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viernes, 11 de septiembre de 2026

VESTIGIOS DE CONCIENCIA HISTÓRICA


¿Realmente el 11-S lo cambió todo?
¿Fueron los atentados terroristas de aquel día el fin de una era idílica? ¿El comienzo de nuestra distopía actual? ¿O simplemente un capítulo intermedio?
The New York Times. Charles Homans, 10.09.2026

Uno de los mejores relatos de primera mano sobre los atentados del 11 de septiembre que he leído es un breve ensayo titulado « Diario del desastre », de Nicholas Spangler, por aquel entonces un estudiante de periodismo de 25 años y hoy reportero de Newsday en Long Island. Spangler se encontraba casualmente en el centro de la ciudad aquella mañana, lo suficientemente cerca del World Trade Center como para llegar al lugar entre el primer y el segundo avión. Como muchos de los primeros recuerdos de las primeras horas en la Zona Cero, escritos antes de que la memoria se ajustara a las dimensiones de la historia, el suyo es tan extraño como aterrador.

Escucha los cuerpos de quienes saltaron de la torre norte impactando contra el pavimento, y también la música ambiental que aún emana de los altavoces exteriores del edificio. Bajo un árbol recién despojado de sus hojas yace una pierna amputada envuelta en arpillera. Apenas una hora después del derrumbe de la segunda torre, los curiosos le piden a Spangler que les tome una foto de recuerdo posando frente a los escombros con una cámara desechable. Es el fin del mundo, o al menos de un mundo, y la gente aún no sabe cómo debe actuar.

Días después, tratando de comprender lo que había visto, Spangler escribe: «Creo que nuestra forma de vida actual terminó en esos minutos u horas. El espíritu estadounidense —la manera en que vemos el mundo y nuestro lugar en él— se fracturó y tal vez tenga que ser descartado».

Sin embargo, cuando relee ese pasaje tres meses después, le resulta extraño. «Nuestra forma de vida no terminó, sino que se interrumpió», escribe, «y si existe algo así como un espíritu estadounidense, no ha cambiado significativamente. Hay unos pocos cuyas vidas llevan la marca permanente y sangrienta de aquel día, pero la mayoría seguimos marcados por acontecimientos mucho más banales».

¿Cambió el 11-S la vida? Durante años, quienes no coincidían en nada sobre las consecuencias de los atentados habrían estado de acuerdo en que sí. Argumentar lo contrario habría sido una afrenta a las víctimas, a las bajas civiles y militares de la guerra contra el terrorismo y al sentido común de cualquiera que haya tenido que quitarse los zapatos en el control de seguridad del aeropuerto. Pero tanto la pregunta como la respuesta siempre han estado marcadas por la premisa de que el 11-S debía cambiarlo todo: que, al ser atacado de esa manera, Estados Unidos se enfrentaba a una prueba que podía superar o fracasar.

Veinticinco años después, es posible abordar la cuestión con cierta perspectiva crítica. Gran parte de nuestra realidad actual se deriva directamente del 11-S como para que alguien pueda argumentar con credibilidad que no fue un punto de inflexión en nuestra historia reciente: la omnipresencia de la tecnología de vigilancia, la ambigüedad inherente a todas las operaciones militares estadounidenses, el blindaje generalizado de la vida cotidiana. Al mismo tiempo, considerando los aspectos más distópicos de esta realidad, la influencia del 11-S no es tan singular como pudo haber parecido en su momento. Representa un capítulo intermedio en la historia de la fractura estadounidense, más que el inicio pirotécnico.

Casi todos los relatos del 11-S mencionan el clima. Invariablemente se nos dice que fue una mañana perfecta en Nueva York, con un cielo de un azul casi sobrenaturalmente puro, sin una sola nube, a menos que contemos la nube de tormenta, una ironía dramática que se cernía sobre todo.

