Leer a Antonio Machado, mi poeta favorito junto a Walt Whitman (dudando, eso sí, de que uno pueda tener un poeta preferido), me toca el alma de un modo inexplicable, así como escuchar «Cantares» de Serrat me hace llorar. ¡Qué triste debió ser para Machado su exilio y su muerte en Colliure sin volver a pisar España! ¡Qué triste dejar tu hogar para marcharte lejos!
Desde una morada de calor abrasador y de escarcha,
Eilayikh baderekh hakhazara
Hacia ti, en el camino de regreso.
Estrofa 2
Mi'ma'amakim karati brayikh
Desde las profundidades te llamé, ven a mí.
Sheshavt b'enikh et pakhad hayam
Tú, que en tus ojos cautivaste el miedo al mar.
Eilayikh baderekh she'at ovada
Hacia ti, en el camino por el que te pierdes,
Al pi t'hom k'tsat lifney she'nifdam
Al borde del abismo, justo antes de que seamos redimidos.
Estribillo
Mi yakhal l'kapeir al layla bli shayna
¿Quién podría compensar una noche sin dormir?
Mi yimtsa li dakh d'muta shel ahava
¿Quién me encontrará un reflejo puro de tu amor?
Mi yishma et koli koreh lakh ba'shkhuna
¿Quién oirá mi voz llamándote en el barrio?
Umi yavi lakh et yadekh b'yadai
¿Y quién pondrá tu mano en mis manos?
Estrofa 3
Mi'ma'amakim karati brayikh
Desde las profundidades te llamé, ven a mí.
Kshe'at nish'eret yafa bein ha'shmarim
Cuando permaneces hermosa entre los recuerdos (lo que queda).
Ma'she'at shomra she'at lo m'gala
Lo que guardas en secreto, lo que no revelas,
U'b'enayikh rak dma'ot u'khvaim
Y en tus ojos, solo hay lágrimas y dolor.
(Se repite el estribillo)
Un pequeño detalle musical
A mitad de la canción, se escucha un canto en amárico (el idioma de Etiopía) interpretado por el propio Idan Raichel. Aunque no forma parte de la letra oficial en hebreo, la traducción de ese breve fragmento evoca la espera de la persona amada:
"Mi amor, te espero. Escucho tu voz. Regresa a mí, que mi corazón se llena de ti".
Muere en La Habana a los 84 años Aitana Alberti, hija del poeta Rafael Alberti
La intelectual residía en Cuba desde 1984, donde se dedicaba a la poesía y a las artes, presidiendo una cátedra con el nombre de su padre y trabajando en un centro cultural dedicado a la Generación del 27.
La intelectual Aitana Alberti, hija de los escritores españoles Rafael Alberti y María Teresa León, falleció a los 84 años en La Habana, donde residía desde 1984, informaron este miércoles medios estatales. Alberti, nacida en 1941 en Argentina, donde se exiliaron sus padres durante la Guerra Civil Española, dedicó su labor en Cuba fundamentalmente de la poesía y las artes.
Presidió la Cátedra Rafael Alberti de la Universidad de La Habana y durante más de quince años trabajó en el centro cultural Dulce María Loynaz donde dirigió el espacio Fe de vida: Imagen y palabra dedicado a divulgar la obra de los poetas de la Generación del 27, a la que perteneció su padre.
También fue miembro del Movimiento de Poetas del Mundo y presidió en Cuba el Proyecto Cultural Sur, que agrupa 30 ciudades de Europa y América, y Festival Internacional de Poesía de La Habana.
Una nota publicada en portada del periódico Granma expresó que Aitana Alberti, fallecida el pasado martes, “deja un vacío inmenso en la cultura cubana” y será recordada como “una incansable defensora de la poesía, la memoria, la paz y el diálogo entre pueblos”.
Su obra poética incluye los títulos Poemas de Aitana Alberti (1955), Pupila al viento (1998), Y de nuevo nacer (1999), Amazona en la centella (2016) y los libros de narrativa Inquilinos de la soledad (2006) —un homenaje a los exiliados de la guerra civil española— y Cuentos persas (2018) que fueron traducidos a los idiomas alemán, polaco, ruso, rumano e italiano.
Solamente tres veces en mi vida he visto llegar a León Felipe. Y siempre, venía desde muy lejos, porque aquel grande justiciero poeta, al igual que el grito que él amó, parecía venir desde un mundo lejano. O de la profundidad que ni él, quizá, conociera, pero que lo disparaba veloz hacia nosotros, como una arrebatada, una candente flecha silbadora. La primera vez fue en Madrid. Aquella confiada España de los primeros años de la República. Allí lo saludamos. Allí lo quisimos. Allí, puede decirse, lo conocimos. Y allí, también, una noche le dijimos adiós. Porque el poeta caminante, siguiendo ese destino suyo que creyérase siempre fue el éxodo, se alejaba nuevamente.
Así que en aquella noche junto a él, estaban todos los poetas de España, y con ellos Pablo Neruda. ¿Recuerdas, León, a García Lorca? ¿Recuerdas, León, a Miguel Hernández? Y, aunque en presencia no, también se hallaba con nosotros esa noche don Antonio Machado.
