domingo, 8 de noviembre de 2026

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

CABECERAS

¿SERÁ UN EJEMPLO?


Olivos manchados de sangre
No estaría de más algún mural, pancarta, alguna señal de que la crueldad no puede ser el cimiento de la política, a todos los niveles.
Elvira Lindo, 08.11.2026

Se dice, se comenta por ahí, que no amas tu ciudad o que la odias, si la criticas. En mi caso particular, llevo criticando Madrid, incluso cuando me gustaba el viejo profesor que la pastoreaba, desde que llegué a su periferia a los doce años. Puede que fuera precisamente esa situación periférica la que me dio una visión privilegiada de las carencias urbanas, porque desde los barrios se percibía todo lo que nos faltaba: metro, parques, servicios sociales. A nadie se le pasaba por la cabeza que salir en manifestación fuera un indicativo de falta de amor. La suerte de Madrid es que siempre ha sido una ciudad criticable. Pero existe hoy un neonacionalismo inspirado por sus dirigentes que trata de acallar las voces de quienes pagando sus impuestos aquí se alzan para decir que no quieren una ciudad destinada solo al beneficio económico, políticas que están esquilmando el carácter de esta querida ciudad imperfecta, a la que “no nos une el amor sino el espanto”.

Esta semana apareció en la prensa una imagen que me dejó perpleja: el delegado de urbanismo de Madrid, Borja Carabante, sonreía a cámara mientras plantaba uno de los cuarenta olivos donados por el gobierno de Israel para el parque Princesa Leonor de Valdebebas. Es difícil alcanzar tal grado de ignominia. Mientras en el norte de Cisjordania los colonos israelíes atacan a los agricultores palestinos, los aprensan, amedrentan o matan, mientras incendian sus campos, destruyendo el fruto, en estos momentos de recogida de la aceituna, hay un ayuntamiento que, en aras de estrechar lazos con el gobierno genocida, organiza un acto festivo en el que se plantan los mismos ejemplares que les están siendo arrebatados a quienes los tienen por humilde medio de vida. Habría sido simpático que para completar la performance hubiera unos cuantos encapuchados armados con hondas que amenazaran la plantación de “esta especie emblemática en el paisaje mediterráneo”, según decía la nota municipal. Es lo que andan haciendo ahora, en una de sus más agresivas andanadas: impedir una agricultura que ya estaba allí antes de que los sionistas señalaran esa tierra como suya.

Pocas veces el paisaje es inocente. Aunque pensemos que la naturaleza es tal cual la vemos desde tiempos inmemoriales, se dieron intervenciones políticas que la han configurado. En el caso de Israel, aprendí de la mano de la artista Lucía Gutiérrez Vázquez, en su trabajo El paisaje como dispositivo de poder, que existe un plan ideológico desde los años cuarenta destinado a borrar el cultivo palestino, para que aquella tierra desértica a ojos europeos, aunque se tratara de campo trabajado, estuviera en un futuro ideal poblada de bosques de pinos que se habrían de asemejarse a los parques naturales de la vieja Europa. En base a este plan, el pino ha ido imponiéndose como emblema de la identidad nacional, frente al olivo, que hoy significa para la población palestina de Cisjordania un símbolo de resistencia. Así que no deja de ser curioso que las autoridades israelíes donen a Madrid lo que están destruyendo en Cisjordania. También me pregunto qué alimenta ese acto público aberrante: ¿el desafío, el recochineo, la falta de piedad, la celebración de un racismo mal disimulado?

No sé si alguno de los vecinos de esa zona residencial que es Valdebebas habrán sido conscientes del significado de esta plantación. Plantar árboles siempre es hermoso, menos cuando se los robas al oprimido para destruir su vida, su cultura, su patria. Tal vez esas periferias que le han ido naciendo a las ciudades no posean la conciencia vecinal de aquellas otras en las que me hice adulta. Los olivos no tienen la culpa, al contrario, son también imagen simbólica del campo español, pero no estaría de más algún mural, pancarta, alguna señal de que la crueldad no puede ser el cimiento de la política municipal, o de la exterior. ¿Será un ejemplo de aquello en lo que puede convertirse nuestra política exterior?

SÍ A LA EMPATÍA


Juan Gabriel Vásquez, 08.11.2026

Ya se ha dicho muchas veces: con los resultados del pasado martes comienza el fin de la era Trump. Yo así lo creo y además lo espero, porque esta década de trumpismo no sólo ha destrozado el orden mundial (ese gran cliché) sino que ha degradado a los ciudadanos. A Donald Trump le quedan dos años en los que intentará romper lo que pueda, porque a partir de enero próximo no será solamente lo que en inglés se llama un pato cojo: será un pato cojo resentido, narcisista y sociópata que no tiene ya nada que perder. Luego se irá; y, si los demócratas consiguen recabar un mínimo de sensatez, presentarán un candidato que les permita volver a la Casa Blanca para reparar los destrozos —económicos, políticos, éticos— que Trump deja tras de sí. Pero hay destrozos que no se reparan, o no de inmediato. Trump no solo ha servido de paraguas a los autoritarios y a los plutócratas, no solo ha minado las instituciones con las cuales el mundo intenta ser más vivible, sino que ha normalizado el uso de la crueldad como arma política. Lo que escandalizaba a tantos en 2016 —la burla contra un periodista discapacitado, el menosprecio del sufrimiento de un prisionero de guerra— ya no levanta una ceja. Y ésta es una transformación que no es política, sino moral, y que no se irá a ninguna parte cuando se vaya el nefasto presidente.

Basta ver las razones que se han dado para esto que han llamado el tsunami azul. Hemos visto a Trump gritar que la culpa es de todos menos de él, y hemos visto a J. D. Vance —uno de los cínicos más grotescos de ese gobierno de cínicos— echarle la culpa de todo a la guerra de Irán: esa guerra opcional, caprichosa e irresponsable que encareció la vida para los consumidores norteamericanos. Y todas las encuestas que leo coinciden en que así es: el costo de la vida, que ha aumentado por la guerra y los aranceles absurdos, es la principal razón por la cual los votantes castigaron a los republicanos. En el segundo lugar del memorial de agravios ha aparecido un invitado imprevisto: la corrupción. Al parecer, a los republicanos no les ha parecido del todo aceptable que este presidente y su familia se enriquezcan obscena e ilegalmente mientras ellos, en cambio, tienen enormes problemas para pagarse la gasolina nuestra de todos los días. Pero no soy el primero en señalar que la desvergonzada corrupción de Trump y los suyos no les importó a los republicanos mientras sus propios bolsillos iban bien: mientras la gasolina siguiera costando lo mismo. En este sentido, su indignación era venal; bien lo intuyó Trump, que al final de la campaña prometió 5.000 dólares a cada republicano si las urnas le daban la victoria.

