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domingo, 26 de julio de 2026

CRISIS


Durante muchos años y antes del COVID, la palabra que aparecía hasta en la sopa era "crisis", era la muletilla en cualquier conversación, de cualquier tema. La crisis lo explicaba todo, lo justificaba todo, era la panacea, el eslabón perdido. En mi profesión, la arquitectura, la crisis respondía a todas las preguntas -¡se había descubierto el sentido de la vida!-: el porqué de la tardanza en la concesión de una licencia de obra, la subida del aluminio, lo cara que estaba construir y hasta el encarecimiento de los honorarios profesionales. Hoy no hablamos de crisis, la guerra ha aportado a la Historia otra nueva respuesta a todo y se contesta todo con un "es por la guerra". Crisis, guerra, da igual, todo está ya inventado y todo vale para que la rueda siga girando con los mismos radios, que somos nosotros. Los precios suben y ya no vuelven a bajar, los megarricos lo son más cada vez y la clase media va desapareciendo engrosando el resto.


Con los años cada vez entiendo menos cómo la gran masa de asalariados, autónomos o no, con sueldos ridículos, nadando en estos mares de crisis o de guerras, puede dar crédito a estas políticas populistas de recortes que no hacen sino alimentar un imaginario de escenarios imposibles, que perpetúan el statu quo de siempre. Parece mentira que no tengamos los ojos abiertos de espanto al darnos cuenta de que la 3ª Ley de Newton se cumple siempre, acción y reacción. Podrán echarse la culpa unos a otros, llamarse majaderos, aprovechar la leña del árbol caído, pero si recortas los presupuestos de acciones contra el cambio climático el resultado es obvio, casi automático. Si reduces los cuerpos de bomberos, no ayudas a que la ganadería "limpie" los campos, inviertes dinero en prevención y niegas el cambio climático, ¿qué reacción quieres que se produzca?
El día que los políticos tengan responsabilidades civiles por sus actos otro gallo nos cantará.

viernes, 3 de julio de 2026

FUGA DE VOCALES: T_L_T_S


Los negacionistas seguirán negándolo, todo es fruto de la conspiración comunista judeomasónica, de Pedro Sánchez (de su mujer y de Zapatero, ya que estamos), de las vacunas, de los inmigrantes y del agua perdida porque los gobiernos no arreglan el borde la de tierra y el mar sigue derramándose.


miércoles, 22 de enero de 2025

DRILL, BABY, DRILL!


¿Puede Groenlandia apagar los incendios de California?
“Perforaremos, baby, perforaremos” arengaba Donald Trump en su toma de posesión entre aplausos de la élite económica. Las políticas extractivistas como epicentro de un terremoto donde los desafíos ambientales chocan con las prioridades políticas y económicas en una red de interdependencias globales. Groenlandia, objeto de deseo del recién elegido presidente de los EEUU, es un buen ejemplo de como acciones aparentemente desconectadas se retroalimentan en ese complejo equilibrio entre la geopolítica y la lucha contra el cambio climático.
Miguel Alexandre Barreiro-Laredo*, ENE-2025


Simone de Beauvoir reflexionó en La vejez sobre cómo enfrentamos ciertos fenómenos inevitables de la naturaleza. “Es imposible enfadarse con un huracán, un terremoto o con la vejez”, escribió, recordándonos que hay fuerzas que escapan a nuestro control. Tal vez sea esa misma sensación de impotencia la que nos lleva a pasar de puntillas sobre los titulares de desastres climáticos, mientras que asuntos como la obsesión de Donald Trump con Groenlandia permanecen más tiempo en la conversación pública.

La propuesta de Trump de comprar Groenlandia puede parecer una anécdota, pero revela hasta qué punto las decisiones políticas, económicas y ambientales están entrelazadas en un sistema global cada vez más desequilibrado.

¿Podría Groenlandia, de algún modo, apagar los incendios de California? La pregunta parece absurda y un tanto descabellada, pero no lo es tanto si examinamos los hilos invisibles que unen el cambio climático, la geopolítica y la economía mundial. En un planeta donde todo está conectado, cada pieza encaja en un puzzle que nos afecta a todos.

Groenlandia: el nuevo objetivo de Trump

En un giro sorprendente, Donald Trump ha vuelto a poner en el centro del debate su controvertida propuesta de adquirir Groenlandia, una isla rica en recursos naturales y estratégicamente ubicada en el Ártico. Durante las últimas semanas antes de su regreso a la Casa Blanca, Trump ha declarado que la adquisición de Groenlandia es una «necesidad absoluta» para la seguridad nacional de Estados Unidos. Este esfuerzo forma parte de lo que algunos medios han llamado su ambiciosa y polémica «agenda de anexión», que también incluye recuperar el Canal de Panamá y explorar la posibilidad de presionar a Canadá para integrarse como el estado 51.

Trump argumenta que Groenlandia es clave para contrarrestar la creciente influencia de China, que en los últimos años ha intensificado sus esfuerzos por aumentar su presencia económica y estratégica en la región ártica. Con grandes reservas de minerales críticos y una ubicación que permite un control privilegiado sobre las rutas del Atlántico Norte, Groenlandia se presenta como un activo estratégico crucial para Estados Unidos. Sin embargo, este enfoque extractivista ignora las profundas implicaciones ambientales y climáticas de la explotación intensiva de recursos en una región ya vulnerable al cambio climático.

La insistencia de Trump en este tema ha generado reacciones polarizadas. Mientras que algunos aliados republicanos aplauden la propuesta como parte de una estrategia geopolítica audaz, otros la consideran una provocación más destinada a desviar la atención de cuestiones internas más urgentes. Por su parte, en Groenlandia, los líderes locales y la población han rechazado rotundamente la idea, dejando claro que no están interesados en abandonar su histórica relación con Dinamarca. «No podemos ser comprados», enfatizan los residentes, subrayando su compromiso con su soberanía y su modelo de desarrollo sostenible.

Groenlandia: un espejismo económico

Mientras Trump subraya el valor estratégico y económico de Groenlandia, es crucial examinar con rigor las implicaciones reales de explotar sus recursos naturales. La minería en Groenlandia podría parecer una solución atractiva para obtener ingresos inmediatos y responder a la creciente demanda de materiales críticos, especialmente para tecnologías sostenibles como las energias renovables. Sin embargo, esta visión extractivista—por muy seductora que sea a corto plazo—podría intensificar los problemas climáticos que busca solucionar.

Desde 2002, la capa de hielo que cubre el 80% de Groenlandia ha perdido un promedio alarmante de 273.000 millones de toneladas métricas de hielo al año. Este deshielo, impulsado por el aumento de las temperaturas globales, está transformando la región de manera irreversible. Aunque las nuevas condiciones facilitan la extracción de recursos como níquel, cobalto y harina glaciar, además de abrir rutas comerciales estratégicas, estas actividades agravan los riesgos climáticos globales al desestabilizar ecosistemas clave.

Groenlandia y los incendios de California: ¿existe una conexión?

