martes, 21 de abril de 2026

DERECHOS HUMANOS


Un informe de Amnistía Internacional constata el avance del autoritarismo en el mundo
España se erige como gran ejemplo de resistencia frente a un escenario global en el que poderosos “depredadores” intensifican las violaciones de los derechos humanos y la represión de las protestas.
Alejandra Agudo, 21.04.2026

El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su homólogo ruso, Vladímir Putin, son los más destacados ejemplos de lo que Amnistía Internacional llama “depredadores” de los derechos humanos. “Saqueadores brutales a la caza de trofeos injustos”, precisa el informe anual de la ONG, publicado este martes. Son líderes políticos, corporaciones y otros agentes “que han desplegado una ofensiva de conquista para lograr el dominio económico y político mediante la destrucción, la represión y la violencia a escala masiva”. Y están ganando terreno. “Las prácticas autoritarias se han intensificado en todo el mundo”, sentencia.

El 2025 fue, según la organización, un mal año para los derechos humanos. “Se está reemplazando la diplomacia por la guerra, se militariza la policía y se criminaliza la solidaridad”, ha resumido Agnès Callamard, secretaria general de Amnistía Internacional, en la presentación de documento en Londres este lunes.

La organización ha documentado un panorama generalizado de violaciones del derecho internacional y ausencia de rendición de cuentas. En este sentido, cita “el genocidio de Israel contra la población palestina en Gaza, los crímenes de lesa humanidad perpetrados por Rusia en Ucrania” y también aquellos cometidos en los contextos de guerra como Myanmar o Sudán.

Además de estos ejemplos, Esteban Beltrán, director de Amnistía Internacional en España, pone el foco en otras geografías que también recoge el informe: “En Irán se ha asesinado a miles de manifestantes y en Afganistán ha crecido la lista de leyes represivas contra mujeres”. Casi el 70% de la población vive en regímenes autoritarios en el mundo y las democracias se debilitan, señala. “Estados Unidos ha cometido más de 150 ejecuciones extrajudiciales con el bombardeo de lanchas en el Caribe. Y no pasa nada”, apunta.

En EE UU, personas detenidas en centros de Florida como el “Alligator Alcatraz” contaron a la ONG que se sentían como si hubieran sido “secuestradas”, encerradas en diminutas celdas de castigo con forma de jaula, inmovilizadas con grilletes, insultadas y sometidas a miedo e incertidumbre constantes. Además, la campaña antiinmigración de Trump, ejecutada principalmente por el ICE, mantiene a buena parte de la población atemorizada ante la posibilidad de ser detenida y deportada. Y quienes protestan en favor de las personas migrantes enfrentan una violenta respuesta que ha acabado, en este 2026, con la vida de dos manifestantes, tiroteados por agentes.

Quienes osan protestar contra los abusos de estos depredadores se enfrentan al mazo de la represión. “Los gobiernos de Afganistán, China, Egipto, Estados Unidos, India, Irán, Kenia, Reino Unido y Venezuela, entre otros, han empleado la violencia para reprimir movilizaciones de la sociedad civil, han criminalizado la disidencia mediante leyes de seguridad y antiterroristas o han hecho uso de desapariciones forzadas, ejecuciones y tácticas abusivas de actuación policial”, cita el informe.

Un ejemplo doloroso es el de Reino Unido, donde se ha producido una “restricción sin precedentes de la protesta”, en palabras de Kerry Moscoguiri, directora de la ONG en ese país. Especialmente contra quienes se han manifestado en favor de los derechos del pueblo palestino y contra la masacre en Gaza perpetrada por Israel, “incluso con el uso de los mecanismos antiterroristas”, ha recordado en una comparecencia ante la prensa. “Hemos visto 2.700 arrestos en protestas pacíficas, mientras las armas siguen fluyendo hacia los conflictos contra los que estas personas protestan”.

Mientras, el orden internacional basado en normas es diana de ataques constantes. Beltrán señala que los autores de estas embestidas antiderechos no solo buscan erosionar el sistema de reglas que ha regido desde la II Guerra Mundial, sino que quieren hacer que colapse por completo. Con vehemencia afirma: “Nos enfrentamos al momento más difícil de nuestra época”.
Ataques y resistencia

La respuesta generalizada ante la voracidad de los depredadores ha sido, hasta 2025, apaciguadora, denuncia la organización. Una estrategia que cree que se puede calmar a estos líderes y las corporaciones que los apoyan. “Una política que no cuestiona esos ataques, por ejemplo, lo que hace Israel en Cisjordania. Que se conforma”, critica Beltrán.

Salvo España. El Gobierno de Pedro Sánchez se ha convertido en “el ejemplo global de que hay alternativa al seguidismo de los cobardes”, ha subrayado Callamard. “Ha sido el único gobernante que ha hablado alto y claro de la importancia de la rendición de cuentas a nivel internacional”, ha dicho en referencia a la pública denuncia del Ejecutivo español contra el genocidio en Gaza y la aplicación de un embargo de armas a Israel. “España se trata de un país que está por encima del doble rasero”, ha llegado a decir, porque no solo se ha opuesto a los deseos anexionistas de Groenlandia por parte de Estados Unidos, que sí desató un rechazo generalizado de la comunidad internacional, sino también a que Israel haga lo mismo con Cisjordania; y ha dicho “no a la guerra” de Netanyahu y Trump contra Irán y Líbano. “Otro ejemplo sería Sudáfrica, pero no tanto”.

La secretaria general de Amnistía Internacional ha alabado a Sánchez por su firme defensa del sistema multilateral frente a quienes quieren sentenciarlo a muerte porque ya no sirve a sus intereses. Pese a que la mayoría de los Estados “son cobardes”, en opinión de Callamard, en tanto que no se plantan contra los depredadores, hay algunos que sí encuentran espacios en los que resistir, en los que no se tienen que enfrentar directamente, pero pueden defender un sistema basado en derechos.

Beltrán señala otros focos de esperanza para los derechos humanos en Dinamarca, Feroe o Noruega, que han ampliado el derecho al aborto, por ejemplo. Y además de España, un nutrido grupo de países han decido no apoyar la guerra de EE UU Israel contra Irán. También, en una decena de países, entre ellos Perú, Nepal, Marruecos, Bulgaria o Bangladés, la generación Z ha protagonizado movimientos en contra de la corrupción, el autoritarismo de sus gobernantes y para reclamar más derechos. “No está todo dicho. Ha habido una resistencia”, observa el representante de la ONG en España. “La respuesta es la violencia y la criminalización, pero la consolidación de las prácticas autoritarias no es inevitable”, zanja. Y el de la resistencia, concluye el informe, es el camino para ganarle la batalla al autoritarismo.

LA CONJURA DE LOS NECIOS


La gestión democrática del descontento
La pregunta preocupante es qué pasará si los nuevos partidos derechistas no consiguen rebajar la insatisfacción ciudadana con la política.
Ignacio Sánchez-Cuenca, 26.01.2026

La democracia es (o ha sido) un mecanismo que procesa institucionalmente el descontento de la ciudadanía con el Gobierno de turno. Sea el descontento justo o no, sea razonable o no, la persona decepcionada con el Gobierno puede utilizar su voto para cambiar las caras del poder. En esta visión tan descarnada del sistema, no es preciso suponer cálculos sofisticados por parte de los ciudadanos. En La conjura de los necios, Irene Reilly, la sufrida madre de Ignatius, elegía entre los candidatos presidenciales en función del cariño que demostraban hacia sus mamás. La buena señora pensaba que un mal hijo no podía ser un buen presidente. La alternancia en el poder, valor esencial de la democracia, se consigue tanto con votantes que juzgan sesudamente los logros y fracasos del Gobierno como con votantes viscerales como la madre de Ignatius.

