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sábado, 22 de agosto de 2026

¿QUIÉN SE OPONE A NETANYAHU?


Benjamin Moser: “Muchos países se opusieron al nazismo. ¿Quién se opone a Netanyahu? Solo Pedro Sánchez”
Tras publicar las biografías de las escritoras Clarice Lispector y Susan Sontag (esta última premiada con el Pulitzer), este historiador del arte recoge en ‘El mundo del revés’ las vidas, y los equívocos, de los pintores del Siglo de Oro holandés. El resultado le da la vuelta a parte de la historia.
Anatxu Zabalbeascoa, 22.08.2026

La casa de Benjamin Moser (Houston, 49 años), cerca de las cuevas de Lascaux, está literalmente perdida en el Périgord francés. Desde hace 20 años, él y su pareja pasan meses rodeados de glicinias, olivos, pinos, adelfas, una piscina y el canto raveliano de las cigarras. Moser, que hizo el bachillerato en Francia, es cuatrilingüe. “Previene la demencia”, bromea. Hablando castellano parece venezolano. Vivió allí con 18 años. “Venezuela era como si hoy Dubái quedara paralizada y regresaras 30 años después. Los norteamericanos creemos en el progreso de la historia, no como el resto del mundo que sabe que es cíclica. Por eso nos va a destrozar lo que está pasando”.

Empezó El mundo del revés (Anagrama) cuando se mudó a Holanda. ¿Qué le dio la vuelta a su mundo?
Conocer a mi pareja. Con 23 años trabajaba en una editorial de Nueva York. Mi jefe no sabía de qué hablar con un autor y me pidió que los acompañara a comer… La base de mi carrera es esa: sé cómo hablar con la gente. La noche antes de conocer a Arthur leí su novela El negro que tenía un corazón blanco. Los libros reflejan cómo somos. Me fascinó.
Tenía 23 años y él 43.
Pensé: es un anciano y… ¿por qué no?

¿Es apasionado en todo?
No se puede escribir sin pasión. Se puede sin transmitir, lo hace la inteligencia artificial. Pero el objetivo del arte es transmitir. Quieres que los lectores vean lo que tú ves. Era mi tipo de persona.

¿Qué nos atrae de alguien?
Una cualidad del alma. De eso va El mundo del revés, de lo que un pintor muestra de sí mismo en su pintura.

Su libro acerca, y cuestiona, a los grandes pintores del Siglo de Oro holandés.
Cuestionar tiene que ver con mi origen americano. Crecí rodeado de ideas que parecen estables hasta que aprendes a no dar nada por hecho. Escribiéndolo aprendí, por ejemplo, quién fue el primer pintor en representar sentimientos humanos en un rostro. Hasta que Arístides de Tebas lo hizo en 340 antes de Cristo, ¡nadie había dibujado a una persona sonriendo, es decir, mostrando sus sentimientos!

Le costó 20 años escribir El mundo del revés.
Sentía que no sabía lo suficiente.

En ese tiempo, escribió las biografías de Clarice Lispector y Susan Sontag. ¿Por qué ellas?
En la Universidad intenté aprender chino. Decían, con razón, que era el idioma del futuro. Fracasé. Pensé que, sabiendo español y francés, el portugués sería más fácil. Leí La hora de la estrella, de Lispector, era lo mejor que había leído en mi vida. Me obsesioné, fui a Brasil y quise hacerla famosa.

¿Quiere salvar a la gente?
Es un rasgo de carácter que conduce a la depresión cuando no puedes hacer más. Con ella lo logré. Dediqué cinco años al libro. Cobré 8.000 euros. Si eso no es pasión…

¿De qué vivía?
De traducir o escribir sobre un restaurante por 1.000 dólares…

Lispector supo, con siete años, que sería escritora. ¿Le sucedió?
Tardé más. Luego Clarice me dio una carrera. Me sirvió para que, con 25 años, me encargaran la biografía de Sontag.