La segunda vez, yo, vi llegar esta segunda vez a León Felipe a otro Madrid muy diferente. Aquel Madrid ya de los aires desoladores por las calles. Al Madrid desventurado de las noches sin fin bombardeadas y las grandes albas heroicas, serenas, impasibles.
Venía también León desde muy lejos. Con un sencillo «goodbye, Panamá», el poeta se había despedido de la cátedra de literatura, en uno de los breves descansos de su vida, que en la Universidad de aquel país desempeñaba.
Y entonces fue cuando, de pronto, sintió un estirón de las raíces que nunca se habían desgajado. Pisó León otra vez tierra de España. ¡Y Federico ya no estaba! Había, no se sabe en qué sitio, quizá un pobre nido, una piedra perdida, un tallo matinal, manchado con su sangre.
Verdadera uña y carne, llegó León a Madrid para poner también su vida de español al tablero, para empaparse y confundirse con el corazón derramado de sus hermanos y sentir arrancársele por primera vez, desde las cuevas de sus entrañas, ese tremendo grito justiciero, ese clamor por la justicia que desde aquellos días lo empujó y lo acosó y lo desasosegó, llevándolo de un lado para otro como un león rugiente. Como un león que fuera conciencia de los olvidadizos, de los agazapados, de los tibios, de los enfriados, de todos aquellos que no creen, como él pensaba, en la redención del hombre por las lágrimas.
Era el poeta acusador porque para algo él vio, él tocó la España muerta, con sus ojos, porque para algo se pasó aquel otoño en el paseo del Prado, contando muertos. Contando muertos por las plazas y parques, contando niños muertos en los hospitales, contando muertos en los carros de las ambulancias, en los hoteles, en los tranvías, en él Metro. En las mañanas lívidas, en las noches negras, sin alumbrado y sin estrellas.
La tercera vez encontré a León Felipe en Buenos Aires, y al cabo de unos años de no verlo, pero de oírlo, sin embargo. Y no era únicamente Federico, sino Antonio y Miguel, los que no estaban. Cuando los españoles del éxodo nos encontramos, y más cuando uno de ellos se llama León Felipe, es como si chocaran, si se unieran pedazos de tierra vagabundos, trozos vivientes de una entraña lanzados a lo alto, dispersos por una mala tromba.
Allí me tropezaba con España. Allí chocaba. Allí me daba contra alguien muy vivo, muy sangrante, muy desesperado, muy animoso.
Venía ganándose la luz mientras ya otros se habían ganado definitivamente la sombra. Nos afirmó entonces León cómo el cielo le hizo que él fuera Jonás, tal vez fuera Job, nadie, o el viento.
No sé. Pero yo, que le conocí bien, os digo aquí:
¡Era un ángel, un niño, un hombre! Uno de los hombres más puros. Uno de los poetas más buenos de España.
El 29 de abril de 2025, la Real Academia Española saldó de forma simbólica una deuda antigua con Antonio Machado al acoger un homenaje que recuperaba el discurso que preparó para su ingreso y que nunca llegó a pronunciar. No fue sólo un acto institucional ni un gesto de aniversario. Fue, también, una prueba de hasta qué punto Machado sigue regresando, incluso cuando parece que ya lo hemos convertido en mera materia de escuela o en cita para una taza.
Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino:
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.
“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar” pertenece a los ‘Proverbios y cantares’ de ‘Campos de Castilla’, y conviene recordarlo porque a menudo se la usa como una especie de frase de autoayuda antes que como lo que realmente es: un pensamiento poético sobre el tiempo y lo que se pierde a su paso. El propio poema la sitúa entre dos ideas decisivas. Antes dice que “son tus huellas el camino” y después remata con ese final inolvidable de las “estelas en la mar”. Es decir, el camino no preexiste, no está prometido... y no vuelve jamás una vez andado.
Ahí está, en realidad, una parte esencial de la obra de Machado. Nacido en Sevilla el 26 de julio de 1875, formado en la Institución Libre de Enseñanza y marcado por sus viajes a París, su primera poesía tuvo todavía una fuerte impronta simbolista y modernista, visible en ‘Soledades’ y en ‘Soledades, galerías y otros poemas’. Pero la publicación de ‘Campos de Castilla’ en 1912 señaló un viraje decisivo. La voz se hizo menos ensimismada, más terrestre, más atenta al paisaje, a la historia y a la España concreta que tenía delante.
Ese cambio no fue únicamente literario. Fue biográfico. En 1907 había obtenido la cátedra de francés en Soria y en 1911 viajó a París con una beca junto a su esposa y musa, Leonor Izquierdo. En 1912, pocos meses después de la aparición de ‘Campos de Castilla’, Leonor murió con sólo 19 años. La herida fue honda. Machado regresó a España y se instaló en Baeza, donde siguió enseñando y donde su escritura se volvió más honda y más consciente del desgaste del tiempo.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón,
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!
