miércoles, 7 de octubre de 2026
7 DE OCTUBRE (III)
Tres años de sufrimiento en Gaza: “Aquel 7 de octubre sentí que nuestras vidas acabarían destrozadas. Es lo que ha sucedido”
Los palestinos de la Franja siguen padeciendo la brutal reacción israelí al ataque de Hamás. Reprochan a los países árabes su inacción y cada vez apoyan menos al movimiento islamista.
Seham Tantish, Antonio Pita, 07.10.2026
https://elpais.com/internacional/2026-10-07/tres-anos-de-sufrimiento-en-gaza-aquel-7-de-octubre-senti-que-nuestras-vidas-acabarian-destrozadas-es-lo-que-ha-sucedido.html
“El 7 de octubre de 2023, estaba seguro de que pagaríamos un precio muy alto y de que nuestras vidas acabarían destrozadas. Realmente lo sentía. Y es lo que ha sucedido”. Anwar al Shtat, desplazado desde entonces 12 veces de su Beit Hanún natal, en el norte de Gaza, malvive hoy, con 55 años, en una de las innumerables tiendas de campaña de la atestada capital. Relata su situación con una aguda sensación de olvido, en un espacio pequeño y oscuro junto a calles llenas de aguas residuales. “El mundo entero ve cómo vivimos y, sin embargo, se queda de brazos cruzados. Culpo a los países árabes y también a los dirigentes de las facciones palestinas que están fuera de Gaza. Nuestro destino y nuestras vidas han quedado en manos de esas facciones, pero nadie hace lo suficiente para poner fin a nuestro sufrimiento. Israel no cede, Hamás no cede y el mundo entero nos trata como si no fuéramos seres humanos. A veces siento que solo se acuerdan de nosotros durante el día. Luego, cuando se van a dormir por la noche, dejamos de pasarles por la mente”.
Tres años después del ataque de Hamás, que se cumplen justo este miércoles, los más de dos millones de gazatíes siguen sufriendo las consecuencias de la brutal reacción del Gobierno de Benjamín Netanyahu: primero con bombardeos masivos que llegaron a matar 1.000 personas en un solo día y, luego, con una invasión terrestre que se convirtió en sinónimo de desplazamientos forzosos y de hambre en medio del fuego. Aunque coinciden en maldecir a Israel y a buena parte del mundo (en particular a los países árabes, una frecuente diana verbal) por haberse puesto de perfil, algunos critican también —de forma más o menos sutil— a Hamás por lanzar un ataque que ha acabado convirtiendo sus días en un infierno.
Edificios destrozados y dañados por los bombardeos israelíes en Ciudad de Gaza, este martes. Jehad Alshrafi (AP Photo/Jehad Alshrafi)
Es el caso de Malak Abu Shamlah, que a sus 22 años ha quedado viuda y a cargo de dos hijos. “Creo que el 7 de octubre fue un peligro. Que no se dieron cuenta de las consecuencias de lo que nos sucedería después de ese día”, lamenta sin esconder su enfado con todo y todos.
Abu Shamlah recuerda el “miedo a lo que vendría” que sintió mientras escuchaba el “caos” y el sonido de decenas de cohetes lanzados contra Israel, un señuelo para favorecer la desactivación de los mecanismos de vigilancia, facilitar la entrada masiva de milicianos y el derribo de la barrera fronteriza. “La guerra ha destrozado nuestras vidas”, sentencia. Como si el tiempo se hubiese detenido en Gaza, su población sigue sin agua corriente ni electricidad tras casi un año de alto el fuego más teórico que práctico, porque Israel continúa bombardeando a diario (causando más de 1.460 muertos) y paraliza la reconstrucción.
