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lunes, 3 de agosto de 2026

GLOTOFOBIA


“El acento murciano es feo”: qué es la glotofobia y por qué debemos acabar con ella
La discriminación a causa del acento es el último prejuicio, sorprendentemente aceptado entre personas que se dicen abiertas de mente.
Sabina Urraca, 18.10.2022

“Hombre, a ver, el acento murciano es espantoso”. Lo dijo con total tranquilidad. Era el amigo del amigo de un amigo. En aquella fiesta en la que estábamos, decir algo similar sobre cualquier raza o nacionalidad habría sido inaceptable. Sin embargo, nadie decía nada ante lo que ese tipo había dicho. “¿Piensas eso de verdad?”, le pregunté. Quería saber si esa idea era genuinamente suya o la había plantado en él ese martilleo social que en los últimos años ha puesto su foco en Murcia como punto central de la mofa. “No es por nada”, contestó, “es porque es objetivamente feo”. No le rebatí nada porque había usado la palabra indiscutible: objetivamente. Supongo que también pensaba que su “castellano neutro” (no existe tal cosa) era, objetivamente, la forma correcta de hablar, la proporción áurea, el kilómetro cero de las lenguas.

La glotofobia, la discriminación a causa del acento, es el último prejuicio, el resquicio que aún permanece, sorprendentemente aceptado, entre personas que se dicen abiertas de mente, tolerantes. Si los apuras, aún habrá alguno que te diga: “Yo no discrimino a nadie. Si a mí el acento andaluz me encanta, es muy gracioso” (sustitúyase por canario/sensual o por argentino/divertido; la lista de acentos y sus adjetivos estereotípicos es infinita).

A los 18 años, recién llegada a Madrid, me presenté al casting del grupo de teatro de la universidad. La casa de Bernarda Alba. El director me detuvo a la segunda frase. “¿A ti te parece que Angustias podría ser canaria?”. En aquel momento, yo quería ser aceptada, que Madrid me abrazara. No estuve rápida en responder que, si nos poníamos puristas (tendencia que, dicho sea de paso, me parece absurda), Angustias tendría que tener acento de la Vega de Granada. Bajé la cabeza. Todos los seleccionados en el casting tenían lo que tan mal llamamos acento español neutro. A partir de entonces, de forma gradual, mi acento cambió. Esto ya había sucedido años antes, a los cinco, cuando nos mudamos y fui una niña vasca que se volvió canaria para que nadie se riera de ella. Hoy en día, casi nadie sabe ubicar de dónde soy. Como quien rebusca en un recuerdo oscuro del pasado sepultado bajo capas y capas, me pregunto cuánto habrá habido de natural en este proceso y cuánto de autoglotofobia.

Antonio M. Piñero, lingüista de la Universidad de La Laguna, Tenerife, cuyo trabajo fin de máster gira en torno a la glotofobia y las actitudes lingüísticas en jóvenes de Canarias y Galicia, ha entrevistado a grandes muestras de población joven, encontrándose con esta contradicción dentro del propio hablante: “Por una parte, hay muchos casos de percepción negativa del acento que es distinto al propio. Y en este sentido, mucha gente tiene actitudes negativas hacia el español de Canarias. También están los que lo ven sexy”. Y, ya para darle la vuelta a todo, también habría una muestra de población canaria que en las encuestas declaró que no le daría un puesto de trabajo a alguien con marcado acento canario. En muchos lugares conviven esas dos situaciones: el acento centralista y capitalino despierta rechazo, pero, al mismo tiempo, aún hay personas que caen en el lugar común de considerarlo el acento “serio”, el habla del éxito profesional. Frente a este fenómeno de fobia a lo externo y a lo interno, me pregunto si no sería necesario algo así como un “psicoanálisis del acento” que nos enseñase a desengranar esos mecanismos podridos que habitan en nuestro cerebro.

El otro día, viendo Safo, la pieza teatral de Marta Pazos y María Folguera, me sorprendió gratamente ver que el elenco de actrices tenía acentos distintos entre sí. Para Lucía Bocanegra, sevillana y actriz de la pieza, actuar con su acento fue un choque brutal. Como actriz, siempre había tenido que forzar el acento “neutro”. Fue todo un trabajo integrar la novedad. Ella misma entraba en un conflicto que me suena conocido: por una parte, le parecía muy necesario que se reivindicara eso, la diferencia real, los acentos diversos. Pero persistía esa sensación residual, arrastrada de siglos de centralismo acentual, de “esto no está bien”. De nuevo esa dualidad: el amor por lo propio, pero la certeza de que, de tan propio que es, no puede ser para todos. Imagino a ese director de teatro con el que me topé a los 18 años deteniéndolas a todas en medio de la actuación: “¿A ti te parece que una musa de Safo podría tener acento sevillano?”.

En un momento de la película Toy Story 3, unos personajes malvados le tocan los botoncitos a Buzz Lightyear. Se convierte en andaluz. Por supuesto, en la versión original en inglés, Buzz se estropea y se convierte en latino. Para el resto de los personajes, esto supone un trauma. ¡Hay que arreglar a Buzz antes de que haga más el ridículo! Supongo que este tipo de fenómenos tan normalizados hacen que se extienda silenciosamente la idea de que ciertas formas lingüísticas no son válidas en ciertos ámbitos, que en un congreso tienes que disimular tu acento extremeño, que no puedes ser ministra y cecear y sesear indistintamente, y que si un dibujo animado habla con acento andaluz (y aquí estoy resumiendo en una sola palabra el que es un abanico riquísimo de acentos diversos) es porque es torpe, secundario gracioso o le han tocado un botón y está estropeado. Se corre el peligro de que una persona con un acento considerado no apto para determinado ámbito delegue su voz en personas que sienten que sí tienen autoridad lingüística. Es decir, que se quede sin voz, falta de representación. Eso o la opción oscura: cambiar el acento, perderse a una misma mientras se trepa a duras penas un escalón hacia la hegemonía del habla, hacia la lengua de los poderosos, los aceptados en todos los grupos, los guays de la clase. Y me veo a los seis años, ensayando en casa con el libro de lectura, porque había decidido que ya bastaba de burla, que al día siguiente sería mi estreno en el acento canario. Y a los 18, enredando aún más el nudo, volviéndome otra a marchas forzadas. Porque me habían dado a entender que ser como los otros era la única salvación. Y ahora soy ese nudo enmarañado y lo acepto. Lo observo, intento comprenderlo.