En su libro de 2024, "Homeland", Richard Beck señala que minutos antes de que el vuelo 11 de American Airlines impactara contra la torre norte, "Good Morning America" ​​emitía un reportaje de investigación sobre electrodomésticos GE defectuosos, entrevistando a un hombre identificado en los rótulos como "víctima de un incendio en un lavavajillas". Esta es la caricatura del mundo antes del 11-S: un lugar de luz y tranquilidad, donde nadie sabe lo bien que está ni lo mal que se avecinan las cosas.


Pero la época anterior al 11-S fue más tensa en Estados Unidos de lo que la imaginación popular recuerda. Tanto la izquierda como la derecha se sentían inquietas ante la aparente tranquilidad del fin de la historia. Nuestra comprensión retrospectiva de la reacción inmediata de la nación a los ataques está influenciada por las imágenes de presentadores de noticias atónitos que los narraban en tiempo real, pero la conmoción no es lo mismo que la sorpresa: Estados Unidos solo había transcurrido ocho años desde el primer ataque al World Trade Center y solo seis desde el atentado de Oklahoma City, y la nueva tragedia se integró casi de inmediato en viejos debates.

Para la clase intelectual liberal de izquierda, considerar impensables los ataques equivalía a admitir una ignorancia inaceptable: la del resentimiento que la hegemonía estadounidense había suscitado en todo el mundo, y la de los conflictos que persistían en gran parte del mundo incluso mientras Estados Unidos disfrutaba de los beneficios de la paz tras la Guerra Fría. «Unos cuantos vestigios de conciencia histórica podrían ayudarnos a comprender lo que acaba de suceder y lo que podría seguir sucediendo», escribió Susan Sontag en The New Yorker.

En la derecha, los ataques despertaron la esperanza de que la debilidad de la América posterior a la Guerra Fría, y la ambivalencia liberal hacia el patriotismo abiertamente orgulloso que había persistido desde Vietnam, hubieran llegado a un final bienvenido; llamarlo un nuevo Pearl Harbor era tanto una descripción como una aspiración. En una reciente conversación en un podcast, Darryl Worley, el cantautor cuyo himno contra la invasión de Irak, "¿Lo has olvidado?", es uno de los documentos culturales esenciales de principios de la década de 2000, recordó su asombro el 11 de septiembre al ver banderas estadounidenses ondeando en una carretera secundaria a las afueras de Nashville. "Ya se había convertido en una especie de ruta de desfile", dijo. Recordó haber pensado: "¿Tenía que llegar a esto para que ondeáramos la bandera roja, blanca y azul?".

Por supuesto, al final, Estados Unidos no obtuvo ni autoconciencia ni autorrealización. Lo que obtuvo, década y media después, fue a Donald Trump, cuya elección en 2016 a menudo se ha interpretado como la culminación de lo que el periodista Spencer Ackerman, en su libro de 2021 "El reinado del terror", describe como la "fase decadente de la guerra contra el terror".

La trayectoria de Trump, desde estrella de la telerrealidad hasta la presidencia, transcurrió por los pantanos de la islamofobia de la derecha posterior al 11-S —el pánico por la mezquita en la Zona Cero, las teorías conspirativas sobre el certificado de nacimiento de Obama—, pero también por un descontento cada vez más bipartidista con la guerra contra el terrorismo que, para 2016, se había transformado en cinismo. Trump fue el primer candidato presidencial republicano en romper el formidable tabú de afirmar lo que la mayoría de los estadounidenses creía entonces: que el aventurismo militar del país tras el 11-S había sido un error. Además, hizo poco por frenarlo seriamente durante su primer mandato y lo ha expandido con entusiasmo en el segundo.

Desde hace tiempo, resulta tentador considerar las presidencias de Trump como la conclusión lógica de la insensatez de la era posterior al 11-S, y como un respaldo a la postura liberal de que los llamamientos de la derecha al patriotismo en aquella época siempre tuvieron como objetivo real la toma del poder interno. Sin embargo, Trump también ha propiciado una reevaluación de la historia, incluso de la historia reciente, que complejiza la idea de la primacía del 11-S.