Otra escritora judía. En Recife, donde creció Lispector, confundían a los judíos con Judas.
No sabían lo que eran. Brasil es un país muy nacionalista. No es que quieran invadir Uruguay, es que, como les sucede a los grandes países —EE UU o Rusia—, no ven más allá de sí mismos: no les interesa lo diferente. A los norteamericanos les gustan los orígenes extranjeros. Todos tienen uno más o menos falso. Hay quien lleva allí 300 años y te dice que es irlandés. Vale. ¿Puedes ubicar Irlanda en un mapa?

Lispector nació en Ucrania.
Escribía en portugués de una manera que ningún brasileño osaría hacerlo. No tiene que ver con que fuera extranjera, sino con lo que buscaba con las palabras, con la manera casi violenta con la que rompía clichés.

Escribió sobre la nostalgia de no haber nacido animal.
Para ella su perro Ulises era la persona más pura. Los animales siempre son puros.

Temía más no amar que no ser amada.
Tenía razón. Siempre tiene razón. Pero todo la afectaba demasiado. Tenía los problemas de tener un alma buena. Le importaba más la vida real que la académica.


¿Le sucede lo mismo?
Sí. Agradezco las investigaciones que proporcionan datos, pero lo más interesante del arte es lo que te toca emocionalmente. Lispector no leía filosofía, pero era filósofa porque, como todas las personas originales, pensaba por sí misma.

Al escribir biografías, ¿cómo decide qué incluir y qué no?
Al retratar a alguien haces, también, un retrato de lo que te importa. Vas a hacerlo tú con esta entrevista: elegirás lo que te parezca más interesante. Un problema del periodismo es no ser honesto con el punto de vista. Si alguien escribe sobre Israel, por ser judío o palestino, se considera descalificador. Debería ser lo contrario. Es más honesto entender desde donde habla uno. Todos tenemos una perspectiva. Muchos biógrafos creen que contar una vida es acumular datos. “El jueves comió huevos…”. Eso mata la biografía. Una vida no son datos.

Ha escrito que Lispector y Sontag tenían carisma.
El carisma es una mezcla de vitalidad, verdad, encanto, amabilidad, pasión, misterio y belleza. Pero es políticamente incorrecto escribir sobre la belleza de una escritora. Para mí la belleza es una obsesión. Siempre es más. He conocido a gente atractiva a cinco metros y completamente aburrida cuando habla. Y lo contrario. Al hablar aflora la inteligencia, el talento o la bondad.

¿Lo más difícil de encontrar?
La bondad es inalcanzable porque controlar la maldad exige paciencia, autoconocimiento y sentido del humor. Clarice decía: “Tengo varias caras, una es casi bonita. Otra casi fea”. Nuestro rostro cambia con los años y en los instantes.

Tras la biografía de Lispector, le encargaron la de Sontag.
Sontag era una persona eléctrica: ponías el dedo encima y te daba un calambre. Pero… sabía que era mi oportunidad para escribir sobre mi propia cultura.

Ganó el Pulitzer.
Fui el biógrafo autorizado. Con acceso a documentos y familia. Pero la biografía no era autorizada. La distinción es importante: estuvimos un año negociando el contrato. Todos quieren —y yo lo querría si alguien escribiera la biografía de Arthur— leerla y poder cambiar errores.

Errores.
Exacto. Nadie se ofende por cambiar un dato. Pero… ¿qué cree que ofende a la gente?

¿No parecer honesto?
El sexo y el dinero. Es decir, la literatura francesa, Balzac.

¿Con quién te acostaste?
Con quién y por qué lado… No se puede predecir lo que va a ofender a la gente, pero se debe saber, al escribir una biografía, que se van a ofender seguro.

Escribió que Freud, la mente del moralista la había escrito Sontag, no coescrito con su marido, Philip Rieff…
Un ejemplo de lo que no puedes prever si ofenderá o no. No era un secreto. Susan se lo dijo a quien quiso escucharla durante 50 años. Su marido la declaró coautora al final de su vida.

¿Por qué no lo solucionó?
Porque cuando se divorció, él la amenazó con quitarle a su hijo. Cambió a su hijo por un libro. Las mentiras siempre apuntan a una verdad más profunda. Y… la gente siempre miente.

¿Sobre qué miente usted?
Mi abuela decía que todo el mundo miente sobre su edad de forma equivocada. Ella se sumaba siete años. “De esa manera estoy mucho mejor”.