De hecho, ha habido pensadores que han creído que las elecciones no son sino un recurso para desahogarnos por las humillaciones y los sinsabores de ser gobernados. Las elecciones son, en este sentido, un momento muy especial: los ciudadanos, por un instante, hacen valer la soberanía popular, se sitúan por encima de los gobernantes y administran un premio o un castigo electoral. Vista así, la democracia sería una especie de olla a presión que deja salir el vapor de la insatisfacción popular a través de esa válvula de escape que son las elecciones. Los sistemas autoritarios carecen de dicha válvula y, por eso, si se concentra demasiado vapor en su interior, la olla acaba explotando.

En democracias estables y bien organizadas, el juego de la alternancia se ventila entre los partidos existentes. En el caso más sencillo, el bipartidista, el descontento con el partido A en el poder se resuelve apoyando al partido B en la oposición y viceversa. Cuando un número suficiente de gente se harta de A, le sucede en el Gobierno el partido B, y así sucesivamente. Si hay más de dos partidos, suele ocurrir que el apoyo a las formaciones pequeñas refleje el grado de insatisfacción con las grandes. En España, sin ir más lejos, el descontento con el PSOE durante sus periodos de gobierno se ha traducido en un incremento del voto al partido a su izquierda (el PCE, Izquierda Unida, Podemos, Sumar). Por ejemplo, en 2008, IU obtuvo su mínimo histórico, un 3,8%, porque en aquel entonces el Gobierno de Zapatero fue recompensado por el electorado progresista, mientras que en las siguientes elecciones, tras el fuerte desgaste del Ejecutivo socialista durante la crisis económica, IU subió al 6,9%.

El problema surge cuando la pérdida de la confianza no es provisional, es decir, cuando los ciudadanos abandonan definitivamente la fe en los partidos existentes. En el modelo ideal de democracia, el partido A en el Gobierno pierde apoyos en el corto plazo, pero mantiene la capacidad de ilusionar a la ciudadanía una vez recibido el castigo. Normalmente, esto requiere algún tipo de renovación en el liderazgo. Con caras nuevas y frescas, el partido A vuelve a la competición y en algún momento consigue desalojar al partido B del poder. Ahora bien, ¿qué sucede cuando los partidos son incapaces de recuperar la confianza ciudadana?

En las elecciones de 2015, cuando los estragos de las políticas de austeridad iniciadas por el PSOE y profundizadas por el PP eran evidentes, el PP pasó del 44,6% en las elecciones anteriores al 28,7% y surgió un competidor nuevo en la derecha, Ciudadanos, que obtuvo el 13% del voto. En la izquierda, el PSOE bajó al 22%, y otro partido nuevo, Podemos, estuvo a punto de superar a los socialistas con el 20,6%. La aparición de formaciones nuevas es un poderoso indicador de que el sistema de partidos está averiado. En otros países, los nuevos partidos han llegado más lejos que en España, desplazando a los tradicionales; en consecuencia, sus sistemas de partidos han saltado por los aires (así ha sucedido, por ejemplo, en Francia y en Italia). La fragmentación del sistema puede observarse incluso en países tradicionalmente bipartidistas como el Reino Unido: en la actualidad, Reform UK encabeza las encuestas. En Estados Unidos los partidos sobreviven nominalmente, pero el Republicano ha sufrido una mutación total en manos de Trump y, en la práctica, opera como un partido nuevo antiestablishment.

En lo que va de siglo hemos sido testigos de cómo se desmoronaba el sistema de partidos en muchos países. Es una característica de nuestro tiempo que las formaciones tradicionales sean incapaces de gestionar adecuadamente el descontento ciudadano. Hubo un momento en el que pareció que los nuevos partidos de la izquierda alternativa se beneficiarían de la crisis de la representación política. Por motivos en los que no puedo detenerme ahora, el hecho es que solo lo consiguieron en el corto plazo. Hoy, son los partidos de la derecha radical los que están ganando posiciones. El éxito suele contagiarse y se observan procesos de imitación en muchos países, siendo el trumpismo el principal foco de atracción.


Todo indica que estamos pasando de una gestión del descontento a través de la alternancia entre los partidos existentes a otra que funciona mediante la creación de partidos nuevos. La preocupación más inmediata ahora es si los partidos de la derecha radical respetarán las reglas democráticas cuando accedan al poder. En Estados Unidos, hay signos ominosos de que quizá no sea así. Ahora bien, lo que me gustaría plantear va más allá. Suponiendo que la democracia sobreviva a las fuerzas derechistas que la acosan, ¿qué hay en el horizonte si los nuevos partidos derechistas fracasan también y no consiguen rebajar la insatisfacción ciudadana con la política? ¿Qué es lo que puede suceder a continuación? ¿En qué momento el descontento deja de canalizarse a través de los partidos y se vuelve en contra del propio sistema democrático?

Pensemos en el caso de Italia, que ha sido un país pionero en la crisis de la representación. Tras el hundimiento del PCI y la implosión de las fuerzas gobernantes a causa de los escándalos de corrupción, apareció un primer outsider de derechas, Silvio Berlusconi. Aunque gobernó durante bastantes años, no consiguió estabilizar el sistema político. Tras su caída, hubo un experimento tecnocrático (el Gobierno de Mario Monti), que también fracasó, seguido después por el efímero Movimiento 5 Estrellas y su celebración del va fan culo dirigido a la clase política, acabando en el actual Gobierno de Giorgia Meloni después de otro paréntesis tecnocrático fracasado bajo la dirección de Mario Draghi. En algunos momentos, como una especie de bisagra, gobernó durante periodos breves, de uno o dos años de duración, el Partido Democrático, sin conseguir consolidarse en el poder en ningún caso. Meloni parece haber estabilizado la montaña rusa de la política italiana, pero los problemas de fondo (bajo crecimiento económico, alto endeudamiento, elevada corrupción, envejecimiento de la población, etcétera) siguen ahí. Da vértigo pensarlo, pero ¿qué puede suceder cuando, previsiblemente, Meloni tampoco tenga éxito? ¿Qué harán los ciudadanos italianos? ¿Volverán a confiar algún partido antiguo o, directamente, cuestionarán los principios democráticos?

Estamos en medio de una crisis extraordinaria cuyo desarrollo futuro es muy difícil de anticipar. La política parece haber entrado en fase de centrifugación. Si la creación de nuevos partidos no resuelve el malestar político que se ha extendido en grandes regiones del mundo, ¿qué pasará a continuación?

TODO NO ES ECONOMÍA, AFORTUNADAMENTE


La irresponsabilidad del votante cabreado
Una mala situación personal no es excusa para votar a partidos autoritarios porque puede producir daños irreparables.
Ignacio Sánchez-Cuenca, 21.04.2026
https://elpais.com/opinion/2026-04-21/la-irresponsabilidad-del-votante-cabreado.html

Hay un empeño muy extendido en el debate público que consiste en encontrar explicaciones económicas al apoyo que reciben las derechas autoritarias. A veces se habla de los jóvenes, que se enfrentan a graves dificultades para emanciparse y adquirir una vivienda. En otras ocasiones se trata de las clases medias empobrecidas, que han perdido poder adquisitivo por culpa de la globalización. Y también se menciona a aquellos que han sufrido en mayor medida las políticas de austeridad seguidas tras la Gran Recesión de 2008.

Me gustaría apuntar dos ideas. La primera es que la explicación económica resulta cuestionable, al menos en el caso de España. La segunda es que incluso si fuera cierto que los votantes de Vox son víctimas del sistema o de lo que a veces se llama la policrisis, de aquí no se sigue en absoluto que la respuesta inmediata consista en apoyar a partidos que no respetan los derechos fundamentales y desprecian el pluralismo político. Una cosa no se sigue de la otra.

