Es verdad que incluso si consigue formar gobierno en Sajonia-Anhalt, AfD no podrá hacer mucho en relación con su tema favorito actual: la política de inmigración y la legislación sobre refugiados. Pero los 16 estados federados (Länder) de Alemania tienen amplias competencias en materia de política cultural y educativa, y es aquí donde el programa de AfD es más elocuente (y repulsivo).
Los populistas de ultraderecha siempre libran guerras culturales. Aunque a veces intentan aprovechar las crisis del coste de la vida y otros problemas económicos, su mayor compromiso lo tienen con promover la idea de que son los únicos representantes de aquello que denominan “pueblo real”. Insisten en que esa categoría solo incluye a ciudadanos que reúnan ciertas características “adecuadas”, y nunca pierden oportunidad de impulsar la “remigración”, no sólo de los refugiados, sino también de ciudadanos “irreales” o “falsos”, es decir, los de origen étnico “incorrecto” (o incluso los partidarios de posiciones políticas “erradas”).
La obsesión por las cuestiones identitarias permite a los partidos de ultraderecha modificar todo el tiempo su agenda económica (yendo del neoliberalismo a apoyar un sólido Estado del bienestar) sin dejar de ser de ultraderecha. Lo único que los convertiría en una entidad política diferente sería cambiar la cantilena de los refugiados e inmigrantes. Lo que nos trae de nuevo al programa de AfD para Sajonia-Anhalt. AfD acusa astutamente a lo que denomina “viejos partidos” (Altparteien), no de corrupción o malicia, sino de tener una voluntad débil como resultado del “masoquismo nacional” y de la poca “autoconfianza”. Estos defectos supuestamente tienen raíces “culturales”, en concreto, una “tradición de destruir la tradición” que ha dejado al país indefenso frente a las “ideologías del arcoíris”.
La escuela de arte, diseño y arquitectura Bauhaus se fundó en Weimar (Turingia), pero después se trasladó a Dessau, en Sajonia-Anhalt, donde dejó una agradable impronta en edificios notables como los que diseñó Walter Gropius a mediados de la década de 1920. Pero según AfD, la Bauhaus representa el “arte antialemán”, es decir, “el arte alemán que no quiere ser alemán”. Si AfD llega al poder, exigirá que todo edificio nuevo que se construya con apoyo financiero estatal refleje aquello que AfD considera una tradición reconociblemente alemana (categoría que, al parecer, no incluye a la escuela de arquitectura más influyente del Estado).
Pero los ataques contra la arquitectura moderna no son exclusividad de la ultraderecha alemana. Desde el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán hasta el presidente estadounidense Donald Trump (que emitió varias órdenes ejecutivas para convertir el clasicismo en el estilo preferido de los nuevos edificios federales), los líderes de la ultraderecha llevan mucho tiempo tratando de transformar el entorno edilicio de modo tal que refleje lo que en su opinión es la tradición nacional correcta.
Sus motivaciones son variadas. Para empezar, la arquitectura (desde las enormes mezquitas erigidas en Turquía durante la presidencia de Recep Tayyip Erdogan hasta los prominentes templos hindúes encargados por el primer ministro indio Narendra Modi) ofrece pistas tangibles y muy visibles sobre quiénes se supone que son el “pueblo real”. Cuando hablan de “belleza” (una de las consignas de Trump, pero que también promueven figuras más sofisticadas como el ultraderechista neerlandés Thierry Baudet, mezcla de intelectual y dandy), en realidad están hablando de defender las jerarquías tradicionales en todos los ámbitos, desde el hogar hasta la economía y la política. AfD pretende que todos los edificios públicos nuevos sean considerados “bellos” por la mayoría (de modo que al parecer, cada diseño tendría que someterse a referéndum popular). Apoyan esta visión numerosas organizaciones y cuentas de redes sociales abiertamente tradicionalistas, que a diferencia de los políticos profesionales, son más propensas a delatarse. Muchas de estas figuras plantean una oposición explícita entre la arquitectura clásica y el “globalismo” (término que a menudo es el primer paso en una deriva al antisemitismo) o retoman las descripciones de tiempos de entreguerras (es decir, nazis) del modernismo como “arte degenerado”. Por mucho que hable de particularidades, el antimodernismo es en sí mismo un fenómeno mundial tristemente homogéneo. La descripción que hace AfD de la Bauhaus como símbolo de “desarraigo” ya recibió respuesta mediante un nuevo Manifiesto de la Bauhaus impulsado por el Ministerio federal de Cultura de Alemania. Pero por muy loable que sea este documento en cuanto declaración política, simplifica en exceso la historia de la arquitectura del siglo XX. Contra la afirmación central del manifiesto, dista de ser obvio que todos los protagonistas de la Bauhaus defendieran una “sociedad abierta”. De hecho, algunos estuvieron más que dispuestos a colaborar con los nazis (que prohibieron oficialmente la escuela). En el diseño de Auschwitz participó un arquitecto formado en la Bauhaus.
No estamos diciendo que si a uno le gusta la arquitectura tradicional, ha de ser necesariamente un ultraderechista encubierto, sino más bien que la agenda cultural de la ultraderecha está muy vinculada a su agenda política excluyente. Y como el entorno edilicio siempre es un modo de hacer visibles los valores (como señaló la filósofa Susan Neiman), sería un error pensar que la controversia sobre la arquitectura moderna es un asunto secundario.
Jan-Werner Mueller es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Princeton, es autor de Street, Palace, Square: The Architecture of Democratic Spaces (que será publicado por Penguin Books en 2026).
En la novela 22/11/63, Stephen King juega con la posibilidad de que alguien viaje en el tiempo para impedir el asesinato del presidente John F. Kennedy en Dallas y así cambiar la historia. Pero la llegada de los grandes totalitarismos fascistas al poder en la Europa de los años treinta —primero Mussolini en Italia, luego Hitler en Alemania y, finalmente, Francisco Franco en España, que no hubiese ganado la Guerra Civil sin la ayuda de los otros dos tiranos— no se hubiese podido evitar con una sola acción. Fue un proceso tremendamente complejo, en el que se mezclaron la violencia con la ceguera política de aquellos que creyeron que los monstruos podrían ser controlados. Las grandes potencias democráticas occidentales no supieron ver lo que se les venía encima. Y no se trata solo del desgraciado “no hay nadie que quiera más la paz en Europa que Hitler”, que persiguió para la historia al premier británico Neville Chamberlain.
El historiador británico Frank McDonough está reconstruyendo la historia del nazismo a través de una serie de libros bajo el título genérico de The Hitler Years. El último volumen está dedicado al Holocausto y las fechas en las que enmarca la destrucción de los judíos de Europa son especialmente significativas: 1933-1945. La Shoah no empezó con la II Guerra Mundial, ni con la decisión de Hitler de ordenar el exterminio —que se debió tomar en algún momento del tramo final de 1941, antes de la Conferencia de Wannsee—, ni con las cámaras de gas y los fusilamientos masivos en la antigua URSS. El Holocausto empezó cuando los nazis, nada más llegar al poder, aprobaron las primeras leyes antisemitas desde la emancipación de los judíos en Alemania en 1871.