Lispector mentía sobre su edad.
Era brutalmente sincera, pero creo que intentaba reescribir la trágica historia de su madre [murió cuando la escritora tenía nueve años de la sífilis que contrajo tras ser violada por soldados rusos]. Escribió que era más fácil ser santa que persona. No se equivocaba nunca.

¿Sontag tampoco?
Se equivocaba. Pero Sontag siempre es interesante. No deja de pensar. Estudiándola, veías una mente atravesando la vida.

¿Era dura con la gente?
Muy generosa. Pero cuando la gente abusaba —que sucede y más con el éxito— se cerraba. Cuando te interesa mucho la gente, que era su caso y es el mío, las personas te defraudan. Y tú las defraudas también.

¿Sobre qué cree que mintió?
Sobre su sexualidad. Obvio. Y cuando mientes sobre eso…

¿Era bisexual?
No. Era gay. Cuando mientes sobre eso no solo te engañas, eres deshonesta con tus parejas. Sontag se movió por la historia reflejando lo que pasaba en cada momento. Era una lesbiana alfa, un símbolo poderoso. Tras su lucha estaba la de miles de personas. Pero para ella fue una fuente de dolor.


¿Por qué es importante que hablemos de su sexualidad?
Porque mucho de lo que nos hace pensar proviene de personas gais. Tienen la perspectiva de los outsiders. Lo que te hace lo que eres es lo que vives.

¿Usted tuvo problemas con su sexualidad?
El año que terminé el bachillerato, 1994, viví el milagro del tratamiento para el sida. Me sentí afortunado. No tuve problemas porque para mi familia no era un problema. Y… soy alto: los abusones no se meten con los altos.

¿Cuál fue la gran contribución de Sontag?
Simbolizó la contracultura. Me gustaría que la gente la leyera. Estudiándola, me di cuenta de que pocos lo han hecho. Cada frase es una idea.

¿Por qué necesitamos el arte?
Es lo que hace la vida tolerable. Pensar en una vida sin música, libros, danza o teatro… deprime. Para algunos el arte es algo frívolo, irrelevante. Puede dar miedo si no te interesa indagar.

¿El arte debe ser original?
Ahora lo pensamos. Pero no siempre fue así. En el Renacimiento, la ambición era parecer clásico. Hoy artistas jóvenes quieren ser originales sin conocer el origen, y la originalidad no llega de la ignorancia. Sería como llegar en coche al final de un maratón y considerarse ganador.

En el siglo XIX, en Holanda, si un lienzo era bueno era atribuido a Rembrandt. ¿Lo han corregido?
En las últimas generaciones de historiadores del arte circula un aire más democrático e inclusivo. Pero hay poco interés en corregir algunas cuestiones. Rembrandt tiene una obra muy amplia, unos 600 cuadros. Sabemos que hay cientos de lienzos que sí pintó. Pero alrededor de esa certeza, hay zonas grises.

Pintó 80 autorretratos.
También se cuestionan algunos. Fue muy famoso durante su vida. Y la gente lo copiaba. No se aclaran más falsas autorías porque vendiendo un rembrandt se obtiene más dinero que vendiendo un cuadro de la escuela de Rembrandt.

“En Rembrandt el mal es más importante que lo oscuro”.
Es como Shakespeare. Entras en un museo y ves retratos, martirios y, de repente, un criminal al que un grupo de científicos le saca las tripas. No te das cuenta de lo raro que es que alguien pinte eso hasta que te paras a pensar que nadie más retrata a tantos muertos, asesinos, violadores…

¿Por qué nos gusta tanto Rembrandt?
Por algo parecido a por qué nos gusta Sontag: no nos enamoramos de los santos. Rembrandt tiene todas las posibilidades de la humanidad, del santo al monstruo. Es como Goya. Las pinturas negras de su Quinta del Sordo… ¿Es eso lo que quieres que te rodee? Ahí hay alguien dispuesto a enfrentarse a sus miedos y emociones.

