viernes, 5 de junio de 2026

INFIRMITAS


Enfermedad y síntoma
En política, la corrupción se recibe como una oportunidad más que como una desgracia: la satisfacción táctica anula la preocupación moral.
Juan José Millás, 05.06.2026

Perdón por la ingenuidad, pero me he levantado un poco flojo ante el panorama político y ante el horizonte económico y ante el paisaje colectivo en general, y se me ha ocurrido que todos deberíamos entristecernos cada vez que se descubre un caso de corrupción, aunque afecte al partido cuyas ideas detestamos. La indecencia no perjudica solo a quienes la practican, sino al conjunto de la sociedad, al cuerpo místico, podríamos decir, según esa extraña y poderosísima idea del cristianismo. Constituye, en fin, una avería del sistema. Celebrarla porque daña al adversario es como alegrarse de que el motor del autobús en el que viajamos se incendie porque el conductor pertenece a otro sindicato. Pero en política, la corrupción se recibe como una oportunidad más que como una desgracia. La satisfacción táctica anula la preocupación moral porque hemos transformado la militancia en una seña de identidad. Cuando uno se identifica mucho con el Real Madrid, por poner un ejemplo, se alegra de que el mejor jugador del Barça se rompa una pierna que le impida llegar a la final. El malestar ajeno, en fin, consuela a menudo del descontento propio. Se trata de una alegría negativa, casi de una alegría inversa que deja un sabor un poco extraño, como el de la saliva en las resacas medicamentosas. Dos vecinos viven pared con pared. Uno descubre una grieta gravísima en el piso del otro, al que odia, y lo celebra con champán sin advertir que su vivienda comparte cimientos con la de la grieta. La democracia es un fenómeno raro y permanentemente amenazado. Cada caso de corrupción descubierto es una buena noticia porque revela la enfermedad, pero una mala nueva porque confirma su existencia. Cuando solo nos parece una buena noticia, algo se desajusta en nuestra sensibilidad cívica. Tal vez la patología consista en gozar de los beneficios secundarios que proporciona el síntoma, en vez de preocuparnos por la enfermedad de fondo que nos mata.

¿TE SUENA?


Ellos no sabían lo que podía suceder. Nosotros, sí. Una advertencia urgente sobre los peligros que acechan a nuestras democracias.

Lejos de ser un desenlace inevitable, el ascenso de Hitler al poder fue el resultado de las acciones conscientes de unas élites políticas, económicas y militares que, cegadas por sus propios intereses, creyeron poder manipular al nazismo y plegarlo a su voluntad. No hubo fatalidad histórica ni procesos imparables: fueron decisiones concretas, tomadas por personas concretas, las que franquearon el camino al desastre. Von Papen, Hindenburg, Hugenberg o los industriales Krupp y Thyssen apostaron por una alianza peligrosa que terminó devorándolos: el flirteo de la derecha conservadora con la extrema derecha, motivado por el miedo al cambio y la defensa de sus privilegios, acabó volviéndose en su contra y abriendo las puertas del infierno.

A través de documentos inéditos y un análisis minucioso, Chapoutot reconstruye las intrigas, pactos secretos y errores fatales que convirtieron una democracia vibrante en el umbral del totalitarismo. Pero esta no es solo una lección de historia: también es una advertencia urgente sobre nuestro presente. Porque los mecanismos que erosionaron Weimar siguen acechando.

Alianza editorial, colección Alianza Ensayo.

El autor, Johann Chapoutot, es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de París-Sorbona. Especialista en el estudio del nacionalsocialismo, es autor de "El nacionalsocialismo y la antigüedad"; "Hitler"; "Fascisme, nazisme et régimes autoritaires en Europe (1918-1945)"; y "La revolución cultural nazi", "La ley de la sangre" y "Libres para obedecer", publicadas en Alianza Editorial. Chapoutot colabora con distintos medios de comunicación franceses, especialmente con el diario "Libération". Con "La ley de la sangre" ganó los premios Emile Perreau Saussine, Pierre Simon «Ética y Sociedad» y el Yad Vashem a la investigación sobre el Holocausto. Con "Libres para obedecer", el Premio Biguet de la Academia Francesa.

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KEITH HARING

 






























HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

EL CABALLO DE NIETZSCHE (BIS)

Por qué El caballo de Nietzsche
Consejo editorial de El caballo de Nietzsche, 11.03.2014

Ocurrió en Turín, el 3 de enero de 1889. Friedrich Nietzsche cruza la plaza Carlo Alberto y se topa con un cochero que azota con el látigo a su caballo, rendido, agotado, resignado, doblegado en el suelo. Nietzsche, hondamente dolido, herido en lo más profundo de su alma, se arroja sobre el caballo y lo abraza.

Los relatos del incidente varían según los autores. Unos dicen que le susurró palabras que solo él, el caballo, podía oír. Otros dicen que permaneció en silencio, llorando, quizá hablándole sin pronunciar palabra. Pero todos coinciden en que fue un episodio crucial en la vida del filósofo alemán: el momento en el que perdió lo que la humanidad llama “razón” y, de alguna forma, rompió para siempre con esa misma humanidad, que lo consideró desde entonces un perturbado. Permaneció junto al caballo hasta que fue detenido por desórdenes públicos. Sabemos lo que pasó después con Nietzsche, pero no hemos sabido qué fue de aquel caballo.

