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viernes, 23 de octubre de 2026

RYU MURAKAMI, RIP


Muere a los 74 años el escritor Ryu Murakami, autor de ‘Azul casi transparente’ y ‘Sopa de miso’
El japonés, una de las voces más provocadoras de la literatura contemporánea de su país, exploró en sus novelas la violencia, el sexo y la deshumanización de la sociedad.
EFE. 23.10.2026

El escritor japonés Ryu Murakami ha muerto a los 74 años, según ha informado este viernes su editorial, Gentosha, El novelista, autor de títulos como Azul casi transparente o Sopa de miso, falleció el pasado 17 de octubre, en un lugar no precisado de Japón. La editorial no ha comunicado la causa de su deceso.

“Nos entristece profundamente la noticia del fallecimiento de Ryu Murakami, quien dedicó su carrera a publicar incansablemente trabajos impactantes que conectaron con las generaciones más jóvenes”, ha señalado Gentosha en un comunicado difundido en redes sociales.

Murakami nació el 19 de febrero de 1952 en la prefectura de Nagazaki y es considerado una de las figuras más singulares de la literatura japonesa contemporánea. Sin parentesco con Haruki Murakami, el también célebre novelista japonés, construyó una obra marcada por la exploración del sexo, la violencia y los aspectos más oscuros de la sociedad de su país.

Su reconocimiento llegó en 1976 con Azul casi transparente, su primera novela, escrita mientras estudiaba en la Universidad de Arte de Musashino, al oeste de Tokio. La obra le valió el premio Akutagawa, uno de los galardones literarios más importantes de Japón, que distingue especialmente a escritores emergentes. Murakami escribió esta novela con 24 años.

A lo largo de su trayectoria publico otros títulos como Los chicos de las taquillas (1980), Piercing (1994) y Sopa de miso (1997). En sus novelas abordó cuestiones como la prostitución, y el maltrato infantil, al tiempo que cuestionaba la deshumanización del capitalismo y la perdida de la identidad de la sociedad japonesa.

Sus libros, traducidos a decenas de idiomas, lo han convertido en un autor de culto dentro y fuera de Japón. Además de su labor como novelista, escribió y dirigió adaptaciones cinematográficas de sus propias obras.

El portavoz del gobierno japonés, Minoru Kihara, ha destacado la capacidad del escritor para retratar “las luces y sombras de la sociedad, así como las esperanzas y ansiedades de la gente”, y ha subrayado que su obra deja una huella significativa en la literatura de su país.

“Fue un escritor que no dejó de plantear interrogantes. Creo que sus palabras seguirán siendo leídas por muchos lectores y perdurarán en el corazón de la gente”, ha añadido el portavoz del Gobierno durante una rueda de prensa.

En los últimos años, el creciente interés internacional por la literatura japonesa ha favorecido en la recuperación de algunos de sus títulos. En España, la editorial Malas Tierras reeditó Sopa de miso en 2024, después de que la novela permaneciera descatalogada durante casi dos décadas.

miércoles, 21 de octubre de 2026

CIEN AÑOS DE SOLEDAD


Estoy viendo en NETFLIX la serie "Cien años de soledad" y me estoy quedando impactado de lo buena que me parece. Empezando el tercer capítulo, la serie ha logrado retrotraerme al espíritu de la novela que leí hace muchos años. Tanto es así que mañana, sin falta, voy a buscar el libro en la biblioteca y nada más terminar de releer "El conde de Montecristo" me pongo con ésta, alternándola con literatura actual y unos ensayos de Mark Fisher que tengo aún pendientes. Espero tener la novela y que no haya sido de las que quedaron bajo en agua en la inundación de Villa Titanic donde perdí casi toda la biblioteca reunida hasta la fecha.
Qué placer más grande me espera.

miércoles, 7 de octubre de 2026

EL CONDE


“-Observad -continuó el conde cogiendo a cada uno de los jóvenes por la mano- Mirad, porque a fe mía es cosa curiosa. Allí tenéis un hombre que estaba resignado a su suerte, que marchaba al patíbulo, que iba a morir como un cobarde, es verdad, pero, después de todo, iba a morir sin blasfemar y sin resistirse, ¿y sabéis lo que le daba alguna fuerza? ¿Sabéis lo que le consolaba? ¿Sabéis lo que le hacía sufrir el suplicio con resignación… ?, el que otro participaba de su angustia, que otro iba a morir como él, que otro iba a morir antes que él. Llevad dos carneros o dos bueyes al matadero, y haced comprender a uno de ellos que su compañero no morirá. El carnero balará de gozo y el buey mugirá de placer. Pero el hombre, el hombre que Dios ha creado a su imagen, el hombre a quien Dios impuso por primera, por única, por suprema ley, el amor al prójimo, el hombre a quien ha dado una voz para expresar su pensamiento, ¿cuál será su primer grito al saber que su compañero se ha salvado? Una blasfemia. ¡Oh!, ¡honor al hombre, a esa obra maestra de la naturaleza, a ese rey de la creación! 
Dicho esto, el conde empezó a reír, pero con una risa terrible, feroz, que indicaba haber sufrido horriblemente para conseguir reír de aquella manera.
...
¡Vistámonos, señores, vistámonos! Tengo necesidad de ver máscaras de cartón para consolarme de las máscaras de carne.

 “El conde de Montecristo” de Alexandre Dumas.

jueves, 1 de octubre de 2026

JANE EYRE


Por qué China convirtió a ‘Jane Eyre’ en lectura obligatoria en las escuelas
El gobierno chino promueve la novela victoriana como modelo de independencia femenina compatible con el matrimonio y la maternidad, en un momento de caída demográfica en el país.
The New York Times. Yan Zhuang y Li You, 30.09.2026

Casi dos siglos después de que Jane Eyre desafiara por primera vez las convenciones de la Inglaterra victoriana, China le está exigiendo a una nueva generación de adolescentes que lea su historia.

Durante mucho tiempo, el clásico británico ha sido popular en China y ya era una lectura recomendada para los escolares. Pero este otoño, a los estudiantes de noveno grado de todo el país se les exige leer la novela completa, según los medios estatales chinos. Un reporte en un periódico oficial la presentó como una historia de amor antimaterialista de la que los jóvenes podrían aprender.

El libro, en el que la joven huérfana Jane Eyre trabaja como institutriz en la casa del adinerado pero esquivo Rochester, es muy celebrado en China por sus temas de independencia e igualdad entre mujeres y hombres.

Una traducción al chino se publicó en 1925, y desde entonces ha habido numerosas traducciones y adaptaciones para teatro y cine. Una adaptación cinematográfica británica se proyectó en cines chinos en 1979, solo unos años después del final de la Revolución Cultural, cuando China se reabría a la cultura extranjera.

Ping Zhu, profesora de literatura en la Universidad de California, San Diego, que investiga el feminismo y la literatura china, dijo que la novela es compatible con la visión del gobierno chino sobre la igualdad de las mujeres, una que puede coexistir con los roles de género tradicionales y la familia nuclear heterosexual. Su inclusión en el libro de texto de noveno grado se produce mientras China lucha con el declive poblacional y el gobierno anima a los jóvenes a casarse y tener hijos, dijo.

“Jane Eyre trata sobre una mujer independiente, pero no es demasiado escandalosa en su desafío al poder patriarcal”, dijo Zhu. Para el final de la novela, Jane se ha casado con Rochester y ha tenido un hijo. “Todas estas cosas son las que el gobierno chino quiere que haga la generación más joven”, dijo Zhu.

Publicada en el Reino Unido en 1847, Jane Eyre fue sorprendente por su representación de una joven pobre que insiste en su independencia, dignidad e igualdad en una sociedad en la que las mujeres —particularmente las mujeres casadas— tenían una autonomía legal y económica severamente limitada.

La novela ha sido celebrada durante mucho tiempo en China por sus temas feministas, y los medios estatales suelen citar la declaración de Jane a Rochester: “¿Cree que porque soy pobre, desconocida, poco agraciada y pequeña, no tengo alma ni corazón? ¡Te equivocas! Tengo tanta alma como usted, ¡y tanto corazón!”.


Jane Eyre era progresista en su contexto del siglo XIX, pero algunas feministas contemporáneas considerarían limitada su idea de la liberación, dijo Zhu.

El tipo de feminismo representado en la novela ha sido respaldado durante mucho tiempo por el Partido Comunista Chino, dijo Zhu. Contrasta con la forma en que el partido ve tipos de feminismo más modernos, como el movimiento #MeToo, añadió, “o el tipo de feminismo que enseña a las mujeres a no casarse y no tener hijos; ese es un feminismo que no pueden aceptar en absoluto”.