El otro día decía la poeta gallega Luz Pichel, entrevistada por Sergio C. Fanjul con motivo del Festival Poetas, que no habla mejor uno de Valladolid que uno de Buenos Aires, pero que, además, la norma de Valladolid es la que menos se habla. Es decir, que es absurdo que señalemos como minoritario lo que en realidad es indiscutiblemente mayoritario: la diferencia. Condenamos como sociedad (o reímos o exotizamos) las eses aspiradas, el seseo, el canto en la entonación, las palabras que no entendemos, el madrileño que viene al pueblo. Pero lo cierto es que la idea de acento único, aparte de imposible y monótona, es imperialista y no incluye, en realidad, a nadie. Y me pregunto si no estaremos siempre queriendo ser otra cosa distinta de la que somos. Me explico: en España la gente ríe a carcajadas cualquier comentario en inglés de un cantante en medio de un concierto, pero no entiende nada de gallego, se cierra en banda al catalán —aquí hablo de lenguas, pero es la misma cerrazón—, el acento andaluz le parece gracioso, el murciano paleto, cualquier acento latinoamericano de pobres y el madrileño de gilipollas. Nos fascinan los memes que cuentan que en sueco hay un vocablo para nombrar la emoción que se siente antes de un viaje, pero nos da igual saber que en Canarias hay una palabra para el reflejo de los remos en el mar, o que en Galicia, justo después del atardecer, se produce el luscofusco. ¿No será esa falta de interés por las lenguas y las palabras de los lugares cercanos un tristísimo autohablismo, un desear ser siempre otra cosa distinta de la que somos, un sentirnos siempre inadecuados? ¿Hasta cuándo vamos a vivir en un casting en el que ningún papel es para nosotros?

miércoles, 24 de junio de 2026

© LA PUNTA DE LA LENGUA


La ortografía no es solo una cuestión estética
Las normas de acentuación y escritura se aprenden sin querer: leyendo. Normalmente, quien comete faltas muestra que no ha leído.
Álex Grijelmo, 24.06.2026

Las pruebas de Selectividad de este año han seguido en general la estela de una menor penalización de las faltas de ortografía. En los exámenes de lengua (tanto la castellana como la catalana, la eusquérica o la gallega) no se podrán reducir más de dos puntos por ese concepto; en las demás disciplinas, no más de uno; y en las de matemáticas ni siquiera influirán en la nota. Para que se vea el derrotero que llevamos, baste recordar que hace 29 años se podían descontar hasta cuatro puntos. Y hace 30, con cuatro faltas se propinaba un suspenso.

Una vez más, estos criterios (con ligeras variaciones por comunidades autónomas) parecen basarse en el entendimiento de la ortografía como una mera cuestión estética que además depende de la materia sobre la que se escriba. Es decir: si los estudiantes escriben de matemáticas, no queda feo; y si escriben sobre lengua, sí; pero no tanto como antes. Y si escriben sobre geografía, queda más o menos.

Sin embargo, la ortografía no se reduce a que nos parezca horroroso un vocablo mal reproducido, aunque también eso importa. Si alguien escribe “ambre” en vez de “hambre”, realmente queda poco estético, pero con ello deduciremos que, por lo general, el autor no ha prestado atención a sus escasísimas lecturas y no ha aprendido ortografía sin querer, que es como la aprende todo el mundo: leyendo. Por supuesto, un error solitario puede deberse a un despiste, y todos incurrimos en alguno, sobre todo los despistados; o tal vez a una excepción justificable. Pero las faltas de ortografía y puntuación que se repiten en una persona nos suelen transmitir un mensaje de fondo acerca de lo que ha sucedido en su formación. Quien tiene un problema de ortografía no sufre solamente ese problema.

El novelista Pedro Sorela, que fue profesor de Periodismo y redactor de Cultura en este periódico, a cuya memoria se dedicó el 29 del mes pasado un acto en el pabellón Europa de la Feria del Libro de Madrid, señalaba en un artículo el 19 de mayo de 1997 que es muy raro que alguien cometa faltas ”si se ha leído lo que los planes de estudio dan por supuesto que los chicos han leído”.

Aquel artículo recogía que en la Selectividad de Madrid se había abolido entonces la norma de que el examen se suspendiera con tres errores de ortografía en Lengua y Comentario de Texto. Como se ve, cada retoque ha ido añadiendo magnanimidad ante el desconocimiento.

Así que hace falta señalar una vez más que la ortografía constituye un termómetro que permite descubrir la fiebre de alguien, y que no por tirar a la papelera el termómetro dejará de existir la calentura. Relajar las exigencias equivale a depositar en la universidad a unos alumnos que empezarán sus estudios superiores con carencias de las que ni siquiera son conscientes. Si después los profesores no corrigen eso –y no parece que algunos se dediquen mucho a ello, a lo mejor porque tampoco son conscientes– la consecuencia de todo conduce a lanzar a la sociedad a unos graduados menos cultos (menos leídos), por lo común con una consecuente pobreza léxica y por tanto con una menor capacidad de reflexión y de abstracción, con más dificultad para concentrarse en algo y, lo peor, fácilmente manipulables. Así que la ortografía importa más de lo que parece.

Las normas de nuestras tildes son muy sencillas, y cabrían en el espacio de esta columna. Habrían servido por ejemplo para que una periodista a la que acabo de oír en un boletín de radio no llamase “Cerundolo” a un tenista argentino sino que leyese el apellido correcto “Cerúndolo”. Así nos habría evitado percibir que no tenía ni idea del asunto acerca del cual estaba informando.

Esas reglas, tan útiles, tan sencillas, se incorporan con la lectura de libros y periódicos, pero, en su defecto, también con el estudio. Un alumno que ni lea ni sea capaz de aprendérselas estará capacitado difícilmente para esfuerzos intelectuales superiores. No hay que olvidar que la ortografía del español es el eje de la unidad de la lengua y que sobre él giran sus ricas variedades. Escribimos con respeto a los acentos de todos para que cada cual lea las palabras con su acento propio.

martes, 21 de abril de 2026

SENTIMIENTO DE ELIPTISMO

Interesantísimo artículo éste sobre las nuevas palabras en este "nuevo" mundo. ¿Cuántas veces no has encontrado el adjetivo idóneo para catalogar cómo te encuentras, qué nombre darle a este desasosiego que te acompaña constantemente, a esa toxicidad que emana de tantas personas que te rodean y te atrapan. ¿Habremos llegado al punto de necesitar un nuevo léxico?

¿Cómo explicarlo? Nuevas palabras para un nuevo mundo
Diversas publicaciones analizan el poder del lenguaje y su necesaria actualización en un momento de constante cambio.
Mar Padilla, 21.04.2026

Tras una estruendosa primavera, pronto llegará el verano con su metálica luz azul. El mundo se renueva a cada segundo, pero ¿y el lenguaje? Más allá de las actualizaciones de los diccionarios, que estampan el sello oficial a términos como farlopa, milenial o hashtag, de un tiempo a esta parte se publican muchos libros en torno a las palabras. Son obras de distinto pelaje, pero tienen en común que aportan reflexiones sobre la necesidad actual de remozar el lenguaje. Como decía Pier Paolo Pasolini, el mundo que debe construir la palabra es el mundo en el que vivimos.

Son publicaciones como La palabra que vence a la muerte, de Rob Riemen (Taurus); No hablarás. Imperio, identidad y política del lenguaje, de James Griffiths (Alianza); Diccionario de tristezas sin nombre, de John Koenig (Capitán Swing); Los nombres del mundo, de Ewan Clayton (Siruela); 20 razones para amar la lingüística, de Lorena Pérez Hernández (Plataforma); Lo que el lenguaje esconde, de varios autores (Filosofía&Co); La palabra que construye el mundo, de Pier Paolo Pasolini (Altamarea), o la reedición del clásico de Michel Foucault Las palabras y las cosas (Siglo XXI).