La idea de que Groenlandia pueda «apagar» los incendios de California puede parecer absurda a primera vista, pero pone en evidencia una realidad más profunda: la compleja y frágil interconexión del sistema climático global. Los cambios que ocurren en el Ártico, como el acelerado deshielo de Groenlandia, están desencadenando repercusiones indirectas pero significativas en fenómenos extremos como los incendios forestales en otras partes del mundo.

California enfrenta incendios devastadores, agravados por sequías prolongadas y temperaturas récord nunca vistas. A comienzos de enero, los vientos Santa Ana, con ráfagas de hasta 160 km/h, avivaron incendios forestales en el sur del estado en una época poco común para estos eventos. Estos vientos, fundamentales en la dinámica climática de California, están condicionados por patrones atmosféricos globales como el jet stream, una corriente de aire que regula los sistemas climáticos del hemisferio norte.

Según un estudio reciente de la NASA, el calentamiento acelerado en el Ártico es el responsable de un jet stream más ondulado y errático, lo que prolonga fenómenos extremos como sequías, inundaciones e incendios forestales. Este fenómeno, conocido como atmospheric blocking, ocurre cuando anomalías persistentes en el jet stream hacen que los sistemas climáticos se estanquen en una región durante días o semanas, intensificando sus efectos destructivos.

Desinformación climática: un riesgo que no podemos ignorar

El cambio climático no solo enfrenta desafíos ambientales, sino también obstáculos sociales y políticos que frenan la acción urgente requerida para mitigar sus efectos. Entre estos desafíos, la desinformación climática ha emergido como un fenómeno alarmante, impulsado por líderes y plataformas tecnológicas que priorizan intereses cortoplacistas sobre el bienestar global.

Durante su primer mandato, Donald Trump desacreditó repetidamente la existencia del cambio climático, calificándolo de «engaño». Esta narrativa provocó un retroceso drástico en las políticas ambientales de Estados Unidos, incluyendo la retirada del país del Acuerdo de París, drásticos recortes en el presupuesto de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y la eliminación de regulaciones clave diseñadas para reducir riesgos climáticos.

Además de debilitar las políticas ambientales, la administración Trump deslegitimó investigaciones científicas avaladas por más de 300 expertos y 13 agencias federales, que advertían sobre graves implicaciones sociales y económicas derivadas del cambio climático. Su gobierno incluso destituyó a funcionarios clave encargados de mitigar estos riesgos, en lo que se percibió como un intento deliberado de silenciar a la ciencia.

Más allá de las políticas gubernamentales, la desinformación climática ha encontrado en las redes sociales un aliado formidable. Plataformas como X (antes Twitter) y Meta han permitido la proliferación de narrativas falsas bajo el pretexto de defender la libertad de expresión. Aunque algunos argumentan que esto responde a un compromiso con la neutralidad, las consecuencias tangibles son claras: escepticismo hacia la ciencia, polarización social y un retraso crítico en la implementación de políticas climáticas urgentes.

Elon Musk, a través de su control sobre X, ha dado visibilidad a narrativas controvertidas sobre fenómenos ambientales y sus causas. Su adquisición de la plataforma ha contribuido a que la desinformación se disemine con mayor libertad bajo la bandera de la «neutralidad informativa». Por su parte, Mark Zuckerberg, con Meta, ha sido criticado recientemente por desmantelar herramientas de verificación de datos, facilitando la expansión de teorías conspirativas que hace apenas semanas intentaban limitarse. Aunque estas decisiones suelen justificarse como una defensa de la libertad de expresión, en la práctica han reforzado un entorno digital donde la desinformación prevalece sobre los hechos.

Permitir que figuras influyentes amplifiquen la desinformación representa una amenaza directa no solo para la sostenibilidad del planeta, sino también para los fundamentos de la democracia. Los efectos de este escepticismo climático no son meramente discursivos; se traducen en vidas perdidas, daños ambientales irreversibles y costos económicos incalculables. Ignorar la ciencia ya no es una opción en un contexto donde los costos de la inacción son tan devastadores.

El coste del cambio climático: más allá de las pérdidas humanas

El cambio climático no es solo una cuestión ambiental. Sus efectos, sean producto de la acción humana o de ciclos naturales —un debate que, quizás, podamos dejar para otro artículo más extenso —, están teniendo impactos tangibles en sectores clave de la economía global. Este análisis se centra en las consecuencias visibles y concretas que afectan a todos independientemente de la postura ideológica, política o científica frente al fenómeno.

Sectores como el inmobiliario y el asegurador enfrentan una crisis marcada por el aumento de primas y la incapacidad de proteger propiedades situadas en zonas de alto riesgo. Los incendios en Los Ángeles son un ejemplo evidente de esta realidad. Según J.P. Morgan, las pérdidas aseguradas se estiman en 20.000 millones de dólares, mientras que AccuWeather sitúa el impacto económico total en una cifra que oscila entre 135.000 y 150.000 millones de dólares, convirtiendo este desastre en uno de los más costosos registrados en California.

Empresas aseguradoras estadounidenses como Mercury General y Allstate han sufrido caídas importantes en el valor de sus acciones. Este fenómeno, sin embargo, no se limita a Estados Unidos, ya que aseguradoras europeas también reportan pérdidas considerables debido al aumento de eventos climáticos extremos. Esto refleja tanto la vulnerabilidad de la industria aseguradora como la interconexión económica global frente a estos desastres.

Esta situación ha dado lugar a los llamados «desiertos de seguros», áreas donde las aseguradoras han optado por abandonar el mercado debido al nivel elevado de riesgo y a la imprevisibilidad de los costes. Analistas de Moody’s y Morningstar advierten que esta tendencia podría dejar a miles de propietarios sin acceso a seguros asequibles, aumentando así la vulnerabilidad de las comunidades afectadas.

En respuesta, el Comisionado de Seguros de California, Ricardo Lara, ha implementado medidas de emergencia, incluyendo una moratoria que suspende las cancelaciones y no renovaciones de pólizas durante un año. Sin embargo, estas acciones representan solo un alivio temporal frente a una crisis que requiere un replanteamiento estructural más profundo.

Los desastres naturales no solo desafían la estabilidad de las aseguradoras, sino que también alteran el panorama económico global. La discusión debe avanzar más allá de las causas del cambio climático para enfocarse en cómo afrontar sus efectos inevitables.

Es crucial diseñar regulaciones adaptadas, promover incentivos para la resiliencia climática e invertir en infraestructura sostenible como estrategias esenciales para esta nueva realidad. Porque, al final, tanto quienes buscan explicaciones científicas como quienes las cuestionan enfrentan el mismo desafío: los costes de la inacción no distinguen entre ideologías ni fronteras.

Tres retos y muchas soluciones: el camino hacia la resiliencia climática

En un planeta cada vez más golpeado por la crisis climática, las soluciones no están escondidas bajo tierra ni en minas remotas como las de Groenlandia. Las verdaderas respuestas están frente a nosotros, en los ecosistemas que hemos descuidado durante décadas. Manglares, humedales, bosques y glaciares no son solo paisajes: son barreras vitales que protegen nuestras vidas y economías. Protegerlos no es únicamente un imperativo moral o ambiental; es una estrategia económica inteligente.