Resulta especialmente incómodo leer lo que ocurrió entonces en el resto del mundo: los grandes periódicos estadounidenses —McDonough cita a The New York Times, el Chicago Times, el Atlanta Constitution y el Washington Post— publicaron 455 artículos y editoriales “sobre la persecución de los judíos en Alemania con informaciones que ofrecían descripciones muy gráficas de la violencia física que sufrían”. El 27 de marzo de 1933 —Hitler llegó al poder el 30 de enero— tuvo lugar un mitin para condenar la violencia nazi que reunió a 20.000 personas en el Madison Square Garden de Nueva York dentro del auditorio y a 35.000 en los alrededores. Estas manifestaciones pidieron el boicot de los productos alemanes. En abril, se convocaron marchas en todo Estados Unidos que reunieron a casi un millón de personas. El boicot no se produjo y Alemania siguió siendo tratada como un país más.
Las protestas masivas fueron recibidas con indignación por la cúpula nazi. Hitler calificó las manifestaciones de “propaganda” y Goebbels aseguró que era una prueba más de que los judíos controlaban los medios de comunicación. Básicamente, ninguna de las grandes potencias hizo nada pese a que la bestia de la represión iba creciendo en Alemania y los judíos —y todos aquellos que se oponían a los nazis— eran destruidos.
El gran dictador, la gran película de Charles Chaplin, una sátira del nazismo considerada actualmente una obra maestra sobre los totalitarismos, provocó un profundo malestar en Hollywood. Los estudios tenían miedo de que el filme que ridiculizaba a Hitler y denunciaba la persecución de los judíos les cerrase el mercado alemán. Por no hablar de la participación, como si no estuviese ocurriendo nada, en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, una clara operación de propaganda nazi por mucho que Jesse Owens demostrase que la superioridad racial era una de tantas patrañas supremacistas.
La ignominia alcanzó cotas difícilmente superables cuando numerosos países se reunieron, en junio de 1938, en la Conferencia de Evian para hacer frente al problema de los refugiados judíos, que todavía podían huir de Alemania. Los delegados de 32 países fueron incapaces de adoptar un acuerdo y cerraron las puertas a decenas de miles de personas que hubiesen podido salvar sus vidas. Jaim Weizmann, líder sionista que acabaría por convertirse en el primer presidente de Israel, resumió el encuentro con una frase: “El mundo parece estar dividido en dos partes: una donde los judíos no pueden vivir y la otra donde no pueden entrar”.
El candidato de Afd, Ulrich Siegmund, el pasado domingo en Magdeburg. Matthias Schrader (AP Photo/Matthias Schrader)
Es imposible saber qué hubiese ocurrido si las democracias llegan a adoptar otra actitud ante evidentes violaciones de los derechos humanos, si hubiesen tomado medidas antes contra aquellos tiranos, si no hubiesen mirado hacia otro lado y pensado que se podía llegar a algún tipo de acuerdo con el mal absoluto. Los años treinta del siglo XX están, afortunadamente, muy lejos (aunque la arrolladora victoria del partido ultra AfD en Sajonia-Anhalt arrastra ecos del pasado), pero hay situaciones, no solo en Europa, que recuerdan a lo ocurrido entonces: la estigmatización de pueblos y religiones, la violencia desatada contra población civil indefensa sin consecuencias, los discursos del odio y la deshumanización del otro, la manipulación del pasado, el ensañamiento con los débiles y los refugiados... El racismo y el supremacismo no deberían admitir compromisos. La historia nos enseña claramente que, cuando se deja crecer a la bestia, acaba por destruirlo todo.
Guillermo altares es redactor jefe de Internacional. Ha pasado por las secciones de Cultura, Babelia, Reportajes, Sociedad e Ideas, viajado como enviado especial a numerosos países –entre ellos Afganistán, Irak y Líbano– y formado parte del equipo de editorialistas. Es autor de los libros ‘Una lección olvidada' y ‘Los silencios de la libertad’.
Asombra que asombre el crecimiento vertiginoso que experimenta Aliança Catalana, el partido de extrema derecha, secesionista e islamófobo. (Según el CEO, el CIS catalán, el partido sería el tercero más votado en Cataluña, por delante de Junts; según otros sondeos, el segundo, por delante de Junts y ERC). Asombra porque era previsible; de hecho, se previó. En Independencia, una novela ambientada en 2025 pero publicada en 2021 (cuando AC era insignificante), alguien dice que lo que ha cambiado de verdad Cataluña no es el procés, sino los atentados de 2017, perpetrados por yihadistas criados en Ripoll; además, la trama gira en torno a una alcaldesa populista que se ha convertido en el centro de la política catalana inyectando la islamofobia en el discurso público local. En gran parte, eso es AC: un partido surgido en Ripoll del trauma de 2017, cuya líder, Sílvia Orriols, es la alcaldesa actual del pueblo. Lo de menos es que la novela mencionada fuera obra de un servidor; lo esencial es que era difícil que lo inventado en esa ficción no acabara ocurriendo en la realidad, sobre todo porque la islamofobia constituye desde hace años un ingrediente esencial de la extrema derecha europea, y era improbable que la política catalana permaneciese ajena a ella.
Pero AC no es solo islamofobia. Para muchos, ese partido representa la irrupción en Cataluña del nacionalpopulismo, un movimiento de corte autoritario (o escasamente democrático) que eclosionó con la crisis de 2008, que adopta formas diversas en Occidente y cuyo símbolo más conspicuo es la presidencia de Donald Trump; discrepo: la primera gran manifestación del nacionalpopulismo en Cataluña (de hecho, en toda España) fue el procés. “Poco tiene que ver la ideología de AC con el nacionalismo convergente, que casi siempre propuso una visión integradora de la catalanidad”, afirmaba un editorial de este diario. “La visión de AC es heredera de otra tradición, la que distingue entre el ‘nosotros’ y el ‘ellos’ (…) y por eso debería quedar fuera del consenso democrático”. Pero, dejando de lado la pulsión xenófoba intrínseca a todo nacionalismo, lo cierto es que el procés consistió justamente en el paso de la tradición en lo esencial integradora del catalán a la que distingue entre el “nosotros” y el “ellos” (siendo “nosotros” los favorables al procés, claro). Por eso AC no es un monstruo engendrado por el procés: es, con el añadido de la islamofobia, el heredero legítimo del procés. Se olvida que la mayoría de quienes apoyaron el procés no se decepcionaron del procés, sino de su fracaso; por eso es lógico que muchos apoyen ahora a AC, que encarna el espíritu de confrontación del procés, mientras los partidos del procés se han vuelto mansamente pactistas. ¿Por qué no habrían de apoyarlo? ¿Alguien se ha tomado en serio el trabajo de explicarles que el procés no fue, como creen, un movimiento impecablemente democrático reprimido por el autoritarismo ancestral de España, y que no es democrático malversar dinero a manos llenas, saltarse leyes democráticas a mansalva, derogar a la brava el Estatut y violar la Constitución y la legalidad internacional, lo que partió por la mitad Cataluña y creó una “atmósfera de preguerra civil”, como la definió Josep Fontana, patriarca de los historiadores catalanes y filosecesionista en su vejez? ¿Alguien les ha explicado que todo fue una mentira basada en mentiras, o en medias verdades, que son las peores mentiras? ¿Alguien les está explicando que la islamofobia también lo es? Un tuit de Orriols ilustra una imagen de un atentado yihadista con estas palabras: “La única ‘extrema derecha’ que amenaza nuestros derechos, libertades y vidas es el islam. Cuando os deis cuenta ya no estaremos a tiempo”. ¿Nadie les explicará a los fieles de AC que identificar terrorismo yihadista e islam equivale a incurrir en una mentira flagrante, como prueba el hecho de que en torno al 95% de las víctimas del terrorismo yihadista son musulmanes?