“El lenguaje no crea la realidad. No crea materia. Pero sí crea un halo de visibilidad en torno a determinados elementos o eventos del mundo y saca otros de nuestro campo de atención, ayudándonos así a coordinarnos en una dirección concreta para influir en nuestro entorno tanto positiva como negativamente. Solo hay que analizar los discursos recientes de líderes internacionales para constatarlo. Saturar los titulares de amenazas hiperbólicas, como ”Una civilización entera morirá esta noche“, claramente no mejora el mundo. Crear marcos lingüísticos de negociación, cooperación y mediación, sí”, reflexiona Lorena Pérez Hernández, catedrática en Filología Inglesa y doctora en Lingüística cognitiva de la universidad de La Rioja.

Foucault ya advirtió de que el poder produce verdades y silencia cosas. Hay que estar atentos al peligro de que el discurso oficial —o lo que ahora se llama “relato”— se identifique con un hecho social absoluto, como si la actualidad estuviera exclusivamente definida por la palabra crueldad: en la retórica de Trump algunos de los verbos más usados son aniquilar, aplastar, destruir y ganar. “Una de las mayores víctimas de la administración Trump no ha sido, como dice el viejo refrán, la verdad —que es la primera víctima de la guerra—. Han sido las palabras”, denunció hace poco la historiadora Mary Beard en la BBC.

Inicio infantil de la escritura.laurenspolding. (Getty Images/RooM RF)

Ante la actual corrupción de palabras como libertad o grandeza, Rob Riemen aboga por una resistencia moral y cultural. “Proteger el sentido de las palabras es fundamental. El peligro salta cuando las palabras pierden su sentido, y la gente no sabe en verdad de qué se está hablando. Es cuando la política se transforma en voces que solo dan propaganda y más propaganda”, reflexiona en conversación telefónica.

Frente a ello, el pensador holandés apuesta por una gramática de la vida, por el uso de palabras como perdón, que de un plumazo “consigue doblegar la muerte, insuflando vida a la persona que la recibe”, afirma.

De tu lengua y la mía

Pronunciar o escuchar términos como perdón o gracias, si es de corazón, puede llegar a implicar una transformación entre una persona y otra. No es tan raro. El ser humano es eminentemente lingüístico, y una palabra puede salvar o nos puede herir.

Y cuando no se encuentran palabras que se ajusten a lo que se quiere expresar, hay que echar mano de la imaginación. Es el caso del escritor John Koenig, que decidió crear y compartir conceptos ideados por él, al comprobar que muchas cosas que sentía no tenían un fiel reflejo en el lenguaje en circulación. Así, primero en un blog y, más tarde, en su libro Diccionario de tristezas sin nombre, Koenig se inventó, por ejemplo, el término sonder —sentimiento de que cada persona con la que te cruzas en la calle tiene su propia vida y es protagonista de su propia historia—; anemoia —cuando miras fotos antiguas y sientes una punzada de nostalgia por un tiempo que nunca has vivido—; o eliptismo —tristeza de no saber cómo acabará la Historia de la humanidad—. En varias entrevistas, Koenig ha confesado que el motor de inspiración de su diccionario fue su fascinación por expresiones como duende en español, saudade en portugués o hygge en danés, que no existen en inglés.

Asistentes a la apertura del curso académico 2025/2026 de la Real Academia Española (RAE).
Ricardo Rubio / Europa Press (Europa Press)

Andando en el tiempo, la palabra sonder de Koenig cobró vida propia en internet, donde se calcula que cada sesenta segundos se envían más de 251 millones de correos electrónicos y 18 millones de mensajes de texto. Esta asombrosa red que nos conecta unos con otros supone un cambio sistémico de escritura, lo que implica una cierta reordenación del pensamiento, según Ewan Clayton, autor de Los nombres del mundo. Pero él es optimista, y no cree que la escritura a mano vaya a desaparecer nunca, ni la conversación. Probablemente, todo suma. “El texto escrito reproduce el habla, es a la vez menos y más que el habla: no registra la entonación, la velocidad, el volumen, los gestos ni las expresiones faciales, elementos que nos ayudan a interpretar los matices del significado de la palabra hablada”, reflexiona Clayton.

De ’fardialedra’ a ‘IA-zofia’

Las palabras, ya se sabe, vienen y van. La RAE lleva retiradas de la circulación más de 2.700 vocablos que reflejaron una época que ya fue. Son términos como demoñejo —del demonio—, palacra —pepita de oro—, o fardialedra —dinerillo suelto—. A su vez, en la calle circulan ya otras rabiosamente contemporáneas, como ecoansiedad, IA-zofi y viral.

A la hora de usar unas u otras, no es tontería pensar qué sendas lingüísticas se eligen para transitar. Porque escribir y hablar construye —y también destruye— mundos. El lenguaje como mecanismo de comunicación “es útil y a la vez peligroso”. “Pero en lo que realmente destaca es como instrumento de conceptualización, coordinación y acción y, por lo tanto, como medio para ejercer influencia, poder y cambios”, indica Lorena Pérez.

El idioma ruso tiene la palabra skloka, que significa hostilidad despreciable, la personificación de un espíritu maligno de un grupo contra otro, arrastrado por la bajeza moral. Tal y como está la actualidad, tal vez está bien identificar esa sensación y vigilarla, antes de anegarnos en montañas de skloka. Habrá que reflexionar en las palabras que se usan. Es un grandísimo poder. En su libertad, cada persona tiene la capacidad de pensar por su cuenta. Eso no lo hace nada ni nadie más. Y menos que nadie, las máquinas.

domingo, 22 de marzo de 2026

INTER Y LEGERE


La palabra inteligencia
Solo sabemos, ya privados de casi toda inteligencia, que es muy triste que inteligencia signifique traición.
Martín Caparrós, 21.03.2026

Las palabras no ganan para sustos. Las traen, las llevan, las quitan, las ponen, las callan, las gritan, las pervierten: es una vida muy difícil. Algunas se defienden como pueden, escondidas donde pocos las digan o recuerden, pero otras sufren reveses tremebundos. Hasta hace nada, por ejemplo, la red era el aparejo del rudo pescador mal afeitado o del gentil cazador de mariposas; ahora es el ogro que se come a nuestros niños crudos y a nuestros electores con patatas. Hasta hace nada, una maga era una mujer que hacía posible lo imposible; ahora es el epitafio en el gorrito de un señor mayor que se dedica a bombardear el mundo. A la palabra inteligencia le ha pasado algo así, y se la ve sentida, resentida.

Inteligencia, por supuesto, viene del latín, donde fue inter y legere, que, juntos, tienen dos significados muy curiosos: puede ser elegir entre dos cosas o relacionarlas. Así la inteligencia, tan indefinible, se puede definir como una cruza de esas dos aptitudes: la capacidad de elegir entre muchas la mejor opción, la de juntar elementos que parecían distantes y lograr algo nuevo en esa síntesis. Así la inteligencia fue, desde hace dos o tres siglos, la cualidad más apreciada o más temida: los que la tenían creaban, prosperaban, gobernaban, dudaban con ella. Alguno incluso se atrevió a pensar.

