jueves, 12 de marzo de 2026

LÍNEAS PARALELAS


Anoche tuve cena, a las 8 como los guiris, y allí estábamos todos disfrutando de una buena conversación -sobre todo de los tiempos pasados- mientras comíamos una rica y suculenta cena. Allí me dirigí con un ramo de anturios en vez de vino, suponiendo que llevarían los demás invitados, como así fue. 
Hasta aquí todo bien, qué gran placer son estar reuniones a las que yo llamo "de Fray Luis de León" porque en ellas el tiempo se pliega y retomamos la compañía y los sentimientos como si nos hubiésemos visto ayer. El amor, el afecto, es lo que tiene, celebrémoslo.
¿Y a qué viene esto? pensarán. Muy fácil, nos acostamos a las tantas y hoy no he podido ir al gimnasio, aunque lo haré en media hora, desde que acaba de escribir, porque hoy se cumple un mes desde que empecé a machacarme y es día de pago.
No vi a los compañeros onomatopéyicos, ni al paralelepípedo de ayer que me dejaba las máquinas como si yo fuera Schwartzenneger, ni al señor del perrito o viceversa, ni a la pareja a la que vi ayer por primera vez, ella delante vestida como un pincel con malla de colores y abrigada como para ir al Polo Norte, caminando a buen ritmo, él detrás algo menos pertrechado, intentando cogerle el paso a ella. Nunca supe si caminaban justos o él era un acosador que le daba caza. Quizá, cómo hubiera dicho Mafalda, ella no sabía cómo quitárselo de encima, como la pared y la hiedra, o por el contrario ella se empeñaba en que él la acompañara en su paso matutino sin pensar en su ciática. Mañana estaré pendiente a ver cómo sigue esta historia y, sobre todo, si puedo sacar alguna conclusión al misterio.
Ya ven que mi gimnasio da para mucho, aún sin haber ido.
Los Panchos, *La hiedra.

miércoles, 11 de marzo de 2026

FILOSOFÍA BARATA PERO ÚTIL


Galileo Galilei: la forma más inteligente de ganar una discusión con un tonto
Discutir no siempre es un acto de inteligencia.
TU SALUD ES VIDA, 16.01.2026

A veces, la verdadera sabiduría está en saber cuándo callar, cuándo retirarse y cuándo dejar que la realidad hable por sí sola. Esta fue una de las grandes lecciones que nos dejó Galileo Galilei, un hombre que desafió a su tiempo, a las creencias establecidas y a la ignorancia… sin caer en el ruido inútil. Hoy, en una era de redes sociales, opiniones sin fundamento y discusiones interminables, su mensaje es más actual que nunca.

Un genio rodeado de necedad
Galileo vivió en un mundo donde la verdad no siempre era bienvenida. Sus descubrimientos chocaban con dogmas profundamente arraigados. Y aun así, entendió algo que muchos tardan toda una vida en aprender: no todas las discusiones merecen tu energía. No porque falten argumentos, sino porque algunas mentes no buscan comprender, solo imponer.

La gran lección: no se discute con quien no quiere entender
Una de las ideas atribuidas a Galileo (y a otros grandes pensadores) resume esta sabiduría ancestral: nunca intentes convencer a quien se siente cómodo en su ignorancia. El problema no es la falta de información, sino la resistencia a la verdad. Discutir con alguien cerrado es como intentar explicar el color a quien se niega a abrir los ojos.

¿Por qué discutir con un tonto es perder?
Galileo comprendió algo esencial que hoy confirma la psicología moderna: el tonto no busca aprender, busca ganar, dominar o humillar.

Cambia las reglas del juego
Cuando pierde argumentos, recurre a burlas, gritos o ataques personales.

Te arrastra a su nivel
Y ahí… tiene ventaja. El sabio pierde cuando entra en una pelea que no eleva, solo desgasta.