Nacionalpopulismo y extrema derecha no son exactamente lo mismo, pero ambos se alimentan de mentiras. Para combatirlos, lo más urgente es combatir sus mentiras.
Pensaba escribir sobre la película de terror de 1960 "El pueblo de los malditos" (Village of the Dammed), protagonizada por George Sanders, dirigida por el director alemán Wolf Rilla y basada en loa novela "Los cuclillos de Midwich", de John Wyndham. Pero no, la realidad siempre supera a la ficción y mejor compartir esta noticia de Aragón, muchísimo más interesante por su actualidad; sí, rabiosa actualidad, si lo prefieren...
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Operación Herodes: la ofensiva de Vox contra los niños
La formación ultra retira la paga de 17 eurazos a un grupo de chavales extranjeros.
Bravos y valientes, nuestros patriotas sulfurosos ya luchan a brazo partido por imponer la “prioridad nacional” y hacer España grande (y una, y libre) otra vez. Para ello, no temen enfrentarse a los más temibles enemigos. Impasible el ademán, acaban de protagonizar un hito en la lucha por la españolidad: la delegación aragonesa de Vox le ha quitado la paga a un grupo de chavales extranjeros bajo la tutela del Gobierno autonómico. La Administración, en un dispendio woke intolerable, les concedía una propina semanal de 17 eurazos (quién los pillara), para que llevasen algo en el bolsillo si salían a darse un garbeo y tenían que pillar el autobús de vuelta. Pues se acabó lo que se daba. Los 17 euros serán solo para los menores españoles tutelados. Los extranjeros, que recurran al trueque o que los roben.
Propongo dedicar el dinero ahorrado por la supresión de la paga a la erección de un monumento a los patriotas de esta gloriosa victoria. La estatua debería representar a un cargo de Vox, con traje y corbata, robándole la cartera a un chiquillo de rasgos magrebíes que suplica arrodillado. Si se quiere acentuar el triunfo de la España inmortal, el escultor puede representar al patriota carterista riéndose a grandes carcajadas.
Vamos, queridos amigos de Vox: España es un patio de colegio, y vosotros, sus legítimos matones. Que no escape ningún niño sin que le robéis la merienda y los cromos.
No sé qué otras hazañas emprenderán los nuevos Roberto Alcázar y Pedrín contra la invasión que sufre España. Aún hay muchos hijos de inmigrantes comiendo helados y chuches impunemente por las plazas, donde también juegan al fútbol, los muy sarracenos, dejando en ridículo a los nacionales con regates imposibles. Lo de Lamine Yamal no puede repetirse: algún voluntario de Vox debe pinchar esos balones antes de que los chavales que los patean sean seleccionados para otro Mundial. A esta ofensiva contra la infancia podríamos llamarla Operación Herodes.
Bien está que Vox aprenda de los errores de la historia. Las revoluciones de antaño se hacían contra reyes y zares, y eso daba mucho trabajo e implicaba demasiados riesgos. Había muchas posibilidades de fracaso, porque los reyes suelen vivir en palacios fortificados y tienen ejércitos que no dudan en abrir fuego contra los asaltantes. Escarmentada en sus enemigos comunistas, la ultraderechita cobarde española no plantea batallas que puede perder. Los niños extranjeros a menudo no tienen ni padres que los cuiden. Están ahí mismo, vulnerables, blancos perfectos de todos los odios racistas. En su contrarrevolución, Vox se busca enemigos más que asequibles, a la altura de sus principios morales.
No me gusta Wagner. Bueno, para ser justos, hay cosas que sí, y mucho, y otras no tanto. Es quizá demasiado intenso y acaba cansándome. El genio Wooddy Allen decía que cuando escuchaba a Wagner le daban ganas de invadir Polonia; a mi me pasa lo contrario, me siento polaco y no me apetece nada que me invadan.
El compositor estará unido siempre al recuerdo de mi amigo Paco, con el que comía todos los meses en La Hoya del Camello, con quien coincidía en la ópera y en los conciertos de la Sinfónica de Tenerife, con quien hablaba de viajes y de literatura y quien me daba consejos sobre el trabajo en la Administración (él fue la primera persona con la que hablé cuando me ofrecieron el puesto de arquitecto municipal hace ya veinte años). Paco, que era capaz de tragarse, completo, el Festival de Bayreuth y, además, disfrutarlo. Paco, que como todo amigo querido nos dejó demasiado pronto y sin avisar, durmiendo una placentera siesta.
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Wagner, *La cabalgata de las valkirias
(Introducción a la primera escena del tercer y último acto de La valquiria,
Que me perdonen los que cumplen años hoy y los que se llaman Sinforosa (de Roma), Materno (de Milán), San Emiliano (de Silistra), Filastrio (de Brescia), Rufilo, Arnulfo, Teodosia (de Constantinopla), Federico (de Utrecht), Bruno (de Segni), Simón (de Lipnica), Juan Bautista (de Bruselas), Domingo Nicolás (Dinh Dat) o Tarsicia/ Olga (Mackiv), que celebran su onomástica también en este día.
Recordemos tan aciaga fecha para la memoria de España.
El golpe de Estado en España de julio de 1936 fue una sublevación militar dirigida contra el Gobierno constitucional de la Segunda República surgido de las elecciones de febrero de aquel año. Fue lanzado entre el 17 y el 18 de julio de 1936 por una coalición de oficiales y civiles conservadores, monarquistas y de extrema derecha. Planeado principalmente por los generales Emilio Mola y José Sanjurjo, a quienes se unió Francisco Franco, su objetivo era derrocar al gobierno del Frente Popular y reemplazarlo con un régimen autoritario. En cambio de asegurar una rápida transferencia del poder, el golpe de Estado solo tuvo un éxito parcial y precipitó la Guerra civil española. Comenzó en Ceuta, Melilla, Tetuán y las islas Canarias; más tarde, se trasladó a la Península, en la que su fracaso parcial condujo a una guerra civil y, derrotada la República, al establecimiento de una dictadura que estuvo vigente hasta la muerte del dictador Francisco Franco el 20 de noviembre de 1975. El consenso entre la mayoría de los historiadores modernos (como Hugh Thomas, Paul Preston o Santos Juliá) sitúa el total de muertes vinculadas directamente con el conflicto en una horquilla de entre 500.000 y 600.000 personas. Durante la dictadura franquista se popularizó la frase del "millón de muertos" (alimentada también por novelas de la época). Sin embargo, los demógrafos e historiadores han demostrado que para llegar a esa cifra se incluyeron de forma exagerada el descenso de la natalidad, los fallecidos por desnutrición extrema durante la posguerra y el cálculo de los más de 450.000 exiliados que abandonaron el país. (Wikipedia)
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Volver a los hechos de la Guerra Civil española
A los 90 años del inicio de la contienda, las nuevas manipulaciones del pasado amenazan los consensos de la democracia.
