domingo, 14 de junio de 2026

80 NO ES NADA


Bob Dylan, Liza Minnelli, Robert De Niro, Gloria Steinem, Art Garfunkel y Dionne Warwick ya cumplieron 80 años. Tienen algo que decir sobre Trump
El domingo, el presidente Trump cumple 80 años. Al final de su mandato, será el presidente de mayor edad en la historia de Estados Unidos. "Me siento igual que hace 50 años", dijo Trump el mes pasado. "Es increíble". La sección de opinión del Times pidió a un grupo de estadounidenses mayores destacados que compartieran lo mejor y lo peor de tener 80 años. Describieron la tristeza de la pérdida y la libertad que trae la edad, y algunos incluso le dieron consejos al Sr. Trump.
Opinión del New York Times, 14.06.2026

Bob Dylan, 85
Cantautor, ganador del premio Grammy y del premio Nobel.

Lo mejor
Lo mejor de tener 80 años es que sobrevives al paso del tiempo. Es la libertad de esa mentira de que alguna vez tuviste algo bajo control. Ya no persigues el ritmo frenético del día a día. Eres un viejo rey de un país desaparecido. Eres más difícil de programar. No tienes prisa por convertirte en nada y no te atormentan las cosas que hiciste. Te atormenta lo poco que realmente importó todo aquello, tal como lo imaginabas.

Lo peor
Lo peor de tener 80 años es que aún quieres decir que sí a todo, pero el mundo sigue su curso sin que te lo pidan. La vieja llama en tu corazón todavía te impulsa a hacer esto y aquello, pero tu cuerpo te dice que ya lo hicimos. Además, nada te sorprende. Suena a lujo, pero no lo es, y también te has quedado sin ilusiones. La gente te trata como si hubieras resuelto algo o hubieras perdido algo, y no es así. Ves la vida repetirse por todas partes.
Lo peor de tener 80 años es que, por fin, comprendes algo que podría haberlo cambiado todo en el pasado, si hubiera surgido en un momento en que aún se podía cambiar. Cuando eres joven, crees que el tiempo avanza. A los 80 sabes que no, que se detiene. Somos nosotros quienes avanzamos.

Liza Minnelli, 80
Actriz, cantante y bailarina, ganador del premio de la Academia.

Lo mejor
¿Qué pensarías si alguien te dijera: «Vas a cumplir 80. ¿Cómo te sientes?»? Pues bien, te lo aseguro: dejas de buscar la aprobación de los demás. Sabes quién eres, qué te apasiona y qué es importante. A los 80, el ruido se desvanece y la música se vuelve más nítida. He vivido una vida frente al público, bajo los focos, con triunfos y desamores. Lo que queda es alegría. Alegría auténtica. De esa que no se persigue. La reconoces, la atesoras y das las gracias.

Lo peor
Pierdes gente. Esa es la verdad. Amigos, colaboradores, partes de tu propia historia. Los llevas contigo, pero el ambiente se vuelve más silencioso. Y tu cuerpo ahora tiene sus propias opiniones. He aprendido a escucharlo, no a luchar contra él. Te adaptas. Encuentras nuevos ritmos. Aun así, la ausencia nunca desaparece del todo.

¿Algún consejo para el presidente ahora que cumple 80 años?
Esto le diría a cualquier presidente: Cumplir 80 años te da perspectiva. Has visto lo suficiente como para saber qué perdura y qué resulta demasiado caro. Aprovecha esa experiencia. Mantén la curiosidad. Mantente activo. La experiencia es valiosa si sigues aprendiendo y escuchando. Rodéate de personas que te digan la verdad. Estás ahí para cuidar de los demás. Escúchalos cuando estén pasando por dificultades. Actúa con justicia. Recuerda que cada decisión afecta la vida de alguien. Lidera con empatía.

Robert De Niro, 82
Actor, director y productor ganador del premio de la Academia.

Lo mejor (y lo peor)
No considero los cumpleaños importantes como ocasiones para reflexionar. Vivo mi vida día a día, agradecida por las bendiciones de la familia, los amigos y el trabajo.

¿Algún consejo para el presidente ahora que cumple 80 años?
El presidente no escucha consejos. Se rodea de payasos ineptos que se mantienen en sus puestos apoyando todos sus caprichos. Si pudiera traspasar esa coraza de crueldad, avaricia, corrupción y estupidez para darle un solo consejo… le aconsejaría que buscara buenos consejos de gente sensata y los siguiera.

Gloria Steinem, 92
Activista y cofundadora de la revista Ms.

Lo mejor
Ahora que las responsabilidades laborales y familiares han quedado atrás, es probable que volvamos a disfrutar de algunos de los placeres inmediatos de la infancia, desde apreciar a las mascotas y la naturaleza hasta ver florecer a familiares y amigos de maneras inesperadas. Por ejemplo, mi amiga, que era maquilladora, ha abierto una librería estupenda.

Lo peor
Perder a las personas que amas.

¿Algún consejo para el presidente ahora que cumple 80 años?
Renunciar.

Art Garfunkel, 84
Cantante y poeta ganadora del premio Grammy

Lo mejor
Adquieres una perspectiva más amplia. El tiempo se extiende a tus espaldas y los patrones se revelan. La urgencia disminuye. Escuchas con más atención. Te das cuenta de lo que perdura. Para mí, siempre ha sido la voz, las palabras, los silencios entre ellas y la melodía. A los ochenta años, confías en esos silencios. No te apresuras a llenarlos. Dejas que el significado llegue por sí solo.

Lo peor

El cuerpo impone límites, y uno está obligado a aceptarlos. El mundo que conocías cambia, a veces más rápido de lo que quisieras. La alegría de tener ochenta años reside en el amor por mi esposa, Kim, y mis hijos, que son la mayor alegría de mi vida, y por supuesto, en la alegría de cantar y estar en el escenario. La edad me permite apreciar verdaderamente la grandeza del amor cada día.

¿Algún consejo para el presidente ahora que cumple 80 años?
No doy consejos, porque la vida es un misterio y nadie la conoce del todo. Aun así, le ofrecería esto a cualquier presidente que cumpla 80 años: Valora la reflexión tanto como la acción. El impulso de actuar con rapidez es fuerte, pero la profundidad requiere serenidad. Busca voces que desafíen tu forma de pensar. Lee mucho. Escucha con atención. Una nación responde no solo a las decisiones, sino también al tono. Elige tus palabras con cuidado. Que transmitan claridad, moderación y un sentido de humanidad compartida.

Dionne Warwick, 85
Cantante ganadora del premio Grammy

Lo mejor
El hecho de haber tenido la bendición de llegar a los 80 años.