Pero en ninguna encuesta he visto que a los republicanos les haya parecido necesario usar el voto para repudiar un sistema que persigue a los débiles, causa dolor deliberado a las familias vulnerables, asesina a ciudadanos inocentes y luego los calumnia y los escarnece, y en todo momento y con toda política ha tratado de infligir tanto daño como sea posible a los que considera sus enemigos. Esto ha ocurrido a la vista de todos. A la vista de todos, el gobierno puso en marcha su política migratoria de “tolerancia cero”: niños pequeños, a veces de meses de edad, separados de uno de sus padres o de ambos, encerrados en jaulas como animales sin que nadie les explique convenientemente —porque esos niños no hablaban inglés— lo que les estaba ocurriendo. La revista ProPublica contó en 2018 el caso de 99 niños que acabaron en refugios de Chicago, deprimidos, enfermos y traumatizados; ese mismo año, The New York Review of Books publicó una carta colectiva, iniciativa de Alberto Manguel, en que un grupo de escritores quisimos denunciar lo que, en la práctica, eran campos de concentración para niños inmigrantes separados a la fuerza de sus padres. La administración acabó por echar atrás algunas de esas políticas de la crueldad, pero no todas; y en otras, en cambio, redobló los esfuerzos por hacer daño.

Eso ocurría en Texas. En 2022, el gobernador de ese Estado, Greg Abbott, llevó a un centenar de inmigrantes engañados hasta Washington y los dejó extraviados frente a la casa de Kamala Harris: un castigo simbólico para esos liberales despreciables que defendían las ciudades santuario. Era Navidad, era invierno y hacía frío; la crueldad de la situación no era un accidente: la crueldad era el objetivo. En julio de este año, Trump reenvió a sus millones de fanáticos el video de un grupo de niños somalíes de cinco años, cantando canciones somalíes y vistiendo ropa somalí: una imagen que, en opinión del comentarista original, era el ejemplo perfecto de que el país estaba siendo invadido. (“Futuros terroristas”, comentó otro votante MAGA). Otras crueldades son más abstractas o menos visibles para nuestra atención sobrecargada: por ejemplo, los recortes brutales de USAID, que causaron y siguen causando muerte y sufrimiento en todo el mundo, cortesía del infame Departamento de Eficiencia Gubernamental que Trump y los suyos se inventaron hace unos años. No es gratuito que hayan nombrado a Elon Musk para dirigirlo, por supuesto, pues se necesita otro sociópata para implementar correctamente esas políticas de la crueldad.

El daño deliberado a los más vulnerables ha sido siempre parte del manual del trumpismo. Los autócratas son así: no se trata de imponer una visión, sino de imponerla mediante la humillación y el pisoteo, de manera que se pueda hacer énfasis en la superioridad racial, política o económica de los poderosos sobre los que no tienen poder. No tienen que ser niños inmigrantes, ese blanco predilecto del trumpismo: incluso un jefe de Estado como Volodímir Zelenski fue deliberadamente humillado frente a las cámaras, sometido a las burlas de esa gavilla de quinta que rodeaba a Trump y obligado a aguantar el matoneo infantil pero cruel, pues Zelenski se jugaba el apoyo a su país en una guerra desigual contra una potencia agresora. Después de esa escena que a muchos nos dejó los pelos de punta, Trump dijo, en mi traducción aproximada: “Qué buena televisión será esto”. Es que la crueldad no sólo es el objetivo, sino el espectáculo. La crueldad no tiene sentido si no se transmite y se da a conocer; es decir, si no se ostenta, como se ostenta la riqueza.

Me gustaría pensar que los votantes estadounidenses repudiaron esto: la crueldad contra niños inmigrantes, el abuso de posiciones de poder o superioridad, el desprecio del sufrimiento ajeno o los excesos de los encapuchados del ICE, que han asesinado a varios ciudadanos en los últimos meses y luego los han acusado de ser delincuentes, igual que antes asesinaron a Renée Good y a Alex Pretti y los cubrieron de calumnias. Sí, me gustaría pensar que la magnífica derrota republicana del martes responde también a un hartazgo de estas crueldades. Pero no importa: creo que el paso de Trump por el poder ha transformado para siempre lo que el ciudadano está dispuesto a tolerar, e incluso le permitió al ciudadano —incluidos esos ciudadanos que son líderes de extrema derecha en otras partes del mundo— ir más lejos cada vez en el ejercicio de sus propias crueldades. “La empatía es la debilidad fundamental de la civilización occidental”, dijo Elon Musk en una entrevista del año pasado. Había gente en todas partes –también en España, también en Colombia– tomando atenta nota.

Juan Gabriel Vásquez nació en Bogotá, Colombia, en 1973. Es autor de siete novelas, dos libros de cuentos, tres libros de ensayos, una recopilación de escritos políticos y un poemario. Su obra ha recibido múltiples premios, se traduce a 30 lenguas y se publica en 50 países. Es miembro de la Academia colombiana de la Lengua.

TODAVÍA ES POSIBLE




SOBRE LA DEPRESIÓN


La lagartija de oro
No sabemos cuál es el punto de apoyo que nos permite saltar por encima de la depresión.
Manuel Vicent, 08.11.2026
https://elpais.com/opinion/2026-11-08/la-lagartija-de-oro.html

De pie frente a un muro insalvable se hallaba un hombre sumido en una fuerte depresión. Pasaba desolado los días interminables sin hallar una salida. El médico le recomendó que tomara ciertas pastillas. Por lo demás añadió que bastaba con subirse a una silla y ante sus ojos aparecería por encima del muro un paisaje lleno de colores alegres. La depresión le llevaba a creer que esa silla no existía y en el caso de que existiera el esfuerzo que debía realizar para subirse a ella le parecía fuera de su alcance. Un amigo le ofreció otra solución. Es posible que hallara su salvación si conseguía encontrar en su pasado un momento de felicidad donde apoyar la palanca para saltar el muro con una pértiga imaginaria. Tampoco creía que ese punto de apoyo existiera. Su mundo ya había pasado.