Una obra que piensa mientras avanza
Reducir a Machado a un poeta melancólico sería quedarse muy corto. Su obra tardía, su prosa y la invención de figuras como Juan de Mairena o Abel Martín muestran a un escritor que desconfiaba de las fórmulas cerradas, de la retórica hueca y de las verdades demasiado satisfechas de sí mismas. Incluso cuando reflexiona, Machado no pontifica: tantea. Su pensamiento avanza como sus versos, por aproximaciones, por correcciones, por intuiciones que se afinan con el tiempo. En ese sentido, la célebre frase del caminante no es sólo bonita ni memorable. Es un aviso a navegantes. Primero se vive, luego se entiende un poco, aunque nunca del todo. Y no esperes volver por donde has venido, ese camino ya desapareció según pasabas.
La biografía acabó por darle a ese verso una gravedad todavía mayor. Machado fue elegido académico de la RAE en 1927, pero nunca llegó a ocupar su silla. Durante la Guerra Civil fue evacuado de Madrid, pasó por Valencia y Rocafort, participó en publicaciones republicanas y, en 1939, cruzó los Pirineos hacia Francia. Murió poco después, el 22 de febrero de 1939, en la localidad francesa de Collioure. Pese a su pérdida, su poesía sigue abriendo caminos por los sinuosos senderos de las mentes y los corazones de los que descubren (o redescubren) los versos del sevillano.
Dice Don DeLillo que escribir es el más llevadero de los oficios: Solo requiere un lápiz y un papel. En el caso de la poesía, muchas veces ni eso. Igual que muchas obras maestras del arte universal se hicieron milenios antes de que existiera la palabra arte, los dos grandes poemas fundacionales de Europa se compusieron siglos antes de que se inventara la escritura, y se transmitieron oralmente, como por otra parte se transmitieron las canciones y músicas populares antes de la invención del gramófono. La métrica y la rima son recurso mnemotécnicos que alcanzaron grados inauditos de sofisticación, y que siguieron siendo útiles cuando ya existía la escritura. Un poema medido y rimado es más fácil de recordar que otro en verso libre; y también más fácil de componer sin escribirlo. Borges se fue volviendo un poeta más formal según iba quedándose ciego y ya no podía confiar en la escritura para no olvidar los versos que inventaba. Hay poetas que escriben sin escribir mientras dan un paseo, mientras conducen, y llevan el poema consigo, como en una libreta virtual en la que tachan, añaden, corrigen.
La prosa tiene otras exigencias. No habría podido inventarse si no la preservaba la escritura. Quizás por eso, la prosa nació en Grecia casi mil años después que los grandes poemas homéricos. Un rapsoda podría cantar cientos de hexámetros seguidos de la Ilíada, pero no creo que alguien tuviera memoria suficiente para recitar la rica prosa narrativa de las Historias de Herodoto. El caso de los cuentos populares es diferente. Al ser breves, cerrados, y protagonizados por personajes arquetípicos, la continuidad de la transmisión era compatible con las variaciones menores que fueran introduciendo las sucesivas voces narrativas. Caperucita roja es distinto cada vez que un adulto se lo cuenta a un niño, pero siempre es el mismo. Yo he pensado a veces que la máxima gloria secreta para un escritor sería inventar una historia tan poderosa, tan bien armada, que no necesitara ser escrita para perpetuarse, con el mismo anonimato con que se perpetúan esas expresiones hechas dentro de las cuales hay una gota o una pepita de poesía. Quienes inventaron “andar con pies de plomo” o “ver el cielo abierto” “se me cayó el alma a los pies” fueron sin duda creadores originales del idioma.
En una época de tantas complejidades tecnológicas, la simplicidad del papel y el lápiz es un símbolo de la libertad irreductible de la conciencia humana. Lo más esencial es también lo más barato, y su materia prima, las palabras, es más barata todavía. Ese era el motivo, dice Virginia Woolf, por el que la única profesión abierta en Inglaterra a las mujeres fuera la literatura. Hasta una señorita de provincia sin recursos como Jane Austen se la podía permitir. Muchas veces, sentado en un parque o en un café de una ciudad extranjera, con mi libreta y mi lápiz en la mano, me he sentido como ese príncipe de incógnito del que habla Baudelaire. Sospecho que hay una felicidad todavía mayor, y es la del dibujante que abre uno de esos admirables carnets de bolsillo con tapas de hule y es capaz de dibujar con un lápiz o un rotulador de punta muy fina las cosas comunes o inusitadas que tiene delante: la cara de un desconocido, la curva de un tejado, una calle tras la cristalera de un café, una hilera de casas blancas en una colina, un gato, una golondrina en la vertical de la torre de una iglesia.
