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domingo, 23 de agosto de 2026

MARCOS, EL "NIÑO LOBO", DEP


La entrevista al 'niño lobo' de Sierra Morena hace 15 años: “Me abrigaba con la piel de los ciervos que matábamos para comer”
Cordópolis rescata una entrevista al ‘niño lobo’ de Sierra Morena realizada en Cardeña en 2010: Marcos Rodríguez Pantoja, que sobrevivió doce años solo en la montaña, muere en Ourense a los 80 años.
Aristóteles Moreno, 22.08.2026

Son las 11 de una mañana fresca de abril de 2010. Nos espera el cineasta Gerardo Olivares en la plaza de Cardeña. Allí nos ha citado para hacerle una entrevista sobre su prolífica y admirable trayectoria profesional. Entramos en un bar, tomamos asiento y pedimos un café con leche. Viene acompañado de un señor menudo vestido con un chaleco de cazador. Arranca la grabadora y Gerardo Olivares va desgranando la increíble historia que protagoniza su próxima película.
El filme rescata la insólita odisea de un niño de posguerra que logra sobrevivir durante doce años en mitad de Sierra Morena acogido por una manada de lobos. La sorprendente historia apareció incluida en un amplio reportaje publicado en El País sobre niños salvajes. Y, entre todas ellas, figuraba el caso asombroso de Marcos Rodríguez Pantoja, el niño lobo que fue encontrado en los años sesenta en la serranía de Fuencaliente, a escasos 18 kilómetros de donde nos encontramos.

Justo por esa razón se encuentra en Cardeña con el equipo de grabación. Ya solo les queda rodar los últimos planos de primavera. A la cuarta pregunta sobre la inaudita historia que está relatando, Gerardo Olivares se gira a su izquierda, señala al señor del chaleco de cazador y dice: “Pregúntele a él. Yo no he vivido entre lobos”.

Allí estaba sentado en silencio Marcos Rodríguez Pantoja. Sus padres lo entregaron a un cabrero en 1953 y fue encontrado doce años después en estado semisalvaje, vestido con pieles de ciervo, descalzo y sin apenas balbucear palabras reconocibles. Más de medio siglo después se encuentra en esta cafetería del pueblo que le vio nacer a punto de relatar ante la grabadora una de las historias más alucinantes de Sierra Morena.

Fragmentos de aquella entrevista fueron reproducidos parcialmente por ABC Córdoba el 18 de abril de 2010. Hoy la rescata Cordópolis en su versión completa con motivo de su reciente fallecimiento en Ourense. “Yo vivía de pequeñito aquí en Cardeña, pero para mí era una vida muy desarraigada. En la sierra me sentía un personaje porque a mí todos los bichos me acogían. De tal manera me acogieron que hacía más que ellos. ¿Comprende? Yo era como un jefe casi para todos”.


PREGUNTA. ¿Con cuántos años se quedó usted solo en la sierra?
RESPUESTA. Me quedaría con 9 o 10 años. Yo aquí en Cardeña lo pasé muy mal.

P. ¿Se quedó solo?
R. Sí, solo. Al final ya me quedé solo. A todas las personas humanas las temía porque me pegaban muchas palizas de pequeñito.

P. ¿A usted?
R. Sí, muchas palizas.


P. ¿Quién le pegaba?
R. Casi todo el mundo.

P. ¿Y por qué le pegaban?
R. Porque era muy pequeño. Yo guardaba guarros y pavos cuando mis padres se iban a la cebada. Eran todo palizas y, cuando mi madrastra volvía a casa, me pegaba otra más grande.

P. O sea, usted se refugió en la naturaleza para huir de aquello.
R. Sí. Totalmente.

P. ¿Lo decidió usted o sus padres?
R. No. A mí me llevaron con un señor de Fuencaliente que tenía cabras.

P. Para que trabajara de pastor.
R. Sí. Me llevaron con el viejo.

P. Y el cabrero lo tomó a usted como aprendiz.
R. Más o menos.

P. Y usted estuvo con él.
R. Pero muy poco tiempo.

P. Porque él se fue.
R. Y me quedé solo. Luego se llevaron las cabras y, como yo le temía a la gente, ya me quedé allí viviendo.

P. ¿Cuánto tiempo?
R. Bastante tiempo. A mí me cogieron con 20 años y estuve en Madrid con las monjas, hice la primera comunión y luego me llevaron a Cerro Muriano a hacer el servicio militar.