El silencio como arma de inteligencia
Contrario a lo que muchos creen, el silencio no es debilidad. Es autocontrol. Es claridad. Es poder. Galileo entendía que la verdad no necesita gritar, solo necesitas tiempo. Muchas veces, la realidad termina demostrando lo que las palabras no pudieron.

La estrategia más inteligente
Entonces… ¿cómo se “gana” una discusión con un tonto? No jugando. Siguiendo tu camino, manteniendo tu dignidad, dejando que los hechos hablen, protegiendo tu paz mental. El sabio elige batallas que valen la pena.

Sabiduría aplicable a la vida diaria
Hoy discutimos en debates, redes sociales, trabajo, familia, amigos, y la enseñanza sigue siendo la misma: no todos merecen una explicación. No todos están listos para escuchar. No todo desacuerdo requiere respuesta.

Inteligencia emocional: el verdadero triunfo
Ganar no siempre es tener la última palabra, a veces es retirarte con calma, sin perder tu centro. La inteligencia se nota más en lo que eliges ignorar que en lo que decides responder.

Galileo no venció a la ignorancia discutiendo… la venció descubriendo, demostrando y avanzando. No te desgastes intentando iluminar a quien ama la oscuridad. Protege tu mente. Protege tu energía. Protege tu tiempo. Porque al final, vivir bien es la mejor respuesta.

PARA VIVIRTE MEJOR


Albert Camus, filosofía de un espontáneo
Sin su filosofía no se entienden sus ficciones.
Fernando Savater, 07.11.2013

¿Camus, filósofo? En todo caso “un filósofo para alumnos de bachillerato”, se burlaron en su día los detractores. Hoy sigue siendo la opinión de no pocos académicos. En efecto, como señaló Sartre desde la primera hora (ni siquiera se conocían personalmente aún) “Camus pone cierta coquetería en citar textos de Jaspers, de Heidegger, de Kierkegaard, que por otra parte no siempre parece entender bien”. ¡Tocado! En “El mito de Sísifo”, añado yo, repite el tópico de un Schopenhauer indecente predicando el suicidio ante una mesa bien servida: pues bien, Schopenhauer no recomendó el suicidio, todo lo contrario. Ese tipo de erudición no es lo suyo, lo cual no le descarta como pensador como aclara el propio Sartre de los buenos tiempos: “Sus verdaderos maestros son otros: el contorno de sus razonamientos, la claridad de sus ideas, el corte de su estilo de ensayista y un cierto tipo de siniestro solar, ordenado, ceremonioso y desolado, todo anuncia un clásico, un mediterráneo”. Más tarde también Czeslaw Milosz, que le estaba agradecido por ser uno de los poquísimos intelectuales que le acogió bien cuando huyó del comunismo, le defendió contra la acusación común de que carecía de doctorado filosófico: “Pero, en primer lugar, ¿qué se entiende por filosofía? Para algunos, como Camus, la filosofía exige una alimentación casi carnal y se rehúsan a hablar de las cosas que no tocan por sí mismos”.

Entonces ¿era o no era filósofo? Digamos que fue un espontáneo que saltó al ruedo de la filosofía sin llevar nada más que su hambre vital de voyou argelino y la vergüenza torera de no aceptar una existencia irreflexiva. El capote con que dio sus primeros pases en esa faena improvisada (“El mito de Sísifo”) fue el absurdo, mucho más que una palabra y algo menos que un concepto. El absurdo no es el sinsentido del mundo, sino la falta de sentido en un mundo que nosotros –los inventores y huérfanos del sentido- reclamamos que lo tenga: “El hombre se encuentra ante lo irracional. Siente en sí mismo su deseo de felicidad y de razón. El absurdo nace de esa confrontación entre la llamada humana y el silencio sin razones del mundo”. El absurdo no es un dato elemental sino un divorcio: la demanda de los hombres y la callada por respuesta del universo, un amor imposible. La peculiaridad del absurdo es que deja der serlo si lo aceptamos como tal: es un pensamiento inaceptable y sólo si no lo aceptamos, si nos sublevamos contra él, podemos pensarlo. No es una idea, ni mucho menos una doctrina, ni siquiera algo que pueda explicarse en el aula, como las categorías de Aristóteles o la dialéctica trascendental de Kant. El absurdo… ¡eso hay que vivirlo! Tal como decimos de otros padecimientos. Por eso se presta mejor a la narración que al tratado. Pero se equivocan quienes expulsan a Camus del jardín de la filosofía, porque sin la filosofía no se entienden ni se justifican sus ficciones, que son el modo que utiliza para hacerla comprensible. “¿Por qué escribes novelas o dramas teatrales?”, pregunta la filosofía; y Camus responde: “Para vivirte mejor…”.