De pronto vio a una lagartija que cruzaba por el muro. Era igual que aquella que asomaba la cabeza por la grieta de unas ruinas de Creta. Recordó aquel viaje. Era joven, se sentía pletórico y feliz paseando por un atrio donde se encontró con la escultura derribada de un dios sobre un lecho de espliego y de jaras amarillas que llenaban el aire de un aroma muy fuerte. Tal vez era Apolo, el dios de la armonía y de la belleza. Tenía la nariz y los genitales rotos. La lagartija comenzó a trepar por el muro hasta llegar a lo más alto. Desde el fondo de la depresión el hombre siguió su ascensión con la mirada hasta que vio que se perdía al otro lado del muro. Pensó que si eso podía hacerlo una lagartija también él podría intentarlo. Decidió apoyar la palanca en la escultura de aquel dios con la nariz y los genitales rotos y con una energía interior recobrada dio un salto de pértiga. De pronto sonó el vals de un acordeón, al otro lado del muro apareció aquella bahía azul bajo un sol esplendoroso que guardaba en la memoria y en una terraza se estaba celebrando una gran fiesta; la gente bebía, cantaba y hacía chocar las jarras de cerveza. Una simple lagartija le ayudó a saltar el muro que no existía.

RUEGA POR NOSOTRAS (Y NOSOTROS)


Que rueguen por nosotras en las elecciones
La desigualdad entre hombres y mujeres provoca injusticias de las que no se habla porque no se conocen. La última película de Daniel Monzón pone el foco sobre una de ellas.
Inma Carretero, 08.11.2026

El doctor Guillermo Antiñolo cuenta en La revolución del genoma femenino que las mujeres reciben diagnósticos tardíos o incorrectos, se les realizan menos pruebas y se les administran con menor frecuencia algunos tratamientos porque la ciencia está construida sobre datos mayoritariamente masculinos. El Gobierno ha impulsado en esta legislatura un plan para triplicar la investigación en salud femenina que intenta corregir una deuda que se reproduce en muchos ámbitos, pero que es especialmente grave en el de la ciencia: revela que salvar vidas femeninas ha sido menos importante que salvar a los hombres.

Recordaba las conclusiones de Antiñolo viendo la última película de Daniel Monzón, que se ha estrenado en cines este fin de semana y que pone en la agenda pública el atropello de los derechos de niñas y adolescentes que fueron totalmente olvidadas por la democracia española durante demasiados años. De nuevo, las mujeres importaron menos a la hora de deshacer los desmanes de la dictadura. Ruega por nosotras lleva a la gran pantalla las prácticas del Patronato de Protección a la Mujer, una institución franquista que funcionó desde 1941 hasta 1985. Ni los hacedores de la Transición ni Felipe González en los primeros años de su mandato se acordaron de esas chicas encarceladas en reformatorios sin haber cometido ningún delito ni haber tenido juicio, sometidas a vejaciones y humillantes controles de virginidad, explotadas en trabajos no remunerados y oprimidas por congregaciones religiosas para enderezarlas y “sacarlas del vicio”.

Desaparecieron esos centros a mediados de los ochenta, pero ellas arrastraron el estigma y cayeron en el olvido. No ha sido hasta este año cuando han empezado a recibir la reparación pendiente. El Boletín Oficial del Estado oficializó la declaración del Patronato de Protección a la Mujer como Lugar de Memoria Democrática dentro de un proceso de reconocimiento institucional a las afectadas en el que el ministro Félix Bolaños, en marzo pasado, les pidió perdón en nombre del Estado. Unas semanas antes, la Comisión de Igualdad del Congreso había recibido a supervivientes e investigadoras para escuchar sus testimonios, entre ellos el de Consuelo García del Cid, autora del libro en el que se inspira la película. Pero, pese a todo esto, se trata de un asunto ignorado por el gran público.

No hay reparación sin reconocimiento social de lo ocurrido. El proyecto ha salido adelante gracias al empeño de una mujer de otra generación posterior, la productora catalana Sandra Tapia, empeñada en denunciar este rincón vergonzoso de nuestra historia. Su compromiso ha sido otro ejemplo más de sororidad intergeneracional: ha trabajado con víctimas de diferentes asociaciones, una de ellas Contra l’Oblit (contra el olvido), una red de apoyo e investigación que, casualidad de la vida, fue fundada por su profesora de primaria para ayudar a una amiga encerrada en su juventud.

Se estrena Ruega por nosotras en la cuenta atrás de unas elecciones en las que la agenda feminista no está en el centro del debate, a pesar de que se asume con total naturalidad que, si las cuentas salen, por primera vez la ultraderecha formará parte de la coalición del Gobierno en España. La ultraderecha de Vox, que niega la violencia machista, que tilda de “ideología de género” la lucha por la igualdad y que, en Castilla y León, ya ha conseguido con la connivencia del PP supeditar las ayudas públicas a la creación audiovisual a que no haya contenido “ideológico”.

El cine ha tardado demasiado tiempo en fijarse en personajes como Ana, Sole o Pilar, víctimas del patronato, y sigue quedando mucho para que los ensayos clínicos se hagan con datos equiparables de hombres y mujeres. Siguen quedando, en definitiva, muchos rincones oscuros en los que poner luz. Denunciamos el asesinato de mujeres, el machismo nuestro de cada día y las grandes brechas de género que reflejan las cifras oficiales, pero hay injusticias provocadas por la desigualdad de las que no hablamos porque ni siquiera se conocen. Que alguien ruegue por nosotras para que se visibilicen en la campaña electoral que empieza oficialmente esta semana sin que parezca que estas cosas importan.

Inma Carretero es redactora jefa de España de EL PAÍS desde abril de 2024. Nacida en Cumbres Mayores (Huelva), es licenciada en Periodismo (1999) y Ciencias Políticas (2012). Antes estuvo en la Cadena SER, donde fue jefa de Nacional. Se ha dedicado a la información política y parlamentaria desde el inicio de su carrera.