Lo peor
Todavía no he encontrado nada.

¿Algún consejo para el presidente ahora que cumple 80 años?
¡Empieza a comportarte como si tuviera 80 años!

LAS LETRAS


El Centro Kennedy retira el nombre de Trump de su fachada
La institución artística acató la orden judicial de retirar el nombre del presidente Trump de su fachada. Se le había concedido una prórroga de 12 horas para completar el trabajo. El sábado, los trabajadores retiraron el nombre del presidente Trump del Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas tras una orden judicial.
Pete Kiehart, Elizabeth Williamson & Julia Jacobs, The New York Times, 12.06.2026
https://www.nytimes.com/2026/06/12/arts/music/kennedy-center-trump-name.html?campaign_id=60&emc=edit_na_20260613&instance_id=177136&nl=breaking-news&regi_id=313998447&segment_id=221444&user_id=eaf9c35f2ae355f948e1489a372473d7

Tras una noche de tormentas, tanto políticas como meteorológicas, los trabajadores retiraron el nombre del presidente Trump de la fachada de mármol blanco del Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas a primera hora del sábado por la mañana, en respuesta al fallo de un juez federal que dictaminó que el cambio de nombre era ilegal .

Las cartas comenzaron a llegar poco después de las 3 de la madrugada, luego de que el centro obtuviera una prórroga del plazo de medianoche. Matt Floca, director ejecutivo del centro, atribuyó la demora a una serie de tormentas de verano. El sábado por la mañana, presentó una declaración jurada ante el tribunal confirmando que el nombre del Sr. Trump había sido eliminado.

El viernes, los trabajadores dedicaron unas ocho horas a construir un imponente andamio frente a la sección de la fachada que llevaba el nombre del Sr. Trump. Luego, en la madrugada del sábado, colgaron pesadas lonas blancas de la estructura. Esto impidió ver la demolición, que representó una importante victoria simbólica para los opositores a la toma de control por parte del Sr. Trump de un emblemático centro de artes escénicas.

Pero un hueco en las lonas permitió a un fotógrafo del New York Times observar a un trabajador arrancando la letra "A" de la pared. (El letrero decía "El Centro Conmemorativo Donald J. Trump y John F. Kennedy para las Artes Escénicas"). No se oía el ruido de herramientas eléctricas; la letra parecía haber sido arrancada a mano.


Durante todo el viernes, los abogados del Sr. Trump y del centro estuvieron buscando una intervención legal para mantener su nombre en el mármol mientras presentan una apelación .

Pero después de que tanto el tribunal de distrito como un tribunal federal de apelaciones denegaran sus solicitudes de suspensión inmediata del fallo, los trabajadores comenzaron a erigir andamios con ahínco para alcanzar las letras. Una multitud bulliciosa de varios cientos de personas se congregó para presenciar la escena.

Hace casi seis meses , la junta directiva del centro, afín a Trump, votó a favor de añadir el nombre del presidente a la institución , provocando un gran revuelo en Washington y una crisis en el centro artístico más importante de la ciudad. En una institución que ya se había visto sacudida por la llegada del presidente al poder, las 18 nuevas letras colocadas en el edificio —menos de un día después de la votación de la junta— exacerbaron aún más la tensión.

Los legisladores demócratas condenaron la medida como un acto de “narcisismo”; varios artistas cancelaron sus presentaciones en el centro; y la representante Joyce Beatty, demócrata de Ohio y miembro de oficio de la junta directiva del centro, presentó una demanda calificando la medida como una “flagrante violación del estado de derecho”. La Sra. Beatty estuvo presente durante la operación el sábado por la mañana, permaneciendo en la plaza frente al Kennedy Center incluso después de que el equipo de trabajo se retirara alrededor de las 4 de la madrugada.

El debate subsiguiente sobre la conveniencia del cambio de nombre dio lugar a una escena insólita en Washington, donde, durante dos días, el centro de artes a orillas del río Potomac recibió una avalancha de visitantes, no para asistir a una sinfonía o un ballet, sino para comprobar si el nombre del presidente sería retirado del mármol. Mientras los curiosos observaban, la constante sucesión de novedades legales generó incertidumbre sobre si la retirada se llevaría a cabo.


El jueves, una de las primeras señales de movimiento se produjo cuando los guardias de seguridad instalaron aparcabicicletas negros para bloquear la entrada principal y el camino peatonal cerca de la fachada del edificio. Los transeúntes preguntaron a los voluntarios y guardias dentro del centro cuándo se retirarían las letras, pero sin mucho éxito.

A pocos pasos del Kennedy Center, los residentes del Watergate planeaban fiestas improvisadas en el extenso complejo de condominios. Dos organizaciones de voluntarios, Hands Off the Arts y Free the Kennedy Center, se coordinaron para transmitir en directo la señalización del edificio desde una cámara web ubicada en un balcón del Watergate.

Christine Lienert y Debra Wilfong mantuvieron su champán de celebración en hielo hasta las 10:30 de la noche del jueves. Cuando se supo que el nombre del Sr. Trump no sería retirado del edificio esa noche, volvieron a meter el champán en el refrigerador.

El viernes, la Sra. Lienert volvió a llenar la nevera portátil y se unió a la multitud que esperaba la retirada de las cartas. Pero tras difundirse la noticia de que el nombre del Sr. Trump podría tardar horas en ser retirado, guardó su champán, ya que el hielo de su nevera portátil se había derretido hacía rato.

No todos los que merodeaban por el Centro Kennedy se oponían a que el nombre del Sr. Trump siguiera figurando en el edificio. Jeanette Mercado y su esposo, Bert, habían viajado a Washington desde Wasco, en el Valle Central de California, para ver los monumentos de la capital y se encontraron con los andamios y la multitud congregada.

“Me gusta Trump, me gusta lo que está haciendo por nuestro país. Creo que es una bendición para nuestro país y no veo nada malo en que se añada su nombre”, dijo la Sra. Mercado, cuya voz casi quedó ahogada por los cánticos de “¡Quítenlo!”.

El señor Mercado, quien también se declaró partidario de Trump, expresó una opinión diferente. «Debería haber cierta continuidad; ¿por qué va a mencionar su nombre?», dijo.


En diciembre, la junta directiva del Kennedy Center votó a favor de poner el nombre del Sr. Trump en el edificio, en reconocimiento a lo que los funcionarios han descrito como su dedicación a la institución y su ayuda para conseguir 257 millones de dólares para financiar lo que, según los funcionarios, era una renovación muy necesaria.