A los 90 años del inicio de la Guerra Civil, el mundo de hoy permite que cada cual se construya, gracias a la inteligencia artificial, a la viralidad de las redes sociales y a los discursos ideológicos a medida de la audiencia, una composición a la carta de lo que ocurrió en el pasado. Más aún cuando la distancia entre los jóvenes y sus bisabuelos que se enfrentaron en trincheras distintas es cada vez mayor. Las resonancias de la guerra y de la dictadura que vino después siguen vivas, y el peligro es consumir un relato construido con los sesgos que están conformando la realidad de nuestros días: la vuelta de los nacionalpopulismos, las retóricas de descalificación del otro, el reclamo de una violencia falsamente heroica y viril, o el descrédito de la democracia.
Hace unos años los nietos regresaron a la Guerra Civil para intentar comprender lo que el silencio de sus padres les había velado, o incluso ocultado: por la represión de la dictadura dentro de España o por la necesidad de salir adelante en el exilio. Los bisnietos operan en otro terreno, plagado de trampas: las de los trazos rápidos y emocionales, los estímulos fragmentarios y los hechos alternativos. En esta marea de falsas verdades el discurso que impusieron los vencedores tiene cada vez más recorrido. No hay otra manera de desmontarlas que acudir a los historiadores, a quienes con su trabajo en los archivos han establecido los hechos y el contexto de aquellos años, más allá de la discusión presentista, de la ignorancia o mala fe de ideólogos y activistas, o del burdo reciclaje de la vieja propaganda franquista.
La guerra que se desató tras la insurrección de un grupo de militares contra la República fue un laboratorio donde se ensayó el proyecto nazi de dominar Europa, y también un conflicto de clases y religioso que tuvo componentes de género, porque el bando franquista quería destruir las conquistas de las mujeres, y territoriales. La España que impusieron los rebeldes no reconocía las singularidades de catalanes, vascos y gallegos. La tarea de la democracia que se construyó tras la muerte de Franco consistió en reconocer la pluralidad y cerrar las heridas.
El éxito fue incuestionable. Pero hoy las distorsiones de un tiempo que se rinde a las realidades paralelas amenazan con liquidar los acuerdos que en estos últimos 50 años tejieron las fuerzas políticas que miraban el pasado con distintas sensibilidades y que se ajustaron a algunos hechos indiscutibles: un golpe de Estado, la violencia en las retaguardias, el influjo de las potencias internacionales, la salvaje represión de posguerra, el aplastamiento de los nacionalismos periféricos, la dura realidad de los exiliados.
Las leyes de memoria histórica y democrática han ayudado a borrar buena parte de los símbolos que los vencedores impusieron tras su victoria y han permitido — de manera incompleta— restituir a las familias los restos de sus muertos que yacen en las fosas. Quienes prometen derogar estas leyes contribuyen a la larga a ofuscar el conocimiento del pasado, base de la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Lo difícil sigue siendo construir una memoria compartida en la que convivan la pluralidad de memorias sobre aquel terrible conflicto. Y este es un esfuerzo que compete no solo a los historiadores sino al conjunto de la sociedad. Sin unas verdades aceptadas por todos y sin un consenso sobre la Historia, no hay democracia que no acabe resintiéndose.
Todo está ya escrito, no hay nada nuevo bajo el sol. Mi amigo J, mi sociomuerto, lo resumía en una frase mítica: "Frío en Rusia y calor en Cuba". Eso es todo.
La época negra de la historia del Holocausto (o Shoah en hebreo) consistió en el genocidio sistemático, planificado y organizado por el Estado alemán nazi entre 1933 y 1945. La ideología nazi se basaba en el racismo científico y el darwinismo social. Creían que los alemanes pertenecían a una "raza aria" superior y que debían mantener su pureza de sangre eliminando o sometiendo a quienes consideraban "subhumanos" (Untermenschen) o amenazas biológicas.
Aunque los judíos fueron el objetivo principal y prioritario del régimen, la maquinaria de exterminio nazi persiguió y asesinó a muchos otros colectivos:
- Judíos: Se calcula que asesinaron a 6 millones (dos tercios de la población judía europea).
- Personas con discapacidades (Programa T4): Enfermos mentales, personas con discapacidades físicas o intelectuales y enfermos crónicos. Fueron los primeros en ser asesinados sistemáticamente mediante gas, bajo el pretexto de la "eugenesia" (búsqueda de la perfección genética) y de que eran "vidas indignas de ser vividas".
- Pueblo Gitano (Romaníes y Sintis): Víctimas del Porraimos (el intento nazi de exterminar a los gitanos de Europa). Se estima que murieron entre 250,000 y 500,000 personas.
- Disidentes políticos y religiosos: Comunistas, socialistas, anarquistas y Testigos de Jehová (estos últimos perseguidos por negarse a jurar lealtad a Hitler o a unirse al ejército).
- Homosexuales: Perseguidos bajo el argumento de que no contribuían a la reproducción de la raza aria y "corrompían" la moral pública. Esclavos y prisioneros de guerra soviéticos: - Millones de civiles polacos y soviéticos fueron asesinados o explotados hasta la muerte por considerarlos racialmente inferiores.
Hoy a los nazis se les llama neonazis, como si esto los cubriera de bondad. Nazis, neonazis o lo que sean no nos llaman demasiado la atención porque el mundo está sumido en un sopor que todo lo gestiona, lo mastica y lo olvida. Ya no se necesita heroína, coca, LSD o cualquier otra droga de diseño, basta un teléfono móvil para que éste se convierta en un neutralizador de los que nos mostraban en Men in Black y listo, a otra cosa mariposa.
He ahí el quid de la cuestión, damos por eternos los logros asumidos y ni de coña, en cualquier momento y en cualquier lugar, como los antiguos anuncios de Condal, puede saltar la chispa que lo cambie todo, y si no que se lo pregunten a los inmigrantes de Torre Pacheco.
Ayer jueves nos despertábamos con una nueva noticia desde Estados Unidos que, a pesar de tenernos en ascua día sí y día también, no deja de sorprendernos. Esta vez le toca el turno a los machos para lograr el deber sagrado de mantener la ventaja del combatiente individual. En fin, esto es lo que hay... Copio la noticia, no tiene desperdicio alguno.
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El secretario de Defensa de EE. UU. planea examinar a las tropas en busca de baja testosterona
Pete Hegseth, como secretario de Defensa, ha buscado cultivar la imagen de un líder afín a la manosfera.
The New York Times, Greg Jaffe & Azeen Ghorayshi, 17.07.2026
El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, anunció el miércoles un nuevo programa de evaluación obligatoria para examinar anualmente a todos los miembros del servicio de 30 años o más, incluidas las mujeres, en busca de deficiencia de testosterona.
El tratamiento hormonal para los elementos con baja testosterona será voluntario.
“Nuestra ventaja táctica más decisiva siempre será el combatiente individual”, dijo Hegseth en un video desde su oficina del Pentágono. “Tenemos el deber sagrado de mantener esa ventaja”.
El objetivo, dijo en un mensaje de redes sociales que acompañaba al video, era un “Departamento de Guerra de Alta T”, el nombre que Hegseth prefiere para el Departamento de Defensa.