P. ¿Estuvo doce años perdido sin tener ningún contacto con nadie?
R. Al principio sí tenía contacto con el viejo cabrero donde me llevaron mis padres. Luego se lo llevaron a él y me quedé solo. El contacto más grande era con los animales.

P. ¿Dónde dormía?
R. En un caserón viejo. El cabrero había puesto unos palos y unas ramas, pero yo no podía estar con él porque era más salvaje que yo. Cogía un conejo, lo partía por medio y me lo tiraba.

P. ¿Crudo?
R. Sí, claro. Yo tenía hambre y veía a los animales comer.

P. Y usted se lo comía crudo.
R. Algunas veces se acercaba un lobillo, me lo quitaba y yo salía corriendo detrás de él. Hasta que me metí en una cueva con los lobitos.

P. Usted se metió en una cueva con lobos.
R. Esto es muy largo de contar. Jugando en la orilla del río me encontré con una bocamina. Una especie de cueva. Jugaba con los lobitos y pensé que si me iba allí con ellos el pastor no me arreaba. Mi vida ha sido todo a palos.

P. Usted prefiere vivir con lobos antes que con hombres.
R. Yo sí. Toda la vida lo he preferido. Pero ya he aprendido muchas cosas y sé que esta vida es así.

P. El cabrero se murió.
R. No. Se lo traerían a Cardeña.

P. Y se quedó usted solo allí.
R. Sí.

P. Se tiró mucho tiempo sin hablar.
R. Sí. Yo ya vivía en la cueva. Aprendí a vivir de otra manera.

P. ¿Cuánto tiempo vivió en la cueva?
R. Bastante tiempo. No le puedo decir, pero bastante.

P. ¿Y cómo se abrigaba?
R. Me abrigaba con las pieles de los ciervos que matábamos los lobos y yo para comer.

P. Los lobos y usted.
R. Sí.

P. Usted tenía una comunidad con los lobos.
R. Era mi familia. Yo me crie con ellos. Empecé a comer carne cruda con los lobillos pequeños y era uno más de la familia. Yo pegaba un aullido y ellos venían.

P. Increíble.
R. Yo me criaba en la orilla del río. Ellos bajaban de la montaña a donde sabían que yo estaba escondido con un palo grande y una porra. Y cuando los ciervos pasaban el río, yo me tiraba, me montaba en lo alto de uno, me agarraba a los cuernos y le pegaba con la porra en la cabeza. Se sentaban todos alrededor, le quitaba la piel, cogía las tripas y las echaba al agua. A cada uno le daba su parte y yo me quedaba con la mía. Me ponía la piel y todas las moscas venían detrás de mí. Y para pescar en el río, ponía cuatro piedras, cogía un conejo, echaba las tripas y cuando veía peces cogía otra piedra y la tiraba por encima. Donde yo lo he pasado muy mal ha sido en la ciudad.


P. Usted iba desnudo.
R. ¿Que iba a tener? La ropilla que yo llevaba se pudrió.

P. ¿Cuándo fue la primera vez que contactó con la gente del pueblo para abandonar su vida en la montaña?
R. Eso tiene mucha historia. A mí me sacó la Guardia Civil de Fuencaliente por un guarda que dio parte.

P. ¿Por qué dio parte?
R. Un guarda se asomó a lo alto de la sierra y vio a una persona que era persona y animal. Llevaba el pelo muy largo por la cintura, descalzo y con pieles. Entonces dio parte al cuartel de la Guardia Civil de Fuencaliente, me sacaron de allí y me cortaron el pelo.

P. ¿Usted sabía comunicarse después de tanto tiempo?
R. Pues no. Me daba miedo.

P. ¿Qué le daba miedo?
R. De la gente. Porque yo me acordaba de pequeño que me pegaban mucho aquí.

P. ¿Usted perdió el contacto con sus padres?
R. Con mis padres lo he tenido siempre perdido.

P. ¿Por qué?
R. Yo a mi padre casi no lo conocía porque se dedicaba a hacer carbón. Tenía una madrastra que me ponía a guardar vacas por ahí y a robar bellotas para traérselas y, si no, me pegaba una paliza. Y luego me tiraban a dormir a la calle.

