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jueves, 30 de abril de 2026

LOS DIBUJOS LO DICEN TODO

Uno de los dibujos que la niña, ahora de siete años, ha hecho sobre las tres personas que trabajaban en ese centro.

Una madre que ha denunciado violencia sexual contra su hija en el colegio Waldorf de Zaragoza: “Contarlo puede ayudar a otras personas”
Diez familias han denunciado agresiones sexuales y físicas a menores de entre 0 y 6 años en ese centro privado. El caso está en instrucción desde septiembre y la investigación a cargo de la Policía Nacional.
Isabel Valdés, 30.04.2026

Llega con un clasificador azul lleno de fundas de plástico transparente y un bloc de pintura el mismo día que su hija cumple 7 años. Dentro está todo lo que ha ido guardando desde hace meses: las transcripciones de las conversaciones con ella, de los vídeos y los audios que le ha grabado mientras la niña le explicaba cosas que recordaba, dibujos que ha hecho en los que hay un hombre con sangre en la boca y al que se le distingue claramente la bragueta del pantalón que parece semiabierta, otro en el que aparece una mujer con una soga, o uno con una niña en una jaula, u otra rodeada de medicamentos y utensilios médicos. Están también todos los documentos policiales, médicos, judiciales y legales, todo lo que esta mujer de poco más de 40 años y su marido han entregado a su abogada, a la policía y al juzgado.

Esta pareja son una de las 10 familias que, desde septiembre pasado y hasta ahora, han denunciado agresiones sexuales contra sus hijos e hijas por parte de un trabajador del colegio privado Waldorf Munay de Zaragoza, un centro fuera de la red institucional, de enseñanza alternativa ―más centrada en la libertad del alumnado que en objetivos cerrados― con entre 20 y 30 menores de entre 0 y 6 años por curso desde que abrió, en 2017. Una docena de ellos, cuyos padres y madres ya han denunciado, han contado en los últimos meses a agentes policiales y distintos especialistas no solo violencia sexual, sino también física, y han hablado de momentos en los que los grababan con un móvil.

“A veces creo que todo eso no ha pasado, que es irreal”, dice la madre sentada en una cafetería de la capital aragonesa. En una conversación con este periódico, hace un relato pormenorizado de las violaciones y abusos que han denunciado los familiares de estos niños. “He escuchado muchas cosas estos meses que me ha costado semanas y semanas asimilar”, reconoce.

El caso está en el Juzgado de Instrucción número 11 de Zaragoza y la investigación a cargo de la Unidad de Familia y Menores de la Policía Nacional. El extrabajador fue detenido el 5 de septiembre y puesto en libertad provisional tras prestar declaración. Él es la pareja de una de las dos fundadoras y profesoras del centro, que son hermanas.

En octubre, ambas emitieron un comunicado en el que alegaron “sorpresa”, informaron de que habían “colaborado activamente” desde un primer momento con las autoridades, aseguraron que contaban con “protocolos de cuidado y supervisión” que iban a ser “revisados y reforzados”, y desmintieron que el colegio fuera a ser clausurado. La escuela cerró un mes después. El pasado 26 de marzo, tras meses de trabajo policial, una de esas dos profesoras fue llamada a declarar como investigada.

Pese a que una de las familias que denunció el caso pidió prisión provisional y otra alejamiento, según José María Bayod, el abogado de una de las maestras y el otro investigado, a él, el juez le retiró el pasaporte con la condición de ir cada 15 días a firmar por considerar que no existe “riesgo de fuga ni de reincidencia”. Mientras que, para la educadora, “aún no ha tomado ninguna decisión”. Además, aseguró que ambos “han abandonado su casa por acoso”.

Fuentes cercanas a la investigación, que dura ya ocho meses, explican que aún quedan muchas pruebas que practicar y testigos por declarar. La edad de los menores, y lo que narraban o lo que presentaban a través de distintos síntomas, hizo que a finales de enero se desplazara desde Madrid hasta Zaragoza un equipo de la Sección de Análisis de Conducta de la Policía Judicial ―la Guardia Civil cuenta con otra―, un grupo de especialistas en psicología criminalista que se ocupa de los casos de mayor gravedad y complejidad. Pasaron muchas horas durante varios días entrevistando a los niños y niñas y a sus familias.