Ya no: como dijimos hace poco, buena parte del mundo descree de la inteligencia, le desconfía, la detesta, y ha decidido reemplazarla, en muchos puestos de gobierno y conducción, por la más crasa estupidez.

Así que, despreciada, escarnecida, la palabra buscó refugio en otros significados, pero no tuvo suerte. Su sentido más popular, últimamente, el que la tiene en tantas bocas, le exigió dejar de ser humana y volverse artificial. La inteligencia artificial —IA, AI— es el chicle globo de estos tiempos: lo masticamos sin parar, le hacemos burbujitas. Y le tenemos mucho miedo de dos formas: porque tememos que sea tan inteligente que se apodere de nosotros y nos domine —aunque nadie entienda mucho cómo, para qué— y porque tememos que deje a millones de personas sin trabajo.

Algo así ya sucede y siempre sucedió: con la mejora de técnicas y herramientas muchas tareas precisan menos manos y cabezas. Debería ser un orgullo y una felicidad que nuestra sociedad sea capaz de inventar aparatos que trabajen por y para nosotros; el problema es que, siguiendo los principios que nos organizan, los dueños quieren aprovechar esas ventajas para ganar todavía más. El problema no es el avance técnico; es esta sociedad o, por decirlo en serio, el capitalismo desbocado.

(Esto no va a quedar así: estoy convencido de que el gran conflicto político y económico de las próximas décadas será la pelea entre patrones, trabajadores y extrabajadores por el reparto de los beneficios de la tecnificación. Por ahora se los quedan los primeros; segundos y terceros empezarán a reclamar su parte y arderá alguna Troya.)

Así, la palabra inteligencia en inteligencia artificial no tiene tantos fans. Lo malo es que le ha surgido una competidora aun peor: la palabra inteligencia en el esquema de gobiernos y ejércitos, guerras y guerritas, drones y ladrones. La palabra lleva siglos designando al que sabe violar ciertos secretos, pero recién a fines del XIX Estados Unidos la usó para rotular su departamento de espías navales: la Office of Naval Intelligence. La verdadera inteligencia les resultaba tan ajena que pensaron que decir inteligencia quedaba más elegante, menos brutal que espionaje o infiltración o vigilancia o chismorreo. Así que después, en 1947, cuando se decidieron a tratar de controlar el mundo, usaron la palabra para una de sus armas principales: la famosa Central Intelligence Agency, CIA.

Hace unos días la CIA salió en todos los diarios: contaban que sus agentes se habían enterado del pijama party de los jefes islámicos en Teherán y transmitieron “la inteligencia” a los tirabombas adecuados. Me impresiona pensar en el triunfo de esos señores que representan, se diría, el triunfo de la maldad más pura: la de simular que piensan y sienten lo que no piensan ni sienten para facilitar la muerte de los que les creen —y ganar con eso un buen dinero. Aunque quizá sea lo contrario, el más puro heroísmo: personas que simulan que piensan y sienten lo que no piensan ni sienten para ayudar a que otros, millones, puedan dejar de simular. En cualquier caso, ya sea por la patria o por la pasta —que a veces se parecen tanto—, el método es el engaño, el puñal en la espalda.

Quién sabrá qué quieren, qué imaginan esos señores y señoras. Solo sabemos, ya privados de casi toda inteligencia, que es muy triste que inteligencia signifique traición. No hay, sospecho, mayor traición a la palabra inteligencia.

domingo, 8 de febrero de 2026

IDIOMAS Y CAMAREROS


Siempre me he maravillado con la capacidad del ser humando de aprender otros idiomas, sobre todo con aquellos que nacen con ese don divino. Es quizá, inversamente proporcional a la aversión que siento, digamos por ejemplo, a aquellos que se ríen de los camareros en un restaurante, hecho que puede llegar a cortarte la digestión. Esa capacidad de la que hablo, que permite leer EasyJet y pronunciar mentalmente "isiyet", con mejor o peor fortuna, o Edelweiss y entenderlo como "edelbais" en el mejor alemán de Hans Castorp que uno pueda permitirse. Saber idiomas es, sin duda, una de las cosas que más envidio (sanamente). 
Recuerdo una ocasión durante aquellos años que viajaba recurrentemente a Nueva York sin compañía, cuando me acerqué a uno de los desk del hotel, creyéndome rico, a comprar allí mismo una entrada para un musical. La recepcionista, una chica muy amable, me hablaba en inglés como si tal cosa, suponiendo yo que era latina porque se llamaba Juanita o algo parecido, y de la que supe finalmente que era boricua. Me decía que prefería hablar conmigo en inglés porque hacerlo en español con un ídem le causaba depression, pronunciado casi sin mover los labios, a la manera americana de hablar inglés. Fue esa una de mis primeras conversaciones en Spanglish, sin duda.
Así que entre idiomas y camareros anda el juego.
Feliz domingo. Yo ya en casa.

sábado, 17 de enero de 2026

CASUS BELLI: LIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR


La RAE destapa sus heridas tras “el ataque más grave desde que hay memoria”
Una tribuna de Arturo Pérez-Reverte supone el último escándalo en una institución que lleva meses acaparando titulares.
Jorge Morla, 17.01.2025

La Real Academia Española (RAE), institución tricentenaria encargada de “limpiar, fijar y dar esplendor” al idioma, atraviesa uno de los momentos más convulsos de su historia reciente. Lo que comenzó como un desacuerdo soterrado sobre el rumbo de la política lingüística ha derivado en una crisis abierta, con reproches públicos, heridas internas y un debate de fondo sobre quién debe marcar el destino de la lengua común de más de 600 millones de hablantes. Esto se suma al cruce de acusaciones entre la institución y el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, que se produjo a finales del año pasado, un desencuentro que ha derivado en polémica sobre la designación de la sede que acogerá en 2028 el próximo Congreso de la Lengua.

La chispa que provocó el último incendio fue una tribuna de Arturo Pérez-Reverte (académico desde 2003 y uno de los escritores españoles más leídos) publicada en El Mundo este lunes 12, en la que lanzó un ataque frontal contra la RAE y su actual director, Santiago Muñoz Machado (al frente desde 2018). El escritor acusó a la institución de haberse rendido a las presiones mediáticas y políticas, de practicar una normativa “laxa y ambigua” y de haber roto el equilibrio histórico entre filólogos y creadores literarios.

En su texto, Pérez-Reverte cargaba contra lo que denomina los “talibanes del todo vale” y denunciaba que la Academia se limita a registrar usos impulsados por las redes sociales o la corrección política, en lugar de defenderla con firmeza y normas claras. Citaba como ejemplos la falta de contundencia en debates como el lenguaje inclusivo, la acentuación de solo o guion o el uso de mayúsculas. “Hoy todo vale”, escribió, “y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez”.

La publicación cayó como una bomba dentro de la institución. Varios académicos consultados expresan opiniones que se pueden resumir en una frase pronunciada por uno de ellos: “Es el ataque más grave desde que hay memoria”. Señalan que lo es no tanto por el contenido —opinable— como por la forma: una crítica pública, sin previo aviso, al margen de los cauces corporativos. El malestar se agravó por el contexto: la tribuna apareció la víspera de la entrega de los premios Zenda, impulsados por el propio Pérez-Reverte. Varios académicos habían confirmado su asistencia al acto y se encontraron de pronto en medio de un fuego cruzado. Muñoz Machado no acudió.