En años recientes, el gobierno chino ha restringido algunas otras representaciones del romance y las relaciones.

Las autoridades han detenido a decenas de escritoras del género Boys’ Love, un género de novelas de romance gay escritas en gran medida por y para mujeres heterosexuales, que los medios estatales dijeron que podrían moldear las ideas de los jóvenes lectores sobre la sexualidad.

Los reguladores también han buscado frenar un popular género de microdramas sobre ejecutivos adinerados que se enamoran de personas menos privilegiadas, instando a los creadores a evitar glorificar los matrimonios con personas ricas y poderosas.

Los medios estatales han sugerido que novelas como Jane Eyre ofrecen a los jóvenes lectores una alternativa a lo que llaman historias de amor superficiales. Un artículo en el Beijing Daily, una publicación oficial del Partido Comunista Chino, argumentó que enseñar clásicos literarios como Jane Eyre podría ayudar a los niños a “establecer un sistema de valores más equilibrado”.

Los lectores chinos han encontrado durante mucho tiempo sus propios significados en la historia de Jane.

Vicky Li, de 46 años, leyó Jane Eyre cuando era joven y vio algo de sí misma en su heroína. Años después, dijo, compartió la novela con sus hijas, que ahora tienen 13 y 15 años, porque quería que se volvieran independientes y valientes.

Li dijo que estaba feliz de ver la novela incluida en el libro de texto, aunque algunos podrían pensar que Jane no encarnaba la idea moderna de una mujer fuerte. “Dado el contexto histórico en el que vivió, las decisiones que tomó fueron verdaderamente pioneras: un profundo acto de desafío”, dijo.

La propia novela complica la idea de que Jane termina por someterse a la convención. Ella deja a Rochester en lugar de convertirse en su amante y regresa solo después de heredar una fortuna. Rochester ha perdido su propiedad y la vista, lo que altera drásticamente el equilibrio de poder.

Wang Sirui, de 30 años, señaló la negativa de Jane a convertirse en amante —incluso si eso significaba morir de hambre— como un momento clave que mostró el compromiso del personaje con la independencia.

“El núcleo de la obra radica en el mensaje de que una mujer debe tomar decisiones basadas en su propia voluntad y valores, en lugar de sucumbir a diversas tentaciones”, dijo Wang, quien leyó el libro por primera vez a los 13 años.

Zhu dijo que, en última instancia, las autoridades chinas podrían tener un control limitado sobre los mensajes que los jóvenes extraen de Jane Eyre.

“Las obras literarias, sobre todo estas grandes obras literarias, siempre son muy ricas y están abiertas a millones de formas de interpretación”, dijo.

jueves, 24 de septiembre de 2026

DIES LOVIS

Calor que no da tregua.
Salgo del gimnasio a las 8 y me siento a desayunar y continuar con mi rito mañanero: "El Conde de Montecristo" en el atril. Hoy el abate Faria le da a Edmundo una interesante clase de historia con el papa Alejandro VI, su hijo César Borgia y el último de los príncipes Spada como protagonistas.
Se va la semana, tan rauda como inexorablemente.
"Spada conocía la costumbre de las invitaciones. Desde que el cristianismo, eminentemente civilizador, había llevado sus progresos a Roma, no llegaba un centurión de parte del tirano a decirle a uno: «César quiere que mueras», sino un legado a latere, que venía de parte del papa a decirle a uno con una sonrisa en los labios: «Su Santidad desea que almuerce con él.»" 

domingo, 13 de septiembre de 2026

DICKENS

Siempre me ha fascinado Charles Dickens, su visión del sufrimiento humano, la injusticia social y la compasión. Aunque salvando las obvias distancias, su literatura está siempre de actualidad. La sociedad aparece como una máquina que produce sufrimiento, especialmente para quienes tienen menos capacidad para defenderse: niños, pobres, huérfanos, deudores, trabajadores, mujeres abandonadas; las instituciones que deberían administrar justicia llegan a convertirse ellas mismas en instrumentos de injusticia. 
Para Dickens, la burocracia acaba convirtiéndose en un monstruo que llega a consumir vidas enteras.
El sufrimiento de una persona concreta importa más que la abstracción social que lo explica. No nos presenta solamente "la pobreza"; nos presenta a Oliver, a Jo, a David, a Amy Dorrit... Los lectores estamos abocados a sentir compasión por ellos.
En Dickens encontramos finalmente la esperanza, entrevemos la fe en la posibilidad de reformar la sociedad, y esto es lo que lo hace tan actual. 
Si bien en la literatura clásica rusa encontramos paralelismos con Dickens, éste es mucho más optimista que Tolstói, Dostoyevski o Chéjov, más oscuros y muchas veces sin reparación final.
Leí en algún momento que la compasión no es sentimentalismo sino una forma de conocimiento. 

Baste recordar, para seguir enamorados de Dickens, el comienzo de "Historia de dos ciudades", cuya nueva adaptación para la televisión estoy empezando a ver:
«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

En el trono de Inglaterra había un rey de mandíbula muy desarrollada y una reina de cara corriente; en el trono de Francia había un rey también de gran quijada y una reina de hermoso rostro. En ambos países era más claro que el cristal para los señores del Estado, que las cosas, en general, estaban aseguradas para siempre. Era el año de Nuestro Señor, mil setecientos setenta y cinco. En período tan favorecido como aquél, habían sido concedidas a Inglaterra las revelaciones espirituales. Recientemente la señora Southcott había cumplido el vigésimo quinto aniversario de su aparición sublime en el mundo, que fue anunciada con la antelación debida por un guardia de corps, pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a Westminster.»

martes, 8 de septiembre de 2026

UN NUEVO LIBRO


Empecé anoche un nuevo libro, "La hora de la estrella", de Clarice Lispector, una joya absoluta de la mejor literatura brasileña. De acuerdo con Lispector, el libro es sobre «la historia de una chica que era tan pobre que lo único que comió eran perros calientes, aunque esa no es la historia. Es sobre una inocencia herida, sobre una miseria anónima».

lunes, 9 de marzo de 2026

LÍNEAS PARALELAS


Que no para lelos.
Hoy verticales. La gran cortina japonesa de lamas que cubre el ventanal del gimnasio que da a la calle estaba hoy prácticamente cerrada, sólo se podía entrever algo a través de sus rendijas. Como en la caverna de Platón imaginaba lo que ocurría fuera, los colores de los coches aparecían y desaparecían y durante unos segundos hasta pude ver al señor con perrito de cada mañana, el yorkshire anciano paseando a su dueño pero, inteligente como es, a un paso tras él para que parezca que es el amo el que lleva las riendas. 
Llego a casa para encontrarme a Medianoche en la puerta esperando mi llegada, le abro la puerta y entra a desayunar raudo. Aprovecho para sentarme en la escalera mientras él degusta el pienso de pescado para ver la portada de EL PAÍS antes de sentarme yo a desayunar y leerlo con más calma y detenimiento.


Desayuno y lectura. Irán tiene un nuevo Líder Supremo y T sigue amenaza tras amenaza mientras las bombas caen. Es éste tan buen momento como otro, o quizá mejor, para releer el cuento de Chéjov "La señora del perrito". 
Mañana espero volverlo a ver, por cierto.
▬
La señora del perrito
Antón Chéjov.

UNO

Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada en Yalta, empezó a tomar algún interés en los acontecimientos que ocurrían. Sentado en el pabellón de Verney, vio pasearse junto al mar a una señora joven, de pelo rubio y mediana estatura, que llevaba una boina; un perrito blanco de Pomerania corría delante de ella.

Después la volvió a encontrar en los jardines públicos y en la plaza varias veces. Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente «la señora del perrito».

«Si está aquí sola, sin su marido o amigos, no estaría mal trabar amistad con ella», pensó Gurov.

