 (CENSURA SIN CENSURA)
Cipayuso
La historia de España y la de EE UU no se entenderían la una sin la otra, sin comprender cómo la civilización hispana fue saboteada por el imperio angloamericano.
Ana Iris Simón, 14.02.2026
Yo, Isabel Díaz Ayuso, quiero conceder la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid a los Estados Unidos de Donald Trump porque la libertad y la vida son los dos bienes más preciados de la humanidad. Libertad de expresión, como la que practica Elon Musk soterrando en el algoritmo las voces críticas; libertad de movimiento, como la de los hispanos en EE UU, que cada día tienen que moverse más para escapar entre redada y redada; libertad de elegir tu proyecto vital, si uno quiere ser metido en jaulas, deportado con grilletes o enviado al Cecot.
La vida también es un gran valor hispano que EE UU ha defendido con múltiples golpes de Estado e intervenciones militares, desde Nicaragua a Honduras y demás guerras bananeras, que entendemos porque a nosotros también nos gusta la fruta. Porque la historia de España y la de Estados Unidos no se entenderían la una sin la otra, concretamente sin comprender cómo la civilización hispana fue saboteada y expoliada por el imperio angloamericano.
Todavía queda en EE UU un legado que se transmite en nombres como Florida, Nuevo México, Texas, Arizona, Colorado y demás tierras que fueron robadas para bases militares, experimentos eugenésicos y ensayos nucleares. Nombres que, por cierto, causan burla entre los yanquis cuando algún latino los pronuncia bien en lugar de flórida, niu mécsicou o coloradou. Compartimos el uso del español como idioma, aunque en algunos lugares de EE UU haya que tener cuidado antes de hablarlo en voz alta o sea la lengua que Donald Trump retiró de la página de la Casa Blanca en su primer mandato y que acaba de insultar en el segundo, afirmando que nadie entiende ni una palabra de lo que habla el puertorriqueño Bad Bunny, como cuando los viejos imperios decían que los bárbaros hablaban ladrando.
El Nuevo Orden Mundial que proclamó Bush en su día necesita nuestra forma de ser y estar, concretamente de ser fuga de cerebros y mano de obra barata, y de estar sometidos y alienados. Madrid siempre ha mirado a Estados Unidos con admiración, la misma que sentimos por otros galardonados previamente. De Milei, admiramos la capacidad de condenar a los ancianos argentinos. De Israel, la maestría con la que arrasan hospitales, ante los cuales Madrid palidece, aun con sus mayores esfuerzos de abandonar residencias o degradar la sanidad pública.
Miramos con admiración a EE UU porque no se puede mirar de otra forma la complicidad con el genocidio o las redes de pederastia de Epstein. Los admiramos por ser el principal faro del mundo libre, especialmente ahora que Trump se entiende mejor que nunca con los autócratas de todo el globo, mientras amenaza al resto de Occidente con aranceles y anexiones, desde Groenlandia a Canadá. Es el faro del mundo libre contra las narcodictaduras ultraizquierdistas, a las que ha llevado la prosperidad mediante bloqueos y sanciones, y la libertad poniendo Guantánamo en Cuba o cambiando a Maduro por Delcy.
Por eso queremos que EE UU sea el país invitado en las fiestas madrileñas de la Hispanidad 2026, igual que se autoinvitaron en su día a invadir la Hispanidad en Panamá, Guatemala o República Dominicana. Queremos así celebrar con los norteamericanos el 250º aniversario de su independencia, que España apoyó y nos lo pagaron arrebatándonos Cuba, Puerto Rico o Filipinas, e incluso apoyando la Marcha Verde de Marruecos sobre el Sáhara español. Pese a todo, estamos en un mismo barco: el del decadente imperialismo gringo, que se va a pique junto a los cipayos que elegimos hundirnos con él.
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Lo que conecta Mar-a-Lago con la calle de Alcalá no es hipocresía, sino coherencia.
