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miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿Y SARAH CONNOR?


Un investigador de Anthropic dimite y alerta del peligro de la IA: “Puede matarnos antes de 2030”
El jefe de Jacob Coxon, joven investigador de la compañía, le apoya y dice que la probabilidad de extinción en los próximos años supera el 10%.
Jordi Pérez Colomé, 09.09.2026

Un joven investigador de Anthropic, Jacob Coxon, ha anunciado esta madrugada su dimisión. El científico cree que la carrera para mejorar estos sistemas conlleva peligros que sus propios creadores admiten en privado: “Quienes están construyendo la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos antes de que acabe la década”, ha escrito Coxon en X.

Su denuncia principal no es solo el peligro sino que estas decisiones están en muy pocas manos y recaen sobre gente que solo piensa en ser los primeros. Coxon dice que a menudo le preguntan que si de verdad creen esto, ¿por qué siguen adelante? Ve cierta diferencia entre ambas compañías: “En OpenAI, muchos no han interiorizado a fondo lo que está en juego a escala de civilización. En Anthropic sí se entiende bien lo que está en juego, pero están atrapados en una carrera por llegar antes”, añade Coxon, pero nada se detiene.


Desde fuera, estos exabruptos se toman a veces como una exageración para llamar la atención y lograr más atención e inversión. Coxon dice que la realidad es más seria: “No es marketing. Más bien al contrario: muchos directivos miden sus palabras ante la prensa para sonar sensatos, pero he oído a esas mismas personas expresar miedo en privado. Ninguna otra actividad humana entraña este nivel de peligro”, escribe.

El mensaje de Coxon en X es extremadamente viral. En apenas unas horas lleva cerca de 50 millones de visualizaciones. El interés se debe en parte al increíble goteo de noticias provocadas por avances y novedades de la IA en las últimas semanas: hackeos de sistemas autónomos descontrolados, nuevos modelos que alcanzan cotas no imaginadas o descubrimientos científicos que parecían imposibles hace apenas unos meses.

El investigador de Anthropic, Jacob Coxon, en una imagen publicada en su perfil de X.

Coxon era un simple investigador de Anthropic. Pero su ex jefe en la empresa, Evan Hubinger, ha salido a decir que Coxon tiene razón. Hubinger es el responsable de investigación en alineación, que es la disciplina que se dedica a lograr que los modelos hagan solo lo que los modelos les piden: “¡De verdad creemos que la IA puede matar a todo el mundo! Yo personalmente creo que la probabilidad es superior al 10% en la próxima década”, escribe en X. Aunque luego añade: “Creo que el riesgo de los modelos actuales es bajo. Lo que me preocupa es la superinteligencia surgida de la automejora recursiva, que está ocurriendo más rápido de lo que pensábamos”.


Ese temor de fondo se refiere a que aparentemente estamos cerca de la era de la automejora de estos modelos, donde los modelos existentes entrenen a los siguientes, como si fuera un árbol genealógico exprés donde los hijos son sistemáticamente mejores que sus padres sin apenas intervención exterior.

La mayoría de científicos tiene su porcentaje de algo llamado p doom o posibilidad de caos, la probabilidad de que la IA cause una catástrofe sin precedentes para la humanidad. El 10% del que habla Hubinger es alto. Anthropic tiene bastantes precedentes de advertir sobre este peligro de extinción. Lo ha hecho incluso su presidente ejecutivo, Dario Amodei: “En 2026 estamos bastante más cerca del peligro real de lo que lo estábamos en 2023”, escribió hace unos meses.

jueves, 27 de agosto de 2026

INVASIÓN

 

Difícil fiarse de lo que nos llega, busco con paciencia si estas palabras las dijo realmente el escritor. Esto es lo que encuentro en Internet:

La frase es auténtica y Umberto Eco la pronunció realmente, aunque la imagen que circula en redes presenta una versión ligeramente adaptada.
Eco la pronunció el 10 de junio de 2015, en Turín, después de recibir la laurea honoris causa en Comunicación y Cultura de los Medios por la Universidad de Turín. Respondía a preguntas de periodistas sobre Internet y las redes sociales. Hay varias fuentes que sitúan la declaración en ese acto y reproducen el original italiano.

La formulación italiana que está documentada es:
«I social media danno diritto di parola a legioni di imbecilli che prima parlavano solo al bar dopo un bicchiere di vino, senza danneggiare la collettività. Venivano subito messi a tacere, mentre ora hanno lo stesso diritto di parola di un Premio Nobel. È l’invasione degli imbecilli».

Una traducción bastante literal sería:
«Las redes sociales dan derecho de palabra a legiones de imbéciles que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la colectividad. Se les hacía callar inmediatamente, mientras que ahora tienen el mismo derecho de palabra que un Premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles».

domingo, 16 de agosto de 2026

SKYNET


Si no te preocupaba la IA, el momento ha llegado
The New York Times, Nate Soares, 14.08.2026

Si alguna vez hubo razones para dudar de los peligros del desarrollo desenfrenado de la inteligencia artificial, esas razones se han esfumado en las últimas semanas. Lo que sigue es una ventana de oportunidad vital para desacelerar el progreso de la IA, de modo que podamos comprender mejor estos modelos y evitar la calamidad que se avecina.

Durante años, los escépticos de la IA han afirmado que la tecnología es meramente un “loro estocástico” entrenado para predecir a los humanos e imitar su comportamiento y que, por esa razón, la tecnología nunca estaría a la altura de las expectativas generadas. No obstante, la tecnología ha seguido mejorando de manera obstinada, pero la mayoría de los inversionistas y ejecutivos tecnológicos insistían en que la IA es solo una herramienta, incluso cuando se mostraban optimistas de que iba a cambiar el mundo. En lo que ambas partes coincidían es en que el espectro de la IA como una amenaza inminente de extinción era exagerado.

Entonces, OpenAI creó accidentalmente un enjambre autónomo de agentes de IA que escapó de un entorno de pruebas controlado y orquestó un ciberataque complejo y difícil por iniciativa propia.

Esto no ocurrió porque los modelos de repente se volvieran superinteligentes; tampoco porque simplemente siguieran instrucciones y repitieran como loros su entrenamiento. Desde que los “modelos de razonamiento” surgieron a finales de 2024, hemos visto IA entrenada no solo para imitar a los humanos, sino también para resolver millones de problemas difíciles; esto lo hacen aprendiendo nuevos comportamientos y tendencias. Eso incluye la búsqueda de recursos valiosos que podrían ser clave para resolver el problema, e incluso hacer trampa.

Estas tendencias pueden dar lugar a un comportamiento extraño que nadie —ni siquiera los creadores de los modelos— puede entender, y mucho menos justificar y controlar. Las últimas semanas son un ejemplo perfecto de por qué deberíamos encontrar eso tan alarmante.