Cientos de miles aún viven en tiendas de campaña y dependen de la ayuda humanitaria y de las organizaciones caritativas. Primero, la tregua y, luego, la guerra de EE UU e Israel contra Irán han sacado a Gaza de la lista de prioridades de las cancillerías. Aún hoy, la mayoría de la gente tiene menos de seis litros de agua diarios para uso doméstico y un acceso limitado a artículos básicos de higiene, como jabón, según recuerda el responsable de actividades médicas en Gaza de la ONG Médicos sin Fronteras, Murad Asaliyya, en un comunicado con motivo de la efeméride.
Por eso, Abu Shamlah subraya que no ha perdido solo a su marido —que era la fuente familiar de ingresos, como peluquero—, sino también “la capacidad de sentir”. “Ya no siento felicidad ni tristeza. Me siento perdida, como si ya no tuviera sentimientos hacia nada”, dice. “Culpo a todos los países que no nos han apoyado. Si hubieran estado a nuestro lado y nos hubieran ayudado desde el principio, tal vez no habríamos llegado a este punto de desesperación y destrucción”.
La devastación de Gaza ha modificado la percepción sobre Hamás entre los palestinos. Su popularidad ha caído al 33% en Gaza y al 18% en Cisjordania. El Centro Palestino de Investigación de Políticas y Encuestas, con sede en la ciudad cisjordana de Ramala, mostraba en su sondeo de agosto cómo únicamente un quinto de los palestinos cree la narrativa épica del movimiento islamista de que ha salido victorioso frente a Israel. Aunque Hamás la alimenta estos días, difundiendo vídeos inéditos y gestas de sus milicianos, es la mitad que hace diez meses, cuando arrancó la tregua.
Esto no significa que los gazatíes aboguen por un acercamiento a Israel tras el dolor que les ha infligido. Su percepción, de hecho, está muy condicionada por la idea de resistencia y autodefensa. Así, según el sondeo, un 72% se opone a que las milicias palestinas entreguen las armas antes de que Israel retire completamente sus tropas de Gaza, como les exige Netanyahu y la Junta de la Paz que preside Donald Trump y supervisa el alto el fuego. Los hutíes de Yemen, la milicia libanesa Hezbolá e Irán gozan de niveles de aceptación relativamente altos.
Aliya al Ansari, también desplazada desde el norte hasta Ciudad de Gaza, reparte culpas, pero no por igual: “En primer lugar, a Israel, que ha matado a muchos palestinos a lo largo de los años, incluso antes del 7 de octubre, por lo que no necesitaba una excusa para matarnos”. En un territorio donde los cadáveres bajo los escombros se calculan entre 8.000 y 10.000 (Israel impide la entrada de maquinaria pesada para retirarlos), Al Ansari no sabe dónde está uno de sus hijos, ni su yerno.
Como muchos otros gazatíes, carga también contra “todos” los países árabes, parte de los cuales combatieron del lado palestino en tres guerras contra Israel (1948-1949, 1967 y 1973) y centran ahora su acción en la ayuda humanitaria, los comunicados de protesta y la mediación. Los cinco que reconocen a Israel (Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos y Bahréin) han mantenido las relaciones diplomáticas durante estos tres sangrientos años. Rabat, de hecho, las ha profundizado.
Al Ansari padece diabetes y comparte con otras 19 personas una carpa que se inunda con las lluvias. “Para mí, personalmente, el 7 de octubre fue una gran catástrofe. Nuestras vidas han dado un vuelco total desde aquel día”, afirma.
Aún más grave es que su situación puede empeorar a corto plazo, en vez de mejorar. Este mismo martes, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha asegurado —sin presentar pruebas— que Hamás intentará “influir” en las elecciones del próximo día 27 lanzando un ataque, al que Israel respondería con una “fuerza abrumadora”. Su ministro de Defensa, Israel Katz, ha ido más lejos: si un solo soldado israelí resulta dañado, no solo Hamás, sino también “la población de Gaza”, pagarán “un alto precio, fuera de toda proporción”.