Hay destrezas que uno envidia más porque se sabe incapacitado para ellas, o porque las tuvo y las perdió por descuido. Nunca tuve la oportunidad de aprender a tocar un instrumento, pero se me dieron muy bien el dibujo y el latín, y dejé que se me olvidaran, con una pena que no sentí de joven, pero que crece con los años. También se me dieron bien las matemáticas durante un par de cursos, antes de que las hiciera odiosas el cura cruel y funerario que nos las enseñaba, castigando cada error en la pizarra con un golpe de nudillos huesudos en la nuca o un bofetón que te volvía la cara. No saber matemáticas le cierra a uno la comprensión cabal de cualquier faceta de las ciencias. Hay divulgadores asombrosos, que poseen el talento opuesto al de los teóricos de la literatura o del arte: dichos teóricos vuelven incomprensible lo que cualquier persona puede entender con sus luces naturales y algo de esfuerzo y experiencia; los divulgadores hacen comprensible lo que realmente es muy difícil, pero sus capacidades se detienen en un límite: el de las matemáticas, sin las cuales ni el lector más voluntarioso puede ir más allá.
Conozco a muchos científicos interesados por la literatura y las artes; el caso contrario es mucho más infrecuente. Los científicos describen sus hipótesis y los experimentos con que las ponen a prueba utilizando términos estéticos: sencillez, elegancia, belleza. Curiosamente esas palabras cayeron en desuso en los lenguajes de las artes. La lejanía entre las “dos culturas” (la humanista y la científica) que lamentó C.P. Snow en los años cincuenta me temo que sigue ensanchándose. Pero en un reportaje apasionante de Patricia Fernández de Lis sobre la Olimpiada Matemática Internacional de 2025 encuentro que en el fondo hay muchas resonancias entre ellas. En la Olimpiada compiten cada año 600 estudiantes de bachillerato, más o menos seis de cada uno de los países que participan. Todos han de resolver una prueba que será sin duda de una dificultad aterradora. Y han de hacerlo en un plazo de cuatro horas, solos y aislados, y usando, aparte de su propia inteligencia y memoria, nada más que un lápiz y un papel.
La figura del joven matemático se parece mucho a la del joven poeta: alguien, hombre o mujer, sentado delante de una mesa, con los codos en ella, la mirada fija en el papel o perdida en el aire, la mano suspendida, con el lápiz en la mano, lanzándose a un trance de escritura rápida, tachando, corrigiendo, encontrando, después de mucho esfuerzo, quizás al filo del agotamiento y la capitulación, una imagen que une de pronto las piezas dispersas en un solo enunciado, irrefutable, lapidario, como el verso que completa un poema, o como esa rima obligatoria que según W. H. Auden fuerza a veces a un poeta a descubrir una verdad.
Un eminente divulgador, Paul Lockhart, dice que las matemáticas son “la más pura de las artes, así como la más incomprendida…, un arte más antigua que cualquier libro, más profunda que cualquier poema”. Los participantes en la olimpiada hablan de la “belleza y dificultad” de los problemas, de la “elegancia y la simplicidad” de las soluciones, de la “libertad creativa” que exigen. Lawrence Summers, el economista responsable de algunas de las políticas más calamitosas desde los tiempos de Clinton a los de Obama, dijo que estaba demostrado que la capacidad matemática de las mujeres era inferior a la de los hombres, y tuvo que dimitir como rector de Harvard. El equipo español para la Olimpiada lo viene dirigiendo desde 1984 una mujer, María Gaspar. Miguel, uno de los participantes españoles del año pasado, se explica con una elocuencia de joven poeta iconoclasta: “Cuando me enfrento a un problema y me tiro ocho horas con él y acabo sacándolo me entra una alegría que no puedo explicar”. En el hallazgo científico, como en el de la literatura, la perseverancia en el trabajo culmina en el azar, en el hallazgo jubiloso de una iluminación.
El escándalo de esta Olimpiada ha sido, cuenta Fernández de Lis, que las grandes compañías de inteligencia artificial se han inmiscuido en ella, y alguna asegura haber resuelto el problema matemático con la fuerza arrasadora de su computación. El coste en energía y en agua de cada respuesta de la inteligencia artificial se calcula en más de un millón de dólares. Bastante más práctico y más barato es el fruto de una joven inteligencia humana y entusiasta, armada de un papel y un lápiz.
Ante el despecho de no sentirse amado, el poeta Cesare Pavese había escrito en su diario: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. Pocos días antes de suicidarse le confesó a su amiga Pierina que nunca se había despertado con una mujer al lado, que nunca había experimentado la mirada que dirige a su amante una mujer enamorada. Ni siquiera había obtenido de su madre el amor maternal que todo niño merece. Tampoco le ayudaba para conquistar a una mujer su carácter introvertido, agrio, pesimista y su rostro ceniciento. El último amor frustrado lo tuvo Pavese con la actriz norteamericana Constance Dowling, famosa por sus ojos color avellana, durante el rodaje de una película en Roma. El poeta enamorado le ofreció matrimonio, pero ella se casó con otro. A este desamparo debemos uno de sus versos más desesperados: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.
Imagino a Cesare Pavese aquel sábado 26 de agosto de 1950 en Turín con un maletín en la mano en el que llevaba su libro Diálogos con Leucó y ninguna ropa, cruzando la plaza Carlo Felice, frente a la estación de ferrocarril Porta Nova, un lugar céntrico de la ciudad, en dirección al albergo Roma, situado bajo los soportales. Allí pidió una habitación. Se tendió en la cama vestido con el traje oscuro y la camisa blanca; se aflojó el nudo de la corbata; los pies desnudos, lívidos, ligeros como dos alas dispuestas a volar. Acababa de obtener un último desaire amoroso, había realizado tres llamadas de teléfono sin respuesta.
