lunes, 23 de febrero de 2026

DE IRAK A TABASCO


El destierro de José Barco, el veterano de guerra sin patria deportado a México por Trump
Tras pelear en Irak, cumplió 16 años de cárcel antes de pasar a detención migratoria y eventualmente ser expulsado del país: “Tengo derecho a que me entierren en un cementerio nacional, pero no a vivir en Estados Unidos”.
Nicholas Dale Leal, 23.02.2026

El calor húmedo de Villahermosa es lo único que a José Barco le resulta familiar en el improbable destino de su historia. A simple vista se nota que no es de por aquí este veterano de la guerra de Irak de 40 años, estatura baja, espalda ancha, cabeza rapada y una calma taciturna que esconde las vueltas absurdas de su vida.

Oficialmente, el hijo de refugiados cubanos, nacido en Venezuela y criado en Estados Unidos, no es de ninguna parte. Pero terminó en el Estado de Tabasco, al sur de México, después de cumplir casi 16 años de una condena de prisión y otros 10 meses en detención migratoria, durante los cuales lo intentaron deportar a Venezuela, sin que importara que había sido condecorado por el ejército. Arriesgó su vida por Estados Unidos y luego el sistema de salud de las fuerzas armadas le falló; aun así, pagó por su delito cometido en la inestabilidad que marcó los meses posteriores a su retorno de la guerra y, a pesar de todo, se convirtió, hasta donde se sabe, en el primer veterano estadounidense deportado a un tercer país.

La libertad que anhelaba no está resultando ser lo que imaginaba. Con sus necesidades básicas cubiertas gracias a su pensión de veterano, desde los escasos 25 metros cuadrados del estudio turístico que mantiene en un orden meticuloso —su aséptico hogar por unas semanas, antes de que tenga que mudarse al siguiente—, Barco lucha por no sucumbir a la cruel paradoja que sería perder la esperanza ahora. “La soledad, la soledad, es debilitante estar solo. Y la incertidumbre de todo… Se siente como si todavía estuviera en prisión aunque no lo esté”.

Probó la libertad insípida por primera vez en casi dos décadas el pasado 16 de noviembre, en la ciudad de Palenque, en medio de la selva de Chiapas. Ahí llegó junto a otros migrantes deportados, trasladados por las autoridades mexicanas desde la frontera de Nogales. Tenía solo una mochila que contenía sus únicas pertenencias: un poco de ropa, un registro de nacimiento y otros documentos, y un teléfono inteligente que le mandó Tia, su esposa, pero que él, preso desde antes del auge de los smartphones, no sabía usar. Logró descifrar el aparato para llamarla y ella le reservó un par de noches en un hotel que le permitió registrarse con una fotocopia de su viejo carnet de conducción.

El martes siguiente —el lunes era puente— se acercó a la oficina de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) para presentar su solicitud de asilo. Lo mejor que consiguió fue una cita para abril. Comenzó a buscar ayuda a través de grupos de veteranos en México, quienes lo pusieron en contacto con tres organizaciones de apoyo jurídico para refugiados. Ellos le recomendaron trasladarse a Villahermosa y comenzar su proceso allí, donde no había una lista de espera. Desde diciembre su carpeta está abierta en las oficinas de Tabasco y hasta que no haya una resolución de la COMAR, no se puede mover del Estado. Aunque la ley fija un plazo de 45 a 90 días hábiles para resolver estas solicitudes, el rezago y la complejidad de los casos pueden alargar la espera hasta un año o más.

Ante ese panorama, sus días pasan en un aislamiento que se volvió parte de su naturaleza tras tantos años en la cárcel. Hace ejercicio, su única terapia y vía de escape; a veces pasea en silencio por las calles o algún parque de Villahermosa. No ha hecho amigos más allá de intercambiar un par de cordialidades con algunos vecinos. “Cuando entré a prisión era mucho más social, mucho más feliz. [Ahora] soy un poco ermitaño. No sé si tal vez en el fondo siempre he sido así, un poco tímido. Pero siento que la depresión, la soledad…”, comienza a reflexionar, pero se detiene súbitamente como si no quisiera adentrarse en esos rincones de su mente.

Desde que llegó a México está sin sus medicamentos, un cóctel farmacológico para tratar su estrés postraumático y fuertes migrañas causadas por varias lesiones cerebrales graves sufridas en combate. Esta es la principal razón por la cual quisiera trasladar su caso e irse a Guadalajara, donde hay una red de veteranos que le puede ayudar a conseguir atención médica.

Aunque es improbable que se le permita el cambio. Aún hay varios pasos burocráticos que debe cumplir para que se le comiencen a abrir nuevas posibilidades. La residencia legal y, con ella, un eventual trabajo, todavía están lejos en el horizonte. Lo que necesita en este momento es una CURP (Clave Única de Registro de Población), el número más básico de identificación en México, para poder por lo menos abrir una cuenta de banco, conseguir una receta médica o firmar un contrato de alquiler para no depender de costosos apartamentos turísticos.

“Estoy agradecido con México por haberme abierto los brazos. No tengo nada en contra de México ni de los mexicanos. Pero no soy mexicano. No conozco a nadie aquí. Estoy completamente solo en este país. Siento que ya he sido castigado. Fui a prisión. Cumplí mi condena. Debería estar de vuelta en Miami, con mi familia. En cambio, me arrancaron de eso”, dice Barco, más con frustración que con rabia.

La guerra y la cárcel

La familia Barco se asentó en Miami en 1990, después de un periodo en Venezuela, donde nacieron José y sus hermanos mayores. Recalaron en Caracas como refugiados del castrismo, que había encarcelado a su padre durante casi dos décadas tras la Revolución. Pero el objetivo siempre había sido Estados Unidos. Allí, creció con limitados recursos pero sin carencias, entre cubanos y con padres que nunca aprendieron inglés. A pesar de ello, él, un residente legal que juraba lealtad a la bandera de las barras y estrellas en la escuela, se sentía estadounidense.

Así que antes de cumplir los 18, se enlistó en el ejército. Era una manera de salir de casa y su hermano mayor ya lo había hecho unos años antes. También quería servir a su país, pero, por otro lado, sencillamente lo atraía la aventura, como en las películas. “Queríamos ser Navy Seals, fuerzas especiales, comandos. Eso era lo que teníamos en mente. Y en ese entonces, en 2003 cuando me uní, acababan de invadir Irak. Así que mi hermano y yo queríamos hacer parte de ello, queríamos ir a la guerra”, recuerda, tan convencido como entonces.

Partió a Irak y allí la acción no se hizo esperar. A los cuatro meses, un atentado con un coche bomba lo dejó con heridas graves y quemaduras de tercer grado. Tuvo que volver a Estados Unidos para recuperarse por un par de años, durante los cuales, aun dentro del ejército, se casó y también comenzó su proceso de naturalización.

Jose Barco (al centro) durante un operativo en Irak. Cortesía

Se suponía que obtendría su ciudadanía mientras estaba desplegado por segunda vez en Irak, pero por algún error en el papeleo eso nunca sucedió. En ese momento, en medio de fuertes combates en los que sufrió varias conmociones cerebrales, no le preocupó demasiado, pero resultaría siendo un elemento crucial de su destino.

Regresó a la base de Fort Carson en Colorado a finales de 2007 en un estado mental delicado, con claros y profundos síntomas de estrés postraumático, pero no recibió atención psicológica, solo medicación. “No era yo mismo. Estaba bebiendo mucho, tenía mucha agresividad; eso arruinó mi matrimonio. Yo tenía 22 años y no sabía lo que estaba pasando, y simplemente no quería estar casado”.

Fue en ese contexto, en abril de 2008, en el que Barco salió a una fiesta en una casa y un episodio de menos de 10 minutos le cambió la vida. Cuando entró, el ambiente se puso tenso; luego se enteró de que los asistentes eran pandilleros, a quienes no les agradó que llegaran unos desconocidos con pinta de militares. Hubo un enfrentamiento y, rodeado y amenazado, Barco sacó su arma y disparó al techo una vez, antes de salir y montarse a su auto. Cuando se estaba alejando, recuerda casi 20 años después, algo se apoderó de él y entonces volteó y se acercó de nuevo a la casa, fuera de la cual todavía estaban los pandilleros, que comenzaron a tirarle piedras. Sintió que estaba de nuevo en Irak y que le estaban disparando. Bajó la ventana del pasajero y descargó los seis tiros que quedaban en el cartucho.