RAMPANTES


Repudio de la autocracia y del poder del dinero
El revés republicano en las urnas tiene consecuencias para Putin, Netanyahu y las extremas derechas europeas, además de cuestionar el poder de los multimillonarios tecnológicos.
Lluís Bassets, 08.11.2026

El tsunami azul no va a dejar playa sin barrer. De poco sirvieron el torrente de dinero volcado en las campañas de los candidatos trumpistas, ni las manipulaciones de los reglamentos electorales, ni las trampas legales o las demandas judiciales preparadas por la Casa Blanca para dificultar y restringir la participación y el voto demócrata. El sufragio popular ha arrollado con todo, hasta el punto de que Donald Trump, jamás dispuesto a admitir una derrota, no ha tenido más remedio que aceptar los resultados, sin recusarlos con infundadas acusaciones de fraude, y solo ha rechistado para echar sobre otros las enormes responsabilidades personales que tiene en el repudio a su presidencia por parte de sus conciudadanos.

La ola es larga y llegará muy lejos. La globalización, aún infeliz y destructiva, sigue funcionando. Las elecciones de mitad de mandato repercuten en cualquier costa del mundo y sobre las enteras relaciones internacionales. Hay ganadores y perdedores en todas partes. Algo pierden Putin y Netanyahu. Algo ganan Europa, Canadá y los países de la gran alianza liberal. Ya pueden mirar hacia otro lado Meloni, Le Pen, Weidel o Abascal, pero es un revés para las extremas derechas rampantes, ese arrogante etnonacionalismo que pretende hacerse con el poder en Europa.

La paradoja de la nueva correlación de fuerzas es el lugar donde reside el poder restante del presidente desautorizado, que es mucho y temible, tratándose de alguien tan errático e imprevisible. En el escenario internacional es donde seguirá exhibiendo sus andrajosos galones de comandante en jefe y líder del mundo libre y también donde es capaz de hacer cualquier cosa, aunque vaya contra los intereses de su partido y su país, como ya ha hecho tantas veces, y en concreto en la derrota autoinfligida de estas elecciones. De sus disparates nace el escorpión que le ha matado: el precio disparado del petróleo y la capacidad adquisitiva disminuida, fruto de sus inflacionarios aranceles universales y de la guerra contra Irán.

Las cuentas del revés internacional sufrido por Trump no cargan tan solo sobre partidos y gobiernos afines. Entre los perdedores se halla la élite de multimillonarios tecnológicos que le auparon en su segunda presidencia y financiaron sus campañas. Habla por sí sola la caída sufrida por las cotizaciones de las acciones del sector de la inteligencia artificial, como efecto del rechazo de los ciudadanos, tanto republicanos como demócratas, a la construcción de unos centros de datos que succionan grandes cantidades de energía y de agua, no crean puestos de trabajo y atraen grandes inversiones.

Nadie como Elon Musk, el hombre más rico del mundo, ejemplifica el papel de la oligarquía tecnológica que está instrumentalizando al extremismo populista y a su excéntrico caudillo para defender sus intereses. Nadie se ha comprometido tanto en la segunda presidencia trumpista, primero en su campaña electoral, luego con su pasajera y estrafalaria entrada en el Gobierno para despedir funcionarios y cerrar departamentos, finalmente con su aportación insólita de casi 500 millones de dólares a la propaganda electoral, la mitad solo para Texas, el Estado al que ha trasladado su sede. Nadie representa tan bien el poder estratégico del dinero por encima de los gobiernos gracias a su capacidad financiera, sus redes satelitales o sus plataformas digitales, hasta el punto de tener en su mano el desenlace de una batalla o quizás de una guerra, como se ha visto en Ucrania.

El voto de repudio es interior, en Estados Unidos contra la deriva autocrática y contra los multimillonarios, pero su dimensión también es exterior. Putin ha perdido en Washington una batalla crucial en su ofensiva para recuperar la hegemonía perdida sobre Europa al final de la Guerra Fría. Desprestigiado, debilitado y vigilado por el Congreso, Trump tendrá menos márgenes para cerrar el acuerdo de paz con Ucrania que a ambos les conviene. Las elecciones de medio mandato tampoco le han ido bien a Netanyahu, que puede darse por reprobado por los votantes estadounidenses cansados del apoyo incondicional a Israel, tras haberlo sido por los de su país. Si alguien saca algún beneficio en Oriente Próximo, es la dictadura iraní, ahora en mejores condiciones para negociar un acuerdo de paz o seguir resistiendo al asedio militar israelí y estadounidense.

Trump deberá desplegar todos sus recursos internacionales para compensar la pérdida de poder y desviar la atención ante las dificultades que surgirán de la mayoría demócrata. Ahora le interesa obtener la fotografía con Putin y Xi Jinping en la cumbre que ha imaginado para repartirse el mundo bajo su batuta, como si fuera una nueva conferencia de Yalta donde Rusia se reintegrara a la economía global. Nada sería mejor para todos que ocupara los dos años que le quedan en la solemnidad de vacías cumbres internacionales y en la pomposa inauguración de los bodrios arquitectónicos del Washington trumpista, su más visible e impresentable legado.

Lluís Bassets escribe Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

TODOS IDIOTAS, SEGÚN PARECE(MOS)


Veo en primera página de la edición de EL PAÍS de hoy domingo una entrevista a Feijóo bajo este grandilocuente titular: Alberto Núñez Feijóo: "Hacer una coalición de Gobierno con Vox no depende de mí". 
antes que nada, por supuesto que no depende de ti, ahora, pues no han sido las elecciones generales y tú pintas ahora más bien poco. No han sido las elecciones y, por tanto, no eres Presidente hasta que no hayan pasado y tú seas quien logre formar gobierno según las leyes electorales españolas. Mientras, oposición y punto.
Pero, si llegara el caso y salieras vencedor en las elecciones del 29-N, que por cierto están a la vuelta de la esquina, ¿cómo te atreves a decir que una coalición con Vox no depende de ti? ¿Y de quién entonces?  ¿De Ayuso tal vez? ¿De Puigdemont? ¿Del derrotado PSOE? ¿De los periódicos del régimen?
Mi teoría es que este hombre no s para más, sumado esto a que debe pensar que los españolitos somos todos imbéciles. A saber...
Ni que decir tiene que no fui capaz de leer el artículo.