Comencemos por la relación entre situación económica y voto a la derecha autoritaria. Los datos no parecen avalar esa relación. Hay factores clave, como los ingresos y la educación, que muestran una asociación débil con el voto a Vox. Los efectos de la edad y el género discriminan mejor que los ingresos o la educación. Sirvan estos ejemplos: según el último barómetro de 40dB. (el de abril), el porcentaje de apoyo a Vox en la gente con niveles educativos bajos es del 10%; en niveles educativos altos sube al 13%, una diferencia relativamente pequeña (y no significativa estadísticamente). Si atendemos a la clase social en la que se sitúan los entrevistados, no hay diferencia alguna con respecto a Vox entre quienes se consideran de clase baja y quienes se identifican con la alta. Si se analiza el barómetro del CIS de marzo, puede verse que en los hogares que ingresan más de 5.000 euros al mes el apoyo a Vox se sitúa en el 11,4%, mientras que en los hogares cuyos ingresos están por debajo de 1.100 euros el porcentaje es el 12,5%, una diferencia de un punto solamente. Quizá sea que estos datos no recogen el problema principal en estos momentos, que es el de la vivienda. Pero es que, siguiendo con los datos del CIS, solo el 9% de los votantes de Vox mencionan la vivienda como el principal problema del país, frente al 30% en el resto de la ciudadanía. La diferencia es aún mayor entre las personas de menos de 30 años, es decir: los jóvenes votantes de Vox no parecen especialmente preocupados por la vivienda frente al resto de los jóvenes.

Se ha señalado también que lo que en realidad importa no es tanto la situación personal del ciudadano, sino el hecho de si vive en una región pujante o en otra en decadencia, en estado de abandono. Con todo, en el barómetro de 40dB. citado el voto a Vox en la Comunidad de Madrid, la región más próspera y dinámica del país, se sitúa en el 14%, mientras que en Extremadura, que puede decirse que es una de las regiones descolgadas de la economía global y las grandes metrópolis, el apoyo baja al 9%. En principio, la tendencia debería ser la contraria.

A veces se defiende la tesis de que el voto a Vox no es resultado de privaciones materiales, sino de una actitud negativa ante la marcha del país. El votante de la derecha autoritaria está poseído por una visión pesimista. Piensa que España se desliza por una pendiente que le conduce al abismo; así, el feminismo, la inmigración y la inseguridad ciudadana le llevan a impugnar los partidos existentes. De ahí su denuncia de la clase política y su defensa de un partido que busca romper los consensos democráticos más básicos.

Pues bien, si ni siquiera una mala situación personal debería servir de excusa para votar a partidos autoritarios; menos todavía ese malestar difuso de naturaleza nostálgica y reaccionaria. No voy a cuestionar que haya razones para que mucha gente esté profundamente irritada, pero eso no implica que tengamos que aceptar de buen grado que se comporten de forma políticamente irresponsable.

Presentar a los votantes de Vox como víctimas del sistema es un error empírico y político. El victimismo se ha convertido casi en una ideología: las víctimas, de cualquier tipo, despiertan compasión, solidaridad e incluso admiración. Hay un prestigio de la víctima que hace que se le perdone todo. Parece como si, a cuenta de la difícil situación que atraviesa, quedase eximida de toda responsabilidad a la hora de dar rienda suelta a su dolor y, en ocasiones, a su ira.

Sin menospreciar de ninguna manera lo difícil que puedan ser las vidas de la gente de la derecha radical, su decisión de optar por el autoritarismo no tiene justificación, se las perciba como víctimas o no. Ceder a los impulsos reaccionarios es una frivolidad por un doble motivo. En primer lugar, porque la opción autoritaria suele terminar siendo perjudicial para aquellos mismos que la promueven. Así se ha visto por ejemplo en Estados Unidos, donde algunas minorías votaron masivamente a Donald Trump y hoy están padeciendo el acoso y la persecución del ICE (la fuerza del servicio de inmigración y aduanas).

Quizá se considere que este argumento peca de paternalismo; al fin y al cabo, a la gente le asiste el derecho a equivocarse. El verdadero problema es el segundo: la apuesta autoritaria tiene consecuencias graves para el resto de la sociedad, y existe un riesgo elevado de que se produzcan daños irreparables. Una cosa es la protesta, el rechazo del statu quo, la denuncia de las ineficiencias e injusticias de nuestro tiempo, y otra bien distinta poner en peligro los derechos y libertades de los que disfrutamos (con todas las imperfecciones que se quiera). Se pueden compartir muchos de los motivos para la irritación con el sistema político, desde la corrupción a la poca atención de los representantes a las demandas ciudadanas, pero no que la solución consista en apoyar a partidos y candidatos que se dediquen a provocar un mal aún mayor.

Permítanme que recurra a una historia antigua. En 1987, la izquierda abertzale se presentó a las primeras elecciones europeas celebradas en España con el eslogan “Dales donde más les duele. Vota a Herri Batasuna”. Al haber un único distrito electoral, se les podía votar en cualquier parte de España. Fuera de Euskadi, obtuvo 151.000 votos. Había ganas de expresar en las urnas el enfado con la situación del país. Nueve días después de la votación, se produjo el atentado de ETA en un Hipercor de Barcelona (21 muertes). Supongo que algunos se replantearían si había valido la pena protestar electoralmente de aquella manera.

Los estadounidenses están aprendiendo lo que supone la irresponsabilidad política de haber elegido a Donald Trump por segunda vez. El resto del mundo padece también las consecuencias. Quizá los ciudadanos occidentales tentados de votar a la derecha autoritaria aprendan algo de las consecuencias que tiene apostar por el abismo. El estropicio trumpista es la mayor amenaza para Occidente, pero quizá acabe siendo el mejor antídoto para que el veneno autoritario deje de hacer efecto.

SENTIMIENTO DE ELIPTISMO

Interesantísimo artículo éste sobre las nuevas palabras en este "nuevo" mundo. ¿Cuántas veces no has encontrado el adjetivo idóneo para catalogar cómo te encuentras, qué nombre darle a este desasosiego que te acompaña constantemente, a esa toxicidad que emana de tantas personas que te rodean y te atrapan. ¿Habremos llegado al punto de necesitar un nuevo léxico?

¿Cómo explicarlo? Nuevas palabras para un nuevo mundo
Diversas publicaciones analizan el poder del lenguaje y su necesaria actualización en un momento de constante cambio.
Mar Padilla, 21.04.2026

Tras una estruendosa primavera, pronto llegará el verano con su metálica luz azul. El mundo se renueva a cada segundo, pero ¿y el lenguaje? Más allá de las actualizaciones de los diccionarios, que estampan el sello oficial a términos como farlopa, milenial o hashtag, de un tiempo a esta parte se publican muchos libros en torno a las palabras. Son obras de distinto pelaje, pero tienen en común que aportan reflexiones sobre la necesidad actual de remozar el lenguaje. Como decía Pier Paolo Pasolini, el mundo que debe construir la palabra es el mundo en el que vivimos.

Son publicaciones como La palabra que vence a la muerte, de Rob Riemen (Taurus); No hablarás. Imperio, identidad y política del lenguaje, de James Griffiths (Alianza); Diccionario de tristezas sin nombre, de John Koenig (Capitán Swing); Los nombres del mundo, de Ewan Clayton (Siruela); 20 razones para amar la lingüística, de Lorena Pérez Hernández (Plataforma); Lo que el lenguaje esconde, de varios autores (Filosofía&Co); La palabra que construye el mundo, de Pier Paolo Pasolini (Altamarea), o la reedición del clásico de Michel Foucault Las palabras y las cosas (Siglo XXI).