El enfoque de Hegseth en los niveles de testosterona en un momento en que las fuerzas estadounidenses intensifican los ataques en Irán es poco ortodoxo. Los secretarios de Defensa suelen dedicarse a cuestiones estratégicas más amplias, que involucran las alianzas, la guerra y la producción de armas.
Pero Hegseth, quien fue oficial de la Guardia Nacional del Ejército y es veterano de la guerra de Irak, no ha rehuido involucrarse en las minucias de la vida de los miembros del servicio, como ordenar nuevos estándares de arreglo personal para los soldados a los que, debido a afecciones en la piel, se les había permitido previamente dejarse crecer la barba.
“No más barbarraros”, proclamó.
Los elementos menores de 30 años pueden ofrecerse como voluntarios para ser evaluados, y cualquiera con niveles hormonales bajos tendrá la opción de recibir terapia de reemplazo de testosterona, o TRT. “Se trata de restaurar y optimizar su capacidad natural”, dijo Hegseth.
El objetivo, dijo, es preparar mejor a los miembros del servicio para un campo de batalla moderno que Hegseth describió como “brutal e implacable”.
En los hombres, un nivel clínicamente bajo de testosterona puede causar pérdida de masa muscular, fatiga, obesidad y disfunción sexual, y está vinculado a otros problemas de salud graves, como la diabetes, la osteoporosis y la depresión.
El estrés, la falta de sueño y las lesiones en la cabeza, que son parte de la vida militar, también pueden causar niveles hormonales más bajos. Estudios recientes han identificado una condición llamada “síndrome del operador”, en la que los elementos que han servido por largos periodos en unidades de operaciones especiales tienen más probabilidades de reportar problemas médicos, incluida la disminución de la testosterona.
El consumo de la hormona conlleva riesgos para la salud, más notablemente para la fertilidad, al detener la producción de esperma. Puede aumentar el riesgo de coágulos sanguíneos y a menudo causa acné y caída del cabello.
Debido al estigma persistente, muchos miembros del servicio militar evitan las evaluaciones por baja testosterona o buscan terapia hormonal de fuentes ilícitas o de venta directa al consumidor, dijo Theodore Crisostomo-Wynne, urólogo del Centro Médico del Ejército Madigan, en un panel de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA por su sigla en inglés) en diciembre.
“Hay miembros del servicio que trabajan toda su carrera para obtener estos estatus de servicio especial que son muy codiciados”, dijo Crisostomo-Wynne. “Y les preocupa que, si reciben atención médica por esta enfermedad y son tratados por ella, puedan perder ese estatus”.
Aunque las mujeres también producen testosterona, los hombres la producen en niveles de 10 a 20 veces superiores. No existe un tratamiento de testosterona aprobado por la FDA para mujeres.
Aunque la TRT tiene un uso médico legítimo, la popularidad de la hormona también se ha disparado en Estados Unidos como un fármaco de estilo de vida para desarrollar masa muscular. La demanda ha crecido de menos de 1 millón de recetas en 2000 a casi 12 millones en 2025.
La baja testosterona afecta con mayor frecuencia a los hombres a medida que envejecen. Sin embargo, últimamente, el uso de la TRT está aumentando más rápidamente entre los hombres más jóvenes, muchos de los cuales no tienen niveles de testosterona clínicamente bajos. Influentes populares, entre ellos Joe Rogan y Andrew Huberman, han hablado en público sobre su propio uso de TRT, al igual que el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr.
Como secretario de Defensa, Hegseth ha buscado cultivar la imagen de un líder afín a la manosfera. Se ejercita regularmente con las tropas. Ha supervisado una prohibición a los miembros transgénero del servicio y ha cuestionado si las mujeres son un detrimento para las unidades de combate terrestre. El secretario de Defensa ha bloqueado repetidamente los ascensos de mujeres a los rangos de general y almirante, incluso después de haber sido seleccionadas por juntas compuestas por oficiales de alto rango.
También ha adoptado el escepticismo a las vacunas que prevalece en la manosfera. A principios de este año, ordenó que se eliminaran las vacunas anuales obligatorias contra la gripe, y calificó la política anterior como un mandato “absurdo y extralimitado”. Dos meses después, después de un brote de gripe en el entrenamiento básico de la Fuerza Aérea que enfermó a cientos y mató a un recluta, las fuerzas armadas cambiaron de rumbo y comenzaron a exigir vacunas contra la gripe para todos los elementos y reclutas en las unidades de ingreso inicial.
La orden de Hegseth podría tener implicaciones para el mandato que él y el presidente Trump emitieron el año pasado que prohíbe a las personas transgénero servir en las fuerzas armadas. La prohibición, que está siendo impugnada en tribunales federales, se basa en parte en la insistencia del Pentágono de que los elementos transgénero del servicio podrían no poder acceder a terapia hormonal en una zona de guerra.
“Las Fuerzas Armadas deben adherirse a altos estándares de salud física y mental para garantizar que nuestro ejército pueda desplegarse, combatir y ganar, incluso en condiciones austeras y sin el beneficio de tratamiento médico de rutina o disposiciones especiales”, afirma la prohibición de enero de 2025 emitida por el gobierno de Trump.
El Pentágono no ha dicho por qué brindar terapia hormonal sería un problema si es para los individuos transgénero, pero no si es para el resto de las fuerzas, aunque la orden ejecutiva que instituyó la prohibición decía que la “ideología de género radical” era perjudicial para la cohesión de las tropas.
“La recomendación de Hegseth de que los miembros masculinos del servicio tomen testosterona deja muy claro que la política que prohíbe a las tropas transgénero tomar el mismo medicamento es puro prejuicio”, dijo Shannon Minter, el director jurídico del Centro Nacional de Derechos LGBTQ. “Este es un doble rasero flagrante y subraya la irracionalidad de la prohibición”.
La medida de Hegseth va en consonancia con un esfuerzo reciente de Kennedy para ampliar el acceso a la TRT entre los hombres estadounidenses. Estudios en varios países han demostrado que los niveles de testosterona, que disminuyen lentamente con la edad, son más bajos entre las generaciones más jóvenes de hombres que los promedios históricos.
Aunque muchos investigadores han argumentado que la tendencia está siendo impulsada por el aumento de la obesidad y los estilos de vida cada vez más sedentarios, Kennedy ha calificado la disminución de testosterona como una amenaza “existencial” para la humanidad.
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NOTA. Veamos qué podemos saber de la denominada "manosfera" de la que tanto se habla ahora: La manosfera (un calco del inglés manosphere, a veces llamada machosfera) es un término paraguas que define a un conjunto de comunidades virtuales, foros, blogs y creadores de contenido enfocados en la masculinidad. Aunque nació en los márgenes de internet como espacios de desahogo o consejos de citas, hoy en día se caracteriza en gran medida por difundir discursos de rechazo al feminismo, ideas de supremacía masculina y, en sus vertientes más extremas, una abierta hostilidad hacia las mujeres. El auge de plataformas como TikTok, Instagram o YouTube ha provocado que este contenido llegue fácilmente a adolescentes mediante vídeos cortos de "autoayuda" o "consejos financieros".