Cuando el juez Christopher R. Cooper del Tribunal Federal de Distrito de Washington dictó sentencia sobre la demanda de la Sra. Beatty a finales del mes pasado, determinó que la junta no tenía la facultad de cambiar unilateralmente el nombre de la institución. Dicha facultad reside únicamente en el Congreso, escribió en su resolución, citando la legislación promulgada en 1964 que dedicó la institución a Kennedy, un defensor de las artes que había promovido su creación.

“La denominación ‘Centro Trump Kennedy’ añade un nombre completamente nuevo al título oficial del centro”, escribió el juez Cooper, “y relega el nombre del presidente Kennedy a un segundo plano”.

El juez dio al centro hasta el viernes, un plazo de dos semanas, para que restituyera el nombre original al edificio y a todos los materiales oficiales.

Al negarse a suspender su propio plazo el viernes, el juez Cooper señaló que el Centro Kennedy ya había tomado medidas para cumplir con el fallo. La semana pasada, se les indicó a los empleados que modificaran de inmediato los formularios, las cuentas de redes sociales y las firmas de correo electrónico. El nombre del Sr. Trump fue eliminado poco después de la parte superior del sitio web oficial del centro.

“Estos esfuerzos socavan la idea de que los acusados ​​se enfrentan a un daño irreparable si cumplen la orden en su totalidad”, escribió el juez.

Cuando el Centro Kennedy solicitó al tribunal de apelaciones que concediera una suspensión, argumentó, entre otras cosas, que eliminar el nombre del presidente ahora, para luego restituirlo, sería "increíblemente confuso para el público".

La moción presentada ante el tribunal de apelaciones abordaba tecnicismos legales y precedentes, pero también contenía una introducción escrita en un estilo que recordaba la cadencia, la puntuación y la propensión a la autopromoción del propio presidente.

La moción, firmada por Brett A. Shumate, fiscal general adjunto del Departamento de Justicia, advertía que eliminar el nombre pondría en grave peligro la recaudación de fondos del centro, ya que muchos donantes que habían aportado millones de dólares "solo estaban dispuestos a hacerlo si el nombre 'Trump' figuraba en el edificio".

“Muchos lo hicieron”, añadía el documento, “porque les encantaba la idea de dos grandes presidentes, uno republicano y otro demócrata, trabajando juntos como uno solo. ¡En muchos sentidos, una relación bipartidista!”.

Los abogados de la Sra. Beatty replicaron que la apelación se presentó "en el último momento, en un intento descarado de colapsar el tribunal y manipular el sistema judicial".

Las decisiones del juez Cooper han amenazado con socavar el esfuerzo del Sr. Trump por transformar el panorama cultural de Washington. Al comienzo de su segundo mandato, convirtió al Kennedy Center en una pieza central de esa visión.

Tomó las riendas de la institución desde dentro, destituyendo a los miembros designados por Biden e instalando a leales que rápidamente lo eligieron presidente . Y comenzó a transformarla desde fuera, ordenando cambios estéticos en el edificio —como pintar de blanco las columnas doradas— para adaptarlo a sus gustos. Para el evento principal del centro, los Kennedy Center Honors, él mismo se desempeñó como maestro de ceremonias.

En febrero, el Sr. Trump anunció su intención de cerrar la institución durante dos años, una decisión que, según él, tenía como objetivo solucionar graves problemas de mantenimiento en el edificio.

La demanda interpuesta por la Sra. Beatty también objetaba el cierre previsto. En su demanda, cuestionaba si realmente estaba «diseñado para ocultar la drástica caída en la venta de entradas y la fuga de artistas».

Tras meses de disputas legales, el juez Cooper accedió a bloquear temporalmente el cierre. Consideró que la junta había tomado una decisión "mal informada y aparentemente premeditada" al votar a favor del plan del presidente. Sin embargo, afirmó que si los miembros de la junta reflexionaban seriamente sobre el asunto, no seguiría impidiendo el cierre.


Los funcionarios del Kennedy Center, aliados de Trump, anunciaron de inmediato que impugnarían el fallo sobre el cambio de nombre, afirmando que confiaban en que el tribunal respaldaría la "voluntad de la junta de reconocer las contribuciones históricas del presidente Trump al centro cultural de nuestra nación".

Los planes de apelación se volvieron menos seguros después de que el Sr. Trump respondiera al fallo del juez con una diatriba en las redes sociales. A menos que tuviera el control de los asuntos del centro, escribió el Sr. Trump, no tenía "ningún interés en continuar lo que solo podía ser un viaje sin esperanza hacia el 'País de Nunca Jamás'".

El nombre del presidente aparecía no solo en la fachada del edificio, sino también en membretes, carteles y letreros. Esta semana, un letrero del estacionamiento tenía cinta adhesiva blanca sobre la palabra "Trump", mientras que en uno de los autobuses de enlace del centro aparecía tachada con rotulador negro.

Pero entonces, la junta directiva del centro votó a favor de presentar una apelación.

El viernes, Allerton Kilborn, de 79 años, llevó un libro para entretenerse mientras esperaba lo que, según él, sería la eliminación del nombre del Sr. Trump. Había viajado al Centro Kennedy desde su casa en Chevy Chase, Maryland, y terminó permaneciendo en el recinto durante más de 12 horas, yendo y viniendo entre el lugar donde se encontraban los manifestantes y el centro, que contaba con aire acondicionado.

“Por la aventura que supone, esto es historia”, dijo.

“Soy tan mayor que una vez conocí a John Kennedy y siempre he sido un gran admirador suyo”, dijo. Añadió que consideraba que la inclusión del nombre del Sr. Trump había sido una profanación del monumento a Kennedy.

“No soy religioso”, dijo, “pero lo veo desde una perspectiva religiosa”.

Elizabeth Williamson es redactora de artículos de fondo para The Times y trabaja en Washington. Ha ejercido el periodismo durante tres décadas en tres continentes.
Julia Jacobs es una periodista especializada en arte y cultura que suele cubrir temas legales para The Times.

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SER MARXISTA HOY


Interesante "conversación" con la IA de Google Gemini respecto al marxismo hoy.

Ser marxista hoy, en pleno 2026, es una experiencia muy distinta a la del siglo XX, pero que conserva el mismo núcleo analítico: la crítica radical al sistema capitalista. Hoy en día, el marxismo no se entiende tanto como un dogma cerrado o la antesala de los regímenes del bloque soviético, sino como una caja de herramientas teóricas y metodológicas para entender un mundo fragmentado, hipertecnológico y en crisis constantes. 