El relato de “un infierno”

La madre que ofrece este relato ―a la que este periódico va a preservar tanto su identidad como la de su hija― empieza a hablar y lo hace, sin parar, durante dos horas y 38 minutos. Al por qué quiere hacerlo, contesta: “Para que no se vuelva a repetir. Creo que contarlo puede de alguna forma ayudar a otras personas. Voy a dedicar mi vida a que ella y mi otro hijo estén lo mejor posible y a intentar hablar de esto para que otros estén más seguros”. No usa en ningún momento ningún eufemismo. Sabe que lo que va a relatar “es un infierno” que quiere, y necesita, que “la sociedad entienda”.

Empieza por el principio porque, si no, dice que va saltando de una cosa a otra. El principio es el 30 de agosto de 2025, cuando una madre de otro menor de ese colegio le llamó para contarle que se habían producido episodios de violencia sexual: “Pensé que mi hija se había librado. Ella estuvo en ese colegio entre 2022 y 2023, entre los 3 y los 4 años”.

Pero también, de forma inmediata, recordó por qué solo había durado un curso en ese centro del barrio zaragozano del Arrabal: “Entró en septiembre de 2022 y en diciembre tenía ansiedad y su carácter había cambiado completamente. Ya no quería ir; me contaba que había un monstruo en el baño y que nunca iba porque le daba mucho miedo. Cuando íbamos a recogerla, lo primero que hacía al salir era hacerse pis encima”. Y ella, que sabe que hay sonidos que le molestan mucho, pensó que quizás era el ruido de tirar de la cadena o de tuberías lo que la asustaba. Ahora sabe que no.

Un dibujo sobre las emociones que la menor hizo el pasado 23 de abril. Le contó a su madre que había dibujado "lío, miedo, enfado y tristeza".

Empezaron a multiplicarse los cambios: pesadillas, se mordía las uñas, la camiseta, mordía piedras, lloraba durante horas, no hablaba. Cuenta que le preguntaron a la profesora si sabía qué estaba pasando, que les respondió que “era una niña sensible y que seguro que tenía celos porque ella iba al cole y su hermanito, que era un bebé, se quedaba con su papá y su mamá”.

Al poco de aquello, les contó “que no le gustaba cómo limpiaban a los bebés”, sin dar ningún otro detalle. Y un día, volviendo a casa, les narró una situación con otras dos compañeras en el patio; le preguntó por qué no había pedido ayuda a su profesora y le contestó que su profesora le daba miedo.

“Ahí dije: ‘Hostia, algo pasa, pero no contaba nada más”, narra mientras ojea el clasificador para comprobar que las fechas que va dando son correctas. Cuenta que empezaron incluso a no dormir de la preocupación que les provocaba saber que algo ocurría, pero no saber qué: “El día que nos dijo que si lloraban los sacaban al patio y que ya no quería volver más, la profesora nos volvió a negar todo. Decidimos que la creíamos a ella. Y la sacamos de allí. Fue en junio de 2023. Otros padres nos miraron como si estuviésemos locos. Y una vez fuera, fue volviendo a ser ella”.

“He escuchado cosas que me ha costado semanas asimilar”

Para de hablar y coge aire. Vuelve a 2025, al momento en el que esa otra madre la llamó. Ella, como el resto de familias, pensaba que el extrabajador investigado era “el cocinero, pero no alguien en contacto con los niños y las niñas”, separados en dos grupos: uno de 0 a 3 años y el otro de 3 a 6 años, a los que daban clase las dos profesoras.

Empezó entonces a intentar preguntarle cosas con cuidado. La niña, que en septiembre ya tenía 6 años, le daba respuestas sueltas que la mantenían en alerta constante: “Me dijo que a veces ya no se quería acordar, que la mente, cuando algo duele mucho, pues lo olvida. Ahí llamé a la psicóloga, porque, ¿por qué mi hija de 6 años me estaba dando la definición perfecta de trauma?”. La llevó a la especialista, que le ayudó con la gestión de los recuerdos que pudieran seguir apareciendo. Y aparecieron. Poco a poco, en casa o cuando iban en el coche, la niña fue recordando cosas que su madre intentaba siempre grabar.

Desbloquea el móvil y busca uno de esos vídeos. Se inclina sobre la mesa para explicar qué está apareciendo y enlaza, sin pausa, con muchas otras cosas que no salen en ese vídeo, pero sí en otros.

