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martes, 29 de septiembre de 2026

IMAGÍNENSE LO QUE SERÁ EL FRACASO


Terror inmobiliario
El grotesco drama de la vivienda en Madrid se ha vuelto aún más trágico con la llegada de los fondos buitre y de los capitales internacionales.
David Trueba, 29.09.2026

De El pisito, de Rafael Azcona, donde un joven se casa con una anciana para así heredar el piso de ella y poderse algún día instalar allí con su novia, hasta el desahucio de Maricarmen, perpetrado la semana pasada, se condensa la historia inmobiliaria de Madrid como género literario. Esta fue la aventura de nuestros padres y será la aventura de nuestros hijos: sobrevivir con dignidad a un entorno social áspero y desalmado. Las grandes ciudades son máquinas de fabricar soledades acompañadas. La otra mañana, la falta de imaginación moral de las sentencias de la Audiencia Provincial y del Supremo permitió arrancar de su casa a una mujer de 87 años y sacarla de allí en camilla tras toda una vida entre esas paredes. Hizo falta sumar varias dotaciones de antidisturbios, equipo médico de urgencia, helicópteros y brutales cargas contra la resistencia civil como si se afrontara la amenaza de un comando terrorista. El terrorismo inmobiliario tiene de su parte a la ley, mientras no se racionalice la legislación. La precariedad histórica en los últimos años ha aumentado con la venta de pisos de protección oficial a los fondos de capital y la festiva llegada de las grandes fortunas que, con el dinero extraído de sus naciones empobrecidas, compran a precios desorbitados los mejores espacios de la capital. A esto lo llamamos éxito. Imagínense lo que será el fracaso.

Al mismo tiempo conocíamos parte de una trama algo grotesca alrededor de un ático valorado en más de seis millones de euros y adquirido por la Comunidad de Madrid. Puesto en venta a matacaballo para guardar las formas, tan importantes en toda impostura, la subasta quedó desierta. Pero entre medias de todo este circo, con mucho más sigilo, se ha producido otro suceso turbador. El edificio de Telefónica, uno de los hitos arquitectónicos de la Gran Vía, ha pasado a manos de un particular. Ese construcción está vinculada a la historia de la capital desde que se inauguró hace casi cien años. Por su altura y su prestancia, fue un símbolo de nuestra aspiración neoyorquina, nunca del todo zanjada. Firmado por Ignacio de Cárdenas, cuentan que durante las obras desde allí se hizo la primera llamada telefónica transoceánica, cuando el rey Alfonso XIII, al que le quedaban dos telediarios, se puso a charlar con Calvin Coolidge, inquilino en aquel momento de la Casa Blanca. No hablarían mucho, porque al presidente norteamericano lo apodaban Silent Cal, aunque eso sí dio en el clavo cuando le explicó a la actriz Ethel Barrymore, la tía abuela de Drew, que tenía las impresión de que a los ciudadanos les gusta tener a un solemn ass de presidente y él iba a complacerlos. La expresión puede traducirse como solemne pelmazo, arrogante o soberbio.

Desde entonces los soberbios no han parado de ganar elecciones y los sumisos, de acogotarse y aceptar su dieta de humillación y penuria. Este Madrid que se mira en el espejo deforme de Miami, americanizándose con sus urbanizaciones de hiperseguridad privada, sus franquicias de musicales y comida rápida y un deseo indisimulado de convertirse en la capital de la desigualdad social, nos va a ofrecer estos espectáculos televisados como el de una anciana desahuciada por la autoridad para llevarla a morir lejos de lo que ella creía su hogar. Igual que creíamos que el edificio de la Telefónica era nuestro, pero no, tampoco. Con las manos vacías y el corazón roto nos alejamos maldiciendo hasta la próxima entrega de la misma serie. Y la serie es de terror.

BABES


El país de los cerditos valientes
Los ricos han tenido clarísimo siempre lo importante que es la conciencia de clase.
Raquel Peláez, 29.09.2026

Cuando a Rocío Falcó y Fernández de Córdoba, condesa de Berantevilla, le expropiaron en 1986 una finca muy cercana al Parque Nacional de Monfragüe porque la tenía indecente y yerma, se quejó públicamente de que los socialistas habían ido a por ella solo por ser de buena familia. La idea de que ese espacio de biodiversidad, hábitat clave para especies protegidas como el águila imperial y el buitre negro, debiera ser patrimonio de todos los españoles y que una parte de él fuese alquilado a ganaderos que podían alimentar con deliciosas bellotas de sus dehesas a los gorrinos, ni se le pasaba por la cabeza. La finca era suya y la abandonaba si le salía del meridión.

Desde aquellos primeros años del Cogollito haciéndose a la idea de que España, ahora una democracia social, dejaba de ser su coto privado, hasta los recientes días de la Caye borroka, en los que los cachorros partidarios del viejo privilegio salieron a reivindicar tiempos supuestamente mejores, este es solo en un caso más de los muchísimos que demuestran que los ricos han sabido siempre lo importante que es la conciencia de clase. Tanto, que a base de perseverar en la defensa de lo que consideran suyo han logrado que la palabra expropiación sea blasfema hasta para las almas más solidarias y la idea de justicia social un asunto vergonzoso hasta para sus directos beneficiarios. A muchos de estos les pasa lo mismo que a Babe, el Cerdito Valiente, quien se creía que era un pastor alemán porque le ponían a hacer el trabajo de uno. Esta película terminaba bien: Babe lograba guiar a un rebaño en un concurso de pastoreo, y los jueces acababan admitiendo que nada le distinguía del can más listo. Pero en la vida real las cosas son siempre diferentes: a los Falcó, que perseveraron en su lucha, les devolvieron su finca. Hace nada, la vendieron por más de 20 millones de euros a un empresario, magnate de la sanidad privada, que ahora va a construir allí hoteles de lujo. ¿Y Babe? Ese día los jueces merendaron jamón de bellota.

ALBATROS


ATERRIZAR
Juan José Millás, 29.09.2026

“Sus alas de gigante le impiden caminar”, dice Baudelaire del albatros en un poema memorable. En el aire, resulta un animal extraordinario; sobre la cubierta del barco, se parece a un idiota. Los marineros se ríen de él porque tropieza con sus propias alas, que son precisamente aquello que, unos metros más arriba, lo convertía en un prodigio. ¿Es la IA un albatros? Sus promotores dicen que podría terminar con la humanidad a lo largo de los próximos diez años. No sé si acabar con la humanidad significa matarnos a todos o dejarnos vivos, pero vacíos. En cualquier caso, la IA posee ya unas alas enormes. Escribe tesis, diagnostica enfermedades, programa ordenadores, resuelve ecuaciones, compone música y sabe, si se le pregunta, a qué temperatura hierve el mercurio. La contemplas volar y comprendes la inquietud que produce. Pero le pides que te escriba una carta de amor y tropieza. No siempre, desde luego. Con frecuencia la carta es perfecta y tal es precisamente el problema. Resulta tan perfecta que nadie se enamoraría después de recibirla. Le falta cojear un poco. Quizá lo humano consista en eso, en una forma particular de cojear. Nos enamoramos mal, recordamos mal, hacemos cálculos equivocados, confundimos a Baudelaire con Verlaine y de pronto esos errores abren una puerta que los aciertos habrían mantenido clausurada.

La IA, mientras tanto, continúa extendiendo las alas. Los expertos calculan sus dimensiones futuras y algunos aseguran que pronto serán tan grandes que taparán el cielo. Me pregunto si no estaremos imaginando el fin del mundo desde el aire, cuando el verdadero problema aparecerá al aterrizar. Porque tarde o temprano habrá que poner a esa inteligencia sobre la cubierta del barco, es decir, sobre la vida cotidiana. Tendrá que cuidar de un viejo, consolar a un niño, decidir si una mentira piadosa es más auténtica que una verdad cruel, comprender por qué guardamos durante treinta años una entrada de cine o por qué una canción que detestábamos empieza a gustarnos cuando se muere quien la cantaba. Entonces veremos si es capaz de moverse. Y a lo mejor descubrimos, con cierto alivio, que también sus alas de gigante le impiden caminar.

lunes, 28 de septiembre de 2026

PATRIMONIALISMO


Trump finalmente ha perdido el rumbo
The New York Times. Jonathan Rauch y Peter Wehner, 28.09.2026

El ritmo frenético de la presidencia de Donald Trump hace que los días parezcan semanas y las semanas, meses, si no es que años. Encontrar lógica o razón en la conducta errática del presidente Trump resulta imposible. Aun así, aunque 2026 no ha traído calma, sí ha aportado mayor claridad.

A veinte meses del inicio de su segundo mandato, Trump ha rediseñado la presidencia y ha cambiado lo que los estadounidenses están dispuestos a tolerar de su gobierno y entre sí. Sin embargo, esa transformación, por arrolladora que sea, podría resultar menos importante que lo que Trump y sus aliados no pudieron hacer. Fracasaron en el proyecto más ambicioso que trajeron a su segundo mandato: usar el Estado para transformar la sociedad estadounidense. Ese fracaso es un hecho fundamental de los últimos 20 meses, y es la razón por la que Estados Unidos se encuentra en una situación menos peligrosa que hace un año.