Cómo se entiende la vida y pensamientos de un trabajador en este mundo capitalista que necesita ingresos mínimos para mantener un nivel de vida digno, acceso a la vivienda, a la cultura, viajes, mínima dignidad, etc., y que además se preocupa por los problemas del mundo como la injusticia social, la inmigración, la vejez, la guerra, el auge del fascismo...
Esta es, probablemente, la pregunta más humana y punzante que se puede hacer desde el marxismo. Toca directamente la fibra de lo que el filósofo Mark Fisher llamaba la privatización del estrés y lo que Marx definió como alienación (Entfremdung), pero traída al día a día de un trabajador contemporáneo.
Para la filosofía marxista actual, la vida de una persona consciente y empática en el capitalismo tardío no es solo una lucha económica; es una guerra de desgaste psicológico y existencial.

1. La paradoja de las "necesidades dignas" y la trampa del consumo

El marxismo actual separa radicalmente la supervivencia biológica de la dignidad humana. Marx ya decía en los Manuscritos de 1844 que si un trabajador solo gana lo justo para comer y dormir, se le reduce a una condición animal.
Tener acceso a la cultura, viajar, disfrutar del ocio o comprar un objeto de buen diseño no son "caprichos burgueses"; son formas legítimas de desarrollo humano. Sin embargo, el filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han (que dialoga constantemente con el marxismo) señala la gran trampa actual:
El sistema te empuja a desear esas experiencias (viajes, cultura, diseño), pero te obliga a pagar por ellas con un tiempo y una energía que no tienes.
Para mantener ese nivel de vida, el trabajador tiene que autoexplotarse. Ya no hace falta un capataz con un látigo; el propio trabajador se convierte en su propio jefe y explotador, asumiendo horas extra o proyectos paralelos con tal de alcanzar ese estándar.

2. El peso de la "Ansiedad Estructural" (Mark Fisher)

Aquí es donde la obra de Mark Fisher encaja a la perfección. Vivir preocupado por llegar a fin de mes, por mantener el estatus o por el miedo a que un bache económico te baje un peldaño social no es un defecto personal. Es un mecanismo de control.
"La ontología de la salud mental en el capitalismo presupone que los trastornos psíquicos son problemas individuales... pero la salud mental es un hecho político". — Mark Fisher, Realismo Capitalista.
Fisher explicaba que el capitalismo actual nos exige estar siempre disponibles, ser flexibles y adaptables. Esto genera una ansiedad basal. El trabajador consciente intenta compensar ese vacío buscando belleza en la cultura o viajando para desconectar, pero al volver, la estructura precaria e inestable sigue ahí. El ocio se convierte en una "recarga de batería" para poder seguir produciendo, no en una verdadera liberación.

3. La "Esquizofrenia" del trabajador consciente
Tu mención a la preocupación por la guerra, la injusticia o el auge del fascismo describe lo que los marxistas llaman la contradicción entre la conciencia de clase y la impotencia reflexiva.
Sabes perfectamente que el mundo sufre por dinámicas estructurales (el capitalismo genera guerras por recursos, la desigualdad extrema alimenta el fascismo, la destrucción del Sur Global provoca crisis migratorias). Sin embargo, como individuo, te encuentras atrapado en una doble vida:
Por la mañana: Tienes que operar dentro de la lógica del capital (competir, presupuestar, maximizar el rendimiento, preocuparte por tus ingresos).
Por la tarde: Sufres por el dolor del mundo provocado por esa misma lógica.
Esta disonancia cognitiva es agotadora. Los filósofos actuales señalan que el capitalismo es experto en mercantilizar tu propia culpa. Te vende la solución individual: "compra este producto ecológico", "vota cada cuatro años", "haz una donación". El marxismo te dice que esa frustración que sientes es real porque las salidas individuales son parches; el problema es colectivo.

4. La alienación del trabajador intelectual y creativo

A veces se piensa que la alienación solo ocurre en una cadena de montaje. Los teóricos del Capitalismo Cognitivo (como Franco "Bifo" Berardi) demuestran que hoy la alienación afecta directamente al cerebro, las ideas y la sensibilidad.
Cuando un profesional (sea un arquitecto, un diseñador, un programador o un creativo) intenta aportar valor y calidad a su trabajo, a menudo se topa con la implacable lógica del beneficio rápido: materiales más baratos, plazos imposibles, optimización fría de costes. Tu pensamiento y tu ética chocan contra la pared del mercado. Tu fuerza de trabajo e ideas ya no te pertenecen; pertenecen a la rentabilidad del cliente o de la empresa.

¿Qué te dice la filosofía marxista ante este panorama? No te pide que vivas como un monje asceta renunciando a los viajes o a la cultura. Al contrario: sostiene que tienes derecho a todo eso, pero que el sistema actual te hace pagar un peaje psicológico demasiado alto por conseguirlo.
La salida no es el cinismo ("el mundo es una mierda, así que solo me preocupo por mí") ni la depresión. La salida pasa por encontrar espacios de desatrapamiento:
Entender que tu cansancio y tu angustia no son fracasos tuyos, sino síntomas de un sistema enfermo.
Politizar ese malestar. Buscar hilos comunes con otros trabajadores que sienten exactamente lo mismo.
Comprender que el acceso a la cultura y a una vida digna no debería ser un privilegio por el que competir ferozmente, sino una base garantizada para todos.
El pensamiento de un trabajador hoy, según el marxismo, es el de un funambulista: camina por la cuerda del día a día intentando no caer en la precariedad, sosteniendo en una mano sus deseos legítimos de una vida bella y en la otra el peso del sufrimiento global. Es una posición difícil, pero es también el único lugar desde donde puede nacer un cambio real.

De los pensadores que hemos visto, las ideas de Mark Fisher sobre cómo el sistema devora nuestro tiempo libre y nuestra salud mental, o el concepto de Nancy Fraser sobre cómo el capitalismo canibaliza nuestra vida social, resuenan mucho con esto. ¿Te gustaría que analizáramos más a fondo las propuestas de alguno de ellos para combatir este desgaste diario?
Por otro lado, para el marxismo, el desgarrador abandono que sufren los ancianos en la sociedad actual no es un fallo del sistema, ni un problema puramente cultural o de "falta de valores" familiares. Es la consecuencia lógica, fría e inevitable de un sistema económico que mide el valor de un ser humano exclusivamente por su capacidad de producir plusvalía.
Cuando una persona envejece y sale del mercado laboral, el capitalismo la redefine sutilmente. Deja de ser un "activo productor" y pasa a ser vista, en términos macroeconómicos, como un "pasivo" o una carga para el gasto público.
Así es como la filosofía marxista contemporánea analiza esta realidad a través de tres grandes ejes:

