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domingo, 20 de septiembre de 2026

DEL DOMINGO 3, 1 DEL MIÉRCOLES


Pedaleando
Llueven sobre nosotros horrores inadmisibles que, sin embargo, se admiten de la manera más ciega y natural.
Rosa Montero, 20.09.2026

A veces resulta muy difícil no dejarse atrapar por las arenas movedizas del desconsuelo. El mundo parece cada día más áspero, más cruel, más desquiciado. Llueven sobre nosotros horrores inadmisibles que, sin embargo, se admiten de la manera más ciega y natural. Nadie detiene los genocidios, pero Tomoko Akane, la presidenta del Tribunal Penal Internacional, acaba de ser sancionada por Estados Unidos porque Trump considera que el TPI es “un organismo corrupto y politizado” que atenta contra la soberanía de su país. Akane no puede entrar en EE UU y su tarjeta de crédito ha sido cancelada de inmediato. Son las primeras consecuencias de la sanción, seguro que hay más. ¿Cuándo se convirtió la realidad en esta pesadilla inacabable? Tengo un natural alegre y empeñoso, soy voluntarista hasta el aburrimiento de quienes me rodean e insisto siempre en ver el vaso medio lleno. Por ejemplo, como estos artículos se cierran con 15 días de anticipación, lo que me impide entrar en la batalla diaria, y como aparecen en un suplemento dominical, se me ha metido en la cabeza la quizá absurda idea de que con ellos debería intentar levantar el vapuleado ánimo de la gente. Buscar esquinas más amables y empáticas, fomentar la generosidad y la reflexión (también las propias). Pero lo de estar pedaleando como loca para cargar la dínamo y poner un poco de luz en las tinieblas empieza a parecerme ridículo (y me falta el aliento).

En 2006 entrevisté para EL PAÍS al genial científico James Lovelock, uno de los padres del ecologismo. Me dijo que los especialistas climáticos sabían que el calentamiento global era imparable, que habría migraciones salvajes, violencia y hambrunas, y que la humanidad quedaría reducida a 500 millones viviendo en el Ártico y teniendo que empezar de cero. Me impactaron sus palabras, aunque las tomé con escepticismo. De hecho, creo que pensé que la edad de Lovelock (entonces tenía 86 años) podía influir en la oscuridad de sus pronósticos. Porque creo que a medida que envejecemos nos vamos haciendo más pesimistas, lo cual es comprensible, no sólo porque nos acercamos a la escena final, sino también por el propio desgaste orgánico de nuestras células. Pero, cuanto más tiempo pasa, más espeluznante resulta la visión de Lovelock.

La crisis de refugiados de Siria, en la que Europa fracasó de forma miserable, fue el primer tsunami migratorio que los especialistas consideraron directamente relacionado con el cambio climático. Seis años de sequía extrema provocaron hacinamiento en las ciudades, descontrol y violencia, y aunque todo esto no fue el origen del problema, sin duda tuvo una gran influencia. También creo que la aterradora y desgarradora crisis de Ceuta (que probablemente seguirá al rojo vivo cuando salga este texto) es un amargo aperitivo, un anuncio atroz de lo que se acerca. No soy nada conspiroparanoica, pero es inevitable sospechar que el aluvión de víctimas ha sido orquestado no ya por mafias comerciales, sino por intereses políticos. He aquí una nueva modalidad de guerra secreta y subterránea: utilizar a las personas como munición, como balas, como granadas de mano. A gente joven y desesperada, como todas esas niñas y adolescentes que intentan escapar de un entorno misógino. Los lanzan a la muerte como quien arroja piedras para causar el caos y para crear miedo y odio reactivo hacia el emigrante. Y esto va a volver a pasar, aquí y en otros países, porque además no hemos sabido reaccionar. Nuestros políticos, Gobierno y oposición, andan como pollos descabezados, y Europa es simplemente una vergüenza: ni siquiera se han enterado de que esta tragedia es un ataque a la idea misma de la UE. Ignoro cómo vamos a ser capaces de navegar las décadas que vienen, pero sé que el desgarro migratorio va a ser cada día mayor, y que sólo podríamos minimizar los daños trabajando todos juntos en vez de matarnos.

En su magistral libro Koljós, Emmanuel Carrère dice que forma parte de ese grupo de personas cada vez más numeroso que creen que “nos encaminamos a una catástrofe histórica sin precedentes, el hundimiento de nuestra civilización si somos optimistas, o la extinción de nuestra especie si nos ponemos en lo peor”. Pues sí. Yo también me siento así demasiado a menudo. Pero venga, vamos a pedalear un poquito: Carrère y yo ya tenemos una edad (y un pesimismo). Confiemos en los jóvenes. El mundo es vuestro. Perdón por nuestra pésima gestión y, por favor, salvadlo.
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Fiebre, arrebato y némesis
Cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado.
Irene Vallejo, 20.09.2026

¿Te crees muy lista? Fui una niña parlanchina, preguntona y respondona, reñida con el argumento de autoridad. Por eso, supongo, me acusaron tantas veces de sabelotodo. Tal vez lo fuera, pero con el paso de los años he descubierto que esa vanidad abunda por doquier. Según repetidas encuestas, prácticamente todos nos consideramos más atractivos, inteligentes, simpáticos y honrados que la mediana poblacional, lo que es estadísticamente imposible. Nadie se identifica con el individuo promedio, mucho menos por debajo. Con elegancia irónica y socarrona, estos resultados prueban que, por defecto, tendemos a sobreestimarnos. No somos árbitros fiables de los méritos propios.