Aún no había cumplido cuarenta años, pero tenía ya una hija de doce y dos hijos en la escuela. Se había casado joven, cuando era estudiante de segundo año, y por entonces su mujer parecía tener la mitad de edad que él. Era una mujer alta y tiesa, de cejas oscuras, grave y digna, y como ella misma decía, intelectual. Leía mucho, usaba un lenguaje rebuscado, llamaba a su marido no Dmitri, sino Dimitri, y él en secreto la consideraba falta de inteligencia, de ideas limitadas, cursi. Estaba avergonzado de ella y no le gustaba quedarse en su casa. Empezó por serle infiel hacía mucho tiempo -le fue infiel bastante a menudo-, y, probablemente por esta razón, casi siempre hablaba mal de las mujeres; y cuando se tocaba este asunto en su presencia, acostumbraba llamarlas «la raza inferior». Parecía estar tan escarmentado por la amarga experiencia, que le era lícito llamarlas como quisiera, y, sin embargo, no podía pasarse dos días seguidos sin «la raza inferior». En la sociedad de hombres estaba aburrido y no parecía el mismo; con ellos se mostraba frío y poco comunicativo; pero en compañía de mujeres se sentía libre, sabiendo de qué hablarles y cómo comportarse; se encontraba a sus anchas entre ellas aunque estuviese callado. En su aspecto exterior, su carácter y toda su naturaleza, había algo de atractivo que seducía a las mujeres predisponiéndolas en su favor; él sabía esto, y diríase también que alguna fuerza desconocida lo llevaba hacia ellas.

La experiencia, a menudo repetida, la cruda y amarga experiencia, le había enseñado hacía tiempo que con gente decente, especialmente gente de Moscú -siempre lentos e irresolutos para todo-, la intimidad, que al principio diversifica agradablemente la vida y parece una ligera y encantadora aventura, llega a ser inevitablemente un intrincado problema, y con el tiempo la situación se hace insoportable. Pero a cada nuevo encuentro con una mujer interesante, esta experiencia se le olvidaba, sentía ansias de vivir, y todo lo encontraba sencillo y divertido.

Una noche que estaba comiendo en los jardines, la señora de la boina llegó lentamente y se sentó a la mesa de al lado. La expresión de su rostro, su aire, el vestido y el peinado, le indicaron que era una señora, que estaba casada, que se encontraba en Yalta por primera vez y que estaba triste… Las historias inmorales, que se murmuran en sitios como Yalta, son la mayor parte mentira; Gurov las despreciaba, sabiendo que tales historias eran inventos, en su mayor parte, de personas que hubieran pecado tranquilamente, de haber tenido ocasión; pero cuando la señora del perro se sentó a la mesa de al lado, a tres pasos de él, recordó esas historias de conquistas fáciles, de excursiones a las montañas, y el tentador pensamiento de una dulce y ligera aventura amorosa, una novela con una mujer desconocida, cuyo nombre le fuese desconocido también, se apoderó súbitamente de su ánimo.

Llamó cariñosamente al pomeranio, y cuando el perro se acercó a él lo acarició con la mano. El pomeranio gruñó; Gurov volvió a pasarle la mano.

La señora miró hacia él bajando en seguida los ojos.

-No muerde -dijo, y se sonrojó.

-¿Le puedo dar un hueso? -preguntó Gurov; y como ella asintiera con la cabeza, volvió a decir cortésmente-. ¿Hace mucho tiempo que está usted en Yalta?

-Cinco días.

-Yo llevo ya quince aquí.

Un corto silencio siguió a estas palabras.

-El tiempo pasa de prisa, y sin embargo, ¡es tan triste esto! -dijo ella sin mirarlo.

-Es que se ha puesto de moda decir que esto es triste. Cualquier provinciano viviría en Belyov o en Lhidra sin estar triste, y cuando llega aquí exclama en seguida: «¡Qué tristeza! ¡Qué polvo!» ¡Cualquiera diría que viene de Granada!

Ella se echó a reír. Luego, ambos siguieron comiendo en silencio, como extraños; pero después de comer pasearon juntos y pronto empezó entre ellos la conversación ligera y burlona de dos personas que se sienten libres y satisfechas, a quienes no importa ni lo que van a hablar ni hacia dónde han de dirigirse. Pasearon y hablaron de la luz tan rara que había sobre el mar; el agua era de un suave tono malva oscuro y la luna extendía sobre ella una estela dorada. Hablaron del bochorno que hacía después de un día de calor. Gurov le contó que había venido de Moscú, en donde tomó el grado en Artes, pero que era empleado de un banco; que había estado como cantante en una compañía de ópera, abandonándola luego; que poseía dos casas en Moscú…

De ella supo que había sido educada en San Petersburgo, pero vivía en S. desde su matrimonio, hacía dos años, y que todavía pasaría un mes en Yalta, donde se le reuniría tal vez su marido, que también necesitaba unos días de descanso. No estaba muy segura de si su marido tenía un puesto en el Departamento de la Corona o en el Consejo Provincial, y esta misma ignorancia parecía divertirla.

También supo Gurov que se llamaba Ana Sergeyevna.

Más tarde, una vez en su cuarto, pensó en ella; pensó que volvería a encontrársela al día siguiente; sí, necesariamente se encontrarían. Al acostarse recordó lo que ella le contara de sus sueños de colegio: había estado en él hasta hacía poco, estudiando lecciones como una niña. Y Gurov pensó en su propia hija. Recordaba también su desconfianza, la timidez de su sonrisa y sus modales, su manera de hablar a un extraño. Debía ser ésta la primera vez en su vida que se encontraba sola, examinada con curiosidad e interés; la primera vez también que al dirigirse a ella creyó adivinar en las palabras de los demás secretas intenciones… Recordó su cuello esbelto y delicado, sus encantadores ojos grises.

«Algo hay de triste en esta mujer», pensó, y se quedó dormido.

DOS

Una semana había pasado desde que hicieron amistad. Era un día de fiesta. Dentro de las casas hacía bochorno, mientras que en la calle el viento formaba remolinos de polvo y tiraba el sombrero a los transeúntes. Era un día de sed, y Gurov entró varias veces en el pabellón y ofreció a Ana Sergeyevna jarabe y agua o un helado. Nadie sabía qué hacer.

Por la tarde, cuando el viento se calmó un poco, salieron a ver venir el vapor. Había muchas personas paseando por el puerto; se habían reunido para recibir a alguien y llevaban ramos de flores. Se notaban allí dos peculiaridades de la gente elegante de Yalta: las señoras mayores iban como muchachas y había muchos generales vestidos de uniforme.

A causa de lo alborotado que estaba el mar, el vapor llegó muy tarde, después de la puesta del sol, y tardó mucho tiempo en atracar al muelle. Ana Sergeyevna miró a través de sus impertinentes al vapor y a los pasajeros como esperando encontrar algún conocido, y al volverse hacia Gurov sus ojos brillaban. Habló mucho y preguntaba cosas desacordes, olvidando al poco rato lo que había preguntado; al hacer un movimiento con la mano dejó caer los impertinentes al suelo.

La gente empezaba a dispersarse; estaba demasiado oscuro para ver las caras de los que pasaban. El viento se había calmado por completo, pero Gurov y Ana Sergeyevna permanecían allí quietos como si esperasen ver salir a alguien más del vapor.

Ella olía en silencio las flores sin mirar a Gurov.

-El tiempo está mejor esta tarde -dijo él-. ¿Dónde vamos ahora?

Ella no contestó.

Entonces Gurov la miró intensamente, rodeó su cuerpo con el brazo y la besó en los labios, mientras respiraba la frescura y fragancia de las flores; luego miró a su alrededor ansiosamente, temiendo que alguien lo hubiese visto.

-Vamos al hotel -dijo él dulcemente. Y ambos caminaron de prisa.

La habitación estaba cerrada y perfumada con la esencia que ella había comprado en el almacén japonés. Gurov miró hacia Ana Sergeyevna y pensó: ¡Cuán distintas personas encuentra uno en este mundo! Del pasado, conservaba recuerdos de mujeres ligeras, de buen fondo algunas, que lo amaban alegremente agradeciéndole la felicidad que él podía darles, por muy breve que fuese; de mujeres, como la suya, que amaban con frases superfluas, afectadas, histéricas, con una expresión que hacía sospechar que no era amor ni pasión, sino algo más significativo; y de dos o tres más, hermosas, frías, en cuyos rostros sorprendió más de una vez destellos de rapacidad, el deseo obstinado de sacar de la vida aún más de lo que ésta podía darles. Eran mujeres irreflexivas, dominantes, faltas de inteligencia y de edad ya madura; cuando Gurov empezaba a mostrarse frío con ellas, esta misma hermosura excitaba su odio, figurándosele que los encajes con que adornaban su ropa eran para él escalas.

Pero en el caso actual sólo había la timidez de la juventud inexperta, un sentimiento parecido al miedo; y todo esto daba a la escena un aspecto de consternación, como si alguien hubiera llamado de repente a la puerta. La actitud de Ana Sergeyevna -«la señora del perrito»- en todo lo sucedido tenía algo de peculiar, de muy grave, como si hubiera sido su caída; así parecía, y resultaba extraño, inapropiado. Su rostro languideció, y lentamente se le soltó el pelo; en esta actitud de abatimiento y meditación se asemejaba a un grabado antiguo: La mujer pecadora.