“Esa noche todo estaba borroso. Por suerte, nadie se lastimó gravemente. Podría haber matado a alguien. Pero en mi mente no estaba pensando en esas consecuencias, estaba de regreso en Irak”, rememora Barco, que unos días después de los hechos se enteró de que una de sus balas sí alcanzó la pierna de una mujer embarazada de 19 años. Pasó el tiempo y nadie presentó cargos, hasta que un día, 10 meses después, fue arrestado y acusado de intento de asesinato.


Intentó luchar por su libertad, pero su suerte ya estaba echada. En esa época, la base de Fort Carson era el centro de una crisis de crimen y salud mental —se reportaron unos 18 casos de asesinato o intento de homicidio y hasta 36 suicidios— que, de acuerdo a informaciones del momento, el fiscal general de Colorado quería cortar de raíz dando un ejemplo implacable. Barco fue sentenciado por intento de asesinato a 55 años de cárcel y entró en prisión en otoño de 2009.

En ese momento, su nueva novia, Tia, tenía cuatro meses de embarazo, así que poco después de ingresar a prisión, se casaron, para que ella y la niña que estaba por nacer pudieran recibir la pensión de veterano de Barco. Luego, como si estuviera detenido en el tiempo, pasaron los siguientes 15 años. Siguó casado con Tia, pero no siempre estuvieron en contacto. Y su hija creció hasta la adolescente que es ahora con una comprensiblemente distante relación con su padre. En ese presente congelado y sin futuro, se dedicó casi de lleno a trabajar en la cárcel. Fue cocinero y asistente de profesor para los reos que no habían acabado la secundaria, entre otras cosas.

Su comportamiento ejemplar le granjeó la libertad condicional a partir del 21 de enero de 2025, unos 15 años y medio después de entrar a prisión, y, crucialmente, el día siguiente al regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Tenía planes de ir a Miami y estar con su familia. Pero sin salir de la cárcel por su propio pie, pasó automáticamente a custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), que le informó que sobre él pesaba una orden de deportación por ser un criminal convicto.

El limbo migratorio

Dos meses después, cuando la noticia de venezolanos deportados a una cárcel de máxima seguridad en El Salvador infundía pánico entre los migrantes detenidos en los centros que Barco describe como “medievales” por sus atroces condiciones, estaba montado en un avión de camino a Honduras, donde sería entregado a las autoridades venezolanas. Pero sobre la pista de un aeródromo hondureño, los oficiales de Venezuela lo rechazaron solo a él de entre ese grupo de más de 200. Decían que Barco, que habla con acento cubano y no tiene número de cédula de identidad, sino solo un registro de nacimiento en un estado para ellos sospechosamente bueno, no podía ser venezolano.

“Fue bastante surreal”, cuenta Barco del trayecto de regreso en un avión acompañado solo por los agentes del ICE y la tripulación. “Yo pensaba: ¿Es esto algo bueno? Pensaba que ojalá ahora tendrían que liberarme porque mi país no me quiere”. Fue una ingenuidad: para noviembre se confirmó que sería deportado a México.


Barco no se esconde de su responsabilidad. “Estoy donde estoy por mí. Yo cargo con la culpa, no se la doy a nadie más. Mi hermano fue a Irak también y él se hizo ciudadano. Yo podría haber tenido una buena vida en Estados Unidos. Mi vida podría haber sido completamente diferente y eso es por las decisiones que yo tomé. Pero en el camino ha habido mierdas que han pasado que han estado fuera de mi control”.

Mirando hacia delante, que es lo único que siente que tiene sentido, espera poder convertirse en residente legal en México y construir un futuro en el país. Además, está tramitando su nacionalidad venezolana y ha pedido un indulto al gobernador de Colorado, con la esperanza remota de que con ello pueda regresar legalmente al que en realidad siente como su país.

Es entonces cuando repara en lo absurdo que es todo y la rabia que ha aprendido a sepultar dentro de sí mismo se devela. “Soy más estadounidense que la mayoría de las personas que son ciudadanas solo porque tuvieron la suerte de nacer allí. Hay tipos que salen de prisión todos los días por crímenes atroces. Auténticos desgraciados. Y los liberan, quedan en libertad condicional, pero no los deportan porque son estadounidenses”.

“Yo sangré por este maldito país. Fui a la guerra por este país dos veces. Pero no puedo vivir en Estados Unidos. La única forma en que puedo volver ahora mismo es dentro de una bolsa para cadáveres. Como veterano, tengo derecho a que me entierren en un cementerio nacional, pero no tengo derecho a vivir en Estados Unidos. ¿Qué clase de mierda retorcida es esa?”.

A WORD, OR TWO

¿ES SÓLO CINE?


Anoche volvimos al cine, la elección fue "Greenland 2". Estamos tan acostumbrados a leer y a ver películas sobre el apocalipsis que no nos paramos un momento a pensar que, desgraciadamente, todo lo que nos cuentan podría ser cierto. Más en este caso porque no se trata de lo mal que lo hemos hecho (des)cuidando el planeta sino del impacto de un gran meteorito que casi causa la extinción de los humanos.
El cine apocalíptico es lo que tiene, tan efectista como rápido, no da tiempo para reflexionar. Y he aquí el quid de la cuestión, no que aparezcan zombies sedientos de sangre y vísceras, o que un megatsunami nos borre del mapa, una nueva glaciación que nos cubra de hielo, una invasión de extraterrestres caníbales, ni siquiera que un enorme meteorito o un cometa, que para el caso es igual, acabe con nosotros de una vez. No. El asunto está en que todos estos hechos que el cine y los libros nos muestran y demuestran que son posibles (no, ¿los zombies también? Deja tú que los adictos al fentanilo que moran en San Francisco prueben la carne humana) nos deberían sumir en la mayor de las preocupaciones. Todo se reduce a lo mismo, el hombre acaba siendo un lobo para el hombre. Padres de familia armados hasta los dientes que te roban el coche a punto de pistola; hordas de desesperados que te recuerdan el valor de la vida: nada; ciudades que desaparecen de un día para otros, barcos que zozobran porque nadie respeta el límite máximo de pasajeros...
Si una cosa tengo claro es que el día del Armagedón yo será uno de los primeros en desaparecer; me conozco y no me veo emulando a Gerad Butler. 

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

 

REALIDADES PARALELAS

Leo esta mañana un artículo acerca de una conferencia de Kevin Spacey en la Oxford Union Society. Me llamó la atención esta noticia porque ahora, durante mi media hora de bicicleta estática mañanera -la cinta no tiene atril, de manera que no me lo permite- estoy con las memorias de Urdangarin. La verdad es que no sé si realmente me interesan demasiado, pero como creo que a los que pagan en la cárcel su condena se les debe dar una segunda oportunidad -he ahí la justicia de la reinserción-, pueden ser relevantes al formar parte de la reciente historia de España, independientemente se su calidad literaria, que en este caso importa poco. 

Respecto al tema de la reinserción, investigo un poco lo que dice la justicia en España, siempre con la mirada puesta en la finalidad socializadora.
En muchos sistemas jurídicos modernos, esta es una de las finalidades principales de la pena. Por ejemplo, la Constitución Española establece en su artículo 25.2 que las penas privativas de libertad deben estar orientadas hacia la reeducación y reinserción social.
La reinserción implica: educación y formación profesional dentro de prisión, programas de tratamiento psicológico, aprendizaje de habilidades sociales, preparación para la vida laboral y fortalecimiento de vínculos familiares. La idea central es que la persona no quede marcada permanentemente por el delito, sino que pueda reconstruir su proyecto de vida.

