viernes, 14 de agosto de 2026

CON HUMOR

 

DEL FLUJO DEL TIEMPO


Cultivar la mirada
Las fotografías de la colección de Lola Garrido revelan los registros y las maneras de los grandes maestros del género.
José Andrés Rojo, 14.08.2026

En el Palacete del Embarcadero está ocurriendo ahora mismo algo extraordinario. Solo hace falta entrar para sentirse arrebatado por algunos de los grandes maestros de la fotografía. Ocurre lo mismo, a unas cuantas cuadras de allí, en la sala de exposiciones del Centro de Documentación de la Imagen de Santander (CDIS): no es un espacio muy grande, pero en sus paredes cuelgan también imágenes de algunos de los más grandes. No es fácil encontrar la palabra para explicar lo que puede encontrarse en esos lugares: ¿belleza? ¿conocimiento? ¿vida? Quizá sean consideraciones expresadas de manera un poco torpe, pero es posible que en las mejores fotografías —pero también en las más corrientes, en las de tanta gente anónima— se mezclen y se confundan en distintas dosis belleza, conocimiento y vida. Las fotografías están como arrancadas del flujo del tiempo, y se conservan como el testimonio de un momento fugaz, que se ha ido definitivamente, pero recuperado de nuevo, vuelto a vivir, a celebrar, a comprender. La doble exposición se titula Fotografía como biografía y reúne una selección de las piezas de la colección de Lola Garrido. La comisaria es Gloria Crespo MacLennan, y el resultado provoca algo parecido a tomar un bocado en el que está concentrado el mundo entero, y la inmensa gama de grises y de colores que contiene cada existencia.

En el palacete están muy cerca la radiante mujer inmensa de Lisette Model y la delgada dama en bañador de Martin Munkácsi, y en las paredes cercanas hay imágenes de Cecil Beaton, Inge Morath o Robert Mapplethorpe que dialogan con otras de Dorothea Lange, Aleksandr Rodchenko o Robert Capa; un poco más allá pueden verse fotos de William Eggleston o Cindy Sherman; podrían evocarse otros nombres, no es lo más relevante. Lo que importa es tenerlos ahí a todos juntos, como si se hubieran reunido para dar una lección de lo que significa perseguir lo más bonito o lo que dice más de nuestros anhelos, para hacer un canto a la vida. En la sede del CDIS la propuesta está centrada en revelar distintos registros del mundo femenino y hay otros tantos maestros: Edouard Boubat, Lee Miller, Berenice Abbot, Man Ray, Lillian Bassman, Elliott Erwitt. Etcétera.


“Nunca me ha interesado construir un relato obediente a escuelas o cronologías, sino reunir fotografías que, procediendo de lugares y miradas muy distintas, terminan conversando entre sí”, ha escrito refiriéndose a su colección Lola Garrido Armendáriz, que ha hecho de todo en el mundo del arte —comisaria, crítica, asesora— y que con su nombre y sus dos apellidos tiene un hueco en una red social donde comparte fotografías y reflexiones. Si esto fuera la sección de al lado —Red de redes— no estaría de más decir que constituye un orgullo tenerla ahí como amiga y que, en su caso, cobra su verdadero sentido reaccionar con un me gusta a cuanto coloca en su muro.

En la doble exposición Fotografía como biografía hay en el palacete, además, otro pequeño ámbito en el que Lola Garrido muestra a su familia. Se trata también de otra selección, pero esta vez de las imágenes anónimas que ha ido adquiriendo en mercadillos. “Como no tengo familia —soy hija única de únicos—, decidí fabricarme una”, confiesa. Y ahí están los suyos, alguno se ríe, otros están reunidos, los de más allá posan (un tanto coquetos). Al mostrar su colección, explica Lola Garrido, pretende “compartir una manera de mirar después de haber pasado muchos años aprendiendo a hacerlo”. La invitación es esa: a aprender a mirar.