“El lenguaje no crea la realidad. No crea materia. Pero sí crea un halo de visibilidad en torno a determinados elementos o eventos del mundo y saca otros de nuestro campo de atención, ayudándonos así a coordinarnos en una dirección concreta para influir en nuestro entorno tanto positiva como negativamente. Solo hay que analizar los discursos recientes de líderes internacionales para constatarlo. Saturar los titulares de amenazas hiperbólicas, como ”Una civilización entera morirá esta noche“, claramente no mejora el mundo. Crear marcos lingüísticos de negociación, cooperación y mediación, sí”, reflexiona Lorena Pérez Hernández, catedrática en Filología Inglesa y doctora en Lingüística cognitiva de la universidad de La Rioja.

Foucault ya advirtió de que el poder produce verdades y silencia cosas. Hay que estar atentos al peligro de que el discurso oficial —o lo que ahora se llama “relato”— se identifique con un hecho social absoluto, como si la actualidad estuviera exclusivamente definida por la palabra crueldad: en la retórica de Trump algunos de los verbos más usados son aniquilar, aplastar, destruir y ganar. “Una de las mayores víctimas de la administración Trump no ha sido, como dice el viejo refrán, la verdad —que es la primera víctima de la guerra—. Han sido las palabras”, denunció hace poco la historiadora Mary Beard en la BBC.

Inicio infantil de la escritura.laurenspolding. (Getty Images/RooM RF)

Ante la actual corrupción de palabras como libertad o grandeza, Rob Riemen aboga por una resistencia moral y cultural. “Proteger el sentido de las palabras es fundamental. El peligro salta cuando las palabras pierden su sentido, y la gente no sabe en verdad de qué se está hablando. Es cuando la política se transforma en voces que solo dan propaganda y más propaganda”, reflexiona en conversación telefónica.

Frente a ello, el pensador holandés apuesta por una gramática de la vida, por el uso de palabras como perdón, que de un plumazo “consigue doblegar la muerte, insuflando vida a la persona que la recibe”, afirma.

De tu lengua y la mía

Pronunciar o escuchar términos como perdón o gracias, si es de corazón, puede llegar a implicar una transformación entre una persona y otra. No es tan raro. El ser humano es eminentemente lingüístico, y una palabra puede salvar o nos puede herir.

Y cuando no se encuentran palabras que se ajusten a lo que se quiere expresar, hay que echar mano de la imaginación. Es el caso del escritor John Koenig, que decidió crear y compartir conceptos ideados por él, al comprobar que muchas cosas que sentía no tenían un fiel reflejo en el lenguaje en circulación. Así, primero en un blog y, más tarde, en su libro Diccionario de tristezas sin nombre, Koenig se inventó, por ejemplo, el término sonder —sentimiento de que cada persona con la que te cruzas en la calle tiene su propia vida y es protagonista de su propia historia—; anemoia —cuando miras fotos antiguas y sientes una punzada de nostalgia por un tiempo que nunca has vivido—; o eliptismo —tristeza de no saber cómo acabará la Historia de la humanidad—. En varias entrevistas, Koenig ha confesado que el motor de inspiración de su diccionario fue su fascinación por expresiones como duende en español, saudade en portugués o hygge en danés, que no existen en inglés.

Asistentes a la apertura del curso académico 2025/2026 de la Real Academia Española (RAE).
Ricardo Rubio / Europa Press (Europa Press)

Andando en el tiempo, la palabra sonder de Koenig cobró vida propia en internet, donde se calcula que cada sesenta segundos se envían más de 251 millones de correos electrónicos y 18 millones de mensajes de texto. Esta asombrosa red que nos conecta unos con otros supone un cambio sistémico de escritura, lo que implica una cierta reordenación del pensamiento, según Ewan Clayton, autor de Los nombres del mundo. Pero él es optimista, y no cree que la escritura a mano vaya a desaparecer nunca, ni la conversación. Probablemente, todo suma. “El texto escrito reproduce el habla, es a la vez menos y más que el habla: no registra la entonación, la velocidad, el volumen, los gestos ni las expresiones faciales, elementos que nos ayudan a interpretar los matices del significado de la palabra hablada”, reflexiona Clayton.

De ’fardialedra’ a ‘IA-zofia’

Las palabras, ya se sabe, vienen y van. La RAE lleva retiradas de la circulación más de 2.700 vocablos que reflejaron una época que ya fue. Son términos como demoñejo —del demonio—, palacra —pepita de oro—, o fardialedra —dinerillo suelto—. A su vez, en la calle circulan ya otras rabiosamente contemporáneas, como ecoansiedad, IA-zofi y viral.

A la hora de usar unas u otras, no es tontería pensar qué sendas lingüísticas se eligen para transitar. Porque escribir y hablar construye —y también destruye— mundos. El lenguaje como mecanismo de comunicación “es útil y a la vez peligroso”. “Pero en lo que realmente destaca es como instrumento de conceptualización, coordinación y acción y, por lo tanto, como medio para ejercer influencia, poder y cambios”, indica Lorena Pérez.

El idioma ruso tiene la palabra skloka, que significa hostilidad despreciable, la personificación de un espíritu maligno de un grupo contra otro, arrastrado por la bajeza moral. Tal y como está la actualidad, tal vez está bien identificar esa sensación y vigilarla, antes de anegarnos en montañas de skloka. Habrá que reflexionar en las palabras que se usan. Es un grandísimo poder. En su libertad, cada persona tiene la capacidad de pensar por su cuenta. Eso no lo hace nada ni nadie más. Y menos que nadie, las máquinas.

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

 

1963

lunes, 20 de abril de 2026

EL PRECIO POR ENFRENTARSE AL MATÓN (VI)


León XIV se planta ante Trump
La reacción iracunda del presidente contra el Papa refuerza la autoridad moral de este más allá de los católicos.
Editorial de EL PAÍS, 20.04.2026

En su temeraria concepción de las relaciones internacionales, que considera la guerra como una herramienta de negociación y no como el último recurso, el lenguaje amenazante como una fase obligatoria en cualquier diálogo, la historia como una anécdota y la verdad apenas como una opción más sobre la mesa, pocas personalidades mundiales quedaban en teoría fuera del destructivo radio de acción dialéctico de Donald Trump. Pero los sorprendentes, reiterados e injustificados ataques lanzados contra el papa León XIV demuestran, una vez más, que es un personaje sin límites que tampoco tolera competencia en el ámbito de la infalibilidad.

Trump embistió en diversas ocasiones durante la semana pasada contra el líder de la Iglesia católica, con su habitual falta de respeto y distorsión de los hechos, después de que Robert Prevost declarara en voz alta lo mismo que han dicho otros líderes y ciudadanos en todo el mundo: amenazar con “borrar una civilización” de la noche a la mañana dando además un ultimátum, como hizo Trump en referencia a Irán, va más allá de cualquier bravuconada bélica conocida y constituye un desprecio inaceptable a la humanidad misma.

Desde su particular mentalidad de ganadores y perdedores, Trump calificó al Papa de “débil” y cuando el Pontífice respondió, en su inglés materno y su acento de Chicago, con un “no tengo miedo”, el mandatario recurrió al argumento falaz de insinuar que el Papa pretendía ignorar los muertos causados por la represión de la dictadura iraní. Abierta la veda, los colaboradores del actual presidente republicano se sumaron a la ofensiva. Incluso el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, católico converso, se permitió dar lecciones de teología al Pontífice y, con una osadía pasmosa, explicarle al Papa lo que es una “guerra justa” para la Iglesia. Resulta que es un concepto desarrollado por Agustín de Hipona. Prevost, el primer Papa agustino, es uno de los mayores expertos mundiales en San Agustín. En el plano más folclórico, pero representativo del nivel de irreverencia, el presidente de EE UU ha compartido por redes una imagen de inteligencia artificial en la que aparece él como Jesús sanando enfermos y otra en la que Cristo le da ánimos.