La respuesta de la RAE fue contenida, pero firme. La institución subrayó que se trata de “una opinión personal y respetable” y anunció que analizaría “con rigor” las críticas en los departamentos correspondientes, invitando al escritor a defender sus argumentos en el pleno. Pérez-Reverte, por su parte, dio el debate por cerrado: en el cóctel posterior a la entrega de los Premios Zenda habló con EL PAÍS, sostuvo una conversación sobre el revuelo causado, pero prefirió no incidir en sus quejas: “Todo lo que quería decir, lo he dicho en el artículo”.

El director de la RAE, Santiago Muñoz y Machado, y el escritor
y académico Arturo Pérez Reverte, en 2018. EFE/Juan Carlos Hidalgo

Este jueves hubo pleno, como todos los jueves. Venía, evidentemente, precedido de la polémica acumulada estos últimos días. Varios académicos consultados por este medio sostenían no recordar un pleno que llegara precedido de tanta tensión. Arturo Pérez-Reverte asistió a la cita. Expuso, de forma sintética, las mismas denuncias que en su artículo. El desarrollo del pleno fue tranquilo, pero varios intervinientes, según ha podido saber EL PAÍS, mostraron su “rechazo” a que un académico se expresara como Pérez-Reverte lo hizo en un medio de comunicación. Alguno le reprochó el “desconocimiento” del trabajo diario de la Academia y varios valoraron de forma muy positiva la labor del actual director. El tiempo estranguló la sesión y no todos pudieron participar, por lo que el debate continuará la semana que viene.

A la defensiva

No todos, pero dentro de la RAE son muchos los que, tras la publicación del artículo, defendían estos días una visión distinta a la del novelista. Varios académicos (que prefieren no dar su nombre) rechazan de plano la idea de una Academia frívola o dominada por filólogos dogmáticos. Y recuerdan que la institución funciona como un “régimen confederal”, en coordinación con las Academias americanas (también Filipinas y Guinea Ecuatorial), y que ninguna palabra se aprueba a la ligera: primero se estudia en comisiones delegadas de seis o siete académicos, luego se consulta al ámbito panhispánico y solo en caso de conflicto se llega a discutir en un pleno delegado. “No existe ningún sesgo”, insisten varios académicos. La RAE —subrayan— se estructura desde hace décadas en tres tercios oficiosos: creadores literarios, filólogos y un grupo heterogéneo que incluye juristas, médicos o científicos. “Nada ha cambiado”, aseguran. La RAE consta de 46 académicos de número, elegidos por mayoría absoluta de los votantes del pleno. La última persona electa es Cristina Sánchez López (elegida el pasado marzo), y el último miembro en ingresar tras pronunciar su discurso, Javier Cercas. Síntoma de bloqueo en la institución o no, lo cierto es que el pasado mayo Luis Alberto de Cuenca y Luis Fernández-Galiano se disputaron la silla o, pero ninguno de los dos candidatos obtuvo los votos necesarios, así que la plaza quedó vacante (también está libre la silla L).

Algunas voces internas han sido estos días más duras con Pérez-Reverte. Un miembro de la Academia le acusa de provocador en su artículo y de ofrecer una visión “obsoleta” de la Academia y del cambio lingüístico. “Aquí no hay una guerra entre escritores y filólogos”, recalcan otros. “Lo que hay son filias y fobias personales”. Lo cierto es que habría que remontarse a 1968, cuando fue elegido Dámaso Alonso, para llegar a una RAE dirigida por un escritor. Los siguientes directores de la institución (Fernando Lázaro Carreter, 1991; Víctor García de la Concha, 1998; José Manuel Blecua, 2010; Darío Villanueva, 2014) fueron filólogos. Muñoz Machado, que llegó a la dirección en 2018 y que ayudó a una crucial financiación tras una reducción de fondos estatales que afectó gravemente a la institución (especialmente durante el Gobierno de Mariano Rajoy), es jurista.

Asistentes a la apertura del curso académico 2025/2026 de la RAE, el 23 de octubre de 2025.
Ricardo Rubio / Europa Press (Europa Press)

El frente Cervantes

Las turbulencias que vive la RAE no se limitan al choque con Pérez-Reverte. Desde hace meses, el organismo mantiene un pulso abierto con el Instituto Cervantes, encabezado por el catedrático y poeta Luis García Montero. En octubre de 2025, García Montero criticó públicamente que la Academia esté dirigida por un catedrático de Derecho Administrativo y no por un filólogo, insinuando una deriva tecnocrática y una desconexión con la esencia lingüística de la institución. La reacción de la RAE fue inmediata: el pleno aprobó una declaración de “absoluta repulsa” a las palabras del poeta. Muchos interpretaron sus declaraciones como un ataque político —García Montero fue candidato de Izquierda Unida en Madrid en 2018— más que como una crítica técnica. Precisamente, Pérez-reverte fue uno de ellos.

Más allá de lo personal, el conflicto se trasladó al plano internacional durante el X Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE), celebrado en Arequipa del 14 al 17 de octubre, donde las fricciones entre ambas instituciones se hicieron visibles. Desde entonces, el Cervantes ha reprochado a la RAE la elección “unidireccional” de Panamá como sede (en 2028) del próximo congreso. El Instituto esgrime un documento, al que ha tenido acceso EL PAÍS, firmado por anteriores responsables de la RAE (entonces el director era José Manuel Blecua) y que regula un procedimiento conjunto para la elección de las sedes del CILE. En la Academia replican: “Lo primero de todo es que un país haga una propuesta para acoger el CILE. Y hasta ahora la única propuesta formal es la de Panamá”. Pese a todo, García Montero ha suavizado su discurso y ha asegurado que no ha roto “ningún puente” con la RAE.


En medio de la tormenta, Muñoz Machado ha recibido el respaldo de academias al otro lado del Atlántico y de instituciones como la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, que ha calificado las críticas externas de “injustificadas y fuera de lugar”. Varios académicos niegan cualquier injerencia gubernamental, cosa que también se ha insinuado en los últimos meses: “Sabemos que el Gobierno no agrede a la Academia; al contrario, siempre hemos notado su apoyo”.

“Aunque no lo parezca, aquí normalmente reina la paz”, señalan varios miembros. Aun así, las heridas son evidentes. “Hay mucha gente dolida”, admiten otros, que lamentan el daño reputacional y la sensación de desgarro en una casa acostumbrada a resolver sus disputas de puertas hacia dentro. Todo esto llega, además, en un momento clave: en diciembre se elegirá al próximo director de la RAE. El propio Muñoz Machado podría postularse, pero para una segunda reelección se precisan dos tercios de los votos, algo muy complicado de conseguir. La institución que aspira a fijar el idioma se enfrenta hoy a una tarea más urgente y delicada: recomponer su propio relato y decidir qué equilibrio quiere mantener entre tradición, uso y autoridad en este siglo XXI. A día de hoy, todavía ningún candidato se ha presentado oficialmente para dirigir la Academia en su próxima etapa.
NOTA personal. Ahondando un poco en el tema he buscado en ChatGPT el origen de esta movida, resumido como sigue (¡Ay los políticos! todo lo que tocan acaban convirtiéndolo en fango):

La polémica enfrentó a Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, con Santiago Muñoz Machado, director de la RAE, por la gestión del español y el control de la lengua, escalando cuando Pérez-Reverte criticó a Montero, llamándolo "mediocre y paniaguado", y acusó al gobierno de intentar "colonizar" la RAE a través del Cervantes, defendiendo la autonomía de la Academia frente a injerencias políticas.