Podemos pensar, como escribió Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, que en aquel momento Nietzsche pedía perdón al caballo en nombre de la humanidad, en nombre de Descartes. Queremos pensar que le pidió perdón porque la humanidad, al construir su relación con los animales, eligiera a Descartes frente a, por ejemplo, Pitágoras. Porque se apoyara en Descartes y no en Pitágoras para interpretar el “dominio” que, según el Génesis, Dios otorgó a los humanos sobre los demás animales.

Hay palabras en el Génesis que nos podrían haber permitido construir esa relación sobre el respeto, sobre una premisa de protección de los “superiores” sobre los “débiles”, incluso sobre el amor. Pero los humanos optaron por interpretar que podemos ejercer de dueños y señores de cuanto nos rodea, y la historia de la humanidad es la del uso a su antojo y el abuso del resto de los animales.

En ese proceso, Descartes es causa y efecto. Como recuerda Kundera, Descartes definió a los animales no humanos como máquinas vivientes, “machina animata”, seres carentes de alma y, por tanto, incapaces de experimentar dolor ni emoción alguna. Así, sus quejidos no serían tales, solo el chirrido propio de un mecanismo que funciona mal, igual que el chirrido de la rueda de un carro no significa que el eje sufra, sino que no está engrasado.

Descartes nos puso en bandeja olvidar a Pitágoras, que siglos antes había dado nombre a los primeros vegetarianos; que consideraba a los animales poseedores de un alma similar a la humana, y con idéntica capacidad de amor y de sufrimiento; que experimentaba la felicidad cada vez que podía comprar una vida para liberarla.

Quizá Nietzsche pidió perdón al caballo en nombre de Descartes, como quiso creer Kundera, o quizá simplemente lo hizo en su propio nombre, por no haberlo hecho antes, por no haber sido consciente de ese inmenso sufrimiento hasta verlo en unos ojos y en un cuerpo torturado, por haber sido él mismo víctima de Descartes, como en el fondo lo ha sido toda la humanidad.

Son cientos, miles de años de creencia en la superioridad, de permiso para dominar, de impunidad en el uso y la explotación de otros. Y mientras la sociedad avanza y deja atrás viejas creencias, como esa que hasta el mismo siglo XX no dudaba de la superioridad de los blancos sobre todos los demás hombres, ni de la superioridad de los hombres frente a todas las mujeres, los animales no humanos esperan su turno para recuperar algo tan básico como su derecho a existir y a no ser maltratados.

Ya nadie duda de que todos los humanos tenemos derecho a una existencia digna. Pero ha costado. Hace solo unas décadas esta premisa fundamental no estaba tan clara. Aún hay quien sigue cuestionándola, pero hemos logrado llegar a un punto donde ponerla en cuestión en público, simplemente verbalizarla, es reprobable y hasta puede ser constitutivo de delito.

Nelson Mandela tuvo que explicar ante muchos de sus congéneres, los mismos que lo señalan ahora como un ejemplo para la humanidad, que los negros sangraban igual que los blancos, sufrían igual que los blancos y tenían las mismas ganas de vivir que los blancos. De eso hace solo sesenta años, y unos pocos años antes aún había zoos humanos, donde las familias blancas acudían a contemplar niños negros con unos argumentos que ahora rechazaríamos de plano porque, en nuestra propia evolución, hemos asumido el racismo, igual que el sexismo, como formas de violencia.

Los estudios científicos han demostrado que los animales no humanos también sienten. Que aman, que sufren, que establecen vínculos emocionales con sus semejantes y con individuos de otras especies, incluso jerarquías en sus grupos sociales. Que tienen, en definitiva, necesidades vitales, físicas y emocionales. Pero nosotros, los animales humanos, que nos creemos superiores como en el Génesis, seguimos anclados en la teoría de Descartes. Y es nuestro código cultural el que determina si un animal no humano es digno del derecho a satisfacer o no esas necesidades.

En nuestra evolución como especie, hemos asumido que todas las vidas humanas merecen respeto. Y por eso el racismo o el sexismo, tan arraigados culturamente, van quedando poco a poco atrás. Hay resistencias, reductos donde tratan de hacerse fuertes, pero ya no es un comportamiento moralmente aceptable.

El reto pendiente es asumir que las vidas de los demás animales también tienen un valor intrínseco. Porque la ética de una sociedad se mide por el trato que brinda a sus miembros más débiles, y la verdadera prueba de moralidad, como decía Kundera, radica en la relación que los humanos establecemos con quienes están a nuestra merced. Y esos son los animales no humanos. Todos. Al margen de las etiquetas que cada cultura haya puesto a unos y a otros.