La preocupación radica en los algoritmos de recomendación: un usuario joven que busca cómo ganar dinero o mejorar en el gimnasio puede ser redirigido gradualmente hacia discursos de la manosfera radical. Diversos organismos internacionales advierten que esto no solo polariza el debate de género, sino que normaliza el acoso online y, en casos extremos, ha estado vinculado a episodios reales de violencia.
Alemania devolverá a una familia judía un busto de Picasso expoliado por el nazismo
Los herederos del marchante judío Alfred Flechtheim recuperarán la escultura de bronce ‘Fernande’ gracias a una nueva base jurídica que abre “una nueva era en la restitución” del arte incautado.
El Gobierno del estado federado alemán de Baviera devolverá a los herederos del marchante de arte judío Alfred Flechtheim el busto de bronce Fernande, realizado por Pablo Picasso en 1906. Lo harán después de revisar el caso a la luz del nuevo marco de evaluación del Tribunal de Arbitraje sobre bienes expoliados por el nazismo, que ha permitido reconsiderar decisiones adoptadas con anterioridad, según ha informado el Ministerio de Ciencia y Arte alemán en un comunicado.
El ministro bávaro de Ciencia y Arte, Markus Blume, ha asegurado que el nuevo catálogo de criterios del tribunal “crea las bases jurídicas para la devolución” de obras expoliadas. “Con el inicio de este sistema de arbitraje ha comenzado una nueva era en la restitución del arte expoliado por el nazismo, que va mucho más allá de la vía judicial”, ha afirmado Blume. Según ha explicado el ministro, el nuevo sistema regula por primera vez cuestiones que hasta ahora carecían de una interpretación clara, entre ellas el tratamiento de la propiedad entregada como garantía de una deuda, un aspecto que ha resultado determinante en el caso de la obra de Picasso.
Las autoridades consideran probable que el marchante hubiera cedido la escultura a un banco como garantía, pero que, tras verse obligado a huir al exilio por la persecución nazi, ya no pudiera saldar la deuda ni recuperar la pieza, por lo que terminó perdiéndola.
Los herederos de Alfred Flechtheim habían solicitado la restitución de la escultura en 2022, aunque la petición fue rechazada en 2024 de acuerdo con los criterios entonces vigentes y en consonancia con una recomendación de la comisión asesora sobre bienes culturales perdidos a causa de la persecución nazi. Sin embargo, la entrada en vigor del nuevo marco de evaluación ha permitido abrir el expediente y concluir que procede la restitución de la obra. “En el presente caso, cabe suponer que Alfred Flechtheim debe considerarse propietario de la escultura incluso después del 30 de enero de 1933″, señala el Gobierno bávaro.
Además, Blume ha subrayado que esta revisión permitirá a los museos bávaros y alemanes reexaminar otros casos complejos de expolio nazi sobre una base jurídica “mas amplia y sólida”.
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La historia de Alfred Flechtheim es una de las más representativas y trágicas del expolio cultural perpetrado por el régimen nazi. Flechtheim no solo fue un gran coleccionista, sino también el marchante de arte moderno más influyente de la República de Weimar, clave para consolidar las carreras de gigantes como Pablo Picasso, Paul Klee y Max Beckmann en Alemania.
El auge y el imperio del arte
Flechtheim, hijo de un comerciante de grano judío, fundó un imperio de galerías en ciudades como Düsseldorf, Berlín, Colonia y Fráncfort. Era famoso por su carisma, sus fiestas vanguardistas y por editar la influyente revista cultural Der Querschnitt. Su colección privada albergaba obras maestras del cubismo y el expresionismo.
El inicio de la persecución (1933)
Con el ascenso de Adolf Hitler al poder en enero de 1933, la vida de Flechtheim se desmoronó de inmediato: Ataques de las SA: Grupos paramilitares nazis boicotearon y asaltaron sus subastas, tachando su catálogo de "arte degenerado" y a él de "judío del arte".
Arianización forzosa: Fue despojado de sus galerías. Su antiguo socio comercial, cercano al régimen nazi, tomó el control de su negocio.
El destino del busto de "Fernande"
Para intentar salvar sus activos y sobrevivir económicamente, Flechtheim utilizó parte de sus obras de arte como garantía comercial (aval) ante un banco antes de huir de Alemania. Debido a la persecución, se vio obligado al exilio y jamás pudo regresar a liquidar la deuda o reclamar sus propiedades. El busto de Fernande quedó atrapado en este vacío legal, cambiando de manos en el mercado internacional hasta ser comprado por las Colecciones Estatales de Pintura de Baviera en 1964.
Un trágico final para la familia
Flechtheim huyó primero a París y luego a Londres. En la capital británica vivió sumido en la pobreza absoluta. Desesperado, llegó a escribir al MoMA de Nueva York ofreciendo su última pieza por una fracción de su valor real. Murió en la miseria en marzo de 1937, tras sufrir una infección derivada de una herida. La tragedia familiar no terminó ahí. Su esposa, Betti Goldschmidt, quien se había quedado en Berlín, se suicidó en 1941 ingiriendo veneno justo antes de ser deportada a un campo de concentración. Su sobrina y su suegra corrieron la misma suerte en 1942 para evitar la captura nazi.
El giro legal y la restitución definitiva
Durante décadas, los herederos de Flechtheim (representados por los descendientes de su sobrino) lucharon judicialmente contra el estado de Baviera para recuperar sus obras. En 2024, el gobierno alemán todavía rechazaba la devolución del busto argumentando que la transferencia bancaria original no contaba formalmente como "robo" tradicional. Sin embargo, la aprobación de un nuevo marco de evaluación legal en Alemania cambió las reglas de juego. Esta normativa establece que si un ciudadano judío perseguido dejó arte en un banco como garantía y el exilio le impidió recuperarlo, se considera legalmente un expolio nazi. Gracias a esto, el busto de Picasso ha sido devuelto a su familia tras más de 90 años de injusticia.
Los inmigrantes son los nuevos judíos de la Tierra, nadie sabe cómo ha empezado la cosa, pero calar ha calado. Antes "ellos" comían niños cristianos, hacían sacrificios con cristianos, robaban al pueblo, etc., toda una serie de falacias de y para ignorantes que lograron incendiar barrios enteros y acabaron por echarlos de países, aquí y allá, desde la Península Ibérica hasta la madre Rusia, pogromo tras pogromo. Hoy los judíos, a salvo en su país, están en otras lides -no olvidemos que pronto habrá elecciones en Israel y las cosas podrían cambiar- y los nuevos a combatir son los inmigrantes, estos seres con orejas y rabo puntiagudo que vienen a quitarnos nuestro trabajo, nuestras citas en los centros de salud, nuestras mujeres y nuestras hijas. Moros o negros, lo peor de la raza humana, nos invaden sin remisión como hordas de insectos a nosotros, el pueblo elegido, blancos y guapos todos, adalides del humanismo cristiano.
America first o Prioridad Nacional, un tándem que tanto monta monta tanto (en Canarias ha nacido un nuevo partido con el nombre "Primero Canarias"; no hay más que decir) que se ha olvidado completamente en España, incluso después de la última y multitudinaria visita del Papa al país, de los 7 minutos de aplausos en el Congreso -por los (h)unos y los otros- y de las loas de TODOS los partidos vertidas en artículos periodísticos durante esos gloriosos días. Muerto el perro se acabó la rabia, o mejor Vuelto el Papa se acabó el buen rollo; la rabia es lo que ha vuelto, y multiplicada si cabe.