Cuando Trump asumió el cargo por segunda vez, llegó con varias agendas que se superponían, pero eran distintas. La que más le importaba convertiría al poder ejecutivo en una forma de gobierno que los académicos llaman patrimonialismo, en la cual el Estado se administra como propiedad personal y asunto familiar del líder. En un sistema patrimonialista, las burocracias de expertos y las reglas neutrales son reemplazadas por la voluntad del jefe de Estado, o se subordinan a ella. En lo posible, los patrimonialistas personalizan y utilizan como armas la aplicación de la ley, los indultos, los programas y subvenciones, los nombramientos, los ascensos y todos los demás aspectos del poder estatal.

El patrimonialismo se manifiesta en el enriquecimiento de Trump y su familia, que según se informa asciende a varios millardos de dólares, y en su esfuerzo por extraer casi 1800 millones de dólares de los contribuyentes mediante un acuerdo legal fraudulento. También se manifiesta en su readaptación sistemática del poder ejecutivo para que sirva a sus intereses personales y políticos.

Utiliza a su Departamento de Justicia para llevar a cabo venganzas personales, y sus indultos para proteger a sus compinches. Ha llenado los altos mandos del departamento con sus propios abogados defensores penalistas, y asignó al FBI a un ferviente partidario político cuya cualificación principal era una carrera dedicada a atacar a los investigadores que habían llevado a cabo pesquisas a Trump. Además, ha desmantelado los controles internos del gobierno contra la corrupción, e incluso ha despedido a inspectores generales, fiscales de carrera y agentes del FBI cuyo delito fue seguir las reglas.

Trump usa hechos consumados, como la demolición de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, para hacer a un lado al Congreso e imponer su voluntad sin importarle los límites constitucionales. Con algo de ayuda de la Corte Suprema, ha concentrado el poder federal en la oficina de la presidencia; y con su agenda patrimonialista, ha rediseñado esa oficina para que no sirva a la Constitución, sino a sí mismo y sus deseos.

La renormalización de los estándares políticos es otra área en la que Trump ha dejado una huella duradera. Por “renormalización” nos referimos a la degradación deliberada de lo que se considera aceptable en la vida pública estadounidense.

Los ejemplos son demasiados para enumerarlos, pero para recordar solo algunos: Trump describió a sus oponentes políticos como “alimañas” y dijo que los migrantes estaban “envenenando la sangre de nuestro país”. Cuando Robert Mueller murió en marzo, Trump publicó “me alegro de que haya muerto”. Cuando Rob Reiner y su esposa fueron asesinados en su casa, culpó de los asesinatos a las críticas de Reiner hacia él. Fomentó y excusó la violencia política: hizo oídos sordos ante las amenazas contra los funcionarios que se cruzaban en su camino, bromeó sobre el ataque casi fatal contra el esposo de Nancy Pelosi, y elogió y luego indultó a los alborotadores del 6 de enero. Se deleita con el acoso, la crueldad y el odio como ningún presidente lo ha hecho jamás. Debajo de todo esto está la normalización de la mentira a escala industrial: decenas de miles de afirmaciones falsas documentadas como presidente, incluidas acusaciones falsas contra estadounidenses y representaciones falsas ante los tribunales.

Muchos estadounidenses están hartos de tener que vadear entre el fango y, comprensiblemente, quieren apartar la mirada. Con eso es con lo que cuenta Trump. Su victoria no radica en convencernos de que la conducta es aceptable, sino en agotarnos hasta que dejamos de oponernos. Cada infracción facilita la siguiente; cada transgresión impune restablece el nivel de referencia. Lo que se quebranta no es este o aquel estándar; es la idea misma de que existen estándares. Gracias en gran medida a Trump y a sus aliados, hoy el país acepta discursos y comportamientos políticos que hace tan solo unos años habrían sido motivo de una inhabilitación, si no es que resultarían impensables. Ya no está claro qué podría decir un presidente —sobre un hombre muerto, sobre una familia asesinada, sobre mujeres de las que ha abusado, sobre incitaciones a la violencia— que le acarreara un costo.

Entonces, ¿por qué, a pesar de todo eso, el segundo año del segundo mandato de Trump parece menos amenazante que el primer año? Porque el patrimonialismo y la renormalización, por perjudiciales que sean, eran solo una parte de lo que él y sus seguidores se propusieron hacer. La mayor de sus ambiciones era otra: la reconstrucción de la propia sociedad estadounidense.

El reinicio cultural del gobierno de Trump fue ambicioso. Si bien contó con el apoyo del presidente, fue concebido e impulsado principalmente por las personas a su alrededor. Estas incluían a altos funcionarios como Stephen Miller, Russell Vought y JD Vance dentro del gobierno, además de Elon Musk durante los cuatro meses que trabajó en él; activistas externos como Christopher Rufo del Manhattan Institute, Kevin Roberts de la Heritage Foundation y Steve Bannon del pódcast War Room; intelectuales como Patrick Deneen, Michael Anton y Charles Kesler; e instituciones como la Heritage Foundation, el Claremont Institute y el America First Policy Institute.

Este grupo vio el segundo mandato de Trump como su mejor oportunidad para bloquear y revertir la absorción y reorganización de la cultura y las instituciones del país por parte de la izquierda. Al desplegar el poder del gobierno contra las altas esferas de la cultura, buscaron suplantar la hegemonía liberal no solo en Washington, sino en toda la sociedad.

En su libro de 2023 Cambio de régimen: Hacia un futuro posliberal, Deneen, politólogo de Notre Dame, dejó claro que el régimen que tenía que cambiarse no incluía solo las oficinas gubernamentales, sino los puestos de élite en toda la sociedad. El objetivo era lograr “el derrocamiento pacífico pero energético de la clase dirigente liberal corrupta y corruptora”, escribió. “Donde sea necesario, aquellos que actualmente ocupan posiciones de poder económico, cultural y político deben ser restringidos y disciplinados por la afirmación del poder popular. Sin embargo, limitarse a contener a la élite del poder es insuficiente. En cambio, la creación de una nueva élite es esencial”.

En consonancia con sus ambiciones revolucionarias, los guerreros culturales de Trump hablaban en términos revolucionarios. Bannon, en 2017, anunció la “deconstrucción del Estado administrativo”. Vought, un arquitecto del Proyecto 2025, dijo que el objetivo era que los servidores públicos de carrera fueran vistos como “villanos”. Rufo, a quien se le atribuye ampliamente el diseño de la campaña del gobierno contra las universidades, describió el movimiento MAGA como una “revolución contra la revolución” que “tiene que usar lo que muchos ven como técnicas radicales” para poner a las universidades “en un terror existencial” y “hacerlas retroceder una o dos generaciones”.

Su proyecto, en otras palabras, era utilizar el poder del gobierno y la influencia inigualable de la presidencia para dominar y reprogramar a la sociedad civil. Buscaban atacar el progresismo, o “wokeness”, dondequiera que lo vieran, un proyecto de toda la sociedad. La campaña procedió ámbito por ámbito.

Universidades: Vance, en 2021, respaldó la afirmación del presidente Richard Nixon de que “los profesores son el enemigo”, y Trump, en 2023, prometió “cortarles el dinero a las escuelas que ayuden al asalto marxista a nuestra herencia estadounidense”. Fieles a su palabra, congelaron millardos en fondos federales para la investigación en Harvard, Columbia, Penn y otras universidades como medida de presión sobre las admisiones, la contratación y la gobernanza, lo que violaba descaradamente los derechos al debido proceso de las universidades con el fin de ejercer una influencia sin precedentes sobre asuntos académicos fundamentales. Si los tribunales no hubieran intervenido, Trump podría haber tomado el control de las universidades privadas de Estados Unidos de manera efectiva.

Bufetes de abogados: Trump firmó órdenes ejecutivas dirigidas a castigar o paralizar a los principales bufetes de abogados al quitarles sus autorizaciones de seguridad y su acceso federal. Eso se debió en parte a que algunos bufetes habían desafiado a Trump o representado a sus adversarios. Pero en términos más generales, el gobierno buscó intimidar a la profesión legal y alejarla de las causas y clientes liberales. (Varios de los bufetes llegaron a un acuerdo en los términos del gobierno de Trump; los que lucharon contra las órdenes en los tribunales ganaron).

Medios de comunicación: Entre las primeras acciones del presidente en su segundo mandato hubo un intento de obligar a The Associated Press y otras organizaciones de noticias a cambiar el nombre del golfo de México. Aunque extraño, ese esfuerzo presagió esfuerzos persistentes para intimidar y reformar a los medios. El presidente buscó marginar a los medios de noticias tradicionales al desplazarlos de la Casa Blanca y el Pentágono. Sus demandas personales contra ABC, CBS y otras organizaciones de noticias extrajeron acuerdos multimillonarios, mientras que el presidente de su Comisión Federal de Comunicaciones amenazó públicamente con revocar las licencias de las emisoras; presión bajo la cual Jimmy Kimmel fue retirado del aire (temporalmente, al final).