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

CONSPIRACIONES

Un científico, un médico, un astrónomo, escoge uno. Siglos de ciencia, demostrados, documentados, experimentados, son puestos en tela de juicio por unos fantoches a los que se les hace caso, ¿se puede entender esto? Se duda de los conocimientos adquiridos pero se cree todas las majaderías que dice esta gente al publicarlas en Internet: Youtube, Tik Tok, Instagram, etc.
¿Cómo luchar contra esta gente cuando la ignorancia es uno de los contrincantes de la lid? No se puede, es imposible. Los conspiranoicos, que no tienen que demostrar nada -he ahí su poder-, asisten a "debate" donde la otra parte la encabeza un científico, ya de entrada es todo surrealista. ¿Qué argumentos esgrime un sujeto que cree que la Tierra es plana antes un geólogo o un astrónomo? Pues ya ven, estos encuentros se dan constantemente y estos elementos gozan de micrófono y redes sociales para extender sus cafradas. Se habla más del inefable Miguel Bosé (cantante colgado) que de Alfredo Corell (divulgador científico), por ejemplo, y así nos va.
¡Problemas de ricos!

¿Por qué seguimos creyendo en teorías de la conspiración?
Las conspiranoias no son una anomalía de internet ni nacieron con la covid. Son una forma de alejar el miedo y buscar chivos expiatorios en momentos de incertidumbre.
Enrique Alpañés, 14.08.2026

Ursula Kemp era una mujer de carácter fuerte. Probablemente por eso acabó en la horca. Esta comadrona y curandera gozaba de cierto estatus en el pequeño pueblo de St. Osyth, Inglaterra. Los vecinos acudían a ella cuando enfermaban sus hijos o si necesitaban ayuda que los médicos profesionales no podían ofrecer. Pero empezaron a suceder desgracias a su alrededor: la muerte del bebé de una compañera con la que se enemistó, la repentina cojera de una enemiga. Una serie de acusaciones infundadas acabaron sentándola frente al juez, en uno de los más famosos juicios de brujería. Era 1582. En esa década, en Inglaterra, el 13% de los delitos juzgados eran relativos a las artes oscuras. Este fenómeno es especialmente útil para ilustrar cómo una combinación de rumores, conspiranoias y prejuicios sociales puede acabar infiltrándose en las instituciones. Para explicar por qué, cinco siglos más tarde, hay gente que cree que la Tierra es plana, que el Gobierno aprovecha el eclipse para desviar nuestra atención, que las vacunas tienen microchips o que Trump ganó las elecciones de 2020.

Las teorías de la conspiración no son una anomalía de internet. Son una forma antigua de alejar el miedo, repartir las culpas y crear un relato comprensible del mundo. “Lo que vemos a lo largo de la historia es que cuando hay mucha incertidumbre económica y social, hay un aumento en la demanda y la oferta o desinformación”, explica Sander van der Linden, profesor de Psicología Social en la Universidad de Cambridge. En ese sentido, la Inglaterra isabelina o la época de las colonias del Nuevo Mundo, ofrecían el escenario perfecto para que se propagara el relato de la bruja. Había una inexplicable aparición de enfermedades y plagas. La tasa de mortalidad infantil era altísima, y lidiar con la pérdida de un hijo era más fácil si se buscaba un chivo expiatorio. Van der Linden añade además un dato a tener en cuenta. Los historiadores estiman que entre el 75% y el 80% de las personas condenadas por brujería en Europa fueron mujeres. “Estos juicios se dan en una época en la que se teme el ascenso de la mujer, la concesión de derechos. Se acusó a muchas mujeres de practicar artes oscuras cuando en realidad solo buscaban ascender en su estatus social”.

Es fácil buscar rimas históricas con los versos de la actualidad, explica el experto: “Estamos en una era donde las pandemias, el cambio climático y las guerras internacionales suponen una amenaza constante. Así que hay muchas oportunidades para que se produzca desinformación, y también hay mucha más demanda de ella”.

