domingo, 18 de octubre de 2026

GRECIA


Lecciones sobre la democracia de la Antigua Grecia
Todos somos y debemos seguir siendo griegos: a pesar de que el mejor de los sistemas políticos facilita a sus enemigos la libertad de expresión para erosionarlo desde dentro, unas elecciones siguen siendo la muralla más sólida para defenderlo.
Manel García Sánchez, 17.10.2026

La convocatoria de elecciones renueva en nuestro país aquel experimento político griego a cuya diosa Democracia los atenienses erigieron una estatua. No era ni es un gesto menor: significaba y significa sacralizar un sistema político que ha convertido la libertad y la participación ciudadana en principios fundamentales de convivencia. Siglos después, las revoluciones americana y francesa reivindicaron aquel legado incorporando la igualdad al horizonte de valores sobre el que se edifican nuestras democracias, aunque la fraternidad fue difícil de conseguir en aquella Atenas escuela de Grecia y muchas veces parece imposible en esta España invertebrada y guerracivilista.

La deriva antiliberal y los autoritarismos populistas de derechas y de izquierdas constituyen síntomas inquietantes de una enfermedad política que amenaza con hacerse crónica. La ingobernable gobernabilidad que facilita tantas veces la democracia se manifiesta en la irresoluble paradoja de que el mejor de los sistemas políticos, desde su imperfección, facilita a sus enemigos la herramienta de la libertad de expresión —parresía la llamaban los griegos— para erosionarla desde dentro.

Ya en Atenas se acusaba a Pericles de que su pareja Aspasia, propietaria de prostíbulos, dictaba realmente la política y que solo las clientelas de turno se beneficiaban corruptamente del poder. Allí Sócrates criticaba la democracia y se convertía en maestro de tiranos o políticos populistas, como Critias o Alcibíades. Oligarcas y demócratas digerían mal el grumo de la derrota electoral vociferando en la Asamblea sobre pucherazos en el recuento de votos, corrupción o subversión del orden constitucional. Entonces, como ahora, se abusaba de la nostalgia de la constitución de los antepasados, la de Solón y Clístenes, y se miraba al pasado en busca de inspiración para la construcción de un futuro mejor.

Laura Sancho Rocher, en El nacimiento de la democracia, o José Luis Moreno Pestaña, en Retorno a Atenas. La democracia como principio antioligárquico, nos recuerdan que la historia de la democracia griega proporciona lecciones oportunas para la política actual y que los atenienses, pese a sus profundas divisiones políticas, raramente desacreditaban sus instituciones con la ligereza con la que lo hacemos hoy. Naturalmente, no faltaron los críticos entonces, pero la crítica siempre es fecunda si se formula desde la controversia constructiva. La democracia permitió a los antidemócratas Platón y Aristóteles señalar las contradicciones de un sistema que confiaba magistraturas al sorteo, otorgaba el protagonismo político al sufragio del populacho y permitía que demagogos alcanzasen posiciones de liderazgo. Ese peligro es consubstancial a la democracia, como es verdad que una democracia censitaria e ilustrada, gobernada por expertos y ciudadanos acomodados no garantiza necesariamente el imperio de la justicia.

Nunca es saludable idealizar el pasado; tampoco aquella democracia ateniense que excluía de la ciudadanía política a mujeres, esclavos y extranjeros; que condenó a muerte a Sócrates, defenestró a sus líderes más sobresalientes y conoció episodios de violencia sectaria y guerra civil que reclamaron la necesidad de vencer la ira con el perdón y rendir cuentas con el pasado mediante el olvido impuesto por una amnistía, otra bella palabra griega. Tucídides nos advirtió de que las democracias lo son nominalmente porque en la práctica están dirigidas por unos pocos de sus ciudadanos, los mejores y los peores. La vieja y la nueva democracia nunca han estado libres de esas contradicciones, pero precisamente ahí reside su grandeza: en la posibilidad de reconocerlas, discutirlas y corregirlas mediante la palabra y el ejercicio del derecho a voto para ratificar o revocar la confianza en nuestros políticos. La isegoría, el derecho igualitario de los ciudadanos a tomar la palabra en las urnas, y la isonomía, la igualdad ante la ley, constituían y deben constituir derechos irrenunciables del único sistema político que permite cuestionar públicamente sus propios fundamentos. Incluso entonces quienes admiraban a la oligárquica Esparta, como el Pseudo Jenofonte, podían expresarlo en la democrática Atenas; todavía hoy tan solo se permite atacar a la democracia desde la propia democracia.

Resulta especialmente inquietante el desafecto democrático que se extiende entre sectores de nuestra sociedad, algo que cíclicamente sucedía también en Atenas. Que depositemos esperanzas en líderes autoritarios, que la xenofobia se disfrace de patriotismo, que el desprecio hacia las minorías se presente como defensa de la libertad y fortaleza inexpugnable de la identidad o que el progresismo se quede en retórica inoperante fue y es un mal inmanente a la democracia. Más preocupante todavía es la actitud de quienes, proclamándose verdaderos demócratas facilitan la legitimación institucional de esas políticas y valores que cuestionan los fundamentos del liberalismo político o la socialdemocracia.

El problema no consiste en impedir la discrepancia, sino en comprender que la tolerancia democrática no exige indiferencia ante quienes aspiran a destruirla. Es cierta la paradoja de que una tolerancia ilimitada puede terminar favoreciendo la desaparición de la propia tolerancia. Los cordones sanitarios frente a determinadas ideologías no deberían entenderse como una negación del pluralismo, sino como una estrategia de defensa constitucional en la que el debate de ideas resuelva las diferencias. Su eficacia, naturalmente, depende de las circunstancias y de la coherencia de quienes los promueven, pero negar al otro es olvidar insensatamente que ese otro forma parte del nosotros. Los vendedores de simulacros pueden convertirse en los peores verdugos de la democracia y las urnas son el mejor lugar para desenmascarar a los antidemócratas y condenarlos al ostracismo.

Frente al nacionalismo o el patrioterismo excluyente, reivindiquemos el patriotismo constitucional. No banalicemos el fascismo o el comunismo aplicándolo a conveniencia a partidos o instituciones y frente al uniformismo autoritario defendamos el pluralismo y las decisiones soberanas expresadas democráticamente. Sobre ello ‒leamos a Demóstenes‒ nos enseñaron muchas cosas los griegos, también sobre los enemigos y peligros que acechan a la democracia. Es por eso por lo que todos somos y debemos seguir siendo griegos; es por ello que una convocatoria electoral sigue siendo la muralla más sólida para la defensa de la democracia.

Manel García es profesor de Historia Antigua de la Universitat de Barcelona.

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