El camino hacia la resiliencia climática requiere enfrentar tres grandes desafíos: reconocer el valor de la naturaleza, reconectar a la sociedad con su entorno y coordinar esfuerzos entre sectores. Superarlos es posible con acciones decididas y estratégicas.

Reconocer el valor de la naturaleza más allá de lo evidente

Los incendios en California y las tormentas que arrasan costas a lo largo del mundo nos muestran, cada vez con mayor intensidad, que los ecosistemas no son solo recursos: son las infraestructuras naturales que sostienen nuestras vidas. Los manglares, por ejemplo, no son solo una línea de vegetación costera, sino una barrera que mitiga el impacto de las tormentas y las inundaciones. Los bosques no solo actúan como sumideros de carbono, sino que regulan el clima y evitan la propagación de incendios.

Es difícil valorar algo cuando no se entiende su función. Solo cuando un ecosistema desaparece, entendemos el coste real de su pérdida. En California, los incendios forestales no solo arrasan con paisajes, sino que ponen a la industria aseguradora al borde del colapso. Los ecosistemas, como los bosques, deben ser reconocidos por su valor integral, tanto ambiental como económico.

Reconectar a la sociedad con su entorno

La gente no cuida lo que no conoce, y este es el segundo gran reto: hacer que las personas reconozcan la importancia de la naturaleza en su vida cotidiana. Muchas veces no somos conscientes del papel crucial que desempeñan los ecosistemas hasta que nos enfrentamos a las consecuencias de su desaparición. La educación y la sensibilización son fundamentales para revertir esta desconexión.

Proyectos de reforestación participativa y la restauración de áreas verdes urbanas son algunas de las formas en las que las comunidades pueden involucrarse directamente en el cuidado de su entorno. No se trata solo de plantar árboles, sino de cultivar un sentido de pertenencia y responsabilidad. Cuando las personas se sienten parte de la solución, la acción colectiva se convierte en una poderosa herramienta para frenar la degradación ambiental.

Coordinar esfuerzos para maximizar el impacto

La crisis climática no puede ser solucionada por un solo actor, sector o país. Es un problema global que requiere una respuesta coordinada entre gobiernos, empresas, universidades y comunidades. Aquí entra en juego la tecnología, que puede ser la gran aliada para unir todas estas piezas.

Las herramientas avanzadas, como los modelos predictivos basados en inteligencia artificial generativa (IA), están revolucionando la gobernanza y también la manera en que gestionamos los riesgos climáticos. Estas tecnologías procesan datos en tiempo real sobre factores como clima, topografía y patrones históricos de desastres, generando recomendaciones específicas para intervenciones preventivas y la definición de políticas públicas basadas en datos, y no en intereses políticos, personales o cortoplacistas.

En universidades, centros tecnológicos e instituciones de investigación, estamos perfeccionando estas herramientas para que se adapten a las necesidades locales y sectoriales, ofreciendo soluciones dinámicas y escalables a nuestra economía y sistema político.

Un ejemplo innovador es el marco de resiliencia que estamos desarrollando en el Special Program for Urban and Rural Studies del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Este proyecto combina evaluaciones de riesgo en tiempo real con planes de acción diseñados específicamente para sectores vulnerables, como el asegurador.

La democratización de la resiliencia es el eje de esta iniciativa: hacerla accesible para todos. Estas estrategias no solo buscan reducir riesgos económicos, sociales y humanos, sino que también apuntan a disminuir costes, desde primas de seguros hasta las pérdidas económicas que se producen tras un desastre. Además, este enfoque innovador tiene el potencial de atraer financiamiento verde y conectar a los actores locales y globales con programas de resiliencia.

Más allá de la mitigación de riesgos, la iniciativa representa una oportunidad para transformar el desarrollo sostenible y preparar a las comunidades frente a un futuro cada vez más incierto, donde la resiliencia climática no debe ser ni un lujo ni una aspiración lejana, sino una necesidad urgente y una oportunidad transformadora para nuestras economías y comunidades.

Una llamada a la acción colectiva: hacia un futuro resiliente

Los incendios en California y otros desastres climáticos nos recuerdan una verdad ineludible: el cambio climático no espera. Sus efectos no son abstractos ni lejanos; están aquí, desafiando economías, ecosistemas y vidas humanas. Como sociedad, tenemos la responsabilidad de priorizar soluciones sostenibles y colaborativas. Invertir en resiliencia no es solo una decisión estratégica, sino un imperativo ético que asegura un futuro más sostenible para las próximas generaciones.

Es fundamental reconocer que estos desastres no son inevitables. La destrucción de ecosistemas, la deforestación masiva y la explotación de recursos naturales en lugares como Groenlandia no son obra de la naturaleza, sino de decisiones humanas, instrumentalizadas a través de políticas públicas. No podemos culpar a huracanes o terremotos por las crisis que, en muchos casos, hemos fomentado a través de la negligencia y la obsesión por beneficios económicos cortoplacistas.

En este momento crítico, el escepticismo hacia la acción no es una opción. La conversación debería ir más allá de las causas del cambio climático para centrarse en cómo prepararnos ante los impactos de los desastres que ya estamos viviendo. Estos impactos son tangibles en sectores clave de la economía global. Ya contamos con soluciones viables y probadas, como las soluciones basadas en la naturaleza y las tecnologías avanzadas, que pueden mitigar riesgos y transformar nuestra relación con el planeta. Lo que necesitamos ahora es determinación y gobernanza para implementarlas.

Este no es el momento de dudas ni de pasividad. Reflexionar sobre los errores del pasado es importante, pero el verdadero cambio se produce cuando transformamos esa reflexión en acción concreta. Necesitamos exigir políticas climáticas responsables, adoptar tecnologías que protejan en lugar de destruir, y restaurar ecosistemas como un medio de prevenir futuros desastres.

Si bien no podemos enfadarnos con las fuerzas de la naturaleza, sí debemos dirigir nuestra indignación hacia las decisiones humanas que nos han llevado a este punto crítico. Aún estamos a tiempo de cambiar el rumbo. La acción colectiva no es solo una opción; es nuestra única esperanza de construir un futuro más justo, sostenible y habitable.

Ahora nos toca elegir: ¿aceptaremos un mundo moldeado por la crisis climática, o tomaremos las riendas para diseñar un futuro donde la resiliencia y la sostenibilidad sean la norma?

*Miguel Alexandre Barreiro-Laredo es investigador en el MIT, profesor en IE University y asesor del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en la Unidad de Respuesta a Crisis. Sus proyectos combinan tecnología, sostenibilidad y empoderamiento comunitario para mitigar riesgos climáticos y promover economías inclusivas.

viernes, 29 de noviembre de 2024

EL ARMAGEDÓN


¿Cuándo tendremos el valor de detener la crisis climática?
El capitalismo está provocando la destrucción del planeta. Debemos buscar soluciones fuera —y en contra— de nuestro sistema económico.
Sally Rooney, 29.11.2024

Si seguimos quemando combustibles fósiles al ritmo actual, iremos sin remedio hacia el derrumbe apocalíptico de la civilización. Y lo más asombroso es que ya casi nadie discrepa seriamente de esta afirmación. No solo porque el consenso científico es abrumador, sino porque, cada vez más, nosotros mismos podemos ver personalmente las pruebas. Los fenómenos meteorológicos letales son cada vez más frecuentes y graves en todas partes. Los agricultores experimentan en carne propia las consecuencias del aumento de las temperaturas, la inestabilidad de los patrones climáticos y la pérdida de biodiversidad. La mayoría de los líderes mundiales se han comprometido a reducir las emisiones de carbono. “No se puede negar la ciencia”, dice Simon Harris, “el planeta está en llamas”. A pesar de ello, año tras año, los objetivos no se cumplen, los combustibles fósiles generan beneficios gigantescos y las emisiones mundiales de carbono siguen aumentando.