A estas alturas de la película nada justifica que nos escandalice el maltrato a un perro o a un gato cuando miles de millones de otros animales con idéntica o superior capacidad de sufrimiento son masacrados para satisfacer nuestras necesidades o caprichos. Y menos aún teniendo en cuenta que disponemos de opciones para vivir plenamente sin condenar a nadie al sufrimiento. Ya no podemos creer que se pueda defender el medio ambiente sin luchar contra unos métodos de explotación animal que constituyen una aberración, no solo por el sufrimiento atroz que causan a sus víctimas directas, sino por el daño indirecto que causan a la naturaleza. Ya no podemos contemplar el incremento del hambre y la miseria en el mundo si no es como consecuencia directa de un engranaje endiablado en el que los animales no humanos son una pieza más, y los animales humanos, otra. Y solo luchando juntos, los más fuertes en primera línea, protegiendo a los más débiles, podemos tener esperanza en nuestro futuro.

Creemos que ese futuro pasa por abrazar, como Nietzsche al caballo de Turín, a los demás animales. Por pedirles perdón en nombre de la humanidad y en nombre de Descartes. Por reconocerles sus derechos como antes se los reconocimos a otros humanos a quienes creímos menos valiosos. Por luchar contra el especismo como lo hacemos contra el racismo o el sexismo. Por considerar que no puede haber razón sin empatía. Porque sabemos que solo respetando a un animal no humano, solo experimentando como propios sus intereses y su sufrimiento, podremos decir que nos interesamos de verdad por la vida y que somos realmente humanos.

Nota de las editoras: En relación a Nietzsche, nos identificamos con lo que representa el episodio concreto del caballo de Turín, lo que no significa en absoluto que asumamos todos sus postulados, en particular los relativos a las mujeres, con los que estamos radicalmente en desacuerdo y consideramos que el filósofo habría tenido también que revisar.

EL CABALLO DE NIETZSCHE


No matarás toros
Son tres palabras poderosas que, en boca del pontífice León XIV, podrían revolucionar su viaje a España. Coincidiendo con su visita a Madrid, Barcelona y Canarias, la organización mundial antiespecista PETA se movilizará para reclamar al Papa la condena explicita de las corridas de toros y los festejos taurinos. ¿Se producirá el milagro?
Miguel Ángel Rolland, 05.06.2026

La idea es sencilla: ni matarás, ni torturarás, ni humillarás toros, ni en corridas ni en fiestas. Es anticristiano, es pecado, es inhumano. Ni con los toros ni con cualquier otro animal: “Todas las criaturas de Dios”, según decía San Francisco de Asís. Desde hace décadas, y con más fuerza en los últimos años, son numerosas las voces dentro de la Iglesia que exigen una condena firme de los festejos taurinos, y con ella una exigencia de obediencia a sus miembros. No hay lugar dentro de la fe cristiana para tanta crueldad. Sin embargo, cada Papa ha evitado pronunciarse, a pesar de que los defensores de la tauromaquia son una escandalosa minoría en la cristiandad de nuestros días. ¿Por qué tanto miedo? ¿Ejercen tanto poder la Conferencia Episcopal Española y organizaciones como el Opus Dei? ¿Tiene sentido hablar del amor al prójimo, torturando y asesinando toros en las plazas y calles de España, Francia y Latinoamérica?

Nuevo Papa, vieja lucha. Una vez más, como ya se hiciera con su antecesor Francisco, la comunidad global en defensa de los derechos de los animales actuará en España para reclamar coherencia y justicia al máximo representante de la Iglesia católica. Es decir, pedir al Papa lo que es del Papa. Exigir lo que plantean las Sagradas Escrituras, contrarias a la tortura animal, reclamando a los asistentes y devotos que acudirán en masa a la visita de León XIV una condena firme a las corridas y festejos con toros. El objetivo es convertir esta visita histórica en un acto transformador, con la sociedad y en la fe que les une. Por eso mismo, desde el respeto a sus creencias religiosas, nace la exigencia de que sean cristianos hasta las últimas consecuencias. Que levanten la mano contra la opresión y el sufrimiento de los más débiles: los animales, los toros, las vaquillas, los becerros. Los creyentes y devotos del Papa pueden hacer estos días algo más que rezar y aplaudir: deben exigir a su máximo representante que condene la tauromaquia. Si lo hacen, nos tendrán a su lado.

El silencio es violencia

Conscientes de que la acción es motor de la movilización, la organización mundial PETA (People for the Ethical Treatment of Animals) inicia este mismo viernes 5 de junio una campaña de presión social para que este mensaje le llegue claro al Papa León y a sus seguidores. Se trata de un nuevo paso en el trabajo explícito con las corridas de toros que su sede británica, PETA UK, viene ejerciendo desde 2023. En todo este tiempo, numerosas personas han realizado acciones públicas de exposición y denuncia sobre la actitud silenciosa y permisiva de la Iglesia católica. Activistas irrumpieron en actos y misas manifestando que “el silencio es violencia” y reclamando que se deje de “bendecir las corridas de toros”. En mayo de 2024 insertaron una publicidad, a color y toda página, en la prensa española, con la imagen de Jesús interponiéndose entre un matador y su víctima, el toro, con la frase: “La tauromaquia es un pecado; pide a tu sacerdote que la condene”.