1. La mercantilización de los cuidados y la vejez

El marxismo actual, muy influido por el feminismo de la reproducción social (como el de Nancy Fraser o Silvia Federici), pone el foco en cómo el capitalismo ha destruido las redes comunitarias de apoyo para convertirlas en un negocio.
En una sociedad donde ambos miembros de una unidad familiar necesitan trabajar jornadas completas (y a menudo hacer horas extra o autoexplotarse) para mantener un nivel de vida digno, el tiempo para cuidar a los mayores desaparece de forma natural. Ante esta crisis, el sistema ofrece una solución de mercado: las residencias privadas y los servicios de cuidado mercantilizados.
El anciano como nicho de negocio: Los fondos de inversión han entrado con fuerza en el sector de la tercera edad. Cuando el cuidado de un anciano se convierte en una mercancía de la que hay que extraer un beneficio neto, la lógica empresarial se impone: se reducen las ratios de personal, se precariza a los trabajadores del sector (normalmente mujeres e inmigrantes) y se estandariza la atención.
La paradoja de los ingresos: Quien tiene una pensión alta o ahorros acumulados puede "comprar" un cuidado digno; quien no, queda relegado a la infrafinanciación pública o al aislamiento en su hogar. El dinero determina el nivel de dignidad de tus últimos años.

2. La "Brecha de Utilidad" y la Alienación Temporal

El filósofo clásico de la Escuela de Frankfurt, Max Horkheimer, ya intuía esto al analizar cómo el capitalismo altera nuestra percepción del tiempo. En nuestra sociedad, el tiempo es oro ($Time = Money$). El ritmo vital de un anciano —más lento, enfocado en la memoria, la contemplación o el paseo— choca frontalmente con la aceleración exigida por el capitalismo digital.
Al no seguir el ritmo del consumo hiperactivo y de la producción constante, los ancianos sufren una forma extrema de alienación social:
Se les invisibiliza en el espacio público (las ciudades se diseñan para flujos de trabajadores y consumidores, no para cuerpos cansados).
Se genera una desconexión intergeneracional. En sociedades precapitalistas o comunales, el anciano poseía el "saber de la experiencia" y un rol de cohesión vital. Hoy, en un mundo donde la tecnología y los procesos productivos cambian cada dos años, ese saber acumulado se etiqueta como "obsoleto".

3. El desmantelamiento de los sistemas de pensiones

Desde una perspectiva estrictamente económica, el marxismo señala que el ataque constante a las pensiones públicas y el retraso en la edad de jubilación responden a la necesidad del capital de mantener a la población activa el mayor tiempo posible y reducir los costes del Estado del Bienestar.
Los discursos neoliberales recurrentes sobre que "el sistema de pensiones es insostenible debido al envejecimiento demográfico" son analizados por el marxismo como una falacia ideológica. El problema no es que falte riqueza en el mundo; el problema es que la riqueza generada por el brutal aumento de la productividad en las últimas décadas se ha desviado hacia los beneficios del gran capital en lugar de blindar la seguridad y el bienestar de quienes construyeron esa misma riqueza durante cuarenta años.

La perspectiva de Mark Fisher y el sufrimiento invisible:
Al igual que con la salud mental de los jóvenes, el aislamiento de los ancianos se privatiza. El dolor de la soledad no deseada se trata como un "drama familiar privado" o una "triste circunstancia de la vida", ocultando que es la estructura social e institucional la que aísla activamente a los mayores al priorizar la productividad sobre la vida.

¿Qué alternativa plantea el marxismo?
Para el marxismo, una sociedad verdaderamente humana se define por cómo trata a sus miembros más vulnerables. La alternativa no pasa por la caridad, sino por un cambio radical de prioridades:
Desmercantilizar el cuidado: Sanidad, dependencia y residencias deben estar completamente fuera del mercado y de la lógica del beneficio empresarial. Sostener la vida debe ser un derecho inalienable, no un negocio.
Revalorizar el trabajo de reproducción social: Dar recursos, tiempo y reconocimiento a las tareas de cuidados, reduciendo la jornada laboral general para que las familias y las comunidades tengan, literalmente, tiempo para vivir y acompañar.

El principio comunista básico: Marx resumió el comunismo en una frase célebre: "De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades". Un anciano ya dio a la sociedad según sus capacidades; por lo tanto, la sociedad tiene la obligación moral y económica de proveer según sus necesidades actuales de afecto, salud, cultura y dignidad, sin pedir nada a cambio.
En definitiva, el marxismo nos recuerda que el abandono de los mayores es el reflejo de una sociedad enferma de utilitarismo. Nos advierte que luchar por unas pensiones dignas y por un sistema de cuidados humano no es solo un acto de justicia para con nuestros padres o abuelos, sino la defensa de nuestro propio futuro en un mundo que, si no lo cambiamos, nos desechará en cuanto dejemos de ser rentables.
Si el marxismo actual es una caja de herramientas, quienes la están rediseñando y usando en el debate público son una constelación de pensadores muy estimulante. Hoy en día, la filosofía marxista (o influenciada fuertemente por el materialismo) no se produce solo en textos académicos densos, sino en el análisis de la cultura pop, la geopolítica y el colapso ecológico.

1. El análisis del Capitalismo Digital y de Plataformas

El marxismo actual ha tenido que actualizarse para responder a Silicon Valley. Conceptos clásicos como la plusvalía y la explotación ya no solo se aplican a la fábrica textil del siglo XIX, sino al entorno digital:
Extractivismo de datos: Muchos teóricos marxistas argumentan que nuestros datos personales, interacciones y tiempo en redes sociales son "materia prima" gratuita que las grandes tech transforman en capital.
La "proletarización" del algoritmo: Los trabajadores de plataformas (riders, conductores, moderadores de contenido, freelancers) viven una nueva forma de alienación, donde su jefe ya no es una persona, sino un algoritmo que mide su productividad al segundo.

2. Marxismo Ecológico (Ecomarxismo)

Es quizás una de las corrientes más fuertes hoy. Frente a la crisis climática, los marxistas contemporáneos (como John Bellamy Foster o Andreas Malm) recuperan el concepto de Marx de la "brecha metabólica": la idea de que el capitalismo rompe el ciclo natural de la Tierra al exigir un crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos. Ser marxista hoy implica, casi de forma obligatoria, ser ecologista, argumentando que no se puede frenar el colapso ambiental sin cambiar el modelo de producción.