PD. Por cierto, qué pena lo de Broncano, plegándose a las exigencias fascistoides de Abascal...

sábado, 7 de noviembre de 2026

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HUMOR, REMEDIO INFALIBLE





NO HAY CAMINO PARA LA PAZ, LA PAZ ES EL CAMINO


Yabarín, líder de la principal lista árabe de Israel: “Al apoyar a Eisenkot, hemos elegido lo menos malo”
El dirigente ve prioritario colaborar con el bloque judío de oposición para reemplazar a Netanyahu, pese a las diferencias ideológicas. El jefe de Estado encargará previsiblemente este domingo formar Gobierno al principal líder opositor.
Antonio Pita, 07.11.2026

Yusef Yabarín (Um El Fahem, Israel, 56 años) recibe abrazos y besos en un salón de bodas con mesas redondas y equipo de sonido. Parece el padre del novio, pero no hay ceremonia. Son simplemente cientos de palestinos con ciudadanía israelí que acuden este viernes a felicitarlo por los 11 escaños (de los 120 del Parlamento) que la lista electoral que lidera obtuvo la semana pasada en las urnas, dándole un papel clave para desbancar del poder a Benjamín Netanyahu. Es lo que intentará el principal líder opositor, Gadi Eisenkot, a partir de este domingo, cuando previsiblemente reciba el encargo del presidente, Isaac Herzog, por contar con más de la mitad de los apoyos. Entre ellos los de la candidatura de Yabarín.

Se llama Lista Conjunta, coaliga a tres partidos y fue la más votada de las dos que representan a los palestinos con nacionalidad israelí, dos millones de descendientes de quienes no huyeron o fueron expulsados hace décadas (1947-1949).

Han pasado los últimos cuatro años más discriminados, perseguidos y colectivamente criminalizados, bajo la coalición más extremista de Netanyahu. Por eso, cuando llegaron las elecciones, acudieron a votar como nunca, logrando un resultado histórico: 19 escaños en total. Y, también por eso, cuando Yabarín acudió este jueves —con el poder que da un 9% de los asientos en la Kneset— a la residencia del jefe del Estado, Isaac Herzog, en Jerusalén, puso la “prioridad” (sacar a Netanyahu del poder) por encima de las diferencias ideológicas con la derecha en la oposición. En vez de abstenerse, como apuntaba inicialmente, recomendó a Eisenkot.

El presidente de Israel, Isaac Herzog, (al fondo de la mesa) recibe a los representantes de la Lista Conjunta en el marco de las consultas para decidir a quién encarga formar Gobierno, este jueves en Jerusalén. Yigal Slavin

“Estamos eligiendo lo menos malo”, admite Yabarín. “Eisenkot es el único candidato alternativo y queríamos asegurar que contase con una mayoría amplia y clara. Era un mensaje al presidente [...] con el objetivo claro de impedir que diese el mandato a Netanyahu. Es el inicio de un camino para derrocarlo”, explica en una entrevista con este periódico antes del acto de celebración. El evento tiene lugar en Arara, una de las mayores localidades de Wadi Ara, un valle eminentemente árabe en el norte de Israel. La elección no es casual: la Lista Conjunta rozó aquí el 80% de votos. Otro 17,3% fue a la otra candidatura árabe, la más conservadora Ra’am, con ocho importantes diputados gracias a su fuerza entre los beduinos del sur. El Likud de Netanyahu recibió 24 votos, un 0,2%.

Netanyahu, mientras, sigue azuzando la teoría de que las listas árabes “robaron” las elecciones, apoyado en una investigación a la que el Comité Electoral ha quitado suficiente entidad como para modificar el resultado. Yabarín ve la maniobra de alguien que “busca privar de legitimidad al poder político árabe” porque “se niega a aceptar el resultado” electoral, que le ha dejado sin mayoría de Gobierno. “Sabe que el camino hacia su destitución es la cooperación entre judíos y árabes. Y eso es lo que teme”.
“No somos ingenuos”

Yabarín solo lidera la Lista Conjunta desde mayo. Antes fue diputado, por la misma candidatura y por Hadash, uno de los partidos que la conforman. De inspiración socialista, pone más énfasis en una alianza entre iguales con la mayoría judía, de la que proviene uno de sus diputados y recibe miles de votos. Yabarín se licenció en Derecho por la Universidad Hebrea de Jerusalén y se doctoró por la de Georgetown, en Estados Unidos. Luego, dio clases en universidades de ambos países, hasta centrar sus energías en ONG de derechos humanos y en Dirasat, el centro legal y de análisis que cofundó en Nazaret, la mayor ciudad árabe de Israel, para promover la igualdad entre las poblaciones judía y palestina del país.

Ahora, como líder de la lista árabe más influyente, afronta un equilibrio delicado. Los partidos judíos de oposición que aspiran a reemplazar a Netanyahu son principalmente de derechas y contrarios a un punto clave del programa de la Lista Conjunta: el fin de la ocupación militar israelí y la creación de un Estado palestino. “No somos ingenuos. En la oposición no escuchamos voces claras ni en contra de la discriminación ni del racismo. Tampoco que hablen de paz con el pueblo palestino”, reconoce. “Pero”, se apresura a aclarar, “lo primordial ahora mismo es que el Gobierno de Netanyahu no continúe. Y esperar que el nuevo cambie las políticas”.

Para ello, apuesta por un no —a ingresar en la futura coalición— y un sí: a sostener desde fuera con sus diputados un Ejecutivo en minoría, para que Netanyahu y sus socios no puedan tumbarlo. Lo llama “bloque de bloqueo”: 11 escaños dedicados a “permitir el cambio en Israel”.

Entrar en la coalición, en cambio, supondría participar en decisiones como “preservar la ocupación” de los territorios palestinos ocupados o destinar fondos o tropas a los asentamientos en Cisjordania. “Y nosotros no podemos ser parte de eso”, dice. ”Nuestro mensaje es muy claro: no hay solución militar. Más guerra y más guerra y más guerra solo perpetúan la ocupación y el conflicto”, resume.