En 2026, PETA va más allá. En un breve vídeo, estrenado globalmente hoy, varios sacerdotes argumentan su defensa de la tauromaquia, mezclando ideas paganas de sacrificio y declarando que son actos no violentos. Uno de los entrevistados, el padre Antonio Schlatter -miembro del Opus Dei-, declara abiertamente que “la tauromaquia es un símbolo de lo cristiano”. Una provocación militante que pasa de la tolerancia a la elevación teológica. Otro entrevistado, el padre Adolfo Ariza, ridiculiza la idea de que los animales sean “personas” o “tengan alma”, defenestrando planteamientos históricos de grandes místicos del cristianismo, como el mencionado San Francisco de Asís. Se llega a decir que la tortura y muerte en las corridas de toros, aplaudidas y bendecidas por la Iglesia, son el “grado máximo del amor”. Escuchándoles, en clara ausencia de Dios, uno entiende sin reparos la idea cristiana de Satán.

Ni santa ni fiesta

Se cumplen diez años del estreno de mi documental Santa Fiesta: una década denunciando, tratando de avanzar y abolir, gracias a los continuos visionados del largometraje, tanto en hogares como en actos públicos. Gracias a la lucha incansable de organizaciones y de individuos, día a día, puerta a puerta, firma a firma, cada vez somos más en contra de la tauromaquia. En la película quisimos mostrar cómo existen en España numerosas fiestas con crueldad animal que van de la mano de actos religiosos, en honor de patrones santos y matronas santas, bendecidas todas por autoridades y seguidores religiosos. Rituales festivos en los que, a menudo, se pasa de la misa a la muerte. Pero hay mucho más.

Durante la producción de la película, y en los eventos de proyección del film, diferentes personas se acercaron a compartir las demandas que habían realizado a sus párrocos, obispos e incluso ayuntamientos para que se cancelaran esos festejos de tortura animal y se condenaran desde los altares de sus congregaciones. Sólo recibieron silencio, desprecio e incluso amenazas. También fuimos informados del uso de fondos públicos, desviados como ayudas a hermandades y agrupaciones religiosas locales, para contratar y organizar encierros y festejos taurinos, sin que aparecieran en los presupuestos oficiales de los municipios. El demoledor trabajo de investigación realizado por Anima Naturalis en 2023 logró identificar más de 42 millones de euros anuales destinados por los ayuntamientos a fiestas populares con maltrato y muerte animal. Esa cifra es, con toda probabilidad, la punta del iceberg.

La cuestión de la tauromaquia y los festejos taurinos se ha instrumentalizado en la sociedad postpandemia. Un puñado de voces muy ruidosas, agentes devotos del odio, han mezclado nostalgia con extremismo para confundir aún más. Sin embargo, la cuestión religiosa -muchos de los defensores de los toros son creyentes practicantes- se evita interesadamente, porque es clave. Si te declaras católico, tus actos y defensa de la tauromaquia te condenan. Aún más como párroco, conocedor de tu religión y sus obligaciones. Así lo manifestaba el teólogo Robert Culat, en estas mismas páginas, en la entrevista que le realicé: “La Iglesia, para ser coherente con sus propias enseñanzas, no solo debe retirarse de todos los eventos taurinos, sino que, además, en lugar de bendecir, debe condenar enérgicamente estas torturas animales gratuitas”.

El Mandamiento del amor

El pensamiento cristiano es, la mayoría de las veces, torcido y retorcido lejos de sus fundamentos filosóficos (no tanto en sus soluciones divinas). La teología es una enseñanza complicada, enrevesada en figuras, instrumentos, credos y obligaciones, que se simplifican en las catequesis donde muchos, me incluyo, aprendimos el sentir cristiano (acabamos alejados por la corrupción de sus instituciones y el horror de sus abusos). Sin embargo, la espiritualidad acepta muchas formas, y debe ser bienvenida si es fuente de amor, respeto, crecimiento, empatía y solidaridad. Todo ello está ausente en la defensa cristiana de la tauromaquia, sean sus agentes meros fieles o pontífices.

No caben medias tintas: la tauromaquia es pecado. Por acción o por omisión. Y defenderla es un acto que te condena como cristiano. Si tu párroco, tu obispo o el Papa te llevan al pecado, son tan culpables como tú. Pero tu voz puede salvarte (por usar los términos de tu religión) y salvar a otros. Los primeros, las víctimas directas: los toros, vaquillas, becerros, caballos. Después, los demás, incluidos quienes no creemos (recordando que Jesús bendecía también a los no creyentes). Además, esta acción justa en defensa de los animales y de toda la sociedad conecta con el Mandamiento del amor, supremo y esencial: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Incluso con el rotundo “No Matarás”. El otro, los otros, somos todas las criaturas de Dios. Así que te pedimos, os pedimos, que vuestro rezo y vuestra voz sea de amor y no de muerte. Pide a Dios, pide al Papa León, acabar con el sufrimiento, la muerte y la tortura de las corridas de toros y los festejos taurinos. No lo hagas por nosotros, ni siquiera contra nosotros. Solamente escucha tu corazón: en ese amor no cabe matar toros.