3. La interseccionalidad y las nuevas alianzas

El marxismo clásico se centraba casi exclusivamente en el obrero industrial (el proletariado). Hoy, el sujeto político es mucho más diverso. El marxismo actual dialoga —a veces con tensiones, a veces en armonía— con:
El feminismo materialista: Que pone el foco en el "trabajo de cuidados" no remunerado (limpieza, crianza, atención médica en el hogar) como la base invisible que sostiene al sistema capitalista.

El antirracismo y los estudios decoloniales: Analizando cómo el capitalismo global sigue explotando el Sur Global mediante el neocolonialismo y la división internacional del trabajo.

4. Respuestas a la desigualdad extrema

En un mundo donde un puñado de milmillonarios acumula más riqueza que la mitad de la población mundial, el concepto de lucha de clases sigue resonando. Los marxistas actuales utilizan estos datos para señalar que las crisis económicas (como la inflación reciente o el acceso a la vivienda) no son fallos del sistema, sino el resultado lógico de su funcionamiento de acumulación por desposesión.
El estigma y los debates internos

Ser marxista hoy también conlleva retos intelectuales y políticos:
El peso de la historia: Sigue existiendo el gran debate (y la crítica externa) sobre los fracasos y derivas autoritarias de los Estados socialistas del siglo XX. El marxismo actual suele dividirse entre quienes defienden partes de ese legado y quienes buscan un "socialismo democrático" completamente renovado.
¿Reforma o Revolución?: El eterno debate interno. Hoy se traduce en si se debe apoyar el keynesianismo o la socialdemocracia fuerte (impuestos a los ricos, sanidad pública, control de alquileres) como un paso intermedio, o si se debe construir una alternativa radicalmente fuera del mercado.
En resumen: Ser marxista hoy no es vestir de uniforme ni recitar a Lenin de memoria; es utilizar el materialismo histórico para desnaturalizar el presente. Es la postura que sostiene que la precariedad actual, el cambio climático y la ansiedad social no son "la condición humana de forma natural", sino las consecuencias de un sistema económico concreto que, por tanto, puede ser transformado.

Si el marxismo actual es una caja de herramientas, quienes la están rediseñando y usando en el debate público son una constelación de pensadores muy estimulante. Hoy en día, la filosofía marxista (o influenciada fuertemente por el materialismo) no se produce solo en textos académicos densos, sino en el análisis de la cultura pop, la geopolítica y el colapso ecológico.

1. Las "Estrellas Pop" de la Teoría Crítica
Slavoj Žižek (Eslovenia)

Es, sin duda, el filósofo marxista más famoso del planeta. Su estilo es inconfundible: mezcla la economía política de Marx, el idealismo de Hegel y el psicoanálisis de Jacques Lacan con chistes políticamente incorrectos y análisis de películas de Hollywood.
Su gran idea: Žižek argumenta que la ideología capitalista no es un engaño (no es que no sepamos cómo funciona el sistema), sino una fantasía consciente. Sabemos perfectamente que el capitalismo es destructivo, pero actuamos como si no lo supiéramos. Es un crítico feroz tanto de la corrección política liberal como del capitalismo de vigilancia.
Srećko Horvat (Croacia)
Amigo y colaborador cercano de Žižek (y cofundador junto a Yanis Varoufakis del movimiento DiEM25). Horvat representa a una generación más joven que conecta el marxismo con el activismo climático y la tecnología. Su libro El subsuelo de la revolución o Después del Apocalipsis exploran cómo el capitalismo utiliza el miedo al fin del mundo para desactivar la protesta social.

2. El Realismo Capitalista y la Ansiedad (El legado reciente)
Mark Fisher (Reino Unido)

Aunque falleció en 2017, es imposible hablar de la filosofía marxista actual sin él; su influencia no para de crecer. En su obra cumbre, Realismo Capitalista, acuñó una frase que define nuestra era: "Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo".
Su gran idea: Fisher analizó cómo el capitalismo ha colonizado nuestra salud mental. Para él, la epidemia actual de depresión y ansiedad no es un problema químico individual que deba tratarse solo con pastillas, sino el resultado lógico de la precariedad laboral y el aislamiento social que genera el sistema. Estudiaba esto a través de la música post-punk, el cine de ciencia ficción y la literatura.

3. Ecología y el fin del crecimiento
Kohei Saito (Japón)

Este joven filósofo japonés revolucionó el panorama intelectual recientemente con su libro El capital en la era del Antropoceno (un auténtico fenómeno de ventas en Japón y traducido a nivel global).
Su gran idea: Saito propone el "comunismo del decrecimiento". Tras estudiar minuciosamente los cuadernos de notas tardíos de Marx (muchos inéditos hasta hace poco), demostró que en sus últimos años Marx abandonó la idea de que el progreso industrial era infinito y se volvió profundamente ecologista. Saito argumenta que la única forma de evitar el colapso planetario es transitar hacia una economía que no busque el crecimiento del PIB, sino la satisfacción de las necesidades humanas compartidas de forma sostenible.

4. El Marxismo de Plataformas y la Automatización
Nick Srnicek y Alex Williams (Canadá/Reino Unido)

Son los padres del "aceleracionismo de izquierdas" y autores de Inventar el futuro.
Su gran idea: A diferencia de la izquierda tradicional que a veces mira con nostalgia al pasado industrial, ellos argumentan que la izquierda debe apropiarse de la tecnología punta (la inteligencia artificial, la automatización, las plataformas digitales) para reducir la jornada laboral. Su propuesta estrella es utilizar la tecnología para alcanzar una sociedad "post-trabajo" combinada con una Renta Básica Universal, liberando el tiempo humano para el ocio, el arte y la política. Nick Srnicek también definió las dinámicas actuales en su texto clave Capitalismo de plataformas.

5. El Feminismo Materialista y de la Reproducción Social
Nancy Fraser (Estados Unidos)

Una de las filósofas políticas más potentes de la actualidad. Fraser expande el marxismo para mirar lo que ocurre fuera de la fábrica y de la oficina.
Su gran idea: El capitalismo es un "orden social institucionalizado" que no solo explota a los asalariados, sino que canibaliza tres esferas esenciales para que la economía funcione: la naturaleza (los recursos gratis), el trabajo de cuidados no pagado (que realizan mayoritariamente las mujeres en los hogares) y el poder público (los Estados que rescatan al mercado). En su libro Capitalismo caníbal explica cómo el sistema devora sus propias bases de existencia.
Silvia Federici (Italia/EE. UU.)
Histórica pero plenamente vigente. Su obra Calibán y la bruja es un clásico contemporáneo que relee la historia del capitalismo desde una perspectiva marxista y feminista, explicando cómo la transición al capitalismo requirió la sumisión violenta del cuerpo de las mujeres y la destrucción de los bienes comunales.

