domingo, 8 de febrero de 2026

LA PARADA DE LOS MONSTRUOS


Cofradía de pedófilos
En la lista de depravados de Epstein hay de todo y Europa se definirá por la respuesta que dé al escándalo.
Elvira Lindo, 08.02.2026
https://elpais.com/opinion/2026-02-08/cofradia-de-pedofilos.html

En 2016, cuando un joven de 28 años irrumpió con un rifle de asalto en una pizzería de Washington en donde los bajos fondos de internet habían situado el centro de una fraternidad de pedófilos capitaneados por Hillary Clinton, yo aún creía que las mentes que producían esos delirios solo podían brotar en Estados Unidos. Hace diez años pensaba que el influjo que ejercía el imperio sobre nosotros, cultural en gran medida, no nos empujaba como sociedad a reproducir comportamientos patológicos. Aquella creencia delirante, bautizada como QAnon, creyó ver en Trump al David bíblico designado desde el más allá para limpiar de inmundicia este mundo. Lo alzaron como el líder del Gran Despertar, y Trump, proclive a alimentar con cualquier idea pestilente su propio pedo, se dejó abrazar por la conspiranoia y auguró que los papeles de Epstein serían la prueba definitiva que señalaría a toda una cofradía de pedófilos demócratas. Los papeles de Epstein protegieron, paradójicamente, al hombre amoral del que ya conocíamos comportamientos abusivos en todos los campos. Pero este cuentagotas de revelaciones enfurece al presidente: aunque lo desvelado aún no justifica imputación alguna para ese plantel de individuos repugnantes, Trump brilla con demasiada frecuencia en sus páginas; aunque jamás lleguemos al fondo del caso más sórdido de depravación protagonizado por figuras poderosas de la política internacional, la realeza, la academia y la cultura, todo nombre que asoma se convierte a nuestros ojos en partícipe o cómplice de esta fiesta inmunda.

Ya es mucho lo que nos señala el pequeño porcentaje de revelaciones. El poderoso se siente atraído por sus iguales; el poderoso cree que su comportamiento, por dañino que sea, es legítimo por cuanto el poder lo sitúa más allá de la legalidad; los derechos de mujeres y de menores, más aún si son pobres, no entran en su consideración ni le provocan culpa o piedad; asume, sin asomo de empatía, la idea de que hay personas que nacieron para su uso y disfrute, no contempla que ese abuso las desgracie de por vida. Hay ya algún idiota en España, siempre hay idiotas de avanzadilla, poniendo en duda la veracidad del caso. Es una interrogación que siembra otras, al tiempo. Está a un paso de decir que esto es una confabulación de las feministas para que los hombres muerdan el polvo de una puta vez, o para que esa ultraderecha que marcha a galope se descabalgue. Pero no hay caso, porque en la lista de los depravados hay de todo: filántropos que enmascaran lo sucio con buenas obras; líderes demócratas, como Clinton, a los que se les vio el plumero desde la casilla de salida; mujeres, como Hillary, que llevan toda la vida disculpando los pecadillos del cónyuge; hay privilegiados, como el ex príncipe Andrés, que ya desde el líquido amniótico han nadado en la abundancia; ministros de cultura de un país que han defendido el abuso como un aspecto de la vida íntima, véase Strauss-Khan; hay damas atraídas por ricos depravados; hay gente de la cultura que busca influencia o donaciones, referentes morales de la izquierda que sirven de consejeros, empresarios que por codicia estrechan la mano del pervertido. Hay un dinero putrefacto que les une a todos y un salvoconducto para entrar en la real sociedad de marranos. Europa se definirá también con la respuesta que dé a esta infección de carácter internacional. Como decía esta semana Reed Brody, el abogado de derechos humanos, comienzan a vislumbrarse los efectos de la resistencia del pueblo ante la crueldad. Europa empieza a torcer el gesto ante Trump, incluso una extrema derecha consolidada como la francesa. Aquí, en España, vamos tarde: Díaz Ayuso prepara una intervención en Mar-a-Lago con la ilusión de una chiquilla. No entiende, o sí, que se une a la parada de los monstruos, un espectáculo grotesco que acabará mal no sin antes destrozar lo que encuentren a su paso.