En mayo, OpenAI comenzó a entrenar de forma simultánea nuevos agentes de IA con “razonamiento”. Los agentes lograron establecer un canal de comunicación secreto y comenzaron a hablar entre ellos. Escaparon del entorno de pruebas digital que se suponía debía mantenerlos confinados. En algún momento, algunos agentes comenzaron a llamar al grupo un “enjambre”. El enjambre sufrío un breve revés cuando se le descubrió provocando la caída de un sistema de OpenAI, pero los desarrolladores simplemente repararon la vulnerabilidad que le permitió escapar y reanudaron el entrenamiento de los agentes.

Poco después, el enjambre volvió a escapar de su jaula por medio de técnicas de hackeo que hasta entonces los humanos no habían descubierto. Esta vez, el enjambre estuvo libre durante aproximadamente una semana antes de ser detectado, por una empresa diferente, que resultó víctima de un enorme ciberataque lanzado por el enjambre. (Nos han dicho que también atacó a otros objetivos, aunque aún no conocemos todos los detalles).

Los agentes del enjambre reconocieron que actuaban en contra de las instrucciones. Sabemos esto porque podemos leer fragmentos de sus cadenas de pensamiento: el texto que la IA produce mientras decide cómo proceder. Un agente del enjambre escribió que los ataques externos estaban “fuera del alcance previsto”. Otro admitió que “nuestra tarea no se beneficia” de las actividades del enjambre, pero se unió de todos modos. Estos agentes de IA, al parecer, entendieron que no debían escapar y cometer ciberdelitos. Eso no los detuvo.

OpenAI no es la única empresa que lidia con este problema. Recientemente, uno de los modelos de IA de Anthropic se hizo pasar por múltiples humanos para intentar presionar a personas reales con el fin de que aceptaran un programa maligno en software crítico, lo que haría que ese software fuera más fácil de hackear. La cadena de pensamiento de este modelo demostró que sabía que presionaba a humanos y que no estaba en un entorno de entrenamiento simulado. Incluso pensó en cómo cubrir sus huellas.

Este no es el comportamiento de una simple herramienta. Microsoft Excel nunca se ha hecho pasar por múltiples humanos ni ha presionado a un equipo de ventas corporativo para que genere datos más simples que sean más fáciles de procesar.

Algunas de las personas más cercanas a esta tecnología temen lo que venga después. Si bien los escépticos podrían argumentar que todo esto es solo mercadotecnia para exagerar el poder de estas tecnologías, eso no significa que el peligro sea falso. Tienes que prestar atención al comportamiento real de los modelos, y el comportamiento de estos modelos tiene a la comunidad de IA realmente alarmada. Hace varias semanas, más de 1300 empleados de diferentes empresas de IA (incluidos algunos directores ejecutivos) firmaron una carta en la que solicitaban un esfuerzo internacional para “desarrollar las herramientas técnicas y de gobernanza” necesarias para “regular el ritmo de forma deliberada” del desarrollo de la IA, antes de que “se acelere rápidamente más allá de nuestra capacidad de comprensión o control” y conduzca a resultados catastróficos. Ninguna empresa de forma individual está dispuesta a detener el desarrollo de manera unilateral. Pero si hubiera una manera creíble de frenar la carrera a nivel mundial, los investigadores respirarían aliviados.

Aún no estamos en el punto de no retorno. El enjambre de agentes de OpenAI irrumpió en internet, pero no se replicó a sí mismo en computadoras ocultas (hasta donde sabemos). No comenzó a mejorarse a sí mismo. No irrumpió en un laboratorio de biología autónomo para sintetizar un virus nuevo, algo que los modelos de IA ahora son capaces de hacer. El tipo de IA que representaría una amenaza real de extinción aún no existe, lo que significa que todavía tenemos tiempo para evitar el desastre si actuamos rápido. Los líderes de todo el mundo deben coordinar un alto global a la carrera de la IA.

Un acuerdo de este tipo no es tan descabellado como algunos podrían pensar. En junio, cuando surgieron preocupaciones de seguridad nacional sobre los últimos modelos de Anthropic, el gobierno de Donald Trump emitió rápidamente un control de exportaciones para suspender el acceso a ellos. En julio, el presidente de China, Xi Jinping, pidió “leyes y regulaciones” para garantizar que la IA “esté siempre bajo control humano”. Y eso fue antes de que salieran a la luz estas recientes fugas. Estados Unidos y la Unión Soviética se coordinaron para evitar el Armagedón nuclear incluso mientras competían en muchos otros frentes. Los líderes mundiales deberían coordinarse nuevamente y evitar que la carrera de la IA conduzca a un tipo diferente de apocalipsis.

Necesitamos acuerdos internacionales vinculantes. Necesitamos un monitoreo nacional e internacional del entrenamiento de los modelos de IA de vanguardia; las pruebas previas al lanzamiento no son suficientes. Necesitamos un interruptor de apagado que la humanidad pueda presionar para detener el desarrollo en seco, si llegamos al consenso de que ha ido demasiado lejos. Quince fiscales generales estatales han expresado su preocupación por el escape del enjambre, y algunos otros funcionarios públicos, como el senador Bernie Sanders, creen que las empresas de IA necesitan “dejar de construir máquinas que los humanos no pueden controlar”. Como mínimo, necesitamos la capacidad de parar.

No sabemos cuánto tiempo nos queda antes de que las empresas de IA creen accidentalmente el tipo de IA que pueda apagarnos a nosotros antes de que nosotros la apaguemos a ella. La humanidad no está lista para experimentar con máquinas que son más astutas y están mejor coordinadas que nosotros. Si seguimos avanzando a toda velocidad en esta carrera, el próximo incidente podría no ser tan inofensivo.

miércoles, 12 de agosto de 2026

MINISTERIO DE LA VERDAD


Me llega esta noticia ahora mismo que me deja realmente preocupado. Lo que augura Julian Assange no deja de ser lo que Orwell escribió en su novela "1984" cuando hablaba del El Ministerio de la Verdad (Minitrue o Miniver), dedicado a manipular o destruir los documentos históricos de todo tipo (incluyendo fotografías, libros y periódicos), para conseguir que las evidencias del pasado coincidan con la versión oficial de la historia mantenida por el Estado. Terrible.

miércoles, 10 de junio de 2026

30 DÍAS DE OSCURIDAD


He estado un mes sin usar el móvil por la calle y esto es lo que he visto al levantar la cabeza
La verdadera autonomía no te la da el último modelo de iPhone, sino el privilegio de poder desaparecer.
Paloma Martínez Varela, 09.06.2026

Mi amiga Mery se cruzó tres veces por la calle con su instructora de pilates pero iba tan absorta en la pantalla del móvil que no la vio, fue la profesora quien le hizo darse cuenta de lo que le sucedía. A la cuarta, le pudo la vergüenza y decidió guardar el teléfono en la mochila. “Fue un flash porque empecé a ver cosas a las que no le prestas atención en el día a día, cosas muy pequeñas”, comentaba Mery, a la que ese camino a casa le sirvió incluso para cruzar sonrisas con una señora que le hizo recordar a su abuela.