Más allá del castigo, algunos sistemas promueven modelos de justicia restaurativa, que buscan: reparar el daño causado, responsabilizar activamente al infractor, favorecer la reconciliación cuando sea posible.
En relación con la futura reinserción, el cumplimiento de la pena debería: evitar la desocialización que produce el aislamiento prolongado, reducir la reincidencia, facilitar oportunidades reales tras la excarcelación (empleo, vivienda, apoyo social) y promover la asunción de responsabilidad por el daño causado. Si el sistema penitenciario se limita solo al castigo, aumenta el riesgo de exclusión y reincidencia. En cambio, cuando se orienta a la reinserción, busca transformar la pena en un proceso de cambio y preparación para la convivencia social.

La palabra de Kevin Spacey
El discurso del actor en la Oxford Union Society me hizo recordar que Platón dejó escrito que la persona buena y noble es aquella que habla y piensa bien.
Diego S. Grarrocho, 23.02.2026

No tengo ni idea de cuál es la condición moral de Kevin Spacey ni me importa demasiado. En lo que respecta a sus problemas con la justicia, hasta donde sé, nadie le ha declarado culpable. Aunque quizá lo más relevante sea que es un actor inmenso. Y puede que algo más. Desde hace días, circula por las redes una intervención suya del pasado diciembre en la Oxford Union Society, probablemente el club de debate estudiantil más importante del mundo. Si tienen ocasión, no dejen de buscar ese vídeo: no es solo una curiosidad viral; es un recordatorio desafiante de lo que la palabra puede todavía.

La intervención de Spacey es colosal y sumamente efectista. Habla de la verdad, de los hechos, de los villanos, de los juicios paralelos… fenómenos tan clásicos que parecen hablar de nosotros. Y quizá lo hagan. Un hombre de pie, rodeado de personas sentadas, apenas provisto de unos tarjetones, proyecta la voz mientras interpela con el gesto y la mirada a sus interlocutores. Hay una parte de lo que somos, como especie y más específicamente como cultura, que tiene que ver con este uso público de la palabra.

Los antiguos lo sabían. A su reflexión teórica la llamaron retórica y a su buen ejercicio le dieron el título de oratoria. Que Aristóteles o Cicerón dedicaran al asunto tratados principales no es ninguna casualidad. El cuidado de la palabra no es una capacidad más entre otras: es uno de esos lugares donde la naturaleza humana se expresa, se prolonga y, si hay fortuna, se perfecciona.

No somos solo animales pensantes o sintientes. Somos un bicho extraño que necesita contagiar precisamente lo pensado y lo sentido. Gracias a que tenemos voz, decía el de Estagira, podemos deliberar sobre el bien y no solo sobre el placer. La oratoria es la síntesis de una región de lo humano en la que convergen el número y la letra, la matemática del ritmo y la estética de la palabra. En pocos lugares se condensa de forma tan civilizada y salvaje la vieja tríada del bien, la verdad y la belleza.

Escuchando a Spacey recordé que Platón dejó escrito que la persona buena y noble es aquella que habla y piensa bien. Es, sin duda, una exageración, aunque no me atrevería a decir que carezca por completo de verdad. El discurso de Spacey me reconcilió con la dignidad que adquiere el uso solemne de la palabra desnuda. Pero también sentí una extraña ira contra mí mismo y contra quienes algún día creímos que una clase magistral en una universidad podía hacerse con un PowerPoint.
.
.
.
He aquí el discurso del actor:

NO APRENDEMOS


El Gobierno vasco alerta del impacto de los urbanitas que se mudan al campo: “Molestan las ovejas que pasan por el pueblo y manchan”
El sindicato agrario UAGA lamenta las quejas: “La gente llega a los pueblos pensando que esto es un remanso de paz en el que solo se oyen los pájaros y todo es verde”.
Iker Armienta, 23.02.2026

Sobre los problemas que acechan al mundo rural, las instituciones tienen una larga lista de tareas pendientes. El Gobierno vasco ha añadido una más: los perjuicios provocados por la población de las ciudades que se muda a los pueblos y que se queja de los inconvenientes de convivir con el trabajo de agricultores y ganaderos. “En muchas zonas rurales, la actividad agraria ha pasado a ser residual. Incluso molesta, y estamos empezando a tener problemas derivados de las expectativas que cada ciudadano pone cuando va a residir a la zona rural”, ha declarado Amaia Barredo, consejera de Desarrollo Rural y Agricultura del Gobierno vasco, en referencia a quienes proceden de las ciudades.

Barredo certifica que los conflictos sociales están a la orden del día y cita situaciones en las que “molesta una ganadería en un pueblo” y no se quiere permitir su desarrollo o cuestiones más mundanas como que “las ovejas pasan por el pueblo y me manchan y tenemos un concejo [reunión en el pueblo] específico para hablar de eso: es de risa pero es que esto está siendo así”. La consejera vasca de Agricultura considera que este escenario “está alterando seriamente el futuro de las zonas rurales”.

Barredo hizo estas declaraciones durante la presentación en el Parlamento vasco de la nueva Estrategia de Desarrollo Rural de aquí a 2030, que aboga por mejorar los servicios y los equipamientos en los pueblos para que ”vivir y trabajar en el medio rural siga siendo una opción real y atractiva para la ciudadanía”. El plan recoge 38 acciones concretas en materias de vivienda, agroindustria o movilidad, pero no plantea acciones para combatir el efecto que está teniendo la presencia de urbanitas en el campo, aunque la consejera sostiene que este fenómeno “seguramente aparecerá en la siguiente” estrategia y que es necesario “poner el foco” en esta realidad.

“La gente llega a los pueblos pensando que esto es un remanso de paz en el que solo se oyen los pájaros y todo es verde; vienen con una idea equivocada de lo que es el campo”, ha explicado en una entrevista en la Cadena Ser Iker Aguirre, vicepresidente de la Unión de Agricultores y Ganaderos de Álava (UAGA). El campo no es ese lugar bucólico que algunos esperan: “En general, es un medio de trabajo y hay tractores que van de un lado para otro, se madruga y, si hay ganado, hay olores y ruidos que son extraños para la gente que llega de la ciudad”.

“Todos tenemos vivencias de la gente que ha llegado de las ciudades y no se adapta a la realidad de un pueblo”, explica Aguirre. Hay problemas con la gente que va con los perros sueltos y asustan al ganado. Quejas por el ruido que provocan los cencerros de las vacas. Por el trajín de los tractores que pueden llevar barro en las ruedas o por “las ovejas que han cagado en un camino rural, ni siquiera en las calles”. “Se generan demasiados problemas”, lamenta.

Aguirre cuenta que se han dado casos en los que incluso explotaciones ganaderas cercanas a las casas han tenido conflictos porque hay nuevos vecinos que los han “acribillado” a denuncias. Ha ocurrido, por ejemplo, en la Llanada Alavesa. Y en el municipio de Zuia “ha habido pueblos en los que hace años hubo una entrada de muchísima gente de fuera y las explotaciones de ovino tenían muchísimos problemas porque las ovejas cagaban en los caminos”.

“Hay mucha gente que viene de las ciudades que se adapta y no hay ningún problema. Se convive perfectamente con ellos, pero hay gente que no quiere adaptarse”. El vicepresidente de UAGA dice que hay que proteger la actividad agraria: “No sé de qué manera pero tiene que protegerse y quizás haya que educar en que el campo no es algo idílico”. En 2024, la Asamblea Nacional francesa aprobó una ley para proteger a los agricultores frente a este tipo de quejas por parte de nuevos vecinos. Julen Ibarrola, vicepresidente de ACOA, la Asociación de Concejos de Álava, también defiende, en conversación con la Ser, que la forma de vida de agricultores y ganaderos tiene que tener “respaldo legal”. “Cada vez los baserritarras son menos en número y dedicación, y necesitamos protegerlos de manera especial”.

Ibarrola constata la existencia de quejas por el paso de ganado por las calles de algunos pueblos en los que las normas, en principio, no lo permiten: “El sentido común dice que si tenemos familias ganaderas que están dentro de nuestros pueblos, tendrían que poder hacer uso de esos viales, aunque sean calles, porque tienen que ir a pacer en campas, a mantener nuestro entorno limpio, y para eso hace falta que circulen por allí”. Ibarrola afirma que, en todo caso, no es un problema generalizado: “Nos hace falta gente que venga a los pueblos porque tenemos casas vacías en las que son bienvenidos”.