Una simpatizante de la Lista Conjunta se hace un selfi con su líder, Yusef Yabarín, durante un evento de celebración de los resultados electorales en la localidad árabe de Arara, en el norte de Israel, este viernes. Antonio PIta

La Lista Conjunta incumple, en cualquier caso, al menos una de las cuatro condiciones que otro líder opositor, Eisenkot, puso ya en campaña: denominar a Hamás organización terrorista. Desde entonces, tanto los periodistas israelíes como el propio presidente han presionado a los líderes de las listas palestinas a hacerlo. Sin éxito.

A Yabarín le irrita el tema y siente un doble rasero: a él lo interrogan todo el tiempo por ello, pero no a los políticos judíos que defienden crímenes de guerra o usan lenguaje genocida, con afirmaciones sobre la ausencia de inocentes en Gaza. “Tenemos unos valores y una posición moral muy clara. Y no necesitamos que nadie nos dé lecciones morales. Estamos en contra del daño a civiles inocentes. Condenamos el ataque [por Hamás] a civiles inocentes el 7 de octubre de 2023. Lo dijimos explícitamente ese mismo día. Y también que no puede servir como justificación de todos los crímenes cometidos en Gaza”.

Yabarín recuerda un precedente del que se habla mucho estos días. En 1992, Isaac Rabin tenía solo 56 diputados. Por primera vez en la historia del país, cinco árabes le garantizaron desde fuera la mayoría mínima (61) para resistir a la derecha. Gracias a ello, firmó los Acuerdos de Oslo con el líder palestino, Yasir Arafat. Luego, un ultranacionalista radical israelí lo asesinó por ello.

Es, dice, un ejemplo histórico de la “oportunidad” que se abre. De que un eventual Ejecutivo liderado por Eisenkot cambie sus puntos de vista y “tome una nueva dirección”, en pro de “un horizonte político” para los palestinos. Es, subraya, cuestión de “valentía”. “Sabemos que no sucederá en semanas o meses, pero se trata al menos de iniciar un camino de cambio en la dirección correcta, porque el Gobierno de Netanyahu ha sido destructivo para toda la región”, agrega.

La idea del apoyo externo choca de momento con los deseos de uno de los partidos de oposición, el derechista Israel Beitenu. Su líder, Avigdor Lieberman, ha reiterado este viernes su negativa no ya solo a un Gobierno judeo-árabe, sino también a que el bloque judío de oposición (su partido, el de Eisenkot, Beyahad y Los Demócratas) gobierne en minoría “dependiendo” de las listas palestinas.

BASURA


Apocalipsis zombi en la campaña electoral
Si el PSOE nos puede dar un cursillo cutre en materia de cloacas, la derecha nos puede dar un máster entero.
Berna González Harbour, 07.11.2026

Los helicópteros tableteaban el viernes con tanto empecinamiento en el cielo de Madrid que la ciudad parecía un escenario de Apocalypse Now. Estábamos en Ópera grabando una entrevista con Isabel Coixet y el ruido nos cegaba tantas veces la conversación que la cineasta bromeó: “¡Imagino que están bajando a Milei y su motosierra con un cable!” La Cumbre Iberoamericana se celebraba muy cerca y el denso control policial pesaba en una atmósfera en la que todo es tan vertiginoso que ya nada nos sorprende. Mientras se acrecentaban las sirenas y el batir de las aspas, decenas de vuelos estaban afectados en Europa por amenazas de bomba y nos aterraba saber que los bancos de sangre también son víctimas de ciberataques. Más la ristra de protestas en Madrid y Francia.

“En 2026 nos cuesta respirar”, aseguró esta semana el estupendo escritor Gonçalo Tavares al recibir el premio Formentor. “Las noticias circulan a algunos metros del suelo y la cantidad de oxígeno disminuye”.

Y es muy cierto. Al igual que esos helicópteros sobre Madrid, las noticias están circulando a algunos metros del suelo como aspas forradas de cuchillas. La campaña intenta renacer estos días tras la catástrofe ferroviaria, pero está sobrepasada por acontecimientos que nada tienen que ver con los programas electorales. Enternece el esfuerzo del PSOE por simular que la dimisión de Óscar Puente abre una nueva página. Más allá de Ceutas y trenes, los nuevos registros de la UCO por el caso Koldo y Ábalos nos recuerdan la basura acumulada. El pago de 240.000 euros a la defensa de Koldo por parte de un periódico digital de derechas nos recuerda que, si el PSOE nos puede dar un cursillo bastante cutre en materia de cloacas, el PP nos puede dar un máster entero.

Las noticias vuelan como esos helicópteros y aún no conocemos el guion de lo que ocurrirá antes de que votemos. Como recuerda Kiko Llaneras en su nuevo podcast de análisis electoral, la ventana de atención es cada vez más corta y lo que antes duraba días se esfuma en segundos. Quién sabe si el 29-N ya no estaremos pensando en trenes, sino solo en el miedo que nos da todo lo que va a seguir ocurriendo en esta era acelerada y loca.

“Las noticias vienen con monóxido de carbono; están hechas para hacer toser a los humanos, para asfixiarlos, para pedir ayuda”, siguió Tavares en las luminosas Conversaciones Literarias celebradas esta semana en Formentor. “Y no hay nada más peligroso que una inmensa multitud asustada”. Pues eso. Que de Apocalypse Now estamos pasando a una nueva entrega del apocalipsis zombi.

SATORI, NO TODO ESTÁ PERDIDO


En un campo de almendros
Gracias a la crónica de Jiménez Barca veo ese campo de Toledo bajo el sol otoñal, los árboles entre los que se esparcen las chatarras del accidente, las personas sumidas en la irrealidad y el dolor.
Antonio Muñoz Molina, 07.11.2026

Un niño tiene desde muy pronto una percepción plástica del mundo, pero se tarda más en adquirir una plena conciencia estética: la sensación de estar contemplando algo que en sí mismo es bello y memorable, con independencia de cualquier utilidad o significado ulterior. Se abren de pronto los ojos y se ve plenamente lo que hay delante de ellos, en toda su complejidad y su riqueza, o en una sencillez que hasta entonces no se supo apreciar. La idea zen de la iluminación repentina, el satori, no alude a una visión mística o cegadora, sino a la simple constatación de lo que existe en un momento dado: sin niebla, sin ideas preconcebidas, sin la fatigosa intromisión de borboteos mentales y fantasías egocéntricas que suele calificarse de vida interior. El haiku, la fotografía, el boceto, son el ejemplo y el fruto de esa instantaneidad.