Esa superioridad ilusoria suele justificarse con razones estrafalarias. El supremacismo blanco, por ejemplo, exalta una mutación que decoloró a los migrantes en su adaptación al norte. Los grupos de homo sapiens que partieron de África hacia otros continentes tenían la piel oscura, escudo natural ante el sol abrasador de su tierra. En latitudes frías y menos soleadas, una piel clara absorbía más luz y ayudaba a fabricar vitamina D, evitando el raquitismo y los huesos blandos. No se extendió por ser más bella, signo de elegidos o destino manifiesto. Fue un cambio, en origen azaroso, que se expandió gradualmente y con variadas gamas, porque resultaba útil para sobrevivir en otros climas: ventaja aquí, desventaja allá. Parece extravagante entonar hoy odas entusiastas a la despigmentación; con la misma lógica, podríamos considerar a la gente canosa como la cúspide de la especie.

El racismo es, en términos históricos, un fenómeno reciente: la clasificación en razas —y no en pueblos— cundió entre la población solo en época moderna. Según la antigua mitología, los dioses griegos amaban y visitaban con frecuencia el pueblo etíope en su reino del sur. Odiseo afirma, trenzando hexámetros homéricos, que nunca vio un hombre más hermoso y gallardo que Memnón. Este héroe negro, adversario de Aquiles, protagonizó una epopeya del ciclo de Troya, la Etiópida, hoy reducida a fragmentos. Siglos después, el historiador Heródoto aseveró que los etíopes eran los más altos y apuestos del mundo. En aquel país de resonancias legendarias situó la fuente de la juventud.

En nuestro imaginario colectivo sigue vigente la idea de que las razas conllevan diferencias decisivas. Sin embargo, los científicos no han encontrado genes que permitan agrupar a las personas en categorías raciales coherentes. Ante el solapamiento de rasgos independientes entre sí, como el tono de la piel, el color de ojos y la textura del cabello, el concepto de raza se ha resquebrajado, y en la investigación contemporánea carece de validez biológica. Además, los análisis de ADN han demostrado que la diferencia genética entre dos individuos cualesquiera representa menos del uno por ciento. Los humanos somos mucho más parecidos entre nosotros que la mayoría de mamíferos dentro de su especie. La nuestra es una combinación asombrosamente rara: los animales más extendidos por el planeta y, a la vez, los más cohesionados genéticamente. La expresión “nuestros semejantes” es literal: tan idénticos somos que necesitamos inventar diferencias insalvables.

Los ronroneos de la vanidad acariciada dan gusto, es cierto. Pero creerse mejor que los demás conlleva riesgos. Las más poderosas dinastías y monarquías, proclamándose únicas, diferentes e intocables, han practicado a lo largo de los siglos la endogamia. La condición de elegidos y la sangre azul no debían contaminarse. Así, por cierto, los bienes quedaban en familia. Sin embargo, los matrimonios dentro de poblaciones cerradas incrementan las enfermedades hereditarias de la descendencia. El dorado y célebre faraón niño Tutankamón accedió al trono con once años. En su estirpe era habitual el matrimonio entre familiares, los preferidos de los dioses. Frente al despliegue hipnótico de lujos en su tumba, fácilmente olvidamos que murió enfermo con diecinueve años. Entre los sarcófagos de oro macizo, las joyas, los carros de combate y el esplendor de su ajuar funerario, en un ángulo oscuro reposan los bastones del adolescente frágil, que sufría varios síndromes, una enfermedad ósea y una malformación en el pie. Junto a sus propiedades y riquezas, junto a sus ínfulas exclusivas, la gota, la sífilis, el prognatismo o la hemofilia han formado parte de las herencias imperiales.

Como explicó el teórico ruso Mijaíl Bajtín, la risa es nuestro mejor instrumento para poner música —y carcajadas— al absurdo de la desigualdad. Por eso, adoro esos momentos juguetones en que los héroes arrogantes reconocen su pertenencia a la familia numerosa del despropósito humano. En Grecia circuló la epopeya humorística Margites, atribuida al mismísimo Homero, una parodia de la Ilíada y la Odisea. Gracias a menciones de otros autores, sabemos que el tal Margites era torpe y solía fracasar en sus quehaceres épicos. De ese famoso personaje, escribió Aristóteles, procede la estrambótica genealogía de la comedia. Es sintomático que el poema se perdiera. Pero Margites no fue el único en asumir su ridiculez. Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, mientras Heracles dormía a la orilla de un sendero, dos gemelos salteadores de caminos le birlaron las armas. Heracles los capturó y, como castigo, los ató cabeza abajo a un palo que cargó a hombros, como quien acarrea cubos de agua a la espalda con un madero. Los hermanos rompieron a reír porque así colgados tenían ante los ojos el trasero de Heracles, peludo y feísimo. Heracles preguntó por su jolgorio y, cuando supo de la desairada espesura de sus nalgas, le pareció tan cómico que entre risotadas dejó ir a sus deslenguados prisioneros.

Los griegos llamaban hybris a la locura que se desata cuando alguien, enfebrecido por el poder, sufre un arrebato de arrogancia; cuando ejerce intimidación y violencia sobre los demás, quebrantando las leyes humanas y divinas. El individuo infatuado y que cree merecerlo todo —pensaban— rompe los equilibrios universales que rigen el mundo. En una espiral sin retorno, el soberbio era poseído por la ofuscación y las ideas necias, y después Némesis —diosa de la justicia distributiva, la solidaridad y la venganza— le aplicaba el castigo destinado a quienes ultrajan a los demás. Némesis era una antigua divinidad, la santa patrona de la colaboración y la indignación, encargada de suprimir la desmesura. Su nombre viene de némein, “dar a cada cual lo que corresponde, repartir”. Cuando un hombre se jactaba de sus riquezas sin aliviar la pobreza del prójimo, Némesis intervenía para reprenderlo. Arrastró al rey Creso, ufano de sus lujos, convencido de su grandeza y demasiado seguro de la victoria, a una expedición contra los persas en el actual Irán, donde sufriría un trágico descalabro.