P. ¿Lo echaban a usted a la calle?
R. Sí.

P. ¿Pero eso en un pueblo era posible? ¿Que un niño durmiera en medio de la calle?
R. Sí. Aquí había una posada, en esa puerta de ahí [señala con la mano un portón de la plaza de Cardeña], donde entraban los burros. Yo me metía ahí con los burros y dormía en los pesebres.

P. O sea, sus padres se desentendieron de usted.
R. Sí. No me querían nada más que para cobrar las cuatro pesetas que le daban por guardar guarros.

P. ¿Usted en qué año nació?
R. La verdad es que no lo sé. No me lo han dicho nunca.

P. ¿No sabe cuántos años tiene?
R. Sí. Tengo 64.

P. ¿Y por qué sabe que tiene esa edad?
R. Porque me lo han dicho.

P. ¿Quién se lo ha dicho?
R. La gente. Saqué la partida de nacimiento el otro día en mi pueblo. Y el carné de identidad.

P. Usted siente más peligro en los hombres que en los lobos.
R. Ahora ya me he hecho más a las personas. Y voy comprendiendo las cosas. Un poco tarde, pero voy comprendiendo. Pero al principio no había manera. A mí me metieron en Madrid y eso fue criminal. Allí no podía vivir. Me tuvieron que llevar fuera de Madrid. A Pozuelo. Era insoportable aguantar tanto ruido y tanto jaleo. Era como si cogen a un bicho y lo sueltan en medio de Madrid. No podía aguantar eso de ninguna manera.

P. ¿Por qué lo llevaron a Madrid?
R. Me llevaron a un convento con monjas. Allí hice la primera comunión. Me pusieron unas tablas y una correa para poderme poner derecho porque yo andaba medio ladeado y casi a cuatro patas.

P. ¿No ha tenido la tentación de volver al campo?
R. Sí, muchas veces.

P. ¿Y por qué no ha vuelto?
R. Ya no sabía volver. Eso es lo primero. Lo segundo es que esta vida te coge como la droga. Te atrapa. Es otra manera de vivir.

P. ¿Qué es lo que echa de menos de su vida anterior?
R. La tranquilidad que tenía. La amistad con los bichos.

P. ¿Se puede llegar a tener amistad con los bichos?
R. Sí. La familia la hace el roce, no la sangre.

P. Con 20 años lo cogieron a usted del campo.
R. Sí, me cogieron con 20 años. Me llevó un cura de Lopera. Cuando me soltó la Guardia Civil me fui con unos pastores que iban por los caminos de carne, por donde van los animales. Me fui con ellos y fui a parar a Lopera. Y en Lopera conocí a un cura que me llevó a Madrid con las monjas. Y allí ya me pusieron una tabla para ponerme derecho.

P. Porque usted andaba a cuatro patas.
R. Casi. En el servicio militar lo pasé muy mal. Todo era pegar tiros y aquello me asustaba.

P. ¿Cuánto tiempo estuvo usted en Madrid?
R. No lo sé. Hasta los 21 años que me fui al servicio militar, pero no lo terminé. Yo me quería ir de allí, me lie a llorar y el coronel dijo: “Márchate que ya has pasado bastante. Vete con tus monjitas antes que me mates a mí”.

P. Lo licenciaron antes de tiempo.
R. Sí. Me vine otra vez a Madrid con las monjitas y luego me dice uno: “¿Vas a estar toda la vida aquí con las monjas? Vente conmigo a Mallorca”. Digo: “¿Y eso qué es?”. Dice: “Es una isla”. Se lo dije a las monjitas, tuvieron una reunión y dijeron: “¿Qué hacemos? Aquí no va a estar toda la vida”. Entonces me hicieron la maleta, me dieron un poco de dinero y me fui a Mallorca. Y el mismo día que llego aquel señor me robó la maleta, se llevó el dinero de las monjas y me dejó tirado. No lo he vuelto a ver más. Las monjas llamaron a la Policía, me buscó y en una pensión me acogieron para trabajar allí. Pero yo no sabía trabajar y formé la de San Quintín.

P. ¿Cómo fue la vida de la ciudad después de tantos años en el campo?
R. Una cosa muy rara. A mí me engañaba todo el mundo. Yo no sabía lo que era el dinero. Iba a comer y me decían que tenía que pagar.

P. ¿Cuál fue su primer trabajo?
R. Limpiar calamares en la cocina del bar de la pensión. Me puso una mujer unos calamares, apreté sin darme cuenta los ojos y saltó la tinta por los azulejos. Puse toda la cocina llena de tinta. Un desastre.