Era una tarde caliginosa de verano, la ciudad desierta a esa hora estaba impregnada por el sopor que subía desde el río Po. Hasta esa habitación de la segunda planta con el balcón abierto y los visillos flotando llegaba a veces el sonido de alguna motocicleta que cruzaba la plaza. Puede que llevara en el transportín una chica feliz, enamorada, que regresaba con su novio de un día en el campo. Tal vez el poeta imaginó aquello que había escrito. Después de darse un revolcón en la hierba, “la muchacha, sentada, se acicala el peinado / y no mira a su compañero, tendido, con los ojos abiertos”.
Hay cosas que uno no se perdona. No me perdonaré no haber visitado aquella habitación del albergo Roma cuando en uno de mis viajes pasé por Turín. Supe cómo era por la forma con que la describió la escritora Natalia Ginzburg cuando la visitó siete años después de que Cesare Pavese se hubiera suicidado. Habían sido muy amigos, trabajaban en la editorial Einaudi, ambos fueron represaliados y desterrados por el fascismo. Al entrar en el albergo, Natalia detrás del mostrador encontró a la hija de la familia. Todo seguía igual en el recibidor. Los dos radiadores, la moqueta roja, los dos sillones raídos, el espejo velado. La recepcionista le dijo: “Sé lo que busca. Es la habitación 346 de la segunda planta”. Subieron y ella abrió con la llave que llevaba en el bolsillo del delantal.
En la habitación el tiempo se había detenido con el aire estancado tal como la había dejado la muerte. La misma cama estrecha con cabecera de hierro, el perchero, la silla, la mesa de madera, la lámpara de plástico sobre la mesilla de noche donde el poeta, antes de tomarse los siete tubos de barbitúricos, dejó escrito en el vano de una página de su libro Diálogos con Leucó: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No chismorreen demasiado”. Nadie había tocado aquellos enseres. Frente a la cama, Natalia pensó que su amigo nunca tuvo esposa, ni hijos, ni casa propia. Conocía todos sus fracasos amorosos, primero con ella misma, después con Battistina Pizzardo, activista del Partido Comunista, luego con Bianca Garufi, otra escritora. Lo recordaba terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado, escribiendo en los cafés llenos de humo. La escritora comenzó a llorar.
Abro su libro de poemas de Pavese este día en que el sol de una radiante primavera invita a todo, excepto a suicidarse. Leo: “¡Oh, cuánto tiempo ha pasado desde que jugaba a piratas malayos!“. Otros días, otros juegos, otros arrebatos de la sangre ante rivales más escurridizos: los pensamientos y los sueños”.
Aquel atardecer de un sábado de 1950, mientras en la habitación del hotel Roma permanecía el cadáver de Cesare Pavese, no muy lejos de la plaza bajo la luna de agosto se había establecido una verbena con farolillos; sonaba la orquestina de saxos, trompetas y acordeones con la voz de un vocalista que cantaba dulces boleros de amor, y muchachas de faldas floreadas y chicos con mucha brillantina en el pelo bailaban con los cuerpos muy pegados, ajenos a que el máximo poeta de Italia permanecía muerto por todos los amores imposibles tras los visillos de aquel balcón abierto. La música cesó casi de madrugada. Por la mañana del domingo, el camarero del hotel, al no haber obtenido respuestas a sus llamadas, entró en la habitación y descubrió el cadáver. En ese momento tal vez las campanas de la catedral de San Juan Bautista repicaban alegremente llamando a misa mayor.
Hablando ayer del futuro -futuro cercano-, por teléfono con un amigo, comentábamos que seguimos empecinados en trabajar y olvidarnos de vivir, como hubiera dicho Julio Iglesias; ¡problemas de ricos!, dirían otros, posiblemente con razón. Sea de una u otra forma, la vida se nos va de las manos como agua (sucia o limpia, eso depende) y no hay nada que hacer. Con un poco de suerte podemos cambiar esto, aunque no es sencillo, depende de tantas cosas. Al final todo se reduce a las matemáticas, siempre a una simple cuenta: una suma, resta o incluso una división. Será el resultado de estas ecuaciones el que nos marcará el siguiente paso, el que nos dirigirá a nuestro destino.
No estamos solos. Trabajo, trabajo, trabajo. A estas alturas hasta pienso seriamente en hacerme cuáquero.
Lo malo es que siempre, por el camino, nos vamos a cruzar con la mala gente que camina. ¡Qué sabio Antonio Machado!
HE ANDADO MUCHOS CAMINOS Antonio Machado
He andado muchos caminos, he abierto muchas veredas; he navegado en cien mares, y atracado en cien riberas. En todas partes he visto caravanas de tristeza, soberbios y melancólicos borrachos de sombra negra, y pedantones al paño que miran, callan, y piensan que saben, porque no beben el vino de las tabernas. Mala gente que camina y va apestando la tierra... Y en todas partes he visto gentes que danzan o juegan, cuando pueden, y laboran sus cuatro palmos de tierra. Nunca, si llegan a un sitio, preguntan a dónde llegan. Cuando caminan, cabalgan a lomos de mula vieja, y no conocen la prisa ni aun en los días de fiesta. Donde hay vino, beben vino; donde no hay vino, agua fresca. Son buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y en un día como tantos, descansan bajo la tierra.