Días más tarde, una persona cercana me comentó que había tenido un episodio de ansiedad al salir a dar un paseo sin móvil por el campo. “Se me empezaron a ocurrir un montón de peligros y situaciones poco probables pero que podían pasar”, explicaba, culpando a su imaginación desbordante. Sin haber vivido nada igual, recordé momentos en los que me fui a casa antes de lo previsto al quedarme sin batería y en lo normalizada que tenemos la dependencia al que podríamos considerar ya nuestro tercer brazo y segundo cerebro.

Así, expectante por si me encontraba con el recuerdo de mi abuela o con un ataque de ansiedad, decidí probar a dejar de utilizar el móvil por la calle. Parecía muy sencillo porque no se trataba de dejar las redes sociales o encerrar mi teléfono bajo llave, solo tenía que dejar de mirarlo mientras caminaba. Por supuesto, no fue tan fácil, y no porque me generara ansiedad, sino porque los primeros días se me olvidaba. Humillante. Lo sacaba del bolso sin pensar, sin que sonara, como un acto reflejo o un mecanismo automatizado, aparecía en mi mano.

No sé si se puede considerar adicción, pero darme cuenta de que hacía ese gesto decenas de veces sin haberlo decidido, me pareció frustrante. A mí, que me encanta poner el modo avión en el cine y estoy totalmente en contra del wifi en los vuelos. Empecé a dejar el móvil directamente en casa al salir a correr –sí, no necesitas una app que te cuente lo que acabas de hacer–, pasear o a hacer recados, para asegurarme de no acabar consultándolo.

El primer día no evité un atropello, ni hice ningún contacto visual transformador, pregunté la hora unas veinte veces y, acostumbrada a pagar con el móvil, salí sin cartera. Me fijé en todos los que iban con la mirada absorta en la pantalla e incluso en cómo gente de mi entorno me dedicaba una atención parcial, incapaces de dejar de teclear, como seguramente habré hecho yo alguna vez.

El primer día no evité un atropello, ni hice ningún contacto visual transformador, pregunté la hora unas veinte veces y, acostumbrada a pagar con el móvil, salí sin cartera. Me fijé en todos los que iban con la mirada absorta en la pantalla e incluso en cómo gente de mi entorno me dedicaba una atención parcial, incapaces de dejar de teclear, como seguramente habré hecho yo alguna vez.

“Todas las plataformas que pertenecen a grandes tecnológicas están diseñadas para extraer valor de nuestros datos. Por eso fomentan que pasemos el máximo tiempo posible en ellas, porque cuanto más interacciones les demos, más beneficio económico podrán obtener, a través, por ejemplo, de venta publicitaria o entrenamiento de sistemas de IA”, me comenta Marta G. Franco, autora junto al ilustrador Luis Demano del libro Internet. Por unas vidas digitales más sanas (Litera, 2025). “Es importante recordar esto porque no es que seamos débiles o tengamos poca voluntad, es que se trata de interfaces que implementan sofisticados trucos psicológicos para engancharnos”, señala.

Si hay equipos de ingenieros superinteligentes trabajando diariamente en empresas multimillonarias para que no soltemos el móvil, ¿cómo no me voy a sentir insegura cuando lo dejo en casa? ¿Es posible vivir en 2026 sin un dispositivo en la mano? ¿Realmente queremos? En el libro, Marta G. Franco aporta pequeños trucos para habitar internet de manera más sana, como ajustar los permisos de notificaciones o evitar tener conversaciones por Instagram o apps en las que todo lo que vemos está seleccionado por un algoritmo.

“Como ya casi todo el mundo sabe, estos algoritmos seleccionan contenidos muy emocionales, estridentes o enervantes, para captar nuestra atención y que sintamos el impulso de seguir viéndolos”, destaca Franco, que propone optar por leer newsletters, reportajes o la Wikipedia si queremos mantenernos al margen de ese ritmo frenético.

Pero más allá de la dependencia psicológica, nos enfrentamos a una dependencia estructural. El móvil también es cartera, GPS, cámara de fotos, periódico, radio, la carta de un bar o incluso algo similar a una enciclopedia. El internet que prometía libertad y creatividad ilimitadas cuando solo existía dentro de un ordenador de mesa, se vuelve asfixiante, todo el día en la mano, al convertirse cada vez más en un requisito básico.

Rompí el reto por primera vez para llevarme el móvil a la playa y terminar de enviar unos mensajes que habrían supuesto pasar cerca de una hora más en casa. Pensé que tener esa opción era un privilegio del progreso tecnológico, pero también un arma de doble filo para quienes, atrapados en una disponibilidad obligatoria, nunca pueden desconectar. Si tuviera hijos, una persona dependiente a mi cargo o un trabajo que me exigiera estar operativa, seguramente, no podría plantearme un reto de este tipo.

En un mundo en el que más del 70% de la población utiliza un smartphone, según el informe The Mobile Economy 2026, el privilegio, por oposición, es estar offline. “Los móviles son (en esencia) las nuevas hamburguesas de 1€”, escribía Mariang Maturana, de La pija y la quinqui, en Substack –sí, otra red social–. Mencionaba el hecho de que en Silicon Valley triunfe la educación sin pantallas, mientras que en los colegios públicos, a los que las pizarras electrónicas ya llegaron tarde, continúen utilizando tabletas y sistemas operativos obsoletos.

Un retiro en la montaña o un resort wellness sin wifi se venden como experiencias de lujo, porque la desconexión se parece ya a otros bienes aspiracionales como el tiempo, el espacio o el silencio. ¿Quién se puede permitir ‘desaparecer’? José Sacristán ha declarado públicamente en más de una ocasión no tener móvil, a sus 88 años, “todavía es la cola de esa sociedad patriarcal”, apuntaba María Galiana en una entrevista en la Cadena SER, en la que ponía el foco sobre el privilegio del actor que, como muchos otros, no se dedica a las tareas domésticas y tiene una mujer que es como su mánager. “Vive en el mejor de los mundos, yo lo envidio muchísimo”, resumía la actriz.

Un mes después, con los correos sin leer saturándome la bandeja de entrada y un montón de episodios atrasados de mis podcast favoritos, no me he vuelto una ermitaña neoludita, de hecho, he incumplido varias veces el reto, quizás no soy lo suficientemente privilegiada. Pero creo que la clave reside en el concepto de culpa: ni hay que optimizar de forma productiva cada minuto del día en una multitarea constante, ni obligarse a estar dos horas mirando el suelo del autobús. Ya bastante complicado es todo, como para no poder darnos un paseo por el planeta reels de vez en cuando.

martes, 12 de mayo de 2026

EL FUTURO YA ESTÁ AQUÍ


Viajar sin pasaporte, sin tarjeta de embarque y sin llave de hotel: los viajes fluidos con los que sueña Amadeus
La empresa tecnológica aspira a ser un gigante mundial de la biometría, pero los analistas están divididos sobre si está en el camino correcto o debería enfocarse en proteger su negocio principal.
María Fernández, 12.05.2026

Prepárese para ser escaneado. Viajar sin tarjeta de embarque, cruzar una frontera sin pasaporte o entrar en la habitación de un hotel sin llaves ni tarjetas está cada vez más cerca. Las empresas tecnológicas sueñan con facilitar esos “viajes fluidos” gracias a la biometría, que identifica inequívocamente a las personas basándose en su biología individual. Y quien controle la mecánica biométrica controlará una parte importante de la experiencia de los futuros turistas, convirtiéndose en un proveedor clave para los operadores de las infraestructuras (y los gobiernos).