Ella —avisa antes de contarlas— sabe que son de una violencia sexual extrema: “Se fue a buscar una muñeca, y me dice: ‘Mira, me sujetaba así’, y en una hora, del tirón, me cuenta varias violaciones, de él y también de su profesora. Tú tienes que darle seguridad y no llorar y no gritar y escucharla”, confiesa. Esas son las cosas que le cuesta asimilar.

Cosas como que “les introducía objetos, que él se bajaba los pantalones en el baño porque decía que iba a hacer caca, pero que la sentaba encima de él, con el pene fuera, y frotaba, y luego la manchaba y le echaba un líquido dentro de la vagina. Me habló de jeringas, de que le decían que, si no se portaba bien, le iban a dar la medicación de dormir hasta que llegaran los papis. Que les hacían hacer pis en botecitos y en tiras de papel. Que él le daba besitos en la boca: ‘Así, mami: muack, muack’. Y que tenía una herida en el pene que había que curar, y después abrazarlo y darle besitos todos los días”.

“De la profesora, contaba también que los zarandeaba tan fuerte que los tiraba al suelo. Que les hacían fotos cuando les castigaban o les hacían daño. Les enseñaban en el móvil imágenes de cuerpos desnudos, con heridas; hacían como espectáculos de teatro que les daban miedo, y se ponían máscaras con sangre para asustarlas. Creo que de ahí los dibujos que hace de ellos, con sangre en la boca”, cuenta.

Otro de los dibujos de la niña, del pasado febrero, en el que pintó a una de las personas denunciadas en la cárcel.

Todo ese relato consta en la ampliación de la denuncia que esta madre y su pareja, el padre, hicieron el 19 de enero con lo que la niña había ido recordando en esos meses. Y la ratificaron. Solo dos días después les tocó la entrevista con la Sección de Análisis de Conducta (SAC) de la Policía Nacional. Ella estuvo tres horas y media, tres su pareja: “Y mi hija estuvo otras tres hablando sin parar con dos mujeres a las que no conocía de nada. Es un equipo de la hostia”. Una semana después, el 28 de enero, fue el turno para la cámara Gesell, en el Instituto de Medicina Legal de Aragón.

Esa cámara es una sala preparada para tomar declaración a menores o mujeres en situación de extrema vulnerabilidad, con todos los especialistas necesarios presentes para formar lo que se llama prueba preconstituida, un testimonio que sirve para el juicio sin que las víctimas tengan que volver a declarar. Y fue dura: “Desde fuera, veía cómo tenía que explicarles con su propio cuerpo lo que le habían hecho, aunque yo le había dado la muñeca para que contara sobre ella lo que tuviese que contar. Yo solo pensaba: ‘Que acabe esto ya’. Vi que no quería estar allí, que no estaba cómoda. Me sentí como el culo, la verdad”. Ambos informes, tanto el de la SAC como el del Instituto de Medicina Legal, llegarán, previsiblemente, en los próximos días.

Estos últimos ocho meses han servido, cree, “para ir aceptando y asimilando, para pasar por toda esta mierda que hay que pasar”. Todos en esa casa van a terapia y ella sabe “el privilegio” que supone poder pagarla. La niña, que ya tiene 7 años, sigue teniendo ataques de pánico y pesadillas, vomita la comida, tiene flashes y miedo recurrente a ir al baño.

¿Lo que ella querría? “Que esto jamás hubiese pasado”. ¿Lo que va a hacer? “Pase lo que pase con la investigación, con el juicio, nosotros vamos a luchar por ella hasta el final. Aunque mi única reparación va a ser que mi hija esté bien, que pueda tener una vida normal. Yo sé que no le puedo prometer que nunca más va a estar en peligro, pero sí que voy a estar con ella. Que la voy a escuchar y la voy a acompañar. Ahora, cuando tenga 15 y cuando tenga 30. Siempre”.

lunes, 9 de febrero de 2026

¡OLÉ!