-Hice mal -dijo-. Ahora usted será el primero en despreciarme.

Sobre la mesa había una sandía. Gurov cortó una tajada y empezó a comérsela sin prisa. Durante cerca de media hora ambos guardaron silencio.

Ana Sergeyevna estaba conmovedora; había en ella la pureza de la mujer sencilla y buena que ha visto poco de la vida.

La luz de la bujía iluminando su rostro mostraba, sin embargo, que se sentía desgraciada.

-¿Cómo es posible que yo llegara a despreciarla? -preguntó Gurov-. No sabe usted lo que dice.

-Dios me perdone -dijo ella; y sus ojos se llenaron de lágrimas-. Es horrible -añadió.

-Parece que necesita usted ser perdonada.

-¿Perdonada? No. Soy una mala mujer; me desprecio a mí misma y no pretendo justificarme. No es a mi marido, es a mí a quien he engañado. Y esto no es de ahora, hace mucho tiempo que me estoy engañando. Mi marido podrá ser bueno y honrado, pero ¡es un lacayo! No sé qué es lo que hace allí ni en lo que trabaja; pero sé que es un lacayo. Yo tenía veinte años cuando me casé con él. He vivido atormentada por un sentimiento de curiosidad; necesitaba algo mejor. Debe de haber otra clase de vida, me decía a mí misma. Sentía ansias de vivir. ¡Vivir! ¡Vivir!… La curiosidad me abrasaba… Usted no me comprende, pero le juro a Dios que llegó un momento en que no pude contenerme; algo fuera de lo corriente debió ocurrirme; le dije a mi marido que estaba mala y me vine aquí… Y aquí he estado vagando de un lado para otro como una loca…, y ahora me veo convertida en una mujer vulgar, despreciable, a quien todos mirarán mal.

Gurov se sintió aburrido casi al escucharla.

Le irritaba el tono ingenuo con que hablaba y aquellos remordimientos tan inoportunos; a no ser por las lágrimas hubiera creído que estaba representado una comedia.

-No la entiendo a usted -dijo dulcemente-. ¿Qué es lo que quiere?

Ella ocultó su rostro en el pecho de él estrechándolo tiernamente.

-Créame, créame usted, se lo suplico. Amo la existencia pura y honrada, odio el pecado. Yo no sé lo que estoy haciendo. La gente suele decir: «El demonio me ha tentado». Yo también pudiera decir que el espíritu del mal me ha engañado.

-¡Chis! ¡Chis!… -murmuró Gurov.

Después la miró fijamente, la besó, hablándole con dulzura y cariño, y poco a poco se fue tranquilizando, volviendo a estar alegre, y acabaron por reírse los dos. Cuando salieron afuera no había un alma a orillas del mar. La ciudad, con sus cipreses, tenía un aspecto mortuorio, y las olas se deshacían ruidosamente al llegar a la orilla; cerca de ella se balanceaba una barca, dentro de la que parpadeaba soñolienta una linterna.

Encontraron un coche y lo tomaron; fueron en dirección de Oreanda.

-Al pasar por el vestíbulo he visto su apellido escrito en la lista: Von Diderits -dijo Gurov-. ¿Su marido de usted es alemán?

-No; creo que su abuelo sí lo era, pero él es ruso ortodoxo.

En Oreanda se sentaron silenciosos en un sitio no lejos de la iglesia y mirando hacia el mar. Yalta apenas era visible a través de la bruma matinal; blancas nubes permanecían quietas en lo alto de las montañas. No se movía una hoja; en los árboles cantaban las cigarras, y sólo llegaba a ellos desde abajo el cavernoso y monótono ruido de las olas hablando de paz, de ese sueño eterno que a todos nos espera. Del mismo modo debía oírse cuando ni Yalta ni Oreanda existían; así se oye ahora, y se oirá con la misma monotonía cuando ya no vivamos. Y en esta constancia, en esta completa indiferencia para la vida y la muerte de cada uno de nosotros, ahí se oculta tal vez la garantía de nuestra eterna salvación, del movimiento incesante de la vida sobre el mundo, del progreso hacia la perfección. Sentado al lado de una mujer joven que en la luz del amanecer parecía tan encantadora, acariciada e idealizada por los mágicos alrededores -el mar, las montañas, las nubes, el cielo azul-, Gurov pensó lo hermoso que es todo en el mundo cuando se refleja en nuestro espíritu: todo, menos lo que pensamos o hacemos cuando olvidamos nuestra dignidad y los altos designios de nuestra existencia.

Un hombre pasó cerca de ellos -un guarda, probablemente-, los miró, y siguió adelante.

Y este detalle les parecía misterioso y lleno de encanto también. Luego vieron un vapor que venía de Teodosia, cuyas luces brillaban confundidas con las del amanecer.

-Hay gotas de rocío sobre la hierba -dijo Ana Sergeyevna después de un silencio.

-Sí. Es hora de volver a casa. Y se volvieron a la ciudad.

Desde entonces volvieron a verse todos los días a las doce; comían juntos, se paseaban, contemplaban el mar. Ella se quejaba de dormir mal, sentía palpitaciones en el corazón; le hacía las mismas preguntas, interrumpidas a veces por celos, otras por el miedo de que Gurov no la respetara bastante. Y a menudo, en los jardines, a orillas del agua, cuando se encontraban solos, él la besaba apasionadamente. Aquella vida reposada, aquellos besos en pleno día mientras miraba alrededor por temor de ser visto, el calor, el olor del mar y el continuo ir y venir de gente desocupada, perfumada, bien vestida, hicieron de Gurov otro hombre. Encontraba a Ana Sergeyevna hermosa, fascinadora, y así se lo repetía a ella. Se volvió impaciente y apasionado hasta el punto de no querer separarse de su lado, y ella, mientras tanto, seguía pensativa y continuamente le decía que no la respetaba bastante, que no la amaba lo más mínimo, y que seguramente pensaría de ella como de una mujer cualquiera. Todos los días a la caída de la tarde se iban en coche fuera de Yalta, a Oreanda o a la cascada, y estos paseos eran siempre un triunfo para ellos; la escena les impresionaba invariablemente como algo magnífico y hermosísimo.

Esperaban al marido, que debía venir pronto; pero un día llegó una carta en la que anunciaba que se encontraba mal y suplicaba a su esposa que volviera cuanto antes. Ana Sergeyevna se preparó, pues, a marcharse.

-Es una buena cosa el que yo me vaya -le dijo a Gurov-. «¡Es el dedo del destino!»

El día de la marcha, Gurov la acompañó en el coche. Cuando llegaron al tren y sonó la segunda campanada, Ana Sergeyevna le dijo:

-¡Déjame mirarte una vez más… otra vez! Así, ya está.

No lloraba, pero en su rostro se reflejaba tal tristeza que parecía enferma, los labios le temblaban.

-Me acordaré de ti siempre…, pensaré siempre en ti -dijo-. Que Dios te proteja; sé feliz. No pienses nunca mal de mí. Nos separamos para no volvernos a ver más; así debe ser, porque nunca debimos habernos encontrado. Que Dios sea contigo, adiós.

El tren partió rápido, sus luces desaparecieron pronto de la vista, y un minuto más tarde no se oía ni el ruido, como si todo hubiera conspirado para hacer terminar lo antes posible aquel dulce delirio, aquella locura. Solo, en el andén, mirando hacia donde el tren desapareció, Gurov escuchó el chirrido de las cigarras, el zumbido de los hilos del telégrafo, y le pareció que acababa de despertarse. Y meditó sobre este episodio de su vida que también tocaba a su fin, y del que sólo el recuerdo quedaba… Se sintió conmovido, triste y con remordimientos. Aquella mujer, que nunca más volvería a encontrar, no fue feliz con él, porque aunque la trató con afecto y cariño, hubo siempre en sus maneras, en sus caricias, una ligera sombra de ironía, la grosera condescendencia de un hombre feliz que, además, le doblaba la edad. Ana Sergeyevna lo llamó siempre bueno, distinto de los demás, sublime a veces…; constantemente se había mostrado a ella como no era en realidad, sin intención la había engañado.

Un vago perfume de otoño se dejaba ya sentir en la atmósfera, hacía una tarde fría y triste.

-Es hora de que me marche al Norte -pensó Gurov al dejar el andén-. ¡Sí, ya es hora!