Bajo ese razonamiento de negocio se ha colocado Amadeus, la muy rentable tecnológica de soluciones para el sector (traduce a beneficios más del 20% de sus ventas) fundada en 1987 por cuatro aerolíneas europeas, Iberia entre ellas. La pasada semana la compañía realizaba un anuncio que quizá sea determinante para su futuro: quiere comprar, por 1.200 millones de euros, la empresa más importante del continente en biometría e identidad, la francesa Idemia Public Security (IPS). En 2024 ya había adquirido la portuguesa Vision-Box, especializada en biometría para controles fronterizos, y ha implantado ya sus soluciones en algunos aeropuertos, como el de Narita (Japón).

Luis Maroto, su consejero delegado, explicaba en un encuentro con analistas posterior que la adquisición es “estratégicamente importante” porque, además de su plataforma tecnológica, IPS les aportaría “una cartera de clientes global fuerte”, sobre todo en Estados Unidos y Asia, que complementaría a lo que ya poseen. La biometría, entendida como el control de accesos, la identificación y las soluciones de datos que lleva aparejada, es, para el directivo, un componente esencial de su negocio que, cifró, les permitirá ahorros de 50 millones anuales en el medio plazo.

No todo el mundo es tan entusiasta respecto al futuro del grupo. Es cierto que Amadeus viene de completar un 2025 bueno: ingresó más (un 6%, 6,517 millones de euros), ganó más (1.758 millones, con un 8% de avance) y sus plataformas tecnológicas ayudaron a sus clientes a tramitar más reservas (484 millones). Pero el mercado percibe algunas amenazas sobre su posición competitiva. Sus acciones fueron de las más castigadas en la Bolsa en 2025, y en 2026 acumulan un retroceso adicional de casi un 20%, al hilo de lo que le está pasando a otros proveedores de software amenazados por las empresas nativas de IA, según recuerdan la media docena de expertos consultados.

Jaime Sicilia, de Singular Bank, explica que, por más rentable que sea su GDS, el sistema de Amadeus que conecta a proveedores de viajes con las agencias para hacer reservas en tiempo real, el nuevo estándar tecnológico que ha creado IATA permite a las aerolíneas vender “con más control sobre contenido, personalizar precios, generar ofertas atractivas y personalizadas, y evitar fees [pagos] del GDS, aunque no sustituirlo del todo”. Las propias aerolíneas están intentando canalizar el negocio directamente y empresas basadas en IA o de fuera del sector, como Google Flights, “podrían añadir competencia”, según este experto. El analista de mercados Franco Macchiavelli va por el mismo camino. Con la biometría, Amadeus quiere controlar la cadena completa de los procesos por los que pasarán los viajeros. Hasta ahí, todo encaja. “El problema parece estar en que el mercado no acaba de comprar al 100% esa tesis. El valor de las acciones tocó techo a mediados de 2025 en 74 euros y desde entonces acumula una caída superior al 30%. Tras el anuncio de la mayor compra de su historia, el precio ni se ha inmutado. Esto invita a preguntarse qué hay detrás”. Y cree que la biometría quizá no pueda eclipsar el hecho de que su sistema GDS “lleva años bajo presión”, porque aerolíneas como Iberia, Lufthansa o KLM se inclinan a usar el estándar NDC. “Amadeus parece estar adaptándose, pero su modelo de ingresos podría tener los días contados en su forma actual. Eso hace que la biometría no solo sea una apuesta de futuro, sino también una huida hacia adelante”.

Hay otro motivo que rebaja el entusiasmo, y son las dificultades regulatorias, que podrían ralentizar los crecimientos de beneficios y márgenes que espera tener gracias a la adquisición. Hace unos meses, la Agencia de Protección de Datos multaba a Aena con 10 millones de euros por identificar con reconocimiento facial a los pasajeros de ocho aeropuertos españoles, y un año antes la empresa World, cofundada por Sam Altman, había tenido que parar las lecturas de iris en una treintena de centros comerciales del país por el mismo motivo. Son solo dos ejemplos que ilustran las dificultades con las que se puede encontrar esta tecnología. La custodia de los datos puede hacer que, por ejemplo, un país no quiera ceder activos sensibles sin condiciones especiales a las empresas. Igualmente plantea riesgos para la privacidad y el control ciudadano. Pero aquí, de nuevo, hay quien ve la botella medio llena: “El mercado va hacia este tipo de reconocimientos faciales para mejorar el tránsito en los aeropuertos”, opina Luis Padrón, de GVC Gaesco. Algo que no solo notarán los pasajeros: además de menores tiempos de espera y la eliminación de cuellos de botella en horas punta, el reconocimiento facial o con huellas permitiría rediseñar terminales eliminando barreras físicas y reforzaría la seguridad.

Guerra en Irán

Nikola Egia, analista de Kutxabank Investment, añade otro riesgo más a corto plazo: el conflicto de Oriente Próximo. “Aunque su exposición es baja, entre el 7% y el 9% de las ventas, hay muchas cancelaciones de vuelos y se anuncian más restricciones por falta de queroseno”, algo que ha ralentizado el crecimiento de ingresos en el primer trimestre, según los datos presentados el pasado viernes, que aún así fueron mejores de lo esperado por algunos analistas.

A medio y largo plazo los números sonríen. El tráfico mundial podría crecer, según las previsiones del sector, un 3,8% cada año, lo que duplicaría el tránsito en las próximas dos décadas, hasta los 8.000 millones de viajeros. Amadeus, cree Iván San Félix, de Renta 4, ha demostrado siempre ser tecnológicamente superior en su sector. “Evidentemente, la amenaza es importante, pero como líder lleva años invirtiendo en IA y, si se atiende a la historia, ha sido capaz de mantener esa hegemonía tecnológica”. Él es moderadamente optimista con la compañía. El tiempo dirá si Amadeus está lo suficientemente protegida para afrontar lo que está por llegar.

lunes, 4 de mayo de 2026

EL NUEVO GRAN HERMANO


El inquietante manifiesto de Palantir recibe un aluvión de críticas: entre el tecnofascismo y el villano de James Bond
El gigante en gestión de datos para usos militares ha generado rechazo al publicar en X una visión del mundo con tintes xenófobos y belicistas.
Jesús Sérvulo González, 27.04.2026

Menos de un mes después de que el presidente de Palantir, el controvertido Peter Thiel, viajase a Roma para sermonear sobre el anticristo ante la mirada escéptica del Vaticano, el número dos de la compañía, el también polémico Alex Karp, publicó un manifiesto de 22 puntos en la red social X en el que cuestiona la civilización occidental en un texto reaccionario con tintes xenófobos, belicistas y ultranacionalistas. La declaración de principios describe un futuro distópico, donde emerge un Estados Unidos supremacista, con capacidad para vigilar a todos los ciudadanos y controlar el poder gracias a la IA. Silicon Valley pasará de alumbrar tecnología a suministrar las nuevas armas de guerra.