El Comité de los Derechos del Niño de la ONU pide a España que la pederastia en la Iglesia no prescriba
El organismo reclama una prestación universal por crianza, ante “el aumento de la pobreza infantil”, y reitera que debería prohibirse el acceso de los menores de 18 años a los toros.
Carolina de Lima / María Sosa Troya, 05.02.2026

El Comité de los Derechos del Niño de la ONU, integrado por 18 expertos independientes, recomendó este jueves a España que declare como imprescriptibles los delitos de abuso sexual contra la infancia cometidos por miembros de la Iglesia católica y que garantice el derecho de las víctimas a una reparación. La propuesta forma parte de las observaciones finales de este organismo como resultado del examen al que se ha sometido España en 2025, que culminó el pasado enero con una sesión en Ginebra en la que una delegación del Gobierno se sometió a las preguntas del grupo de expertos. El comité se ha mostrado preocupado por las altas cifras de pobreza infantil y propone la creación de una prestación universal por crianza. También reitera una recomendación que ya realizó en el pasado: la prohibición de que los menores de 18 años acudan a los toros.

Con un documento de 18 páginas, se concluye el VII ciclo de revisión a España, que se sometió a uno de estos exámenes por última vez en 2018. El comité, que evalúa el grado de cumplimiento de la Convención sobre los Derechos del Niño, que España ratificó en 1990, ha contado para su análisis con distintos informes, entre ellos, uno elaborado por el propio Estado, otro por el Defensor del Pueblo y otros muchos que enviaron organizaciones de la sociedad civil.

El comité expresa su “preocupación” por el “bajo nivel de investigaciones y condenas en casos de abusos sexuales cometidos por personal de la Iglesia católica”. Según la contabilidad de EL PAÍS, hay más de 2.900 víctimas de la pederastia en el seno de esta institución. Muchas de ellas asumen que vivieron una agresión, y se atreven a hablar de ello ya en la edad adulta, por lo que es muy frecuente que, a la hora de denunciar, el delito ya haya prescrito.

En España, los delitos sexuales contra la infancia prescriben en un mínimo de cinco años y en un máximo de 20, en los casos más graves. Actualmente, ya hay abierta una vía en el Congreso para estudiar su imprescriptibilidad, no solo en el seno de la Iglesia, sino los cometidos contra menores de edad en general. En 2024, la Cámara baja aprobó la toma en consideración de la reforma del Código Penal para que los delitos de pederastia penados con más de cinco años de cárcel no prescriban, algo que ya sucede en países como Bélgica, Holanda, Suiza y Suecia.

El catedrático de Derecho Penal de la Universitat Oberta de Catalunya Josep Maria Tamarit explica que la reclamación del comité de la ONU no podría hacerse efectiva exclusivamente para los delitos cometidos en el seno de la Iglesia, sino para todos los relacionados con pederastia. Aunque ha apuntado que esta modificación solo podría aplicarse para los delitos cometidos y denunciados una vez que se hubiera reformado el Código Penal para introducir la imprescriptibilidad. “En nuestro ordenamiento jurídico ya hay delitos que no prescriben, como los crímenes de guerra. Ampliar estas excepciones es una decisión del legislador”, sostiene. Actualmente, el Ministerio de Juventud e Infancia está preparando una reforma de la Ley de Protección de la Infancia frente a la Violencia (Lopivi), en la que pretende ampliar el plazo de prescripción de estos delitos (de tal forma que el tiempo para poder denunciar comience a correr cuando la víctima cumpla 45 años, frente a los 35 que establece la legislación actualmente).

Pero el informe del comité va mucho más allá de este caso en concreto. Presenta una batería de propuestas, que van desde la protección de los menores en el entorno digital hasta la situación de los migrantes (expresa, por ejemplo, preocupaciones respecto al procedimiento de determinación de la edad) o de los menores tutelados por la Administración (pide garantizar que ningún niño de hasta seis años viva en centros residenciales y mejorar las garantías jurídicas en las retiradas de tutela).

Más del 28% de la infancia española vive bajo el umbral de la pobreza

Precisamente este jueves se han conocido las últimas cifras de pobreza infantil en España: el 28,4% de los niños y las niñas viven bajo el umbral de la pobreza. El país se sitúa, año tras año, a la cola de la UE. Un dato que los expertos consideran preocupante. El documento se refiere al “aumento persistente de la pobreza infantil y de la exclusión social”, por lo que el comité reclama al país establecer una prestación universal por crianza y apunta directamente a la posibilidad de hacerlo a través de deducciones fiscales reembolsables. Esta medida, apuntan los expertos, debería contar con financiación suficiente y formar parte de una estrategia integral para asegurar unos estándares de vida adecuados para los niños y niñas. Los expertos reprochan a España la “insuficiente inversión pública en ayudas a las familias y a la infancia”.