Porque los conspiranoicos no son tanto víctimas como partícipes voluntarios de este engaño. “Son activos y, en cierto sentido, piden esta información. Tienen motivaciones, valores y creencias, y quieren propagarlos, y no les importa si la información es verdadera o no”, apunta Van der Linden. No nos manipulan, buscamos activamente ser manipulados.

Otro factor en común es la tensión por la conquista de derechos civiles. Las mujeres siguen luchando por la igualdad real, y las poblaciones migrantes son el blanco perfecto de muchas teorías conspiranoicas (los haitianos que se comen a sus perros y gatos, sin ir más lejos). Esta es otra de las coincidencias más locas: las autoridades parecen haber normalizado y absorbido parte de las ideas conspiranoicas. En Estados Unidos, Donald Trump es propagador, cuando no creador, de muchos bulos. Su secretario de Estado para la salud, Robert Kennedy Jr., es un antivacunas contumaz. Una de las ideas fundamentales de este ideario era la rebelión contra la versión oficial, contra lo establecido por las élites. Pero ahora son estas élites (con Elon Musk, el hombre más rico del mundo, a la cabeza) las que se visten de resistencia antisistema.

Todos estos factores se combinan con una situación inédita: el polvorín de una sociedad altamente tecnologizada, borracha de información y sin las herramientas para diferenciar lo real de lo falso. “Es una combinación de factores perfecta,” apunta el experto. “Por eso estamos en un pico sin precedentes”. Entre que se publicaron las primeras leyes contra la brujería y que se alcanzó el máximo de condenas en la Inglaterra isabelina pasaron 40 años. Hoy en día, una teoría conspirativa puede nacer en internet y propagarse por el mundo en cuestión de horas, entrando en el imaginario público en unos pocos días.

La gente está dispuesta a creer lo increíble. Lo hace por el llamado sesgo de confirmación. Cuando alguien decide adoptar determinada visión sobre la realidad, tiende a buscar informaciones que confirmen esa teoría, obviando o rechazando cualquier evidencia en sentido contrario. El problema es que, en el contexto de las redes sociales, ya no tenemos que buscar nada: la información que nos interpela viene a nosotros. “Está personalizada”, dice Van der Linden. “Los mensajes que nos llegan se basan en nuestra huella digital y, por lo tanto, pueden explotar las vulnerabilidades de las personas de formas desconocidas hasta ahora”.

El entorno es distinto, pero los mecanismos psicológicos subyacentes son los mismos hoy y ayer. Karen Douglas, profesora de Psicología Social de la Universidad de Kent, lleva años estudiándolos. “Las personas se sienten atraídas por las teorías de la conspiración cuando una o más necesidades psicológicas fundamentales se ven frustradas”, explica. “La primera es de tipo epistémico, relacionada con la necesidad de conocer la verdad y de tener claridad y certezas. Las otras necesidades son existenciales, vinculadas a la necesidad de sentirse seguro y de tener cierto control sobre las cosas que ocurren a nuestro alrededor; y sociales, relacionadas con la necesidad de mantener nuestra autoestima y sentido de pertenencia”.

Esta perspectiva implica, en esencia, que cualquiera puede caer en teorías de la conspiración si se dan las circunstancias adecuadas. Se suele caricaturizar a las personas que propagan este tipo de pensamientos, reducir al estereotipo de desquiciados con un gorrito de papel en la cabeza, pero la realidad es más compleja. Tendemos a refugiarnos en las teorías conspirativas cuando vivimos situaciones nuevas que ponen en tela de juicio nuestra idea sobre cómo funciona el mundo. “La gente busca formas de entender qué está pasando y no le gusta la incertidumbre que suele rodear a los acontecimientos en desarrollo. Además, una explicación simple a menudo no resulta muy atractiva,” apunta Douglas. Es una forma de intentar mantener cierto control narrativo en un mundo cambiante y complejo que a veces, simplemente, no se puede explicar del todo. Una mentira simple puede ser más tranquilizadora que una verdad compleja.