Sobre este blog
El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando. Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

BOBY


DÉJÀ VU

Para Machado su infancia fueron recuerdos de un patio de Sevilla donde maduraba un limonero, yo tengo recuerdos de un gran salón con unos enormes cuadros de la Caldera de Taburiente ¿serían acuarelas u óleos?, una silla de tres patas y una mesa con un tablero de ajedrez sobre ella. El salón de un hotel donde pasé muchas horas entre cables de colores de una antigua centralita, el mostrados de la recepción, las llaves colgantes de un llavero de morfología imposible que se remataba con un aro negro de goma, moqueta, Lula, Concha, un despacho oscuro con ventanales a la calle y sobres de azúcar al fondo del pasillo. Así lo veo, cualquiera sabe si mi mente ha novelado mis recuerdos, ella tiene estas cosas, encuentra recuerdos y te los trae como regalos.
Me vino este recuerdo a la cabeza mientras leía esta mañana en el desayuno; esto es lo bueno de los libros de bolsillo, que puedes leerlos con una mano mientras con la otra bebes café. 
Hoy no he logrado ir al gimnasio, entre una cosa y otra, rutina que retomaré el lunes si nada lo impide. Entre las enésimas alegaciones -entiéndase como una oda a la burocracia y al papeleo-, una vivienda unifamiliar en El Hierro con infinitas vistas al Golfo, y el polvo que cubre toda la casa que espero limpiar hoy, pasará esta mañana de viernes.

jueves, 4 de junio de 2026

ZOMBIS


Etgar Keret, escritor: “Si la vida es una película, Israel es hoy una de zombis”
El narrador mira a la cotidianidad con humor negro y surrealismo en la colección de relatos ‘El blues del fin del mundo’. El ataque de Hamás en 2023 retrasó su publicación.
Antonio Pita, Tel Aviv, 02.06.2026

El escritor Etgar Keret (Ramat Gan, Israel, 58 años) tenía previsto enviar a la editorial el 8 de octubre de 2023 su noveno libro de relatos breves. Había escogido la fecha al azar: produce uno cada siete años más o menos y se marca un tope para entregarlo. Dos días antes, trasladó a su esposa, Shira Geffen —la guionista y cineasta que escribió la película Medusas, dirigida por Keret y galardonada en Cannes—, la sensación de que le había quedado demasiado oscura, a causa de los acontecimientos personales y políticos que le habían marcado en los años previos: el fallecimiento de su madre, la pandemia del coronavirus, una hernia discal, el regreso al poder de Benjamín Netanyahu con el Gobierno más derechista de la historia del país… Su mujer le recomendó releerlo tranquilamente al día siguiente y, si se quedaba con la misma sensación, pedir una prórroga a la editorial.

Horas más tarde, Hamás lanzó por sorpresa su ataque masivo (casi 1.200 muertos y más de 250 rehenes) y el tono del libro se convirtió en la última preocupación de Keret. Tres meses más tarde, le preguntaron en un encuentro si estaba trabajando en un nuevo libro y se acordó del borrador. Con tantos reservistas movilizados en el país para la invasión de Gaza, la editorial tampoco podía publicarlo. Finalmente, Keret añadió dos relatos y nació el libro que la editorial Siruela publica ahora en español con el título El blues del fin del mundo.

“Aquel día, le dije a mi esposa que el libro no era para el público porque el mundo no es tan malo como el que yo contaba. Hoy el público lo entiende. Es como un ascensor entre dos pisos. La realidad ha descendido al nivel del libro”, cuenta en una entrevista con este periódico en su casa de Tel Aviv.

Como a menudo en el universo de Keret, los relatos de El blues del fin del mundo mezclan situaciones cotidianas con surrealismo. Un concursante alimenta con un ojo un nido de hormigas rojas. Un hombre personaje se dirige a un encuentro sexual casual y acaba en un minyán (los diez varones judíos mayores de edad necesarios para cumplir determinados rituales). En Ramat Gan, localidad junto a Tel Aviv en la que nació el escritor, los dos últimos humanos hacen visitas turísticas guiadas a los alienígenas.


En su prosa, considerada una de las más originales en lengua hebrea de la actualidad, bastantes historias podrían desarrollarse en cualquier lugar del mundo, con referencias contemporáneas globales como las aplicaciones Spotify o Tinder. A veces, brotan, sin embargo, detalles —o guiños bíblicos o a la jerga israelí— que las enmarcan en su realidad geográfica. Entre las escasas referencias políticas explícitas en El blues del fin del mundo está el relato Perro por perro, una metáfora sobre el ciclo de venganza que alimenta el conflicto de Oriente Próximo.

Keret deja la política para su newsletter, sus columnas (reproducidas en este periódico) o la calle, donde se ha manifestado contra el Gobierno de Netanyahu. Tras el ataque de Hamás, ayudó a llevar libros a soldados israelíes en el frente. Meses más tarde, participó en vigilias silenciosas sujetando fotos de niños palestinos que ese mismo ejército mató en bombardeos. “Era una forma de no permitir que la gente lo negase u olvidase”, explica.