Intelectualmente el absurdo es un callejón sin salida aunque la vida consiste precisamente en hacer como si la tuviera. El muro que nos cierra el paso es infranqueable, pero nosotros pintamos voluntariosamente una puerta en él y la puerta se abre…o al menos nos permite imaginar que se abre y salimos por ella. De esa puerta pintada en el muro de la realidad, imposible pero irrenunciable, es de lo que habla “El hombre rebelde”, donde por segunda vez el espontáneo Camus se echa al ruedo de la filosofía. La primera faena se la perdonaron como una manifestación de simpática inexperiencia, pero por esta otra ya fue seriamente sancionado por los comisarios de la plaza. “Me rebelo, luego somos”: ¿habrase visto mayor atrevimiento? Sublevarse entonces no es una consecuencia histórica de la solidaridad, sino que la solidaridad nace a partir de la individualidad que se subleva por impulso metafísico. El ser humano se rebela y al hacerlo descubre la humanidad que le vincula a los demás. Los dogmáticos de la revolución comprendieron que ésta, violenta y totalitaria, forma parte del muro de la realidad contra el que se insurge el rebelde. “Los hombres mueren y no son felices”, resume Calígula. Pero cada hombre puede rebelarse contra lo que impone la muerte y la infelicidad, descubriendo así su camaradería con los demás. Y esa rebelión no es simple grandilocuencia, sino búsqueda de soluciones políticas, es decir, contra el estado de guerra que exige mantenerse en el odio. Para Camus, la democracia –despreciada por los revolucionarios y por Sartre- tiene el gran mérito de solicitar modestia: nadie puede zanjarlo todo por sí mismo, hace falta el consejo de otros y el acuerdo. Rebelarse contra la infelicidad del terror exige evitar el absolutismo decapitador de los principios y a menudo atenerse a los matices, a las medias tintas: ¡qué bien comprendemos hoy, tras las contradicciones de las primaveras árabes, la actitud tentativa y fluctuante de Camus ante el conflicto de Argelia a finales de los años cincuenta!

LA QUE SUMA


Ser buena gente
El principio sencillo y universal de la bondad se ha vuelto revolucionario.
José Luis Sastre, 11.03.2026

Los ingenuos. Los frágiles. Las almas cándidas. Esos a los que llaman flojos y tibios y buenistas y cosas peores. Los que no gritan. Los que escuchan. Los que se ponen en la piel de otros, a los que no conocen. Los que cuidan y preguntan qué tal estás con una curiosidad sincera. Los honestos que van de frente y sin doblez. Los que se revuelven aunque les critiquen, porque siempre critican. Los que hacen aquello que creen que tienen que hacer.

Los que dudan y, en cambio, tienen clara la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Los que hacen preguntas pero no son equidistantes: los que se hacen preguntas para no ser equidistantes. Los que podrían dormir tranquilos y, sin embargo, se desvelan. Los que sufren y conviven con un malestar que no es por ellos, o no es solo por ellos, sino que es también por los demás. Los que se atreven a decir no estoy bien y algo me pasa. Los que se inquietan por la deriva del mundo. Los que saben dónde está la injusticia, y se rebelan.