SÓLO LA LETRA "A" ANTES


La palabra ‘again’
Trump, Meloni, Orbán, Putin, Milei y compañía felizmente limitada no son conservadores; son reaccionarios.
Martín Caparrós, 07.02.2026

Quizá por eso nos salvemos. No del todo, ya lo sé, pero un poco, apenas más que otros. Sí, corremos con la ventaja de no tener esa palabra, la que sintetiza lo peor de la conversación mundial contemporánea. En castellano no hay una palabra como again; para decirlo tenemos que juntar dos —otra vez, de nuevo— o caer en la tristeza del adverbio en mente: nuevamente, diríamos, por ejemplo. Pero nadie propondría un eslogan que rezara “Hagamos a España grande nuevamente”; no tiene ritmo, se tropieza, no suena a grande y menos aún a grande de España.

Y esto, decía, nos lo pone un poco más fácil. Again —­que traduciremos de una vez por todas por “otra vez”— es la clave del desastre, la contraseña de estos tiempos de mierda: Make America Grotesque AGAIN. Que sea como antes otra vez.

Hay pocos cuentos más viejos y resistentes que el de la Edad de Oro; pocas personas que no hayan vivido años y años lamentándose por vivir en esos años y no en otros anteriores, superiores. Tantas creyeron que al principio había habido una edad maravillosa que la maldad del hombre, el rencor de los dioses, la astucia de la serpiente, la codicia de la mujer o cualquier otro cliché habían arruinado hasta llegar a esta basura: nuestras vidas. Insisto: no hay relato más insistente, persistente, inconsistente, estupefaciente que ese cuento para amargados que se creen que su único error fue no haber nacido en el momento justo —­otro— y su única solución sería empeñarse en que alguna magia los devolviera a aquella era ya perdida, siempre perdida, como el tiempo.

El relato de la edad dorada ha servido para fundar reinos, religiones, filosofías y hasta romances retrasados, pero nunca se pone tan necio como cuando se usa para hacer política. Y es lo que está pasando en estos días.

Ahora, en este mundo que no encuentra su futuro, cada vez más personas se dejan arrullar por la vieja canción de la mitología de segunda: “Que todo tiempo pasado fue mejor”. Eso, en política, tiene un nombre: se llama reaccionario. No es conservador, porque conservadores son los que quieren que las cosas sigan siendo como son, estando como están; conservadores somos, lamentablemente, en estos días los progres y otras izquierdas que tratamos de conservar los derechos luchados y adquiridos —la igualdad ante la ley, la libre circulación de las personas, la presunción de inocencia, la salud pública, el aborto, la democracia, esas cositas. No, Trump, Meloni, Orbán, Putin, Milei y compañía felizmente limitada no son conservadores; son reaccionarios. O sea: tratan de encabezar una reac­ción que lleve a nuestras sociedades a adoptar muchas de las reglas y características que supuestamente tenían en ese tiempo ido.

Un tiempo cuya primera calidad, por supuesto, es no haber existido: el señor Milei, por ejemplo, antes de dedicar todos sus esfuerzos a higienizar los calcetines de su jefe, se desgañitaba gritando que la Argentina había sido la primera potencia del mundo en 1890 y que él nos iba a llevar de vuelta a esa época magnífica. La Argentina, es obvio, nunca fue la primera potencia del mundo pero millones de personas lo creyeron y lo votaron. (La democracia, últimamente, se dedica a reírse de nosotros y nuestras ignorancias: a mostrarnos lo caro que pagamos no saber.)

Un tiempo cuya segunda calidad —contradictoria y complementaria de la primera— es que resulta muy creíble: ¿por qué no podremos hacerlo, si ya lo hemos hecho? Si nuestros abuelos vivieron así, nosotros nos merecemos vivir como ellos, como se vivía antes de que los corruptores arruinaran todo —insiste la ignorancia.