Una pena no tener una casa en el campo, autoabastecida, para irnos a vivir allí y borrarnos de este mundo injusto, insolidario y cruel en el que nos hallamos inmersos nos guste o no.
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The 5th Dimension, *Aquarius.
La espiral xenófoba: así se han endurecido el discurso derechista y el clima social contra la inmigración
España se ha instalado en un circuito de endurecimiento sin freno del mensaje del PP y Vox, oscurecimiento de la visión social de la inmigración, odio desatado en las redes y riesgo creciente de estallidos en la calle. “Esto es una olla exprés”, dice una activista que trabaja en primera línea.
Auxiliar a los 630 inmigrantes del Aquarius, el barco a la deriva que España iba a recibir, era una cuestión “humanitaria”, solemnizó el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, que incluso ofreció su tierra para acoger náufragos. Era junio de 2018. Casi nadie sabía qué es un “mena”. La “prioridad nacional” era una idea marginal. La ultraderecha xenófoba aún no había irrumpido en las instituciones. La inmigración era el duodécimo problema del país, citado entre los tres más graves por un 3,5%.
Hoy Feijóo, que ya en 2025 se refería al Aquarius como “un barco lleno de inmigración ilegal”, preside el PP, que ha hecho suyos tanto el rechazo a los “menas”, aceptando un acrónimo tan despectivo como ya conocido para referirse a los “menores extranjeros no acompañados”, como el principio de “prioridad nacional” en las ayudas sociales. Lo ha hecho junto a Vox, tercer partido de España y subiendo a base de martillear contra la inmigración, asunto que ha quintuplicado el porcentaje de quienes lo suben al podio de los problemas nacionales, a tres décimas ahora de ser el segundo más grave.
Y todo mientras se cumple un año de los disturbios racistas de Torre Pacheco (Murcia), que llevaron a muchos a preguntarse si España está tan lejos como suele decirse del nivel de tensión social en torno a la inmigración de Reino Unido o Francia.
¿Qué ha pasado en estos ocho años? Se ha desatado, con el impulso fundamental pero no único de Vox, una espiral xenófoba que empapa la política, se transmite a la opinión pública, hierve en las redes sociales y alcanza las calles. “Está todo conectado. Los discursos políticos: el contenido en las redes y la reactividad social”, afirma la experta en inmigración Ruth Ferrero, profesora de Ciencia Política en la Complutense.
Trabajador social en Cádiz, nacido en Larache (Marruecos), de 27 años, llegado a España con ocho años en los bajos de un camión, Mohamed El Harrak sufre en carne propia el círculo vicioso. “Se está creando un ambiente insoportable. El discurso de odio ya llega al vecino, al panadero... He visto cómo incluso entre chicos y chicas que estudian integración social cala la idea falsa del inmigrante con privilegios”, lamenta.
Arrastre y legitimación
La espiral tiene una vertiente política que se materializa en pactos entre el PP y Vox, acuerdos por los que “una derecha tradicional en crisis de identidad compra los marcos de una ultraderecha desacomplejada”, en síntesis del historiador italiano Steven Forti, autor de Extrema derecha 2.0 (Siglo XXI, 2021), que recalca que se trata de un fenómeno de escala europea.
Desde su irrupción en Andalucía en diciembre de 2018, Vox arrastra al PP a cesiones cada vez más elevadas hasta su última cima en los pactos de este año en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía, el más duro. Si todos comparten la “prioridad nacional”, la fijación contra los “menas” —incluida la verificación de su edad, puesta bajo sospecha—, la supresión de ayudas a ONG pro-inmigración, la prohibición del burka y el niqab en espacios públicos y la eliminación del programa de Lengua Árabe y Cultura Marroquí, el firmado en Andalucía añade una “auditoría” del “coste sanitario derivado de la atención a extranjeros”.
La creciente coincidencia entre el PP y Vox alcanza a sus gobiernos locales, con medidas como el veto al rezo musulmán en espacios públicos en Jumilla (Murcia). Y también afecta a un dominio menos vinculante, pero decisivo en política: el lenguaje. Si en 2024 Feijóo ya llamaba a votar al PP en Cataluña para evitar que “la inmigración ilegal ocupe nuestros domicilios”, su lugarteniente Miguel Tellado reclamaba el despliegue del Ejército en la costa africana. No son comentarios aislados. Son parte de la identificación de la inmigración como problema de seguridad que se ha instalado en el PP, que se acerca también a Vox mediante la retórica “feminacionalista”, que asigna a los musulmanes el papel de amenaza para mujeres y homosexuales.
Normalización y crecimiento
Aceptando tantas premisas de Vox, ¿ha logrado el PP aplacarlo? No. Si en las generales de 2023 logró un 12,4%, su actual media demoscópica ronda el 17%. Además, es el único partido que ha subido en las últimas cuatro autonómicas. Y hay razones para pensar que no avanza a pesar de que el PP le compre la mercancía, sino a causa de ello. Así lo indica ¿Funciona la adaptación?, una investigación sobre estrategias partidistas y trasvases de voto en doce países europeos publicada en 2022 por Cambridge que concluyó que, cuando los partidos centristas imitan a los ultras, estos tienden a salir beneficiados.
“Cuando la ultraderecha presiona con ideas radicales y el centro-derecha las acepta, dichas ideas se normalizan más rápidamente. El motivo es que las fuerzas moderadas tienen mayor capacidad de legitimar posiciones. Si asumen posturas extremistas, no solo quienes ya las defendían se reafirman, sino que una parte de quienes las veían inaceptables dejen de verlas así. Así que es la ultraderecha la principal beneficiaria. Es lo que ha pasado en múltiples países europeos y está pasando en España”, resume el politólogo portugués Vicente Valentim, profesor del Instituto de Empresa, autor de La normalización de la extrema derecha (Oxford, 2024).
La citada “normalización” de las ideas de Vox se refleja ya en una mejor posición que el PP cuando la disputa derechista se produce en el terreno de la inmigración. Una encuesta de mayo de 40dB. detecta que solo un 1,4% de los votantes de Vox prefieren la posición del PP sobre inmigración; en cambio, cerca de un 22% de quienes apoyaron a Feijóo se identifican más con la postura de Santiago Abascal.
¿Resultado? Vox no tiene incentivos para frenar. Y sí para redoblar la apuesta. Es la siguiente onda de la espiral.
La puja infinita
Por mucho que el PP ceda, Abascal encuentra cómo seguir presentándose como la fuerza anti-inmigración más firme ante una opinión pública acostumbrada a una retórica progresivamente endurecida. Si el PP ya vincula inmigración e inseguridad, Vox directamente presenta a los extranjeros como asesinos y violadores, difundiendo vídeos que los asocian a machetes y pistolas, traspasando con facilidad la frontera de la cruedad, el insulto —“moros”— y las amenazas. Si el PP ha incorporado la expresión “efecto llamada”, Vox habla de “invasión”. Si el PP se opone a la regularización masiva del Gobierno, Vox lo hace invocando la teoría del gran reemplazo. Si PP se queda a medias en su denuncia de juego sucio electoral con la ley de nietos, Vox la eleva a “golpe de Estado”. Si el PP ha aceptado la “prioridad nacional”, Vox ya habla de “remigración”.