TRES

En su casa de Moscú lo encontró todo en plan de invierno; las estufas estaban encendidas, y por las mañanas aún era oscuro cuando sus hijos tomaban el desayuno para irse al colegio, tanto que la niñera tenía que encender la luz un rato. Habían empezado las heladas. Cuando cae la primera nieve y aparecen los primeros trineos es agradable ver la tierra blanca, los blancos tejados, exhalar el tibio aliento, y la estación trae a la memoria los años juveniles. Las viejas limas y abedules, cubiertos de escarcha, tienen una expresión simpática y están más cerca de nuestro corazón que los cipreses y las palmas. Junto a ellos se olvidan el mar y las montañas.

Gurov había nacido en Moscú; llegó a él en un bello día de nieve, y al ponerse su abrigo de pieles y sus guantes, al pasearse por Petrovka, al oír el domingo por la tarde el sonido de las campanas, olvidó el encanto de su reciente aventura y del sitio que dejara. Poco a poco se absorbió en la vida de Moscú; leía con avidez los periódicos ¡y declaraba que los leía sin fundamento! En seguida sintió un deseo irresistible de ir a los restaurantes, a los clubes, a las comidas, aniversarios y fiestas; se sintió orgulloso de hablar y discutir con célebres abogados, con artistas, de jugar a las cartas con algún profesor en el club de doctores. Ya podía hasta comer un plato de pescado salado o una col…

Al cabo de un mes, le pareció que la imagen de Ana Sergeyevna había de cubrirse de una bruma en su memoria y visitarlo en sueños de cuando en cuando, con una sonrisa, como hacían otras. Pero pasó más de un mes, llegó el verdadero invierno, y recordaba todo aquello tan claramente como si se hubiera separado de Ana Sergeyevna el día antes. Estos recuerdos, lejos de morir, se avivaron con el tiempo. En la tranquilidad de la tarde, al oír las palabras de los niños estudiando en alta voz, el sonido del piano en un restaurante, o el ruido de tormenta que llegaba por la chimenea, volvía de repente todo a su memoria: lo ocurrido en el muelle la mañana de niebla junto a las montañas, el vapor que volvía de Teodosia y los besos. Gurov se levantaba entonces y paseaba por su habitación recordando y sonriendo; luego, sus recuerdos se convertían en ilusiones, y en su fantasía el pasado se mezclaba con el porvenir. Ana Sergeyevna no lo visitaba ya en sueños, lo seguía por todas partes como una sombra, como un fantasma. Al cerrar los ojos la veía como si estuviese viva delante de él, y Gurov la encontraba más encantadora, más joven, más tierna de lo que en realidad era, imaginándosela aún más hermosa de lo que estaba en Yalta. Por la tarde, Ana Sergeyevna lo miraba desde el estante de los libros, desde el hogar de la chimenea; desde cualquier rincón oía su respiración y el roce acariciador de sus faldas. En la calle miraba a todas las mujeres buscando alguna que se pareciese a ella.

Un deseo intenso de comunicar a alguien sus ideas lo atormentaba. Pero en su casa era imposible hablar de su amor, y fuera de ella tampoco tenía a nadie; ni a sus compañeros de oficina ni a ninguno en el banco podía contárselo. ¿De qué iba a hablar entonces? Pero ¿es que había estado enamorado? ¿Hubo algo de poético, de edificante, simplemente de interés en sus relaciones con Ana Sergeyevna? Y todo se le volvía hablar vagamente de amor, de mujer, y nadie sospechaba nada; sólo su esposa fruncía el entrecejo y decía:

-No te va el papel de conquistador, Dimitri.

Una tarde, al volver del club de doctores con un oficial, con el que había estado jugando a las cartas, no se pudo contener y le dijo:

-¡Si supieras la mujer tan fascinadora que conocí en Yalta!

El oficial entró en su trineo, y se iba ya, pero se volvió de pronto exclamando:

-¡Dmitri Dmitrich!

-¿Qué?

-¡Tenías razón esta tarde: el esturión era demasiado fuerte!

Aquellas palabras tan corrientes llenaron a Gurov de indignación, encontrándolas degradantes y groseras. ¡Qué modo tan salvaje de hablar! ¡Qué noches más estúpidas, qué días más faltos de interés! El afán de las cartas, la glotonería, la bebida, el continuo charlar siempre sobre lo mismo. Todas estas cosas absorben la mayor parte del tiempo de muchas personas, la mejor parte de sus fuerzas, y al final de todo eso, ¿qué queda?: una vida servil, acortada, trivial e indigna, de la que no hay medio de salir, como si se estuviera encerrado en un manicomio o una prisión.

Gurov no durmió en toda la noche, tan lleno de indignación estaba. Al día siguiente se levantó con dolor de cabeza. Y a la otra noche volvió a dormir mal; se sentó en la cama, pensando; luego se levantó y empezó a pasearse por la habitación. Estaba harto de sus hijos, del banco, y sin ganas de ir a ningún sitio ni de ver a nadie.

En las vacaciones de diciembre se preparó para un viaje; le dijo a su mujer que iba a San Petersburgo a un asunto de un amigo y se marchó a S. ¿Para qué? Ni él mismo lo sabía. Sentía necesidad de ver a Ana Sergeyevna y de hablarle; a ser posible, arreglar una entrevista con ella.

Llegó a S. por la mañana y tomó el mejor cuarto del hotel; un cuarto con una alfombra gris en el suelo, y un tintero gris de polvo sobre la mesa, adornado con una figura a caballo que tenía el sombrero en la mano. El portero del hotel le informó necesariamente: Von Diderits vivía en una casa de su propiedad en la calle antigua de Gontcharny; no estaba lejos del hotel. Era rico y vivía a lo grande, tenía caballos propios; todo el mundo lo conocía en la ciudad. El portero pronunciaba «Dridirits».

Gurov se encaminó sin prisa a la calle de Gontcharny y encontró la casa. Enfrente de ella se extendía una larga valla gris adornada con clavos.

-Dan ganas de echar a correr al ver este demonio de valla -pensó Gurov, mirando desde allí a las ventanas de la casa y viceversa.

Luego recapacitó: era día de fiesta y probablemente el marido estaría en casa. De todos modos era una falta de tacto entrar en la casa y sorprenderla. Si le mandaba una carta, podía caer en manos del esposo y todo se echaría a perder. Lo mejor de todo era esperar una ocasión, y empezó a pasearse arriba y abajo por la calle esperando esa ocasión. Vio a un mendigo que se acercaba a la verja y a unos perros que salieron a ladrarle; una hora más tarde oyó débil e indistinto el sonido de un piano. Ana Sergeyevna debía tocar probablemente. De repente, se abrió la puerta, y una mujer vieja, acompañada del blanco y familiar pomeranio, salió de la casa. Gurov estuvo a punto de llamar al perro, pero empezó a latirle violentamente el corazón, y en su excitación no pudo recordar el nombre.

Siguió paseándose y midiendo la empalizada gris una y otra vez, y entonces le dio por pensar que Ana Sergeyevna lo había olvidado y se estaba a aquellas horas divirtiendo con otro, lo cual, al fin y al cabo, era natural en una mujer joven, que no tenía otra cosa que mirar desde por la mañana hasta la noche más que aquella condenada valla. Se volvió a su cuarto del hotel y estuvo largo rato sentado en el sofá sin saber qué hacer; luego comió y durmió bastante tiempo.

-¡Qué estúpido! -exclamó al despertarse y mirar por la ventana-. Sin venir a qué, me he quedado dormido y ahora ya es de noche; ¿qué hago?

Se sentó en la cama, que estaba cubierta por una colcha gris como las de los hospitales, y empezó a burlarse de sí mismo; sentía un fastidio terrible.

-¡Al diablo la señora del perro y la dichosa aventura! En buen lío te has metido, Gurov…

Aquella mañana le había llamado la atención un cartel con letras muy grandes. La Geisha iba a ser representada por primera vez. Al recordar esto, se vistió y se marchó al teatro.

-Es posible que ella vaya a la primera representación -pensó.

El teatro estaba lleno. Como en todos los de provincia, había una atmósfera muy pesada, una especie de niebla que flotaba sobre las luces; por las galerías se oía el rumor de la gente; en la primera fila, los pollos elegantes de la localidad estaban de pie mirando a la gente, antes de levantarse el telón. En el palco del gobernador, su hija, adornada con una boa, ocupaba el primer sitio, mientras que él, oculto modestamente detrás de la cortina, sólo dejaba visible las manos. La orquesta empezó a afinar los instrumentos; el telón se levantó.

Seguía entrando gente que iba a ocupar sus sitios, y Gurov los miraba uno a uno con ansia.