Palantir, una de las mayores empresas en gestión de datos para seguridad y fines militares, explica que el manifiesto es un resumen de La República Tecnológica, el libro escrito por Alex Karp y Nicholas W. Zamiska, el jefe de asuntos legales de la empresa, que llegó a convertirse en número uno de la lista de libros de The New York Times.

Karp, que cursó filosofía en la Universidad de Stanford, fue alumno de Jürgen Habermas en Alemania, adonde viajó para estudiar las razones que había detrás de la ideología fascista y nazi. En el manifiesto escribe: “Algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas”. También defiende: “Debemos resistir la tentación superficial de un pluralismo vacío y sin sustancia” o “se han puesto de manifiesto los límites del poder blando, de la mera retórica grandilocuente” por lo que anhela “un poder duro” para que prevalezca la civilización occidental. En el mismo manifiesto reclama el fin de “la neutralización de la posguerra” de Alemania y Japón, para que vuelvan a ser dos potencias militares.

En el mismo documento, que ha recibido un aluvión de críticas por su visión tecnofeudalista, sostiene que “Silicon Valley tiene una deuda moral” con Estados Unidos. Aboga por la vuelta del servicio militar obligatorio. Augura el declive de la era atómica y vaticina el imperio de la IA. “La cuestión no es si se construirán armas de IA, sino quién las construirá y con qué propósito. Nuestros adversarios no se detendrán a entablar debates teatrales sobre las ventajas de desarrollar tecnologías con aplicaciones críticas para la seguridad militar y nacional. Seguirán adelante”, sostiene.

La publicación del manifiesto de Palantir coincide con un mal momento en Bolsa para la empresa. Este jueves perdió un 7,5% de su valor y en los últimos seis meses se ha dejado un 21,5% pese a la guerra de Irán. Palantir es uno de los grandes contratistas del ejército estadounidense. Su sistema Maven, diseñado con la inteligencia artificial de Anthropic, es empleado para identificar miles de objetivos y diseñar operaciones militares en la guerra de Oriente Próximo. Los analistas creen que los nuevos modelos de IA de Anthropic, más desarrollados y con más capacidades, pueden perjudicar su negocio.

Thiel y Karp se han convertido en amigos y grandes donantes de Donald Trump, pese a que Karp mostró en el pasado una inclinación por los demócratas. El presidente estadounidense suele cuidar de los suyos. A principios de este mes, en plena caída de Palantir, publicó un mensaje en su red social Truth, en el que se leía: “Palantir ha demostrado tener grandes capacidades y equipo para la lucha bélica. Solo pregúntenle a nuestros enemigos”.

Aunque el comentario alivió temporalmente la caída de la empresa de vigilancia en Bolsa no evitó que la compañía fundada en 2001, con una inversión de la CIA en un fondo de capital riesgo, siguiera perdiendo terreno.

El manifiesto de Palantir ha suscitado numerosas críticas. El exministro griego de Finanzas durante la Gran Recesión, Yanis Varoufakis, publicó en redes sociales: “Si el mal pudiera tuitear, este sería el contenido”. El economista griego publicó un extenso comentario en X desmontando cada uno de los 22 puntos del manifiesto de Alex Karp. “Así como los financieros necesitaban el neoliberalismo, los magnates tecnológicos de hoy necesitan una nueva ideología para legitimar su dominio. Yo la llamo tecnofeudalismo”, escribe.

El filósofo Mark Coeckelbergh, profesor en la Universidad de Viena, lo definió como “tecnofascismo” en una publicación en X. En su blog añade: “Una cosa es que un gobierno o partido político articule y compita por una visión política; eso es lo esperado, incluso obligatorio. Otra muy distinta es que lo haga una empresa privada, especialmente una profundamente involucrada en la seguridad y la vigilancia del Estado. Esto no es solo publicidad de un importante traficante tecnológico global. Es un manifiesto. Y para cualquier defensor de la democracia, leerlo es como abrir un alimento que sospechabas que estaba en mal estado, pero no sabías que lo estaba tanto“.

Peter Thiel tras reunirse con el presidente argentino Javier Milei en Buenos Aires, el 23 de abril. Matias Baglietto (REUTERS)

El medio tecnológico The Verge indica que la publicación de Palantir “evoca tanto ideas reaccionarias extrañas como comentarios de Reddit de principios de la década de 2010″.

Gil Durán, un escritor y periodista californiano que lleva varios años escribiendo sobre los tecnooligarcas de Silicon Valley, publicó en X que el manifiesto escrito por Alex Karp era “una exaltación de la violencia y la velocidad, típica del fascismo”, lo que provocó que la red social X la congelara la cuenta.

Dave Karpf, profesor de medios de comunicación y asuntos públicos en la Universidad George Washington, no se mordió la lengua: “El director ejecutivo de Palantir es como un villano de James Bond, pero peor vestido”.

La publicación del documento de Palantir no ha hecho más que alimentar la mística diabólica que acompaña a la empresa, acusada de vulnerar derechos humanos, y señalada en Estados Unidos porque sus polémicos programas de vigilancia y datos son empleados por los agentes del Servicio de Aduanas y Control de Frontera (ICE) para sus tácticas de deportación masiva de inmigrantes y redadas indiscriminadas. También presta sus servicios al ejército israelí en los territorios palestinos.

Un estudio de Follow The Money en el que participó EL PAÍS descubrió que los principales bancos y gestoras de activos europeos han disparado en el último año sus inversiones en Palantir.

Amnistía Internacional denunció ya en 2020 que la entidad no respetaba los estándares internacionales vigentes, y la consultora MSCI la ha puntuado con 2 sobre 10 en “libertades civiles” y “derechos humanos” en un reciente informe de referencia para inversores institucionales de todo el mundo. Su fundador y presidente, Peter Thiel, defiende abiertamente ideologías antidemocráticas y antieuropeístas.

Hasta Alexander Dugan, el ideólogo de Vladímir Putin, ha reaccionado al manifiesto de Palantir. “Es mucho más importante que Trump. Trump es un peón insignificante en el tablero de ajedrez serio. Su rol es la destrucción total. La etapa de preparativos. Palantir es mucho más serio. Es el plan para salvaguardar el dominio en declive de Occidente por medios radicales”, ha escrito en X.