Lo que seguramente no estaba en los cálculos de Trump han sido las consecuencias de este ataque. Mandatarios —incluyendo el español Pedro Sánchez—, políticos y ciudadanos de a pie de todo el mundo, católicos o no, han cerrado filas en torno a León XIV, quien no ha hecho sino lo lógico: condenar una amenaza de exterminio. Con sus insultos, el presidente de EE UU ha dado involuntariamente un espaldarazo de autoridad moral mundial —incluyendo el respeto del mundo islámico—, a un Papa que era un desconocido cuando fue elegido hace casi un año. Además, ha perdido valiosos aliados europeos, como la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, a quien ha descalificado tras defender a León XIV. El caso de Meloni es un importante recordatorio de que Trump no tiene aliados, sino vasallos.

Prevost ha alzado la voz para oponer el sentido común a la desquiciada retórica de un presidente de EE UU que está causando un inmenso daño a la ya precaria arquitectura de paz internacional y a su propio país. Y ha puesto frente al espejo —también en España— a aquellos que presumen de defender ideales cristianos mientras aplauden a quien los utiliza como una herramienta para perseguir únicamente su propio interés.

20 DE ABRIL (DEL 26)

Celtas Cortos, *20 de abril

1972-1976









MUÑOZ MOLINA


Antonio Muñoz Molina, escritor: “Hay un exceso de opinionismo porque es más barato que el periodismo”
El escritor, colaborador de EL PAÍS, advierte del “totalitarismo tecnológico”, que quiere “arruinar el mundo tal como lo hemos conocido” y del poder devastador de las redes sociales.
Juan Cruz, 20.04.2026

Vive en Madrid desde hace muchos años, pero Úbeda, su pueblo, su gente, son la parte esencial del recuerdo de Antonio Muñoz Molina, que ahora tiene 70 años y es académico de la Lengua, premiado muchas veces por su literatura. Escribe en este periódico desde muy temprano, cuando era un muchacho que envió a Juan Luis Cebrián, el primer director, un artículo que no se publicó hasta que el autor protestó por la tardanza. Desde entonces, con altibajos, ha sido colaborador habitual de este diario en el que ahora, como su mujer, Elvira Lindo, es columnista habitual. Sus colaboraciones de los sábados en las páginas de Opinión inciden en el momento actual de la vida, de España, del mundo. Esta conversación, cuando el periódico en el que escribe cumple 50 años, es un reflejo del modo de pensar del autor, de su sosiego, de su compromiso y de su rabia. Desde el principio de la entrevista, Muñoz Molina advierte la naturaleza de lo que ahora ocurre con nuestro oficio, contra el que conspiran las fuerzas más poderosas.

Pregunta. ¿Cómo ve ahora esta profesión?
Respuesta. Algunos hemos tenido la suerte y la experiencia de ver cómo nacía el periodismo en la democracia, en España, porque lo que hubo antes difícilmente se puede llamar periodismo. Las fuerzas más poderosas están ahora desmontando todo aquello. Yo tenía 20 años y me acuerdo perfectamente del día en que compré el primer ejemplar de EL PAÍS. Para alguien de mi edad era como lo verdaderamente nuevo. A lo largo de los años, en España y fuera de España, he ido adquiriendo experiencia como lector y como autor, y eso te da una visión bastante completa. El modelo en el que se ha basado el periodismo en la sociedad democrática no se ha desmoronado; es una herramienta para conocer el mundo tal como es, sirve para hacerse imágenes verdaderas o ajustadas a la realidad del mundo y a las opiniones de la gente. Ha sido una herramienta básica de la racionalidad digamos democrática. Y, claro, la racionalidad democrática mantiene ahora fuerzas muy poderosas en su contra.

P. ¿Qué consecuencias tiene eso para la sociedad?
R. Hay algo que escribió Elvira sobre la prevalencia del término de ese relato. Viene de una herencia de la posmodernidad, de la frivolidad posmoderna francesa. Es el descrédito de la realidad. Se necesita un mínimo acuerdo sobre la realidad, una capacidad honesta de distinguir entre lo verdadero y lo falso. No puedes decir, por ejemplo, que los emigrantes le quitan el trabajo a los españoles. Lo puedes decir, pero eso puede ser rebatido. Un senador norteamericano decía que uno tiene derecho a su propia opinión, pero no a su propio hecho. Es muy difícil tener juicios certeros sobre lo que pasa.

P. ¿Puede calcular en qué tiempo eso fue calando hasta ser ahora una enfermedad?
R. Creo que ha coincidido con la llegaba de internet, no por la misma tecnología, sino por el uso que se hace de la tecnología. Vino aquel terremoto y después las redes sociales hicieron un daño devastador. Hubo intereses muy poderosos, mucho dinero, más dinero que nunca en la historia humana. Ahora todo eso constituye un aparato cuya finalidad es arruinar el mundo tal como lo hemos conocido. Ellos quieren ahora un mundo en el que prevalezcan ellos, en los que no haya más leyes que las suyas. Y eso es lo que dicen abiertamente todos. Por eso han abrazado a Trump y por eso el único enemigo poderoso que tienen en el mundo es la Unión Europea. Me da rabia notar que los gobiernos democráticos y sus portavoces depositen sus mensajes en esa red que no es segura. ¿Cómo vamos a ser capaces de rebelarnos contra un poder de ese tipo si estamos jugando en su terreno y lo estamos enriqueciendo?

P. ¿Qué está más en peligro, el periodismo o la libertad?
R. Las dos cosas son inseparables. El periodismo es la voz de la libertad. ¿Te acuerdas de que cuando empezó internet decían que gracias a este fenómeno cualquiera podía ser periodista, con una cámara y con un terminal? Decían que eso iba a hacer que la libertad floreciera.

P. ¿Cómo ve este mundo en el que conviven sus nietos, el pasado, su familia, su vida?
R. Los que tenemos hijos y nietos proyectamos un porvenir en el que no vamos a estar. Estarán los que lidien con las consecuencias del modelo de mundo en el que nosotros vivimos: el cambio climático, la tecnología terrorífica. A mí me gustaría que tuvieran vidas decentes y armoniosas y en paz.

P. ¿Qué consecuencias ha tenido para usted este malestar contemporáneo?
R. Para mí el malestar tiene la consecuencia de que quebranta ciertas propensiones mías a la melancolía, por decirlo de alguna manera.

P. En medio de esa melancolía usted ha escrito, en EL PAÍS precisamente, artículos duros sobre el mundo que estamos viviendo. ¿De dónde viene esa energía?
R. Yo creo que me viene de mi vocación, de mi amor por la literatura y de algo que yo creo que se basa en el periodismo: la voluntad de dar testimonio. Me gusta mucho leer historia. Para mí, un modelo de escritor es Joseph Roth, que escribió en periódicos toda su obra. Él previó que se acercaba el nazismo, lo advirtió a gente como su amigo Stefan Zweig, y este era optimista. Desde 1923 Roth estaba avisando de la llegada de los nazis, de que esa gente era un tremendo peligro. Los historiadores tienen a veces una visión más completa de lo que ha ocurrido, pero el testimonio del que lo ha vivido mientras estaba pasando es de enorme valor y es insustituible. Así son el diario de Ana Frank o el de Victor Klemper, o tantos diarios que ha escrito la gente. Cuando miras las cosas 20 años después ya sabes lo que pasó, pero el testimonio del que está y lo cuenta me parece fundamental. La ficción trabaja con la memoria y necesita el recuerdo y el olvido.