¿Cómo es posible? La humanidad parece estar atrapada en un siniestro combate a muerte y una lucha desesperada por sobrevivir. ¿Pero contra qué enemigo? ¿Qué poderosa fuerza es esa que está luchando por la extinción de la humanidad? Algunos quieren hacernos creer que somos nosotros, unas criaturas intrínsecamente codiciosas, condenadas a destruir todo lo que tocamos. Pero la verdad es que los seres humanos habitan la Tierra desde hace cientos de miles de años y no empezaron a emitir niveles peligrosos de dióxido de carbono hasta el nacimiento de la sociedad industrial, en el siglo XVIII. Y la mayor parte de ese incremento se ha producido hace muy poco. En una proporción abrumadora, durante las últimas décadas, cuando ya se conocía el peligro del cambio climático. Si la causa del calentamiento de nuestro planeta es la codicia humana, debe de ser una codicia especial, sorprendentemente tardía —dada la larga historia de nuestra especie— y de una fuerza inesperada. Pero quizá podemos darle un nombre más apropiado y concreto: capitalismo.

A diferencia de otras formas de organización de la vida económica, el sistema capitalista genera —y necesita— un crecimiento exponencial. Antes de la era del capitalismo industrial, la producción económica no solía variar mucho entre una década y otra, ni siquiera entre un siglo y otro. Un campo producía más o menos las mismas cosechas en 1200 que en 1600. La aparición del capitalismo cambió todo. Hoy, como en la época de la máquina de vapor, las economías capitalistas deben crecer sin parar, y no hasta alcanzar un supuesto estado final de abundancia perfecta, sino para seguir avanzando: más recursos, más producción, más consumo, siempre más. Crecimiento significa rentabilidad de la inversión, que es la base de la economía capitalista. Quienes tienen capital para invertir quieren que su dinero crezca, no porque son malévolos ni dementes, sino porque ese es el principio básico de la propia inversión. Como explica el filósofo político Kohei Saito, el capitalismo, sencillamente, no puede “desacelerar”. El impulso de crecer es el motor del sistema. Y ese motor, como casi todos los demás, funciona con combustibles fósiles.

Por supuesto, este panorama está incompleto. El carbón, el petróleo y el gas no son más que sustancias inanimadas, sin ninguna capacidad intrínseca de influir en nuestra economía. Para que los combustibles fósiles generen beneficios, la gente debe pagar por ellos o por los bienes que ayudan a producir. Y paga. Desde los vuelos de larga distancia hasta los coches de lujo, pasando por la moda rápida, los consumidores pudientes están encantados de profanar nuestro planeta a cambio de tener diversión y comodidad. Pero el consumo, en sí, por muy derrochador que sea, no genera ni necesita un crecimiento exponencial. Si una persona compra 10 camisas un año, no hay ninguna lógica económica que le obligue a comprar 12 o 15 el año que viene. El crecimiento es un principio del capitalista, no del consumidor. Y la diferencia entre las necesidades de las personas y las necesidades del capital es muy evidente. Aquí, en Irlanda, al mismo tiempo que muchas familias tienen dificultades para pagar el recibo de la luz, los centros de datos de las empresas privadas consumen más electricidad que todos los hogares urbanos juntos.

¿Y la democracia? ¿La democracia de quién? Al fin y al cabo, nuestro sistema político no es una democracia única mundial, sino una jerarquía desigual de naciones. En la práctica, un puñado de votantes en los estados bisagra de Estados Unidos tiene más poder para determinar la velocidad y la magnitud del calentamiento del planeta que los demás miles de millones de habitantes de la Tierra. Como es sabido, los colonos norteamericanos se rebelaron contra el hecho de que pagaban impuestos pero no estaban representados. ¿Es muy distinta la destrucción medioambiental sin derecho a representación? Incluso aunque las emisiones de carbono se repartieran de forma democrática —cosa que no ocurre—, ¿por qué los votantes de los países más ricos van a tener derecho a envenenar el aire, el mar, el suelo y los ríos de toda la Tierra? El carbono emitido en Estados Unidos y Europa causa estragos en Pakistán, Haití, Somalia y Filipinas, pero los habitantes de esos países no tienen derecho a votar en las elecciones estadounidenses ni europeas. Esta forma de organizar nuestra vida política colectiva se parece, más que a una democracia, a otro sistema político que en Irlanda conocemos bien: el imperio.

Sin embargo, las moléculas de carbono no saben de política electoral ni de soberanía nacional. El carbono presente en la atmósfera no respeta las fronteras, por muy armadas y vigiladas que estén. Podemos considerarnos ciudadanos de un país y miembros de una democracia nacional, pero, ante la destrucción de los ecosistemas planetarios, somos, sobre todo, habitantes de una misma Tierra. Sabemos que las personas más pobres del mundo —que trabajan en centros donde las explotan, campos y minas, para enriquecer aún más a los más ricos— son las que ya están sufriendo las primeras y más graves consecuencias climáticas. Pero no nos engañemos: esta crisis nos alcanzará a todos. Las inundaciones devastadoras como las que acaban de cobrarse cientos de vidas en Valencia son cada vez más frecuentes y catastróficas. También lo son las tormentas más dañinas. Solo en 2023, se calcula que murieron 47.000 europeos como consecuencia del calor extremo. Y esto no ha hecho más que empezar.

Los votantes preocupados por el futuro de la vida humana en la Tierra todavía pueden optar por apoyar a los pocos partidos de izquierda radical que intentan comprender la magnitud del problema, como People Before Profit en Irlanda. Por su parte, los consumidores preocupados por el clima pueden reducir su propio impacto en las emisiones de carbono volando menos en avión, comiendo menos carne o ninguna, comprando menos artículos innecesarios, y así sucesivamente. Estos gestos no son desdeñables, en absoluto, pero tampoco son suficientes para poner de rodillas a los grandes intereses dependientes de los combustibles fósiles. La destrucción del ecosistema mundial y el aumento de las temperaturas exigen que busquemos soluciones fuera —y en contra— del marco de nuestro sistema político actual. Si queremos que los niños de hoy tengan futuro en este planeta, no podemos seguir coloreando obedientemente dentro de los bordes marcados.