Me acuerdo de la primera vez que tuve conciencia estética de algo. Un día de principios de noviembre, no el de Todos los Santos, a los 15 años, fui al cementerio de Úbeda con un amigo que compartía mis aficiones literarias. Íbamos por el camino, a las afueras de la ciudad, una mañana limpia y fría de sol, con hileras de árboles amarillos y campos recién arados; laderas azuladas ondulaban al fondo de un horizonte de olivares. Esos paisajes y esos mismos colores yo llevaba viéndolos desde que abrí los ojos; eran el escenario constante de mi vida. Y sin embargo, esa mañana, en ese momento, los vi por primera vez de verdad. Pensé que era una primavera de noviembre.

Es una cita que celebro cada año, aunque cada vez haga menos frío y mi primavera de noviembre se parezca cada vez más a un veranillo de San Miguel retrasado. Voy por un camino apurando el oro del último sol en estas tardes abreviadas y el aire, al enfriarse, huele más tersamente aún a hojas caídas y a manzanas; o salgo a media mañana, y entro con alivio en una zona de sol después de un tramo de sombra fría: es el sol que en otros tiempos calentaba a los abuelos, que se apoyaban en las paredes mejor orientadas para recibirlo, salvándolos de la humedad de sus casas sin calefacción. Digo para mí mismo: “primavera de noviembre”. Y aunque por edad estoy más cerca de aquellos abuelos sesteando al sol, con quien me identifico quiméricamente es con el chaval que los miraba entonces como si pertenecieran a otra especie arcaica. En aquella riqueza de los oros variados de noviembre me sentía enardecido por una felicidad sin explicación, en la que parecía que estuviera contenida toda la promesa de un porvenir intacto, un gran regalo sin abrir.

A lo largo de mi vida he reconocido la luz de las primaveras de noviembre en lugares inusitados. Hace justo diez años la disfruté con particular intensidad porque sabía que muy probablemente era la última vez que la veía en Nueva York, ciudad de los otoños más lujosos que existen. Era un archivero y un coleccionista de hojas de árboles caídas por el suelo, en las veredas de los parques, arrastradas por millones en la corriente del río Hudson, que las traían de los bosques de Canadá y del norte del estado. Salía de mi casa con un libro en el abrigo con el simple propósito de guardar en él las hojas que me parecieran más perfectas, sin mordeduras ni manchas de parásitos, de colores más fuertes, los rojos y los amarillos de los arces, los ocres de cuero usado de los robles. Guardar una hoja en un libro era como dejar apresada en sus páginas esa luz que yo veía relumbrar y extinguirse tan despacio como una brasa en el edificio orientado al oeste que veía desde mi ventana.

A los nobles colores cálidos de aquel noviembre de 2016 se superpuso infecciosamente el amarillo anaranjado y sintético del tupé de Donald Trump, el bronceado artificial de una máscara de ojos y boca pequeños y malvados, más crueles todavía por la jactancia ávida de la codicia y el dinero. Teniendo a dónde volver, no había necesidad alguna de seguir habitando en el reino grotesco de aquel aspirante a sátrapa. Recuerdo el estupor de los amigos neoyorquinos con los que compartíamos la cena en la noche electoral. Se avergonzaban de su país delante de nosotros. A la mañana siguiente había quedado con un amigo pintor en una galería de arte, en una de esas calles de Chelsea que desembocan en un horizonte portuario y marítimo. Los cuadros de Mark Rothko se reflejaban en el suelo de cemento muy pulido como en la superficie lisa de un estanque, despojados de sustancia física, de peso, puras franjas de color. En la calle, en la atmósfera limpiada por el viento del mar, resplandecía como nunca mi primavera de noviembre.

¿Y si la conciencia estética no fuera más que nada un engaño voluntario, una especie de opiáceo moral? En este periódico, al día siguiente de la nueva mortandad ferroviaria, Antonio Jiménez Barca, que iba en uno de los trenes, expresa con un formidable instinto literario la dificultad de la mente humana para dar una forma inteligible a la experiencia del caos. Ve un vagón que ha perdido el techo, como si se lo hubieran arrancado, y ve a un viajero que continúa en su asiento, a la intemperie, inmóvil, bañado en sangre, ileso, la cara vuelta hacia donde un poco antes habría una ventanilla. Lo que hay ahora es un campo de almendros. Entre esos almendros camina Jiménez Barca, hacia un desconocido. “Vi un hombre solo, de pie, en medio de una hilera de almendros, llorando”. Los dos se abrazan, con la fraternidad inmediata de la desgracia. El hombre dice llorando que podría haber muerto y no ver nunca más a sus tres hijos pequeños.

Lo real siempre es específico. El almendro es un frutal de secano que se cosecha bien avanzado el otoño. Su forma es tan austera como su fruto. En un campo de almendros la silueta del árbol se recorta con mucha precisión contra la tierra árida y la maleza seca del pasado verano, contra el cielo limpio de octubre y noviembre. Largas sequías llevan muchos años diezmando los campos de almendros. Escribir es contar y es enseñar a ver. Después de leer la crónica de Antonio Jiménez Barca veo gracias a él lo que de otro modo no habría visto, ese campo de Toledo bajo el sol otoñal, las hileras de almendros entre las que se esparcen las chatarras bárbaras del accidente, los equipajes disparados como proyectiles, las personas sumidas en la irrealidad y el dolor; y también el modo en que se ayudan unos a otros, se apoyan en un hombro más fuerte para no desfallecer, se dejan vendar y cuidar. La misma dignidad, la misma extraña alianza entre la fragilidad y la fortaleza, se ven en los supervivientes, en los médicos, en los guardias civiles, en los voluntarios llegados del pueblo para ayudar en lo que puedan. Fijarse en todo es de una importancia suprema; intentar que en las palabras que cuentan haya un grado de precisión semejante al que permite a un forense establecer la identidad genética de un muerto sin nombre. Es importante imaginar bien esa figura del viajero que se ha quedado en el asiento de un vagón descarrilado. A Jiménez Barca le hacen una cura en un hospital y cuando va al café se encuentra con el hombre al que vio en el campo de almendros. Los dos sonríen, se abrazan largamente sin decir nada. Sobran las palabras. El mundo es lo que es, pero el abrazo silencioso entre dos desconocidos es un antídoto y también un argumento contra la vileza política de quienes no tienen el menor escrúpulo en alimentar con cadáveres y mentiras el odio que necesitan sembrar para vencer. Yo no veré la primavera de noviembre en Nueva York, pero sí puedo celebrar la alegría de quienes han sabido rebelarse eficazmente contra la omnipotencia arrasadora del dinero. No todo está perdido. No es trivial la belleza de ese campo soleado de almendros.