Ana Sergeyevna llegó también. Se sentó en la tercera fila y Gurov sintió que su corazón se contraía al mirarla; comprendió entonces claramente que para él no había en todo el mundo ninguna criatura tan querida como aquélla; aquella mujercita sin atractivos de ninguna clase, perdida en la sociedad de provincia, con sus vulgares impertinentes, llenaba toda su vida; era su pena y su alegría, la única felicidad que ambicionaba, y al oír la música de la orquesta y el sonido de los pobres violines provincianos, pensó cuán encantadora era. Pensó, y soñó…

Un hombre joven, con patillas, alto y encorvado, llegó con Ana Sergeyevna y se sentó a su lado; inclinaba la cabeza a cada paso y parecía estar continuamente haciendo reverencias. Debía ser sin duda el esposo, que una vez en Yalta, en una exclamación de amargura llamó ella lacayo; sonreía almibaradamente y en el ojal de la chaqueta llevaba una insignia o distinción que recordaba el número de un criado.

En el primer descanso el marido se salió fuera a fumar y Ana Sergeyevna se quedó sola en su butaca. Gurov se acercó a ella y con voz temblorosa y una sonrisa forzada le dijo:

-Buenas noches.

Al volver la cabeza y encontrarse con él, Ana Sergeyevna se puso intensamente pálida, lo miró otra vez, horrorizada casi, y estrujó el abanico y los impertinentes entre las manos como luchando para no desmayarse. Los dos guardaban silencio. Ella seguía sentada, él de pie, asustado por la confusión que su presencia le produjo, y no atreviéndose a sentarse a su lado.

Los violines y la flauta empezaron a sonar, y de repente Gurov sintió como si de todos los palcos los estuvieran mirando. Ana Sergeyevna se levantó, marchando rápida hacia la puerta; siguió él, y ambos empezaron a andar sin saber adónde iban, a través de pasillos, bajando y subiendo escaleras, viendo desfilar ante sus ojos uniformes escolares, civiles, militares, todos con insignias. Al pasar, veían señoras, abrigos de piel colgados en las perchas, y el aire les traía olor a tabaco viejo. Y Gurov, cuyo corazón latía con violencia, pensó:

«¡Cielos! ¿Para qué habrá aquí esta gente y esa orquesta?»

Y recordó en aquel instante cuando, después de marcharse Ana Sergeyevna de Yalta, creyó él que todo había terminado y que no volverían a encontrarse más. Pero ¡cuán lejos estaban del final!

Al pie de una escalera estrecha y sombría, sobre la que se leía: «Paso al anfiteatro», se pararon.

-¡Cómo me has asustado! -exclamó ella sin respiración casi, todavía pálida y como agobiada-. ¡Oh, cómo me has asustado! Estoy medio muerta. ¿Por qué has venido? ¿Por qué?…

-Pero escúchame, Ana, escúchame… -repetía Gurov rápidamente y en voz baja-. Te suplico que me escuches…

Ella lo miraba con temor mezclado de amor y de súplica; lo miraba intensamente como si quisiera grabar sus facciones más profundamente en su memoria.

-¡Soy tan desgraciada! -siguió diciendo sin escucharle-. No he hecho más que pensar en ti todo el tiempo; no vivo más que para eso. Y, sin embargo, necesitaba olvidar, olvidar; pero ¿por qué?, ¡ah!, ¿por qué has venido?…

En el piso de arriba dos colegiales fumaban mirando hacia abajo, pero a Gurov no le importaba nada; atrayendo hacia sí a Ana Sergeyevna empezó a besarle la cara, las mejillas y las manos.

-¡Qué estás haciendo, qué estás haciendo! -gritaba ella con horror apartándolo de sí-. Estamos locos. Vete; vete ahora mismo… Te lo pido por lo que más quieras… Te lo suplico… ¡Que viene gente!

Alguien subía por las escaleras.

-Es preciso que te vayas -siguió diciendo Ana Sergeyevna, y su voz parecía un susurro-. ¿Oyes, Dmitri Dmitrich? Iré a verte a Moscú. Nunca he sido feliz; ahora lo soy menos todavía, ¡y nunca, nunca seré dichosa!… No me hagas sufrir más. Te juro que iré a Moscú. Pero ahora separémonos, mi amado Gurov, no hay más remedio.

Estrechó su mano y empezó a bajar las escaleras muy de prisa volviendo atrás la cabeza; y en sus ojos pudo ver él que realmente era desgraciada. Gurov esperó un poco más, escuchó hasta que dejó de oírse el rumor de sus pasos, y entonces fue a buscar su abrigo v se marchó del teatro.

CUATRO

Y Ana Sergeyevna empezó a ir a verlo a Moscú. Cada dos o tres meses abandonaba S. diciendo a su esposo que iba a consultar a un doctor acerca de un mal interno que sentía. Y el marido le creía y no le creía. En Moscú paraba en el hotel del Bazar Eslavo, y desde allí enviaba a Gurov un mensajero con una gorra encarnada. Gurov la visitaba y nadie en Moscú lo sabía.

Una mañana de invierno se dirigía hacia el hotel a verla (el mensajero llegó la noche anterior). Iba con él su hija, a quien acompañaba al colegio. La nieve caía en grandes copos blancos.

-Hay tres grados sobre cero y, sin embargo, nieva -dijo Gurov a su hija-. Sólo hay deshielo en la superficie de la tierra; a mucha más altura de la atmósfera la temperatura es distinta completamente.

-¿Y por qué no hay tormentas en invierno, papá?

Y le explicó esto también.

Hablaba pensando que iba a verla a «ella», que nadie lo sabía y probablemente no se enterarían nunca. Tenía dos vidas: una franca, abierta, vista y conocida de todo el que quisiera, llena de franqueza relativa y relativa falsedad, una vida igual a la que llevaban sus amigos y conocidos; y otra que se deslizaba en secreto. Y a través de circunstancias extrañas, quizá accidentales, resultaba que cuanto había en él de verdadero valor, de sinceridad, todo lo que formaba el fondo de su corazón estaba oculto a los ojos de los demás; en cambio, cuanto había en él de falso, el estuche en que solía esconderse para ocultar la verdad -como, por ejemplo, su trabajo en el banco, sus discusiones en el club, aquello de la «raza inferior», su asistencia acompañado de su mujer a aniversarios y fiestas-, todo eso lo hacía delante de todo el mundo. Desde entonces juzgó a los otros por sí mismo, no creyendo en lo que veía y pensando siempre que cada hombre vive su verdadera vida en secreto, bajo el manto de la noche. La personalidad queda siempre ignorada, oculta, y tal vez por esta razón el hombre civilizado tiene siempre interés en que sea respetada.

Después de dejar a su hija en el colegio, Gurov se dirigió al Bazar Eslavo. Se quitó abajo el abrigo de pieles, subió las escaleras y llamó a la puerta. Ana Sergeyevna, vestida con su traje gris favorito, exhausta por el viaje y la espera, lo aguardaba desde la noche anterior. Estaba pálida; lo miró sin sonreír, y apenas había entrado se arrojó en sus brazos. Fue su beso lento, prolongado, como si hiciera años que no se veían.

-Y bien, ¿qué tal lo vas pasando allí? -preguntó Gurov-. ¿Qué noticias traes?

-Espera; ahora te contaré…, no puedo hablar.

Y no podía; estaba llorando. Se volvió de espaldas a él llevándose el pañuelo a los ojos.

«La dejaremos llorar. Me sentaré y esperaré», pensó Dmitri; y se sentó en una butaca.

Mientras tanto, llamó al timbre y pidió que le trajeran té. Ana Sergeyevna seguía de espaldas a él mirando por la ventana. Lloraba de emoción, al darse cuenta de lo triste y dura que era la vida para ambos; sólo podían verse en secreto, ocultándose de todo el mundo, como ladrones. Sus vidas estaban destrozadas.

-¡Ven, cállate! -dijo Gurov.

Para él era evidente que aquel amor tardaría mucho en acabarse; que no podía encontrarle fin. Ana Sergeyevna cada vez lo quería más. Lo adoraba y no había que pensar en decirle que aquello se acabaría alguna vez; por otra parte, no lo hubiera creído.

Se levantó a consolarla con alguna palabra de cariño, apoyó las manos en sus hombros y en aquel momento se vio en el espejo.

Empezaba a blanquearle la cabeza. Y le pareció raro haber envejecido tan rápida y tontamente durante los últimos años. Aquellos hombros sobre los que reposaban sus manos eran jóvenes, llenos de vida y calor, temblaban.