¿Qué nos queda entonces? ¿Protestas callejeras, cartas, campañas públicas? ¿Tirar sopa en las galerías de arte? Pero todas esas tácticas no sirven más que para influir en la opinión pública. Las multinacionales no están destruyendo la Tierra porque quieran ganarse las simpatías de la gente, sino para obtener beneficios. Si queremos un verdadero cambio, tenemos que estar dispuestos a poner en peligro esos beneficios y a aprender de quienes ya lo han hecho. Aquí, en el condado de Mayo, los activistas de la organización Shell to Sea se dedicaron durante más de una década a luchar contra la construcción de un gasoducto y una refinería que quería emprender Shell, el gigante de los combustibles fósiles. En 2005, empezaron a organizar piquetes en las obras, impedir la entrada de los trabajadores e incluso sabotear infraestructuras, por ejemplo, destrozando las pistas de madera tendidas sobre las turberas. Los manifestantes fueron objeto de represión violenta e intimidación a manos de la policía (la Garda) y la seguridad privada, pero aguantaron. En 2012 se calculó que los retrasos causados por las acciones de la comunidad habían triplicado el coste total del proyecto. Sí, el gasoducto acabó construyéndose. Pero, en una economía de mercado, solo pensar en el coste de los retrasos puede hacer que una inversión sea menos atractiva. Si un grupo local de activistas comprometidos puede suponerle a Shell un gasto de mil millones de euros o más, imaginemos cuánto podrían conseguir una docena o un centenar de grupos de ese tipo.

¿Qué da a las multinacionales el derecho a contaminar el aire que respiramos, drenar nuestras aguas subterráneas y agotar los menguantes recursos de nuestro planeta, mientras nos quita a los demás el derecho a impedírselo? Una idea concluyente: la propiedad privada. Como los ricos poseen cosas y los pobres no, es legal que los ricos destruyan la Tierra e ilegal que los pobres se lo impidan. En su libro de 2021 Cómo dinamitar un oleoducto, el teórico y académico sueco Andreas Malm escribió: “La propiedad no está por encima de la Tierra; no hay ninguna ley técnica, natural ni divina que, en esta emergencia, la haga inviolable”. O nos enfrentamos al sistema que está amenazando nuestra civilización, o “la propiedad nos costará la tierra”. Con cada año y cada mes que pasa, el argumento es cada vez más difícil de refutar. Sabemos lo que ya está ocurriendo a nuestro alrededor. Y sabemos lo que se avecina. ¿Cuándo vamos a tener el valor de detenerlo?

Quizá, en el mejor de los casos, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos nos recordarán con horror y se preguntarán cómo fue posible que tantos de nosotros —incluida yo misma— fuéramos tan pasivos, desorganizados y cobardes cuando sabíamos que estaba en juego su vida. Por supuesto, otra perspectiva muy verosímil es que no queden muchos vivos y no tengan tiempo para acordarse de nosotros en absoluto.
Soleado, *Vestida de domingo.

jueves, 7 de noviembre de 2024

7 PUNTOS SOBRE LA DANA

Foto de Pablo González-Cebrián donde se observa a dos vecinos de Paiporta cargando agua embotellada ante la falta de suministro de agua potable. Claro que lo de la falta de suministro puede indicar un sesgo político del periodista o, si me apuras, del fotógrafo; puede incluso no ser una foto actual, ni ser en España, ni siquiera en  Paiporta; puede que lo que carguen sea vodka para un botellón o estén en medio del rodaje de la serie sobre el 2º libro de Apocalipsis Z. ¡A saber!

Compartir información, reenviar whassaps o correos, recomendar alguna web, etc., es ahora una tarea de alto riesgo porque a) ¡a saber si lo que se comparte es cierto!, b) ¡a saber si van a llamarte tendencioso o vocero de X o Y (de unos o de otros). 
Un vídeo "objetivo" sobre la historia de Oriente Medio, Palestina, Israel y sus países limítrofes, es tendencioso según la fuente de la que se extraiga, por mucho que describa hechos históricos. Con la dana pasa lo mismo, que si éste es el vocero de aquél o del otro... En fin en la era de la desinformación y de los bulos, cada vez se hace más difícil cribar la información, o sea estar informado limpiamente. He aquí la paradoja del hambre y el restaurante: estoy famélico, pero la carta es tan grande que no sé qué pedir.
Todo nos ha convertido, al menos a mi, en cínicos desconfiados, pero aún así tenemos que seguir informándonos de la manera que estimemos para que no nos timen.

Tras la DANA: reflexiones sobre un fracaso que no debe repetirse
Alejandro Maceira, 04.11.2024

1 . El riesgo anunciado de la rambla del Poyo

La catástrofe en l’Horta Sud, una comarca valenciana densamente poblada que agrupa municipios cercanos a la capital y de larga tradición agrícola, se enmarca en una serie de fenómenos meteorológicos que han ocurrido históricamente en la región. Sin embargo, según el consenso científico, el cambio climático está intensificando tanto la frecuencia como la magnitud de estos eventos, convirtiendo episodios naturales como esta DANA en sucesos cada vez más destructivos. Aunque el cambio climático no es la causa directa de estas lluvias torrenciales, actúa como un amplificador que agrava sus efectos y aumenta sus consecuencias en términos de daños y vulnerabilidad.

En la Comunidad Valenciana, los riesgos asociados a cauces y barrancos vulnerables son bien conocidos. La rambla del Poyo, un arroyo que en condiciones normales permanece seco o con un caudal mínimo, ha sido considerada durante décadas como una amenaza latente debido a su capacidad para transformarse en un torrente incontenible durante lluvias intensas. Este cauce, que nace en las montañas de Cheste y Chiva y atraviesa localidades como Torrent, Paiporta y Catarroja antes de desembocar en l’Albufera, figura marcado en rojo en los planes de ordenación territorial como una de las áreas de mayor riesgo.

El pasado 29 de octubre, el Poyo alcanzó un caudal sin precedentes, superando los 2.200 metros cúbicos por segundo, casi cinco veces el máximo histórico. Desde primeras horas de la mañana, el flujo aumentó rápidamente hasta llegar a alcanzar un caudal superior al de grandes ríos en condiciones normales. Esta fuerza incontenible desbordó el cauce y se vio intensificada por infraestructuras como carreteras y vías de tren que obstaculizan el flujo natural hacia l’Albufera. Este “efecto embudo” elevó la presión sobre municipios como Paiporta, Sedaví y Catarroja, donde la situación se salió de control en pocas horas.

2 . Medidas diseñadas, pero no ejecutadas

A lo largo de las últimas décadas, se han planificado acciones para reducir el riesgo de inundaciones en la Comunidad Valenciana, especialmente en áreas vulnerables como el Poyo y el barranco de la Saleta. Un ejemplo de estas medidas es el plan para construir un cauce alternativo que conecte la rambla del Poyo con el nuevo cauce del Turia, acompañado de sistemas de drenaje y un azud de derivación. Este conjunto de obras, diseñado para reducir el riesgo de desbordamientos en municipios como Paiporta, Alaquàs y Aldaia, ha quedado incompleto debido a la falta de financiación y continuos retrasos administrativos.

Las restricciones presupuestarias y la escasa prioridad política otorgada a estos proyectos han frenado su desarrollo, postergando obras que habrían podido mitigar significativamente el impacto de lluvias extremas como las recientes.