Este es un punto en el que hay un fuerte debate en el seno del Gobierno, formado por una coalición entre el PSOE y Sumar. Los ministros del socio minoritario del Ejecutivo defienden desde hace meses como una de sus prioridades el establecimiento de una prestación universal para todos los niños menores de 18 años que establecen en 200 euros al mes. Las organizaciones que defienden los derechos de los niños y los adolescentes, aglutinadas en la Plataforma de Infancia, y expertos en pobreza infantil han defendido la medida como una potente arma para combatir las altas cifras de pobreza. Eso sí, requeriría de un alto desembolso económico.

Por otro lado, en sus observaciones de 2018, el comité ya recomendó a España que prohíba la asistencia a espectáculos taurinos, y en esta ocasión lo han reiterado: el país debe prohibir su participación en eventos, festejos y también en escuelas taurinas. Los expertos han expresado su preocupación por que niños y adolescentes puedan presenciar escenas de violencia y muerte. Además, el comité insta a las autoridades a promover campañas de sensibilización sobre “los efectos negativos de la violencia asociada a la tauromaquia en los niños, incluso como espectadores”. La ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, ha explicado que quiere incluir la medida en la reforma de la Lopivi, algo que ha suscitado fuertes críticas de la oposición.

En su informe, en el que desglosa una batería de medidas, el comité enfatiza que garantizar los derechos de los niños, además de ser una obligación del Estado, requiere voluntad política y mecanismos de seguimiento eficaces. En este contexto, Ricardo Ibarra, director de la Plataforma de Infancia, subraya que el próximo desafío es “transformar las recomendaciones en avances concretos y sostenidos para la infancia”.

martes, 3 de diciembre de 2024

OPUESTOS A LA INERCIA


El amparo
Tras décadas de escuchar que la libertad individual es incompatible con la tutela pública, reaparece la urgencia de que el Estado fortalezca los organismos de protección-
David Trueba, 3.12.2024

Nada hay más tentador que pensar que nos valemos por nosotros mismos. Ese espejismo de autosuficiencia se consolida dentro de nosotros apoyado en una prepotencia que caracteriza al humano. Pero un día, de pronto, se hace añicos. Días atrás, unos niños gemelos de apenas dos años fueron dejados por su madre al cuidado de su actual pareja. Al volver encontró a uno muerto y al otro en estado grave tras recibir la brutal paliza del hombre. La conmoción no dejará espacio para estudiar hasta qué punto las instituciones tutelares del Estado son fundamentales para evitar este tipo de sucesos. A menudo, toda intervención de la administración pública en el ámbito doméstico es considerada una invasión. Pero hace ya mucho tiempo que aceptamos que la infancia necesita algún mecanismo de protección porque demasiados padres viven convencidos de que los hijos son una propiedad privada con la que pueden hacer lo que quieran. Fuimos, muy lentamente, rechazando las expresiones violentas que procedían de los progenitores. Después fuimos consolidando instituciones de acogida, de tutela, organismos de supervisión y análisis de las condiciones de vida de los niños y otorgándoles una autoridad conveniente. Ahora sabemos que la escuela católica amparó demasiados episodios de abuso y violación de menores tan solo porque su red de poder les concedía impunidad pues ningún organismo público vigilaba y condicionaba las ayudas a un margen razonable de supervisión.

Son ejemplos de que en segmentos precarios de la sociedad, pero también en los niveles más altos de renta, se puede producir el desamparo de los menores. Pero los mayores tampoco están libres de peligro. Basta observar las calles de las grandes ciudades en las que cada día aumenta el número de personas sin techo, sin recursos y en ocasiones sin una mínima condición de higiene y salud. solo entonces, cuando ya no hay remedio, reaparece la imprescindible urgencia de que el Estado fortalezca sus organismos de protección. Y lo hace después de décadas de escuchar que su presencia no es necesaria, que la libertad individual es incompatible con la tutela pública, que el enemigo del yo es precisamente el nosotros. Una matraca que resurge de tanto en tanto, que aprovecha las quiebras de esas instituciones, muchas de ellas en profundo abandono y sin recursos, suplidas por iniciativas caritativas a quienes faltan manos para tapar tantos agujeros como muestra nuestra sociedad supuestamente avanzada y sofisticada.