Cultura: También entre sus primeras acciones, Trump se instaló a sí mismo como presidente del Centro Kennedy —el escaparate cultural del país creado por el Congreso— y lo renombró para incluir su propio nombre. Le quitó la financiación a la radiodifusión pública, canceló los fondos para los consejos de humanidades en 56 estados y jurisdicciones, y cerró de manera efectiva la Corporación para la Radiodifusión Pública. Ordenó una revisión de las exhibiciones y la programación del Smithsonian en busca de contenido ideológico. Presionó a los parques nacionales para que eliminaran las referencias a la esclavitud. Su secretario de defensa y él rehicieron las fuerzas armadas como un escaparate de guerra cultural: rediseñaron el Departamento de Defensa como el “Departamento de Guerra”, restauraron los nombres confederados de las bases, eliminaron las páginas web que honraban a los Aviadores de Tuskegee y a los Locutores de Claves Navajos (luego restauradas), y retiraron casi 400 libros de la biblioteca de la Academia Naval.

Deportes: Órdenes ejecutivas crearon grupos de trabajo de la Casa Blanca para la Copa del Mundo de 2026 y los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, y Trump se instaló como presidente de ambos. Exigió que el equipo de la NFL de Washington, los Comandantes, y los Guardianes de Cleveland del béisbol volvieran a sus nombres anteriores. Atacó a los atletas con el objetivo de intensificar las divisiones culturales. Llamó personalmente al presidente de la federación internacional de fútbol y logró que se levantara la suspensión por tarjeta roja de un delantero estadounidense en medio del Mundial. Gastó 60 millones de dólares o más para organizar una pelea en jaula de la UFC en el jardín de la Casa Blanca para su cumpleaños número 80.

Las calles: Probablemente lo más importante, el gobierno utilizó demostraciones de fuerza en un intento de enseñar docilidad a los estadounidenses. Desplegó tropas de la Guardia Nacional en la capital del país y en otras ciudades, supuestamente para reducir la delincuencia, pero en realidad fue para adueñarse de las calles. Desplegó agentes enmascarados, no identificados y de estilo paramilitar contra ciudades estadounidenses y les ordenó usar tácticas ostentosamente contundentes. En la “Operación Metro Surge”, miles de agentes inundaron Mineápolis-St. Paul, con despliegues paralelos y demostraciones de fuerza en Chicago, Portland, Los Ángeles y más allá. Se arrestó a periodistas que cubrían las operaciones.

Dichas operaciones no representaban una aplicación de la ley como se entiende de manera ordinaria; eran el esfuerzo del Estado para infundir miedo en sus ciudadanos. En el caso del CECOT, cientos de migrantes fueron trasladados en avión a la megacárcel de El Salvador sin audiencias, y el secretario de seguridad nacional hizo una visita muy publicitada al lugar para regodearse del trato severo que recibían. A medida que las agencias federales publicaban videos triunfales de redadas y arrestos, y Trump sugería que los ciudadanos estadounidenses deberían ser los siguientes, el mensaje era: Tengan miedo.

Todos los gobiernos intentan moldear la cultura. Lo que distingue a este no es la ambición, sino los medios y la escala: no la persuasión sino la coerción, y no en un solo frente sino en todos a la vez, en formas que no tenían precedentes y que los tribunales determinaron que eran ilegales. Trump y su gobierno buscaron intimidar y tomar el control de instituciones privadas, redirigir la cultura y rehacer la sociedad desde arriba mediante la fuerza y el miedo.

En algunos aspectos, la revolución social trumpista tuvo éxito: al frenar, e incluso revertir, el impulso de la llamada DEI (diversidad, equidad e inclusión) en las instituciones de élite y de lo que los conservadores llamaron “ideología de género”, aunque ambos cambios ya estaban en marcha antes de que Trump asumiera el cargo. En general, sin embargo, el esfuerzo del gobierno por rehacer la cultura a su imagen ha fracasado.

Es posible que un día la historia juzgue que la marea cambió en Mineápolis. En enero de este año, la Operación Metro Surge realizó arrestos masivos, invadió hogares, disparó bolas de pimienta y mató a tiros a dos ciudadanos estadounidenses, Renee Good y Alex Pretti, sin una causa plausible, y luego, después de sus muertes, los difamó.

El arquitecto de la operación, Stephen Miller, uno de los asesores presidenciales más poderosos de la historia moderna, fue explícito sobre el método. Dirigió la Operación Metro Surge a través de llamadas diarias con el liderazgo del Departamento de Seguridad Nacional, ejerciendo la autoridad del presidente: según se informa, dirigió a los agentes para “forzar confrontaciones” con los manifestantes para ganar la “batalla de relaciones públicas” y dijo que, si los habitantes de Minesota llegaban a creer que “su protesta es un éxito”, las operaciones internas del gobierno fracasarían en todo el país. Según se informa, Miller dijo que los manifestantes “tienen que ser vencidos con cualquier fuerza que sea necesaria”.

La ciudadanía de Mineápolis respondió con una resistencia pacífica y disciplinada: decenas de miles marcharon en un frío ártico, luminarias que deletreaban “ICE Out 4 Good” (Fuera el ICE para siempre), un “apagón económico” en todo el estado, una demanda estatal en un tribunal federal, redes ciudadanas que rastreaban al ICE y documentaban sus actividades, y una población que rechazó toda provocación.

El gobierno retrocedió; en cuestión de días, su zar de la frontera anunció un “plan de reducción”. Posteriormente, figuras clave en el esfuerzo por quebrar la voluntad de la ciudad fueron destituidas: Greg Bovino, el comandante encargado del cumplimiento de la operación, fue retirado de la ciudad y enviado de regreso a California. Kristi Noem fue despedida. Notablemente, se supo menos de Miller.

Al demostrar que podían enfrentarse al espectáculo de fuerza y ganar, los habitantes de Minesota superaron su desesperación y descubrieron que no eran impotentes. El momento se convirtió en un catalizador mucho más allá de las Ciudades Gemelas. El público en general vio lo que se hacía en su nombre y muchos sintieron repulsión por ello. Lo que vislumbraron fue que un país sí puede perderse, y que el suyo se había acercado más al abismo de lo que creían.

El presidente y sus fuerzas también perdieron otras batallas culturales clave. Desde fuera de su país de origen, pero hablándole de manera directa, el primer papa estadounidense no solo desafió a Trump, sino que lo trascendió, y demostró una autoridad moral contra la cual el presidente no tenía poder. Dentro de Estados Unidos, las marchas de “No Kings” organizaron algunas de las protestas de un solo día más grandes en la historia de Estados Unidos, en las que desplegaron ira y humor sin miedo. Las demandas en nombre de Harvard, UCLA y los bufetes de abogados pelearon y ganaron fallos clave. Los jueces federales, incluidos algunos de los designados por Trump, bloquearon una acción tras otra. El equipo de demolición de Musk se disolvió en el fracaso y el descrédito.

Al mismo tiempo, y con igual importancia, el índice de aprobación del presidente colapsó. Los votantes querían una frontera ordenada y que los migrantes criminales fueran expulsados, no una guerra cultural librada en las calles de manera brutal. La impopularidad de Trump —fomentada por sus dos recientes fracasos respecto a Irán y los altos precios— alcanzó mínimos casi históricos para un presidente en su segundo mandato.

Si los índices de aprobación de Trump hubieran estado en los 50 puntos en lugar de los 30, bien podría haber tenido la confianza para fomentar una verdadera crisis constitucional al desafiar a la Corte Suprema o invocar la Ley de Insurrección, y probablemente se habría salido con la suya. En cambio, cuando la Corte Suprema invalidó sus aranceles emblemáticos en febrero, se sintió obligado a cumplir. (Reconstruyó algunos de ellos bajo un estatuto diferente). Sus esfuerzos por intimidar a la cultura no se han detenido; todavía amenaza a las universidades y ataca la libertad de expresión. Nadie debería estar tranquilo al respecto. Pero sus preocupaciones se han alejado de intimidar y dominar a la sociedad civil para enfocarse en construir monumentos a sí mismo.

Las revoluciones pueden fracasar, pero aun así dejar cicatrices en el paisaje. Y Trump, a quien le quedan poco menos de dos años y medio en su segundo mandato, podría desmoronarse emocional y psicológicamente. Pero las cosas son diferentes de lo que eran. El presidente de 80 años está perdiendo su control sobre el poder e incluso sobre su propia base. El movimiento MAGA se fractura. Y el presidente ya no inspira el miedo que antes infundía. Hoy sabemos algo que no estaba del todo claro hace un año: la sociedad civil de Estados Unidos es más difícil de intimidar y reprogramar de lo que esperaban los revolucionarios culturales de MAGA.