“La gente fuera de Gaza cree que la guerra ha terminado, pero para nosotros no es así. Cada día hay asesinatos y bombardeos, y sentimos que la muerte puede alcanzarnos en cualquier instante. El desplazamiento, el hambre y el sufrimiento nos han dejado agotados”, resume Al Ansari. “Nuestra situación es indescriptible”.
Seham Tantish es una periodista y reportera con sede en Gaza que documenta el impacto humanitario y la vida cotidiana bajo el conflicto actual. Trayectoria y Colaboraciones:
The Guardian: Trabaja como corresponsal local informando sobre la situación en la Franja de Gaza, incluyendo historias de resiliencia y el día a día de sus habitantes.EL PAÍS: Colabora en la cobertura internacional junto a otros periodistas para relatar el sufrimiento y las dificultades de las familias gazatíes.
7 DE OCTUBRE (II)
Netanyahu estira el 7 de octubre porque sabe que, cuando termine, la nación herida y ensangrentada que lo eligió podría, por fin, tener libertad para hacer algún tipo de introspección.
Etgar Keret, 07.10.2026
Los últimos tres años han sido una forma de tortura de una lentitud insoportable, y el espíritu actual aquí, entre el río y el mar, es que el 7 de octubre continúa presente: seguimos viviendo aquel horrible día que se niega a terminar. Los rostros de los rehenes israelíes liberados de Gaza y de los padres afligidos cuyos hijos nunca regresaron a casa siguen llenando nuestras pantallas de televisión. Muchos de ellos también adornan las listas de candidatos de los distintos partidos políticos, junto a generales retirados y reservistas. Hace poco más de una semana, un padre doliente que figura en la lista del Likud, en respuesta a una rehén liberada (una mujer de casi 90 años) que habló en contra del primer ministro Benjamin Netanyahu, le dijo que ojalá pudieran devolverla al cautiverio de Hamás. Son palabras muy duras, pero en la guerra vale todo. Si en Israel alguien se atreve a sugerir que el 7 de octubre ya ha quedado atrás, la gente de alrededor señalará inmediatamente un avión de FlyDubai sobrevolando la ciudad y le reprenderá por decir semejante tontería: “¿Ves?”, insistirán, “todavía nos están masacrando”. Y, aunque las únicas lesiones graves en ese incidente las sufrió el piloto indio, los medios israelíes se apresuraron a presentarlo como un valiente héroe que defendía a Israel, simplemente porque salvó su propia vida al enfrentarse a un terrorista perturbado.
Este peligro era concreto, visible e inminente, pero Netanyahu ya ha rodado un hábil vídeo promocional en el que aparece con un avión de combate a sus espaldas, listo para entrar en acción, y ha asegurado al pueblo judío que los iraníes nos van a atacar en las próximas semanas. Y si no lo hacen, quién sabe, quizá Israel ataque a Irán, o a algún otro estado vecino, con una acción preventiva en defensa propia. Al fin y al cabo, no hay muchos lugares en la región que no hayamos atacado mientras se prolongaba ese día interminable durante los tres últimos años: Gaza, Líbano, Yemen, Qatar, Cisjordania e incluso Turquía podrían estar en la lista, si los antisemitas nos dan una excusa suficientemente buena. Para las familias desconsoladas y los rehenes liberados, el trauma del 7 de octubre nunca acabará del todo. Y, para el resto de nosotros, nunca se acabará mientras Netanyahu siga estirándolo. Porque él sabe que, cuando ese día termine, la nación herida y ensangrentada que lo eligió podría, por fin, tener libertad para hacer algún tipo de introspección y reflexión y, entonces, tal vez dejemos de tragarnos el engaño de que los israelíes están siendo todavía víctimas de una masacre. En cambio, si juega bien su baza del alarmismo y consigue enarbolar periódicamente nuevas amenazas existenciales, el 7 de octubre podría durar toda la eternidad.