El extremismo de derecha desatado en la recta final de su primer mandato se inspiró estéticamente en la estética de las operaciones especiales del Estado militarizado posterior al 11-S, pero tenía una deuda más sustancial con la década de 1990: con Ruby Ridge, Waco y las diversas milicias de la época. La reinvención del Departamento de Seguridad Nacional por parte de Trump durante su segundo mandato, convirtiéndolo en un ministerio del interior sin rendición de cuentas, materializa las peores predicciones de los defensores de las libertades civiles en los primeros días de la guerra contra el terrorismo. Sin embargo, está al servicio de una visión antiinmigración que se nutre menos de los pánicos terroristas posteriores al 11-S que del paleoconservadurismo nativista de las décadas anteriores, representado por figuras como Pat Buchanan y Sam Francis.

La elección de Trump en 2016 «representó la cristalización de elementos que aún estaban en fase incipiente» a principios de la década de 1990, escribe John Ganz en «When the Clock Broke», su reciente historia del malestar subestimado de ese período. En retrospectiva, el 11-S fue paradójicamente tanto un respiro como un acelerador de las polarizaciones y patologías que ya estaban muy arraigadas para entonces. Permitió a los estadounidenses ignorarlas por un momento, hasta que resurgieron con fuerza redoblada.

Afirmar que el 11-S fue un evento único implica asumir que las divisiones entre épocas en la vida pública se trazan, de forma más natural, en torno a la geopolítica. Esta suposición era comprensible para los estadounidenses que vivieron el fin de la Guerra Fría, la guerra de Vietnam o la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, resulta menos cierta para quienes nacieron después de la década de 1980.

Si no recuerdas el Muro de Berlín, pero tuviste una adolescencia marcada por las redes sociales y los teléfonos móviles, las líneas divisorias más evidentes de la historia reciente son tecnológicas y, con el rápido avance de la inteligencia artificial, cada vez lo son más. Esto se evidencia en la nostalgia prestada de la Generación Z, esos fragmentos del pasado que los veinteañeros han reutilizado recientemente como emblemas de una época dorada perdida: la serie "Friends", John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette Kennedy, vídeos caseros de instituto de los 90, videoclips y grabaciones de conciertos de grupos como Alien Ant Farm y Puddle of Mudd.

Estos objetos abarcan los años anteriores y posteriores al 11-S, y la inocencia perdida que representan no tiene nada que ver con los atentados. Su interés reside en que evocan una época en la que la gente se reunía con amigos en persona y se divertía junto a desconocidos en clubes y festivales de música; los adolescentes bromeaban sin complejos ante las cámaras en lugar de posar como celebridades hastiadas; y la cultura popular podía ser ruidosa y desenfadada sin ser analizada minuciosamente en el panóptico digital por su contenido político. La figura que se cierne ominosamente sobre ellos no son las Torres Gemelas. Es el iPhone.

Pero es difícil separar el 11-S incluso de los cambios sociales que no están directamente relacionados con él. Cuando visité el Memorial y Museo del 11-S por primera vez hace poco, pasé casi una hora en la exposición central, una reconstrucción minuto a minuto de los sucesos del día de los atentados. En los vídeos y las imágenes fijas, las reliquias conservadas bajo cristal, me sentí menos atraído por la terrible pero familiar historia que contaban sobre los ataques que por las pruebas más cotidianas de la vida en Nueva York hace veinticinco años que la exposición conservaba: una vida que yo mismo había vivido, pero que de repente parecía muy lejana.

Me detuve en particular ante una pila de disquetes recuperados de entre los escombros del World Trade Center, cubiertos de polvo como los restos de una civilización antigua. Intenté recordar la última vez que había usado un disquete; probablemente fue poco después del 11-S. Se me ocurrió que el mundo que representaban esos disquetes, en el que la vida digital existía pero aún no era omnipresente, es al menos tan inimaginable para mis hijos como un gran atentado terrorista en suelo estadounidense.