Contra esta antigua sabiduría, la nueva consigna social en las redes y la autoayuda nos impulsa a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, a “maximizarnos” –según la jerga de moda– en una pendiente que se desliza fácilmente hacia el sentimiento de superioridad hacia quienes carecen de dinero, hogar, tiempo, disciplina o un cuerpo cincelado. Y así nosotros, criaturas que nacemos frágiles y permanecemos más tiempo que ninguna otra en el desvalimiento, vamos olvidando nuestras limitaciones, el valor de la colaboración, la necesidad de los otros. Tal vez por eso, cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado. Némesis, experta en bajarnos los humos, susurra que sentirnos mejores que otros es solo una ilusión, un error que nos arrastra al horror.
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A favor de la nostalgia
El presente es el mayor tesoro, pero me choca esa tozuda politización del sentimiento, que a veces es ignorante, pero también puede ser noble.
Elvira Lindo, 20.09.2026

“Nostalgia”, dice el tango, “de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración”. Me viene a la memoria otra letra: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas”, palabras que en boca de Mercedes Sosa sonaban a verdad y, ahora, en la voz aniñada de Amaia duelen como un anticipo del futuro. “Solo de lo negado canta el hombre, solo de lo perdido, solo de la añoranza, siempre de lo mismo”, decían los versos de García Calvo en boca de Amancio Prada. Una piensa que si borráramos de las canciones la mirada añorante del pasado nos quedaríamos prácticamente sin cancionero. Experimenté mis primeros chispazos nostálgicos siendo muy niña por los boleros que cantaba mi madre mientras trajinaba en casa. Su voz pequeña y suave vuelve a mí cuando los canto, aunque mi voz es el de una señora casi veinte años mayor que ella cuando murió. También la música pop, en continua celebración del presente, ha dejado baladas memorables que entonan lo que habrá de perderse. No digamos el folk, más cercano a la tierra y a los paraísos perdidos. Al recordar Serrat sus veranos en Aragón ponía palabras a mis recuerdos: “No es que me vaya porque me he olvidado / es que perdí el camino de regreso”, cantaba a su madre.

La música nos inició en sentimientos para los que aún no estábamos capacitados, aunque quienes tengan cerca niños, sabrán que ya a los cinco años una criatura pronuncia en algún momento la frase: “Cuando yo era pequeña…”, porque intuye que hay algo que ya ha dejado atrás, tal vez el trono arrebatado. Por todo esto, me choca esa tozuda politización de ese sentimiento, la nostalgia. Todo es política, dicen. Pues mire usted, según. Si lo que se añora es el franquismo, más que nostalgia diría que todo viene de una intolerancia aguda a la diversidad democrática. A veces la nostalgia es ignorancia; otras, idealización del pasado. También hay nostálgicos de la clandestinidad, que en realidad son nostálgicos de su juventud. Ya lo decía Vázquez Montalbán, con Franco subíamos mejor las escaleras. Siempre hay algo patético en el contador de batallas. Pero hay nostalgias nobles. Fernán Gómez sentía nostalgia de cuando salía una noche por Madrid, ya de viejo, y todo esos viejos lugares “donde amó la vida” habían desaparecido. Recuerdo su voz tremenda contándolo y siento una nostalgia legítima por haberla perdido. También escuché a Haro Tecglen confesar que las salidas nocturnas habían perdido sentido para él porque ya no interesaba a las mujeres. Yo escuchaba con asombro sentimientos que aún no estaban en mí. No echaba de menos nada. Más bien huía de años convulsos y me sentía afortunada por rodearme de gente mayor. De haber podido, habría dado una zancada de la niñez a la madurez saltándome la juventud.

Ahora ya no puedo decir lo mismo. Sin sentirme vieja creo que comienzo a ser mayor que casi todos mis amigos. Me estanqué en mis cuarenta y dos años y, a veces, cuando me despierto y pongo los pies en el suelo siento unos dolorcillos que no sé cómo interpretar: ¿será gripe, estaré incubando algo? He tenido que hacer un esfuerzo para ser consciente de que a partir de cierta edad cada mañana se siente una molestia. Puede ser leve, pero ahí está el recordatorio: eres mortal. En el desayuno, me veo a punto de decir que me duele la rodilla izquierda, pero me contengo. Pienso, detente, bala, aún no estás preparada para hablar de achaques. Recuerdo aquella obsesión de Martin Amis con la vejez, que definía como “una experiencia aterradora”. Lo decía ¡a los 62 años! sin predecir que un cáncer le evitaría vivirla en su plenitud. El presente es el mayor tesoro, pero ese desprecio a la nostalgia, tan superficial y tan sesgado que encuentro en discursos de personas que, o bien no comprenden la hondura de ese sentir o bien no saben añorar lo perdido, también es amar la vida.
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La administración Trump toma medidas para desmantelar una medida fundamental de protección de especies en peligro de extinción.
Un memorando interno reinterpreta la ley de manera que solo la matanza intencional de animales, y no los daños colaterales, sea ilegal.
The New York Times. Catrin Einhorn, 16.09.2026

En lo que supondría un cambio radical, la administración Trump está tomando medidas discretas para eliminar una protección fundamental de la Ley de Especies en Peligro de Extinción, según un memorando interno obtenido por The New York Times.

Según una nueva interpretación del texto legal que se describe en el memorando, la muerte o lesión accidental de un animal ya no se consideraría ilegal; solo lo serían las acciones que tuvieran como objetivo específico a un animal.

El cambio sería transformador porque, en Estados Unidos, la matanza de animales en peligro de extinción casi siempre ocurre de forma incidental, en el transcurso de la actividad económica. Hasta ahora, las industrias y los particulares podían ser responsabilizados de esas muertes previsibles y, como consecuencia, se les incentivaba a evitarlas.

En el centro de este cambio se encuentra lo que significa "capturar" un animal en peligro de extinción, algo que ha estado prohibido durante mucho tiempo por la ley.