Van der Linden destaca la gran capacidad adaptativa de estas ideas, a pesar de las evidencias en contrario, y anima a entender las motivaciones subyacentes de la gente en lugar de intentar rebatir los detalles de una idea específica. Para explicarlo pone el ejemplo de los antivacunas. Cuando se patentó esta técnica, hace 200 años, muchos activistas alertaban de que quienes se vacunaran se convertirían en un híbrido vaca-humano, por el origen vacuno de esta técnica. Obviamente eso no sucedió. Pero eso no impidió que el movimiento antivacunas tomara fuerza. Hace poco, reflotó en X un tuit viral de una cuenta que aseguraba: “Las personas que se vacunaron contra la covid no vivirán más allá de junio de 2026”. Tampoco parece que el movimiento vaya a recular ahora, por mucho que la realidad les rebata sus argumentos. Porque la idea de fondo sigue vigente, la lucha contra las obligaciones gubernamentales, el rechazo a la medicina moderna. “Piensa en ello como en un árbol”, anima Van der Linden. “Nos entretenemos mirando las ramas, intentando podarlas y nadie está mirando a la raíz. A lo que hay debajo de la superficie”.

ANALFABETOS FUNCIONALES


Santiago Ávila, escritor: “Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales”
El economista, profesor universitario y autor de ‘Tontocracia. En busca de la sensatez perdida’ advierte de que la sociedad ha dejado de premiar el conocimiento y reclama una educación que forme ciudadanos con criterio.
Nacho Meneses, 13.08.2026

¿Y si el verdadero problema de nuestro tiempo no fuera la desinformación, sino la pérdida del criterio? ¿Y si la sociedad hubiera empezado a premiar más la apariencia que el conocimiento, más el ruido que la reflexión y más la mediocridad que la excelencia? Esa es la tesis que defiende Santiago Ávila en Tontocracia. En busca de la sensatez perdida (Vergara, 2026), un ensayo en el que analiza cómo esa lógica se ha ido instalando en la política, la empresa, la educación o los medios de comunicación.
Doctor en Economía, militar de carrera, profesor universitario y antiguo directivo de grandes empresas, Ávila sostiene que el problema no reside únicamente en quienes ocupan posiciones de poder. A su juicio, la responsabilidad también recae sobre una sociedad que ha dejado de valorar el conocimiento, el esfuerzo y el pensamiento crítico para abrazar la comodidad de las respuestas fáciles. En esta entrevista reflexiona sobre el papel de la educación, el liderazgo, las redes sociales o la inteligencia artificial, pero también sobre la necesidad de formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

Pregunta. El libro parte de una afirmación contundente: vivimos en una sociedad que premia la banalidad, castiga la excelencia y ha normalizado la mediocridad. Es una tesis deliberadamente provocadora. Para empezar por el principio, ¿qué es exactamente la tontocracia y por qué cree que vivimos en una?
Respuesta. Bueno, el concepto de tontocracia no lo invento yo. Me refiero al ambiente en el que estamos viviendo, pero hay muchos autores que ya habían hablado de ello. Stephen Covey, por ejemplo, decía que hasta la Segunda Guerra Mundial predominaba la ética del ser y que, después, fue imponiéndose la ética del parecer. Antes un apretón de manos valía más que un contrato; ahora importa mucho más la apariencia que lo que uno realmente es. Vivimos en una apariencia constante.
Y, además, vivimos de forma sobreactuada. En el mundo laboral se habla de felicidad laboral; en la educación, de que los alumnos tienen que ser felices... ¿Pero qué me estáis contando? Se están banalizando conceptos muy importantes. Lo que intento con el libro es pelear contra eso y recuperar un poco el sentido común que, a mi juicio, hemos perdido.
Hoy cualquiera, amparándose en la tecnología, puede decir la mayor barbaridad y, con tal de que la diga con seguridad, tiene una trascendencia enorme. Solo hay que mirar la política: vivimos en la apariencia de la apariencia. Decir la verdad, ser honesto, parece que ya no está de moda. Ahora lo importante es ser un espabilado. Si alguien tiene mucho dinero, aunque lo haya conseguido de forma poco ética, hay quien dice: “Fíjate qué listo”. Y yo creo que contra eso hay que pelear, porque es una miseria moral.