Desde entonces, he estado pensando en qué saben, específicamente, las personas de mi edad sobre el momento documentado en el museo que mis hijos jamás conocerán. Probablemente no tenga nada que ver con el 11-S en sí, a pesar de haber sido exhaustivamente documentado. Pero sí se puede apreciar en los registros de ese día, si se observa con atención: en los policías que aún no llevaban chalecos antibalas ni drones ni software de Palantir, en las grabaciones de vídeo realizadas por profesionales y aficionados dedicados en lugar de miles de cámaras digitales autónomas, en los espacios públicos que aún no estaban plagados de bolardos, en los volantes escritos a mano de personas que intentaban encontrar a sus seres queridos en un momento en que la desaparición, para bien o para mal, seguía siendo una posibilidad.

Esta es la imagen de un país al borde de un cambio trascendental; parte de él es consecuencia directa del 11-S, parte no, parte es difícil de discernir a esta distancia, los ecos de los ataques se confunden con los ecos de los propios ataques. Pero si estuviste allí entonces, lo ves ahora: un mundo donde muchas de las cosas con las que convivimos hoy estaban en marcha, pero aún no parecían tan inevitables. Los numerosos narradores del 11-S no se equivocan al hablar del cielo aquella mañana. Realmente fue algo especial. El aire estaba tan claro.

EL MUNDO YA NO ES LO QUE FUE


¿Han ganado los terroristas tras el 11-S?
Estados Unidos respondió al atentado en Nueva York como querían sus atacantes y contribuyó a crear un mundo donde el terrorismo es tan normal que ya ni sabemos cuándo usar esa palabra.
Timothy Snyder, 11.09.2026

El 11 de septiembre de 2001, cuando di mi tercera clase como profesor de historia de Europa del Este en Yale, tuve bien claro cuál debía ser el tema: la provocación. Los servicios secretos del Imperio Ruso (y después los soviéticos) habían perfeccionado el arte de convencer a sus adversarios de que hicieran lo que ellos querían haciéndoles creer que lo hacían por motivos propios. Cuando ocurre algo terrible, como aquel día, la cuestión no es el sufrimiento causado (aunque sin duda es algo deseado por los perpetradores). La cuestión es poner al atacado en un estado de ánimo que lo lleve a hacer algo que lo perjudicará todavía más.

La historia está llena de actos terroristas. Lo que realmente importa, dije entonces a mis alumnos, es lo que uno hace después. Cosas terribles sucederán siempre; es imposible evitarlas todas. Pero tu libertad empieza por tu respuesta. Lamentablemente, los estadounidenses dimos la respuesta exacta que querían los terroristas; de hecho, es probable que hayamos superado sus expectativas y logrado al hacerlo que el mundo sea mucho peor para nosotros y para el resto.

La respuesta obvia al 11-S era liberarnos de los combustibles fósiles. Sin nuestra dependencia del petróleo, jamás nos habríamos enredado en Oriente Próximo. Financiando fuentes de energía limpia, podíamos frenar el calentamiento global, evitar nuevas guerras en Oriente Próximo e impedir el auge de la oligarquía gasista y petrolera del presidente ruso, Vladímir Putin.

No es lo que terminó ocurriendo. El presidente George W. Bush, vástago incompetente de una familia petrolera, no tenía ningún interés en reforzar la búsqueda de energía segura. Los terroristas nos atacaron, dijo, porque “odian nuestras libertades”. A continuación, nuestro propio Gobierno actuó para limitarlas. Se creó un nuevo Departamento de Seguridad Nacional (Department of Homeland Security) bajo cuya autoridad se unificó una mezcolanza de organismos (incluida la administración de fronteras) cuyas competencias pasaron a considerarse cuestiones de seguridad. Eso sentó las bases para una política interna que divide a las personas que viven en Estados Unidos en legales e ilegales (nosotros y ellos) y construye campos de concentración.