Los conservadores tienen todo el derecho a influir y cambiar la cultura, como sin duda lo han hecho los progresistas. Pero deberían hacerlo a la manera de Ronald Reagan: mediante la inspiración moral y la persuasión, no por la fuerza. Los progresistas también tienen algo que aprender. Trump y sus guerreros culturales perdieron por alejarse demasiado de la corriente moral dominante; los demócratas deberían reclamar y ocupar esa corriente dominante, no dar bandazos muy a la izquierda, como parecen tentados a hacer.

Quienes contribuyeron al ascenso de Trump al poder han actuado no solo de manera imprudente, sino culpable. Aun así, ahora resulta evidente que muchos estadounidenses —probablemente suficientes estadounidenses— están decididos a vivir en la verdad en lugar de la mentira, a luchar por su dignidad cívica y política, a devolverle el sentido de humanidad a una nación que se ha vuelto demasiado fría, insensible y cruel.

Jonathan Rauch es un investigador principal en la Brookings Institution y autor de The Constitution of Knowledge: A Defense of Truth. Peter Wehner, un investigador principal en el Trinity Forum que sirvió en los gobiernos de Ronald Reagan, George H. W. Bush y George W. Bush, es escritor colaborador de Opinión y autor de The Death of Politics: How to Heal Our Frayed Republic After Trump.

ALUCINACIONES vs. COMUNICACIÓN


Adelante, ríete de los médiums
Puede que tengan razón en algo.
The New York Times. Sarah Wildman, 26.09.2026

A fines de la primavera de 2024, recibí un mensaje de texto inesperado de una prima. En la adultez, nuestros caminos rara vez se cruzan; ella vive a unos 2400 kilómetros de mí. Me preocupaba que me estuviera escribiendo con malas noticias, pero me aseguró que no pasaba nada malo. Cuando hablamos esa noche, preguntó qué pensaba de los médiums psíquicos.

Sentí curiosidad, aunque era escéptica. Había hablado recientemente con una médium, dijo. En la sesión, nuestra abuela en común y mi hija de 14 años, Orli, quien había muerto un año antes, habían —¿de qué otra manera decirlo?— enviado mensajes. La médium le preguntó a mi prima: “¿Quién es Sarah?”. Orli, dijo, quería que yo dejara de sentirme culpable. Preguntó por mi hija menor, usando su nombre.

Mi prima y yo nos quedamos un rato al teléfono, tratando de evaluar si esto podría ser un engaño; después de todo, yo he escrito mucho sobre mi familia. Y, sin embargo, mi prima y yo no compartimos el apellido. Que yo sepa, ella nunca ha publicado nada sobre mí ni sobre Orli en redes sociales. Nunca hemos vivido en la misma ciudad.

Además, en realidad no quería desmentirlo.

Es fácil, lo sé, descartar el alivio que una madre en duelo podría encontrar al sentir la presencia de su hija perdida como algo, en el mejor de los casos, imaginado, o irreal.

Pero en años recientes, los investigadores han dedicado un esfuerzo considerable y serio a examinar el impacto psicológico de percibir a un ser querido perdido después de su fallecimiento, y el papel positivo que eso puede tener en lo que los terapeutas del duelo describen como nuestra relación continua con quienes hemos perdido. El contacto, a falta de una palabra mejor, puede ser sensorial, auditivo, visual, una sensación de presencia, o un olor. Puede ser espontáneo, alcanzarse a través de la meditación o de terapia dirigida o incluso, a veces, a través de médiums que, como esta, ofrecen un conocimiento inexplicablemente específico. Las referencias a tales experiencias se remontan casi tan atrás en la literatura como la palabra escrita y no están limitadas por la geografía ni por la cultura.

Algunos estudios sitúan la proporción de personas que han percibido la presencia o las señales de sus seres queridos perdidos en torno al 60 por ciento. Los psicólogos comprensivos las llaman experiencias sensoriales y cuasisensoriales de los fallecidos o incluso “comunicación post mortem”. (Otros —quizás menos comprensivos— las llaman “alucinaciones de duelo”). Los terapeutas con los que hablé para este ensayo no están tratando de determinar la veracidad de lo sobrenatural. Están intentando aprender cómo percibir la presencia de los que ya no están puede ayudar a una persona en duelo a salir de sus momentos más oscuros.

Resulta que preguntar si algo de esto es real o no, no es necesariamente la pregunta correcta. Una mejor pregunta podría ser: ¿Qué hacen estas experiencias preternaturales por las personas en duelo?

En un estudio tras otro, la sensación de contacto con un ser querido fallecido desempeña un papel bastante notable en el alivio del duelo. En una revisión de 14 estudios psicológicos publicada recientemente que abarcó siete países y más de 1900 participantes, los investigadores hallaron que la mayoría de quienes informaron haber sentido a su ser querido perdido habían tenido algún tipo de “experiencias emocionalmente reparadoras que contribuyeron a sobrellevar su duelo”. Eso no me sorprende. Es la desoladora sensación de que todo ha terminado lo que deja al doliente sin saber cómo recomponerse.

Aunque la experiencia generalmente suele reportarse como abrumadoramente positiva, muchas personas en duelo sienten una especie de vergüenza. En realidad, no quieren hablar de ello por miedo a que los desestimen o a que alguien disipe ese pequeño alivio —incluso esa pequeña alegría— que puede aportar la experiencia. Al menos un estudio halló que los profesionales de la salud mental podrían socavar lo bueno que proviene de tal sensación al trivializar la experiencia.

El estudio de estas ocurrencias y su impacto en el duelo ha estado durante mucho tiempo condicionado por exactamente lo que uno esperaría: la certeza de científicos y escépticos de que todo esto —médiums, sensaciones, señales— podría ser tan real como una tabla güija de tienda de baratijas, una sesión de espiritismo del siglo XIX o, peor aún, un episodio psicótico momentáneo. William James, el filósofo y psicólogo, quien simpatizaba con la idea, publicó un estudio sobre individuos mentalmente sanos en 1890 y notó la peculiar insistencia de las “alucinaciones de los cuerdos”. Sigmund Freud lo llamó alguna vez “psicosis alucinatoria de deseo”. El DSM-5-TR, la biblia diagnóstica de la psicología, también categoriza este fenómeno como “alucinación”, lo que, por definición, parece descartarlo.

Sin embargo, los investigadores han reconocido desde hace tiempo cuán generalizada es la experiencia. En 1971, William Dewi Rees realizó un estudio con 227 viudas y 66 viudos en Gales en el que casi la mitad —¡la mitad!— reportó lo que se denominó “alucinaciones” de su cónyuge perdido. La mayoría de ellos no se lo había contado a nadie. Rees notó que los episodios se consideraban “normales y útiles” y aludió a una experiencia similar entre las viudas de Japón.

J. Kim Penberthy, profesora de psiquiatría y ciencias neuroconductuales en la escuela de medicina de la Universidad de Virginia, me habló de un paciente que ella trató, quien atravesaba un duelo profundo e intratable tras la muerte de su esposa. Lo atormentaba la idea de que ella no lo había amado. La terapia de conversación no le había ofrecido consuelo. Penberthy enseña meditación en su terapia. Después de una sesión, su paciente informó que había experimentado lo que describió como una visita de su esposa. (Él se había mostrado reacio al principio, dijo ella, a probar la meditación “porque pensaba que era charlatanería”. Era abogado y su esposa había sido una católica devota). El hombre de pronto informó sentir una profunda sensación de paz, un íntimo sentido de tranquilidad; ofrecido, le dijo a su terapeuta, por la propia esposa fallecida.

Le pregunté si ella pensaba que la visita era real. Mi pregunta, dijo, era irrelevante. Lo que importaba era su impacto en la capacidad de este hombre para seguir adelante. “Vi un cambio casi inmediato en su relación con su duelo”, dijo.

Permitir que tal experiencia tenga lugar sin insistir en su verificación es un buen ejemplo de los cambios recientes en el pensamiento terapéutico, me dijo Pablo Sabucedo, un psicólogo radicado en el Reino Unido. “No le estamos diciendo al paciente si esto es verdad o no. Somos escépticos al respecto y solo hacemos todo lo posible para ayudarles con lo que están atravesando”.

Algunos van un poco más allá. El año pasado en Adelaida, Australia, 43 participantes en un estudio controlado recibieron dos sesiones de 90 minutos de una terapia dirigida a corto plazo derivada del tratamiento de trauma conocido como Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares, o EMDR (por su sigla en inglés), llamada Comunicación Post Mórtem Inducida. (Reconozco que solo este nombre podría invitar al escepticismo). Los participantes recibieron estimulación dirigida, lograda mediante golpecitos alternos, o sosteniendo timbres vibratorios, o siguiendo movimientos de mano dirigidos, y se les pidió que evocaran sus momentos más profundos de tristeza en relación con sus seres queridos perdidos. Casi el 80 por ciento de los pacientes informaron que durante estas sesiones sintieron la presencia de los muertos, y casi todo ese grupo reportó posteriormente una notable disminución de la tristeza. Tom Nehmy, el investigador principal, me dijo que era la herramienta más poderosa en términos de velocidad y acción contra el duelo profundo que había visto en 20 años de trabajar con personas en duelo.