La palabra tabú en Israel (genocidio), sin embargo, le hace enfadar. En una entrevista previa, Keret aseguró: “Cuando dices que Israel está cometiendo un genocidio, significa que no quieres mantener ninguna conversación”. Preguntado por aquella afirmación, se irrita: está harto, dice, que la palabra siempre acabe saliendo en las entrevistas. “Mi crítica a mi país o al ejército y la destrucción en Gaza es mía. Si vienen de EL PAÍS a hacer una encuesta, digo: ‘Coged a alguien que no sea un creador, que no tenga imaginación’. Hay muchos de esos fuera [de Israel]”.

Luego reflexiona al respecto con más calma: “Hay X personas que dicen: ‘Es genocidio’ y X que dicen ‘No lo es’. Es una reducción, casi como de qué equipo de fútbol eres”. Keret, hijo de supervivientes del Holocausto, se queja de que lo critiquen o amenacen en Israel por admitir que su ejército comete crímenes de guerra y, al mismo tiempo, lo presionen en el extranjero a posicionarse sobre si ha cometido genocidio. “No tengo ganas de entrar en ese juego […] El hecho de que Israel haya hecho cosas horribles, y que deben ser juzgadas, es una cosa, pero el intento de decir que lo que todos hemos visto tiene un único nombre… no es mi discurso”, señala.

Lo expresa por mensajes de audio de WhatsApp porque su torrente verbal es tal que la entrevista presencial empieza antes de la primera pregunta y termina con varias pendientes. Enlaza anécdotas, símiles, chistes y juegos de palabras; y traslada su carácter excéntrico a los hechos (insiste en posar para el fotógrafo junto a su conejo) y a las palabras: “Tú me haces una pregunta y yo puedo responderla, responder otra cosa, levantarme y darte un puñetazo o darte un beso con lengua y decirte: ‘No eres realmente heterosexual”.

El humor que impregna su obra y su discurso es, dice, una “manera de mantener la dignidad en un mundo donde te la han quitado”. “Siempre está ahí porque la vida es una experiencia humillante de principio a fin. Sales [del vientre materno] llorando y alguien te susurra al oído: ‘¿Sabes cómo va a terminar? Morirás con dolor y antes de eso todas las personas que amas te abandonarán o sufrirán o simplemente se callarán. Va a ser una mierda”.

Otro símil, este cinematográfico. “Si la vida es una película, vivir en Israel hoy es vivir en una película de zombis”.

―¿Por qué?

―Porque cuando te encuentras con un zombi por la calle, alguien o algo le ha vuelto un zombi […] La gente, desde el dolor, desde mundos que se han venido abajo, dice algo que no son ellos mismos para no romperse en pedazos en el suelo. La gente que encuentro en la calle elogia pensamientos que no salieron de sus entrañas. Se han instalado en el vacío que queda allí después del shock, el trauma, el miedo. Es un espectro de emociones que no hace ningún bien al ser humano. Es el laboratorio de una criatura de mierda”, lamenta. “En un país fascista, hay orden, método y algo que lleva a alguna parte. Lo que tenemos aquí es una especie de caos animal, real, teñido de megalomanía y pensamientos mesiánicos”.

TARDE DE JUEVES

Cuando trabajaba de Arquitecto Municipal los jueves eran mis días favoritos. Como mi horario era algo absurdo -de lunes a jueves, de 05:00h a 14:00h-, la mañana del viernes era una bendición porque colocaba en OFF la pestañita del despertador que marcaba las 04:20h.
Hoy jueves, después del viaje de ayer y su cansancio ad hoc, esta tarde me la he tomado libre, o casi. Algo de limpieza (es increíble lo del polvo en una casa ubicada donde el viento no cesa nunca) después de una corta siesta, un descafeinado, un poco de lectura periodística actual para mover la bilis y finalmente un buen rato en el sillón con el libro de Eduardo Mendoza que releo, y casi termino, "El misterio de la cripta embrujada". Acabaré después con "El librero de Gaza", pues éste es un préstamo y quiero devolverlo el sábado, para continuar con una novela de Agatha Christie de la que tengo grandes expectativas; en algún lugar leí que era muy buena. Me costó encontrarlo, por cierto.
Ya les contaré.

CUANDO EEUU AMABA A OBAMA


Así es el Centro Presidencial Obama, con un valor de US$ 850 millones
Jacqui Palumbo, CNN, 04.06.2026

En la cima del Centro Presidencial Obama, en su luminoso “Sky Room” (Sala del Cielo), es donde se invita al visitante a contemplar la totalidad del entorno. Las vistas panorámicas son impresionantes: rodeando el recinto se extienden los lados sur y oeste de Chicago, así como el azul ultramar del lago Michigan. Pero, más allá de eso, constituye un momento para hacer una pausa tras haber recorrido varios pisos de historia y del legado político de Barack Obama; recuerdos que, para muchos, resultan aún muy cercanos.