Un tiempo cuya tercera calidad es su hipocresía: te ofrece, so pretexto de que “entonces todos vivían mejor”, volver a sociedades donde la desigualdad era tan bestia que ni siquiera se podía nombrar. Y lo hace para que unos pocos señores sigan siendo más ricos que nunca en la historia. Así que la palabra again es casi un lapsus del lenguaje, un tropiezo donde el lenguaje dijo más que lo que habría querido: again, la repetición por excelencia, la palabra de los reaccionarios, se lee muy fácil como a gain, una ganancia, lo que todos estos señoros y señoras realmente quieren. Qué pequeña ganancia para unos hombres —habría dicho un astronauta distraído—, qué gran pérdida para la humanidad. Again?

MALDITOS TIEMPOS INTERESANTES


Esta inacabable charlatanería
Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha.
Irene Vallejo, 08.02.2026

Un grupo de inconformistas se reúne en casa de un amigo para beber vinos y arreglar el mundo. La conversación se adentra en la noche, y fluye y sigue. Saben que les ha tocado vivir malditos tiempos interesantes. A sus ojos, la política se parece cada vez más a una despiadada guerra de bandos. En la atmósfera de una democracia nerviosa y amenazada, hasta el lenguaje empieza a transformarse; muchos desprecian la moderación como disfraz de pusilánimes y la inteligencia como incapacidad para la acción. Consideran digno de confianza al más furibundo; y al que no, sospechoso. La adhesión de los exaltados recibe aplausos, mientras la razón sosegada solo cosecha burlas. Estamos en El Pireo, hace unos 2.500 años. Quien inicia el debate es un tal Sócrates. Lo narran las primeras páginas de La República de Platón.

Uno de los comensales lanza la pregunta esencial: qué es lo justo y la justicia. Rodeados de rugidos y furia, aquellos insólitos personajes —de profesión, filósofos— creían imprescindible interrogarse sobre esos conceptos en los que nos jugamos la vida, dedicar sus esfuerzos al excéntrico empeño de la conversación, buscando la palabra precisa, la idea certera. En los primeros compases del debate, parecen acercarse a un acuerdo: la justicia sería garantizar a cada cual lo que le corresponde o merece. Hasta que el sofista Trasímaco pierde la calma y estalla: “¿A qué viene, Sócrates, toda esta inacabable charlatanería? ¿Qué sentido tienen todas estas estúpidas condescendencias? Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte".

Todos callan, sobrecogidos. Desde siempre, el cinismo irrumpe en el debate ético con aura de experiencia, sagacidad y realismo. Sócrates, sin apabullarse, lo enfrenta con socarronería zalamera. ¿A quién se refiere Trasímaco cuando dice: “más fuerte”? ¿A los campeones de lucha libre? ¿Deberían ser los luchadores olímpicos nuestros gobernantes? A lo largo de la historia, la propaganda de las dictaduras ha exaltado los cuerpos hercúleos, pero los dictadores mismos no suelen responder a su propio ideal físico supremacista. Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha. Para Trasímaco ser fuerte no es cuestión de músculo, pelea y esplendor halterofílico, sino inspirar obediencia, sumisión y miedo; es decir, tener poder. Un poder que, como demuestra la experiencia, recae en aptos e ineptos, en personas cuerdas y también en gente desequilibrada. Esa fuerza. Y al calor de la conversación, estalla la pregunta incómoda: ¿es la justicia una ilusión, una invención al servicio de los poderosos?

En democracia, como en las tiranías, aclara Trasímaco, cada gobierno establece las leyes que le interesan y castiga a quienes no las cumplen. Justicia es, concluye, el deseo de quien manda: el poder define el bien y el mal. Milenios más tarde, este argumento del sofista inspiró a Nietzsche, que denunciaría la moral cristiana como glorificación del débil y mutilación de la excelencia. A su muerte, su hermana Elisabeth editó muchos de esos textos y los aproximó al imaginario del nazismo. Y hoy, por el zigzagueante camino de la filosofía y de los siglos, aquella conversación en el Pireo influye también en los teóricos de la Ilustración Oscura, los nuevos autoritarios, que defienden tesis antidemocráticas y aspiran a regir los países como si se tratara de grandes empresas donde se ensalza la obediencia al jefe máximo.