Al mirar un cuadro, ¿qué cambia si sabes demasiado o demasiado poco?
Sabiendo poco puedes fascinarte. He viajado a Egipto recientemente. Sabía que un dios tenía cabeza de gato. Poco más. Pero el arte era fabuloso. Es fascinante descubrir que te gusta algo que no entiendes. El conocimiento puede hacer desaparecer el encanto, pero es el que abre la puerta a la profundidad.

¿Vemos autores o pinturas?
Crees que ves escenas, estilos…, pero buscas a la persona. Muchos académicos defienden que una cosa es la vida y otra la obra. Defiendo lo contrario: lo que hacemos es lo que somos. Si haces algo en lo que no estás, no llegas. Cuando te entregas a lo que haces, llegas, y quienes lo miran quieren saber quién eres.

De eso va El mundo del revés. Incluso del talento que se vuelve contra uno.
Cuando eres joven te atraen autores que intentas imitar. Eso es peligroso. Naipaul lo advierte: no puedes llegar a ser quien eres cuando eres tan bueno que puedes ser cualquiera. Muchos de los más talentosos no logran aprender disciplina. Ni autocrítica.


Vermeer tuvo que vivir con su suegra por falta de dinero.
Y Jean Stern tuvo que abrir una taberna. Y dedicarse a hacer pintura cómica, que es lo más serio que hay. Lo vemos en Shakespeare: no hay nada más difícil que hacer reír porque la comedia, si está bien hecha, es profunda. Una de las características del mejor arte es que esconde su dificultad. Piense en la danza. En la ligereza que consiguen retando la gravedad…

Fabritius está en la historia del arte por un jilguero.
¿Cómo consigues que la gente hable de ti 400 años después por pintar un pájaro? Eso es el carisma. Es como la belleza. No se puede comprar. Se puede pagar maquillaje, operaciones…, pero no belleza.

En su último libro, Anti-Zionism: A Jewish History, habla de pensadores judíos opuestos al sionismo. ¿Es su caso?
Crecí cegado, como tanta gente. No solo judíos: los norteamericanos crecen convencidos de que su país hace el bien por el mundo. Pero no les interesa el mundo. Mi pareja, Arthur, es holandés. En un país pequeño uno aprende la lengua de los vecinos. Eso es ver desde otro punto de vista. En Norteamérica no forma parte de la cultura conocer al otro y sí mantenerse ignorante. La inseguridad es un gran regalo. Si la aceptas, puedes llegar lejos. Si la ocultas, te conviertes en un arrogante. Lo mismo ocurre con la ignorancia. Es una oportunidad. Yo no sabía nada de arte holandés…

¿Cuestiona su americanismo a la vez que su sionismo?
Todavía soy estadounidense. Ya no soy sionista.

Los defensores del sionismo argumentan que renunciar al Estado de Israel es quedarse sin lugar en el mundo.
¿Los judíos en España no tienen donde vivir si pueden pagar una casa? ¿Los de París? ¿Hablamos de ahora o del siglo XV? Uno no puede hacer suyo el victimismo de la gente de hace cinco siglos. Los judíos en Francia tienen todos los derechos y están protegidos por el Estado de derecho. Pueden tener miedo, pero… también los musulmanes lo tienen, y los negros, y los inmigrantes. Y las mujeres. Y nadie monopoliza el victimismo. Utilizar el victimismo como vía hacia el poder nace del sionismo porque, sin un holocausto, los judíos no hubieran podido clamar por una tierra propia escudándose en ser la más víctima entre las víctimas. Creo que ha llegado el momento de crecer. Muchos países se opusieron al nazismo. ¿Quién se opone a Netanyahu? Solo Pedro Sánchez. El resto de la supuesta civilización, ¿qué hace?

Osama Bin Laden pensaba que solo América tenía el poder de destruir América.
Puede aplicarse a Israel. Es tan obvio que cuesta de ver. Es un principio de jiu-jitsu: dejar que tu oponente use su fuerza contra sí mismo.

viernes, 21 de agosto de 2026

LA VARIANTE MARXISTA


Hablar de marxismo hoy es complicado, diría que hasta osado, pues el marxismo está unido irremisiblemente al comunismo soviético. ¿Cómo ampliar los conocimientos acerca de la figura de Karl Marx, filósofo, economista, sociólogo, historiador, periodista, intelectual y revolucionario? Sólo hay una respuesta a esta sencilla pregunta: leyendo.
Marx propuso siempre en su pensamiento una unión entre teoría y práctica (praxis). Su interés fundamental se situó en la búsqueda tanto del conocimiento como del desarrollo de las condiciones para la emancipación de la clase trabajadora respecto de la burguesía y de las leyes de acumulación de los capitales encarnados en ella.