P. ¿Cuántos trabajos ha tenido usted?
R. Cantidad de trabajos. Yo quería saberlo todo y me engañaban. Me daban tres pesetas, yo creía que era más dinero y me iba tan contento.

P. ¿Usted vive aquí ahora en Cardeña?
R. No.

P. ¿Dónde vive?
R. Yo vivo en Galicia. En Ourense.

P. ¿Y qué hace aquí?
R. He venido a rodar.


P. ¿Por qué vive en Galicia?
R. Porque me llevó un señor policía retirado a arreglar un chalé allí.

P. ¿Usted conoce gente aquí en el pueblo?
R. Sí. Conozco alguna gente.

P. ¿Y cómo lo han recibido cuando lo han vuelto a ver?
R. Me han recibido bien. Tengo la suerte de que me recibe todo el mundo bien. No sé por qué.

P. ¿Se acordaban de usted?
R. Algunos viejos sí.

P. ¿Cuánto tiempo se ha tirado sin volver a Cardeña?
R. Mucho tiempo.

P. ¿Cuándo volvió por primera vez?
R. La verdad es que no lo sé. Cuando vine con este señor.

P. Con Gerardo Olivares.
R. Sí.

P. ¿Notó el pueblo muy cambiado?
R. Sí. Yo estaba en Fuengirola y trabajaba en una oficina de seguros. Había un policía que me escribía las cosas porque yo de escribir no sé. Y me dijo que si quería irme a Galicia. Fui, arreglé el chalé y me quedé. Me acogieron muy bien en un pueblecito al lado de Orense.

P. No se quiere volver.
R. No, porque he encontrado a mi familia allí. Todo el mundo me quiere y estoy muy contento.

P. Y a los lobos no los echa usted de menos.
R. Sí, pero yo ya tengo muchos pajaritos allí.

UN 10 A JOSÉ ANTONIO

sábado, 15 de agosto de 2026

MARY HEILMANN, RIP


Mary Heilmann, pintora de abstracciones vibrantes y ondulantes, fallece a los 86 años.
Símbolo de los obstáculos a los que se enfrentan las mujeres artistas de su generación, tenía 67 años cuando su primera retrospectiva en un museo se inauguró con gran éxito de crítica en 2007.
The New York Times, Débora Salomón, 15.08.2026

Mary Heilmann, que tenía sesenta y tantos años cuando finalmente alcanzó un amplio reconocimiento por sus pinturas abstractas de colores vibrantes, formas sueltas y a menudo asimétricas, falleció el viernes en Riverhead, Nueva York, en Long Island. Tenía 86 años.

Su fallecimiento, en un hospital, fue confirmado por Liane Thatcher, la representante de su estudio, quien dijo que la causa fueron complicaciones derivadas de una caída reciente.

Las pinturas de la Sra. Heilmann, que se burlaban de la precisión geométrica que preferían sus colegas minimalistas, son fácilmente reconocibles. Era una maestra de la línea ondulada, tomando la cuadrícula rectilínea empleada por artistas desde Piet Mondrian en la década de 1920 hasta Sol LeWitt en la de 1960, y distorsionándola y desestabilizándola. Era como si buscara despojar al Modernismo de sus elevados conceptos y aspiraciones utópicas, y dotarlo de un encanto desenfadado. Algunas de sus pinturas más cautivadoras parecen haber sido realizadas por una artista que hubiera extraviado su escuadra y su regla.


Originalmente formada como ceramista, la Sra. Heilmann prefería los colores brillantes que a veces goteaban y se deslizaban como esmaltes por los lados de una vasija. Su predilección por los rosas y naranjas intensos, con sus connotaciones de gusto adolescente, constituía un sutil desafío a los dogmas viriles del pasado.

«Mary se enfrentó a todas las tonterías machistas de la época con una seguridad imperturbable», declaró en una entrevista la artista Laura Owens, antigua alumna de la Sra. Heilmann. «En una época en la que los pintores se tomaban demasiado en serio su propia importancia, Mary, paradójicamente, apostó aún más por la espontaneidad».