P. Se vuelve a hablar de fascismo.
R. Algunas personas lo están sufriendo. Siempre decimos que no hay que hacer paralelismos frívolos y que la historia no se repite. Pero estamos en un momento en el que elementos del totalitarismo están por encima de la razón y del derecho; todo es mucho más global y la acumulación del dinero es mucho mayor.

P. ¿Este es un momento en el que usted mira atrás con nostalgia?
R. No.

P. ¿Y con ira?
R. No, tampoco. Miro con nostalgia cosas objetivas. Por ejemplo, con nostalgia miro un tiempo en el que no había una concentración de gases de efecto invernadero como la que hay ahora. Miro con nostalgia la posibilidad de que la vida no estuviera mediatizada en cada instante por un totalitarismo tecnológico. Eso sí. Pero es una nostalgia para mí, de rebeldía. Tengo nostalgia de lo que podría haber sido, de lo que podría ser.

P. ¿Qué cosas le estimulan a escribir?
R. Lo que me estimula mucho es ver la rebeldía de la gente ante las cosas. Es decir, cómo de pronto la gente en Minnesota se organizó de manera que hicieron que se fueran de allí los esbirros de Trump. Esa capacidad de resistir de la gente en Irán, de las mujeres, sobre todo, que empezaron a dejarse de poner el velo. Es el ejemplo de que las cosas no están prescritas, a pesar del miedo que causa el adoctrinamiento. Me da esperanza cuando veo esto, me emociona. Generalmente son cosas concretas de la vida. Me pasa también en el pueblo donde vivo en Valencia. Aparte de la amistad y de la solidaridad emocional, tengo allí amigos que no han estudiado nada, otros que se han jubilado, fotógrafos, carpinteros, gente que no espera nada sino la alegría que compartimos.

P. Estados Unidos. ¿Cómo vivió ese tiempo y cómo lo ve ahora?
R. En Estados Unidos había muchas cosas de las que se puede aprender. Cuando estaba allí con Elvira estaba aprendiendo cosas. Desde aprender bien un idioma a estar con gente de muchos sitios, a ver instituciones culturales admirables, museos y sitios así, a leer un periodismo de mucha calidad, en formatos muy distintos, una televisión pública, una radio pública muy buena. Y lo que fui viendo cada vez más con el tiempo fue la fuerza del capitalismo. El modo en que un capitalismo sin apenas contención arrasaba la vida de la gente. Y en esto que hay ahora... Por una parte hay cosas que parecen nuevas, pero por otra parte son cosas que están muy arraigadas en esa sociedad. Es decir, el autoritarismo, por ejemplo, la brutalidad policial, la crueldad con los presos y con los condenados, la falta de piedad con el que ha caído. El uso de esa expresión tan repugnante que le gusta a Isabel Díaz Ayuso, la del perdedor, el loser. Eso ya existía. El fanatismo religioso, una especie de patriotismo mesiánico que muchas veces compartían personas progresistas. Es decir, esa parte más fea que siempre ha existido de pronto ahora ha tomado el control.

P. De todo lo que es usted, ¿qué siente que es lo mejor?
R. Me gustaría ser buena persona y que la gente que está cercana a mí y que me da cariño y todo eso, la gente que tiene trato conmigo, sienta que soy una presencia bondadosa en su vida.

P. Los intelectuales en un tiempo parecía que eran los que nos ayudaban a seguir. Ahora, ¿qué es un intelectual?
R. Siempre he sido muy escéptico con todo eso. Más que intelectuales, me gusta esa expresión que había antes, hombre de letras. Una idea francesa, la del intelectual como una especie de gurú. El punto de referencia. Yo creo, en primer lugar, que un escritor no tiene la obligación de opinar sobre el estado del mundo ni nada de eso. Ha habido gente extraordinaria que ha hecho su trabajo y punto. En el mundo anglosajón es mucho menos frecuente que un escritor escriba en los periódicos. Yo creo que lo que llamamos el intelectual es un ciudadano que tiene la oportunidad y que siente la necesidad de participar en el debate público, no es un profeta ni un iluminado, ni un gurú.


P. ¿Qué piensa usted del modo que ahora los periodistas hablan de lo que ocurre como si estuvieran totalmente informados de todo?
R. Bueno, yo creo que ahí no se puede generalizar, ¿no? A mí hay una cosa que me gusta mucho, que es cuando veo a los periodistas hacer de periodistas en el sentido literal de la palabra, que es ir a los sitios y contar lo que hay y hacer un análisis. Luego está el opinionismo y todo eso, en lo que evidentemente hay un exceso, por la razón de que es mucho más barato. Más barato que estar en un sitio investigando. Para mí el periodismo es eso. Eso, además, es una gran literatura. La crónica que leemos ahora desde Washington o desde cualquier sitio, desde Israel, por ejemplo, de la gente que está allí, eso me produce mucha admiración.

P. Lo vi muy joven, en Úbeda, con sus padres. Ahora que lo recuerdo allí me vienen a la memoria unos versos del poeta alemán Michael Krüger: “A veces la infancia me manda una postal / ¿Te acuerdas?”. ¿Qué postal le trae a usted esa infancia?
R. Siempre la ternura y la decencia. Personas íntegras y decentes en su pobreza, con una educación exquisita, una educación popular exquisita. Y que en circunstancias durísimas tuvieron, o intentaron tener, una vida digna.

INCREÍBLE PERO CIERTO

CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO


La investigación de EL PAÍS eleva ya a más de 3.000 las víctimas de pederastia en la Iglesia española
Este diario entrega un sexto informe con nuevos testimonios a la Conferencia Episcopal, al Vaticano y al Defensor del Pueblo que acusan a 50 clérigos y laicos en España y a otros 24 en América.
Sara Castro/ Eleonora Giovio/ Íñigo Domínguez, 20.04.2026

Ya hay más de 3.000 víctimas de pederastia contabilizadas en la Iglesia católica española, según el conteo que EL PAÍS lleva a cabo desde 2018, con todos los casos conocidos por más de un millar de testimonios que ha publicado o transmitido a diócesis y órdenes, y por sentencias judiciales, admisión de la propia institución y noticias en los medios. Cuando empezó su investigación hace casi ocho años, solo había 34 casos oficialmente conocidos, pero ahora llegan ya a 3.081 víctimas, tras sumar las que salen a la luz con un nuevo informe de este diario, el sexto en cinco años, que contiene una recopilación de testimonios recabados en los últimos dos años.

El número de clérigos y laicos acusados se eleva a 1.613. Supone el 1,46% de los 110.000 curas y religiosos que ha habido en España desde 1940, según las estadísticas de la Iglesia. La macroencuesta del Defensor del Pueblo de 2023 estimó que un 1,13% de la población española había sufrido agresiones sexuales en el ámbito de la Iglesia, porcentaje equivalente a 440.000 personas, con un margen de error de entre 350.000 y 530.000.

Es el sexto dosier de este tipo que elabora este periódico desde 2021 y que, como en los casos anteriores, ha sido entregado al Vaticano, a la Conferencia Episcopal Española (CEE) y al Defensor del Pueblo, para que investiguen las acusaciones. Además de los cientos de casos publicados, EL PAÍS ha recogido en estos informes 841 testimonios en 1.800 páginas. Comenzó a realizarlos para que las víctimas tuvieran una respuesta, ante la imposibilidad de publicarlos todos y porque en muchos casos se encubrían a nivel local y no eran conocidos en el Vaticano.