Se podría escribir hoy una nueva versión de Of mice and men (De ratones y hombres) con todo el material disponible. Steinbeck la tituló originalmente Something That Happened (refiriéndose a los eventos del libro como "algo que sucedió", porque nadie puede ser realmente culpado por la tragedia que se desarrolla en la historia). Sin embargo, cambió el título después de leer el poema de Robert Burns (1785) To a Mouse. El poema de Burns habla del pesar que siente el narrador por haber destruido el hogar de un ratón mientras araba su campo.
The best-laid schemes o’ mice an’ men / Gang oft agley, / An’ lea’e us nought but grief an’ pain, / For promis’d joy.
Los mejores planes de ratones y hombres / se desvían a menudo / y no nos dejan más que pena y dolor, / por la alegría prometida.
Los finales años 30 del siglo pasado quedan muy lejos, pero ¿alguien duda que atravesamos una época similar? Miedo da la deriva de unos y de otros, los vaivenes de la economía, el precio de la vida en tantos países, la total falta de educación y de respeto por los demás, la velocidad del impero el "ya". El escritor, que vivía triste e indignado por las condiciones de las víctimas de la Gran Depresión, fue muy polémico y transgresor en su época, retratando también en The grapes of wrath (Las uvas de la ira) la década de los años 30 en Estados Unidos. Un ejemplo, éste, de cómo la buena literatura no tiene edad.
Volviendo a la recurrente mala educación, a la que odio tanto o más que a las redes sociales y el mal uso del móvil, ¿dónde ha quedado aquello de "habla bajito" que te decían tus padres cuando estabas en medio de gente desconocida? Estoy sentado en el avión grande de BINTER, en el que se embarca siempre un buen rato antes, y tengo que enterarme de las conversaciones privadas de la gente, algunas de trabajo (una petarda emporedada hablando de no-sé-qué reunión) y otras familiares… Es insoportable. Ya no sólo es la horrible música de los coches sino ahora también la vida de los demás. Encima, el uso de los auriculares inalámbricos hacen que todos parezcan unos payasos, hablando y moviendo las manos sin que se sepa con quién lo hacen o a quién le están dando la chapa sin pudor alguno. Si tuviera tiempo e interés, que de lo primero poco y nada de lo segundo, iría transcribiendo las conversaciones que escucho tan a menudo en los aeropuertos, aviones, trenes...
Ya tardaba el ensayo que por fin pusiera negro sobre blanco lo que todos intuimos con la boca pequeña y un teatrillo ficticio de humildad desolada: la inteligencia en el mundo da muestras cada vez más flagrantes de estar abocada a la extinción. Es la tesis central de este librito maravilloso, solo que no puede decirse exactamente así, porque practica la vieja tradición del diálogo renacentista adaptado a nuestro tiempo, es decir, pasado por la genialidad contorsionista e irónica (que aquí también disfrutamos tiempo ha) de un Indro Montanelli, un Umberto Eco o un —el auténtico referente— Carlo M. Cipolla, autor de una obra maestra absoluta que, en buena lógica, se lee cada vez menos dada la incalculable velocidad a la que se destruye la inteligencia en las sociedades contemporáneas: Allegro ma non troppo. Las leyes fundamentales de la estupidez humana. Por supuesto, la mejor de esas leyes es irrebatible: el estúpido no solo toma decisiones que hacen daño a los demás, sino también a sí mismo.
Ahí se instala sin decirlo este ensayo cuajado de buen humor e inteligencia coloquial (y una vaga impregnación muda de Schopenhauer y su pesimismo de víscera). La organización de las sociedades modernas está destinada a reducir la capacidad de impacto de las inteligencias libres, creativas, disruptivas y disonantes porque si prosperasen, si triunfasen o incluso si lograsen algún tipo de cargo de dirección arruinarían el tinglado entero y acabarían con la más mínima posibilidad de perpetuación de la estructura pensada para perpetuarse, sea la empresa, sea la Administración burocrática, sea un gigante editorial (el autor trabajó en uno, y la anécdota que cuenta es tremenda porque la ha vivido cualquiera a su propia escala) o un gigante mediático. Da igual: la humanidad desarrolló durante millones de años la inteligencia capaz de hacerla sobrevivir y ahora es ya innecesaria porque todo funciona solo y una inteligencia extraña a la perpetuación del sistema solo serviría para neutralizar su bovina y pacífica continuidad.