En el mundo del arte, la Sra. Heilmann era un símbolo de los obstáculos profesionales a los que se enfrentaban las artistas de su generación. «Fui una marginada durante mucho tiempo», declaró sin amargura en una entrevista con The New York Times en 2008. Fue entonces cuando estaba a punto de inaugurarse en el New Museum de Nueva York su primera retrospectiva en un museo, modestamente titulada "Mary Heilmann: Ser alguien".


La obra ya se había expuesto en el Museo de Arte del Condado de Orange, en Newport Beach, California, y había cosechado grandes elogios. A sus 67 años, la Sra. Heilmann era reconocida como una gran influencia para artistas prominentes como la Sra. Owens, Jessica Stockholder y Elizabeth Peyton, quienes habían encontrado algo liberador en la deliberada y espontánea ligereza de su sensibilidad.

Ellsworth Kelly, el decano de la pintura abstracta estadounidense de líneas definidas, dijo en aquel entonces: "Siempre he pensado que Mary Heilmann es la mejor de los nuevos artistas abstractos".

Mary Ann Heilmann nació en San Francisco el 3 de enero de 1940 y creció en una familia católica irlandesa muy religiosa. Su madre, Mary Florence Webb, era enfermera. Su padre, John Sherman Heilmann, era ingeniero civil y trabajaba principalmente en la construcción de carreteras.
Cuando tenía siete años, su padre consiguió un trabajo construyendo autopistas y la familia se mudó a El Segundo, un pueblo costero al sur de Los Ángeles. Vivían en un bungalow cerca de la playa, y la Sra. Heilmann más tarde recordó la emoción de deslizarse por las dunas de arena y nadar en el océano.
A los 12 años, comenzó a entrenar como nadadora y clavadista de competición, viajando una hora en autobús hasta el Club Atlético de Los Ángeles todos los días después de la escuela. Menos de un año después, todo eso terminó abruptamente cuando su padre murió de cáncer de colon y su madre trasladó a la familia de regreso a San Francisco. Estudió en la Universidad de California, Santa Bárbara, donde se especializó en literatura inglesa. Su temprana afición por modelar cerámica en el torno la llevó a realizar estudios de posgrado en la Universidad de California, Berkeley, donde estudió cerámica y escultura con Peter Voulkos, un reconocido artista que creía en someter la arcilla a la teatralidad del expresionismo abstracto.
Como Heilmann recordó más tarde, al Sr. Voulkos le gustaba cruzar el aula con una olla casera en la mano y luego tropezar (o, como ella decía, "fingir un tropiezo"), haciendo que la olla se rompiera contra el suelo. Recogía los trozos rotos y los ensamblaba para crear una escultura sorprendentemente interesante.

Las primeras esculturas de la Sra. Heilmann, que consistían en objetos de aspecto tosco construidos con materiales baratos de tiendas de manualidades como arcilla plástica, papel de aluminio, bolas de algodón, bambú y purpurina, también buscaban poner de relieve el proceso de su creación.
En 1968, tras obtener una maestría en Berkeley, partió hacia Nueva York con la intención de hacerse un nombre como escultora.
Para entonces, Richard Serra, amigo suyo del instituto, vivía en Manhattan y se había labrado una reputación en el circuito underground por sus "esculturas de salpicaduras", que creaba lanzando plomo fundido. Llevó a la Sra. Heilmann a Max's Kansas City, por aquel entonces un lugar de encuentro popular para artistas. En la trastienda, bajo la tenue luz roja que emitía un tubo fluorescente de Dan Flavin, entabló amistad con un círculo que incluía a Robert Smithson, John Duff y Carl Andre, escultores que insistían en que la pintura estaba muerta.

Heilmann estaba de acuerdo con ellos. Pero en aquella época, las escultoras tenían grandes dificultades para iniciar sus carreras. De los 22 artistas que participaron en la emblemática exposición de 1969 del Museo Whitney de Arte Estadounidense, «Anti-Ilusión: Procedimientos/Materiales», 20 eran hombres. Quedó devastada cuando no fue seleccionada para esa exposición ni para otras importantes muestras colectivas. Con la esperanza de minimizar las pérdidas, abandonó la escultura y se dedicó a la pintura.


Parecía una decisión temeraria. Para empezar, no tenía formación académica en pintura; además, ¿qué escultora que se precie lo deja todo a los 30 años? Pero le complacía precisamente la audacia de su acto.
En aquel entonces, se ganaba la vida dando clases en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, y reconocía que sus alumnos —así como otros mucho más jóvenes a los que había enseñado anteriormente— le habían proporcionado ideas para sus pinturas. Por ejemplo, en "Little 9 x 9" (1973) , añadió una cuadrícula asimétrica a un lienzo mayoritariamente rojo retirando el pigmento con los dedos, una técnica generalmente conocida como pintura con los dedos.