MATEMÁTICA

BACON

Francis Bacon, "Autorretrato". 1972

SILENCE

GENIO

domingo, 22 de febrero de 2026

PARAÍSO


HUMOR, REMEDIO INFALIBLE



SEÑALAR Y DISPARAR


Curiosas lecciones del PP en caso de violación
El partido se verá pronto eviscerado por una ultraderecha envalentonada que impone su señalamiento al diferente.
Berna González Harbour, 21.02.2026

Una foto de España hoy: al subir a un tren, un AVE que viaja al Mediterráneo, ocurre algo peor que los retrasos y cancelaciones. Es temprano, y un grupo de jóvenes envalentonados irrumpe a gritos contra la izquierda. “Ya sabéis: tiempo de rojos, tiempo de piojos”, uno levanta la voz sobre los demás, que ríen los comentarios más ultras. Van con su profesora, que reprende a un viajero que se atreve a replicar: “Déjennos dormir, que no se ven piojos por aquí”. Su comentario le parece impropio a la adulta, que defiende a su manada frente al sentido común. Los chicos se callan, y el tema no pasa a mayores, pero el aire de este tiempo voraz con el adversario queda flotando en el vagón.

La alfombra roja está echada para los intolerantes, los que consideran su pensamiento el único aceptable y los que avanzan con el único pegamento de brutalizar “a los rojos”, como también a inmigrantes, feministas o a ladrones multirreincidentes de móviles, unos mataos, aunque no a los comisionistas defraudadores si son de los suyos.

Que no nos engañen. Señalar es su objetivo y disparar (socialmente) lo siguiente.

Causa hasta ternura ver a la izquierda enzarzarse en argumentos a favor o en contra de la libertad de llevar el burka cuando Vox se ha inventado el debate no por el bien de las mujeres, sino para instrumentalizarlas; no por su integración sino por su señalamiento. Su objetivo es marcar al diferente y someternos al espectro de un dilema que no existe. No deberíamos entrar en su juego, pero el PP y Junts ya lo han hecho. Lo siguiente es una ofensiva contra el menú halal en los colegios, que, como todo el mundo sabe, merma nuestros derechos fundamentales como cristianos amantes del jamón.

Otra foto: el PP, que pronto será eviscerado por esa ultraderecha que se envalentona en vagones, aulas o el Congreso, se ha coronado al condenar a Marlaska por encubrir al jefe de la Policía, supuesto violador, chocando con dos realidades demasiado obvias hasta para Feijóo, que tuvo que echar el freno: no hay dato alguno que muestre que el ministro conociera la acusación, y su partido acaba no solo de encubrir, sino de arropar al alcalde de Móstoles en lugar de a la víctima que les pidió socorro por supuesto acoso sexual y laboral. Curiosas lecciones del PP en caso de violación y acoso sexual.

Y última foto: la Policía protegerá a la víctima de supuesta violación por parte del jefe de la Policía. ¿No nos corre el frío por la nuca?

SIN FOTOS

Las peleas de gallos enfrentan a los animalistas, criadores y el Gobierno canario
La ofensiva judicial y administrativa de Pacma y la defensa de la raza por parte de la Federación Gallística reactivan un conflicto abierto desde 1991.
Flora Marimón, 21.02.2026

Las peleas de gallos han regresado al foco político y jurídico en Canarias tras la denuncia presentada por el Partido Animalista Con el Medio Ambiente (Pacma) ante la Fiscalía y un recurso de alzada interpuesto contra el Gobierno autonómico, que se ha declarado incompetente para intervenir en las riñas.
La controversia, lejos de ser nueva, vuelve a enfrentar tradición y normativa estatal y autonómica. Para Pacma, la ley nacional de 2007 prohíbe cualquier pelea de animales y convierte la práctica en delito. Para la Federación Gallística de Canarias, la ley autonómica de 1991 sigue vigente y delimita con claridad dónde y cómo puede celebrarse la actividad. El Gobierno, por ahora, evita pronunciarse sobre el fondo de la colisión.
Iris Sánchez, coordinadora provincial del partido en Las Palmas, explica que Pacma ha llevado el asunto a la Fiscalía al considerar que las liguillas y torneos que se celebran en distintas islas vulneran la Ley 32/2007 estatal, que prohíbe la utilización de animales en peleas en todo el territorio nacional. En su denuncia describe el corte de crestas, la colocación de espolones artificiales y enfrentamientos hasta el desfallecimiento, encuadrando la práctica en el delito de maltrato animal agravado.

La portavoz del partido sostiene que no existe excepción válida que permita estas peleas y que la norma estatal posterior prevalece sobre la ley autonómica canaria de 1991. En paralelo, la formación dirigió un escrito a la Consejería de Presidencia del Gobierno canario solicitando que actuara contra la Federación Gallística de Canarias y otras asociaciones inscritas en el Registro de Asociaciones. A su juicio, estas entidades figuran registradas bajo epígrafes culturales, recreativos o deportivos que no reflejan su actividad real, lo que constituiría un uso indebido del registro.

Argumenta que, si existen indicios de ilícito penal, la Administración está obligada a trasladarlos al Ministerio Fiscal y a revisar la cobertura administrativa de estas entidades. También cuestiona el uso de instalaciones municipales para la celebración de torneos.

La Viceconsejería de Administraciones y Transparencia, que dirige Antonio Llorens, respondió mediante una carta en la que señala que carece de competencia para intervenir, pues sus funciones en materia de protección animal están circunscritas a animales de compañía. Al no considerar al gallo de riña dentro de esa categoría, entiende que no puede instruir ni resolver actuaciones relacionadas con esta actividad.
Tras esta misiva, Pacma ha presentado un recurso de alzada para que se actúe en estos casos, mientras que la Viceconsejería mantiene que su respuesta no es «una resolución administrativa», sino una comunicación informativa, por lo que no ve procedente que se presente un recurso de alzada contra una carta.

Gallo combatiente español

Frente a estos rifirrafes, la defensa gallística gira en torno a la raza. Jorge Padrón, presidente de la Federación Gallística de Canarias, explica que la actividad se centra en la conservación de la variante canaria del ‘gallo combatiente español’, una línea genética seleccionada durante generaciones en las Islas por su carácter territorial y su instinto de combate. Sostiene que, si se prohibieran las riñas, la raza se extinguiría, ya que el gallo nace con ese instinto de pelea.
Según Padrón, el comportamiento del animal no se adiestra. «Un gallo que no quiere pelear, no pelea», repite. El diseño de los recintos, con vallas de solo un metro de altura y abiertas por arriba, «permite huir» al animal si no quiere combatir. Esas vallas son un elemento distintivo que no se encuentra en otros sitios, asevera. Y si el animal resulta herido, se para la pelea, explica, aunque a veces el gallo muere. Solo Canarias y Andalucía permiten las riñas de gallos.

Padrón recalca que los gallos deben alojarse individualmente porque su territorialidad les lleva a enfrentarse de manera espontánea si conviven juntos. José Luis Martín, expresidente de la Federación, sostiene que la práctica se ajusta a la Ley 8/1991 de Protección de los Animales de Canarias, que es una norma autonómica, en opinión de los gallistas, superior a la estatal.

Martín señala que esta ley autonómica permitió la continuidad de las riñas en municipios con tradición histórica en peleas y en recintos ya existentes antes de su entrada en vigor. La norma prohíbe abrir nuevos locales, aunque permite sustituir uno antiguo por otro dentro del mismo municipio si el primero deja de utilizarse. Por tanto, pueden usarse algunos recintos municipales, asevera.

En Canarias existen unas 40 asociaciones de todas las islas integradas en la federación y alrededor de 1.500 personas vinculadas.

Los criadores describen a los gallos como deportistas: los cuidan de forma individual desde que empiezan a cantar. La dieta incluye fruta como kiwi, carne, pescado, verduras y suplementos específicos.