P. Habrá quien lea el libro y piense que siempre ha habido mediocres, oportunistas o charlatanes. ¿Qué hace que este momento sea diferente?
R. Porque ahora la mediocridad está estandarizada. Antes un mediocre era alguien de quien procurabas alejarte. Ahora, muchas veces, es el que triunfa. Lo vemos en la política: en lugar de intentar elevar a la sociedad, muchos dirigentes se limitan a mirar por dónde va la corriente y se suman a ella para captar votos. No tratan de conducirla hacia un lugar mejor, sino de simular que lo hacen. Y eso acaba siendo una gran mentira.
Pero no es un problema exclusivo de la política. Ocurre también en la empresa, en la educación o en la propia sociedad. En cualquier sitio donde hay poder hay luchas por el poder y, muchas veces, acaba promocionándose al mediocre porque resulta menos incómodo que alguien brillante. Lo vi muy pronto. Recuerdo mi primer comité de empresa: cada vez que hacía un comentario para mejorar algo se montaba un revuelo. En un descanso pregunté qué estaba pasando y me dijeron: “Cada vez que dices algo con sentido, quienes no quieren que la empresa cambie utilizan tus palabras para bloquearlo”. Ahí entendí que no todo el mundo estaba trabajando por el bien de la organización; muchos estaban pensando únicamente en cómo salir beneficiados ellos.
Hay una anécdota del libro que resume muy bien esa lógica. Cuando tenía 14 años, en el colegio organizaban un concurso de belenes. Mi grupo no tenía ninguna intención de esforzarse y acabamos haciendo un belén bastante malo. Estábamos convencidos de que quedaríamos los últimos, pero terminamos en mitad de la clasificación. ¿Por qué? Porque quienes habían hecho los mejores belenes votaban al mediocre para no dar votos a un rival fuerte. Con el tiempo he visto esa misma actitud en la política y en las empresas: a veces no se elige al mejor, sino al que menos amenaza representa.

P. En el libro dedica un capítulo entero a la educación. ¿Por qué cree que es uno de los lugares donde mejor se observa esa deriva?
R. Porque es donde antes se ve. Todo empieza en la familia, pero donde adquiere una presencia mucho más clara es en la educación. Hoy dar clase es prácticamente un imposible. Ya no hablo de la veneración que antes podía existir hacia un buen profesor, sino de algo mucho más básico: se ha perdido el respeto por su autoridad. Muchas familias no aceptan un suspenso porque les complica la vida, y eso acaba trasladándose a las aulas.
En la universidad he tenido alumnos entrando y saliendo de clase constantemente o peinando a una compañera en mitad de la explicación. Y cuando intentas poner límites, pasas a ser un autoritario. Al final muchos profesores ceden porque enfrentarse a esa situación solo les trae problemas.
Pero el perjudicado no es solo el profesor; también lo es el alumno. Si acostumbras a una persona a que nunca tenga un desencuentro académico, cuando llega la vida de verdad no sabe afrontar un fracaso, un problema laboral, una enfermedad o una decepción. Hemos transmitido la idea de que uno viene al mundo a ser feliz, y a mí me parece una falacia terrible. Precisamente por eso mi próximo libro irá contra esa felicidad obligada.

P. Vivimos rodeados de información y, sin embargo, usted sostiene que cada vez hay menos pensamiento crítico. ¿Qué está fallando?
R. El problema no es la información, sino qué hacemos con ella. Hoy tenemos una cantidad enorme de información, pero eso no significa que tengamos más conocimiento. Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales. Hay universitarios que terminan una carrera y no saben interpretar un texto o resolver una regla de tres. Y eso es muy serio.
Ahora parece que el conocimiento funciona como un supermercado: necesito algo, voy a la inteligencia artificial, lo cojo y sigo adelante. Pero si no tienes una base previa, tampoco puedes saber si esa respuesta es correcta. A mí me ha ocurrido que algún alumno me ha entregado como suyo un artículo que había escrito yo. Si no tienes conocimiento, no puedes discernir. Primero está la información; después, el conocimiento, que consiste en estructurarla; y solo entonces puedes aplicar inteligencia sobre ese conocimiento.
La IA es muy útil para el conocimiento operativo, para resolver tareas, pero no tiene conocimiento afectivo ni especulativo. No anticipa las consecuencias humanas de una decisión ni tiene una ética. Y por eso me preocupa que muchos jóvenes le estén confiando incluso cuestiones psicológicas. En términos antropológicos, una inteligencia artificial es un psicópata: sabe operar, pero le da igual lo que ocurra desde un punto de vista emocional o ético.