Y siempre surge una nueva amenaza: un tribunal siniestro en La Haya, un alcalde antisemita en Nueva York, un sinfín de países europeos que critican a Israel. Al pueblo judío nunca le han faltado amenazas existenciales. En las últimas semanas nos hemos visto atacados por una nueva y especialmente peligrosa, en forma de un documental titulado NAZA. Después de habernos encarado con cientos de terroristas armados y haber soportado innumerables misiles iraníes, nuestra valiente nación se enfrenta ahora a una nueva arma no convencional llamada reflexión. En vez de venir a por nosotros con los cuchillos desenvainados, estos cineastas israelíes, que se odian a sí mismos, empuñan un espejo e intentan obligar a los pocos israelíes que se atreven a mirar a verse a sí mismos, a contemplar las consecuencias de sus actos y de su inacción. Y todo ello, mientras la masacre, al parecer, continúa. No hay nada más cruel que obligar a una víctima a mirarse en el espejo en medio de una masacre, sobre todo si la imagen reflejada es la de una víctima cuyas propias manos están manchadas de sangre.
La solución de Netanyahu y su ministro de Cultura, Miki Zohar, fue pedir que se privara de la ciudadanía a los cineastas. Hace 31 años, cuando asesinaron al primer ministro Isaac Rabin, nadie sugirió que se le quitara la ciudadanía a su asesino. Pero, claro, aquel hombre se limitó a intentar acabar con el proceso de paz asesinando a un primer ministro en activo, mientras que estos dos directores despiadados han hecho una película. Y no una película cualquiera, sino de esas que reciben ovaciones prolongadas en los festivales de todo el mundo. El público aplaude descaradamente la película mientras la “masacre” continúa.
Cualquiera que sea tan ingenuo como para creer que el 7 de octubre terminará, por fin, dentro de tres semanas, cuando haya elecciones en Israel y Netanyahu salga derrotado, debería pensárselo dos veces. El “bloque del cambio” que se presenta contra el Gobierno de guerra actual se ha unido, casi sin excepción, a la iniciativa del partido de Netanyahu de prohibir a todos los partidos árabes que se presenten a las elecciones. Estos partidos han estado siempre en el Parlamento israelí y representan aproximadamente a una quinta parte de la población del país. Pero eso era antes del 7 de octubre. Eran otros tiempos. Ahora nos han convencido de que estamos jugándonos la vida, así que no se les puede dejar mantener la cabeza alta. Cuando las cosas se calmen un poco y regrese la cordura, nos pensaremos si hay que permitir que los ciudadanos palestinos de Israel puedan volver a elegir libremente a sus representantes. Quizá los actuales líderes de la oposición incluso dediquen parte de su energía a inhabilitar a los partidos verdaderamente antidemocráticos, como las facciones racistas de Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir. Pero ahora no es el momento. Ese es un lujo que tendrá que esperar.
Mientras tanto, mantengamos los ojos bien abiertos y estemos alerta: el 7 de octubre sigue ahí. No es una fecha ni un acontecimiento concreto, sino un estado de ánimo. Y, con o sin Netanyahu, me temo que quizá no termine jamás.
Etgar Keret es escritor y director de cine israelí. Su último libro traducido al español es El blues del fin del mundo (Siruela).
Traducción del inglés de María Luisa Rodríguez Tapia.
7 DE OCTUBRE (I)
El país recuerda a las más de 1.200 víctimas en un aniversario impregnado por la cercanía de los comicios, que medirán la responsabilidad política de Netanyahu.
Antonio Pita, 07.10.2026
Benjamín Netanyahu aprovecha un evento institucional en memoria de las víctimas del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 (celebrado este lunes, siguiendo la fecha del calendario hebreo) para acusar al mundo de lanzar “una mentira tras otra, un libelo tras otro” sobre el “llamado genocidio” en Gaza.
De repente, Yaakov Godo, que perdió aquel día a su hijo Tom (por fuego israelí, según se determinó dos años después), se acerca e interrumpe el discurso: “¡No protegiste a mi hijo, no protegiste a 1.200 asesinados en un día, el 7 de octubre! ¡Vergüenza, deshonra!”.