Poca gente lee a Marx, tiene muy mala prensa, sobre todo tras años de dictadura donde la palabra comunismo era lo peor. Hoy, personajes como T o como Ayuso vuelven a la carga utilizando "la palabra" innombrable como azote, ignorantes absolutos.
Ahora, ¿qué me dicen de Erich Fromm? ¿Quién no ha leído en su juventud el maravilloso libro "El arte de amar"? Pues he aquí que Fromm es nada menos que un erudito de Marx, a la par que psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista. Erich Fromm fue miembro del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Fráncfort, Fromm participó activamente en la primera fase de las investigaciones interdisciplinarias de la Escuela de Fráncfort, hasta que a fines de los años 40 rompió con ellos debido a la heterodoxa interpretación de la teoría freudiana que desarrolló dicha escuela, la cual intentó sintetizar en una sola disciplina el psicoanálisis y los postulados del marxismo (freudomarxismo). Fue uno de los principales renovadores de la teoría y práctica psicoanalítica a mediados del siglo XX.
De esta autor leo ahora su libro "Marx y su concepto del hombre".
Dos aspectos sobresalientes presenta este Breviario: la publicación de los Manuscritos económico-filosóficos del autor de El Capital y el análisis que Erich Fromm hace a fin de valorar, dentro de las ideas marxistas, la naturaleza del hombre y su espíritu de independencia. Marx no fue sólo el teórico de la lucha de clases, sino que concebía al hombre en plena libertad, más allá de los inconvenientes que el capitalismo crea para estorbar su completa realización como persona. Los Manuscritos recogen particularmente estas ideas cuando hacen referencia al salario, al rendimiento de capital y el trabajo enajenado, así como a la propiedad privada, al comunismo y al dinero, temas estrechamente ligados con el problema de la libertad individual. Fromm penetra en esas ideas que tan profundamente han influido en nuestra época y sitúa al autor como existencialista espiritual, destacando a la vez la índole real de su materialismo histórico y de su socialismo para oponerlos como protesta a la deshumanización y a la enajenación del hombre en la sociedad industrial. Con el fin de afirmar sus tesis, Fromm incluye -al lado de los Manuscritos- diversos textos de discípulos, colaboradores y familiares, que completan el retrato de Marx enfocado desde los más variados puntos de vista. (Casa del Libro)
Me alegra saber que, aunque nadie lee a Marx, sí a Erich Fromm. El mundo es un pañuelo y, en este caso, un remolino que gira siempre hacia un mismo vórtice.

SIEMPRE DELICIOSO

jueves, 20 de agosto de 2026

SOMNÍFERO

Los vuelos de BINTER entre las islas son mis somníferos naturales: ni pastillas, ni alcohol, ni nada. Es sentarme y aguantar a que las azafatas larguen su speech de seguridad para quedarme traspuesto. Tanta es la rapidez que hace un par de vuelos me sentaron en la fila 4 —se me debió de haber olvidado asignarme asiento—, y cuando la azafata empezó a repartir el donut o los munchitos (no recuerdo a qué hora era el viaje) desde la fila 1, cuando llegó a la 4 yo ya estaba en la Luna. Abrí los ojos al escuchar el crujido de las papas o tal vez el olor del dulce, y la señorita andaba ya por la fila 8, calculé.