«Una embarcación que choca accidentalmente con una ballena no la ha capturado, porque su rumbo no estaba dirigido contra ella», afirma el memorándum, fechado el 14 de septiembre y distribuido a las oficinas regionales del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de EE. UU. «Talarlo no constituye la captura de los murciélagos que anidan en él, a menos que se tale con el propósito de matarlos o capturarlos».

Actualmente, la aplicación de la Ley de Especies en Peligro de Extinción se basa en un sistema de permisos que busca equilibrar la protección de los animales en peligro con la posibilidad de que las empresas operen.

Por ejemplo, si los promotores inmobiliarios quisieran construir casas en un terreno donde habitan salamandras en peligro de extinción, tendrían que solicitar un permiso. A cambio de implementar medidas para proteger a las salamandras, y quizás financiar su conservación en otro lugar, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre les otorgaría un permiso de captura incidental, que los eximiría de la responsabilidad de matar un cierto número de salamandras.

El memorándum, firmado por Brian Nesvik, director del Servicio de Pesca y Vida Silvestre, parece trastocar por completo ese sistema.

El Departamento del Interior, que supervisa el Servicio de Pesca y Vida Silvestre, no respondió directamente a las preguntas sobre el memorando, incluyendo por qué el departamento estaba adoptando esta nueva interpretación y si el memorando entraría en vigor de inmediato.

En cambio, la oficina de prensa del departamento escribió que “la Ley de Especies en Peligro de Extinción sigue prohibiendo la captura de fauna silvestre en peligro de extinción, incluidas las acciones que acosen, persigan, cacen, disparen, hieran, maten, atrapen, capturen o recolecten fauna silvestre catalogada, o los intentos de hacerlo”.

La respuesta, sin firmar, señalaba que un cambio reciente que derogó la definición de "daño" según la ley no eliminó la prohibición de tomar.

Lo que sorprendió a los abogados ambientalistas fue la forma en que el memorando redefinió el concepto de expropiación.

“Esto es realmente un ataque a la ley como nunca antes habíamos visto”, dijo Andrew Mergen, profesor de derecho en la Universidad de Harvard que anteriormente trabajó para el Departamento de Justicia, donde pasó dos décadas supervisando los litigios relacionados con la Ley de Especies en Peligro de Extinción en los tribunales de apelación.

“Lo que la administración propone es anular por completo el significado que todos hemos entendido de la ley: No matar especies en peligro de extinción”, dijo el profesor Mergen. “En este documento, lo que parecen decir es que no importa si mataste una especie en peligro de extinción si no fue intencional”.

El profesor Mergen afirmó que esta medida suponía un cambio extraordinario en el derecho en un sentido más amplio, porque desde hace tiempo se reconoce que las personas pueden ser responsabilizadas por actos que no pretendían realizar si deberían haber actuado con mayor responsabilidad, por ejemplo, cuando se trata de matar a alguien.

La directiva surge tras la decisión del gobierno en julio de revocar la definición de "daño" de la ley, lo que en la práctica abrió los hábitats de animales en peligro de extinción a la perforación, la minería, la agricultura y otros proyectos de desarrollo. Los estados presentaron demandas , y ex altos funcionarios federales de vida silvestre, tanto de presidentes demócratas como republicanos, instaron al gobierno a cambiar su decisión , argumentando que la medida "subvertirá la ley y conducirá a la extinción de algunas de nuestras especies de vida silvestre más emblemáticas".

Pero el nuevo memorando va mucho más allá de lo que los abogados ambientalistas habían imaginado cuando se anunció la decisión sobre el "daño".

Se basa en un voto particular del juez Antonin Scalia en un caso de la Corte Suprema de 1995. La administración ha argumentado que el fundamento jurídico que respalda la decisión mayoritaria en ese caso ya no es aplicable tras un fallo de la Corte Suprema de 2024 que limitó la amplia autoridad regulatoria de las agencias federales.

Ahora, la administración parece estar utilizando la opinión disidente del juez Scalia como modelo a seguir.

Pero Patrick Parenteau, profesor emérito de la Facultad de Derecho y Estudios de Posgrado de Vermont, afirmó que la mayoría de la Corte Suprema había rechazado la interpretación del juez Scalia basándose en el texto del estatuto en sí, independientemente de las cuestiones de autoridad regulatoria.

“¿Acaso se puede afirmar que la ley está zanjada a favor de la disidencia de Scalia?”, preguntó. “Absolutamente no”.

sábado, 19 de septiembre de 2026

SHAKIRA

Sábado, hoy invitados en casa. En pie desde hace un rato, me tomo un café después de estas notas y empiezo a prepararlo todo. Bueno, todo, será algo sencillo y frugal, lo de menos es la comida, lo demás es la compañía, siempre.
Después de dos días fuera, donde he tenido dos de cal y una de arena, cansado, llegué anoche y dormí más o menos, algo desestabilizado. Hoy se prevé un día de catarsis y esto no tiene premio; es de bien nacido ser agradecido y al enemigo ni agua. Parece que el paso siguiente es el olvido, como la distancia.
Leo el periódico antes de hacer otras cosas, sin café, medio despierto, junto a un par de whatsaaps pendientes de anoche. Todo bien, la vida sigue y yo también, a pesar de los pesares y la mala gente, mala de verdad.
Sé que hoy todo es marketing, que compramos lo que nos dicen, lo que ellos quieren, aunque uno intente resistirse. Lo sé. Pero si he logrado no sucumbir al absoluto embrujo de Rosalía tampoco lo hago con Shakira y todo lo que rodea a sus conciertos en España. La verdad es que no me interesan nada, menos que nada. Leo el fervor, las noticias en las primeras páginas de la prensa, esta gira suya, y me siento cual Boyero ente una peli mediocre (mira que yo creo disfrutar más de todo que él), apático, aburrido. Me ocurrió con Bad Bunny, aunque aquél se movía con aires políticos y el morbo pudo más, con esta señora no se mueve nada alrededor, al menos es lo que yo percibo.
La gira de Shakira no me toca dentro ni fuera, los avances de T que han acabado con "asumir el control permanente" de la seguridad de Groenlandia sí. ¡Quién sabe lo que esto significa y qué va a ser lo siguiente! 
Ay si la pobre Doris Day levantara la cabeza, ni ella sabría qué cantar...