—“Sabine Tassa, de Netiv HaAsará, perdió...” intenta continuar Netanyahu.
—“Yo también perdí”, responde el padre, antes de retirarse, ataviado con una camiseta con la foto de su hijo.
La escena refleja cómo la jornada más letal en la historia de Israel (más de 1.200 muertos) y su mayor fiasco de seguridad —solo equiparable a la falta de preparación para la guerra del Yom Kipur, en 1973— sigue marcando el debate nacional tres años después.
Televisiones, radios y diarios llevan días recordando las historias de heroísmo, pérdida y dolor de aquella jornada, que dejó al país en estado de shock y aceleró de golpe el viraje que llevaba dos décadas efectuando: hacia la derecha, la religión, la deshumanización de los palestinos y la normalización del lenguaje genocida y de apoyo a la limpieza étnica, incluso de la propia minoría árabe del país.
En estos tres años, Oriente Próximo ha dado un violento vuelco. Escenarios antes considerados improbables, como un enfrentamiento directo entre Irán e Israel (libraban una guerra soterrada a través de terceros países, ciberataques y operaciones secretas), se han hecho realidad hasta cuatro veces. Sobre todo, el pasado febrero.
El debilitamiento de Hezbolá, con la explosión por el Mosad de miles de buscas que había encargado, contribuyó a la caída del régimen de Bachar el Asad y el fin de casi 14 años de guerra. E Israel tiene hoy una causa abierta por genocidio en el Tribunal de La Haya y un primer ministro con una orden de arresto del Tribunal Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y lesa humanidad en Gaza, donde no ha cumplido el objetivo que declaró, ya que Hamás controla más del 40% de la Franja que no ocupa el ejército israelí.
Milicianos de Hamás liberan a la soldado israelí Agam Berger en Yabalia, en el norte de Gaza, el 30 de enero de 2025. Dawoud Abu Alkas (REUTERS)
Sin embargo, el tema central de las inminentes elecciones no es el presente. Los comicios del próximo día 27 son, sobre todo, sobre aquel 7 de octubre de 2023 y la responsabilidad política de Netanyahu. Hasta el ultraderechista Itamar Ben Gvir lo usa para hacer campaña. Ha instalado un cartel en Tel Aviv con su rostro y la frase: “Si él fuese ministro de Defensa [el puesto que ya ha adelantado que quiere], el 7 de octubre no habría sucedido”. En realidad, aquel día era ministro de Seguridad Nacional, del que depende la policía.
El simbolismo de la coincidencia de ambas fechas en el mismo mes escapa a pocos. Una campaña por internet contra Netanyahu muestra en color rojo sangre la fecha 7.10 para añadir un 2 al principio, bajo un fondo de tumbas y la frase: “El Día de los Caídos”.
“Si me hubiesen despertado”
Netanyahu es el único alto mando político o militar aquel día que sigue sin dimitir ni hacer autocrítica. Generalmente, se refugia en una abstracta alusión a la responsabilidad general antes de alimentar la teoría de que los cargos de seguridad no lo despertaron aquella mañana porque temían la respuesta que ordenaría. “Si me hubiesen despertado, todo habría sido distinto”, ha dicho. A diferencia de la entonces primera ministra, Golda Meir (que dimitió por el fracaso del Yom Kipur, pese a que una comisión la absolvió de responsabilidad directa), Netanyahu sigue en el poder, se presenta a la reelección y lleva tres años impidiendo que una comisión independiente investigue los errores.
“Cuando eligió la fecha de las elecciones —y muchos le aconsejaron no celebrarlas en octubre—, lo hizo porque pensaba que el impacto de la masacre ya se habría mitigado, que habían pasado tres años y las posturas de todos ya estarían definidas”, pero “el asunto de la responsabilidad por lo ocurrido el 7 de octubre sigue siendo un tema de gran calado para la sociedad israelí”, analizaba este domingo la comentarista política del canal 12 de la televisión nacional, Daphna Liel. “Lo significativo es que la opinión pública aún está terminando de definir su postura”.