Un psicólogo italiano, Fabio D’Antoni, me escribió por correo electrónico que ha observado que entre un 75 por ciento y un 79 por ciento de quienes prueban la IADC (por su sigla en inglés), o su siguiente versión, algo llamado Terapia de Duelo Basada en la Experiencia Reparadora, han sentido la presencia de un ser querido durante su sesión, y se han sentido mejor gracias a ello. D’Antoni notó que la experiencia se trata menos de encontrarse con algo paranormal y más de nuestra relación con la muerte. Surge de una teoría terapéutica que postula que no terminamos una relación en la muerte; la alteramos.

D’Antoni me dijo que la primera vez que informó a sus colegas de cómo un paciente describió sentir la presencia percibida de un ser querido perdido, la experiencia fue “minimizada, ridiculizada o relegada a la categoría de un ‘brote psicótico transitorio’”. Esa reacción hizo que en un principio no quisiera volver a examinar la idea. Ahora se pregunta por las oportunidades terapéuticas perdidas. Las “discusiones dominantes” en su campo, escribió, “frecuentemente reducen estos encuentros extraordinarios a una opción binaria estéril: o bien deben ser una prueba objetiva de la vida después de la muerte, o son meramente ‘fantasías cerebrales’ o ‘alucinaciones de duelo’”.

Él piensa que más psicólogos deberían invertir en ver el poder clínico de los eventos emocionales que ofrecen resolución, y una sensación de paz, sin tratar de justificarlo o insistir en que cada experiencia de este tipo es el producto de un cerebro en cortocircuito.

Aunque Bob Ginsberg se describe a sí mismo como completamente de “hemisferio izquierdo”, cuando su hija de 15 años, Bailey, murió en 2002, él comenzó a investigar a los médiums y la comunicación post mortem. Pero cuando él o su esposa preguntaron por primera vez sobre tales cosas, fueron silenciados por terapeutas y coordinadores de grupos de duelo. Los Ginsberg establecieron más tarde la Forever Family Foundation, la cual ofrece tanto comunidad para otras personas en duelo, como una lista de médiums que han evaluado.

En una conversación, Ginsberg me dijo que, aunque sospecha que un gran porcentaje de los médiums no pueden ofrecer lo que prometen, ha tenido demasiadas experiencias inexplicables como para no creer en alguna forma de comunicación continua con su hija, tanto a través de médiums como por su cuenta. Eso hace que su pérdida sea un poco más fácil de sobrellevar.

Después de que Ginsberg me habló de una serie de ocurrencias inexplicables, le ofrecí una mía. Una vez, estaba sentada en una cafetería, describiendo a un amigo la falta de resolución que sentía ante la muerte prematura de Orli. Cuando me levanté, la letra de la canción que sonaba mientras entraba al baño era “Encuentra la manera de hacer las paces / con cómo termina la historia”. Era una canción de The Midnight que nunca había escuchado. Se sintió como magia.

Les conté a varios de los investigadores con los que hablé sobre instancias como esta que se sienten peculiarmente trascendentes. Podría ser encontrarme con un zorro —el animal que más asocio con Orli— cuando más quiero ver uno, o si las luces del techo parpadean en un momento muy específico de una conversación. Cada experiencia individual suena mundana, o por lo menos fácilmente descartable. Y sin embargo, al igual que los participantes en estos estudios, yo me siento reconfortada cuando suceden. Sentir a Orli, como sea que lo defina, si lo permito sin prejuicios, me permite sostener los pensamientos sobre mi hija con más alegría que dolor, el sentimiento de que hay algo más allá de la conclusión definitiva que supone la pérdida. Un vínculo continuo, como dirían los terapeutas.

Pero incluso al escribir esas palabras, dudo en decírtelo.

“Hay una interconexión entre todos nosotros en formas que son verdaderamente mágicas”, me dijo Laura Lynne Jackson el otoño pasado. Jackson es una conocida médium psíquica y autora superventas. “Y creo que se nos enseña a no creer en ello, ¿verdad?”.

En su libro más reciente, Guided, Jackson les dijo a los lectores que las personas en duelo pueden observar y escuchar en busca de señales o de una presencia continua, sin necesidad de un médium.

“Creo que muy a menudo, cuando piensas en psíquicos y médiums, te imaginas la típica bola de cristal, turbantes y letreros de neón”, dijo.

Yo pensaba: seguramente hay gente que explota a sabiendas las vulnerabilidades de las personas en duelo. Así como en el siglo XIX y principios del XX, debe haber estafadores modernos, vendedores de promesas, que se alimentan de la desesperación de quienes anhelan sentir que su vínculo con el ser querido no ha terminado.

Y sin embargo, dijo Jackson, eso no debería negar el trabajo de quienes operan de buena fe. Tampoco invalida la idea de que todos nosotros podríamos investigar una relación continua con los fallecidos y beneficiarnos de ello.

“He conocido personas aquí que estaban atrapadas en el duelo y el trauma porque no habían tenido una conversación final que necesitaban con un ser querido, o había asuntos pendientes, o sentían que necesitaban el perdón de esa persona. Y he visto sus vidas transformarse porque han decidido abrir esa puerta en su interior y estar en comunicación con sus seres queridos”.

El representante de prensa de Jackson me dijo que cuando ella da una entrevista normalmente no ofrece también una lectura. Una parte de mí esperaba que lo hiciera de todos modos. ¿Cómo no iba a hacerlo?

Justo antes de que termináramos nuestra llamada, me preguntó: ¿Orli tenía un muñeco de peluche extraño? “No como un osito”, agregó. Me reí. Orli tenía un oso hormiguero de peluche del tamaño de una almohada, dije. Todavía está en su cama. Jackson mencionó que sus propias señales espirituales son armadillos, cerdos hormigueros y osos hormigueros. Recibir una señal de un animal tan inusual como este, dijo, era un guiño para ambas por parte de Orli. Dijo que yo recibiría tal señal y llegaría como una imagen.

No le conté a nadie sobre esta conversación.

Unas semanas después, uno de mis viejos amigos de la universidad me envió un mensaje de texto de la nada. Resultaba ser el cumpleaños de Orli. “Acabo de ver esto”, escribió. Adjuntó una imagen de una hebilla de cinturón que dijo que planeaba comprar. Comentó que lo había hecho pensar en nosotras.

En ella había un armadillo de latón.

Sarah Wildman es editora sénior y escritora en Opinión. Es la autora de Paper Love: Searching for the Girl My Grandfather Left Behind.
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The Midnight, *Vampires.

POETA EN NUEVA YORK


Zohran Mamdani arrasa en Nueva York al recitar a Federico García Lorca: "Sé que para muchos aquí es un héroe"
El alcalde de Nueva York recibe un aplauso unánime de los presentes en el acto en el que acompañaba a Pedro Sánchez.
HUFFPOST. Juan De Codina, 23.09.2026

El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, se ha llevado el aplauso unánime de los usuarios en las redes sociales después de recitar a Federico García Lorca durante su intervención en el acto denominado Construir una economía para la mayoría, donde se ha encontrado con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

"Esta mañana he vuelto a las palabras de un hombre que sé que es un héroe para muchos aquí: Federico García Lorca", ha expresado al principio de su intervención, antes de recitar: "Córdoba. Lejana y sola. Jaca negra, luna grande y aceitunas en mi alforja. Aunque sepa los caminos, yo nunca llegaré a Córdoba".

El alcalde neoyorquino, al terminar, prosiguió: "Cuando García Lorca publicó Canción de jinete hace casi 90 años, el mundo, tal y como es ahora, estaba en momentos de inmensa oscuridad y convulsión. El fascismo se extendió por Europa".

"Aquí, en Nueva York, donde García Lorca había encontrado una profunda resonancia entre la poesía afroamericana de Harlem y el flamenco de su España natal, el aislacionismo era el movimiento predominante de la época", ha añadido.

Lamenta que "nuestra nación haya quedado marcada por el conflicto y el sufrimiento" y que en 1937 "no nos veíamos como interconectados, seguros por estar más separados, mientras en España la guerra civil asolaba el país".

No se olvida de que las "fuerzas represivas" de Francisco Franco "perpetraron atrocidades contra aquellos que consideraban demasiado de izquierdas". Tampoco de Lorca, ya que, un año después de la publicación de Canción de jinete, García Lorca "fue asesinado por los hombres de Franco y ejecutado por un pelotón de fusilamiento".

De Lorca destaca que "nunca ocultó sus creencias" y que creía profundamente en la posibilidad de un mundo mejor. "Hoy, nueve décadas después, quienes estamos en esta sala tenemos el poder de hacer realidad esa visión, podemos llevar nuestro movimiento por la igualdad y la justicia a horizontes más lejanos de los que jamás imaginamos posibles", defiende.