No obstante, en cinco años, la Iglesia no ha respondido sobre ellos ni sobre los numerosos casos sospechosos de encubrimiento de obispos y superiores religiosos. Con Francisco, el Vaticano decidió mantenerse al margen y delegar la respuesta y la gestión en la CEE, que ha priorizado sobre todo la opacidad y la negación del problema. Por primera vez León XIV, que el 6 de junio llega a España, tiene sobre la mesa uno de los informes elaborados por este diario y debe decidir sobre esta cuestión aún pendiente. Además del sexto informe, EL PAÍS ha vuelto a enviar los cinco anteriores al secretario de la sección disciplinar del dicasterio de Doctrina de la Fe, monseñor John Joseph Kennedy.

Este sexto informe recoge un total de 58 testimonios, de 48 hombres y de 10 mujeres, que acusan a 50 clérigos y laicos en España. Todos son hombres, salvo dos monjas. De ellos, 10 ya habían sido señalados con anterioridad. Además, en esta ocasión EL PAÍS ha realizado por primera vez un dosier con 21 testimonios de ocho países de América contra 24 acusados, que también ha sido enviado al Vaticano. Más de la mitad de los casos son en Colombia. En ambos trabajos se ha incluido un anexo sobre los Heraldos del Evangelio, con el extenso testimonio de un antiguo miembro de esta organización ultraconservadora, nacida en Brasil, que señala abusos en España y varios países latinoamericanos.


Todos los casos conocidos en España cuantificados por este diario se pueden consultar en su base de datos pública, la única existente en España, pues la Iglesia siempre se ha negado a dar cifras y su único intento, un informe que llamó Para dar luz en 2024, se reveló un fiasco. Había dejado fuera cientos de casos y estaba lleno de errores.


Los testimonios han sido recabados, una vez más, entre las miles de personas que han escrito a este diario al correo electrónico abierto en 2018. Surgen nuevas historias que en realidad cuentan lo mismo de siempre: diócesis y órdenes que tapan casos; traslado de acusados, algunas veces, al extranjero; nula atención a las víctimas; y traumas callados durante años. Solo salen a la luz cuando quienes lo han sufrido dan la cara y alzan la voz.

Uno de ellos es Manuel Montoro. Ahora tiene 50 años. Su vida no ha vuelto a ser la misma desde su adolescencia, cuando denuncia haber sido agredido sexualmente en la parroquia de Begíjar, en Jaén, entre 1992 y 1993, por el cura P. G. R. El caso ha sido denunciado en la diócesis de Jaén, que aún lo está investigando. El sacerdote, contactado por este diario, niega los hechos.

Este cura llegó a la localidad para sustituir al sacerdote habitual en sus vacaciones de verano. “Abusó de mí, fue solo una vez, pero los hechos son graves”, relata Montoro. Asegura que ocurrió en un dormitorio que recuerda con las camas y las colchas de color naranja, cuando tenía entre 16 y 17 años. “Me desnudó forzosamente. No sé cómo ni por qué acabamos los dos en la casa parroquial. Recuerdo todavía su sudor y el asco que sentí al verme con los pantalones bajados mientras él me abrazaba. Yo estaba de pie y él sentado en la cama. De repente, se puso un poco nervioso y paró lo que estaba haciendo”, expresa. Asegura que lo contó en aquel momento a un sacerdote con el que mantenía una relación cercana: “Esperaba protección y ayuda, sin éxito. Al cumplir la mayoría de edad me envió a un monasterio ecuménico en Francia, alejado de mi entorno familiar y en una situación vulnerable”.

En 2024 lo denunció ante el Defensor del Pueblo y en diciembre de 2025 presentó un escrito en la Oficina de Protección de Menores de la diócesis de Jaén. Pero, cuatro meses después, no ha recibido más información. Este obispado indica que el caso está en estudio y está “recabando testimonios e información para ver qué verosimilitud tiene, si es o no cierto”. En Jaén hay otra acusación a un cura de Linares, J. F. J., entre 1967 y 1969. Según esta persona, tras denunciarlo en el obispado, el sacerdote fue enviado a Centroamérica. La diócesis asegura que no tiene constancia del caso.


Uno de los casos más graves que salen a la luz es el del colegio de sordos de La Purísima, en Madrid, de las Franciscanas de la Inmaculada, abierto en 1967 y donde las víctimas son niños vulnerables. Este diario ya recabó en 2021, en su primer informe, un testimonio de un exalumno contra un sacerdote del centro, A. Y. V., y ahora surge una nueva acusación. Esta vez de un antiguo profesor del colegio, Gonzalo de Ena, de 82 años: “No lo denuncié en su momento, no supe reaccionar, no tenía esa consciencia, eran otros tiempos muy difíciles, no se hablaba de esos temas. Si hubiera tenido la mentalidad que tengo ahora, evidentemente lo denunciaría”.

Recuerda a la perfección su paso por el colegio entre 1978 y 1979: “Como yo dominaba el lenguaje de signos y el abecedario con la mano, entré”. Con los estudiantes estableció una buena relación. “Poco a poco me fui dando cuenta de que había un problema terrible. Era el capellán, el factótum, el hombre todopoderoso de la congregación de monjas. Tenía un chalet en la sierra de Madrid y allí abusaba de los niños cuando los llevaba a su casa a realizar ejercicios espirituales”, asegura. Los menores tenían entre 10 y 14 años.

A. Y. V. falleció en 2021, a los 92 años. “Los niños estaban aterrorizados. Me decían que le tenían mucho miedo, que era muy malo y que les hacía cosas feas en el chalet. No concretaron si eran tocamientos o penetraciones, pero me hicieron saber que allí ocurría algo realmente grave y no me quedó ninguna duda de que se trataba de abusos sexuales”, cuenta De Ena. “Al menos cinco o seis chavales me lo dijeron”, relata.

Gonzalo de Ena, antiguo profesor del colegio La Purísima de Madrid, en su casa de Zaragoza,
este viernes. JAIME VILLANUEVA

Celia Tena, superiora general de las Franciscanas de la Inmaculada, preguntada por EL PAÍS sobre el caso, incluido ya en el primer dosier de 2021, asegura que entonces a la orden no le fue remitido nada: “No nos ha llegado ninguna notificación”. Si es así, de nuevo queda en entredicho la gestión de las acusaciones de abusos de la Conferencia Episcopal, responsable de remitir a cada orden los casos que le competen.

Otro caso relevante de este sexto dosier es el del carmelita descalzo José Luis Zurita Abril, fallecido en 2021: ya había sido acusado por otras dos personas, en anteriores informes de este diario, en el colegio Virgen del Carmen de Córdoba entre 1971 y 1973. La orden admite el caso, que asegura que conoció a través de EL PAÍS en 2022, según confirma el que era entonces responsable de la orden: “Se puso en marcha la investigación pertinente, resultaron comprobados tres o cuatro casos más”. Por estas razones, como en otros casos, se cita el nombre completo del acusado.

El nuevo testimonio sitúa los abusos en Cádiz, donde el religioso fue trasladado desde Córdoba. Relata cuatro agresiones entre 1987, cuando tenía 12 años, y 1989. “Era prior y párroco en la diócesis, parecía muy amable, cantaba y hablaba muy bien, era un embaucador”, relata un hombre de 51 años que prefiere mantenerse en el anonimato.

“Un día nos citó a un amigo y a mí en el convento de la parroquia de los Carmelitas Descalzos de Cádiz, a la hora de la siesta. Con mucho sigilo nos llevó a la cripta de la iglesia, donde están enterrados los frailes. Allí había un sofá, nos invitó a sentarnos, yo pensé que íbamos a limpiar o a vestir los santos, pero Zurita se desnudó y empezó a besarse con mi amigo, al que ya había citado más veces, sin yo entonces saberlo. Este también se desvistió y se dejó masturbar por el cura. El sacerdote me cogió la mano para que le masturbase, yo retiré la mano porque no tenía ni idea de relaciones sexuales”, narra. Según cuenta, empezó a llorar. Entonces, Zurita se asustó y les ordenó que se marchasen. Luego refiere nuevas agresiones, con violación, durante viajes a un santuario en Granada, a Córdoba y a Guadalupe, en Extremadura. Esta persona nunca contó nada a sus familiares: “No me atrevía. Además, en cuanto nos hacíamos un poquito más grandes, sabíamos que a Zurita dejábamos de interesarle, alrededor de los 16 años nos liberábamos”. Luego el religioso fue trasladado a Málaga.