Sobre la cabeza, una monumental obra de arte del artista Idris Khan crea la ilusión de un ascenso continuo. Palabras extraídas del célebre discurso del presidente Obama en Selma, Alabama, aparecen impresas y superpuestas, ascendiendo en pendiente como una franja azul hasta alcanzar un halo de luz. Tanto en Selma como en otros lugares, el expresidente solía hablar sobre la tarea de forjar el destino de manera colectiva. Y esa parece ser la nota final que acompaña al visitante mientras asciende a través del museo: un futuro aún por escribir, vasto y abierto.


El 19 de junio —en coincidencia con la conmemoración de Juneteenth—, este centro, largamente esperado, abrirá finalmente sus puertas al público. Su construcción se ha prolongado durante más de una década y costó US$ 850 millones, una cifra que no dejó de crecer, convirtiéndolo, con gran diferencia, en la biblioteca presidencial más costosa de la historia.

Esto se debe a que no se trata de un simple edificio. Por el contrario, es un campus integral diseñado por los arquitectos Tod Williams y Billie Tsien que alberga 28 nuevas instalaciones creadas específicamente para el lugar por algunos de los artistas más destacados de la actualidad. Su diseño transforma el concepto tradicional de una biblioteca presidencial de carácter archivístico en un extenso campus de 8 hectáreas que ofrece un museo, eventos comunitarios, un huerto de frutas y verduras, una cancha de baloncesto con dimensiones reglamentarias de la NBA y una nueva sucursal de la Biblioteca Pública de Chicago. 

 

En el período previo a la apertura, el expresidente ha realizado desafíos promocionales: jugó Wordle con Stephen Colbert, zanjó su disputa con la estrella de la NBA Anthony Edwards (por ahora) y le deseó a la gente un feliz día de Star Wars junto a Mark Hamill (quien interpretó a Luke Skywalker) frente al centro, tal vez una respuesta astuta a uno de sus apodos, la “Estrella de la Muerte”. El pesado diseño de granito del museo también ha sido llamado “Obamalisk”, a veces despectivamente, otras veces con cariño.

CNN echó un vistazo al centro esta semana durante su período de apertura anticipada, que dio la bienvenida a miembros de la comunidad como sus primeros invitados. El campus ya estaba lleno de actividad, incluso mientras continuaban la construcción final, el paisajismo y las instalaciones artísticas. Niños en edad escolar llegaban en excursiones y grupos hacían fila para ver las exhibiciones, subiendo las escaleras mecánicas más allá de la vibrante ventana vertical de 25 metros de altura de la artista Julie Mehretu.

Tsien dijo que había sido emotivo ver a los visitantes llenar el campus. “Tienes la sensación de que cuando la gente entra, mira hacia arriba y siente que les pertenece, que es suyo”, dijo durante una entrevista en el edificio Forum del centro.


Grandes transformaciones

A pesar de las pintorescas comparaciones, Williams y Tsien basaron la forma del museo en la imagen de cuatro manos uniéndose, promoviendo la idea de que son muchas manos las que dan forma a un lugar, según el propio centro. “No me importan los nombres”, afirmó Williams. “Creo que lo único que nos importa es lo que es, lo que hace y lo que será en el futuro”.

“Lo concebimos como un edificio con una vida útil de 500 años; por ello, cada decisión que se tomó tuvo como objetivo fundamental crear algo que transmitiera una sensación de perdurabilidad y atemporalidad”, añadió Tsien.

Independientemente de lo que cada uno perciba en este edificio de estética brutalista, el centro está llamado a convertirse en una importante institución y destino cultural. Rompiendo con la tradición, su gestión corre a cargo del sector privado —concretamente, de la organización sin fines de lucro Fundación Obama—, en lugar de depender de los Archivos Nacionales y la Administración de Documentos (NARA). El archivo presidencial propiamente dicho, bajo la tutela de la NARA, será digitalizado en su totalidad por primera vez; un proceso que, según la Fundación Obama, ha implicado la digitalización de unos 30 millones de páginas. Parte de este archivo se exhibe actualmente en el museo.


No todos estos cambios ni su costo han sido recibidos con agrado. Han surgido inquietudes persistentes sobre su impacto en la gentrificación en el South Side, y la ubicación misma también fue objeto de controversia. El proyecto se encuentra enclavado dentro del histórico Jackson Park de la ciudad, una decisión que derivó en batallas legales, ya que un grupo ecologista demandó a la ciudad de Chicago por permitir la construcción de un proyecto privado en terrenos públicos. La demanda fue finalmente desestimada.


Aunque el centro añadió 1,5 hectáreas al parque, algunas de sus partes también resultaron afectadas por la construcción. Entre ellas cabe destacar la tala de cientos de árboles y la eliminación de su histórico Jardín de las Mujeres, que databa de 1937 y que, tras ser demolido, ha sido reimaginado para el nuevo complejo. Durante una presentación celebrada el miércoles en el centro, Valerie Jarrett, directora ejecutiva de la Fundación Obama, hizo hincapié en las oportunidades recreativas al aire libre que han ofrecido desde el principio: un campo deportivo construido antes incluso que las plazas principales y los edificios, así como los jardines y otros espacios verdes (incluida una colina para deslizarse en trineo) que han ido cultivando desde entonces.