Los gastos corren de su bolsillo. Un criador puede tener hasta 300 gallos y gallinas de esta especie. El «atusado», el corte de plumas tradicional en Canarias, es para ellos un gesto de cuidado y un rasgo etnográfico único del mundo gallístico.

En cuanto al desarrollo de las peleas, aseguran que existen reglamentos internos claros, que algunos ejemplares utilizan espolones «de plástico» menos agresivos que los naturales. Recalcan que la organización prohíbe apuestas dentro de su estructura; otra cosa es que dos personas apuesten, pero eso ya no es cosa de la Federación. Los eventos son de acceso restringido a federados mayores de 16 años. Su orgullo es ganar las liguillas y torneos.

PERSONAS COMO YO (O MI CHICO)


No soy tu ‘boomer’
Entretenidos con el cuentecillo del enfrentamiento entre generaciones, no entendemos que la sociedad se divide, sobre todo, entre privilegiados y desposeídos.
Elvira Lindo, 22.02.2026

Cada vez que escucho a alguien que nació entre los cincuenta o los sesenta autodenominarse boomer me da una mezcla de rabia y vergüenza. Sería como llamar “mi chico” a un marido que tiene 70 años. Las hay. La obediencia con la que asumimos términos llegados del imperio da una idea de lo difícil que nos resulta crear nuestro propio lenguaje y asumir, como dice el ensayista Pankaj Mishra, que el momento de la desamericanización ha llegado. Así lo expresa Mishra: “Fueron los estadounidenses, con toda su influencia, quienes dieron prioridad a la felicidad individual por encima del bien común y relegaron los viejos debates sobre el propósito y el significado supremos de la existencia humana al ámbito de la vida privada de los ciudadanos”.

Aquel influjo estadounidense sigue alumbrándonos y haciéndonos creer que su cultura, incluyendo en esta las vanas aspiraciones, nos define. Mientras observamos a una sociedad que se resquebraja y repetimos aquello del fin del sueño americano, seguimos prisioneros de su música, su cine, su literatura y pensamiento, su orden moral. Palabras prestadas brotan de la boca de nuestros expertos hasta que consiguen, de tanto machacar, que sean las que utilicemos para nombrar los movimientos sociales. Nadie se planteó que hubiera una alternativa a woke, de tal manera que durante un tiempo los pioneros en usar el término advertían al público de su origen, tan incrustado por cierto en la historia americana, para luego explicarnos que wokes éramos los nuevos progresistas, dado que los progres ya habían caducado. Por su parte, el adversario asumió encantado el término como definición denigratoria, y todos tan contentos.

Lógico que hayamos sido también diligentes al adoptar esa afición tan americana de clasificar a los seres humanos por generaciones. Cuando vivía en EE UU, no dejaba de fascinarme la naturalidad con la que la población, obediente, se autosegregaba. Los viejos, que ya no producían, se iban a vivir a lugares adaptados para personas que, resignadas a su inutilidad y falta de atractivo, convivían con otros de su especie. Como los elefantes, se situaban a un paso del cementerio. Entendí la fascinación que provoca al extranjero (que no alien) comprobar que en países como el nuestro hay ancianas que meriendan en las cafeterías mezcladas con otros seres vivos. Luego se van a buscar a sus nietos al colegio. Sin guardar la reverencia de los países asiáticos hacia los mayores, aún nos sirven para algo. Pero la distinción narcisista ha llamado a nuestra puerta, cómo no, y así cada día se añade una letra distinta para denominar la generación de los que acaban de nacer. Dada la baja tasa de natalidad llegará un día en que habrá una letra por cada recién nacido. A falta de casa, que tenga casilla (sociológica).

Lo más irritante de todo es cómo se intenta teorizar sobre el enfrentamiento generacional dando a cada grupo de personas nacidas en torno a unos años rasgos distintivos que las convierten en puras caricaturas. Yo, por ejemplo, sería una más de esa generación que nació en brazos del desarrollismo, estudió más allá que sus progenitores, vivió locamente la movida ochentera y ahora anda esquilmando las arcas del Estado con pensiones que asfixian a los X, Y o Z. Es tan miope la mirada que a veces hasta se desliza un reproche del joven al viejo por el mundo heredado, como si los tecnoligarcas no tuvieran la misma edad de quienes se quejan. La pura verdad es que quien nos mire dentro de 40 años, sea como sea lo que el futuro nos depare, no podrá distinguirnos a unos de otros, porque estamos agitados por el mismo vaivén de la historia. Hoy, entretenidos con el cuentecillo generacional, somos incapaces de entender que la sociedad se divide, por encima de todo, entre los privilegiados y los desposeídos, y que personas como yo (o mi chico) compartimos con los más jóvenes un mismo sentimiento de alarma.

EL ESTRUENDO DEL ESPEJISMO


Aprendiendo a surfear
Espero de Uclés la suficiente serenidad como para blindarse ante este estruendo y ante los espejismos del éxito y del fracaso.
Rosa Montero, 22.02.2026

Una de las peores cosas del mundo de hoy es el aumento del ruido. Y no me refiero a los decibelios, que también, porque vivimos en unos entornos urbanos ensordecedores, sino al ruido social, emocional y psíquico. Andy Warhol fue profético cuando dijo eso de que, en el futuro, todas las personas tendrían sus quince minutos de fama. El futuro ya está aquí, en eso y en todo, hasta el punto de que las novelas de ciencia ficción parecen relatos costumbristas; en cuanto a los quince minutos warholianos, me temo que todo quisque ha pasado ya o puede pasar por una de esas momentáneas tormentas en las redes que te catapultan a una fama inmediata. Para peor, creo que la mayoría de las veces lo que te cae encima es una mala fama. De modo que son quince minutos de infamia que nos rondan a casi todos, porque es uno de los platos que se degustan con mayor deleite en la sociedad actual. Y es que, dentro de esa exacerbación del ruido que vivimos, nos chifla mitificar, y poner por las nubes a alguien, y lanzarlo al estrellato de la noche a la mañana con estruendosas fanfarrias, pero aún nos gusta mucho más, nos enloquece, vaya, machacar al que antes hemos elevado, aporrearlo a conciencia, bajarle la cresta a martillazos. Algo de esto le está pasando por ejemplo a David Uclés, el autor de La península de las casas vacías, que, desde mi punto de vista, fue loado en exceso en su momento, y al que ahora están atizando con irracional furia africana (dicho que viene del odio de los cartagineses hacia los romanos, no se me pongan políticamente correctos). Yo creo, como Sergio del Molino, que la democracia consiste en conversar con quienes no opinan como nosotros, pero ¿de verdad que este chico lo hacía antes todo tan bien y ahora lo hace tan mal? Espero de Uclés, a quien apenas conozco, y de la formidable ambición y voluntad que le llevaron a escribir las 700 páginas de su primera novela, la suficiente serenidad como para blindarse ante este estruendo y ante los espejismos del éxito y del fracaso, para poder seguir avanzando paso a paso por el camino de la obra, que es indistinguible del de la propia vida.

Y es que, en el caso de la gente que se dedica a labores creativas, el ruido social puede acabar contigo fácilmente. Es una presión que siempre ha existido; la historia de la literatura está llena de autores que enmudecieron, o incluso murieron, envenenados por el éxito o por el fracaso, como Truman Capote, que no sobrevivió a su triunfal libro A sangre fría, o Herman Melville, que cayó en un desdichado silencio durante muchos años tras el fiasco absoluto de Moby Dick. Pero, si esto ya era antes así, imaginen la destrucción que se produce ahora, multiplicado el ruido hasta el infinito en este mundo hiperconectado y vociferante. El camino de la escritura (y supongo que también el de las demás artes) es borroso e incierto y cualquier empujón puede hacer que te pierdas. El entorno parece confabularse contra ti y te llena la cabeza de mandatos absurdos, como, por ejemplo, que, si has vendido de un libro 10.000 ejemplares, del siguiente tendrás que vender más para no fracasar de forma humillante. Nada más lejos de la realidad; el progreso creativo no tiene que ver con el progreso comercial, y la existencia es todo menos lineal. Tras casi medio siglo de carrera literaria sé bien que a veces subes, a veces bajas, en ocasiones te equivocas, escribes libros mejores y peores, brillas más y menos, te alaban y te critican. O sea, que nos sucede como a todo el mundo, porque estos altibajos que acabo de describir no son exclusivos de los que nos dedicamos a actividades artísticas.