Doris Day, *Qué será, será.

domingo, 13 de septiembre de 2026

SE VENDE

Lluís Bassets, 13.09.2026

Nadie había llegado nunca tan lejos. Comprar votos es una práctica tan antigua como la democracia. Pero a nadie se le había ocurrido la compra de una elección entera, tal como ha anunciado Donald Trump en la Convención Republicana en Dallas, donde prometió pagar 5.000 dólares (algo más de 4.300 euros) a cada uno de los 250 millones de ciudadanos con derecho de voto si el resultado de los comicios de mitad de mandato del próximo 3 de noviembre arroja la mayoría trumpista que le permita seguir controlando tanto la Cámara de Representantes como el Senado.

Si consiguiera tal victoria, y luego cumpliera su descomunal promesa, debería desembolsar más de un billón de dólares, el 18% del gasto federal en 2026. Una cantidad que superaría en un 50% al gasto en defensa, añadiría siete décimas al déficit público, que ronda el 5,8% del PIB, e incrementaría el endeudamiento en un 4,2% del PIB, a sumar a los 40 billones ya acumulados, hasta el 122%. Son parámetros peleados con la contención de la inflación y los tipos de interés que convienen al trumpismo para ganar las legislativas pero también las presidenciales de 2028.

Una oferta de tanta envergadura parte del viejo y corruptor axioma de que todo se puede comprar, incluso las conciencias y las preferencias políticas de los ciudadanos. No es la primera vez que un candidato, también el propio Trump, ofrece cheques en tiempo electoral, bajo el disfraz de subsidios sociales o fiscales, pero esta vez se trata de un cínico y descarado soborno que promete dinero a cambio de retener poder. A Trump no le interesa la tradicional y trabajosa compra de votos al detalle, que exige obtenerlos uno a uno o en paquetes controlados por los caciques, sino que pretende adquirirlos al por mayor, comprando la mayoría electoral y en consecuencia la entera democracia. Su oferta revela la escasa consideración que le merece la voluntad popular expresada en las urnas, en consonancia con sus numerosas maniobras para limitar el derecho de voto, como el rediseño de los distritos para diluir el voto demócrata, los obstáculos al sufragio postal o su negativa a reconocer los resultados de las urnas cuando le son desfavorables.

Con la denominación de “dividendo Trump”, como lo llama, la promesa conecta con la personalización de la campaña para las elecciones de mitad de mandato, en las que se eligen todos los congresistas y un tercio de los senadores, pero han sido presentadas como si fuera un plebiscito sobre su figura. La Convención Republicana de esta semana es una innovación improvisada por el trumpismo para hacerse con el control de la campaña y convertir en victoria un tipo de elecciones que suelen castigar al presidente. De ahí su desafiante llamamiento a votar a los candidatos republicanos como si fuera su nombre el que estuviera escrito en las papeletas, una idea que los candidatos de su partido temen y que conviene, en cambio, a los demócratas, a la vista de la menguante popularidad de Trump.

La amenaza que pesa sobre su presidencia si pierde las dos cámaras puede convertir en un infierno los dos años que le quedan en la Casa Blanca. Menos grave sería la pérdida solo de la Cámara de Representantes, aunque abriría la posibilidad de un nuevo procedimiento de destitución o impeachment, con la protección que significa el control del Senado. Aunque se haya atrevido a lanzar tan temeraria oferta, convencido de que reafirma su autoridad, muchos la interpretan como fruto de su desesperación.

De una campaña tan extravagante salen devaluados los candidatos, la calidad de la democracia y el respeto que se merecen los ciudadanos, como si no hubieran sido convocados a las urnas, sino a la junta de accionistas de una empresa regida autoritariamente por un empresario megalómano y codicioso. El Tribunal Supremo ya entregó en 2010 la financiación de las campañas electorales a las grandes fortunas con una sentencia que invocaba la protección constitucional de la libertad de expresión para sortear los límites de contribuciones. Ahora, con esta promesa electoral, la plutocracia se exhibe desnuda.

Trump cuenta con sólidos antecedentes para que nadie le crea. Es un mentiroso sistemático, compulsivo y pertinaz, sin recato para sostener sus mentiras después de que hayan sido desveladas, o para exigir la credulidad como prueba de lealtad a sus colaboradores. Durante su primera presidencia se contabilizaron hasta 30.000, más de dos por día. Están desacreditadas, incluso judicialmente, las cuentas de sus negocios, sus declaraciones fiscales y gran parte de la documentación societaria de sus empresas.

Aunque nadie le crea, la mera idea de comprar unas elecciones enteras, se supone que mediante endeudamiento público y a cargo finalmente de los contribuyentes, revela el grado cero de la democracia al que está llevando el trumpismo, apenas a cincuenta días de que los ciudadanos tengan en sus manos el destino político de su país, quién sabe si por última vez.

Lluís Bassets escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

jueves, 10 de septiembre de 2026

REPITO, ATERRADO


Dicen que nunca te acostarás sin saber algo nuevo y así quiero creerlo. Este dicho habría que ampliarlo, a los hechos me remito, a "nunca te acostarás ni te despertarás sin saber algo nuevo". Las declaraciones de T en el primer mitin de la convención republicana en Dallas, poniendo a la venta el voto (a ellos) en las próximas elecciones legislativas de medio mandato del próximo noviembre, por 5.000$, es lo nunca visto. Habrá que esperar a saber si la legislación norteamericana lo permite.
Repito, estoy aterrado.