La ligereza del texto, el uso del cinismo irónico y virtuoso, la naturalidad de las dudas (falsas) sobre la certeza de su propia hipótesis discurren al hilo de una conversación (falsa) con un profesor alemán, pero arranca de un fenomenal encuentro (que debe de ser lo único veraz del libro) con el inventor de la etología, Konrad Lorenz. Para ser exactos, el periodista Pino Aprile lo fue a buscar a su refugio para contarle la idea y ese es el arranque de la reflexión sobre las leyes de la triunfal imbecilidad humana para exponer detenidamente sus tesis sobre el fin de la inteligencia (también a través de infalibles leyes, por supuesto).
No hace falta que este librito sustituya al de Cipolla: simplemente es otra conquista risueña de la inteligencia humana sobre la estupidez general. Y eso que a las redes sociales les dedica solo el último folio y medio: le bastaba con haber vivido y escrito el ensayo bajo el imperio de la televisión de Berlusconi. Se preguntaba entonces si estábamos en punto muerto solo o ya en pleno declive. Según sus leyes inconcusas, el vértigo de la aceleración digital tiene la respuesta (juas: eso no lo dice él, lo digo yo).
“Nuevo elogio del imbécil”. Pino Aprile. ¿Tiene la inteligencia los días contados? Un ensayo sugestivo y lleno de humor que reflexiona sobre el imparable (y no siempre trágico) ascenso de la necedad.
"Estos días azules y este sol de la infancia..." Este fue uno de los últimos versos de Antonio Machado. Palabras escritas en un pedazo de papel arrugado que el poeta metió en el bolsillo de su viejo abrigo. Lo encontró su hermano José unos días después de la muerte del poeta en Collioure, Francia, cuando recogía sus cosas de la pensión. Era un frío 22 de febrero de 1939.
En 2019, cuando se celebraron los 80 años del aniversario de su muerte, la directora Laura Hojman tomaba aquel verso para dar nombre a uno de los mejores documentales que se han hecho sobre el artista en Antonio Machado. Los días azules. Una historia que recupera la memoria y la obra de Machado, dibujando a un hombre como símbolo de la España que se perdió: un canto a la importancia de la cultura para la vida, para el progreso y para crear una sociedad mejor.
Premiado y aclamado documental
Ganador del Premio Imaginera 2020 al Mejor Documental, Los días azules viaja del principio al fin, trazando un viaje por su vida, la infancia sevillana y el exilio de Collioure a través de lectura de sus poemas, con el uso de animaciones y recreaciones. Personalidades como Ian Gibson, Elvira Lindo, Antonio Muñoz Molina y Luis García Montero, entre otros, ponen en valor al poeta, filósofo y dramaturgo, hombre cívico heredero de los valores de la Institución Libre de Enseñanza que defendió la cultura y la educación como motores de cambio de la sociedad.
El documental sigue las andanzas del bohemio y noctámbulo París que conocieron quienes huían de la guerra, el cierre o el exilio. Pero también muestra al Antonio maduro y viudo, profesor en Baeza, que conoce a un joven alumno de excursión, un tal Federico. Conocemos su relación con la obra de Rubén Darío, personalidades cruzándose y enriqueciéndose.
¿Qué significan los días azules?
El azul remite a la añoranza, a los días pasados y también a la tristeza. Los tonos azules forman parte de la voz poética de Machado, cuando el mar toma importancia en sus versos, cuando el Mediterráneo hace que el poeta reflexione y siga trabajando, cuando los cielos de las distintas etapas reinan en la consciencia del protagonista sea en Soria, Madrid o Baeza. Los días azules son la poesía de Machado derrotado y sin esperanza y, en última instancia, el final de su vida.
NOTA. Se puede ver en RTVE Play y en prácticamente todas las plataformas.
Las primeras páginas de los periódicos son cada vez más deprimentes, de manera que la solución es darle la vuelta y sonreírle a lo bonito de la vida, echar mano de las viñetas, aun siendo humor negro, o leer tranquilamente alguna noticia deportiva de éxito o una poesía de Machado como homenaje a la perrita Bali, así que manos a la obra.
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Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina que lame el Duero! Un musgo amarillento le mancha la corteza blanquecina al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores que guardan el camino y la ribera, habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera va trepando por él, y en sus entrañas urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero, con su hacha el leñador, y el carpintero te convierta en melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta; antes que rojo en el hogar, mañana, ardas en alguna mísera caseta, al borde de un camino; antes que te descuaje un torbellino y tronche el soplo de las sierras blancas; antes que el río hasta la mar te empuje por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.
He vuelto a dormir mal, la cosa avisa de nuevo. Sueño soñado, permítanme el pleonasmo, para revivir una y otra vez lo que tengo ahora en la cabeza y que no me deja tranquilo, lo que como la marmota se presenta en cada momento de despiste. Mi tribu ayuda, sí, pero no lo suficiente; vuelven pensamientos e ideas recurrentes y la luz al final del estrecho túnel parece que se aleja haciéndose más pequeña de nuevo. El trabajo poco ayuda, los jefes aún menos, con su mente estrecha y la mano apoyada siempre en el artilugio que aprieta las tuercas, de manera que sólo resta el viaje interior para huir de la vida misma.
"Como un eco perdido, como un amigo acento
que suena cariñoso,
el familiar chirrido del carro perezoso
corre en alas del viento, y llega hasta mi oído
cual en aquellos días hermosos y brillantes
en que las ansias mías eran quejas amantes,
eran dorados sueños y sanas alegrías."