Como me desperté del sueñecillo ligeramente alarmado, hambriento, sediento o todo lo anterior, no pude conciliarlo de nuevo y abrí el libro que llevaba en la bolsa de tela de STRAND —la de los perritos, que uso cuando traigo café de Tenerife—: Manolito Gafotas, esa delicia de Elvira Lindo que se lee de maravilla en cualquier avión cuando uno viaja por este mundo mundial, sobre todo si lo hace con la cabeza llena de datos, de presión cual olla a ídem o de fechas de entrega. Sí, problemas de ricos, lo acepto.

domingo, 16 de agosto de 2026

LOS DIOSES CONTINÚAN CASTIGANDO NUESTRA SOBERBIA


Cómo nublarse el entendimiento y envenenarse el corazón
Es injusto juzgar a los antiguos por sus obras mejores y a los contemporáneos por las peores.
Javier Cercas, 15.08.2026

Un día de 1803, Samuel T. Coleridge anotó en su cuaderno el principio central de la crítica, que yo vertería así al castellano: “Nunca hay que perder una oportunidad de razonar contra ese principio que nubla el entendimiento y envenena el corazón, según el cual hay que juzgar una obra por sus defectos y no por sus virtudes. Cualquier obra debe tener los primeros —lo sabemos a priori—, pero no cualquiera tiene las últimas, y, por tanto, aquel que las descubre te dice algo que no podías haber previsto con seguridad, ni siquiera con probabilidad”.

Es un principio que solo podía concebir un poeta mayúsculo. Juzgar una obra por sus carencias y no por sus bondades envenena el corazón y nubla el entendimiento porque coloca al juzgador por encima de lo juzgado, le priva de la máxima virtud, que es la humildad, y le condena al defecto máximo, que es la soberbia, la hybris que en la tragedia griega lleva a los hombres a enfrentarse a los dioses, quienes los castigan por ello. No existe obra sin tacha. La mejor novela conocida no ha dejado de encajar improperios desde su publicación (o desde antes); algunos son estúpidos, desde el envidioso “no hay poeta tan necio que alabe a don Quijote”, de Lope de Vega, hasta las petulantes execraciones de Nabokov, Martin Amis o Paul Groussac, que respectivamente acusaron al libro de ser cruel, de ser largo, de estar escrito en una “prosa de sobremesa”; otros reproches, en cambio, no son tan absurdos. Seamos sinceros: ¿qué pinta en medio de las aventuras de don Quijote la historia de El curioso impertinente? ¿No podía haberla dejado don Miguel para las Novelas ejemplares, a las que tal vez pertenecía? ¿Y qué me dicen del epílogo de Guerra y paz? ¿Cómo demonios se le ocurre a Tolstói largarnos ese sermón de última hora? ¿Quién le manda ponerse a aclarar el sentido de su novela, como si el lector fuera tonto del bote? Se dirá que el Quijote y Guerra y paz están escritas un poco “a lo que salga”, por decirlo como Unamuno, y que no incurren en esos deslices novelas más rigurosas, geométricas o deliberadas. Falso. Podría aducir ejemplos de grandes obras de Kafka, de Joyce, de Faulkner; ninguno como Madame Bovary, una novela aureolada con una leyenda tenaz de perfección. De ahí que los sabios lleven casi dos siglos intentando explicar cómo es posible que un relato escrito en tercera persona empiece en primera (Nous étions à l’étude, quand le Proviseur entra, arranca el relato: “Estábamos en la hora de estudio cuando entró el director”) y, por muchos esfuerzos que han hecho, la única explicación plausible de la incoherencia flagrante de ese nous inicial es que no tiene explicación. Quandoque bonus dormitat Homerus. Y, como hasta el mejor escribano echa un borrón —eso es lo que significa el verso de Horacio—, cebarse con los defectos de una obra solo sirve para envenenarse el corazón y nublarse el entendimiento haciéndose el listo, que es lo que suelen hacer los tontos. Por lo demás, al principio de Coleridge yo solo le agregaría una cláusula. Juzgamos a Shakespeare por El rey Lear, no por Tito Andrónico y su estomagante grandilocuencia gore; juzgamos a Cervantes por el Quijote, no por el Persiles, novela que cabe elogiar con entusiasmo, pero solo a condición de no haberla leído (todo indica que don Miguel buscó hacerse perdonar el éxito del Quijote haciendo en el Persiles casi lo peor que puede hacer un escritor serio: tratar de demostrar que lo es). Pese a ello, más de uno ha condenado a García Márquez para siempre por su última novela, Memoria de mis putas tristes, como si no hubiera escrito Cien años de soledad. He aquí la cláusula que yo añadiría al principio de Coleridge: es injusto juzgar a los antiguos por sus obras mejores y a los contemporáneos por las peores.