Vivir es caminar por un paisaje sinuoso y siempre cambiante, y la presión social es agobiante para todos; los falsos modelos aspiracionales, multiplicados por las redes, pueden hacernos muy desgraciados. Por ejemplo: el éxito no es un lugar, no es un palacio al que llegas y en el que te instalas, ni un objeto valioso que adquieres para siempre, sino que es un mero vaivén en el destino, una conjunción de factores externos y efímeros que muchas veces ni dependen de ti. De la misma manera, nadie es un triunfador ni un perdedor, porque todos triunfamos en algunas cosas y perdemos en otras; todos tenemos en nuestro haber perlas y carbones. Sin olvidarnos, además, de que todo acaba; también esto pasará, como decía el anillo mágico de Las mil y una noches. Hay que aprender a surfear ese mar bravío que es la existencia.

SABLES, BARCOS, TELESCOPIOS, TINTÍN


Arturo Pérez-Reverte, escritor: “La izquierda actual tiene una intolerancia maniquea, farisaica, oportunista, demagógica, extrema”
El creador del Capitán Alatriste, tras haber protagonizado otra vez diversas polémicas, abre las puertas de su casa para reflexionar sobre su obra literaria y la influencia de la guerra en su vida, la Real Academia Española o la situación moral de Europa: “Seremos los siervos de un mundo que no es el nuestro”.
Pablo Guimón-Jordi Amat, 22.06.2026

Sables por las esquinas, maquetas de barcos, telescopios, una estatua de Tintín tocada con un casco de la guerra de los Balcanes, un busto de Napoleón, un cuadrito de Richelieu, una foto de Conrad, una carta de Patrick O’Brian, una flor del campo de la batalla de Waterloo. Imagine la biblioteca de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) y ahora elévelo al cubo. La imagen se aproximará a lo que el visitante encuentra en el centro de operaciones del ex corresponsal de guerra, novelista, articulista y polemista. Tres plantas forradas con miles de libros con cuidadas encuadernaciones y salpicados de recuerdos de una vida vivida intensamente.

Pérez-Reverte accedió, tras solicitar pensárselo 24 horas, a una entrevista con EL PAÍS libre de los corsés de la promoción. Las novedades del escritor son la reedición de su novela sobre la guerra civil Línea de frente, en un estuche con un breve volumen con comentarios sobre el libro, y en mayo recuperará sus crónicas de guerra, con el título de Enviado especial, acompañado de una exposición con las fotos que tomó en los conflictos. El escritor aceptó hablar de la vida y chapotear en los charcos en los que ha andado metido estas últimas semanas: su arremetida contra la supuesta “moral inquisitoria” de cierta izquierda que derivó en el aplazamiento del seminario sobre la guerra que debía haberse celebrado en Sevilla bajo el título de “La guerra que todos perdimos”; la pelea con Davis Uclés que desató la polémica con su decisión pública de rechazar la invitación; así como la aparatosa bomba que soltó en la Real Academia de la Lengua en forma de un artículo en El Mundo en el que dijo que hoy la institución “ni fija, ni limpia, ni da esplendor”.

El padre de Alatriste luce formidable a sus 74 años, con camisa de cuadros gruesos, pantalón de pana marrón y zapato inglés. Un aire como de Balmoral que contrasta armónicamente con las líneas modernas del imponente chalé, los muebles bauhaus, las lámparas decó. Al fondo, el escritorio con un ordenador cuyo teclado tiene teclas redondas como de vieja Olivetti que imitan el ruido de una máquina de escribir, el que escuchaba hace más de medio siglo en la redacción del diario Pueblo. En una archivadora abierta, apuntes de la que será su próxima novela. Le empieza a preocupar cuántos libros le quedan por escribir, le atormenta tener que priorizar los proyectos que acumula. Se pregunta cómo será el día en que lo que escriba deje de tener valor. Si se lo harán saber y quién será el encargado. Para tranquilidad de sus lectores, a juzgar por esta larga conversación, el temido momento se antoja aún lejano.

Pregunta. En mayo publica Enviado especial, con sus artículos como periodista en conflictos bélicos. ¿Qué lecciones aprendió de la guerra?
Respuesta. Nada que no esté en la paz, solo que en la guerra es todo más extremo. Yo tengo la ventaja de que cuando fui por primera vez a la guerra, con 20 años, ya había leído mucho. Eso me permitió abordarlo con serenidad. Si no, a esa edad, la guerra me habría trastornado, pero en mí tuvo un efecto nutritivo. Era horrible, por supuesto. Pero haber leído me permitió digerir la guerra con más naturalidad. Fue un aprendizaje excelente, una escuela de vida. Mi forma de mirar el mundo empezó a fraguarse en mis primeros años allí.

P. Ha estado en guerras entre países, pero también en guerras civiles.
R. Sí, en siete.

P. ¿Cuál es la diferencia entre unas y otras?
R. El ser humano tiene rincones muy oscuros. Y la guerra civil es la que pone de manifiesto con más intensidad la parte oscura del ser humano.


P. En una entrevista reciente en un periódico italiano, dijo que España no ha superado la guerra civil. ¿Cómo se supera?
R. Se puede. Pero España no la supera por otras razones. Ya me estoy metiendo, cabrones [risas]. Yo tengo una opinión, que puede ser equivocada. Y como la tengo, pues la manifiesto porque me preguntan por ella. Una guerra civil puede superarse con sentido común. Y la nuestra, en sus aspectos más dramáticos, estaba superada. Más que superada, asimilada, digerida. Pero por razones políticas, se ha desenterrado. No como memoria, sino como herramienta; no como reflexión histórica, sino como arma política. A mí me la contaron mis padres. Mi padre, mi tío, mi abuelo lucharon con la República. Esas tres estanterías son libros sobre la Guerra Civil. Y he visto guerras civiles. Entonces, como sé lo que es, sé que estaba neutralizada. Pero a una generación que no tiene ni libros ni memoria directa, es muy fácil manipularla con lugares comunes: Franco malo, República buena total, el paraíso en la tierra fue roto por cuatro banqueros, cuatro militares y cuatro obispos con gomina en el pelo... La Guerra Civil se ha convertido en una herramienta política y eso nos ha devuelto a un territorio de hostilidad que había desaparecido. Yo pertenezco a una generación, y tengo una formación y una experiencia que me permite decir que la Guerra Civil la perdimos todos. Evidentemente, la ganó el bando nacional, Franco y su gente. Y la perdió la República. Pero aparte de ese planteamiento, indiscutible, hay una cosa evidente: los españoles perdimos. Perdimos progreso, una república, libertades. La mujer retrocedió 50 años en la historia. Perdimos mucho todos. Y eso me lleva a una cosa interesante…

Se levanta de pronto, como impulsado por las cintas de cuero de su silla Wassily, y se dirige a la biblioteca, de la que extrae dos libros que tenía colocados en horizontal, sobre el resto de volúmenes, en una estantería. Regresa a la mesa, abre el primer libro, El viaje de mi padre, de Julio Llamazares, lee de pie la página que tenía marcada. “A los que perdieron la guerra civil española de uno y otro bando”. Abre La península de las casas vacías, de David Uclés. Señala una cita: “¿Qué pone aquí?”.

R. Como veis, no estoy solo. Incluso alguno ha variado su planteamiento en los últimos tiempos por oportunismo. España perdió. A todos nos arrancó cosas importantes, nos retrasó el reloj respecto a la historia del mundo. Y eso es lo que espero que hablemos en Sevilla en octubre. Lo que pasó es que ahí se dieron otros factores que no tienen que ver con las jornadas. Hubo un movimiento, que detallé en su momento así que no volveré sobre él, de presiones reconocidas.