IGNORANCIA. BUENO, O MASOQUISMO


Cómo acabar de una vez por todas con la nostalgia del franquismo
Las madres de los supuestos nostálgicos ni siquiera podrían abrir una cuenta corriente sin permiso del marido.
Javier Cercas, 07.11.2026

Dicen que el franquismo está de moda entre los jóvenes. El año pasado por estas fechas, en el 50º aniversario de la muerte de Franco, numerosos estudios parecían confirmar el fenómeno. Según una encuesta del CIS, el 19% de los jóvenes consideraba que los años del franquismo fueron “buenos o muy buenos”; un 17,4% de encuestados de la misma edad juzgaba que la democracia actual es “peor o mucho peor” que la dictadura. Por su parte, en Generación 15-M Ignacio Urquizu detecta una “pulsión autoritaria” entre los jóvenes, y un estudio de SocioMétrica mostraba que, entre los menores de 35 años, se daba un empate técnico entre favorables y contrarios al franquismo. ¿Reflejan estos datos la realidad? Si es así, ¿cómo explicar esa nostalgia de la dictadura?

Hace tiempo le oí contar la anécdota a Gay Mercader, pionero promotor del rock and roll en España. Debió de ocurrir tras el primer concierto de los Rolling Stones en nuestro país, el 11 de julio de 1976, cuando Franco ya estaba muerto pero el franquismo aún seguía muy vivo. Mercader acompañó a Mick Jagger y Keith Richards a su hotel de Barcelona, de vuelta del concierto en la Monumental. Dos admiradoras iban con ellos, y ya se disponían a subir los cuatro a las habitaciones cuando un conserje los detuvo; Jagger y Richards no entendían qué trataba de decirles, hasta que Mercader se lo aclaró: el buen hombre aseguraba que, si las dos parejas no le mostraban el libro de familia, probando así que estaban casadas y bien casadas, no podía permitirles el paso… Yo no sé qué hubiera dado por ver la cara que en aquel momento pusieron los dos músicos; tampoco sé cómo acabó el incidente: solo espero que las dos parejas se las arreglaran para esquivar al conserje y pasar una noche fantástica. Lo que sí sé es que, en su versión más benigna, eso es lo que fue el franquismo. ¿La mitad de los jóvenes españoles quieren vivirlo? ¿Seguro? En realidad, hay una herramienta infalible para acabar de una vez por todas con la nostalgia del franquismo: la máquina del tiempo. Como no es cuestión de incurrir en prácticas sádicas, yo no trasladaría a los defensores de la dictadura o los aquejados por una pulsión autoritaria al franquismo fascista de los años cuarenta, con sus fusilamientos cotidianos, sus campos de concentración, su hambre insondable, su penuria generalizada y su autarquía a cal y canto; a decir verdad, bastaría con mandarlos a los años sesenta o primeros setenta, cuando España era una mezcla de convento y cuartel donde regía algo casi peor que el fascismo: un engendro del demonio llamado nacionalcatolicismo (en el cual las madres de los supuestos nostálgicos, por ejemplo, ni siquiera podrían abrir una cuenta corriente sin permiso del marido). Con eso sería suficiente: luego ya solo quedaría esperar hasta que, al cabo no de días sino de horas o minutos, los viajeros en el tiempo imploraran de rodillas y sollozando que acabáramos con el experimento y los devolviéramos cuanto antes al aborrecido presente. Lástima que no dispongamos todavía de una máquina del tiempo, dirán ustedes; así es: porque, mientras la inventan, solo podemos sustituirla contándoles a los jóvenes en la escuela y donde haga falta, con hechos y datos, sin moralinas, regañinas ni simplificaciones, lo que fue de verdad el franquismo (y, de paso, por qué la peor democracia es mejor que la mejor dictadura). Ese es el primer motivo que suele alegarse para explicar la presunta nostalgia de aquel régimen entre los jóvenes: la ignorancia de lo que fue. Otro es la ola autoritaria que nos invade. Ambos me parecen válidos, pero hay un tercero que no suele mencionarse, y que yo no descartaría. ¿Por qué los jóvenes sienten o dicen sentir nostalgia del franquismo? Pues por lo mismo que nosotros decíamos a su edad idioteces parecidas: para fastidiar a sus mayores, para plantarles cara e insubordinarse contra ellos; en suma: para joderlos. Sobra añadir que, idioteces aparte, es un motivo perfectamente legítimo.

¿Nostalgia del franquismo entre los jóvenes? Si de verdad la hay, la culpa es nuestra.

EDWARD A. MURPHY JR.

La Ley de Murphy es una de esas no escritas, como las de la Mafia, que siempre terminan demostrándose, y no precisamente como la excepción sino todo lo contrario.
A punto de terminar un proyecto a contrarreloj, como en los viejos tiempos, se cruzan varios caminos para que se cumpla la ley del ingeniero norteamericano, que no cito textualmente para no invocarla.
A partir de mañana me pongo unos días en modo OFF por un asunto familiar, que por supuesto coincide con la entrega del proyecto. a su vez, también con los inciertos resultados (quiero creer que serán óptimos) de mi analítica por aquello de la anemia. Y como no hay dos sin tres, mi madrina T está ya en su última etapa vital, lo que me suma en una tristeza in advance al no poder estar aquí si ocurre el temido desenlace. 
A esta reunión familiar debía contar con mi madre, pero no pudo llegar, cosas de la vida, o mejor dicho de la muerte, siempre tan inoportuna. Ella, si no en cuerpo, en alma estará con nosotros.
Ya sábado, día 7, casi casi a mediados de mes, nada para las Navidades.
El tiempo, como lo son las leyes de la naturaleza, de la física, de Newton y hasta de Murphy, no se detiene para ninguno de nosotros, así que no olviden vivirlo todo.