3 . Infraestructuras clave: lo que sí funcionó y evitó una tragedia mayor

A pesar de la enorme devastación que ha dejado la DANA en la Comunidad Valenciana, algunas infraestructuras cruciales demostraron su efectividad para mitigar el impacto en áreas urbanas. En particular, la ciudad de Valencia se salvó de una catástrofe gracias a dos obras esenciales de ingeniería: el nuevo cauce del río Turia y el embalse de Forata.

El nuevo cauce del Turia: una salvaguarda esencial

El desvío del Turia, comúnmente conocido como Plan Sur, fue una obra monumental creada tras la trágica riada de 1957, que dejó una profunda marca en la historia de Valencia. Esta solución consiste en un cauce alternativo de más de 11 kilómetros, diseñado para desviar el agua alrededor de la ciudad, con capacidad para manejar hasta 5.000 metros cúbicos por segundo. Durante esta DANA, el nuevo cauce absorbió grandes volúmenes de agua, acercándose a su capacidad máxima, y así evitó que el río se desbordara y llegara al núcleo urbano.

La creación de este cauce ha demostrado ser una salvaguardia esencial, protegiendo a Valencia de inundaciones y evitando la repetición de una tragedia similar a la de hace más de 60 años.

El papel estratégico del embalse de Forata

Otra infraestructura clave en este episodio ha sido el embalse de Forata, situado en el río Magro, que jugó un papel fundamental en la reducción del impacto de la crecida en áreas ubicadas aguas abajo. Construido en 1969, el embalse tiene una capacidad de 37 hectómetros cúbicos y, durante la DANA, soportó la entrada de casi 20 hectómetros cúbicos en tan solo tres horas. Este volumen de agua, retenido en Forata, disminuyó significativamente la presión en el cauce del Magro y ayudó a proteger zonas habitadas, reduciendo el riesgo de desbordamientos más graves. En este evento, el embalse actuó como un importante freno para el caudal desbordado en el río, contribuyendo de manera decisiva a limitar los daños.

El funcionamiento exitoso de estas infraestructuras subraya el valor de la ingeniería preventiva y la planificación hidrológica a largo plazo, confirmando que una inversión estratégica en infraestructura puede marcar la diferencia en la protección de las ciudades frente a fenómenos meteorológicos extremos.

4 . Una amenaza que no se puede eliminar, pero sí mitigar

Aunque no se puede eliminar la amenaza de fenómenos meteorológicos extremos, sí es posible mitigar su impacto con una planificación rigurosa y, sobre todo, con inversiones sostenidas en infraestructuras. Las directrices europeas y nacionales para la ordenación del territorio y la gestión del riesgo de inundación llevan décadas en vigor, pero su ejecución efectiva sigue posponiéndose, dejando a la población vulnerable ante eventos que, en un contexto de cambio climático, son cada vez más frecuentes y violentos.

Este episodio de lluvias extremas también pone de manifiesto los riesgos de una urbanización acelerada en áreas tradicionalmente vulnerables a las inundaciones. Desde la gran inundación de los años 50 en Valencia, muchos municipios periféricos, antes pequeños y poco poblados, se han integrado en el área metropolitana, ocupando zonas que actuaban como espacios naturales de drenaje. El crecimiento de la población y la demanda de viviendas asequibles han impulsado el desarrollo en terrenos proclives a las crecidas. Esta situación hace necesario reflexionar sobre si los riesgos de inundación han sido suficientemente considerados en estos planes de expansión urbana. La falta de previsión en la ordenación del territorio, al no priorizar el riesgo en las decisiones de desarrollo, ha convertido muchas zonas habitadas en puntos vulnerables frente a inundaciones cada vez más frecuentes.

5 . La DANA política

Además del desastre natural, hemos asistido a un espectáculo político que añade una capa de frustración para los ciudadanos. Esta “DANA política”, con su fenómeno de acusaciones cruzadas y reproches, parece ganar intensidad con cada desastre. Como en Los garrotazos de Goya, las figuras atrapadas en su propio enfrentamiento se golpean sin sentido, sin advertir que el fango los rodea y que ambos se hunden.

Este intercambio de recriminaciones entre administraciones y partidos, lejos de aportar soluciones, contribuye al desencanto ciudadano y da alas al populismo. Prometer soluciones milagrosas y simplistas es ignorar la complejidad de los problemas y la responsabilidad compartida que requieren. En lugar de buscar culpables individuales, necesitamos una revisión profunda de los procesos, clarificación de competencias y, sobre todo, una asunción de responsabilidades que permita hacer cambios efectivos y evitar que algo así vuelva a suceder.

Comprendo la frustración de quienes ven en esta situación una señal de “estado fallido”. Sin embargo, no comparto esta visión, especialmente en el ámbito de la gestión de recursos hídricos. En España, contamos con técnicos altamente capacitados en las Confederaciones Hidrográficas, Ministerios, Comunidades Autónomas y Agencias Meteorológicas. A esto se suma el valioso conocimiento aportado desde universidades y centros de investigación, que ofrecen una base científica y técnica de primer nivel para enfrentar estos desafíos. Además, en el sector privado, disponemos de ingenierías, constructoras y gestores de servicios con profesionales, tecnología y experiencia necesarias para implementar planes y medidas eficaces.

El problema no radica en la falta de capacidad o talento, sino en la insuficiente coordinación y uso efectivo de estos recursos. No necesitamos “salvadores”; necesitamos una respuesta eficaz que, además de reconocer los errores, asuma responsabilidades y ejecute los ajustes necesarios para evitar que una tragedia así se repita.



6 . La importancia de una comunicación preventiva y eficaz

Además de mejorar las infraestructuras, resulta esencial adaptar la comunicación de riesgos a todos los canales disponibles, aprendiendo de los recientes errores que dificultaron la respuesta de la población. La falta de información clara y oportuna en esta última catástrofe sumió a muchas personas en la incertidumbre, sin saber cómo actuar ni dónde encontrar refugio. Los mensajes deben difundirse de inmediato y de manera comprensible, empleando redes sociales, alertas personalizadas y otros medios que alcancen a todos los sectores de la sociedad, en especial a los más vulnerables.

Para alcanzar esta transformación, resulta imprescindible una revisión profunda de los protocolos de alerta, con la participación de meteorólogos, hidrólogos, especialistas en protección civil y profesionales de la comunicación. Aunque la información meteorológica es esencial, no debe ser el único factor en los avisos, que deberían generarse de forma coordinada y constante. La población debe recibir actualizaciones en tiempo real, a través de dispositivos móviles y medios de comunicación, sobre lo que ocurre o puede ocurrir, cómo podría afectarla y qué acciones tomar.

También es importante señalar que la falta de coordinación entre organismos y administraciones generó mensajes confusos y, en ocasiones, contradictorios. Un sistema de comunicación organizado y fiable podría haber evitado estas contradicciones, orientando a la ciudadanía y minimizando los riesgos. Además, es necesario reflexionar sobre la implementación de medidas obligatorias en situaciones de alerta roja para proteger mejor a la población. Aprender de estos errores resulta fundamental para fortalecer el sistema de alerta y reducir significativamente los daños en futuros desastres.