Más peligrosa aún era la idea de patria (homeland), un término que hace pensar en la fascinación nazi por la Heimat. En aquel momento, fue un título exótico para un departamento gubernamental, más bien ajeno al inglés que se habla en Estados Unidos y a sus tradiciones institucionales. Pero desde entonces la palabra se ha normalizado en un sentido esencialmente fascista. Durante la presidencia de Donald Trump se considera que las principales amenazas son internas, procedentes de gente que en realidad está fuera de lugar en este país. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, trata a las Fuerzas Armadas como un escenario de guerras culturales: hombres contra mujeres, blancos contra negros. La tarea futura de los soldados es la defensa de la patria. Las Fuerzas Armadas han de convertirse en la milicia personal de un gobernante; una fuerza de choque contra la oposición a Trump.

Por supuesto, una de las principales causas del ascenso de Trump fue la invasión estadounidense de Irak en 2003 (una guerra por elección que constituyó la peor respuesta de política exterior posible al 11-S). La guerra dejó a los estadounidenses traumatizados y vulnerables ante un candidato que explotó ese asunto para hacerse con el poder (y lo usó para iniciar más guerras y volvernos vulnerables a más terrorismo). También afianzó una economía política dominada por el gasto militar y la deuda. En vez de dar respuesta a la desigualdad económica, la inmovilidad social y la inseguridad familiar, Estados Unidos malgastó sangre (sobre todo ajena) y dinero en guerras vanas.

Como pueblo, hemos seguido un guion que bien podrían haber escrito los terroristas. Peor aún, nuestros gobernantes electos se convirtieron en sus coautores. La Administración de Bush inventó los vínculos entre Irak y los terroristas del 11-S; el resultado fue que los estadounidenses terminaron desconfiando de su Gobierno, lo que a su vez facilitó el ascenso de alguien como Trump. Y estos pretextos inventados sentaron las bases para la violación del precepto más básico del derecho internacional: la prohibición de guerras de agresión no provocadas.

Con eso, la era de renacimiento democrático (1989‑91) que siguió a la Guerra Fría llegó a su fin. Preparándose para la invasión de Irak, los estadounidenses afirmaron que, así como la liberación había sido posible en Europa del Este, también lo era en Oriente Próximo. Pero, por supuesto, la situación era muy diferente; una cosa es derrocar una dictadura desde dentro y otra muy distinta hacerlo con una invasión extranjera. Y mientras que los líderes poscomunistas europeos tenían ideas sobre lo que vendría después, los estadounidenses en Irak no tenían ninguna. Dieron por sentado que el mero hecho de destruir un régimen malo pondría en su lugar otro mejor.

Sería un error afirmar que la invasión de Irak liderada por Estados Unidos fue lo que llevó a Rusia a invadir Ucrania más de 10 años después, en 2014. Pero es indudable que la guerra estadounidense le allanó el camino a Putin, quien infirió que las grandes potencias pueden invadir otros países apelando a mentiras descabelladas.

Una de las razones por las que en 2013 y a principios de 2014 advertí de que Rusia podía invadir Ucrania y apoderarse de Crimea fue la propaganda surrealista que se estaba difundiendo en los medios de comunicación rusos. Igual que la propaganda estadounidense en 2002 y principios de 2003, no tenía ningún sentido. Los estadounidenses afirmaban que el combate al terrorismo exigía derrocar a un régimen que (más allá de ser horrible) reprimía al islamismo responsable del 11-S. Los rusos llevaron el disparate a otro nivel: los ucranios eran todos gais, nazis y judíos. El Estado ucranio no existía, pero oprimía a los rusos. Rusia (un régimen autoritario) iba a llevar la democracia a Ucrania (que ya era un régimen democrático).

Poco después del comienzo de la invasión, participé en un debate público en Praga. Los ánimos estaban caldeados. Una persona que llevaba una camiseta con un eslogan fascista ruso tomó el micrófono y preguntó por qué Rusia debía acatar las reglas, si los estadounidenses no lo habían hecho en Irak en 2003. Respondí que las reglas son reglas: la invasión estadounidense había sido ilegal, pero la suma de dos errores no equivale a un acierto. La pregunta era un ejemplo de un modo de pensar surgido de la lógica interna de un régimen oligárquico, pero Estados Unidos lo había facilitado: la verdad no existe, el bien y el mal no existen, las reglas no existen.