Ahora que incluso la universidad pública, uno de los pilares del equilibrio social en España, se encuentra en peligro de desmontaje, nos encogemos de hombros convencidos de que nada puede oponerse a la inercia. Nuestra indiferencia es delictiva, porque está contaminada de una adoración al dinero, a lo que se puede conseguir con dinero, que desacredita cualquier discurso de emergencia colectiva. Tantas titulaciones compradas a buen precio señalan el desprecio por el conocimiento como un reto para fortalecer la sociedad. Las víctimas de las riadas en Valencia han escuchado decir que los servicios públicos los han abandonado, pero la verdad es que esos servicios estaban desarmándose, precarizándose y enmugreciéndose desde la perversa optimización de recursos en el ámbito de lo social. Hoy son los únicos aliados de unos vecinos que ven cómo se dispara la especulación inmobiliaria en plena catástrofe, el coste de la limpieza y reparación privada y hasta la avaricia de las benditas compañías de VTC. El amparo solo se aprecia cuando falta.

sábado, 21 de septiembre de 2024

JOKIN

Quienes hemos sufrido bullying, antes llamado simplemente acoso (mejor, antes no llamado de ninguna manera), sabemos de lo que se trata. No puede entenderse desde fuera porque no se conoce, como el mobbing, o acoso laboral, tampoco; no vale saber inglés únicamente. Todos los acosos, empezando por el del compañero de colegio, el proverbial "abusón", a los gordos, cuatro-ojos, mariquitas, patosos, huevones, cojos, petudos, flojos, blancos, negros, verdes, amarillos, gitanos, moros o llámalos X, deben perseguirse sin tregua desde el primer síntoma. Los niños tienen que crecer sintiéndose seguros y felices, no olvidemos que pasan en el colegio muchas horas durante su edad de desarrollo y aprendizaje.
Recuerdo un poster de esos de "autoayuda", que se diría hoy, que decía frases del tipo: "si un niño aprende a sufrir mañana será mejor persona", una revisión laica de las bienaventuranzas, sin duda. Lo malo es que todos los niños no son lo suficientemente fuertes para superarlo.

20 años de un suicidio por acoso escolar: el dolor y la angustia de Jokin no eran cosas de niños
El ‘bullying’ en las escuelas sigue sin recibir una atención prioritaria en España dos décadas después de la muerte del joven de 14 años en Hondarribia.
Mónica Ceberio Belaza, 21.09.2024

Al principio, nadie sabía lo que había pasado. Solo que el niño había desaparecido. Se había esfumado. Recuerdo perfectamente las primeras llamadas, mi madre al teléfono: “Jokin no ha ido al colegio, no aparece, llevan tiempo buscándole, no está en ninguna parte, es todo muy raro”. Pasaban las horas. En cada llamada sin noticias aumentaba la preocupación. Hasta que, por la tarde, llegó la peor de todas. Debajo de la muralla de Hondarribia, oculto entre el césped, había aparecido su pequeño cuerpo de 14 años sin vida. No había sido un accidente. Jokin había salido a escondidas de su casa cuando todos dormían, había cogido su bici y conducido a un lugar muy alto para lanzarse al vacío sabiendo que no sobreviviría. ¿Por qué? Porque no quería ir al instituto. Porque no pudo soportar el inmenso dolor que le producía imaginarse allí.

Jokin Ceberio Laboa, mi primo, se suicidó el 21 de septiembre de 2004, hace hoy 20 años. Fue uno de los primeros casos de acoso escolar que llegó a los medios de comunicación y a los tribunales de justicia. Una de las primeras veces en las que se cuestionó el “eso son cosas de niños” que siempre había amparado a matones y maltratadores si no habían cumplido los 18 años. Como si los chavales, mucho más frágiles y vulnerables que los adultos, tuvieran que aguantar la crueldad ajena. Como si su dolor fuera un juego. Como si no fuera la primera obligación de cualquier centro educativo detectar y erradicar el sufrimiento extremo de un niño a manos de otro.

La investigación en torno a la muerte de Jokin fue espeluznante. La autopsia reveló numerosos golpes en el cuerpo del chico de una paliza que le habían dado días antes del suicidio. Una paliza de tantas. Él había contado que estaba mal en el colegio, que le estaban pegando cada día, pero se negó a dar los nombres de los agresores: “¿Qué quieres, que me maten a hostias si te digo quiénes son?”, le dijo a su madre.