7 . Una hoja de ruta para evitar futuros desastres

Esta DANA ha expuesto con contundencia las grietas en nuestra preparación y en la aplicación de medidas que hace tiempo deberían haber sido prioritarias. Aunque contamos con el conocimiento, la tecnología y los recursos necesarios, ha faltado una implementación adecuada, coordinada y eficaz. Las infraestructuras de drenaje y protección se han revelado insuficientes frente a la magnitud de los fenómenos actuales, y el desarrollo urbanístico en zonas de riesgo sigue siendo una amenaza latente.

Para evitar que esta catástrofe se repita, debemos actuar en varios frentes. En primer lugar, es urgente que las políticas de ordenación del territorio prioricen la seguridad y la sostenibilidad, restringiendo la construcción en áreas vulnerables y adaptando las infraestructuras en zonas de alto riesgo. La revisión de los planes territoriales debe incluir zonas de amortiguación y regulaciones estrictas en áreas inundables.

En segundo lugar, necesitamos una inversión decidida en infraestructuras de control de inundaciones, como drenajes sostenibles, embalses y otras soluciones de laminación de caudales que alivien el impacto de lluvias extremas. Asimismo, urge mejorar la coordinación entre administraciones y confederaciones hidrográficas para que las decisiones técnicas puedan aplicarse con mayor agilidad y cohesión.

Por último, la comunicación preventiva debe ser clara, creíble y accesible. Las alertas y mensajes a la ciudadanía han de llegar de manera oportuna y comprensible, utilizando múltiples canales, como redes sociales y alertas móviles personalizadas, para reducir el riesgo de confusión y garantizar que la población esté informada y sepa cómo actuar en situaciones de emergencia.

Desde iAgua buscaremos, como siempre, ser un espacio para el debate constructivo y un enlace entre técnicos y gestores, contribuyendo a identificar soluciones sólidas para el futuro. Conscientes de la gravedad del momento, dedicaremos el próximo número de iAgua Magazine, que se publicará en diciembre, a esta crisis y sus aprendizajes. Profundizaremos en los análisis y compartiremos ideas para avanzar hacia un entorno más resiliente, en el que el bienestar y la protección de las personas sean prioridades, y nos preparemos mejor frente a los retos de la naturaleza.

No me cabe duda de que todos los profesionales y entidades del sector del agua pondrán todos los recursos a su disposición para apoyar tanto en estos momentos críticos como en el esfuerzo de reconstrucción que vendrá después.

Por último, queremos reiterar nuestras más sinceras condolencias a las familias afectadas y reafirmar el deseo de que la recuperación empiece pronto, con el compromiso firme de no dejar a nadie atrás. Que este difícil momento sea también el comienzo de un camino hacia un futuro más seguro para todos.

Música de Pergolesi para "animar" tanta negritud.
*Stabat Mater Dolorosa. P.77-I

EXPLICANDO LA DANA (GOTA FRÍA)

jueves, 11 de abril de 2024

COMO LAS MEIGAS


Ya se venía venir ayer, tres grados más a las 5 de la mañana. Hoy, a la misma hora, 21°, no nos queda nada. "Un episodio excepcional de calima", replican las noticias. ¿Cuánto va a durar este calor? La pregunta del millón.
Ya tengo la vajilla, cambia definitivamente de emplazamiento el viernes. Gracias. Nos resta estibar el coche, cosa que haremos también mañana, antes de embarcar.
Hablábamos ayer de la ansiedad y, entre una cosa y otra, terminamos la conversación con la depresión. Palabras que se repiten, no siendo siempre las idóneas. ahora, como las meigas, haberlas haylas.
"Tú lo que tienes que hacer es tomarte la vida de otra manera", me dice el compañero de trabajo, el amigo, el de la tienda, el mancebo de la farmacia, el del bar y hasta ¡el psiquiatra! La ansiedad es falta de control, es falta de madurez, es no saber lidiar con los problemas, bla bla bla.
Hay que joderse, ¿cómo no se me había ocurrido antes? Me debí haber perdido la clase en el máster de psicología al que tampoco me he apuntado nunca.
Pero, tic tac, el tiempo pasa y algunas veces, el amigo, el de la tienda, el mancebo de la farmacia, el del bar y el psiquiatra la sufren en sus carnes, cosas más raras se han visto. Y he aquí que donde dije digo digo Diego. Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir.
Volviendo al tiempo, parece que esta ola de calor y calima y viento y aterrizaje alienígena (que igual sería la solución) va a durar poco, mejor así. Espero, por justicia divina, que si me gocé aquellas 4 horas dentro del barco volviendo de GC bajo no-sé-qué perturbación atmosférica con nombre de mujer, el viernes el mar esté como un plato.
Me apetece, después de ésta que escucho ahora y que comparto, pasarme a la copla de Concha Piquer esta mañana de jueves con sabor a viernes. 
Stereophonics, *Maybe tomorrow.

sábado, 2 de diciembre de 2023

Y NO ES UNA PELÍCULA

Negacionismo climático: Isabel Díaz Ayuso, Shakespeare y la Pequeña Edad de Hielo
Los expertos se interesan cada vez más por los efectos que el cambio climático tiene sobre la historia humana.
Guillermo Altares. 30-NOV-2023

El negacionismo climático se podría resumir con aquella vieja frase de Groucho Marx: “¿A quién va a creer, a mí o lo que ven sus ojos?” (y, además, al 99,99% de los científicos de todo el mundo). Pero no se trata de una corriente de pensamiento clandestina. Numerosos políticos de primera fila —y no solo de la ultraderecha— niegan evidencias ancladas en millones de datos científicos. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y una de las voces con mayor predicamento del Partido Popular, recurrió a Marx (pero no a Groucho, sino a Karl) para negar las causas del cambio climático cuando afirmó en 2022 que “desde que la Tierra existe” ha habido cambio climático. Y que la izquierda no puede “seguir contra la evidencia científica porque tienen en su cabeza el comunismo”.

Lo interesante de las declaraciones de Ayuso es que tiene razón en una cosa: desde que la Tierra existe, efectivamente, ha habido cambio climático. Lo que no consideró oportuno señalar es que, durante los periodos en los que se han producido fuertes fluctuaciones de las temperaturas o las precipitaciones, la humanidad ha padecido desastres sin límite, extinciones, hambrunas, migraciones forzosas y cataclismos. Eso, además, no tiene nada que ver con el consenso que existe en la comunidad científica de que el cambio climático actual es consecuencia de las emisiones producidas por el ser humano desde la era industrial y que nunca se había producido una transformación del clima a esta velocidad. Ningún científico serio lo pone en duda porque los datos son irrefutables —menos para Trump y páginas de internet de teorías de la conspiración—.
La semana pasada falleció a los 94 años el historiador francés Emmanuel Le Roy Ladurie, medievalista, miembro de la Escuela de los Anales —que cambió el foco del estudio del pasado para centrarlo en la vida cotidiana— y uno de los pioneros en la historia del clima. Su libro Histoire du climat depuis l’an mil (Historia del clima desde el año mil, Flammarion) recopila, en casi 700 páginas, toda una vida de investigaciones sobre los cambios en el clima, utilizando todo tipo de fuentes (estudia por ejemplo las cuentas anuales del obispo de Winchester y la relación entre el tiempo y las malas cosechas o los datos de la vendimia en el siglo XIX).