A finales de 2021 y principios de 2022, mientras Rusia preparaba su segunda invasión de Ucrania, todavía se sentían los efectos de Irak. Dos decenios antes, Estados Unidos había mentido sobre las razones para invadir Irak. Ahora estaba diciendo la verdad sobre los planes rusos de invadir Ucrania. Pero en general, nadie le creyó, aunque los hechos estaban a la vista de todos. Los embustes que dijeron los estadounidenses en 2002 hicieron más fácil dudar de ellos en 2022. Por eso, cuando llegó la gran guerra (como la llaman los ucranios), todos estaban menos preparados de lo que podrían haber estado.

Tras la provocación de 2001, Estados Unidos respondió como querían los terroristas y contribuyó a crear un mundo donde el terrorismo es tan normal que ya ni sabemos cuándo usar esa palabra. Putin y Trump la emplean para definir a sus enemigos, aunque ellos mismos son terroristas de Estado. Trump normalizó el terrorismo cuando intentó quedarse en el poder por la fuerza en enero de 2021. Y la guerra criminal de agresión de Putin en Ucrania incluye violaciones, secuestros de niños y matanzas de activistas en los territorios ocupados. Pero el acto terrorista más obvio es el lanzamiento diario de drones y misiles contra la población civil ucrania.

Escribo esto desde un refugio subterráneo en Járkov, donde las sirenas antiaéreas están sonando por tercera vez esta noche. Los ucranios derriban la mayoría de los drones, pero los misiles caen, explotan y matan, porque los estadounidenses han decidido negarles los misiles Patriot. Esto es, en parte, un reflejo de solidaridad entre terroristas: los emisarios de Trump acababan de estar en Moscú elogiando los objetivos de Putin. También es un efecto secundario de la malhadada guerra electiva de Trump contra Irán. Estados Unidos malgastó en Oriente Próximo munición que podía salvar vidas en Ucrania. La guerra de Trump contra Irán hace posible la guerra de Putin contra Ucrania.

Y, sin embargo, la guerra de Trump es muy impopular (y nadie duda de que está perdida). Tal vez la continúa (ya cerca incluso de las elecciones legislativas intermedias en Estados Unidos) porque espera que el régimen iraní le haga el favor de atacar dentro de Estados Unidos. Entonces podrá tratar de suspender las elecciones o desplegar más tropas estadounidenses en más ciudades del país y quedarse en el poder para siempre.

Eso es un modo de querer que ganen los terroristas: librar una gran guerra en Oriente Próximo, agotar las defensas propias y esperar lo peor. Tal vez Irán muerda el anzuelo y lance una acción asesina, o tal vez Trump se limite a afirmar que lo ha hecho. En vista de todas las provocaciones, mentiras y actos terroristas desde el 11-S, sería una tontería no tomarse en serio esta posibilidad. Y si se materializa, la respuesta será la misma que en 2001: tu libertad empieza con tu respuesta. Por encima de todo, no hagas lo que el terrorista quiere que hagas.

Aquí donde estoy, en las horas oscuras de la madrugada, recuerdo a los ucranios que vi anoche, reunidos bajo tierra para un acto público, sonriendo, bebiendo vino y hablando de ideas; no haciendo lo que quieren los terroristas, no cediendo, no siguiéndoles el juego, sino pensando por sí mismos en el futuro. Eso es lo que deben hacer hoy los estadounidenses, en este terrible aniversario. No te dejes provocar; no entres en el mundo mental del terrorista; piensa por ti mismo. Sólo así podremos esperar que el próximo cuarto de siglo sea mejor que el anterior.

Timothy Snyder es profesor de Historia Europea Moderna en la Universidad de Toronto y miembro permanente del Instituto de Ciencias Humanas de Viena.

11-S, IN MEMORIAM