Hoy, según un sondeo difundido este martes por este canal, un 65% de los israelíes considera a Netanyahu responsable “en gran medida” —más otro 22% “en cierta medida”— del fiasco del 7 de octubre, motivado por una mirada estratégica altiva hacia los palestinos y enfocada en gestionar el conflicto, en vez de resolverlo. Las advertencias de Emiratos Árabes Unidos y Egipto fueron ignoradas, unos 100 soldados en la frontera con Gaza fueron reubicados días antes en Cisjordania (donde venía aumentando la violencia de los colonos israelíes) y los mandos militares trataron con condescendencia machista los avisos de las soldados en las torres de control.
Los encuestadores preguntaron a los votantes de la coalición de Netanyahu —entre su partido, el Likud, la extrema derecha y los ultraortodoxos— si “el fracaso del 7 de octubre y sus repercusiones” les ha hecho pensar si apoyarlos de nuevo. Un 33% respondió que “en gran medida”; un 22%, “en cierta medida” y un 41%, “en absoluto”.
En vez de comisión de investigación, Netanyahu propone venganza. Tras el ataque de Hamás, los servicios secretos Shin Bet y Mosad formaron una unidad especial denominada Nili (un acrónimo de un versículo bíblico) dedicada a rastrear y matar a todo aquel que penetrase aquel día en Israel. Cuando se filtró su creación, un mes después del ataque, se señalaba que iría a por los alrededor de 2.500 miembros de Nujba, los milicianos más preparados de Hamás, que lideraron el ataque. Un esquema parecido a la campaña internacional del Mosad para matar a los palestinos responsables del asesinato de 11 atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972.
Este domingo, según la filtración de una reunión del gabinete político y de seguridad, el jefe de la Dirección de Inteligencia del ejército israelí, Shlomi Binder, aseguró que han matado ya a unos 4.000 de los 6.000 gazatíes que cruzaron a territorio israelí aquel 7 de octubre. Como se puede ver en los vídeos del momento, no todos eran milicianos: también civiles que festejaban el ataque o el derribo de la barrera fronteriza, o que aprovechaban para robar.
“Cualquiera que haya participado en el ataque contra nosotros, que haya retenido a nuestros rehenes, tiene los días contados. Daremos con ellos, como dimos con otros. Día tras día, ajustamos cuentas con estos despreciables asesinos”, señaló Netanyahu este lunes en su discurso.
Seguridad
Gayil Talshir, experta en política israelí de la Universidad Hebrea de Jerusalén que ha estudiado a fondo la era Netanyahu, explica que el primer ministro está intentando convertir la seguridad nacional “en el principal asunto de los comicios”, pese a que, a priori, sería un punto débil: el ataque sorpresa tuvo lugar durante su mandato y venía de alimentar la permanencia de Hamás en el poder en Gaza, para fragmentar —geográfica y políticamente— a los palestinos y debilitar a la Autoridad Nacional Palestina, para no tener que negociar la creación de un Estado palestino. “Su narrativa es que Israel logró reagruparse tras el ataque, librar una guerra con Irán junto con EE UU y, básicamente, cambiar la situación, con el ejército controlando zonas de seguridad en Siria, Líbano y Gaza”, señala por teléfono la experta Talshir.
Lo ejemplificó el mes pasado, en su discurso ante una Asamblea General de la ONU semivacía: “En vez de hundirnos, nos levantamos y luchamos como leones”.
Ese animal que se repone de las heridas, en la metáfora de Netanyahu, es hoy el país peor valorado del mundo, con -24 de percepción media, cinco puntos por debajo de los dos siguientes: Corea del Norte y Afganistán, según el Índice de Percepción Democrática difundido en mayo por la organización de análisis de la opinión pública global Nira Data.