ATERRADO

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

I♥NY




























ÉSTE, SIEMPRE UN BUEN MOMENTO


Leo con interés y con suma preocupación el artículo de Margaret MacMillan extraído de The New York Times bajo el título "Se avecina un nuevo orden mundial. No estamos preparados". La profesora e historiadora nuestra tan claramente los hechos y las señales que uno se queda atónito viendo cómo es posible que pueda ocurrir lo que vemos con nuestros ojos.

Me vino a la cabeza, por similitudes en el planteamiento, la excelsa novela distópica de Philip Roth "La conjura contra América" (2004). Si bien en el libro es Estados Unidos el que sufre los acontecimientos inexplicables del nuevo orden mundial, puede leerse perfectamente llevado a estos tiempos. 
La novela se lee de un tirón, se los aseguro. En mi caso, siempre irá unida a mi primer viaje a Nueva Zelanda, allá por 2009, novela que me acompañó.

Veamos qué dice la Wikipedia del libro. Les animo a leerlo ya, pero si alguien se hace el remolón pero aún sigue interesado, puede echar mano a la miniserie de TV, homónima (su título original es "The plot against America"), en HBO (2020).
La novela sigue las vicisitudes de la familia Roth durante la presidencia de Lindbergh, conforme se va aceptando más el antisemitismo en la vida estadounidense y las familias de origen judío como los Roth son perseguidos de diversas formas. El narrador y personaje central es el joven Philip, y el cuidado con el que se describen su confusión y su terror hace que la novela trate tanto sobre los misterios de crecer como sobre la política estadounidense. Roth basa su novela en las ideas aislacionistas expuestas por Lindbergh en la vida real como portavoz del comité Estados Unidos Primero (America First Committee) y sus propias experiencias creciendo en Newark, Nueva Jersey. La novela presenta la sección Weequahic de Newark, que incluye el Instituto de Weequahic, en el que se graduó Roth.
Roth ha afirmado que la idea de la novela se le ocurrió mientras estaba leyendo la autobiografía de Arthur Schlesinger, en la que éste comenta que algunos de los senadores republicanos más radicales de aquella época querían que Lindbergh se presentara de candidato frente a Roosevelt. El título parece que se tomó de un panfleto comunista publicado en apoyo de la campaña contra la reelección de Burton K. Wheeler al Senado en 1946.
La novela presenta unos Estados Unidos antisemitas en los años 1940. Roth había escrito en sus memorias Los hechos. Autobiografía de un novelista sobre las tensiones raciales y antisemitas que formaron parte de su niñez en Newark. Varias veces en ese libro describe ataques a los niños en su vecindario simplemente porque eran judíos.
La novela de Roth fue en general bien recibida. Jonathan Yardley, que en The Washington Post explora el tratamiento que el libro hace de Lindbergh con cierta profundidad, considera el libro «dolorosamente conmovedor» y una «historia genuinamente americana».
La crítica del The New York Times describió el libro como «una novela política terrorífica», «siniestra, vívida, onírica, absurda y, al mismo tiempo, espeluznantemente plausible».
Blake Morrison en The Guardian también ofreció gran alabanza: «La conjura contra América crea su realidad magistralmente, en frases largas y fluidas que te llevan más allá del escepticismo y con un detallismo cotidiano a las imágenes y los sonidos, los sabores y olores, apellidos y motes y marcas, una acumulación de los petits faits vrais, que disuelve cualquier incredulidad residual»."
El escritor Bill Kauffman de The American Conservative, una revista de opinión fundada en 2002, criticó la descripción de un antisemitismo estadounidense creciente, en particular entre los católicos, y sus retratos de ficción de personajes históricos como Lindbergh, considerando que era «intolerante e injurioso hacia los muertos», así como por su final precipitado, presentando una resolución drástica y extraña de la situación política que recordaba según él a un deus ex machina.
Muchos defensores y críticos del libro al mismo tiempo lo consideraron como una especie de roman à clef por o en contra de la administración Bush y sus políticas, pero aunque Roth se opone a la administración Bush, ha negado semejantes interpretaciones alegóricas de su novela.
En 2005, la novela obtuvo los premios Sidewise de Historia Alternativa y James Fenimore Cooper a la mejor obra de ficción histórica concedido por la Sociedad de Historiadores estadounidense.
La historia alternativa está considerada generalmente como un subgénero de la ciencia ficción; pero el crítico de ciencia ficción John Clute encuentra la novela lamentablemente decepcionante e inadecuada.

SIEMPRE HAY SEÑALES


Se acerca un nuevo orden mundial, y no estamos preparados
The New Yoork Times. Margaret MacMillan, 02.09.2026

Siempre que se acerque una tormenta habrá señales. El viento podría amainar súbitamente. La marea baja más de lo habitual. Estelas de nubes surcan el cielo.

Es posible malinterpretar o incluso ignorar estas señales —insistir en que las gotas de lluvia no son más que un chubasco pasajero— hasta que es demasiado tarde. Es entonces cuando llegan los verdaderos problemas.

Lo que es cierto sobre el clima también lo es para los asuntos humanos. Los regímenes parecen fuertes hasta que dejan de serlo. Las revoluciones internas y las convulsiones en el orden internacional —muy a menudo ambas van de la mano— son fáciles de ver en retrospectiva, pero no siempre se anticipan. Sin embargo, si miramos más de cerca, a menudo descubriremos que las señales estaban ahí.

A quienes vivimos en sociedades relativamente estables y ordenadas nos gustaría creer, como el absurdo doctor Pangloss de Voltaire, que tropieza de un desastre a otro, que “todo es para bien”. Podríamos quejarnos de la economía o la posibilidad de otra guerra lejana, o escuchar con aprobación voces radicales de cualquier extremo del espectro político, pero no esperamos que nuestro mundo se vea trastocado por completo.

Haríamos bien en prestar atención a la advertencia de otro escritor francés. En la novela de posguerra La peste de Albert Camus, cuando aparecen ratas muertas en las calles de la ciudad argelina de Orán y la gente enferma con una misteriosa enfermedad, el gobierno local y la mayoría de los ciudadanos ignoran las señales hasta que es demasiado tarde. “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras”, dice el narrador de Camus, “y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas”.