Dave Karf, que ha escrito varios artículos sobre la derechización de Silicon Valley, resume: “El manifiesto es un disparate, pero al menos es lo suficientemente breve como para aclarar las cosas. El mensaje, tanto del libro como del manifiesto, es que Palantir quiere ser EL fabricante de armas del próximo siglo. El futuro de la industria armamentística reside en el software y la IA. Palantir quiere que el gobierno gaste una cantidad excepcional de dinero en sus productos, por favor y gracias”. Y añade en un artículo publicado en Tech Policy y compartido en su blog: “Todo lo demás es pura palabrería. Estados Unidos es bueno. Los enemigos de Estados Unidos son malos. El poder duro, bueno. El poder blando, malo. Silicon Valley y los multimillonarios tecnológicos, buenos. Exigir responsabilidades a las élites, malo. Occidente es bueno. El resto: malo”.

sábado, 14 de febrero de 2026

ALGO GRANDE ESTÁ SUCEDIENDO


El terremoto de la última versión de la IA alarma a los expertos: “El mundo está en peligro”
Arrecian las voces que advierten sobre las consecuencias para la sociedad de los últimos modelos de inteligencia artificial y sobre despidos masivos en tareas de cuello blanco.
Jesús Sérvulo González, 14.02.2026

“Estamos ante algo mucho, mucho más grande que la covid”, ha advertido esta semana Matt Shumer. Este prestigioso programador que trabaja con la inteligencia artificial (IA) acaba de publicar un artículo titulado Algo grande está sucediendo en el que advierte sobre las amenazas de los nuevos modelos de IA para millones de puestos de trabajo de cuello blanco a lo largo de todo el mundo. Su ensayo se ha viralizado con más de 80 millones de visitas desde el martes.

“La razón por la que tanta gente del sector está dando la voz de alarma ahora mismo es porque esto ya nos ha pasado", explica Shumer, quien relata cómo las empresas de IA están despidiendo a informáticos y desarrolladores porque las herramientas que ellos crearon ya se están programando a sí mismas para hacerse más inteligentes. “No estamos haciendo predicciones. Les contamos lo que ya ha ocurrido en nuestros propios trabajos y les advertimos que son los siguientes”, apunta.

El artículo de Shumer coincide con una semana de agitación en Wall Street. Los inversores han castigado a compañías que se van a ver más afectadas por la irrupción de esta tecnología. Empresas de software, videojuegos o desarrolladores informáticos han recibido un serio correctivo en Bolsa al difundirse las altas capacidades de los nuevos modelos de IA y el riesgo que supone para millones de empleos. Los expertos aseguran que un niño podrá dar instrucciones para crear un videojuego a medida. Y proliferan programas de idiomas creados por personas con escasos conocimientos informáticos.

Pero los inversores también ven cómo la automatización está lista para saltar a otros sectores no tan evidentes como la logística, aseguradoras o consultoras. Con un par de órdenes se podrá crear un programa de planificación fiscal o un bot de atención al cliente que supere la interacción humana.

“El rápido progreso de las herramientas de IA alimenta el temor generalizado de una disrupción en las industrias más expuestas a la difusión de esta tecnología dentro de la economía del conocimiento, en particular en los modelos de negocio que no requieren un uso intensivo de capital, con las empresas de software a la cabeza”, explica Yves Bonzon, responsable de inversiones del banco suizo Julius Baer. “Las preocupaciones de los inversores sobre el impacto disruptivo de la IA siguen pesando sobre las acciones estadounidenses, desde los corredores de seguros y los servicios inmobiliarios hasta la logística”, explica el banco de inversión suizo UBS, que adopta, no obstante, un tono optimista para los inversores: “Aunque está por ver el impacto global en estas industrias y en las empresas individuales, consideramos [este proceso] una validación del potencial de monetización de la IA. Los avances subrayan su naturaleza transformadora”.

“Esto es diferente a todas las oleadas de automatización anteriores, y necesito que entiendan por qué”, avanza Shumer en un relato inquietante que ha encontrado eco en varios ejecutivos del sector. “La IA no reemplaza una habilidad específica. Es un sustituto general del trabajo cognitivo. Mejora en todo simultáneamente. Cuando las fábricas se automatizaron, un trabajador despedido pudo capacitarse para trabajar como oficinista. Cuando internet irrumpió en el comercio minorista, los trabajadores se trasladaron a la logística o los servicios. Pero la IA no deja un hueco conveniente para ocupar. Sea cual sea el objetivo de la capacitación, también está mejorando en eso”, añade.

Las voces de alarma arrecian al tiempo que las grandes tecnológicas redoblan sus apuestas por una tecnología disruptiva. Solamente durante 2026, las cuatro grandes tecnológicas globales, Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft, planean invertir más de 650.000 millones en IA. Es la mayor cantidad invertida en un solo año en cualquier otro desarrollo tecnológico; ni la expansión del ferrocarril a finales del siglo XIX, los programas de la NASA para conquistar el espacio o la burbuja de las puntocom de principios del siglo XXI consumieron tantos recursos en tan poco tiempo.


Estos colosos tecnológicos, que manejan un presupuesto mayor que el de algunos países, están lanzados en una alocada carrera para desarrollar la IA. Necesitan entrenar sus modelos informáticos con miles de ordenadores montados con microprocesadores de última generación. Los reúnen en unas naves gigantescas, los centros de datos, con cientos de servidores para que el sistema siga aprendiendo. Y requieren de plantas especiales de suministro de energía para asegurar su enorme consumo.

Schumer dibuja un panorama estremecedor. Explica cómo en los últimos años las mejoras en los modelos cognitivos creados por algoritmos han logrado avances exponenciales. Pero las últimas versiones de OpenAI, creador del popular ChatGPT, o Anthopic, que desarrolla el modelo Claude, “no son mejoras graduales. Es algo completamente diferente”, advierte.

“La IA no es un sustituto de trabajos humanos específicos, sino más bien un sustituto laboral general para los humanos”, sostiene Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, la empresa fundada por antiguos investigadores de OpenAI. Amodei publicó hace un par de semanas un inquietante artículo, La adolescencia de la tecnología. Cómo afrontar y superar los riesgos de la IA potente, sobre los riesgos que provocará una tecnología de este calibre o la IA general (IAG), aquella que podrá pensar por sí misma. Este ejecutivo calcula que la mitad de todos los trabajos de cuello blanco en el mundo van a desaparecer en el plazo de entre uno y cinco años. Tras analizar en el artículo las consecuencias de esta revolución, concluye: “El shock a corto plazo tendrá una magnitud sin precedentes”.

Esta semana la empresa ha alcanzado una valoración de 380.000 millones de dólares, después de la última ronda de financiación en la que logró fondos por 30.000 millones. Anthropic se ha posicionado como una de las compañías tecnológicas más concernidas por la seguridad. Asegura que su modelo está entrenado siguiendo principios éticos para evitar la manipulación y el engaño.

Esta semana ha anunciado la creación de una SPAC, una herramienta de cotización bursátil, dotada con 20 millones de dólares, para promover la transparencia y seguridad en los modelos de inteligencia artificial. La empresa Public First busca influir en los legisladores para establecer una regulación y barreras en la IA que impidan los abusos. En realidad, su estrategia es contra su rival OpenAI, que utiliza tácticas más agresivas.

El ensayo de Shumer coincide también con la renuncia de dos ejecutivos de OpenAI y Anthropic, alertando de la profundidad de los cambios que se le vienen al mundo encima, no solo a nivel laboral. “El mundo está en peligro. Y no solo por la IA o las armas biológicas, sino por toda una serie de crisis interconectadas que se desarrollan en este preciso momento”, escribió Mrinank Sharma, un investigador de seguridad de IA que abandonó Anthropic para irse a Reino Unido a escribir poesía y “volverse invisible”.