Leyendo esta mañana a Rosalía de Castro y su "En las orillas del Sar", después de un café y un desayuno frugal, compruebo que ya se fue la calima y que hoy parece que llegaremos a 26°, lo que significa que el veranito nos dará un respiro. Un buen día para desconectar lo que se pueda y comer con amigos en la ciudad.
Salimos a cenar anoche con amigos, era la primera vez que lo hacía durante un día de calor infernal, con viento que parecía provenir del mismo lugar y que te daba una bofetada al abrir la puerta de tu casa. Poco ayuda este calor a pasar el día trabajando, es un hecho, menos mal que el bendito aire acondicionado ayuda lo indecible. Parece mentira el bien que puede logar una reunión de este tipo, donde siempre se respira un cariño que todo lo envuelve y todo lo impregna. Nunca vemos suficientemente a los buenos amigos, es ésta una de las cosas que nos ha traído el tiempo de la falta de tiempo que vivimos. ¡A ver si nos vemos! ¡Te llamo para un café! ¡Nos llamamos para comer!, etc. ¿Les suenan estas frases? Velocidad es lo que nos sobra, tiempo lo que nos falta.
Cada mañana me despierto receloso por saber qué me depara la portada de EL CASO (léase cualquiera de los periódicos nacionales), si antes eran los acontecimientos en Estados Unidos o en Ucrania o en Israel, ahora no es necesario irse tan lejos, nosotros tenemos lo nuestro. Expectantes como estamos ante tantas heces, poco podemos hacer salvo sentarnos ¿plácidamente? a ver pasar el cadáver de nuestro enemigo (más bien los cadáveres), si hubiera justicia terrenal (la divina se la dejo a los más optimistas). Nos salvan de estas miasmas pocas cosas ya, contaditas, empezando por los ojos de un bebé o la felicidad de un cachorro. La vida es tan bonita que parece de verdad, nos cantan, ¡pues a ello!
Mamacita dame alas que me quiero ir a volar. Ya ni la organización de los viajes me anima demasiado, mal síntoma éste. Tengo la vista puesta en las vacaciones de septiembre y en algún salto finesemanal previsto, pero no me siento a materializar los planes en billetes de avión, hoteles y visitas; acabo siempre procrastinando y diciéndome, mañana lo hago, como tantas otras cosas. El calor no ayuda, lo sé, me aplatana completamente, pero en invierno poco calor hace y mi actitud casi no varía, para qué nos vamos a engañar.
Bueno, comienza este sábado entre la música de Pablopablo+Amaia, la vida y poesía de Rosalía de Castro, la novela de Umberto Eco "La misteriosa llama de la reina Loana", donde Yambo, el protagonista, pierde la memoria tras un terrible accidente que lo obliga a recuperar su propia vida, y la historia de la periodista Pilar Eyre y su perro Bakunin. ¡Feliz sábado a todos!
Revisitando a Gustavo Adolfo, yo me atrevo a preguntar ¿qué es la ópera?
La ópera es un género de arte escénico que combina música, canto, actuación teatral, y a menudo danza, con una puesta en escena dramática.
Parece que en su definición coincidimos todos, los aficionados, la IA y la Wikipedia: la ópera es una obra destinada a ser representada.
Anoche se cerró la temporada de ópera 2024-2025 en la calatravada, el Auditorio de Tenerife, renombrado Adán Martín (personaje que acudió al auditorio una o ninguna vez, según los cronistas oficiales) por obra y gracias de las huestes de CC, nuestro PRI particular.
Volviendo a lo de anoche, el programa fue "Parsifal", de Wagner, pero no la ópera sino -veamos qué decía la web del auditorio- una "síntesis sinfónico-coral en tres actos" de Pedro Halffter sobre la magna ópera del compositor alemán sobre la vida del caballero de la corte del Rey Arturo y su búsqueda del Santo Grial.
Música muy bonita, magnífica orquesta y coro, y un director más que entregado a la par que autor de la síntesis sinfónico-coral, eufemismo donde los haya, sirva de oxímoron el título de mi modesta crónica. Lo malo que esto de anoche no era ópera sino una larguísima sinfonía con algunos toques corales, sin representación y, por ende, sin cantantes ni escenarios, ni vestuarios, ni teatro ni nada de nada. Sólo orquesta, coro y luces. Me pregunto si de los tres saludadores, el tercero (el propio Pedro Halffter y el profidéntico director del coro completaban el trío escénico) era el de las luces.
Una larga sinfonía wagneriana que, a mi antojo, se hizo interminable.
Fue una noche de encuentros, como siempre, son amigos e incluso la oportunidad de hablar un rato con Airam Hernández, mi querido amigo tenor tinerfeño con al que me crucé en el hall del auditorio antes de entrar.
Terminada la temporada, toca ahora esperar a la primera ópera de la próxima, que será en octubre: "Yerma", de Heitor Villa-Lobos. No conozco la ópera pero sí las obras del compositor brasileño, así que la espero con gran interés.