Mamdani concluye que "la luna llena guía nuestro camino y nosotros debemos conocer los caminos" y ha mostrado estar "muy orgulloso" de contar con la compañía de Pedro Sánchez y Mottley, "dos defensores de la clase trabajadora, dos líderes que han restaurado la fe en la democracia de todo el mundo".

COMO LA ORQUESTA DEL TITANIC


Contando cuentos
Somos palabras, palabras en busca de sentido; somos una narración, y por eso Boccaccio, ante el horror de la peste.
Rosa Montero, 27.09.2026

Acabo de estar en Certaldo, la ciudad natal del gran humanista y escritor italiano Giovanni Boccaccio (1313-1375) y sede de la Asociación Literaria Boccaccio, que lleva 45 años organizando encuentros culturales y entregando unos bonitos premios literarios. Al hilo de este viaje me dio por revisar el Decameron, y ha sido como leerlo por primera vez, tan remoto y olvidado lo tenía. Tras atravesar la peste apocalíptica y atroz de 1348, la mayor pandemia jamás sufrida por la humanidad (la cercana ciudad de Florencia perdió entre el 40% y el 60% de sus habitantes en tan solo un año, imagina una mortandad que abatiera a dos millones de madrileños en 12 meses), Boccaccio escribió en su Decameron la historia de 10 jóvenes, 7 mujeres y 3 muchachos, que, para escapar de la pestilencia y la desesperación, se encierran en una villa en el campo y se pasan 10 días contándose los unos a los otros un total de 100 cuentos.

Me sorprendió encontrar entre los relatos al menos a un viejo conocido, la historia de la mujer que, mientras hace el amor con un joven (en la versión original es un esclavo), recibe la visita inesperada de su amante habitual y esconde al adolescente en un armario; pero cuando está en brazos del amante regresa el marido, y entonces la mujer le dice al hombre: vístete, saca la espada y sal de casa muy furioso gritando que no pararás hasta matarlo. Eso hace, y el marido entra muy sorprendido diciendo que se ha cruzado con un energúmeno iracundo. A lo que la mujer responde que sí, que ha entrado un pobre esclavo, un muchachito medio desnudo corriendo y llorando y rogando por su vida porque su brutal amo lo quería asesinar, de modo que ella le escondió en el armario y enseguida apareció ese mal hombre, y menos mal que el dueño de la casa ha regresado justo a tiempo porque, si no, a saber qué hubiera sucedido. Oído lo cual el marido hace salir al asustado muchacho y lo consuela con palabras dulces. Esta historia burlesca aparece en Las mil y una noches y es varios siglos más antigua que el Decameron; de la misma manera que el Decameron influye medio siglo después en Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, y dos siglos y medio más tarde en Cervantes. La cultura es un palimpsesto, todos vamos escribiendo, haciendo y creciendo sobre las obras y los hallazgos de nuestros antepasados. Isaac Newton decía bellamente que avanzamos a hombros de gigantes y es verdad, nos apoyamos en los gigantes que nos precedieron, pero también en los enanos, en esos seres comunes y corrientes que inventaron historias ingeniosas como la del esclavo perseguido. Me maravilla que en el pasado un relato así fuera capaz de transmitirse durante siglos o incluso milenios, y me parece ver ahí, en esa persistencia de lo diminuto, la esencia de lo humano. Somos palabras, palabras en busca de sentido; somos una narración, y por eso Boccaccio, ante el horror de la peste, ante algo que parecía el fin de los tiempos, se protegió y nos defendió contando 100 redondos cuentos.

Ahora nos encontramos de nuevo en un mundo crepuscular. Los neonazis triunfan en Alemania, el planeta arde por la crisis climática, la IA parece dispuesta a exterminarnos. Y me pregunto: ¿dónde están nuestros relatos, dónde están las palabras que nos conforman y nos defienden? Los resultados del Informe PISA han sido catastróficos, los peores de toda la historia, no solo para España, sino también para otros países. A esto el genial neurocientífico Mariano Sigman lo llama sedentarismo cognitivo: cuando hay una herramienta que hace algo mejor que nosotros, dice, vamos perdiendo esas facultades (más información en el libro Artificial, de Sigman y Bilinkis). Y así, de la misma manera que el coche nos ha hecho unos vagos, se ve que con la IA pensamos peor y calculamos peor. Y en consecuencia, añado yo, perdemos la imaginación, la creatividad, el pulso narrativo compartido; dejamos de intentar encontrarle un sentido al mundo a través de las palabras que nos estructuran, de ese hilo de historias que nos une con el pasado y nos proyecta al futuro. Por eso agradezco el esfuerzo de la Asociación Literaria Boccaccio y de todas las iniciativas semejantes que en el mundo hay. Empeñar la vida en eso es un acto de resistencia. Somos la orquesta del Titanic, pero en vez de tocar el violín contamos cuentos.

VENTE PA ESPAÑA, TÍO


Vente a España, Mohamed
No hace tantos años que los emigrantes éramos nosotros, los del sur de Europa, los que ahora vamos de modernos.
Íñigo Domínguez, 27.09.2026

Todas las historias de emigración se parecen, más allá del pasaporte y del color de la piel. Les cuento una. En un país pobre, atrasado y bajo un régimen autoritario, Mohamed decide emigrar a Europa. Vive en un pueblo donde no hay futuro y soporta la vigilancia de clérigos obsesionados con la represión sexual. Uno de sus amigos ya emigró y cuando vuelve en verano cuenta maravillas. Cuando por fin él llega a un país europeo descubre que su amigo exageró un poco, para no confesar la vida que llevaba. Así que Mohamed, que llega sin papeles, cae en manos de las mafias, un compatriota explotador, y debe dar parte de su sueldo para poder trabajar. Solo le ofrecen empleos duros que los de allí no quieren hacer: alcantarillas, canteras, pozos de basura. Tiene jornadas agotadoras haciendo hasta tres trabajos distintos. Además, él y sus amigos no se adaptan al impacto con otra cultura y sus costumbres disolutas e inmorales, de nefasta influencia para sus mujeres, que de repente se ponen minifalda. “Todos venimos pensando en volver”, le dice un compañero. Bueno, les acabo de contar Vente a Alemania, Pepe (1972, Pedro Lazaga), con el gran Alfredo Landa de emigrante, solo he cambiado Pepe por Mohamed. Esos éramos nosotros, se siente mucha simpatía por el pobre Pepe y sus penalidades. Ahora somos muy modernos.

Les cuento otra película, esta vez italiana. Es Pane e cioccolata (1973, Franco Brusati) con Nino Manfredi, que hace de emigrante en Suiza, currando de camarero. Como buena comedia italiana, es mucho más amarga. Un compañero le pregunta por qué allí miran mal a los italianos, y le dice: “Somos demasiados. Dos millones de extranjeros en una población de cinco. Es una invasión”. Aunque concluyen que si no fuera por ellos a ver quién iba a trabajar allí. Sus peripecias para seguir en el país sin papeles y pasar por suizo llegan al punto de que al final se tiñe de rubio, para parecerlo. La escena más famosa es cuando entra en un bar y hay un partido de Italia. Todos se meten con los italianos y él también, para disimular, pero cuando marca Italia no lo puede resistir y se pone a gritar gol como un loco, y así se descubre. Otra rubia que estaba con él tampoco era suiza: era una española con peluca.

La semana pasada se murió Sandro Mazzola, estrella del Inter de los sesenta y setenta, y entre los artículos de homenaje hubo uno de un escritor que en su niñez vivía en Suiza. Contaba que con 14 años fue a ver un amistoso Suiza-Italia en 1970 en Berna, muy emotivo para todos los inmigrantes italianos, que soñaban una victoria para darle en los morros a los suizos. Pero el partido fue mal, perdían 1-0 hasta que, a falta de cinco minutos, Mazzola empató, y para él fue el gol más bonito de su vida. Contaba el contexto político: tres meses antes se había celebrado el referéndum sobre la llamada iniciativa Schwarzenbach, un político de extrema derecha, admirador de Franco, que estaba obsesionado con la Überfremdung, traducible como “extranjerización” del país, aunque mejor no dar más ideas en este campo: propuso expulsar a 300.000 extranjeros y limitar el número al 10% de la población (entonces eran el 17%, y más de la mitad, italianos). Es curioso recordarlo ahora que Meloni quiere limitar los alumnos extranjeros a un 30% en las clases italianas. La participación fue altísima, un 75%, y al final un 54% de los suizos votó “no”. Eran otros tiempos. Nosotros, los de entonces, tampoco somos los mismos. Más serios, quizá un poquitín peores.