La escalada no se detiene en Vox, presionado por fuerzas más duras aún. Mientras Sílvia Orriols (Aliança Catalana) ridiculiza a Vox por no ser tan duro con los latinoamericanos como con los africanos, Alvise Pérez (Se Acabó la Fiesta) sostiene que la “prioridad nacional” es un “engaño” que “no cambia nada”. A su vez, una constelación de fuerzas de ultraderecha clásica como Democracia Nacional y nuevos grupos de agitación juvenil como Núcleo Nacional —ya constituido como partido—, Revuelta y Frontera se han instalado en una xenofobia con apelaciones a un nosotros “blanco”. Bajo esa presión, Vox ha hecho un acercamiento al movimiento supremacista blanco europeo.
Se repite el patrón ya visto en Francia, Italia, Hungría o países nórdicos. Con el debate sobre inmigración e identidad ya escorado a la derecha, nuevos emprendedores se presentan como más duros aún (a veces con éxito, otras no). En España, estos grupos se benefician de que durante décadas la inmigración haya sido políticamente “tabú”, dejando un “páramo de ideas” que ahora aprovecha la ultraderecha, explica Ruth Ferrero, experta en inmigración, que señala como vías para cortar el círculo vicioso una oposición argumental firme de progresistas y conservadores a las tesis xenófobas y un “mayor gasto social” que reduzca la “percepción” de “competición” con los inmigrantes por las ayudas del Estado.
Visiones duras
La espiral despliega sus efectos en la opinión pública. Aunque no está en máximos —llegó a superar el 30% en 2024—, el porcentaje de quienes citan la inmigración como uno de los tres principales problemas tiende al alza, como se observa comparando los datos del CIS de cada junio desde 2018.
Pero no es solo inquietud. En 2024, en pleno escándalo político por el reparto de menores extranjeros llegados a Canarias, casi un 75% de los españoles asociaban la inmigración a conceptos negativos, según 40dB. Al cierre de 2025, el año en que España registró la mayor caída en la llegada de inmigrantes desde 2019, Ipsos mostró que este era el país de los treinta estudiados donde más (79%) pensaban que el flujo subiría en 2026. En la primera mitad del año, las llegadas han bajado un 32%. Pero el discurso del “efecto llamada” y la “invasión” cala. Eso sí, no por igual en toda la sociedad. Las opiniones están marcadas por la adhesión partidista, como muestran dos encuestas de mayo del CIS y 40dB. Hay polarización. Cuanto más a la derecha el votante, más duras las posiciones.
Con datos de opinión así en el electorado conservador, desactivar la puja anti-inmigración se antoja complicado.
Brutalidad digital
Con algoritmos que premian el contenido extremista, las redes sociales sobresalen en brutalidad incluso con la retórica política ya desatada. Lo que hasta para Vox sería excesivo en formatos convencionales, en las redes cuela. Un ejemplo. En un paseo por la calle, la portavoz de Agenda España de Vox, Isabel Pérez, trabó conversación con unos adolescentes. “Los moros”, le dijo un chaval, son los que “roban”. Ella les dijo: “A votar a Vox cuando tengáis 18”. El partido compartió el vídeo con la secuencia en Instagram junto al mensaje: “La chavalería lo tiene claro”.
En un entorno en el que circula con escaso control contenido de esta virulencia validado por todo un partido de gobierno, el odio es moneda corriente. Desde el 1 de enero de 2025, el Observatorio del Racismo y la Xenofobia del Gobierno (Oberaxe) ha detectado más de un millón de mensajes de odio. “Evangelizo al moro de un tortazo”, “todos los latinos con machetes” o “estamos pagando a violadores” son solo tres ejemplos recogidos en los dos últimos boletines mensuales.
En otro indicio de conexión entre beligerancia política y descarga de odio, los principales destinatarios de los mensajes que anota Oberaxe coinciden con la principal diana del discurso anti-inmigración: los originarios de países de mayoría musulmana.
Es un aluvión constante, que no cae en saco roto. Desde el plano académico, describe dos efectos Vicente Valentim, coautor junto a Daniel Ziblatt —uno de los autores del popular ensayo Cómo mueren las democracias— del artículo Así erosionan las normas los políticos dominantes (Cambridge, 2025): “Primero, las redes facilitan la difusión de mensajes extremistas. Como resultado, muchos que podían pensar que ciertas ideas son inaceptables ven desde su móvil que hay muchos que piensan así. Es un efecto parecido al de las fuerzas centrales cuando legitiman tesis radicales. Si al aceptar el PP la ‘prioridad nacional’ ya gana legitimidad, que multitud de cuentas amplifiquen este mensaje le da aún más”.
De sus efectos habla también Mohamed El Harrak, portavoz de la asociación ExMenas, que da la vuelta al apelativo despectivo para concienciar sobre la experiencia de quienes llegan sin nada. “Abrir Instagram llega a afectar a la autoestima”, cuenta desde Cádiz. “Muchos acaban creyéndose el discurso que los tacha de maleantes, avergonzándose de sus orígenes, de sus costumbres...”.
El odio llega a la calle
En este contexto de debate político caldeado y ausencia de líneas rojas en las redes, los “delitos e incidentes de odio” con motivo xenófobo alcanzaron en 2025 su máximo de una serie que empieza en 2013. Y la inmensa mayoría de los detectados por los cuerpos policiales, un 92%, ocurren en el mundo físico.
El director del Oberaxe, Tomás Fernández, comandante de la Guardia Civil, no tiene dudas: no puede aislarse el odio digital de lo que ocurre en la calle, incluidos los disturbios racistas. “Al cruzar las bases de datos de los discursos online con los registros policiales, se ve que un aumento significativo del odio en las redes en la semana X correlaciona con un repunte de incidentes en la semana X más uno”, explica el coautor de artículo Del discurso de odio online a los delitos de odio offline (Nature, 2024). El informe del Oberaxe sobre los disturbios en Torre Pacheco también acredita una producción de mensajes de odio inusualmente alta antes y durante el estallido.
Más allá del impacto de las redes, Valentim enfatiza el que provoca la “normalización de la extrema derecha”, sintagma que da nombre a su libro, en el que certifica, tras analizar treinta países, una relación entre el apoyo electoral a ultraderecha y el número de manifestaciones de esta ideología. “La normalización no se queda en conversaciones, tiene efectos en comportamientos reales, en protestas o incluso en violencia”, afirma.
En Almería, a pie de calle trabajando con la inmigración, la activista Nadia Azougagh, marroquí nacionalizada de 41 años, está preocupada. Hace poco vio cómo reprendían a unos chavales negros que jugaban al fútbol en una pista pública. “Se oía eso de ‘es que están ocupando nuestro espacio’. Antes, lo típico hubiera sido un cierto paternalismo, en plan ‘mira los muchachillos negros jugando’. El ambiente está cambiando”, cuenta. Y se lamenta de que ella misma, cada vez que hay una noticia de un crimen, ha empezado a reaccionar fijándose en la nacionalidad del sospechoso. ¿Por qué? Porque si es un inmigrante se pone en alerta. Puede ser “la mecha para que esto arda”, dice. En su memoria está el 2025 de Torre Pacheco, pero también el 2000 de El Ejido. “Esto es una olla exprés”, afirma.