Origen del Conflicto: García Montero (Cervantes) criticó a Muñoz Machado (RAE) por la gestión de la lengua, un conflicto que se intensificó en torno al Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE) en Arequipa. 
García Montero se quejó de que la RAE quisiera imponer Panamá como sede del CILE sin consenso, criticando la figura de un catedrático de Derecho (Muñoz Machado) al frente de la Academia.

Entrada de Pérez-Reverte: Arturo Pérez-Reverte intervino en la disputa, calificando a Luis García Montero de "mediocre y paniaguado" director del Cervantes.
Acusó al Ministerio de Exteriores español de intentar "colonizar" la RAE a través de García Montero para controlar la lengua española, buscando protagonismo y contaminar la institución.

Contexto y Repercusiones: La polémica reflejó un debate más profundo sobre quién debe dirigir el futuro del español y la relación entre instituciones culturales y políticas.
La Academia de Ciencias Morales y Políticas apoyó a Muñoz Machado, mientras Pérez-Reverte, académico de la RAE, defendía la independencia de la Academia, atacando al gobierno y a la gestión de Montero.

viernes, 31 de octubre de 2025

POLÍTICAMENTE CORRECTÍSIMO O TODO LO CONTRARIO


Arturo Pérez-Reverte: “Me va a regular el uso de las palabras su puta madre”
El escritor reacciona a una proposición aprobada en el Congreso para eliminar la metáforas bélicas en referencia al cáncer y que solo atañe al ámbito institucional.
EL PAÍS, 31.10.2025

El Congreso de los Diputados aprobó el 28 de octubre una proposición no de ley del PSOE para promover un uso responsable y empático de la palabra “cáncer” en el ámbito institucional, erradicar su utilización como insulto o descalificación, o las metáforas bélicas en referencia a los procesos oncológicos, apelando a la empatía con enfermos y familiares.

Según señaló la socialista Isaura Leal, la propuesta había sido demandada por pacientes, familiares, asociaciones y profesionales sanitarios con el objetivo de conseguir “el uso de un lenguaje justo y responsable de la palabra cáncer, sobre todo, desde los ámbitos públicos e institucionales”. A pesar de todo, el escritor y miembro de la Real Academia Arturo Pérez-Reverte tuiteó lo siguiente: “Por una vez (sin que sirva de precedente, y me disculpo de antemano por ello), permítanme ser grosero: Me va a regular el uso de las palabras su puta madre”.

La iniciativa aprobada apuesta por “promover en el conjunto de la acción institucional un lenguaje responsable y empático en torno al cáncer, evitando su uso como sinónimo de hecho grupal destructivo, y reconociendo la realidad creciente de quienes lo superan”. Se incide, además, en difundir recomendaciones para el tratamiento informativo de cáncer en los medios, basadas en la evidencia científica y que ayuden a reducir la desinformación.

“Abandonar la utilización de la palabra cáncer como metáfora, o sinónimo de insulto o descalificación, es urgente”, subrayó Leal, “en ningún caso es ético utilizar la enfermedad, ya sea el cáncer u otra, para insultar o desprestigiar al adversario político”. Se trata, también, de evitar el uso de metáforas bélicas muy difundidas, que le confieren cierta épica al proceso, como “ganar la batalla” o “luchar” en relación con esta enfermedad pero que, desde ciertos puntos de vista, ponen el peso en el paciente (véase el libro Sonríe o muere, de Barbara Ehrenreich).

Algunos comentaristas en redes sociales entendieron que la propuesta trataba de regular de alguna manera el uso cotidiano de la palabra, cuando en realidad solo afecta al uso institucional, apelaron al “control del pensamiento”, a la deriva “totalitaria” o a la necesidad de ocuparse de “de cosas más importantes”. Sin embargo, en el Congreso la iniciativa no legislativa tuvo buena acogida: salió adelante con 307 votos a favor, 33 en contra y 6 abstenciones.

martes, 3 de junio de 2025

DE LO BUENO, LO MEJOR


Por una frasecilla se pierde un gran amor
Ensayar metáforas nuevas puede crear una nueva comprensión, y, en consecuencia, nuevos mundos.
Irene Vallejo, 01.06.2025

Quien lo probó lo sabe. Una simple palabra puede iluminar el día o herirlo, darte alas o hundirte. Algunas frases despectivas se clavan en el tejido de la memoria y el daño arde a pesar de los años. Un comentario agrio puede agrietar una amistad o helar el deseo que empezaba a nacer. Por eso la hostilidad roba tantos afectos y aciertos. Ya lo advertía el Libro de buen amor: “Por una frasecilla se pierde un gran amor, por pequeña pelea nace un fuerte rencor; el buen hablar siempre hace de lo bueno, mejor”.

Las personas, las generaciones, los países parecen aislarse, cada vez más solos y soliviantados. Las distancias se dilatan, y olvidamos cómo hablar el lenguaje de la cercanía, de la suavidad. El imaginario del combate se ha incrustado en nuestro pensamiento hasta teñir las situaciones cotidianas con colores bélicos. Imaginamos que todo obedece a una lógica guerrera. El amor es conquista. Sobrevivir implica batirse en la lucha por la vida. El éxito exige vencer a los adversarios, humillar cuenta como herramienta política. Incluso terrenos que solían ser pacíficos sufren rearmes constantes, como la batalla cultural. Toda discusión es una pelea que ganamos o perdemos. Confundimos error y derrota. Tiene más prestigio ser duros que flexibles, agresivos más que agradables. Entre los sentimientos, apelan al resentimiento; las actitudes se exasperan y las conversaciones derivan en apocalípticas riñas sin cariño.

A menudo, nos comportamos como si el encuentro con otros se redujese a dirimir rivalidades y desafíos. Georges Lakoff y Mark Johnson lo analizan en su ensayo Metáforas de la vida cotidiana. Hablamos de la discusión como de una guerra, donde atacamos los puntos débiles del discurso del otro, defendemos nuestras tesis, damos en el blanco con nuestras críticas y queremos destruir el argumentario del bando contrario. Llegamos a decir frases tan armamentísticas como “¿No estás de acuerdo? Dispara". Al mirar el lado beligerante de los desacuerdos, esta metáfora casi invisible impide que nos concentremos en otros enfoques. “Alguien que discute con otro está dedicándole su tiempo valioso, en un esfuerzo común de mutuo entendimiento. Pero, preocupados por los aspectos bélicos, a menudo perdemos de vista los aspectos cooperativos”. Lakoff y Johnson invitan a imaginar una cultura donde discutir no consista en vencer o ser vencidos, atacar o defender, ganar o perder terreno, sino en danzar. Los participantes serían bailarines y, en esa sociedad de polifonías y coreografías, nuestras acciones y conversaciones aspirarían a la elegancia, el equilibrio y la belleza estética.