ALGO HABRÁ HECHO



El alcalde de Puertollano es imputado por acoso laboral
Una funcionaria denuncia al regidor del PP y los concejales de Urbanismo y Obras de someterla a un “hostigamiento reiterado”, “actitudes vejatorias” e “injerencias” en su trabajo.
José Marcos, 28.09.2026

La sección civil y de instrucción del tribunal de instancia de Puertollano (Ciudad Real) ha citado a declarar el 25 de noviembre como imputados al alcalde de la localidad desde 2023, Miguel Ángel Ruiz, del PP, por un presunto delito de acoso laboral a una funcionaria municipal. También están investigados los concejales José Antonio Barba (primer teniente de alcalde y edil de Seguridad ciudadana, planificación, urbanismo y limpieza) y Javier Trujillo (Obras, mantenimiento y deportes), según la documentación a la que ha tenido acceso EL PAÍS.

Inés Llerena, funcionaria de carrera en el ayuntamiento de la localidad de 45.000 habitantes y jefa del servicio municipal de Urbanismo los últimos ocho años, presentó en mayo 2025 una denuncia en la que sostiene que el regidor y los dos concejales “han venido realizando de manera sistemática acciones, comportamientos y actitudes vejatorias (...) que han supuesto un hostigamiento reiterado en el ámbito de su relación laboral” desde que la corporación local tomó posesión del cargo en junio de 2023.

El resultado fue “un estado de ansiedad y desasosiego” de la denunciante, que sintió “afectada gravemente su integridad moral y dignidad como trabajadora con la clara finalidad” de que “abandonase su puesto de trabajo para poner en su lugar a una persona de confianza afín a la corporación”. La funcionaria relata en la denuncia haber soportado “desacreditaciones continuas” del alcalde y los dos concejañes, que ponían “en duda su profesionalidad o capacidad para desarrollar su trabajo” y según su versión realizaban “injerencias en sus funciones, dándole órdenes contradictorias que suponían un boicot a su trabajo y que además posteriormente utilizaban para culpabilizarla”.

La funcionaria aportó en su denuncia informes redactados y firmados por ella en los que advertía al equipo de gobierno de la “falta de personal” en el Ayuntamiento, con su impacto en el retraso de trabajos municipales de los que el alcalde le responsabilizaba a ella. En la denuncia también incluyó audios que grabó en varias reuniones con los denunciados con el fin de documentar el “contexto de presiones y reproches, humillaciones, desacreditaciones continuas y referencias a su incompetencia para dirigir el servicio”. De la grabación de una reunión el 11 de enero de 2024, se pueden extraer frases contra Llerena como “tú reparte las tareas y si no ya las reparto yo”, “si hay un accidente la culpa es tuya” o “si no eres capaz me lo pones por escrito”. En audios de reuniones posteriores en abril y mayo el alcalde le dedica a su subordinada, según se destaca en la denuncia, frases como “vosotros salváis el puto culo y a los demás les puteáis”, “este departamento es un puto desastre”, “eso lo hago yo y no soy arquitecto”, “dame el puto diseño ya”, “esto es un puto cachondeo de servicio”, “es para crujiros a todos” y “no te salió de las narices firmar“.

Llerena fue suspendida de empleo y sueldo seis meses en marzo de 2025, después de que la empleada denunciara que había sufrido “un incidente de todo punto inadmisible” en el que el concejal de obras le habría criticado de forma inapropiada un trabajo supuestamente mal ejecutado por la denunciante. La funcionaria presentó el 7 de marzo un escrito al departamento de Recursos Humanos y a los sindicatos del Ayuntamiento. La Junta de Gobierno Local le abrió cuatro días después un expediente disciplinario en su contra por “faltas muy graves” en su puesto de trabajo como “el abandono del servicio” y “no hacerse cargo voluntariamente de las tareas o funciones que se tengan encomendadas”. La jefa del Servicio de Urbanismo del Ayuntamiento castellanomanchecho consideró que era una “consecuencia directa” de la situación de acoso laboral.

El alcalde de Puertollano, el primero desde la restauración de la democracia que no es del PSOE -el PP gobierna con el apoyo de Vox-, se defendió en una comparecencia frente a la versión de la jefa de Urbanismo y arquitecta municipal. Ruiz sostuvo que “como ocurre en cualquier organización pueden producirse discrepancias o momentos de tensión derivados de la propia gestión”. “Son situaciones que deben entenderse dentro de la normalidad del día a día administrativo y siempre se abordan con el respaldo de los informes técnicos correspondientes”, añadió el regidor. El pasado mes de marzo, justo un año después, el Consistorio resolvió el expediente disciplinario con un apercibimiento y devolvió a la trabajadora el salario no percibido durante los seis meses de suspensión. La funcionaria se reincorporó a su puesto de trabajo.

domingo, 27 de septiembre de 2026

PALOMAS Y PERSONAS


Un antiguo hogar para palomas, reacondicionado para personas
A petición de un diseñador de interiores poco convencional, Guy Goodfellow transformó un palomar del siglo XVIII en un espacio para escribir y recibir invitados.
The New York Times. Aimee Farrell & Toni Ferenc, 14.09.2026

Es fácil pasar por alto la solitaria torre cuadrada que se encuentra justo detrás del jardín italianizante de Garsington Manor, una majestuosa casa Tudor a cinco millas al sureste de Oxford, Inglaterra. Con 41 pies de altura y casi 22 pies de ancho, y un techo a cuatro aguas coronado por una veleta en forma de flecha, la estructura fue construida en 1714 como hogar para palomas. Si bien los palomares, como se les conoce, han estado presentes en las fincas aristocráticas británicas desde la conquista normanda, alcanzaron su máximo esplendor en el siglo XVIII, tanto como símbolos ornamentales de estatus al estilo de grutas y caprichos arquitectónicos, como despensas autosuficientes; las aves se criaban por su carne y sus excrementos, que se utilizaban como fertilizante. En 2018, cuando el diseñador de interiores londinense Guy Goodfellow , de 60 años, que había estado trabajando con los propietarios de la finca en la restauración de la casa principal, centró su atención en esta, 72 palomas seguían allí y más de 30 centímetros de guano cubrían el suelo. (Las palomas fueron trasladadas a Snowshill Manor en Gloucestershire). Hoy en día, sirve como refugio para escritores y como un pabellón romántico para tomar algo antes del almuerzo y para cenas. «He hecho cosas descabelladas», dice Goodfellow sobre la transformación, «pero nunca nada como esto».


Cuando Goodfellow entró por primera vez en el pequeño edificio, le impresionó su mezcla de sofisticación y sencillez. «Es una frágil red interna», dice sobre el interior, con sus paredes de piedra pálida de Headington casi completamente cubiertas de hileras escalonadas de cajas nido empotradas. Intrincado y sombrío, recuerda a un tablero de ajedrez o al santuario interior de una catacumba alejandrina. Tras haber renovado el tejado, cuyas tejas de terracota salían volando al jardín con los fuertes vientos, los propietarios le pidieron a Goodfellow que dividiera la única cámara horizontalmente, creando un estudio con torrecillas en su recién creado segundo piso. Su inspiración, el refugio creativo de la escritora y diseñadora de jardines Vita Sackville-West en la torre del castillo de Sissinghurst en Kent, aludía al propio pasado literario de Garsington. Su propietaria a principios del siglo XX, la mecenas del Grupo de Bloomsbury, Lady Ottoline Morrell, acogió a autores como Virginia Woolf, E. M. Forster, D. H. Lawrence y Aldous Huxley.

Para materializar la visión de sus clientes, Goodfellow tuvo que ingeniárselas para añadir la nueva planta sin afectar a las paredes, protegidas por la normativa de English Heritage. Su solución fue crear una estructura totalmente autoportante, de la que suspendió 23 escalones, inspirándose en un sistema de escaleras: una columna giratoria con escaleras para facilitar el acceso a los nidos. En la planta superior, instaló dos pares de ventanas abatibles en los huecos existentes y revistió el espacio con paneles de roble recuperado a la altura de la cintura. Gran parte del mobiliario antiguo y muchos de los objetos eclécticos —entre ellos un par de putti, uno de resina y el otro de piedra tallada— proceden de las colecciones privadas de los clientes.

Entre dos estanterías francesas pintadas del siglo XIX con escritorios abatibles, un sofá de Goodfellow tapizado en terciopelo verde musgo de George Spencer Designs está repleto de cojines textiles antiguos de Robert Kime y Nushka. Orientado al norte hacia un césped exuberante, un sillón Bridgewater de Howard & Sons con un estampado floral geométrico en gris y blanco descansa sobre una alfombra Ziegler en tonos óxido y azul. Tal como se pretendía, la torre se ha convertido en un lugar de tranquila concentración para los propietarios, pero también, en verano, con las ventanas abiertas, en un espacio fresco y ventilado para recibir invitados. En un reciente cumpleaños familiar, diez invitados se apiñaron alrededor de una mesa cubierta con un mantel de lino, traída para la ocasión, para cenar pasta pomodoro. Por la noche, iluminado por decenas de velas y un brillo eléctrico ambiental creado por la diseñadora de iluminación Sally Storey, adquiere el acogedor encanto de una cueva. «Ha vuelto a la vida», dice Goodfellow sobre el palomar. Pero la verdadera magia reside en que "alguien estaba lo suficientemente loco como para querer hacerlo realidad".