Dicho esto, sobra añadir que todo el mundo debería disfrutar con lo que le plazca y que, aunque los dioses continúan castigando nuestra soberbia —nos los cargamos hace tiempo, pero ellos siguen ahí, erre que erre—, si alguien disfruta nublándose el entendimiento y envenenándose el corazón, por mí que no quede.

QUIERO SER BORGES O BAILABLE


Borges piensa en voz alta
La publicación de unas conferencias del escritor argentino muestra su insólita inteligencia y el valor de los libros.
Juan Gabriel Vásquez, 10.08.2026

Cuenta Joaquín Sabina que su amigo Javier Krahe, cuando hablaba de sus aspiraciones como cantautor, solía decir en broma: “Yo quiero ser o Borges o bailable”. He estado recordando la frase durante mi lectura de las Conferencias reunidas que se han publicado por estos días: más de 400 páginas de la inteligencia insólita, la erudición sin pedantería y la ironía sin frivolidad que los lectores de Borges nos hemos acostumbrado a buscar en su palabra hablada. Me ha parecido caprichosamente que estas conferencias son lo más cerca que se podría estar de un Borges bailable, y esto lo escribo pidiendo que nadie se lo tome completamente en serio; pero es que en ellas hay una suerte de ejercicio muy distinto del que se produce con la lectura de un cuento o de un poema (donde se encuentran las dos soledades compartidas del autor y del lector). No: aquí Borges habla frente a un público muy real y muy presente, y, como dice en algún momento, no habla ante todos los asistentes, sino con cada uno de ellos.

Lo imagino así, ciego y pequeño, de pie vulnerablemente frente a un micrófono o sentado detrás de un escritorio con su corbata bien puesta, siguiendo un vago mapa mental que sólo existía en su cabeza, hilando ideas de Schopenhauer o referencias a las sagas escandinavas o citando de memoria tres décimas del Martín Fierro para iluminar, siempre con algo que sólo puedo llamar cortesía, el tema central que le han pedido. Algunas veces no le han pedido el tema, sino que se lo han impuesto, y además a última hora. Una de las conferencias, pronunciada en 1980, comienza con estas palabras vertiginosas: “Acaban de informarme que voy a hablar sobre mis cuentos”. Y luego pasa a esa humildad borgiana que a mí siempre me ha parecido impostada y a la vez curiosamente genuina, es decir, que responde a una alergia verdadera al elogio o al autobombo pero viene en boca de alguien que está muy consciente de sus méritos: pues sólo desde la seguridad se pueden emitir estas modestias exageradas.

“Ustedes quizás los conozcan mejor que yo”, dice Borges de sus cuentos, “ya que yo los he escrito una vez y he tratado de olvidarlos, y para no desanimarme he pasado a otros; en cambio tal vez alguno de ustedes haya leído algún cuento mío, digamos, un par de veces, cosa que no me ha ocurrido a mí”.

Si hay una forma más sincera de la coquetería, no sé cuál es. (Yo habré leído algunos de sus cuentos, como El sur o La muerte y la brújula, no un par de veces, sino 15 o 20). Pero así era Borges o, al menos, el Borges que nos ha llegado a través de estas intervenciones públicas, cuidadosamente editadas por la misma mujer que ha editado en Argentina sus libros durante medio siglo: Sara Luisa del Carril. Es el Borges que les pide a sus interlocutores, de viva voz pero también con gestos, que no lo avergüencen con tantos elogios; es el Borges que en algún momento de cada conferencia dice las mismas palabras, “como todos ustedes saben”, y luego nos descerraja un pedazo de erudición que nosotros, evidentemente, no sabemos. Por supuesto que también es el Borges que se repite, porque nadie puede dar conferencias de memoria durante un cuarto de siglo sin acudir a los mismos repositorios de lo que somos: sin echar mano de las mismas anécdotas, las mismas citas, los mismos autores. En fin: las mismas querencias de la mente, que para Borges eran la idea del escritor como amanuense, el cariño por Cervantes y Conrad, el desafecto por sus primeros libros.