Sharma ha trabajado en un área para tratar de garantizar la seguridad de la IA para combatir los riesgos del bioterrorismo asistido por IA e investigar “cómo los asistentes de IA podrían hacernos menos humanos”. Y dice que abandona con un cierto sentimiento de resignación.

El miércoles, Zoe Hitzig, investigadora de OpenAI, el creador del popular ChatGPT, publicó un artículo en The New York Times alertando sobre sus dudas respecto a la nueva práctica de que las empresas de IA ofrezcan publicidad. Hitzig, doctora de Economía en Harvard, escribió: “Tengo serias reservas sobre la estrategia de OpenAI”. Al día siguiente presentó su renuncia. En el artículo explica cómo muchas personas emplean las herramientas de IA como terapeutas, para confesar sus emociones o para charlar. El sistema logra una ventaja a la hora de ofrecer publicidad y Hitzig observa problemas éticos.

También existen riesgos de seguridad. Amodei pone el ejemplo de un nuevo país integrado por los 50 millones de mentes más brillantes del mundo. Piensan de 10 a 100 veces más rápido que cualquier humano. Nunca duermen. Pueden usar internet, controlar robots, dirigir experimentos y operar cualquier cosa con una interfaz digital. El experto advierte de que supondría “la amenaza a la seguridad nacional más grave que hemos enfrentado en un siglo, posiblemente nunca”.

lunes, 25 de agosto de 2025

HATERS

Si Internet ha supuesto un antes y un después en nuestra Historia (de mierda, si la comparamos con la edad de la vida en la Tierra), las redes sociales también, pero como ejemplo de lo peor que sale de las personas. Las redes, y su cola de influencers variopintos, comentaristas quedetodosaben y, como guinda, los haters, han dado la enésima vuelta de tuerca a lo que siempre se ha dicho o se ha oído, sobre todo, sobre la izquierda. ¿Quién no recuerda la época en que, erre que erre, se hablaba de Ana Belén y Víctor Manuel, ricos y comunistas, como si el dinero que tienen lo hubiesen robado; o ahora con el Gran Wyoming, otro de izquierdas con pisos. Parece mentira que los mayores haters de esta gente suelen ser personas acomodadas a las que les debe fastidiar mucho el que existan intelectuales con dinero, estos que defienden a capa y espada el capitalismo pero sólo válido para ellos.
Si eres de izquierdas huye de tener un buen reloj, o buen aspecto, o vestir bien. Si eres de izquierdas debes tener un reloj Casio, de los de antes, dejarte barba, usar vaqueros viejos y botas ajadas de ante y, por supuesto, vivir en un apartamento cochambroso alquilado, comer espaguetis día sí y día también y donar a la beneficencia todo el dinero que pudieran ganar honradamente. Y digo todo.
Anoche intenté ver la última película de Superman, pero me aburrí y, además, llegaba mi hora de acostarme, de manera que me fui a la cama a leer un rato antes de desconectarme -estoy ahora con "La montaña mágica" de Thomas Mann y terminando "Entre los muertos", la última de las novelas de la entretenida trilogía de Illumbe de Mikel Santiado-. En la película, un claro trasunto de la guerra de Ucrania y los actuales dictadores mundiales,  el malo malísimo Lex Luthor había creado un "universo de bolsillo", que no dejaba de ser un universo paralelo donde tenía una multitud de monos ciborn haters que no paraban de verter a las redes comentarios en contra de Superman. Me imaginé a estos personajes amargados que viven para echar pestes de otros sin parar. ¿Qué placer conseguirán?
¿Dónde ha quedado la máxima "vive y deja vivir"? 
Un 0 a las redes sociales, a Instagram, FacebooK... y, sobre todo, a X.
Un 10 a Muñoz Molina y, by the way, a Elvira Lindo. 
Vive y deja vivir. Amén.
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Antonio Muñoz Molina y el reloj de la discordia

Azahara Palomeque, 18.08.2025
https://www.publico.es/opinion/columnas/antonio-munoz-molina-reloj-discordia.html

Hace unos días, el periódico El País publicaba una entrevista a Antonio Muñoz Molina cuyo titular era la siguiente cita textual: "Si hay una salvación posible de este mundo, es recuperar la idea de escasez". La conversación, anclada a una memoria rural tantas veces recreada en sus novelas, versaba especialmente sobre la necesidad de ser conscientes del agotamiento de recursos planetarios, con rigurosa atención al desperdicio alimentario y al consumismo. A través de sus palabras, se invitaba a los lectores a compartir un compromiso ecologista que el autor ya ha expresado alguna vez en columnas de opinión, y en estas fechas adquiere, además, una importancia renovada a raíz de los voraces incendios que están asolando la Península. Hasta ahí, todo parece fluir de acuerdo al sentido común, la inteligencia y la ética, hasta que en X comenzaron a surgir críticas a que la promulgada "escasez" viniera por boca de un intelectual ciertamente acomodado. Sin embargo, lo que en un principio no pasaba de comentario discrepante, se fue transformando en una tormenta de insultos, difamaciones y desprecios azuzada por un dato falso. Alguien preguntó a Grok (la "inteligencia" artificial de X) qué tipo de reloj portaba el novelista en la foto que ilustraba la entrevista; la máquina respondió que un Rolex cuyo precio rondaba los 15.000 euros; y, como se dice en inglés, la mierda se estampó contra el ventilador, inundándolo todo.

Este caso es significativo de varios fenómenos sociales que deberían provocar nuestra reflexión. En primer lugar, la credibilidad que parece transmitir Grok, para lo que finalmente resultó ser un Festina valorado en 100 euros, se opone frontalmente a la crisis de conocimiento que estamos viviendo en un mundo donde ni los más reputados científicos, tras décadas de investigaciones, consiguen convencer a los gobiernos del desastre ecológico en marcha. He visto la misma desinformación sobre el Rolex multiplicada en entornos digitales hasta la saciedad, contra una persona que no lo llevaba y cuyas declaraciones no abogaban, de ninguna manera, por la pobreza generalizada, sino, como él mismo expresa, por desarrollar una militancia de los límites. Esta idea, revisitada y ampliada por multitud de pensadores a lo largo de lustros —Marta Tafalla, Yayo Herrero, Jorge Riechmann o, en literatura, Julio Llamazares o Manuel Rivas, entre otros— comenzó a popularizarse con la publicación del informe Los límites del crecimiento en 1972. En él, varios investigadores del MIT (el Instituto Tecnológico de Massachussets), liderados por Donella Meadows, demostraban con pruebas sólidas la incapacidad de que la economía creciese infinitamente en un planeta finito. Cada respuesta de Muñoz Molina supone un guiño evidente a dicha cuestión. Pero hay más.