Otro testimonio contra este clérigo es el de A. E. D. M., uno de los dos de Córdoba: “Me tomó como una especie de alumno predilecto hasta que una noche se metió en mi cama y a partir de ese momento me obligaba a masturbarlo, él me masturbaba a mí”, expresa. Asegura que después también lo violó. Indica que sucedía tanto en el dormitorio del internado como en su cuarto. “Aquello trastocó mi vida. Se repetía semanalmente, un día a la semana, sin saber yo cuándo, sorpresivamente. Vivía con esa ansiedad”, recuerda.

En los maristas vuelven a aparecer en este sexto informe dos religiosos que acumulan numerosas acusaciones, dos de los casos más graves destapados por EL PAÍS. Uno es el de Cesáreo Gabaráin, famoso compositor de canciones de misa, como Tú has venido a la orilla y Juntos como hermanos, que no pertenecía a la orden pero era capellán en sus colegios. El otro es el marista Marino González.


González fue cambiando de colegio durante seis décadas por toda España. Un nuevo testimonio corrobora que en 2011 seguía llevando menores a una casa en su pueblo, Albillos (Burgos), con la excusa de prepararlos para el ingreso en ICADE, donde presumía de tener contactos. Los maristas, consultados por este diario, admiten solo 7 víctimas. En la contabilidad de EL PAÍS constan 17.

Cesáreo Gabaráin acumula también 17 acusaciones, según la contabilidad de este periódico, entre 1959 y 1978, desde que tuvo su primer destino como capellán en la escuela guipuzcoana de Antzuola hasta que fue expulsado del colegio madrileño de Chamberí. El nuevo testimonio es de su primer destino, en Antzuola, en 1969.


Se repiten otros nombres ya acusados con anterioridad, como Victoriano Labiano, alias Vitori, en Logroño. A las tres acusaciones anteriores, se suma un testimonio que relata cómo llevaba chicos a un piso en la calle del Cristo, en el Casco Antiguo de la ciudad. También vuelve a aparecer J. A. R., en el mismo lugar, el seminario menor diocesano de Las Viñas, Teruel, contra quien hay nuevas acusaciones de abusos entre 1971 y 1974. La anterior era de 1967.


En este sexto informe de nuevo hay casos de clérigos que van y vienen del extranjero, con acusaciones de agresión sexual en España y otro país. Es el caso de J. G. Z., un sacerdote cántabro que es acusado en Cuba, en la localidad de Sancti Spíritus, entre 1996 y 1998, y también en Cantabria en los años noventa. Ha seguido activo hasta 2025, cuando fue relevado de toda responsabilidad por razones de edad, afirma la diócesis de Santander, que asegura que no tiene constancia de ninguna denuncia.

Algunas de las personas que han contactado con este diario han sido reparadas económicamente. Es el caso de un varón de 65 años, que prefiere mantener su anonimato. La Compañía de Jesús le ha pagado 13.500 euros por los abusos que denuncia entre 1970 y 1975 en el colegio San Ignacio de Loyola de Las Palmas. “Fue el padre Luis F. Moore, yo tenía 9 años. Acabé un día en su despacho para que me pusiese el termómetro porque me encontraba mal. Iba a meter la mano en mis partes íntimas, pero no llegó a más porque le paré los pies”, explica. A partir de ahí, asegura, se obsesionó con él: “Entraba en las duchas del colegio y nos miraba”. Cuenta que hace poco, en una comida de antiguos alumnos, siete personas más admitieron que sufrieron tocamientos por parte del religioso.

En este sexto informe vuelven a surgir acusaciones en dos colegios de los jesuitas que ya acumulan numerosos casos, revelados por EL PAÍS: el de Santiago Apóstol de Vigo, con 12 religiosos acusados, y el de Sarrià, en Barcelona, con siete.

Focos de pederastia en los colegios jesuitas de Vigo y Barcelona

En el centro catalán son acusados ahora dos hermanos ya señalados anteriormente, el padre Josep Antoni Garí y el hermano Emilio Benedetti, que ya tiene 14 denuncias. Pero aparecen dos nuevos nombres nunca mencionados hasta ahora. Uno es J. A. S., que según el relato de un exalumno fue trasladado a Ecuador tras la protesta del padre de otro menor. A la orden no le consta que una denuncia fuera la razón del traslado, pero confirma que este jesuita permaneció de 1958 a 1968 en el país sudamericano: en Quito, Guayaquil y Portoviejo. También estuvo entre 1972 y 1973 en Inglaterra. El otro es el padre J. A. M. E., acusado por un exalumno entre 1966 y 1967. La Compañía admite que hubo dos quejas sobre él en 2012 en una colonia de verano que organizó en Bolivia, país donde había vivido un año entre 1991 y 1992. Fueron dos chicas que viajaron allí como voluntarias, y a raíz de ello fue apartado del contacto con menores como medida cautelar.

En el colegio de Vigo, el exalumno D. V. V. afirma haber sufrido abusos entre 1969 y 1970 cuando tenía 13 años por parte del hermano I., profesor de química, un nombre desconocido hasta ahora que, según relata, tenía un estudio de fotografía donde cometía los abusos. “En aquella institución todo esto era normal y nosotros, simplemente, unos niños inocentes faltos de cariño”, reflexiona.

Hay ocasiones en las que las víctimas denunciaron, pero chocaron con la prescripción, como en la inmensa mayoría de los casos. Es lo que le ocurrió a una mujer de Asturias que fue a la Guardia Civil en 2016 a acusar al sacerdote J. L. R. F. de abusos sexuales entre 1986 y 1987, cuando ella era menor de edad, según consta en la denuncia a la que ha tenido acceso este diario. Su caso demuestra cómo falla el sistema: si el delito está prescrito, aunque haya denuncia, ninguna autoridad judicial informa a la Iglesia y en este caso el sacerdote en cuestión sigue con su actividad.


J. L. R. F. aparece actualmente en la web del obispado de Oviedo en una parroquia asturiana, nombrado en 2019. Según la denuncia, abusó de la víctima en Villaviciosa en varias ocasiones en el domicilio familiar de esta y en un campamento de verano que organizaba la parroquia en Sabero, León. “Un día estábamos todos viendo una película en el piso de abajo y una compañera vino y me dijo: ‘J. L. quiere que subas’. Tuve que subir, me encerró en su habitación y abusó de mí por primera vez. De una forma brutal: porque yo era una niña de 11 años y no había visto un pene en mi vida. Me silenció, me hizo pasar a ese cuartucho poniéndose un dedo en los labios, diciendo con gestos: ‘esto es un secreto”, relata la víctima. Cree que el presunto abusador tendría unos 30 años.

Preguntada por ello, la diócesis de Oviedo no ha aclarado si este cura actualmente está en activo. Asegura que no tenían conocimiento de los hechos e invita a la víctima a ponerse en contacto con el obispado para poder investigarlo.

PD. EL PAÍS puso en marcha en 2018 una investigación de la pederastia en la Iglesia española y tiene una base de datos actualizada con todos los casos conocidos. Si conoce algún caso que no haya visto la luz, nos puede escribir a: abusos@elpais.es Si es un caso en América Latina, la dirección es: abusosamerica@elpais.es