Los padres hablaron con la escuela, que aseguró que garantizaría la seguridad de Jokin, que podía volver tranquilo a clase. Pero ya era tarde. El terror se había apoderado de él. Llevaba meses sufriendo golpes, insultos, vejaciones. En la mente de un adolescente el futuro a menudo no existe, solo se vive en presente. Y su presente era tan atroz que probablemente no alcanzaba a imaginar que ese calvario pudiera acabar. No veía salida a su sufrimiento. Ni siquiera se permitió pedir ayuda, por si le mataban “a hostias”. Unas horas antes de morir, cuatro días antes de cumplir 15 años, escribió en su chat de internet: “Libre, oh, libre. Mis ojos seguirán aunque paren mis pies”.

La justicia condenó a siete alumnos del instituto de Jokin por un delito contra la integridad moral y contra la salud psíquica. En primera instancia el juzgado de menores les impuso una pena de libertad vigilada porque los chavales pertenecían a “familias estructuradas”. Eran chicos de clase media acomodada, tres de ellos, hijos de profesores del centro. En el juicio, alegaron en su defensa que todo el instituto se metía con Jokin, que no tenía “mayor importancia”. Como si eso les eximiera, como si fuera perfectamente normal y razonable hacer que la vida de un compañero se convierta en un infierno diario. Finalmente, la Audiencia de Gipuzkoa elevó el castigo y les impuso una pena de dos años de internamiento en régimen abierto.

El centro educativo no fue declarado responsable de nada a pesar de que sabían lo que pasaba. Al principio, el director, consternado, les dijo a los padres: “Estos chicos han estado comportándose como una banda de mafiosos. Quizás hemos actuado con demasiada lentitud”. Pero enseguida todo el mundo calló, conscientes de que los indicios apuntaban a que el colegio había hecho caso omiso a algo que sabían que estaba pasando.

A partir del suicidio de Jokin se habló mucho de acoso escolar. De cómo remediarlo, de protocolos, de ayudas... Pero pronto pasó, y se olvidó. Ha habido otros casos después, igual de graves. Más suicidios consumados o intentados, más dolor, más frases de críos de esas que parten el corazón en dos. Muchas escuelas e institutos han seguido mirando hacia otro lado. Muchos padres y madres siguen prefiriendo ignorar o minimizar el maltrato que sus hijos ejercen sobre los hijos de otros. Muchos chavales se siguen callando sin amparar al que sufre, a veces culpándolo por ser débil frente a los que agreden.

La familia de Jokin sigue rota por algo que nunca debió pasar. Sus padres, José Ignacio y Mila. Su hermano, Xabier. Exactamente igual que otras familias con tragedias similares. Cuando hablas con adultos que sufrieron bullying de niños o adolescentes, suelen desgranar relatos atroces de cómo ese dolor inmenso e insoportable ha condicionado su personalidad; de cómo a veces aún sienten inseguridad y miedo. Pero la sociedad, y sobre todo los centros educativos, siguen sin darle a este problema social la importancia que tiene. Mi compañera Sonia Vizoso contaba este verano el caso de X., con ataques de ansiedad e ideas suicidas por cómo le tratan sus compañeros. A sus 15 años lleva meses denunciando ser víctima de acoso escolar sin que la escuela tome medida alguna. Su madre aún ha tenido que escuchar, en 2024, aquello de que “son cosas de niños”.

El acoso escolar existe aunque no queramos mirarlo de frente, y erradicarlo sigue siendo una gran asignatura pendiente. Ese era precisamente el título de una carta a la directora de este periódico publicada hace unos días, que comenzaba así: “Nunca entendí el motivo por el que sufrí bullying”.

Los niños no pueden defenderse solos. No podemos dejarlos solos. Quizá, 20 años después de que Jokin cogiera su bici para tirarse desde lo alto de una muralla, ha llegado el momento de que los políticos, las escuelas y la sociedad en su conjunto nos lo tomemos en serio de una vez.

sábado, 14 de enero de 2023

HIJOS DE LA CALLE


Leí "Hijos de la calle" (Sleepers es su título original) de Lorenzo Carcaterra, hace algunos años ya y me quedé sobrecogido. Ambientada en mi adorada Manhattan, en particular en Hell's Kitchen por donde tantas veces he paseado, sin desvelar nada de la trama podríamos decir que se trata de la historia de amistad entre cuatro amigos, aderezado con algunos hechos más que desagradables. El libro es fuerte, intenso, y la película que se hizo posteriormente también muy interesante. Amistad divino tesoro, no sólo la juventud.