Sintió compasión por aquella vida todavía tan joven, tan encantadora, pero probablemente no lejos de marchitarse como la suya. ¿Por qué lo amaba ella tanto? Siempre había parecido a las mujeres distinto de como era en realidad; amaban, no a él mismo, sino al hombre que se habían forjado en su imaginación, a aquel a quien con ansia buscaran toda la vida; y después, al notar su engaño, lo seguían amando lo mismo. Sin embargo, ninguna fue feliz con él. El tiempo pasó, hizo amistad con ellas, vivió con algunas, se separó luego, pero nunca había amado; sería lo que quisiera, pero no era amor.

Y he aquí que ahora, cuando su cabeza empezaba a blanquear, se había realmente enamorado por primera vez en su vida.

Ana Sergeyevna y él se amaban como algo muy próximo y querido, como marido y mujer, como tiernos amigos; habían nacido el uno para el otro y no comprendían por qué ella tenía un esposo y él una esposa. Eran como dos aves de paso obligadas a vivir en jaulas diferentes. Olvidaron el uno y el otro cuanto tenían por qué avergonzarse en el pasado, olvidaron el presente, y sintieron que aquel amor los había cambiado.

Otras veces, en momentos de depresión moral, Gurov se había reconfortado a sí mismo con razonamientos de alguna clase; pero ahora no le preocupaban estas cosas; sentía profunda compasión, necesidad de ser sincero y tierno…

-No llores, querida -le dijo-. Ya has llorado bastante, vamos… Ven y hablaremos un poco, arreglaremos algún plan.

Entonces discutieron sobre la necesidad de evitar tanto secreto, el tener que vivir en ciudades diferentes y verse tan de tarde en tarde. ¿Cómo librarse de aquel intolerable cautiverio?…

-¿Cómo? ¿Cómo? -se preguntaba Gurov con la cabeza entre las manos-. ¿Cómo?…

Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar.

FIN

viernes, 20 de febrero de 2026

EL LIBRO Y UNA QUE SÍ


Ayer me tomé la tarde libre, lo necesitaba. Ya fuera por las terrible agujetas en brazos y hombros, la falta de sueño (o mejor el sueño descontrolado) o por simple procrastinación, decidí hacer un par de cosas pendientes fuera de casa, para las que nunca encuentro oportunidad, e ir al cine después, a la absurda hora de las 5 de la tarde. La película bien, quizá demasiada puesta en escena, pero intensa. Leo que las críticas no están resultando ser muy positivas, pero yo no me aburrí nada durante toda la película. 
Nada más llegar a casa busqué raudo la novela para releerla porque esta película es una versión bastante libre y quisiera recordar el original. 

Por cierto, la historia de la novela es muy interesante, recordemos que está escrita en plena época victoriana, a mediados del siglo XIX (1847).

La “apuesta” de las hermanas Brontë fue una decisión audaz y casi estratégica: publicar tres novelas a la vez para irrumpir con fuerza en el panorama literario victoriano, manteniendo inicialmente su identidad en secreto. En 1846 —Charlotte Brontë, Emily Brontë y Anne Brontë— ya habían publicado un libro de poemas bajo seudónimos masculinos (Currer, Ellis y Acton Bell), que pasó casi desapercibido. Lejos de rendirse, decidieron apostar más fuerte: cada una escribiría una novela y las enviarían a distintas editoriales, conservando los mismos seudónimos masculinos para evitar prejuicios contra las mujeres escritoras.
Publicaron casi al mismo tiempo, compitiendo indirectamente entre ellas usando seudónimos masculinos para entrar en un mercado dominado por hombres, arriesgando su reputación en un contexto social poco favorable a las mujeres autoras. El éxito rotundo de Jane Eyre ayudó a que las otras dos novelas recibieran mayor atención, consolidando el nombre de las Brontë en la historia literaria.

En 1847 aparecieron casi simultáneamente:
"Jane Eyre" – de Charlotte (Currer Bell). Fue un éxito inmediato y revolucionó la novela victoriana con su protagonista femenina independiente y su intensidad emocional.
"Cumbres Borrascosa" (Wuthering Heights) – de Emily (Ellis Bell). Al principio desconcertó a la crítica por su oscuridad y estructura innovadora, pero hoy es considerada una obra maestra de la literatura inglesa.
"Agnes Grey" – de Anne (Acton Bell), basada en su experiencia como institutriz. Ofrece una mirada realista y crítica sobre la condición femenina y la educación.

sábado, 23 de agosto de 2025

80 AÑOS ADVIRTIÉNDONOS


80 años de ‘Rebelión en la granja’: por qué seguimos leyendo a Orwell
El escritor británico apuntaba al estalinismo con esta fábula satírica, pero nos dejó un texto que se lee como una advertencia contra cualquier totalitarismo y como una defensa de la independencia, de la inteligencia y, sobre todo, de la humanidad.
Jesús Carrasco, 17.08.2025

Hoy, 17 de agosto de 2025, se cumplen exactamente 80 años de la primera publicación en el Reino Unido de Rebelión en la granja, de George Orwell (1903-1950), y en este día, además de celebrar la vida y la obra de un autor tan influyente y de un ser humano tan singular, me pregunto si esta semana, o este mes, o este año, se publicará algún libro en el mundo que merezca ser igualmente conmemorado dentro de ocho décadas, en el todavía muy lejano año 2105.

La pregunta me obliga a imaginar ese futuro para tratar de entender qué aspecto tendrá, qué quedará de nuestro tiempo en él, cómo seremos y qué nos interesará. Pero, por más que lo intento, no consigo componer una imagen mínimamente clara de ese tiempo por venir. Primero, como es natural, porque el futuro es el territorio de lo incognoscible, y, segundo, porque dada la aceleración transformadora que nos ha traído el desarrollo de tecnologías complejas, el horizonte de visión es cada vez más corto, lo que hace, a su vez, más difícil una proyección a largo plazo.

Por ello, con una capacidad prospectiva tan limitada, ¿cómo aventurar qué tipo de texto escrito hoy puede ser relevante en el año 2105? No solo eso. Embarcada la humanidad, como está, en una crisis climática devastadora, sin visos de reversión sino de lo contrario, ¿qué clase de vida, sin más, será posible dentro de 80 años?

Con esa imposibilidad de mirar hacia el futuro solo nos queda dirigirnos al pasado, que sí conocemos, y hacernos la misma pregunta pero en otro sentido: ¿por qué, tanto tiempo después, se conmemora Rebelión en la granja? ¿Por qué no hacer lo mismo con otros libros publicados ese mismo año y que también se siguen leyendo hoy como Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, o Cianuro espumoso, de Agatha Christie? ¿Por qué, en resumen, Orwell es un autor tan resistente al paso del tiempo, tan vigoroso todavía hoy?

Por el momento, avanzaré una respuesta obvia que también sirve para Cervantes o Virginia Woolf. A saber: los libros de Orwell se siguen leyendo hoy con el mismo entusiasmo que hace 80 años por el simple hecho de que nos cuentan cosas que en este 2025 nos siguen resultando útiles y elocuentes. Esto puede significar dos cosas: que nuestras sociedades no han cambiado sustancialmente desde 1945 o que la escritura de Orwell no está tan anclada a su tiempo como, a primera vista, parece en un escritor cuya visión política de ese tiempo conforma el hilo conductor y la columna vertebral de toda su obra.

Vayamos a la primera de las opciones. Si hacemos una comparación somera entre 1945 y 2025, se aprecia, al menos, una diferencia radical. Aquel año, es preciso recordarlo, fue un año clave para el siglo XX y también para la fundación del mundo que vivimos hoy. En 1945 terminó la Segunda Guerra Mundial y la humanidad, al tiempo que se partía en dos bloques, emprendía un camino de reconstrucción física, política y moral para el que era preciso dotarse de herramientas nuevas que permitieran no volver a sufrir el enorme trauma de un conflicto que terminó violentamente con la vida de entre 40 y 50 millones de personas, según las estimaciones más conservadoras. Por más que el mundo de este primer cuarto del siglo XXI esté marcado por las guerras y tensiones de todo tipo, cuantitativamente, la escala es incomparable, lo cual no hace mejores las masacres contemporáneas.

El libro, en cualquier caso, tiene su germen en la década anterior, cuando a finales de 1936 Orwell viaja a España para luchar contra el fascismo en la Guerra Civil. Más precisamente, cuando durante esa experiencia comprueba de primera mano cómo la larga sombra de Josef Stalin llega, en forma de purgas, hasta las trincheras que defendían la República, tal y como recogió en su Homenaje a Cataluña.