Solemos olvidar la importancia crucial de las metáforas. Las consideramos un recurso literario de poetas, un adorno. De hecho, la mayor parte de la gente cree que puede sobrevivir sin ellas. No somos conscientes de su presencia constante, del modo en que impregnan la vida cotidiana: no solo el lenguaje, también el pensamiento y la acción. Dan forma a las percepciones, a la mirada sobre el mundo, a nuestras actitudes y relaciones con las demás personas. “Palabra” procede del griego parabolé, que significa “comparación”. Cuando nuestros antepasados aprendían a hablar y aún no sabían cómo nombrar las cosas, buscaban parecidos, igual que hacen los niños. Por eso, en los términos de nuestro vocabulario habitual hay tantos símiles camuflados. “Rival” viene de “río”, porque en el mundo rural de los romanos antiguos el gran adversario era quien ocupaba la otra ribera de un arroyo. Este término tan corriente —nunca mejor dicho— evoca un paisaje a orillas del agua y relata una larga historia de sed, asentamientos y vecindades. Hablar, incluso en el día a día, es una actividad poética.

Al escuchar discursos políticos, atendemos al contenido, sin reparar con el mismo cuidado en los símiles, las metáforas y las argucias. Esos aparentes adornos delimitan el marco de pensamiento y justifican las estrategias. En esta época de mensajes viscerales, todo es descrito como una batalla, pero quienes de verdad sostienen la guerra o el exterminio no los nombran, parapetados tras imágenes higienizadas como “limpieza”, “seguridad” o “pacificación”. Otro ejemplo revelador es la metáfora de la enfermedad. Llamar “cáncer” a las ideas del adversario no implica solo acusarlas de ineficaces o equivocadas; significa que son mortíferas y hace falta extirparlas cuanto antes. La amenaza del tumor justifica el sufrimiento que provoque la operación. Quienes proponen medidas dialogantes contribuyen con su cobardía al crecimiento del mal. Una sola palabra transforma el contexto de forma persuasiva pero inconsciente —inconsciente para quien escucha, porque los líderes eligen los términos de forma muy deliberada, sembrando de trampas verbales los campos semánticos del debate—.

A su vez, como ya analizó Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas, trasladamos el lenguaje bélico al vocabulario del cáncer. “La metáfora militar apareció en medicina hacia 1880, al identificar la enfermedad con una ‘invasión’. También el tratamiento sabe a ejército. La quimioterapia es una guerra química. No hay médico, ni paciente atento, que no sea versado en esta terminología militar”. El símil de la batalla intenta ser movilizador: hay un premio para el luchador que se aferra a la vida. Sin duda, el coraje ayuda a sobrellevar la vida cotidiana, pero el éxito del tratamiento depende sobre todo de un diagnóstico a tiempo, de invertir recursos en sanidad e investigación, de los medios y del equipo médico. Al final, esas frases bienintencionadas pueden suponer una carga, culpabilizando al enfermo por su supuesta derrota. Desde sus orígenes, la medicina ha recorrido un largo camino para liberar al paciente de la responsabilidad por su mal. Hace más de 20 siglos, el filósofo Epicteto resumió esta actitud comprensiva y humanista en una máxima: “Ni vergüenza ni culpa”. Ante la salud no hay vencedores ni vencidos: los enfermos no son guerreros.

En un cuento de David Foster Wallace, dos pececillos se cruzan con un pez más viejo, que saluda amablemente: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?“. ”Buenos días. Una mañana preciosa", responden los jóvenes. Continúan nadando un trecho y, al poco, uno de ellos mira al otro y pregunta: “¿Qué demonios es el agua?“. Muchas veces, lo más cercano y esencial es aquello que más cuesta ver y lo más difícil de explicar, como el agua donde vivían los peces de la fábula. Nosotros, bañados en el lenguaje, no somos conscientes de su trascendencia: las palabras modulan y modelan la realidad que respiramos.

La oratoria importa, contagia emociones. Existe un universo verbal que inunda nuestras mentes y condiciona nuestra percepción. Las frases hechas, las expresiones aprendidas, la semántica que expanden los líderes, la cultura o los medios definen nuestras realidades cotidianas, modelan nuestra mirada y dibujan un paisaje de causalidades. Por eso, ensayar metáforas nuevas puede crear una nueva comprensión, y, en consecuencia, nuevos mundos. Tenemos el ignorado poder de contemplar la vida a través de metáforas alternativas. Allí donde invocan guerras y trincheras de ideas podríamos, por ejemplo, convocar la imagen del baile. Conversar vendría a ser como salir a la pista de baile y ensayar una serie de piruetas sutiles y compartidas. Danzamos juntos si estamos dispuestos a acompasarnos con quien nos habla, a tono y en equilibrio. Podríamos abandonar la lógica de nuestro divisivo algoritmo para abrazar la del ritmo; no acorazarnos, sino acompasarnos; en lugar de armas, armonías.

miércoles, 7 de mayo de 2025

SEMIÓTICA


Tatuaje
Ya escribió Fernando Savater, en otro contexto, que la educación sirve para que los niños conozcan las alternativas que existen a los prejuicios de sus padres.
Manuel Jabois, 07.05.2025

La última palabra que mi hijo dijo mal sin ser consciente fue “tutuaje”. En algún momento quiso tener un tatuaje, igual porque su madre y yo no tenemos, y aunque creímos que ya hablaba perfectamente, soltó “tutuaje”. Habíamos pasado años enseñándole el verdadero secreto de hacerse adulto, que es el secreto del lenguaje y sus posibilidades, también las peores. Poco a poco fue diciendo bien incluso las palabras que más gracia nos hacía que dijese mal, y cuando nos dimos cuenta ya habíamos dejado atrás del todo a aquel niño: no nos habíamos quedado con nada de aquella época.

Hasta que dijo “tutuajes”. Esa palabra sobrevivía en el presente por puro desconocimiento, como el marido de Nicole Kidman en Los Otros regresando de una guerra acabada a una casa llena de muertos. Se convirtió en nuestra palabra fetiche hasta que el mundo, ajeno siempre, como debe ser, a los deseos egoístas de su familia, le acabó enseñando lo que no le enseñaban en casa. Su primer “tatuaje” fue una clarísima decepción que hubo que disimular. Tampoco, la verdad, queríamos ver a un señor con bigotes de 40 años diciendo por ahí “tutuajes” para nuestro gozo. Ya escribió Fernando Savater, en otro contexto, que la educación sirve para que los niños conozcan las alternativas que existen a los prejuicios de sus padres.

Hace una semana visité a unos amigos cuya hija está aprendiendo a hablar. No conoce la mentira, ni entiende que los demás no podamos saber qué piensa. Les he dicho a sus padres que ojalá conserven sin corregir alguna de esas palabras que dice ahora porque en el futuro la necesitarán para paliar la dichosa y feliz destrucción del tiempo.