P. En un texto que incorpora a la reedición de Línea de fuego, habla de superar el maniqueísmo de buenos y malos. ¿No entraña un riesgo en estos tiempos?
R. He visto matar prisioneros, he visto torturar prisioneros en guerras civiles. No lo he aprendido en la barra de la taberna Garibaldi. Ni en el salón del Ritz. ¿A mí me vas a contar qué es una guerra civil?

R. Lo peligroso es el silencio. Callando dejas que los cánceres se extiendan. Lo que vamos a hacer en Sevilla es debatir, que hable todo el mundo, que expongan sus razones. Que junto al político oportunista esté el historiador serio que lo ponga en su sitio.

P. Había varios políticos en su congreso.
R. ¿Cómo no va a haber políticos en un debate sobre la guerra? ¿Cómo no van a ir si, justamente, ellos son los culpables? Van, hablan. Y entonces el historiador los corrige. Pero un sector político no quería que ocurriera. ¿Por qué? Porque un debate serio desmonta el argumento de buenos y malos del que están viviendo tantos chiringuitos en este momento.

P. En su artículo decía precisamente que le estremece el miedo al debate. ¿Cuáles son las fuerzas que impiden debatir?
R. Fíjese. Vox no quiso ir. Se negó desde el principio. Pero Uclés dijo que iba y después dijo que no. Nos dejó colgados. Y la presión hizo que [el coordinador general de IU Antonio] Maíllo, que iba, tampoco fuera. La historiadora Zira Box dijo que la habían presionado. No me lo inventé yo. Fueron cayendo. Bolaños aguantó muy bien. “Yo te he dado mi palabra”, dijo, “y voy”.

P. Se ha referido en ocasiones a una inquisición moral. ¿De dónde procede? ¿Cree que hay más intolerancia hoy en la izquierda que en la derecha?
R. En la izquierda hay de todo. Izquierda es un concepto injusto porque no es lo mismo Pablo Iglesias, Errejón o Echenique que Madina o Pedro Sánchez o Bolaños. La izquierda actual tiene una intolerancia maniquea, farisaica, oportunista, demagógica, extrema. Y ojo a cómo se ve el titular fuera de contexto, que yo he sido puta antes que monja [risas]. Dicho lo cual, esto es pendular. La derecha, la extrema, todavía no se hace oír lo bastante porque no tiene los cauces, ni los escenarios, ni los mecanismos adecuados. Pero cuando se instale, y se va a instalar por los pecados de todos nosotros, será tan intolerante o más que la extrema izquierda. No es que yo sea un profeta, es que es la historia. Son leyes pendulares.


P. ¿Le da más miedo ahora mismo Sánchez o Vox?
R. A mí no me da miedo nada. Yo soy republicano, y monárquico en defensa propia. Tengo la casa pagada, los libros leídos, el velero en el que paso mi otra vida amarrado en el puerto. Cuando se va todo al diablo, solamente hay un consuelo: saber por qué se va al diablo. Lo he visto mil veces. “¿Qué ha pasado? ¡Pero qué horror, qué espanto! ¡El tren ha chocado con otro, ha habido una guerra, una bomba, Putin!”. Pero si has leído, si tienes los mecanismos suficientes, eres capaz de interpretar. Y cuando interpretas ya no duele tanto. Porque son las reglas. La cultura es un analgésico. No impide el problema, pero te permite soportarlo sin volverte loco.

P. ¿La cultura como resistencia?
R. El problema está en que cada vez esto [señala a su biblioteca] es menos frecuente. No digo la dimensión, digo esto como ejemplo. La orfandad intelectual del receptor de todo esto lo vuelve loco. Falta cultura. Cultura de verdad, no lo de [menciona un cineasta español]. No pongan eso. Les ruego que me cuiden, coño. No me metan en más jardines de los necesarios, que ya tengo bastante.

P. Se mete usted solo…
R. Bueno, es lo que me sale. La cultura sirve para saber por qué se cae el avión. Una vez iba volando a Beirut y cae un rayo en el avión. Y todo el mundo: ¡Ahhhh! Y me dije, hostia, voy a morir rodeado de cantamañanas que no saben que los aviones se caen. La cultura sirve para no gritar cuando se cae el avión. Saberlo te da serenidad. Las reglas del cosmos incluyen el caos. De vez en cuando el caos dice “hola, aquí estoy” y te manda a tomar por culo. Saber todo eso te da un alivio horroroso. Si mañana mi mujer, mi hija, o yo mismo tengo un accidente y me quedo mutilado, por lo menos sabré que eso lleva ocurriendo millones de años y que tampoco es tan grave. No es tan grave. El ser humano, en los últimos siglos, se ha dado demasiada importancia. Es un tema para otra entrevista, cuando seamos mayores todos.

P. Cuando habla de esa excesiva importancia del individuo…
R. Fíjense. Cuando has viajado, te das cuenta de que estamos manejando un concepto muy occidental. La Biblia, el Evangelio, Jesucristo, la cultura judeocristiana, la catedral gótica. Pero si te vas fuera de Occidente, que ya es menos cálido que antes, te das cuenta de que tienen más certezas que nosotros. En Asia, que es el gigante del futuro, el individuo no vale nada. Son las hormigas rojas. Todo es sacrificable para que prime la colectividad. Nuestros maravillosos conceptos de humanismo cristiano, de solidaridad, de ilustración, de derechos humanos, se irán a tomar por saco cuando estemos en manos de aquellos para quienes todo eso no es importante. Europa fue referente mundial, desde Homero hasta hace cuatro días. Todo el mundo quería ser como nosotros. Esa fascinación ha desaparecido. Ahora nos desprecian. Europa ya no es nada. Vienen otros imperios. Y nos van a dar, pero bien. A mí no, que yo no voy a estar. A vosotros. Y a vuestros hijos. Ese mundo que viene va a triturar lo que va quedando de Europa. Y Europa es lo mejor que ha ocurrido en la historia. Con sus defectos, todo lo que quieras. Pero ahora Europa no es nada. Un parque temático para turistas. Vienen como el que visita las ruinas de Pompeya. Por eso siempre digo a los jóvenes que aprovechen, que disfruten. Todavía se puede leer y viajar a Roma y a Praga y a Sevilla. Bailar flamenco, comer pizza en el Vesubio, leer a Lampedusa y a Spinoza y a Balzac y a Dumas y a Cervantes. O a Pérez-Reverte, si les apetece. Dentro de un tiempo eso habrá desaparecido. Seremos los siervos de un mundo que no es el nuestro.

P. ¿La batalla está perdida?
R. Perdida. La única épica posible es no permitir que la batalla se libre sin pelear. Vamos a morir todos. Pero hay que combatir. Pelear por aquello en lo que crees. Pelear por razones lúcidas, no fanáticas. No porque te manipulan, sino porque crees que debes hacerlo. Que al malo, si lo hay, le sangre la nariz aunque gane la batalla. Hay que vender cara tu piel. Cuando eres joven, después de mayor ya es otra cosa. Yo sigo peleando batallas, la de Sevilla, mi novela, mis artículos. Pero un joven debe seguir peleando. Hay que perder. Es compatible la derrota con la pelea.

P. En ocasiones lo ha formulado con estas palabras: “Mis valores como persona y como escritor se basan en la guerra”.
R. Correcto.

P. Defiende un código moral asociado a palabras como lealtad, venganza, coraje. ¿No considera que son valores que durante mucho tiempo se han visto como reaccionarios?
R. ¿Lealtad? Por supuesto. ¿Venganza? Claro que sí. Ahora tiene mala prensa pero es absolutamente higiénica. Y deja el cuerpo estupendo. ¿Coraje? Claro. ¿Eso es reaccionario?

P. Digamos que los valores que aprende en la guerra, los que defiende en su comportamiento público, en el tipo de personajes y novelas que construye, no han sido durante mucho tiempo los valores éticos del discurso dominante.
R. Mis novelas no tienen código moral. Están hechas de truhanes, canallas, tramposos, traficantes, villanos.