NOSOTROS, LOS NUEVOS ARIOS


Por qué necesitamos acoger a los emigrantes
La pureza mata; el mestizaje da vida. El sueño de una Europa blanca y cristiana no es un sueño: es una pesadilla.
Javier Cercas, 26.09.2026

Recapitulemos: la crisis de Ceuta no fue de partida una crisis migratoria; fue una crisis geopolítica: Marruecos olfateó la debilidad nacional e internacional del Gobierno español y organizó, alentó o toleró la entrada de casi 80.000 personas en Ceuta para mostrarle al mundo lo que puede hacer con Ceuta. Solo más tarde, cuando la mayoría de los que entraron había salido, la crisis geopolítica se trocó en una crisis migratoria todavía irresuelta, agravada por la torpeza y la gandulería de un Gobierno cuyo presidente siguió de vacaciones durante semanas en vez de hacer lo que debía haber hecho de inmediato: plantarse en Ceuta con su Gobierno en pleno y encerrarse allí a cal y canto hasta haber controlado la situación. Dicho esto, era inevitable que la internacional nacionalpopulista aprovechara la crisis para proseguir su tarea de demonizar la emigración intentando demostrar que constituye la causa de todos nuestros males. Es una mentira flagrante y una perversión sin paliativos. Infinidad de razones justifican este aserto; menciono tres.

La primera y más importante es moral. Todas las civilizaciones conocen el deber de acogida; es un imperativo ético elemental, literalmente sagrado: sin ir más lejos, las Escrituras llaman en numerosas ocasiones a dar de comer al hambriento y de beber al sediento, como predica Jesucristo (Mateo 25:35). Ahora bien, mientras permitamos que miles de personas mueran cada año tratando de llegar a nuestras costas —más de 1.313 desde enero hasta mayo de 2026—, estamos incumpliendo ese mandato. Es una canallada, y cada día que pasa sin que pongamos todos los medios a nuestro alcance para acabar con ella nos convierte en sus cómplices. He ahí la primera razón para acoger a los emigrantes: para no convertirnos en una banda de desalmados. La segunda razón es económica. Como se sabe, la economía española es ahora mismo una de las que más crecen en Europa, aunque los ciudadanos de a pie no se beneficien lo suficiente de ello (cosa que debería abochornar a un gobierno de izquierdas); pues bien, los economistas convienen en que, de los cuatro pilares que sostienen esa bonanza, uno es la emigración (los otros tres son el turismo, los fondos Next Gen y el bajo precio de la energía). Esta es la segunda razón: si echamos a los emigrantes, el país se arruina. Lo anterior no es una hipócrita declaración biempensante que pretenda ocultar la evidencia de que la mayoría de los emigrantes realiza trabajos subalternos; tampoco un rapaz argumento mercantilista. Es un hecho. La tercera razón es político-cultural. Es verdad que, como escribió George Steiner, Europa nace de la conjunción entre Atenas y Jerusalén, entre Sócrates y Jesucristo, entre razón y revelación; pero esa es la verdad parcial con que el nacionalpopulismo construye una gran mentira: la de que, para dar lo mejor de sí misma, Europa debe ser blanca y cristiana. La verdad completa es que Europa siempre ha dado lo mejor de sí misma cuando ha hecho lo contrario; es decir: cuando, partiendo de su base judeocristiana, ha sabido asimilar nuevas culturas, tradiciones, lenguas y visiones del mundo, al modo de una criatura mutante que solo es fiel a ella misma alimentándose de lo ajeno. En realidad, no podía ser de otro modo. La pureza es estéril; el mestizaje, fecundo. La pureza mata; el mestizaje da vida. El sueño de una Europa blanca y cristiana no es un sueño: es una pesadilla. Ese es el tercer motivo por el que debemos acoger la emigración: para ser mejores y más fuertes, para ser otros sin dejar de ser nosotros.

Hablo de una emigración ordenada y racional, claro está, cosa que nada tiene que ver con lo ocurrido en Ceuta: es imposible que una ciudad de 80.000 almas acoja de golpe a más de 70.000, ni siquiera a las 8.000 o 10.000 que, según dicen, quedan allí cuando escribo estas líneas; o al menos es imposible sin un estallido social que ojalá no se produzca. Pero, por urgente que sea resolver la situación de Ceuta, lo esencial persiste. Y lo esencial es que nosotros necesitamos a los emigrantes tanto como los emigrantes nos necesitan a nosotros. O más.


ERES LO QUE HACES (O LO QUE NO), NO LO QUE DICES


Los obispos españoles callan ante el desahucio de Maricarmen o la crisis humanitaria en Ceuta
La Conferencia Episcopal, “en situación de letargo” ante el vuelco electoral que atisban en España, evita pronunciarse sobre los fondos buitres y, salvo excepciones, sobre el drama de Ceuta, del que sí ha hablado León XIV. 


ESPITA ABIERTA


Isabel en terapia
Algo le pasa a la presidenta madrileña si no se da cuenta de que sido una de las grandes promotoras de la mala educación en la política actual.
Elvira Lindo, 27.09.2026

Cuando alguien me dice que ha decidido “quitarse” del vicio de la información como si fuera una droga pienso que esa persona que desea estar limpia, usando la expresión de algunos extoxicómanos, en el fondo sigue nutriéndose de sucedáneos que le ofrecen la realidad en titulares escritos por gente de su cuerda, sin el esfuerzo que supone leer lo que incomoda o lo que induce a cultivar una opinión propia. A esa voluntad de no saber, que escucho cada vez más a menudo, yo respondo que no puedo permitirme ese lujo, aunque en realidad miento: siempre preferiré abrir los ojos a cerrarlos. Me consuelo pensando que si hay algo rescatable de esta actualidad sin tregua es que no te da tiempo a aburrirte. Yo procuro salir de mi burbujita ideológica porque considero necesario saber de qué argumentos se nutren aquellos con lo que nada comparto. A veces, diré, encuentro reflexiones con cierto interés y en este afán de ser justiciera que me acompaña, me digo, mira este qué idioteces piensa, pero qué bien las expresa. A mí una persona educada, en estos tiempos de ordinariez, puede seducirme.

El otro día, scrolleando tontamente, porque a cierta edad a una debería darle vergüenza, me quedé prendada de una política que, siendo entrevistada en profundidad, venía a confesar que no le gustaba este mundo actual en el que resulta imposible debatir amigablemente con personas que no piensan como tú. Se quejaba la joven con amargura de esta manera brutal de ejercer la política en la que el adversario se convierte en enemigo. El enemigo, en su voluntad destructiva, no descansará hasta acabar contigo. Lo decía serenamente. No era difícil, porque el interlocutor la arropaba como si fuera terapeuta más que periodista, y cuando tienes delante a un entrevistador así es fácil rendirse a la confesión. Vaya, pensé, yo podría haber dicho lo mismo, podría haber afirmado, si es que no lo he escrito ya, que la violencia verbal ha irrumpido en la política de tal manera que quienes la lideran han conseguido que los debates políticos sean estériles, que quienes se regodean en la mala educación como si fuera un arma dialéctica hayan intoxicado el lenguaje, manchando el de la calle, llenándolo de expresiones grotescas de apariencia popular que avergüenzan a quienes pensamos que un sillón concedido por el voto del pueblo debería obligar a un decoro, a la excelencia en la exposición de una idea.

Yo hubiera añadido que la clase política debería dejar los chistes para quienes muy honradamente se ganan la vida como cómicos, hubiera añadido que nada tiene que ver el humor con la burla despiadada que provoca las risas crueles de los tuyos. Qué feo un espectáculo en el que solo se ríen los tuyos, ¿verdad? Es como un teatro con una platea partida en dos en el que actores sin vis cómica forzaran las risas de su batallón desplegando chistes crueles contra los espectadores de la bancada contraria. Sí, le hubiera dicho, en esto pienso lo mismo que usted, y esta coincidencia me alivia porque siento desazón al observar cómo las buenas formas se han ido perdiendo, cómo los políticos se defienden victimizándose en vez de comprender que pueden hacer mucho daño, abriendo la espita de la crueldad que luego no se sabe cómo cerrarla, mostrando una incapacidad casi patológica para la empatía. A mí tampoco me hace gracia que desde una institución pública se popularice un insulto que del escaño pasa a lema de la camiseta de los mozos de las fiestas de pueblo. No puedo digerir el chao, pescao; ni sabía que era eso del bulo del culo. Era un chiste para iniciados que me explicaron y tampoco le encontré la gracia.

Estaría de acuerdo con usted, le hubiera dicho a la entrevistada, si no fuera porque es quien es. Algo le pasa en su mente si no percibe que usted ha sido una de las grandes promotoras de la mala educación. En cuanto a su entrevistador, podría de una vez mutarse en terapeuta y decirle, Isabel, tenemos que hablar de esto.

José Luis Perales, *Isabel