A medida que su estilo evolucionaba, conservaba su aura de desenfado y alegría. En 1979, tras incorporarse a la prestigiosa galería Holly Solomon en SoHo, la Sra. Heilmann expuso una serie de pinturas de rectángulos en rosa y negro, una combinación de colores deliberadamente empalagosa que recordaba a los dulces Good & Plenty.
Los críticos no supieron interpretar estas obras. La Sra. Heilmann se sintió profundamente herida por una reseña publicada en The Village Voice, quizás porque la escribió una crítica. Kay Larsen, molesta por la aparente indiferencia de las pinturas rosas y negras, concluyó que les vendría bien un poco más de fuerza. Escribió, "no ha estado haciendo sus flexiones".

En 1986, la Sra. Heilmann fue en bicicleta a la Avenida B en East Village para visitar la relativamente nueva Galería Pat Hearn, "una galería de pintura poderosa y radical", como la describió en sus memorias de 1999, "The All Night Movie". Con la ayuda de su amigo Ross Bleckner, quien exponía allí, la Sra. Heilmann se unió a la galería. En la década siguiente, se ganó un público fiel, especialmente entre los artistas más jóvenes que buscaban una alternativa a los excesos del panorama artístico de los años 80, esa época de consumismo desenfrenado dominada por el estilo pomposo del neoexpresionismo.


Además de sus pinturas, la Sra. Heilmann obtuvo reconocimiento por sus sillas cuadradas de madera contrachapada, que comenzó a fabricar en 2002. Si bien guardaban cierta influencia del mobiliario geométrico de Donald Judd, también ofrecían una crítica a su minimalismo austero.

“Las sillas de Judd no eran muy cómodas, pero las mías sí”, declaró a Vogue. De hecho, sus sillas suelen tener asientos y respaldos de malla hechos con tiras de polipropileno, muy parecidas a las clásicas sillas de jardín de aluminio.


La Sra. Heilmann se mostró encantada cuando 45 de sus sillas —fabricadas para la ocasión con madera contrachapada marina resistente a la intemperie y pintadas en tonos pastel de amarillo limón y rojo cereza— se instalaron en 2015 en una terraza al aire libre para ayudar a inaugurar el nuevo edificio del Whitney en el Meatpacking District. Una década después, las sillas reaparecieron en el museo, esta vez en el interior, en una galería con vistas al río Hudson. La exposición se tituló «Long Line», en referencia a una pintura de Heilmann de 2020 que fue ampliada y reproducida de forma espectacular en las paredes de la sala; sus franjas alternas de color turquesa y blanco evocaban las olas del océano de su infancia. La muestra cerró el 19 de enero. Cuando le preguntaron una vez cómo se le ocurrían las ideas para sus pinturas, respondió con su habitual sencillez: "Principalmente, solo pienso. Mucho es soñar despierta. Mucho es sentarme a contemplar".



La Sra. Heilmann nunca se casó y no deja familiares directos. Solía ​​describir su vida como una cruzada solitaria en busca de la realización artística. “No quería mudarme a las afueras, formar una familia y cuidar de los niños, del marido y todo eso”, dijo en una entrevista de 1999 con el Sr. Bleckner para la revista Bomb. “Probablemente se deba a mi educación católica”, añadió. La Sra. Heilmann comentó que, en su juventud, le encantaba leer sobre la vida de los santos porque “en sus historias no había nadie más que ellos y Dios, y eso fue un ejemplo para mí”.

UN SUEÑO

Nos encontramos en una gran sala en algún espacio cultural, no lo puedo describir. Me encuentro con mi compañera de trabajo A en la barra, pidiendo algo de beber, cuando aparece Daniel Barenboim a saludarme.
> ¡Hola Jose!, me dice, ¿te han vuelto a llamar de Telde?
> No hasta hoy.
> Pues te van a llamar, están interesados en que les mires lo de la acústica del nuevo auditorio.
> Cuando quieran, ya sabes que este tema me interesa mucho, sería un placer trabajar en el proyecto.
En ese momento le presento a A y me despierto. Fin del sueño.