P. ¿Las redes sociales y la inteligencia artificial son la causa del problema o simplemente amplifican algo que ya existía?
R. Son una herramienta. Si el ser está bien construido, pueden ser extraordinarias; si está mal construido, lo único que hacen es amplificar el problema. Antes una tontería se quedaba en la barra de un bar o en una conversación entre amigos, pero ahora cualquiera puede coger un móvil, decir la mayor barbaridad y encontrar miles de personas dispuestas a compartirla. La tecnología no cambia la naturaleza humana; simplemente le da más alcance. Por eso no creo que las redes sociales sean la causa de esta deriva, sino el altavoz de un problema que ya existía.

P. Además de profesor universitario, ha pasado más de dos décadas dirigiendo equipos y ocupando puestos de responsabilidad en grandes empresas. Desde esa experiencia, ¿cómo se manifiesta la tontocracia dentro de las organizaciones?
R. Se manifiesta cuando el liderazgo deja de buscar a los mejores y empieza a rodearse de personas que no cuestionan nada. Hay directivos que prefieren tener alrededor a aduladores antes que a gente brillante, porque alguien competente siempre resulta más incómodo. Eso acaba empobreciendo a toda la organización.
Un buen líder no necesita que le den siempre la razón; necesita personas que le aporten puntos de vista distintos. Si todos piensan igual, la empresa deja de aprender. Lo he visto muchas veces: se promociona a quien genera menos problemas, no necesariamente a quien más valor aporta. Y así se termina construyendo una cultura donde el servilismo pesa más que el talento.

P. En el libro cuestiona una idea muy instalada en los últimos años: que el objetivo de la educación, del trabajo o incluso de la vida debe ser la felicidad. ¿Qué le preocupa de ese discurso?
R. Me preocupa que se convierta en un eslogan vacío. Yo no voy a trabajar para ser feliz; voy a trabajar para hacer bien mi trabajo. Si además encuentro un buen ambiente, estupendo, pero convertir la felicidad en una obligación genera frustración, porque nadie puede ser feliz permanentemente.
Creo que hemos confundido bienestar con felicidad. Hay trabajos muy duros que merecen la pena y momentos difíciles que también forman parte de una vida plena. Si transmitimos que cualquier incomodidad es un fracaso, estamos educando personas incapaces de afrontar la realidad. La felicidad no puede ser el objetivo de una organización; debería ser, en todo caso, una consecuencia.

P. Después de todo lo que hemos hablado, uno podría concluir que la responsabilidad es de quienes ocupan posiciones de poder. Sin embargo, usted sostiene que también recae sobre el resto de la sociedad. ¿Hasta qué punto somos corresponsables de la tontocracia que denuncia?
R. Somos mucho más corresponsables de lo que nos gusta admitir. Tendemos a pensar que el problema siempre está en quienes ocupan posiciones de poder, pero una sociedad también decide qué comportamientos premia y cuáles tolera. Si dejamos de valorar el conocimiento, el esfuerzo o la honestidad, no podemos sorprendernos cuando quienes llegan arriba representan justamente esos valores que hemos normalizado.
Por eso creo que la solución pasa por formar ciudadanos adultos, con criterio y capaces de pensar por sí mismos. La educación tiene mucho que ver con eso. Una sociedad mejora cuando sus ciudadanos son exigentes consigo mismos y también con quienes aspiran a dirigirla.