Algunos años después, en noviembre de 1943, Orwell comienza la escritura de esta sátira fabulada del estalinismo en la que los animales de una granja, liderados por un grupo de cerdos, expulsan al granjero-opresor y toman el mando para instaurar lo que comienza siendo una arcadia igualitaria y termina convertida en un régimen de terror.

Cuando Orwell finaliza el manuscrito e intenta publicarlo, recibe una negativa tras otra por parte de editores importantes como Jonathan Cape o T. S. Eliot, en nombre de Faber & Faber. El texto, al parecer, es demasiado descarnado y crítico con el que, en ese momento, es el principal aliado europeo del Reino Unido para luchar contra Hitler. El libro, finalmente, es publicado por Secker & Warburg solo dos días después de que Japón anuncie su rendición incondicional, fin oficioso de la Segunda Guerra Mundial, convirtiendo a su autor en una verdadera celebridad de la noche a la mañana.

Pero en Rebelión en la granja Orwell no se limita a ridiculizar los modos y decisiones de un líder criminal como Stalin. Hacerlo literalmente, con nombres y apellidos, con total seguridad habría impedido que el libro trascendiera su tiempo. Lo que hace el autor es mucho más inteligente y sutil al ofrecernos el itinerario completo que sigue un ideal político que comienza siendo virtuoso y que se va desfigurando hasta lo criminal. Cómo se malogra una utopía paso a paso o, más precisamente, palabra a palabra.

Porque, como el excelente escritor que fue, Orwell pone el foco en el uso del lenguaje avisándonos de que, para dominar a los grupos humanos, la primera plaza que hay que tomar es esa, la del lenguaje, una idea que nos ofrecería, ampliada, en la muy influyente 1984.

El principal vínculo que posibilita una comunidad es el de la lengua y lo primero que hace el totalitarismo, mucho antes incluso de que nos percatemos de que actúa como tal, es destruir el significado de algunas palabras clave, disolviendo así el espacio común, la zona de significados compartidos. Una vez aceptado este hecho, se resignifican esas palabras y lo siguiente es ya un camino triunfal sobre la conciencia de unos individuos que ya no son capaces de reconocer la comunidad de la que anteriormente formaban parte.

La evolución de esta idea está representada en el libro por los siete mandamientos del animalismo que son escritos sobre una pared para que sirvan como aliento y guía moral de la flamante sociedad que surge. Pero, a medida que los líderes se van corrompiendo, los mandamientos van siendo modificados subrepticiamente ya no para iluminar, sino para legitimar esa corrupción. Así, el quinto mandamiento, “Ningún animal beberá alcohol” acaba siendo “Ningún animal beberá alcohol en exceso”.

El hecho de que, como ciudadanos, asistamos cada día a similares estrategias en política explicaría, por sí solo, la vigencia del libro. Donde ponía “celebraremos siempre elecciones primarias porque somos demócratas”, ahora dice “elegiremos a quien le convenga al líder del partido porque eso es lo mejor para todos”.

En este sentido y habiendo descrito de un modo tan preciso el recorrido que de principio a fin sigue cualquier totalitarismo, el libro funciona hoy como una advertencia, igual que en 1945 y que, posiblemente, en 2105. Estos son los signos que anteceden al dominio: tened cuidado, parece decirnos Orwell. Y esos signos, basta con levantar un poco la vista y observar, proliferan hoy por todos los rincones del globo como una señal de lo que puede venir a continuación.

Atendiendo ahora a la segunda de las hipótesis propuestas, procede preguntarse cómo de anclada a su tiempo está la obra de Orwell y la respuesta, para cualquier lector mínimamente atento, es evidente: ya desde sus primeros artículos y textos ensayísticos, percibimos a un hombre fuertemente preocupado por la injusticia que, en su caso, le lleva a denunciar las penosas condiciones de vida en los albergues de Londres para personas sin hogar (por los que él mismo pasó) o la estratagema capitalista que hay tras un periódico parisiense de nombre El Amigo del Pueblo.

Pero, desde mi experiencia como lector, diría que hay en sus textos algo fundamental que no emana necesariamente ni de su calidad como escritor, ni de su audacia como reportero ni de su valentía como denunciante. Es algo que, me aventuro a decir, procede de su calidad humana. De aquello que le constituye íntimamente.

Si desde un punto de vista político Orwell nos advierte, desde una óptica humana lo que consigue con sus libros y, particularmente, con Rebelión en la granja, es iluminarnos. Y lo hace, a través de una escritura inteligente, minuciosa y, lo que es fundamental, clara.

Orwell está dotado, como muchos escritores, de una poderosa capacidad de observación, pero, a diferencia de la mayoría, dispone, además, de un sentido común muy infrecuente que le permite detectar inmediatamente qué funciona mal. Es un sentido común que, además, no solo aplica a sus observaciones del mundo sino a sí mismo. Lo vemos por ejemplo cuando, ejerciendo como policía imperial en Birmania, tiene que matar a un elefante escapado mientras 2.000 nativos le observan. Es plenamente consciente de su papel como miembro de una fuerza opresora y de una casta dominante que terminará aborreciendo.

Ese sentido común se alía con la claridad de su prosa para contar lo que sucede tal y como sucede. Es decir, para contarnos la misma verdad incuestionable de los hechos que todos somos capaces de entender cuando somos testigos de ellos y nadie nos mira ni nos juzga. Sin capas ideológicas, sin condicionamientos sociales, sin filtros culturales. En la intimidad de nuestra casa vemos las imágenes del hambre en Gaza y nos decimos: esto es un genocidio.

Lo escribe Irene Lozano en su fabuloso prólogo a los ensayos completos de Orwell publicados en 2013 —que incluyen Matar a un elefante— cuando nos recuerda la formulación de Hannah Arendt. Esa verdad incuestionable e ineludible de Orwell es lo que Arendt llamó “las modestas verdades de los hechos”. Sobre esas verdades, a veces minúsculas, depositó Orwell su mirada sabiendo que defenderlas le acabaría enfrentando a unos poderosos que, en muchos casos, estaban en su bando.

Abjuró, por ejemplo, del imperialismo británico del que él era hijo en cuanto tuvo experiencia y juicio suficientes. Criticó a Rudyard Kipling por enarbolar ese imperialismo al tiempo que agradecía su importancia como escritor. Luchó contra el fascismo en España y fuera de ella. Defendió un modelo de socialismo democrático que le predispuso contra la intelectualidad británica. Y atacó sin descanso el estalinismo a pesar de que Rusia era el principal aliado de su país contra los nazis y de que Stalin era el referente de la izquierda internacional.

Orwell, con esa visión franca de la realidad y con su uso limpio de la lengua inglesa, reduce la escala de lo inabarcable para que podamos reconocerlo. En todos sus textos se trasluce el núcleo ético del que surgen. Y ese núcleo ético es el corazón mismo de la condición humana. Leemos a Orwell porque reconocemos en él a un igual que es capaz de expresar la verdad esencial de las cosas, aunque moleste. Aunque pierda seguidores. Aunque pierda anunciantes. Aunque pierda votantes. Aunque pierda camaradas de trinchera. La verdad tal como es y como cualquiera, en la intimidad de su casa, es capaz de reconocer.

Orwell representa, en cierto modo, un anhelo para una enorme cantidad de personas. Muchos quisiéramos disponer de su agudeza como observador, de su claridad para discernir, de su valentía para alzar la voz, de su calidad como escritor, de su intenso bagaje humano, de su espíritu insobornable y hasta de sus contradicciones, que también las tuvo.

En mi opinión, Orwell se sigue leyendo por las mismas razones por las que se sigue leyendo a Shakespeare: porque, al margen de lo mudable y cambiante de cada tiempo, de los cataclismos naturales o de los imperios que surgen y se desmoronan, está la condición humana, que ha demostrado estar hecha del material más duradero de entre los conocidos. El temor a que un rayo te parta en pleno Paleolítico es solo una forma de la misma emoción, llamada miedo, que sienten ahora mismo los habitantes de Gaza que no saben por dónde les llegará el rayo: si desde un dron, un misil o arma automática. La misma emoción insoportable que llevan experimentando ya tantos meses los secuestrados por Hamás.

La esperanza es la misma emoción ahora que en el Renacimiento. También el ansia de poder y de riqueza, el abuso y la dominación, la compasión y la piedad. Somos, esencialmente, los mismos que siempre hemos sido. Quien publique un libro este año y ansíe perdurar, al menos, otros 80, hará bien en afilar su bisturí y diseccionar lo único que sabemos seguro que quedará de nosotros para entonces: nuestra mera condición humana.