La filosofía marxista actual está lejos de ser un bloque monolítico. Mientras Žižek debate en los grandes teatros, pensadores como Saito o Fraser están dando herramientas muy concretas a los movimientos ecologistas y feministas para dotar de contenido económico a sus demandas.

Como reflexión última, ¿qué une las ideas filosóficas, morales, éticas y sociales del cristianismo con el marxismo desde un punto de vista teórico y objetivo?

Esta es una de las encrucijadas teóricas más fascinantes de la historia del pensamiento. A primera vista, el marxismo (con su materialismo ateo) y el cristianismo (con su teología trascendente) parecen agua y aceite. De hecho, la frase de Marx "la religión es el opio del pueblo" se ha usado mil veces para sellar una separación absoluta.
Sin embargo, desde un punto de vista estrictamente teórico, estructural y objetivo, existe un profundo cordón umbilical que une a ambas corrientes. No es una coincidencia superficial: el marxismo hereda la estructura narrativa, la sensibilidad ética y el sujeto social del judeocristianismo, pero trasladados de la teología a la economía política. 
Los puntos objetivos que unen ambas filosofías se estructuran en los siguientes ejes fundamentales:

1. La Homología Estructural (La misma forma de entender la Historia)

El filósofo e historiador de las ideas Leszek Kołakowski señalaba que el marxismo es, en el fondo, una escatología secularizada. Ambas corrientes ven la historia de la humanidad no como un caos sin sentido, sino como un camino con una dirección, un propósito y un final definitivo:
Desde un punto de vista teórico, el marxismo sustituye la Providencia divina por las "leyes de la historia" (el materialismo histórico), pero mantiene la estructura de una promesa de redención final tras un periodo de sufrimiento.


2. El Sujeto Histórico: El "Pobre" y el "Proletario"

Tanto el cristianismo primitivo como el marxismo invierten los valores de la sociedad en la que nacen (el Imperio Romano y la sociedad burguesa industrial, respectivamente) para colocar en el centro al desposeído:
En el Cristianismo: Dios no se encarna en un César o en un filósofo patricio, sino en el hijo de un carpintero en una provincia periférica. El Evangelio (que significa "buena nueva") está explícitamente dirigido a los pobres, los marginados y los oprimidos. La riqueza material es vista con sospecha teórica ("Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja...").
En el Marxismo: El motor del cambio no son los grandes reyes ni los capitanes de la industria, sino la clase trabajadora desposeída.
Ambas doctrinas otorgan una superioridad moral e histórica al que sufre. Para el cristiano, el pobre es la viva imagen de Cristo; para el marxista, el trabajador es el único sujeto capaz de disolver las injusticias del sistema económico.

3. La Ética de la Comunidad frente al Individualismo

Objetivamente, ambas corrientes comparten una antropología social: el ser humano solo se realiza plenamente en comunidad, en el lazo con el otro, y no en el aislamiento egoísta. Ambas son enemigas teóricas del individualismo liberal.
El rechazo a la avaricia: Lo que el cristianismo llama el pecado de la avaricia o la codicia, el marxismo lo teoriza científicamente como la acumulación capitalista y la fetichización de la mercancía. Ambos ven como una aberración ética que las relaciones entre personas se conviertan en relaciones de dinero.
El destino común de los bienes: En la teología católica y ortodoxa clásica existe el principio del "destino universal de los bienes": la propiedad privada es legítima solo si cumple una función social; si alguien muere de hambre, los bienes de la Tierra pertenecen a la comunidad. Esto rima de forma casi exacta con el principio comunista: "De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad".

4. El punto de encuentro histórico: La Teología de la Liberación

Esta unión teórica no se quedó en el papel. En la segunda mitad del siglo XX (y plenamente vigente hoy), nació en América Latina la Teología de la Liberación (con pensadores como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff o Jon Sobrino).
Este movimiento unió explícitamente ambos mundos desde un punto de vista objetivo:
Asumieron el análisis económico del marxismo (la teoría de la dependencia, la crítica a la plusvalía) como una herramienta científica para entender por qué había pobreza.
Argumentaron que el pecado no es solo algo individual interno, sino que existen "estructuras de pecado" (sistemas económicos injustos que matan de hambre y precarizan).
Sostuvieron que la salvación cristiana debe empezar en la Tierra, liberando a los trabajadores y campesinos de la opresión material concreta.

La divergencia radical (El límite de la unión)

Para mantener la objetividad teórica, hay que señalar dónde se rompe este puente:
El Origen: El cristianismo sitúa la raíz del problema en el corazón humano (el pecado, el egoísmo espiritual) y la solución en la Gracia divina y la conversión personal. El marxismo sitúa la raíz en las estructuras económicas (las relaciones de propiedad) y la solución en la transformación política material (la revolución).
El Más Allá: El cristianismo proyecta la justicia perfecta en una dimensión trascendente (el Reino de los Cielos), mientras que el marxismo exige esa justicia de forma inmanente, aquí en la Tierra, rechazando cualquier consuelo ultraterrenal que adormezca la lucha presente (de ahí lo del "opio del pueblo").

Finalmente, lo que une objetivamente al cristianismo y al marxismo es una misma matriz ética y de indignación ante la injusticia. Comparten la visión de que el sufrimiento del desposeído no debe ser ignorado y de que la sociedad debe organizarse en torno al bienestar común y la dignidad, no en torno al beneficio individual. Cambian el método (la fe frente al análisis científico de la economía), pero el mapa humano y el destino ideal que dibujan son, en gran medida, hermanos.

EL FÚTBOL ES ASÍ (II)


Unos años más tarde —en 1995— aparecía El fútbol a sol y sombra (Siglo veintiuno), obra del escritor uruguayo Eduardo Galeano (Montevideo, 1940—2015). Con una muñeca perfectamente entrenada para la literatura, Galeano ofrecía un compendio de la Historia del fútbol —contada con su particular estilo— en el que intercalaba pequeñas historias que recogían el alma del balompié. Todas, las grandes y las pequeñas, culminaban con una frase precisa que hacía las veces de perfecto remate a la red. El autor fue uno de los primeros en alertar sobre la deriva que estaba tomando el fútbol —la misma que la vida—: hacia los beneficios netos, la desigualdad, la falta de empatía y, eso sí, una constante fotografía del ser humano. Como muestra, aquella vez que se celebraba un partido en Quito. La madre del árbitro había fallecido el día anterior. Pese a ello, el trencilla decidió cumplir con sus obligaciones. Antes del inició del partido, se guardó un respetuoso minuto de silencio por la difunta madre. También se pronunció un sentido discurso alabando la profesionalidad y el compromiso del colegiado. El público aplaudió con emotividad. Cuando iban 15 minutos de partido, el equipo local anotó un gol. El árbitro lo anuló. Entonces, la grada se acordó de nuevo de su madre. “¡Huérfano de puta!”, dicen que se escuchó.

