Shostakovich, *Concierto de piano nº2 II, andante
Historia de la lancha más deseada del mundo: cómo la Riva pasó de un lago de Los Alpes al estrellato
Las embarcaciones de la marca, que llevan a las estrellas hasta la alfombra roja del Festival de Venecia, son las más emblemáticas de la historia del cine sin necesidad de haber pagado nunca ‘product placement’.
Enrique Rey, 20.10.2026
https://elpais.com/icon-design/2026-10-20/el-capricho-de-brigitte-bardot-peter-sellers-o-anita-ekberg-como-las-lanchas-riva-se-convirtieron-en-iconos-del-diseno-italiano.html
¿Qué tienen en común películas como La escapada (1962), El desprecio (1963), Goldeneye (1995) o Men in Black: International (2019)? En al menos una de sus escenas, sus protagonistas navegan en una lancha Riva. En el caso de la obra dirigida por Jean-Luc Godard, es Camille, interpretada por Brigitte Bardot, quien viaja a bordo de una de estas embarcaciones. La francesa se dirige a la isla de Capri, donde visita la Casa Malaparte, otro hito del diseño italiano y un capricho más del productor estadounidense que intenta seducirla. Pero la relación de Bardot con el astillero italiano Riva había comenzado antes de aquel rodaje, cuando su primer marido, el director Roger Vadim, le regaló en 1959 la lancha Nounours, modelo Super Florida. El idilio de la diva con estos iconos de mar no acabó con aquel matrimonio, porque también su tercer marido, el excéntrico millonario Gunter Sachs, muy aficionado a disfrazarse de vampiro, era el orgulloso armador de la embarcación Dracula, una estilizada Aquarama con la que paseaban por la Costa Azul.
Es difícil imaginar una constelación de mitos comparable a la que se ve en las imágenes de Bardot sobre una Riva: Saint-Tropez, una lancha con una silueta inconfundible y una estrella en plenitud hechizada por el Mediterráneo y la dolce vita. Por supuesto, muchas otras celebridades de la época compartieron su pasión por la marca: Anita Ekberg poseyó una Riva Tritone, Jean-Paul Belmondo, una Super Florida, y el matrimonio formado por Britt Ekland y Peter Sellers vivió algunos de sus mejores momentos surcando las aguas de Mónaco en una Super Ariston.
Como Alfa Romeo, Prada o Martini –por supuesto, una Aquarama aparece en un spot de la marca de bebidas protagonizado por Charlize Theron–, Riva es una empresa, pero también una leyenda del diseño y de la industria italianos. Y, como Lamborghini o Ferrari (dos fabricantes de automóviles con los que se la suele comparar), fue una compañía familiar que, tras ser dirigida durante la segunda mitad del siglo XX por un patrón carismático (en este caso, Carlo Riva, nacido en 1922 y fallecido en 2017), acabó perteneciendo a uno de los grandes conglomerados de su sector (Ferretti Group, el segundo astillero europeo dedicado a la construcción de yates por volumen de negocio, la adquirió en el año 2000).
Un astillero al pie de los Alpes
Todo empezó lejos del mar, al pie de los Alpes, en la orilla del Lago Iseo. Allí, en 1842, un joven carpintero de ribera comenzó a reparar las barcas de los pescadores tras las tormentas. Aquel negocio, transmitido de generación en generación, fue el germen del actual, cuya sede se inauguró en 1954 con un edificio –ejemplo tardío de arquitectura racionalista– que simula el puente de mando de un buque entre los hangares o tinglados.
Si Carlo Riva fue el Enzo Ferrari de la marca, el arquitecto Giorgio Barilani fue su Sergio Pininfarina. Tras un viaje a la región norteamericana de los grandes lagos, el primero decidió instalar potentes motores de ocho cilindros de fabricantes como Chrysler en sus embarcaciones de madera (acabadas con más de veinte capas de barniz); mientras que el segundo afinó sus diseños, ayudando a convertir el modelo Aquarama, lanzado en 1962, en uno de los vehículos a motor más deseados de la historia.
Uno de los secretos de la Aquarama es su pantoque (la línea entre los costados y el fondo del casco), que varía a lo largo de la eslora desde una pronunciada V en la proa hasta un ángulo recto en la popa. Otro, la combinación artesanal de materiales heterogéneos (caoba, acero y cuero) y el diseño de su salpicadero –inspirado, según el propio Carlo, en los catálogos de las aerolíneas estadounidenses–, que, junto al uso de los colores turquesa y naranja en contraste con los detalles cromados, generan una identidad cromática y visual. En conjunto, la Aquarama constituye un ejemplo de streamline design con un toque italiano, y es que aquella tendencia que afinó y suavizó las formas de coches y edificios estadounidenses durante los años cincuenta fue también un buen punto de partida para esta máquina destinada a alcanzar los cuarenta nudos de velocidad sobre el agua.