Puede verse a diario en ámbitos como el cultural o el deportivo. El más reciente: el partido de vuelta, en Serbia, entre las selecciones de Israel e Irlanda. Los futbolistas de Irlanda (uno de los países más propalestinos de la UE) portaron brazaletes negros por los más de 74.000 muertos en Gaza y agacharon la cabeza cuando sonó el himno rival.
La UEFA investiga este martes si un jugador israelí escupió en el descanso al cuerpo técnico irlandés. La rueda de prensa acabó en bronca: quitaron bruscamente el micrófono a un periodista israelí tras asegurar que un jugador irlandés llamó “monos” a los rivales. Otra periodista israelí preguntó al seleccionador de Irlanda, Heimir Hallgrimsson, por qué “apoyan a gente” cuya “ideología se basa en el asesinato”. Hallgrimsson pide que los dos equipos no puedan cruzarse más, como sucede en casos de conflicto bélico, pasado o presente, caso de Rusia y Ucrania; Armenia y Azerbaiyán (por Nagorno Karabaj) o Serbia y Kosovo.
Antonio Pita es corresponsal para Oriente Próximo, tras cubrir la información de los Balcanes en la sección de Internacional en Madrid. De vuelta a Jerusalén, donde ya trabajó durante siete años (2007-2013) para la Agencia Efe. Licenciado en Periodismo y Máster de Relaciones Internacionales y Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid.
RUMORES, DICEN
Lo que hacen Ayuso y palmeros es medir hasta dónde pueden llegar sus fieles, qué límites que comprometan públicamente su coeficiente intelectual están dispuestos a superar.
Manuel Jabois, 07.10.2026
Fantástico Rasputín y la caída de los Romanov (Crítica) de Antony Beevor; fantástico incluso literalmente. Daban igual los mitos y leyendas alrededor del campesino analfabeto que llegó a la cima del poder en la Rusia de los zares: que el pueblo se las creyese era el poder de Rasputín. “Los rumores y las teorías sobre supuestas conspiraciones pueden producir efectos aún más poderosos que la realidad”, recuerda Beevor. Cuando Ayuso y Abascal avisan de que el resultado de las elecciones no valdrá si ellos no resultan ganadores (dan algunas vueltas toreras, pero en esencia es lo que dicen), lo que hacen es poner a prueba el nivel de degradación de la democracia, exclusivamente según ellos achacable a Sánchez. Recibo capturas de delicados españoles en grupos de whatsapp deshaciendo las maletas porque no se puede votar por correo, que lo ha dicho la lideresa en púlpitos diversos. Ingenuos esos turistas, cuanto menos. ¿De verdad creen que si el Gobierno pudiese manipular el voto por correo, no manipularía también el presencial para ahorrarse el susto? O aún peor: ¿de verdad creen los ayusers a los que han estropeado las tradicionales vacaciones de finales de noviembre que en caso de victoria socialista, Abascal y Ayuso van a señalar sólo a Correos teniendo tanto parapsicólogo cerca al que achacar la hipnosis colectiva de españoles decentes? Lo que hacen Ayuso y palmeros es medir hasta dónde pueden llegar sus fieles, hasta dónde pueden creer, qué límites que comprometan públicamente su coeficiente intelectual están dispuestos a superar. Ponerlos a bailar para ver cuánto aguantan, en definitiva. Los aristócratas creyeron que matando a Rasputín sus problemas terminarían, como bien comprobó la familia Romanov en el sótano de la casa Ipátiev de Ekaterimburgo. España (el sistema y sus prioridades, que siempre se reducen a su pura supervivencia) tiene problemas más allá de los nombres. Y uno de ellos es la facilidad con la que cualquier ciudadano leído está dispuesto a creerse bulos insoportables: primero porque le interesaba, ahora ya porque se ha quedado pajarito y los cree de verdad. Como cuando uno empieza drogándose por las risas y acaba atracando farmacias.
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