Mariam Martínez-Bascuñán, 15.02.2026
La divina Ayuso aparece en vídeo en una gala donde los presentes han pagado hasta 50.000 euros por entrada en la residencia privada de Donald Trump. Voilà! Con impunidad pizpireta, equipara al Gobierno mexicano con la dictadura cubana. Por supuesto, la presidenta no tiene competencias en política exterior y lo que hace en Mar-a-Lago no es diplomacia: Ayuso construye su perfil internacional en la cloaca de la nueva derecha global, donde la libertad se define por lo que condenas. Cuando todo lo que no es liberalismo de mercado es dictadura o narcoestado, esas dos palabras se vacían de significado. Es su función: permitir que quien dice defender la libertad se alíe con Trump, el mismo que dispara contra ciudadanos, amenaza con invadir territorios aliados, deporta masivamente y desmantela instituciones sin que importe. La libertad, en boca de Ayuso, no es un principio sino una marca que aplica selectivamente: libertad para Milei, dictadura para Sheinbaum. El criterio no es democrático sino de bando.
Mientras, por aquí, la Comunidad cercena la subvención del Círculo de Bellas Artes. No es una anécdota cultural sino un método de gobierno. Cuando desde la Consejería de Cultura se dice “hacéis cosas que no nos gustan” no están opinando: es un aviso. El cambio de modelo de financiación ―de subvención fija a dinero por proyecto aprobado por la Consejería― no es una mera reforma administrativa, sino la introducción de un principio de condicionalidad que transforma la relación cultura-poder. Solo se financia lo que “casa con el interés institucional”, es decir, del Gobierno. No hace falta prohibir, basta con que se aprenda que la independencia tiene un precio. Es censura sin censura, disciplinamiento sin huella formal. Y es un patrón. La misma lógica opera en la sanidad pública, degradada mientras se impulsa la privada; o en la universidad pública, asfixiada mientras crecen centros para ricos y la educación que apunta al “pin parental”, la santa moral de vuelta a la familia.
Lo que conecta Mar-a-Lago con la calle de Alcalá no es hipocresía, sino coherencia. Es un proyecto que tiene dos brazos: el simbólico, que construye una identidad internacional alineada con la nueva derecha global; y el material, que desmantela los espacios donde se produce un lenguaje alternativo. Los dos brazos trabajan juntos: el primero ofrece una narrativa mientras el segundo elimina los lugares donde podrían producirse narrativas distintas. Los ataques a la universidad, la sanidad o la cultura producen el mismo efecto: borrar los sitios donde las personas se encuentran como ciudadanas, no como consumidoras; donde adquieren un lenguaje para pensar colectivamente; donde la desigualdad se hace visible como problema político y no como fracaso individual. Cuando esos espacios desaparecen, lo que queda son individuos aislados, sin vocabulario democrático, cuyo malestar solo puede canalizarse a través del resentimiento, la identidad o la moral tradicional. Es el electorado perfecto para la derecha que Ayuso representa. Y aquí está el giro más oscuro: Ayuso no necesita que la gente sea de derechas. Necesita que no tenga las herramientas para ser otra cosa. No necesita convencer sino vaciar. No necesita ganar el argumento sino destruir el espacio donde los argumentos alternativos se producen. Wendy Brown lo llama “desdemocratización”. No es la supresión de la democracia formal; es la eliminación de las condiciones materiales y culturales que posibilitan la práctica democrática. En Mar-a-Lago se llama “mundo libre”; en Madrid “cambio de modelo”, y esconde algo más peligroso que una dictadura declarada porque no tiene nombre, ni huella, y cuando quieres denunciarlo te responden: ¡Es la libertad, carajo!
sábado, 14 de febrero de 2026
AHS: NYC
Termino de ver la temporada 11 de American Horror Story: NYC. Esta vez el ley motiv de la serie es la epidemia del SIDA en una ciudad concreta, Nueva York, y la absoluta desidia de las autoridades por encontrar una cura. El antes llamado "cáncer homosexual" era un castigo divino y por tanto no se les hizo ningún caso a los contagiados, que morían y morían y volvían a morir sin remisión. Nada que ver con lo que fue posteriormente, casi 50 años después, la vacuna del COVID, que batió todos los récords en su creación.
La serie es muy dura.
Estos son sólo algunas cifras ilustrativas.
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