Aunque desde la marca indican a ICON que nunca han pagado por product placement, la presencia de sus embarcaciones en el cine y en los festivales de Cannes y de Venecia —donde funcionan como taxis que trasladan a las estrellas hasta la alfombra roja– ha sido constante desde su primera aparición en Mambo (1954), con Silvana Mangano. Fueron actores y directores quienes, espontáneamente, eligieron modelos del astillero, también muy habituales como reclamo de fondo en la publicidad de marcas de otros sectores con valores afines. Se han aliado con Riva firmas como Louis Vuitton y Chanel, la relojera Patek Philippe, Fiat, que preparó una edición especial de su 500 con detalles náuticos o, muy recientemente, Zegna que, una vez más, convirtió una Aquarama en emblema de la italianidad para su campaña de verano.
Menor eslora, mayor complejidad
Como la casa de moda Zegna, Riva es uno de los referentes industriales de Lombardía (la primera región de Italia y la segunda de la Unión Europea en peso económico). Según fuentes de la propia empresa, que colabora con instituciones como el Instituto Politécnico de Turín, el de Milán, la Universidad de Bérgamo o el IED de Milán, los peores momentos para la compañía siempre han tenido que ver con crisis globales (como la del petróleo o la de 2008) o nacionales (como la oleada de conflictos laborales que recorrió Italia durante los setenta).
La integración en el Grupo Ferretti también supuso cambios. Entonces Riva comenzó a fabricar yates de más de cien pies (actualmente más de doscientos, cuando una Aquarama mide veintinueve) y tuvo que levantar instalaciones alejadas de la sede original en el Lago Iseo, adaptadas a la producción de grandes esloras. “Durante décadas, la marca estuvo asociada a la leyenda de las embarcaciones de motor de madera de los sesenta, con la Aquarama a la cabeza. Con el paso de los años, Officina Italiana Design ha seguido un camino gradual y deliberado para garantizar que la marca adopte una nueva identidad en el mundo de los grandes yates. Hemos querido reinterpretar un icono sin quedar atrapados en él, porque permanecer ligados a la leyenda habría significado quedarse estancados”, explican a ICON Mauro Micheli y Sergio Beretta, cuyo estudio se ha encargado de diseñar para el astillero desde 1994.
Esta incursión en las grandes esloras, en la línea de otras marcas de lujo en busca del cliente megarrico, puede explicarse mediante razones económicas (construir yates de gran tamaño permite capitalizar la reputación artesanal de Riva aplicando precios elevados) y sociológicas (los nuevos millonarios procedentes de regiones de alto crecimiento como Asia-Pacífico y Oriente Medio buscan símbolos de estatus consolidados) y ha acelerado el ritmo de lanzamiento de nuevas referencias. En cuanto al proceso de diseño, Micheli y Beretta cuentan a ICON: “Nunca es lineal, sino un diálogo constante y cíclico, desde el planteamiento inicial hasta la botadura del barco. De hecho, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con la construcción de una casa, cualquier modificación interna o elemento añadido en un yate repercute directamente en la distribución de pesos, el rendimiento y el casco. Lo que llevamos a cabo es una especie de espiral de diseño que profundiza paulatinamente en los detalles, exigiendo una comunicación constante e ininterrumpida entre todas las disciplinas implicadas, como ingenieros y diseñadores, no solo en las fases iniciales o intermedias, sino también en las etapas finales”.
Según explican los diseñadores, la principal diferencia entre la arquitectura naval y la terrestre es que, en su sector, resulta muy complicado alcanzar un equilibrio entre la habitabilidad de los interiores, las líneas del diseño exterior y un uso eficiente del espacio. “En embarcaciones más pequeñas, por cierto, el desafío es aún mayor”, añaden. “Porque presentan un equilibrio estético y técnico más complejo, con tolerancias más exigentes y un margen de maniobra mínimo. Cada elemento se coloca con precisión, lo que dificulta mucho más lograr ese equilibrio”.
Aunque el rumbo de Riva se haya alejado de construir únicamente aquellas pequeñas embarcaciones de ensueño para unos ambientes y unas estrellas que quizá ya no existen, sus creaciones siguen explorando la belleza. No son las lanchas más rápidas del mundo (para eso, compañías estadounidenses como Cigarette acumulan motores fueraborda en la popa de sus creaciones), tampoco las más cómodas (muchos astilleros están especializados en barcos lentos y habitables: los llamados trawlers), pero siguen siendo las más deseadas. También en busca de la belleza, en Oda a Venecia ante el mar de los teatros (1966), el joven poeta Pere Gimferrer escribió: “Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos”. Una Riva Aquarama queda en el centro de la comparación.








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