El diálogo platónico aborda sin rodeos esta cuestión aún palpitante. Sócrates afirma que gobernar no estriba en buscar lo que conviene al dirigente, sino a los gobernados. La política debería parecerse a la medicina: ambos oficios consisten en cuidar y beneficiar a otros. Intentando probar la candidez e ingenuidad de esa idea, Trasímaco desnuda su teoría sin rodeos: la política no tiene ni la más remota aspiración al servicio público, solo consagra al depredador máximo.

A lo largo de milenios, una ristra interminable de tiranos y políticos corruptos parece dar la razón al cinismo de Trasímaco. El sofista defiende que abusar resulta siempre más provechoso que ser justo. En todas partes salen ganando –dice– quienes rapiñan, quienes no tributan, quienes se aprovechan de lo público, quienes benefician a familiares y amigos a costa de lo común. Sostiene que nos quejamos de las injusticias cuando las sufrimos, pero a todos nos parece estupendo cometerlas. Cuando pronuncia esas palabras, el fuego de sus ojos parece preludiar la democracia en llamas. Este filósofo, defensor a ultranza de los poderosos, existió en carne, hueso y fiereza; no se trata de una ficción inventada por Platón. Nacido en el Bósforo, fue maestro itinerante de retórica. El patriarca de quienes, hechizados por el aura del líder firme y aplastante, aclaman la política de la fuerza y no la del servicio.

Sócrates, en tono socarrón, replica con una paradoja: incluso los ladrones y bandidos, sea cual sea el saqueo que realicen en común, conseguirán mejores resultados si colaboran. Los atropellos y dentelladas contra tus aliados despiertan rencor y luchas. Lo mismo en una familia que en cualquier sociedad: nada lograrás si siembras discordias y enemistades.

Siglos después, San Agustín escribiría: “¿Qué ladrón hay que soporte a otro ladrón?“. También los injustos exigen justicia y lealtad hacia ellos: no es extraño que, de hecho, exhiban una piel muy fina. La apología del poder como apetito sin límites exalta el egoísmo —propio— mientras reclama obediencia, renuncia y hasta servilismo —ajenos—. Incluso la persona más despiadada lo es asimétricamente: se muestra inmisericorde hacia el prójimo, pero exige ser tratada con respeto y delicadeza. Así opera la extraña equidad de los apóstoles de la desigualdad.

Sócrates argumenta que un estado arbitrario termina por ser más débil: la solidez de una ciudad no se mide por lo que unos pocos pueden saquear, sino por la unidad de todos. La violencia no trae concordia, la corrupción levanta sospechas mutuas, el abuso no robustece. Los economistas del presente han detectado una clara correlación entre leyes justas, confianza y prosperidad. Y, frente a las bravuconadas de Trasímaco, la historia prueba que los líderes fieros dividieron a las ciudades y condujeron a grandes tragedias colectivas.

El biólogo Edward Wilson, en su ensayo La conquista social de la Tierra, ofrece la clave para entender el dilema del éxito de los ególatras. "En la evolución social genética existe una regla de hierro, según la cual los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos altruistas ganan a los grupos de individuos egoístas". La gran ventaja de nuestra especie deriva de esa insólita capacidad para colaborar y repartir los beneficios de la cooperación. La pregunta de Sócrates continúa vigente: ¿para qué nos sirven a todos los demás esos individuos egoístas, interesados y codiciosos que convierten su voluntad en ley? A ellos mismos les beneficia su avidez, de acuerdo, pero ¿por qué deberíamos aplaudirlos o votarlos, cuando solo nos consideran adversarios o instrumentos a su servicio y además nos debilitan como grupo? Tendremos mejores líderes si dejamos de admirar la ferocidad de sus éxitos individuales —casi siempre frágiles— y valoramos su capacidad de forjar comunidades robustas —es decir, justas—. Nuestros mejores logros nunca han sido fruto de la fuerza bruta. Confundir la prepotencia con la potencia es el signo del momento histórico e histriónico que vivimos.