Y este lunes conversé con ChatGPT sobre la estructura del lenguaje y la moral que la empapa (“quien domina el lenguaje, domina también la moral del momento”); en medio de la tarde, la IA soltó que cuando ciertas palabras se van, o las dejamos de pronunciar, “vuelven del mismo modo que los hijos vuelven a casa: nunca para quedarse, sino para despedirse bien”. Pronto no solo no nos dejarán hablar mal, sino algo aún más inquietante: tampoco escribir mejor.

martes, 27 de agosto de 2024

POLÍTICA LINGÜÍSTICA

Arturo Pérez-Reverte se ha hecho eco en X del absurdo de la política lingüística española, en este caso en Asturias, escribiendo una palabras irónicas a las que acompañaba una foto explicativa: «No puedo imaginar qué haríamos sin estas imprescindibles traducciones. Gracias sinceras. Así no se pierde nadie».

jueves, 11 de agosto de 2022

MATAR AL MENSAJERO

"No se mata al mensajero" me gusta repetir en la oficina cuando soy portador de noticias no demasiado buenas. Al final aquello de matar al mensajero se repite demasiadas veces como la salida más fácil y automática.

Matar al mensajero es una frase metafórica que se refiere al acto de culpar a una persona que trae malas noticias en vez del autor de las mismas. Anteriormente, los mensajes eran enviados por un emisario humano. A veces, durante la guerra, por ejemplo, se enviaba a un emisario desde un campamento enemigo. Un combatiente provocado fácilmente después de haber recibido dichas noticias podía desquitar su ira con más facilidad en el mensajero que en el responsable de las malas noticias.
Atacar al mensajero es una subdivisión de la falacia lógica ad hominem.

En lógica se conoce como argumento ad hominem (del latín ‘contra el hombre’) a un tipo de falacia informal (argumento que, por su contenido o contexto, no está capacitado para sostener una tesis) que consiste en dar por sentada la falsedad de una afirmación tomando como argumento quién es el emisor de esta. Para utilizar esta falacia se intenta desacreditar a la persona que defiende una postura señalando una característica o creencia impopular de esa persona*, en vez de criticar el contenido del argumento que defiende la postura contraria. La falacia se comete al limitarse a desacreditar a la persona que está ofreciendo la afirmación, para luego no criticar el contenido de la afirmación.

*Jose lo firma todo.

miércoles, 25 de mayo de 2022

DE VEHÍCULOS O DIFUSIONES

Los catalanes se equivocan y, si no, tiempo al tiempo.
A los suecos, finlandeses, noruegos o daneses, por poner un ejemplo, nadie tiene que decirles por ley que deben aprender inglés, es pura supervivencia/ inteligencia. Sus respectivos idiomas únicamente los hablan ellos mismos, nadie más. Comunicarse ha sido siempre una manera innata del desarrollo de los pueblos. Si antes fue "renovarse o morir", también podemos hablar de "comunicarse o morir". La Humanidad tiende a unirse no a lo contrario; ya lo dijo Miterrand, "el nacionalismo es la guerra", allá por el año 1995.
Cataluña tiene una oportunidad de oro de no cerrarse al resto por un nacionalismo mal entendido. Tienen la suerte de hablar dos idiomas, español y catalán, ¡qué mejor que ello! Los políticos de barretina, que hubiera dicho mi socio muerto, han impulsado este ombliguismo que vemos hoy, aislados del resto del país de manera voluntaria y obligada (el que no es independentista se tiene que callar), hasta llegar al corre corre aprobando leyes para el catalán vehicular -bien les gusta a los periodistas poner de moda palabras rebuscadas-. No lo entiendo, la verdad ¿o sí? 
Europeos, modernos, visionarios... siempre se ha dicho de ellos. ¿Pero de verdad reniegan del castellano? Parece que sí, qué pena, renunciar conscientemente a una parte de su cultura, inconcebible. Ya me hubiese gustado tener dos lenguas maternas. 
¡Aguañac! 
Serrat, *Plany al Mar.

lunes, 14 de marzo de 2022

ME RONDA

«Tóxico es, para los seres humanos y su entorno biológico no patógeno o dañino, toda radiación electromagnética o corpuscular y todo agente químico no infeccioso, de tamaño no superior a una pequeña partícula o fibra, que, tras generarse internamente o entrar en contacto, penetrar y/o ser absorbido por un organismo vivo, en dosis suficientemente alta, puede producir o produce un efecto adverso directo o indirecto en el mismo no manifiestamente relacionado con su temperatura o con una diferencia mensurable de potencial eléctrico».

O lo que es lo mismo...
Del lat. toxĭcum 'veneno', y este del gr. τοξικόν toxikón 'veneno para emponzoñar las flechas', 'veneno', der. de τόξον tóxon 'arco'.
  1. adj. Que contiene veneno o produce envenenamiento. Apl. a una sustancia, u. t. c. s. m.
  2. adj. Perteneciente o relativo a una sustancia tóxica.

domingo, 30 de mayo de 2021

FERNANDO/A (FELICIDADES)

Abba, *Fernando.

Fernando es un nombre de origen germánico. Se difunde en la península ibérica con el asentamiento de los visigodos en el siglo V. Sigue el procedimiento de formación habitual en los nombres germánicos, que consiste en combinar dos raíces, en este caso: frith ‘paz’ y nanth ‘osadía, atrevimiento’. Ha sido siempre uno de los nombres más populares en España. Otras fuentes indican que proviene de Pferd (caballo) + Nanth (osadía). Los germanos usaban otros nombres de animales como nombres de persona: Bernardo (Ber: oso), Hengsta (el nombre de un guerrero sajón: también significa caballo).
«Frith» también puede significar «protección» (véase por ejemplo el alemán moderno «Einfriedung», que tiene la misma raíz que «Friede» = paz pero significa «recinto, vallado» por ese sentido de protección/defensa. Así que Fernando podría ser también un marcial «defensor valiente».
Lady Gaga, *Alejandro (I'm not your babe, Fernando).

lunes, 17 de mayo de 2021

VARIOLAE VACCINAE

Vacuna (Wikipedia): Los términos vacuna y vacunación derivan de variolae vaccinae (viruela de la vaca), término acuñado por Edward Jenner para denotar la viruela bovina. Lo utilizó en 1798 en su obra Una investigación sobre las causas y los efectos de las variolae vaccinae (viruela bovina), en la que describió el efecto protector de la viruela bovina contra la viruela humana.​ En 1881, en honor a Jenner, Louis Pasteur propuso que los términos deben ampliarse para cubrir las nuevas inoculaciones de protección que entonces se estaban desarrollando.

Si 2020 fue el annus horribilis de la pandemia y el confinamiento mundial, el 2021 está llamado a ser el año de la vacuna, al menos la intención está siendo llegar lo más pronto posible a la inmunidad mundial frente al dichoso virus COVID-19. En las islas la campaña de vacunación va, por fin, rauda y veloz; vacunados nuestros padres , continúan ahora con la franja de edad 50-60 para continuar después con los años anteriores. Dicen que quizá se salten el orden para vacunar antes a los adolescentes, auténticos e inconscientes contagiadores. Tener cita para vacunarme es una alegría enorme, sumada a la que me produce saber que mis amigos están en igual situación y muy pronto estaremos todos "liberados", si esto es posible. 
"Der Freischütz" (El cazador furtivo), Karl Maria von Weber
*Und ob die Wolke sie verhülle (Kiri Te Kanawa).