Hoy hay ratas muertas por todas partes. Este verano se han roto récords de temperatura, la tierra ha sufrido sequías y los incendios forestales han ocasionado estragos. La deuda en las economías avanzadas se acerca a máximos históricos. Los recortes en la ayuda médica y alimentaria, principalmente por parte de Estados Unidos, han causado muertes innecesarias y contribuido a la propagación de enfermedades, una de las cuales tarde o temprano podría convertirse en otra pandemia. La inteligencia artificial continúa su rápido avance sin regulación, amenazando empleos, la seguridad y, en proyecciones más sombrías, la existencia humana.

Las potencias revisionistas desafían las reglas y normas con total impunidad. Los votantes están enojados y son volátiles. La diplomacia lenta, deliberada y necesariamente discreta, que construye confianza y entendimiento, ha dado paso a un estilo performativo y descarado más adecuado para los lapsos de atención atrofiados por TikTok o para el patio de recreo.

El Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala registró 65 conflictos entre Estados el año pasado: la cifra más alta desde 1946. Las grandes potencias están enredadas en guerras asimétricas con países que están aprovechando las nuevas tecnologías al máximo. La guerra en Ucrania del presidente de Rusia, Vladimir Putin, que se suponía que ganaría en cuestión de días, avanza con dificultad por su quinto año. Irán, utilizando drones baratos y producidos en masa para atacar a las fuerzas estadounidenses y a sus aliados, ha obtenido el control, tal vez de manera permanente, de un corredor crucial del comercio mundial, ha reducido drásticamente las reservas de misiles de Estados Unidos y ha atrapado al presidente Trump en una guerra que él mismo eligió.

Una guerra mundial no es inevitable, pero la amenaza de un conflicto catastrófico entre potencias grandes y bien armadas está más cerca de lo que ha estado en décadas.

Al igual que la gente de la Orán de Camus, nos negamos —comprensiblemente— a reconocer cuánto ha cambiado el mundo. Los problemas son espinosos, complejos y tediosos, y es más fácil mirar hacia otro lado. Así, pasamos las vacaciones en playas mientras los incendios forestales arrasan con todo; le preguntamos a la IA cómo entrenar a un cachorro, cómo escribir esa carta: le pedimos que piense por nosotros. Esperamos que las guerras terminen, que los mecanismos de protección, las instituciones y las alianzas se reconstruyan, y que el mundo tal como lo entendemos se recupere y perdure.

Pero una nueva realidad ha llegado a una velocidad sorprendente. El orden mundial que se mantuvo unido durante la mayor parte de nuestras vidas comenzó a erosionarse cuando quienes formaban parte de él se volvieron demasiado cómodos y complacientes, y cuando hubo demasiada tolerancia —incluso aprobación— de las malas conductas.

Hemos llegado a una nueva era de desorden. Debemos prepararnos, lo que empieza con ser honestos sobre la gravedad del momento que estamos viviendo y aceptar que nuestro frágil sistema se está tambaleando. Que los países ya se están adaptando, para bien y para mal. Y que cualquier futuro de cooperación tendrá que verse diferente.

¿Qué les sucede a quienes se niegan a adaptarse e insisten en que un sistema que se desmorona puede seguir adelante? Consideremos tres revoluciones que ocurrieron y una que no.

En la víspera de la Revolución francesa, Francia, la mayor potencia terrestre de Europa, probablemente estaba en bancarrota, en gran medida debido a las enormes cantidades que había pedido prestadas para ayudar a derrotar a los británicos en la Revolución estadounidense. Las extravagantes y corruptas élites gobernantes habían perdido el rumbo, y una clase media cada vez más numerosa, excluida del poder político, exigía cambios. En los estratos más bajos de la sociedad, trabajadores y campesinos enfrentaban la hambruna y estaban cada vez más desesperados.

Circulaban nuevas y poderosas ideas de la Ilustración —algunas de ellas importadas de la Revolución estadounidense— sobre los derechos humanos y las nuevas formas de gobierno que darían poder al menos a una parte del pueblo.

Los reyes franceses y sus cortesanos no comprendieron la profundidad del descontento y supusieron que nada podría sacarlos de su posición privilegiada. Se equivocaron: la monarquía fue derrocada y nació una república caótica y violenta. En menos de una década, Napoleón se convertiría en emperador.

No existe un patrón único para el cambio revolucionario, pero quienes están en la cúspide de un régimen a menudo no se dan cuenta de lo frágil que es. La Revolución rusa de 1917 fue la consecuencia de una derrota en el extranjero, en lugar de una victoria costosa. Pero el zar Nicolás II también insistió, contra toda evidencia, en que no se necesitaban reformas porque los rusos aún lo adoraban. En la Alemania de la década de 1930, Hitler llegó al poder de la mano de unas élites que, equivocadamente, pensaron que podrían utilizarlo y que el sistema existente era lo bastante sólido como para mantenerlo bajo control.

Cada una de estas revoluciones tuvo profundas ramificaciones internacionales. Napoleón llevó a Francia a dominar el continente, destruyendo instituciones e ideas antiguas como el derecho divino de los reyes a gobernar. Los bolcheviques, que tomaron el poder en Rusia, predicaron y fomentaron el internacionalismo revolucionario, librando una guerra a nivel mundial contra el capitalismo y las naciones democráticas. Hitler rearmó a Alemania, conquistó casi toda Europa y asesinó a millones de judíos y a muchos otros en el nombre del dominio ario.

No obstante, a veces las naciones y sus líderes leen las hojas de té a tiempo. En la década de 1820, el gobierno británico se enfrentaba a la presión de las clases medias, recién creadas por la Revolución Industrial, pero excluidas de la toma de decisiones políticas. La élite británica, atenta a la reciente catástrofe en Francia, sabía que necesitaba adaptarse para sobrevivir. La Gran Ley de Reforma de 1832 sirvió como una válvula de escape que amplió el derecho al voto lo suficiente como para evitar una crisis más amplia.