Fragmento que cita la anécdota del libro de Eduardo Galeano pertenece a un artículo del periodista y escritor español Galder Reguera. El texto original fue publicado en Babelia, suplemento cultural de EL PAÍS, bajo el título "Fútbol y literatura: el gol de la letra" (o incluido en sus habituales columnas y piezas donde entrelaza la literatura, el arte y el balompié, un tema que el autor bilbaíno —y director de proyecto de la Fundación Athletic Club— domina y aborda con ese estilo característico).

EL FÚTBOL ES ASÍ


El sumo sacerdote
Juan José Millás, 14.06.2026

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder preguntas, a administrar un sacramento a hostias. Hay en su expresión una mezcla de fatiga y de severidad pontificia, como si acabara de descender del monte sagrado con las Tablas de la Ley en las que se establece el modo en que los periodistas y demás ralea deberán hablar en el futuro de esa entidad metafísica denominada Real Madrid. Viene inflamado de una ira divina. De ahí quizá la presencia excesiva del extintor colgado de la pared no para apagar un fuego físico, sino una combustión teológica.

A mí, pese a que practico el ateísmo futbolístico, me impresionó, qué quieren que les diga. El magnate de ACS no hablaba, emitía encíclicas papales. No defendía una gestión, sino una esencia. La idea del Madrid aparecía en sus palabras como algo eterno, inmaculado, quizá anterior incluso a la creación del mundo. Los críticos no eran discrepantes, sino herejes. Los periodistas incómodos, sacrílegos que se revolcaban como cerdos en una cochiquera blasfema. Más que como presidente, actuaba como sumo sacerdote de una religión perseguida.

Ningún poder excesivo puede sostenerse solo sobre balances económicos o victorias deportivas. Necesita una mística. Necesita un misterio. Necesita un dogma. Necesita un relato sagrado. Mientras veía el telediario, pensé que el fútbol quizá sea el último lugar de Occidente en el que aún se cree de verdad, a ciegas, sin distancia irónica alguna. Y Florentino, al atravesar esa puerta azul de Valdebebas, era consciente de ello.

CON UN TROZO DE PAPA EN LA BOCA


Un León despedazado
Aplaudieron todos en el Congreso pero no por lo mismo, contentos como niños con su trozo de Papa en la boca.
Elvira Lindo, 14.06.2026

Siete minutos de aplausos. Al estilo de un congreso del Partido Comunista soviético. Siete minutos. Pruébenlo, aun a riesgo de parecer tronados delante de los suyos: levántense y comiencen a aplaudir con energía y sin perder entusiasmo, sigan así, siete minutos. Solo de esta manera percibirán lo largos que son. Los profesionales de la radio saben bien lo que vale cada segundo: al cabo de tres minutos uno ya no sabe ni lo que aplaude. Ah, perdón, sí que lo sabían en este caso. Aplaudían para patrimonializar a quien pronunció el discurso, aplaudían para no dejar de aplaudir antes que el de al lado o para afirmar que lo escuchado está en consonancia con la ideología propia, aunque ocurra que lo expuesto por el padre santo esté radicalmente en contra de lo que a diario se defiende a gritos, con sarcasmo o violencia verbal. Sin piedad.

Aplaudía la derecha porque siempre ha considerado que en España la voluntad de Dios está de su parte, no le falta razón, pero tampoco le sobra, dado que ignora a esos otros fieles que anteponen la compasión y la generosidad al interés propio. Aplaudía Díaz Ayuso con su traje negro y su moño de devota, como transida, y a las pocas horas denunciaba públicamente que los que nos llegan en pateras van armados con móviles. ¡Móviles en África! Estamos perdidos. Aplaudían muchos en connivencia con la extrema derecha, convirtiendo al Papa, y esto sí que es inaudito, en un progre. Aplaudían quienes creen que su patria es solo para los cristianos, quienes recurren al discurso colonialista de la evangelización al salvaje.

Aplaudía la izquierda satisfecha por el sapo que se han de tragar los de la “prioridad nacional”, aplaudía porque este papa, sereno y cultivado, impone un silencio eclesiástico cuando recuerda que no deben existir los excluidos, que no hay vida más valiosa que otra. Pero la izquierda también hubo de aplaudir fingiendo que no se enteraba cuando escuchó aquello de que el ser humano no tiene derecho a acabar con el dolor si el dolor emana de la enfermedad.

Aplaudieron las diputadas feministas aunque no hay papa sobre la Tierra ni ha habido ni habrá que esté de acuerdo con el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Aplaudieron porque esa mañana en que el estrado se convirtió en púlpito priorizaron lo urgente. Es justo reconocer que el discurso a favor de los inmigrantes emanaba un halo de samaritanismo en estos tiempos de crueldad. Aplaudieron siete minutos hasta los entusiastas de Trump, los partidarios de la guerra, los equidistantes con Israel, los que ignoran a las víctimas de Gaza, aun sabiendo que este papa se haya medido con Trump por dichos asuntos.

Aplaudieron también quienes habiéndose erigido en defensores de las víctimas de los abusos de la Iglesia toleraron que ese asunto no entrara en el orden del día. Aplaudieron las mujeres ignorando a esas otras mujeres católicas que quisieran una Iglesia igualitaria, más allá de las sotanas. Aplaudieron como asumiendo que cada uno estaba recibiendo su pedazo de discurso: los proinmigrantes, los de la “prioridad nacional”, los antiabortistas, los contrarios a la muerte digna y también sus defensores, los creyentes en una iglesia compasiva y social, los que afirman a los cuatros vientos que los españoles no matan ni violan ni roban, que eso es tarea de los que llegan en patera con el móvil en la mano.

Aplaudieron todos pero no por lo mismo, contentos como niños con su pedazo de Papa en la boca. León XIV, sin pretenderlo, terminó personificando las palabras de san Pablo cuando dijo aquello de ser todo para todos los hombres. Se hizo la paz en el Congreso, concluyó un iluso cronista, pero la paz duró menos de siete minutos. Más reflexión provocaron las palabras de los migrantes del muelle de Arguineguín pronunciadas a la intemperie, fuera del contexto partidista, ante las que no cupo más que el silencio y la inevitable vergüenza porque su dolor exista.