P. “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”, así arranca la saga del Capitán Alatriste.
R. Ahí está. Hay escritores que creen que la literatura tiene un deber moral, que es hacer mejor el mundo. Saramago, que era muy amigo mío, era muy de esto. Y hay otros, como yo, que creemos que no tiene obligación moral alguna. Cuento historias que me hacen feliz. Me meto ahí [señala su escritorio] cada mañana y soy feliz. Y los que me leen también lo son. No quiero educar. Cuento el mundo tal y como lo he vivido. No hay valores. Hay personajes y situaciones.

P. ¿A usted le gusta pelear?
R. Claro. Sí. Sí. Me gusta pelear. Me mantiene vivo, despierto y lúcido.

P. La gente mata por ir al programa de Jordi Wild. Usted debe de ser el novelista que más veces ha estado con uno de los principales youtubers de España. ¿Por qué cree que le llama?
R. Ha sido buen lector mío de siempre. Y además le doy muchos seguidores. No es una chulería. Una entrevista conmigo le dispara la audiencia. Pasa lo mismo cuando voy a Pablo Motos. Cuando voy a El hormiguero, ¡bum!, se dispara. Y si fuera a La revuelta... Me está llamando todo el tiempo. Quiere verme para convencerme. Por alguna razón, que no sé cuál es, tengo una repercusión mediática fuerte.

P. ¿De verdad que no sabe por qué es?
R. ¿Por qué? ¿Porque, según vosotros, defiendo valores reaccionarios, hijos de puta? [risas]

P. ¿Podemos insultar también?
R. Sé dónde viven y tengo sables. [risas]

P. ¿Tal vez conecta porque no estamos acostumbrados a que alguien esté peleando permanentemente?
R. No. ¿Saben a lo que no están acostumbrados? A que se diga lo que se piensa e importen un carajo las consecuencias. A eso es a lo que no están acostumbrados. Yo me lo puedo permitir. He vivido, he viajado, he visto lugares maravillosos y lugares terribles. He vivido una vida de verdad. A mi edad, ¿qué pierdo yo?

P. ¿También pelea en Twitter?
R. Es raro que yo debata en Twitter. ¡Si es un puto tuit, lo puedes decir en la barra de un bar! Es una herramienta poderosa de la que procuro no abusar. Ahora tengo dos millones y medio de seguidores. Me permite el contacto con los lectores de una manera fresca, inmediata, familiar, directa, informal. También aprendes un montón porque la gente muestra más de lo que cree mostrar. Me divierte. Cuando meto una cita clásica, que sale de ahí [Señala los estantes de la biblioteca donde tiene ordenados, entre otros, los volúmenes de clásicos grecolatinos de la editorial Gredos], la meto porque menea. No digo “este es Sánchez”, esta mañana iba por Feijoo. Que pongas un tuit y al rato esté Pablo Iglesias o te llame uno de Vox, uno del PSOE, “oye, Arturo”. ¿Qué más me da? ¿Qué pueden hacerme? ¿Hacerme una crítica mala en EL PAÍS cuando sale el Alatriste? Voy a por una aspirina. ¿Os vais a quedar a comer, cabrones?

Regresa a los pocos minutos. Pasa junto al kalashnikov que tiene apoyado en una estantería y que se trajo desmontado en la maleta de su etapa cubriendo la Guerra de los Balcanes. La aspirina se disuelve en el vaso.

P. Vamos a pasar a la Academia. Sus críticas a la RAE fueron calificadas por algún académico como el ataque más grande que ha sufrido la institución desde que hay memoria. ¿Comprende que se interpretara así?
R. Sí, era un ataque. En la RAE ahora no hay debate casi. Cuando se plantea un tema, se habla en el pleno y después se olvida hasta el siguiente. Harto de que todo muera ahí, voy a contarlo en público a ver si meneo un poco. Y se dio lo que esperaba. La parte ofendida se manifestó y la parte que estaba conmigo se calló, como suele hacer, por otra parte. “Son cosas de Arturo…”. La tilde, el “sólo”. Muerto Vargas Llosa y muerto Marías, que eran los más militantes conmigo, me he quedado solo. Decidí contar de una vez lo que pasa. Estaba muy razonado, fue reproducido en muchos países de Hispanoamérica. Quise desvincularme de una manera de entender la RAE que no me gusta y negar la complicidad. Pero, como siempre, me quedé solo. No todo el mundo es capaz de asumir el precio. Yo lo asumo, primero, por mi manera de ser y, segundo, porque me lo puedo permitir.

P. ¿La discrepancia que planteó no era entre recoger usos y el estilo?
R. Necesitaríamos una entrevista entera sobre esta cuestión. La Academia ha mirado siempre el uso para incorporarlo, pero debería pasar un tiempo de vigencia para que fuese incorporado, no es suficiente que esté documentado en la red. Y antes, además de esta cuestión, la Academia ejercía la autoridad sobre si un uso era correcto o no, como hacía Lázaro Carreter con el dardo en la palabra. Esa labor de señalar los peligros, que hemos pedido mil veces en los plenos, no se cumple. Y esa dejación de autoridad a favor del uso está provocando que la Academia haya perdido impulso.

P. ¿Su ataque ha tenido algún efecto?
R. Todo sigue igual. Sabía que no iba a cambiar nada, pero mi posición queda clara. Yo no entré en esa RAE. En los primeros años estaba García Yebra, Gregorio Salvador, Rodríguez Adrados, Claudio Guillén, Ignacio Bosque. Yo hablaba cuando me preguntaban. Estuve callado aprendiendo durante años. Pero fueron muriendo, fueron dejando huecos y esos huecos se llenaron de una manera que no me convenció a mí ni a otros. Y por eso empecé a hablar. Y les revienta que menciones los viejos maestros muertos… Y creo que ya he dicho bastante.

P. ¿Echa mucho de menos a Javier Marías?
R. Mucho. Cada jueves después de la Academia íbamos a cenar. Hablábamos de cine, chicas, amigos, novela policiaca… Éramos como el empollón, él, y el gamberro, yo. Teníamos una complicidad como si fuéramos Zipi y Zape. Era mi hermano de juegos. Cuando vives mucho tiempo hay restaurantes que cierran, lugares que cambian y hay amigos que mueren, cada vez más. Javier es uno de los grandes huecos de mi vida, el escritor con el que he tenido una relación de mayor profundidad. Y realmente lo echo mucho de menos. Pero bueno, son las reglas.

P. ¿Ve diferencias entre la consideración de su obra fuera de España y en España? ¿En España está mediatizada por su imagen pública?
R. En cuanto a lectores, no. Pero en España hay campañas periódicas a favor y en contra. Como cuando Iglesias dijo en el Parlamento, “más Galdós y menos Pérez-Reverte”. O cuando Abascal se cabrea. Ahora hay parte de la derecha que dice que soy un vendepatrias porque Alatriste habla de la España oscura y no la gloriosa… Cuando parte de la derecha, a la que gustaba tanto Alatriste y los tercios, se ha puesto a leer despacio, ve que lo oscuro también asoma. Entonces me ataca. Ha coincidido con Vox. Nadie se preocupa por eso en Italia o en Francia. Gajes del oficio, va incluido en el sueldo.

P. ¿Tal vez lo atacan porque es la persona con mayor poder literario en España?
R. Os aseguro que no lo ejerzo. ¿Para qué? Hay gente que se dejaría cortar un brazo por estar en mi situación. No hago vida literaria. En Sevilla no he cobrado un puto duro, jamás. Me pagan el billete de AVE y el hotel. No cobro nunca conferencias. Y del Estado, jamás, como Marías. Hago lo que me apetece. No me considero algo fundamental. Si mañana desaparezco, se pierde un novelista. Nada más. Soy feliz con la vida que llevo, tíos.

P. Queríamos terminar citando un diálogo de El capitán Alatriste. Hacía el final de la novela el Conde Duque de Olivares le dice: “Tenéis cierta propensión a ser herido”. Alatriste contesta: “Y a herir, Excelencia”. ¿Se siente identificado?
R. Absolutamente. No soy Alatriste, pero Alatriste sin mí sería imposible. Su mirada y la manera de ver el mundo es la mía. Quizá por eso a algunos les quiero bien y a otros les quiero mal.