Es fácil encontrar paralelismos en nuestro propio momento. Poblaciones enojadas. Élites no elegidas con una enorme riqueza y el poder de doblegar a los gobiernos a su voluntad. Líderes que se niegan a generar consenso o a aceptar consejos. Cuando en enero se le preguntó a Trump qué límites tenía su poder, respondió, “mi propia moralidad”; el rey Luis XIV dejó a Francia muy debilitada tras las guerras que libró, según él, por “la gloire”; su gloria.

Quienes opten por ignorar las señales de advertencia y descartar la historia como algo irrelevante para el presente podrían llevarse una sorpresa y quedar horrorizados cuando, de todos modos, ocurran acontecimientos que no desean.

El orden internacional ha dependido siempre del apoyo de las grandes potencias y de la cooperación y el respaldo de suficientes potencias más pequeñas. Al final de la Guerra Fría, con la desaparición de la Unión Soviética, Estados Unidos parecía estar listo para continuar como el garante del sistema posterior a 1945. Bajo el presidente Trump, ese ya no es el caso.

Podría ser que, con otro presidente, Estados Unidos retome su papel de potencia hegemónica, dispuesto a respaldar las instituciones y normas internacionales, como un aliado bueno y confiable y un firme opositor de los tiranos. Ese mundo volverá a ser tan pacífico como lo ha sido —al menos desde ciertas perspectivas— desde 1945. Las grandes potencias, que ahora incluyen a China e India, seguirán conviviendo, y algo llamado “comunidad internacional” se volverá a comprometer con su labor de eliminar la pobreza, la injusticia, los conflictos y el cambio climático.

¿Pero qué pasa si ya estamos en las primeras etapas de lo que será un periodo prolongado de desorden? Un mundo en el que no podemos asumir que lo que era cierto ayer será cierto mañana, o que las instituciones aparentemente sólidas perdurarán. Quizá dejemos de sorprendernos por lo que traen las noticias cada día. Ocurren desastres naturales como las inundaciones en Nepal y el Tíbet, y no está claro quién acudirá al rescate. ¿Nos encogemos de hombros y seguimos con nuestras vidas? Estallan conflictos —algunos con el potencial de involucrar a grandes potencias— sin que haya un árbitro evidente. Alianzas confiables como la OTAN son puestas a prueba una y otra vez, y podrían desmoronarse. La guerra híbrida de Rusia contra Europa se está expandiendo; China y Estados Unidos podrían enfrentarse por Taiwán; la competencia por los recursos en un mundo que se calienta y se seca ya está provocando violencia.

Este es un mundo cada vez más impredecible, en el que quedamos, mucho más de lo que esperábamos, a merced de nuestros líderes, quienes están menos atados a marcos externos y se sienten más libres de improvisar sobre la marcha. Deberíamos estar eligiendo a quienes toman decisiones con más cuidado que nunca, justo cuando parece que los electores tienden menos a hacerlo.

Son nubes oscuras. Pero el fin del viejo sistema no tiene por qué significar el fin de la cooperación. Aún tenemos muchos de los componentes de un orden mundial eficaz. Contamos con una amplia red de instituciones internacionales, muchas de ellas en gran parte invisibles, que gestionan los vínculos entre las naciones, desde la aviación civil hasta el internet. Los tratados aún se respetan en gran medida. El derecho internacional y la soberanía pueden ser difíciles de hacer cumplir y defender, pero muchos de nosotros seguimos deplorando las infracciones. La propia existencia de una opinión pública internacional todavía puede ejercer presión sobre nuestros líderes. Muchas de las organizaciones de las estructuras que se están desvaneciendo, entre ellas las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial, están cada vez más desprovistas de recursos y significado, pero aún existen.

Meses antes de que las conversaciones comerciales con Estados Unidos fracasaran, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció en Davos un discurso muy comentado en el que describió el fin de la Pax Americana como el fin de una “agradable ficción”. Pero otros países podrían resistir, dijo en enero, sobre todo si se unieran en coaliciones de valores compartidos con objetivos compartidos. Varias potencias intermedias, entre ellas Canadá, Australia y Japón, están trabajando juntas para llenar el vacío que dejó Estados Unidos al abandonar su antiguo papel como superpotencia benevolente.

El cambio es difícil, pero aferrarse a las viejas costumbres puede ser un espejismo peligroso. En el verano de 1914, el secretario de Asuntos Exteriores británico, Edward Grey, y muchos otros en posiciones de poder en el Reino Unido y en toda Europa asumieron que la última crisis en los Balcanes se resolvería, como había ocurrido antes con otras similares, mediante una conferencia de las grandes potencias. Él no logró comprender la rapidez con la que Europa avanzaba hacia la guerra ni utilizar el gran poder del Reino Unido para acercar a las diferentes partes. La Primera Guerra Mundial cambió a Europa y al mundo para siempre.

Para 1945, el Reino Unido, la Unión Soviética, Estados Unidos y sus aliados habían librado dos guerras mundiales brutales en el espacio de tres décadas. Cuando crearon la arquitectura del orden existente, tenían muy claro lo que querían prevenir. Los marcos previos habían fracasado y crearían algo nuevo que no lo hiciera.

El camino panglosiano del optimismo injustificado es un callejón sin salida. Pero eso no significa que no podamos hacer lo que tantas veces se ha hecho antes y emprender el laborioso proceso de construir algo de nuevo.

En la nueva serie “El nuevo desorden mundial”, la sección de Opinión en inglés dedicará las próximas semanas a explorar la desintegración del sistema internacional de posguerra y cómo se están adaptando los países mientras Estados Unidos se hace a un lado.

Margaret MacMillan es historiadora y exdirectora del St. Antony’s College de Oxford.