CONSEJOS

MOMOS_SAAD

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE


IDIOMAS Y CAMAREROS


Siempre me he maravillado con la capacidad del ser humando de aprender otros idiomas, sobre todo con aquellos que nacen con ese don divino. Es quizá, inversamente proporcional a la aversión que siento, digamos por ejemplo, a aquellos que se ríen de los camareros en un restaurante, hecho que puede llegar a cortarte la digestión. Esa capacidad de la que hablo, que permite leer EasyJet y pronunciar mentalmente "isiyet", con mejor o peor fortuna, o Edelweiss y entenderlo como "edelbais" en el mejor alemán de Hans Castorp que uno pueda permitirse. Saber idiomas es, sin duda, una de las cosas que más envidio (sanamente). 
Recuerdo una ocasión durante aquellos años que viajaba recurrentemente a Nueva York sin compañía, cuando me acerqué a uno de los desk del hotel, creyéndome rico, a comprar allí mismo una entrada para un musical. La recepcionista, una chica muy amable, me hablaba en inglés como si tal cosa, suponiendo yo que era latina porque se llamaba Juanita o algo parecido, y de la que supe finalmente que era boricua. Me decía que prefería hablar conmigo en inglés porque hacerlo en español con un ídem le causaba depression, pronunciado casi sin mover los labios, a la manera americana de hablar inglés. Fue esa una de mis primeras conversaciones en Spanglish, sin duda.
Así que entre idiomas y camareros anda el juego.
Feliz domingo. Yo ya en casa.

jueves, 5 de febrero de 2026

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE




IMPRESCINDIBLE HOY

TENERIFE DESDE GRAN CANARIA

By Nacho G. Oramas.

UN CLÁSICO, UN MUSEO Y +


Hacer un musical teniendo un libro tan profuso y denso como "Los Pilares de la Tierra" de Ken Follet las entiendo como tarea ímproba, es por ello que disfrutamos doblemente de éste en Madrid. Resuelto a la manera inmersiva que tan de moda está en exposiciones. No sólo el escenario sino el mismo patio de butacas se ilumina o vibra en momentos clave de la trama. Buenos cantantes con grandes voces y una música fácil de escuchar. En resumen, efectista y entretenido, un buen plan para una noche de miércoles en Madrid. Después, cena a base de pinchos en La Txapela.

Por la mañana, craso error al no haber reservado sitio en el Caixa Forum, ¡quién iba a decir que un miércoles por la mañana estuviera todo lleno hasta las 13:30h! Pues sí, ¡Madrid!, ya se sabe, muriendo de éxito. Para variar, en esta ocasión nos llevó al centro una taxista que echaba pestes del gobierno local, protestando por el trato que recibía el sector y por tener todo el centro cortado: ¡obras!, todo son obras, es imposible conducir por el centro, nos decía. Un usuario de taxis que se precie debe llevar consigo siempre un buen catálogo de temas por si se tercian: fútbol, política y/o políticos, tráfico, obras, clima, etc., activando el botón mental del famoso "asentimiento con la cabeza" para no entrar en polémica con el conductor; si hay que asentir ante una alabanza a Ayuso, pues se asiente y tan feliz, que uno necesita llegar tranquilo a Barajas. ¿O no?

De paseo por Fuencarral, Gran Vía y el Paseo del Prado, nos encontramos una tienda MUNICH donde el logo funcionaba como soporte de los artículos. Muy ingenioso. 














Tras el fiasco del Caix forun echamos mano al plan B que un viajero lleva siempre en la retaguardia, normalmente la visita a un museo menos concurrido o fuera de los circuitos turísticos normales, estando las visitas a iglesias descartadas en esta ocasión. El Museo Banksy fue nuestra elección y allí nos encaminamos antes de la reserva para almorzar en el Vietnam de la C/ Huertas, rico rico, y la vuelta al aeropuerto (un UBER con conductor mudo que, eso sí, nos amenizó con una música tan indescriptible como repetitiva. Un horror. Propina 0). Una reproducción bien montada de cuadros y graffitis del artista anónimo a lo largo de su trayectoria y en varias ciudades. Si te gusta el arte urbano y no te apetece recorrerte medio mundo para verlo, éste es tu museo en Madrid.














































Estos dos los pude ver en Palestina, de camino a Belén, el año del COVID.