Paisaje nevado con patinadores y trampa para pajaros' (1601), de Pieter Brueghel el Joven. 
BRANDSTAETTER IMAGES (GETTY IMAGES)

La evolución de su pensamiento —basada siempre en los datos, nunca en las opiniones— resulta muy interesante: en sus primeros estudios consideraba que no había suficientes evidencias en Europa para demostrar que el clima hubiese influido de manera decisiva en la historia. Sí, en cambio, en Estados Unidos: citaba los estudios de R. Woodbury en Nuevo México y Arizona, que demostraban, gracias a la arqueología, que una cultura que había logrado grandes producciones agrícolas en el desierto durante lo que se llamó el periodo cálido medieval —una época de estabilidad climatológica entre 700 y 1200— comenzó a sufrir sequías hasta su desaparición entre los siglos XIV y XV, coincidiendo con un claro empeoramiento en el tiempo en todo el mundo. Por empeoramiento entiende que el clima deja de ser previsible, como ocurre en la actualidad.

Sin embargo, en plena crisis climática, en el siglo XXI, Le Roy Ladurie ya no tiene ninguna duda: “Al estudiar la historia rural, descubrí la importancia de las crisis de subsistencia que, en el pasado, causaron millones de muertos. Se debían en gran parte al clima, aunque nadie lo había visto desde ese ángulo”, explica en una entrevista que encabeza la última edición del libro (2020). “Las hambrunas y los elementos políticos, económicos o sociales que las han acompañado se deben muchas veces a la combinación de guerras y malas cosechas. Sí, el clima puede cambiar nuestro destino”, señalaba el sabio francés.

En su estela, numerosos autores han publicado en los últimos años libros que analizan la relación entre el clima y los peores momentos de la humanidad, obras como El motín de la naturaliza (Anagrama), de Philipp Blom, o Climate Change And The Course Of Global History. A Rough Journey (El cambio climático y el curso de la historia global. Un viaje accidentado, Cambridge University Press), de John L. Brooke; además de clásicos anteriores como La Pequeña Edad de Hielo (Gedisa), de Brian Fagan, o El siglo maldito (Planeta), un ensayo de 1.200 páginas de Geoffrey Parker sobre el efecto del clima en las catástrofes del XVII.

'Las cuatro estaciones (invierno)', de Pieter Brueghel el Joven. 
UNIVERSAL HISTORY ARCHIVE (UNIVERSAL HISTORY ARCHIVE)

Los científicos siguen debatiendo por qué se produjeron esas oscilaciones en el clima; pero nadie duda de que su influencia sobre los destinos humanos fue terrible. La llamada Pequeña Edad de Hielo —entre 1300 y 1850, con un tiempo especialmente inclemente entre 1645 y 1715— fue cataclísmica para la humanidad: pestes, guerras de religión, hambrunas… También durante aquellos siglos estalló la Revolución francesa y se fabricaron los mejores violines de la historia. Stradivari pudo construir sus instrumentos con una madera que, por el ciclo de crecimiento muy lento de los árboles, producía un sonido único, como explica Parker. No hay, naturalmente, una sola causa, pero está claro que la influencia del clima fue determinante. Nada refleja aquella época de frío y terror como los paisajes invernales de los maestros flamencos como Pieter Brueghel.

En una entrevista en un podcast de The New York Times, conducida por el periodista David Wallace-Wells —autor de uno de los libros más inquietantes sobre el futuro que nos espera si no tomamos decisiones rápidas y rotundas, El planeta inhóspito (Debate)—, la climatóloga Kate Marvel explicaba que estaba realizando una investigación sobre la Pequeña Edad de Hielo, lo que le había llevado a tener una visión muy diferente de las Cazas de Brujas, durante las que miles de mujeres fueron quemadas vivas.

“Si nos fijamos en la historia de la Pequeña Edad de Hielo especialmente en Europa, las cosas empiezan a ponerse muy feas”, explicaba Kate Marvel. “Se empieza a ver un aumento de los conflictos religiosos. También se producen las quemas masivas de brujas. Muchas veces, las mujeres que son quemadas o colgadas son acusadas por algo que le han hecho al clima: han provocado una tormenta, destruido las cosechas. Es fascinante observar los vínculos entre el clima que se vuelve extraño y los impactos culturales que se derivan de él”.

Una de las citas más famosas de Macbeth reza: “El mal es bien, y el bien es mal / cerniéndose entre la niebla y el aire sucio” (traducción de Luis Astrana Marín). En la obra de Shakespeare, las brujas están relacionadas con el mal tiempo: “¿Cuándo volveremos a encontrarnos las tres en el trueno, los relámpagos o la lluvia?”, reza otro famoso verso de un texto escrito cuando Europa estaba sometida a un clima imprevisible y frío, que arruinaba cosechas y provocaba hambrunas. “A lo largo de la obra, cuando aparecen las brujas, siempre hay truenos, lluvia o algún tipo de mal tiempo”, señala Kate Marvel. Macbeth se estrenó a principios del siglo XVII, en los peores momentos de la Pequeña Edad de Hielo. La diferencia con lo que ocurre en la actualidad es que alguien está cambiando el tiempo, a una velocidad imprevisible, pero no son las brujas: somos nosotros mismos. Queramos verlo o negarlo.

miércoles, 7 de junio de 2023

UNA COSA O LA OTRA


Intentar no leer, hablar, pensar en política es un reto muy difícil, casi imposible, pero aún lo es más intentar desconectar de los amigos conspiranoicos, que como las meigas, haberlos haylos. Uno de ellos me escribe cada día adjuntando noticias y vídeos donde se pone en tela de juicio todo lo que parece ser obvio y he de reconocer que muchas veces me hace dudar seriamente. ¿Y si todo lo que nos han contado es mentira? ¿y si vivimos todos engañados?
Matrix o no Matrix, la cosa está muy seria, lo niegue mi amigo F o el inefable Miguel Bosé: llueve cada vez menos, o caen trombas que lo inundan todo, el calor se extiende, los incendios, los embalses se vacían, lo animales se extinguen. Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva. Los pajaritos cantan, las nubes se levantan. Que sí, que no, que caiga un chaparrón con azúcar y turrón.
Las noticias sobre el cambio climático son abrumadoras y, a pesar de los pesares y de los negacionistas -¿qué habrá sido del primo de Rajoy?- el deshielo en el ártico es tan evidente que no hago sino pensar qué pasará con los osos polares, para empezar; me consuela pensar en que no se habla, aún, de Groenlandia. Anoche lo que leí era desalentador, no se me quita de la cabeza: un estudio apoyado en observaciones de satélites de la NASA y la ESA y un sofisticado modelo climático pronostica que, entre 2030 y 2050, llegará el primer septiembre sin hielo. Y si no se reducen las emisiones de efecto invernadero (GEI), en 2100 la región ártica quedará libre de hielo casi medio año.
Quizá la solución sea pensar que todo es mentira, ¿viviremos de esa manera más felices?
Rachmaninoff, *Morceaux de fantaisie, Op.3