Los que discuten que siempre gane el más fuerte y el que más se aproveche. Los que piensan que sirven de algo sus pequeños gestos, sus gestos minúsculos que no importan a nadie, y construyen a su alrededor un lugar pequeño pero seguro, un refugio sin algoritmos. Los discretos. Los que bailan. Los que se ríen. Los que no pasan los días enfadados, ahogados por la bilis de sus reproches. Los que se dan cuenta de sus rencores y saben qué hacer con la rabia. Los que conocen su sitio y desde qué altura han de mirar a los demás.

Los que tratan de cambiar algo por mucho que asuman que el mundo más global lo dominan en realidad muy pocas manos. Los que confían en la condición humana y se acuerdan de que, incluso tras el espanto de la Segunda Guerra Mundial, Camus escribió de la solidaridad entre los hombres y se congratuló de quienes cumplieron con su deber, más allá de su ideología. Los que tienden la mano. Los que no lo dan todo por perdido porque distinguen el realismo de la resignación.

Los que oyen el griterío y piensan que aun así vale la pena. Los que recuerdan, ahora más que nunca, que la alegría se ha vuelto revolucionaria, aunque no llegue a serlo tanto como otro principio sencillo y universal: tratar de ser buena gente.

ALFREDO BRYCE, RIP


Muere Alfredo Bryce Echenique, escritor vitalista y gigante de las letras latinoamericanas
El peruano, autor de ‘Un mundo para Julius’ o ‘La vida exagerada de Martín Romaña’, es una de las figuras clave de la generación ‘post-boom’.
Renzo Gómez Vega, 10.03.2026

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique ha muerto en Lima a los 87 años, según han confirmado fuentes cercanas al autor. Se ha marchado el autor cuya única pretensión era siempre tener un cuento que contar. Un creador desfachatado que huía de la solemnidad. Era imposible resistirse a su prosa, así como a su oralidad, sazonada con mil y una anécdotas.

Fue uno de los referentes de la generación post-boom de la narrativa latinoamericana, o el último del boom, según se mire, ya que fue contemporáneo de los grandes escritores de aquel movimiento, pero comenzó a publicar cuando este ya había explotado. Su primera novela, Un mundo para Julius, donde retrata las apariencias de la alta burguesía limeña desde la mirada de un niño que vivía en una mansión, fue también su gran obra. Con ella ganó el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972 y fue galardonada con el premio a la Mejor Novela en Francia en 1974. Fue el escritor que retrató a los ricos desde dentro, algo inédito para la época.

Su amigo, el también escritor Jorge Eduardo Benavides, ha lamentado su muerte en las redes sociales. “No solo fue un grandísimo escritor, con un estilo absolutamente personal, certero, fino, lleno de deliciosos hallazgos (...) fue también una gran persona y un amigo leal, cariñoso y lleno de detalles y atenciones”, se lee en su página de Facebook. También Álvaro Vargas Llosa, hijo del Nobel peruano, mostró su pesar ante el fallecimiento de Bryce Echenique, “uno de los grandes escritores peruanos y de la lengua española”. “Su obra sobrevivirá”, escribió.

Sus amigos siempre han destacado de él su inagotable picardía. “Pidió permiso para vivir e incluso para retirarse. Novelista disparatado, nostálgico de oficio, el último de una estirpe que aprendió a escribir como quien confiesa un pecadillo en un bar a punto de cerrar”, escribió su biógrafo Daniel Titinger en su último cumpleaños. Bryce Echenique no tuvo más pretensiones que escribir, nunca quiso ser el autor de la novela total. Era de los escritores desordenados —la antítesis de Vargas Llosa— cuya vida fue una eterna parranda.

“Lamentamos profundamente la partida del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, una de las voces más representativas de la literatura peruana contemporánea. Su obra, que abarca novela, cuento, ensayo y memorias, dejó una huella significativa en varias generaciones de lectores”, escribió en X la agencia gubernamental Casa de la Literatura Peruana. La Presidencia y el Congreso de Perú expresaron también sus más sentidas condolencias por el fallecimiento del célebre autor.