“Hemos celebrado miles de reuniones comunitarias para garantizar que este complejo se integrara armoniosamente en el tejido urbano, y para asegurar que los residentes de las inmediaciones del centro sintieran un sentido de pertenencia y participaran junto a nosotros en el desarrollo de sus planes”, afirmó.

Marcadores de la era Obama

Dentro del museo hay exposiciones dedicadas al legado político del expresidente, a las iniciativas públicas de la exprimera dama y a movimientos históricos —tales como los Derechos Civiles y el sufragio femenino— que moldearon a ambos. Las vitrinas exhiben material efímero y objetos conmemorativos de campaña, desde el icónico cartel HOPE de Shepard Fairey hasta dibujos infantiles. Un video que recorre las iniciativas de base del ciclo electoral de 2008 marca la cuenta regresiva hacia ese momento político transformador, mediante imágenes de la campaña que captan la labor de los voluntarios.

Pero los visitantes también podrán apreciar cómo los Obama influyeron en el diseño, el estilo y la cultura. Esto incluye algunos de los atuendos más icónicos de Michelle Obama, como el abrigo y el vestido en tono verde dorado diseñados para ella por la difunta Isabel Toledo para el Día de la Investidura en 2009, así como el vestido —diseñado por Michelle Smith, de la firma Milly— que lució al posar para el retrato pintado por Amy Sherald en la Galería Nacional de Retratos. (No se incluyó el traje color canela del expresidente, igualmente icónico, que según comentó Jarrett él regaló).


 

También hay una réplica a escala real del Despacho Oval, donde los visitantes pueden sentarse en el escritorio. Si bien Obama no es el primero en incluir una réplica de este tipo en una biblioteca presidencial —una tradición que han seguido, entre otros, George W. Bush, Ronald Reagan y Jimmy Carter—, esta destaca especialmente en un momento en que el Despacho Oval actual ha experimentado un cambio drástico en cuanto a gustos y estilo. Durante la presidencia de Trump, su estética pasó de ser sobria a estar excesivamente recargada de dorados.

Cuando la sala aún se encontraba en construcción, el ex diseñador de interiores de la Casa Blanca Michael Smith tuvo la oportunidad de verla por primera vez en marzo, un momento emotivo que quedó registrado en un video publicado por la Fundación Obama.

“No pensé que esto fuera a emocionarme tanto”, comentó, haciendo una pausa para contemplar el lugar.


Arte ambicioso por todos lados

A lo largo del campus, 30 artistas han creado una serie de obras permanentes site-specific (es decir, concebidas para el lugar) de una escala que resultaría un desafío incluso para una institución líder en arte contemporáneo.

Con la curaduría de la exsubdirectora del programa “Arts in Embassies” Virginia Shore, la colección pone en diálogo a artistas contemporáneos —tanto consagrados como menos conocidos—, muchos de los cuales mantienen profundos vínculos con Chicago. Numerosas obras son de gran escala, entre ellas la enorme pintura táctil de la ciudad realizada por Mark Bradford; el tapiz de casi dos pisos de altura, adornado con cuentas y cascabeles, de Nick Cave y Marie Watt; y la escultura exterior de forma arqueada de Martin Puryear, que rinde homenaje a Martin Luther King Jr.

  

Otros son encuentros más fortuitos, como la escultura de Richard Hunt —que representa un pájaro alzando el vuelo desde un libro— situada en un tranquilo patio junto a la biblioteca, o un mosaico de Rashid Johnson en la Cocina Didáctica del centro, ubicado junto a un huerto de frutas y verduras.

El artista Theaster Gates —quien ha rendido homenaje a la vida y la belleza de la comunidad negra en el edificio del Foro del centro mediante un friso compuesto por imágenes de archivo de las revistas Ebony y Jet— es también vecino del centro gracias a sus proyectos de revitalización cultural a través de la Rebuild Foundation. En una entrevista exclusiva concedida a CNN a finales del año pasado, Gates declaró: “Espero que, cuando la gente acuda al centro, lo haga con el corazón abierto hacia el futuro de la democracia, la imaginación colectiva, la narración compartida y la creencia colectiva”.

 

En conjunto, los artistas “contribuyen realmente a contar una historia sobre la comunidad, sobre el encuentro y sobre el poder del arte para activar y dinamizar a las personas”, afirmó la directora del museo, Louise Bernard.

“Esta ha sido una oportunidad para que ellos realcen verdaderamente ese sentido de esperanza que se halla intrínseco en su obra; por ello, vemos piezas que resultan verdaderamente cautivadoras por su sensibilidad”, añadió. “Tratan sobre el poder y el lugar que ocupa Chicago. Tratan sobre la idea de la convergencia de diferentes voces y prácticas. Tratan sobre la memoria, sobre el lugar y sobre el poder del color para transportar a las personas”.