Más de una vez, por ejemplo —y más de dos y más de tres—, cuenta la historia de la publicación de su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Cuenta cómo su padre se negó a leer el manuscrito, diciéndole a Borges que los errores se deben cometer a solas, pero luego le dio los 300 pesos que costó la autoedición. El breve volumen se publicó en cinco días; cuando Borges recibió los primeros ejemplares, los llevó a una librería amiga. “¿Usted quiere que los venda?”, le preguntó el librero. “No estoy tan loco”, replicó el joven Borges. Luego señaló (era invierno) los abrigos que los clientes dejaban colgados en la entrada. “Me conformo con que meta algunos ejemplares en los bolsillos de la gente”. La estrategia dio resultado: de los muchos libros abandonados así a su suerte, uno o dos llamaron la atención de lectores influyentes, y con los días aparecieron en la prensa un par de noticias o comentarios que no eran negativos. Pero muchos años después, tras la muerte del padre de Borges, alguien encontró entre sus cosas un ejemplar de aquella primera edición, leído y corregido con rigor en las márgenes de las páginas.

Borges descreía de la literatura comprometida, porque el compromiso supone un control del escritor sobre la obra que nadie tiene; y a este respecto le gustaba citar a Kipling, que llegó a la conclusión de que a un escritor le está permitido fabular, pero no saber cuál es la moraleja de la fábula. Descreía de los nacionalismos, porque cualquier nacionalidad es tan sólo un acto de fe. Descreía del presente, y por eso no lo usaba para sus relatos: porque el lector, que está vivo en ese presente, tiende a convertirse en censor o detective o espía de lo que uno escribe, y en lugar de abandonarse a la magia del relato se pone en la vanidosa tarea de encontrar sus inconsistencias. De todo eso descreía. ¿En qué confiaba? En la imaginación, en la creación literaria, en el arte. “Dentro de cien años a nadie le interesarán los problemas políticos actuales”, dijo en una conferencia de 1975. “Sin embargo, las obras de imaginación seguirán interesando. Es decir, seguirán interesando el carácter de Hamlet, los extraños personajes de Conrad, la curiosa amistad de don Quijote y Sancho”.

Para cuando dio la primera de estas conferencias, en 1960, Borges llevaba ya cinco años viviendo en la ceguera. Ya no podía leer ni escribir, según dice en alguna parte, pero esa pérdida se había dado no de repente, sino como un largo crepúsculo. Nueve años después, lo que parece crepuscular es el mundo que le ha tocado. Es una rara nota de melancolía en medio de un libro que es una celebración de la literatura como destino. “Quizá todas las personas lleguen con justicia a comprobar que les han tocado malos tiempos en que vivir”, dice Borges, “y quizá no haya otros tiempos, quizá todos sean malos. Sin embargo, éste me parece peor que los otros”. Entonces evoca a Casiodoro, que hace muchos siglos sintió que la cultura estaba amenazada y mandó copiar, para preservarlos de la destrucción, los libros de la antigüedad. Dice Borges que el libro está amenazado: lo amenazan los periódicos, o el peligro de que la gente, a fuerza de leer noticias, deje de leer libros; lo amenazan las invenciones mecánicas, como la radiotelefonía; lo amenaza el olvido de una verdad esencial: que todo libro es un diálogo y los lectores están desapareciendo.

Creo que sería un error reducir esas preocupaciones a nostalgia ingenua. Borges recuerda a Mallarmé, que en un soneto hablaba de “un libro vestido de hierro”, y se pregunta si se refería a los libros mecánicos del porvenir. Que cada uno lo tome como quiera.

miércoles, 12 de agosto de 2026

MINISTERIO DE LA VERDAD


Me llega esta noticia ahora mismo que me deja realmente preocupado. Lo que augura Julian Assange no deja de ser lo que Orwell escribió en su novela "1984" cuando hablaba del El Ministerio de la Verdad (Minitrue o Miniver), dedicado a manipular o destruir los documentos históricos de todo tipo (incluyendo fotografías, libros y periódicos), para conseguir que las evidencias del pasado coincidan con la versión oficial de la historia mantenida por el Estado. Terrible.

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