Entre sus cuentos y novelas figuran la citada Un mundo para Julius (1970), La felicidad, já já (1974), La vida exagerada de Martín Romaña (1981), El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985) y No me esperen en abril (1995), novela cuyo título adquiere tintes irónicos, propios del autor, tras su fallecimiento en este mes de marzo.

Alfredo Bryce Echenique nació el 19 de febrero de 1939 en Lima (Perú), en una familia de banqueros. Hizo primaria en el Colegio Inmaculado Corazón hasta su ingreso, con 15 años de edad, en el internado inglés San Pablo. Luego empezó Derecho en la Universidad Nacional de San Marcos de su país, donde también cursó Letras, carrera en la que se doctoró años después por La Sorbona de París.

Viajó a Europa a mediados de los sesenta, persiguiendo el sueño del escritor latinoamericano que debía cruzar el charco para consagrarse. En París, Bryce Echenique fue acogido por Julio Ramón Ribeyro, cuentista peruano, delgado como un alfiler, con quien tejió una amistad inseparable. Fue Ribeyro quien le obsequió el nombre de su ópera prima: Huerto cerrado, su primer libro de cuentos, publicado en 1968, año en el que contrajo matrimonio con Maggie Revilla.


En 1975 obtuvo una beca de la Fundación Guggenheim y marchó a Estados Unidos. Allí escribió para un periódico mexicano diversas crónicas sobre el Sur profundo que fueron recogidas en el volumen A vuelo de buen cubero y otras crónicas (1977). En 1985 se trasladó a Madrid, donde permaneció hasta febrero de 1999, para regresar a su Perú natal después de lo que él mismo calificó de “exilio voluntario de 34 años en Europa”. A España regresó después para, entre otros motivos, participar en cursos de verano de la Universidad Menéndez Pelayo de Santander. En 1989 se casó en España con la asturiana Pilar de Vega. En 2004 se casaría por tercera vez con la abogada peruana Ana Chávez.

El amor y el humor fueron el summum de su obra. No concebía el uno sin el otro. Solía decir que sus personajes hacían el humor y el amor al mismo tiempo. “Hay que matarse de risa y de amor”, anotaba. Con el mismo sentido del humor se tomaba la fama, sobre todo cuando le cambiaban el apellido o lo confundían con otros autores en la cola del supermercado. Incluso cuando un sector del mundillo literario le lanzaba unos dardos, asegurando que era un escritor de un solo libro que escribió cuarenta.

Degustador de vodkas, Bryce Echenique era un convencido de que el alcohol era esencial para corregir y madurar las palabras. “¿Quién no escribe un cuento o una novela sin antes haber consumido una cantidad de alcohol, no mientras se escribe, sino antes o después?”. Tenía por costumbre meterle mano a sus textos con unas copas de más y al día siguiente revisar sus correcciones, casi siempre acertadas. “Se corrige mejor estando así. Uno es más atrevido”, bromeaba muy en serio.

En una entrevista para EL PAÍS en 2021, se le propuso: “Su literatura va de amor, amistad y memoria”, y él respondió: “El amor es el pasado. En Lima veo a mi primera esposa; en Madrid me encuentro con mi segunda esposa y a mis amigos del pasado, vínculos que se mantuvieron a través de los años. El fondo del asunto es lo que he dicho siempre: escribo para que mis amigos me quieran más. La memoria es mi manera de no olvidar. Y el libro es un adiós a todo aquello, la despedida final”. Como Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro, regresó a Lima para morir y comenzar a ser eterno.

FERLOSIO, ÓPERA, TEATRO, CINE E INFLUENCERS...

 

https://elpais.com/cultura/2026-03-10/querido-timothee-la-opera-no-necesita-que-la-mantengan-con-vida.html

De Chalamet e ‘influencers’ en Málaga
Nos enfadamos demasiado y con quien no debemos. Y eso provoca leer cualquier cosa con voluntad de responder, ni siquiera de entretenerse.
Manuel Jabois, 11.03.2026

Me he acordado, como es natural, de Rafael Sánchez Ferlosio debido a las reacciones desesperadas a esto de Chalamet (“no trabajaría en ópera o teatro: hay que mantenerlos con vida porque no importan a nadie”). Ferlosio escribió esto en EL PAÍS y lo extraigo de un artículo definitorio de su tiempo y el nuestro: “Nunca se había visto un mundo en el que todo el mundo ande como loco deseando ser ofendido, con las orejas como las de una liebre atentas a no perderse la menor palabrilla que se diga, por si ofrece algún sesgo que permita, siquiera sea amañadamente, habilitarla para ofensa”.

Puede tomarse uno en serio a Chalamet o no (puede incluso deducirse que sigue, poco avisado, de seguir interpretando su último papel: hay actores muy cucos), pero es feo enfadarse. Enfadarse, de hecho, debe volver a estar donde siempre estuvo: pasado de moda. Uno puede escuchar una boutade que le ofende, o una provocación, o una verdad tan cruda que se le hace insoportable, sin molestarse por ello, sin ponerse a hacer aspavientos infantiles y rebatirlo con argumentos tan lógicos que te hacen parecer ridículo y legitiman al que te enfada. A Chalamet hay que decirle, en el mismo tono, que a veces lo importante de los seres humanos son los saberes que no sabemos para qué sirven, las lecciones que aprendemos y no sabemos a quién dar, el idioma que aprendemos sin saber si alguna vez tendremos que usar. Por supuesto, en esa clasificación no están la ópera ni el teatro, pero podrían. Chalamet, y yo mismo, podríamos entender de ello e incluso hacernos expertos sin importarnos su impacto. Como a Sócrates: mientras su verdugo le preparaba el vaso de cicuta que fue condenado a beber, el filósofo intentaba aprenderse una complicadísima pieza a la flauta. ¿Para qué quieres saberla, si en unos minutos morirás?, le preguntaron. Para saberla, respondió él: por el placer de morir sabiendo una cosa más.

Está poco prestigiado ese conocimiento. A Tom Holland le hablaron hace unos años de Almodóvar y no sabía quién era. El propio Chalamet no sabe qué es eso del mito de Sansón y su pelo. No me parece mal, ni lo creo descriptivo de una generación, pero sí se me ponen las orejitas tiesas cuando la primera reacción no es enseñarles quién era Almodóvar y quién Sansón, sino encender la hoguera antes de que aprendan. Así ocurre con todo o casi todo. Observen a esa pobre influencer en la alfombra roja del Festival de Cine de Málaga a la que le preguntaron qué películas le gustaban y dijo Aserejé; ¿es de ella la responsabilidad o de quienes la invitan? Si ya su profesión está construida sobre el alambre de alfombras ficticias en las que es delicado justificar su talento, ¿por qué no habría de aprovechar que la alfombra se la pongan otros?

Nos enfadamos demasiado, pero sobre todo nos enfadamos con quien no debemos. Y eso provoca leer cualquier cosa con voluntad de responder, ni siquiera de entretenerse. No queremos enfadarnos pero ojo con que no nos enfaden, y acusemos al Chalamet de turno de tibio y equidistante, otro que no se moja. Acabemos con Ferlosio y el recordatorio de lo que pasaba en la Casa de Tócame Roque a propósito de la demanda de respeto y de la necesidad de que lo ofendan: una chica gritaba desde la oscuridad del patio hacia la barandilla de la planta superior de la corrala: “¡Mamá, que Roque me toca!”, y al mismo tiempo animaba, en voz baja, a su galán: “Tócame, Roque”.

PRECIOSA

 

Un plan perfecto para una noche cualquiera, preciosa, dulce y optimista.
Una película que te reconcilia con la vida, con las cosas sencillas; que te hace recordar los valores heredados de tus abuelos y de tus padres, la importancia de la memoria, de las vidas que pudiste vivir y las que no.

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

 

UNA CASA EN EL LAGO
























HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

TIEMPO AL TIEMPO




ÁRBOLES