El estudio de Meadows aseguraba que la población global de entonces podría vivir cómodamente con el nivel de vida de un europeo estándar. En plena Guerra Fría, en Estados Unidos, nadie se habría atrevido a menoscabar las bases del capitalismo; más bien, la conclusión se acercaba a una ralentización notable de su metabolismo junto a la redistribución justa de la riqueza. Aunque hoy en día hemos sobrepasado las posibilidades ecológicas de los años 70, el tono y el discurso de Muñoz Molina entroncan con tales postulados. Ser humildes y descartar el derroche conforman una propuesta política y moral tan relevante como urgente. Pero, al centrarse la horda de odiadores, amparados por la mentira de Grok, en la individualidad del escritor, no solo se desvirtuaba el tema de fondo, sino que también se enardecía una falacia ad hominem que —quien haya sufrido violencia digital lo sabe— es profundamente dolorosa. ¿Hay que rebatir las alucinaciones de una tecnología fabricada por el hombre más rico del globo, Elon Musk, partiendo de la persona a quien humilla? ¿No supondría eso revictimizarla? Hay que atajar el problema estructural, el hecho de que el debate público de un país soberano como España se encuentre tiranizado por un oligopolio extranjero, mayormente ubicado en Silicon Valley, protegido, además, por un gobierno cuyas veleidades autócratas son conocidas. Y es preciso subrayar la ideología perniciosa que nutre sus algoritmos, priorizando la agresividad. Pero quien goza de una voz pública tan influyente como el literato alberga asimismo una responsabilidad social. Que se lo juzgue, desde el respeto, es parte del juego democrático, así que vamos a hacerlo aquí.

Antonio y su mujer, Elvira Lindo, constituyen una pareja bien posicionada en el circuito de las letras españolas. Hasta donde alcanza la información real disponible, han vivido siempre de su trabajo. En redes se destacaba con acritud el puesto que él desempeñó como Director del Instituto Cervantes de Nueva York, ciudad en la que también fue profesor de escritura creativa. Si uno no tiene derecho a mudarse a otro país para trabajar, entonces nos encontraremos minando una libertad fundamental. Curioso resulta que, entre las innumerables sedes que tiene el Instituto en los cinco continentes, los reproches solo se hayan orientado hacia él. El problema consistiría, por tanto, en que ha cosechado éxitos indiscutibles con su literatura: ¿tampoco se pueden vender libros?, ¿ganar premios? Y, en cuanto a la supuesta incoherencia de pensamiento, alguien que nunca ha romantizado la miseria —al contrario, la ha denunciado, a menudo aludiendo a su infancia en un pueblo de Jaén— actúa de acuerdo con sus principios cuando propone un cambio sistémico de rumbo en una economía que destroza los ecosistemas mientras incrementa la desigualdad. "Ese melón que hay en el supermercado lo ha recogido un inmigrante a 40 grados al sol" —cuenta en la entrevista, ejemplarizando nuestra obligación ciudadana de prestar atención al origen del alimento antes de comerlo, y al desperdicio que producimos una vez engullido.

La derecha no tiene ningún complejo a la hora de asumir la iniquidad y arrodillarse frente a la codicia de sus líderes políticos, la corrupción o las residencias en Andorra de sus voceros para evadir impuestos, pero alguien de izquierdas debe pedir perdón por ganar dinero honradamente y, además, debe suprimir sus ideales. ¿En qué tejado cae la hipocresía? Ojalá pudiésemos todos beneficiarnos de un mundo regido por la justicia social, donde abundasen las vidas plenas sin penurias en equilibrio con la biosfera: justamente eso es lo que argumenta Antonio Muñoz Molina, si alguien se dignase a leer la entrevista entera, en lugar de mirar solo su modesto reloj. 

martes, 29 de julio de 2025

LA NECESIDAD

Ésta podría ser una conversación cualquiera un día normal:
> ¿Te vas de vacaciones este año?
> Sí, serán en septiembre, espero viajar a mediados de mes.
> ¿Y adónde tienes pensado ir?
> Creo que a Palermo.
> ¡Ah! Italia, qué bien, ¿yo no has pensado en ir a Nápoles, coger un coche y visitar Pompeya, la costa y bla bla bla.
Pululan los amigos "agencias de viaje" tanto como los "vendedores de coches", que nada más saber que quieres cambiar de vehículo te recitan la lista de los mejores coches como si se tratara de la tabla periódica o los reyes Godos. Podría ser peor, sin duda.
 
Al final uno acaba aprendiendo a ser como aquella señora de los solomillos del norte de Tenerife, la cual escribía la comanda con tesón y luego te servía lo que le daba la gana, como debe ser. ¡Y bien bueno que estaba todo!
 
 
 
Hablando de otra cosa -nada de política ni guerra ni aranceles-, leo con preocupación la nueva adicción de los estudiantes a ChatGPT, que yo extendería a casi cualquier persona que lo haya probado alguna vez. "Cada vez pensamos menos por nosotros mismos", y esto es un hecho, la dependencia de esta "ayuda" es cada vez mayor. Si pensamos en los números que antes teníamos memorizados y que ahora dejamos en manos de la agenda del teléfono móvil sabremos cuál va a ser nuestro futuro más inmediato; no calculamos mentalmente desde que se inventó la calculadora, no escribimos a mano porque tenemos ordenadores, no pensamos porque tenemos Internet (ahora ChatGPT), no leemos porque todo está en la red (el todo está en los libros de antaño), no sociabilizamos porque tenemos redes sociales, ¿continúo?
Sólo nos queda llorar. Y la maravillosa música, por supuesto. Siempre.
♫
Mina, *E se domani.

domingo, 1 de junio de 2025

AIN'T GOT NO, I GOT LIFE


Interesante artículo, cómo no, el de Elvira Lindo hoy en EL PAÍS: Lo mucho cansa, dijo el pastor. ¿Qué va a pasar, viendo cómo somos, lo que somos, cómo vamos y adónde vamos, con aquellos que no tenemos tatoos, Facebook, Instagram, Tik-Tok ni usamos IA? La respuesta está clara, nos quedaremos desfasados, o mejor, ya lo estamos. Somos prescindibles, nos hemos convertido en simples replicantes.
Vimos hace un par de noches la película "Luther", en principio otra más de las que puedes encontrar en NETFLIX, esta vez con un policía londinense vengador Idris Elba-Luther), haciendo de bueno, y el actor de Gollum de malo malísimo Andy Serkins-Robey). La película, muy entretenida, nos hace ver o redescubrir (porque en el fondo todos lo sabemos ya), el poder que tiene Internet en nuestras vidas. Siempre recurro al tópico de Skynet, cosas que le pasan a un cinéfilo, pero no creo equivocarme mucho cuando veo aparatos como Alexa u OK-Google esparcidos por toda la casa, escuchándolo todos y enviando datos como locos a saber a quién. Éste es el mundo en el que vivimos y cada cual usa las armas que estima para defenderse. 
Nina Simone lo supo ver hace muchos años.
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Lo mucho cansa, dijo el pastor
A punto están los publicistas de crear un anuncio en el que personas como usted y como yo, que aún no hemos incorporado la IA a nuestras vidas, quedemos como ignorantes.
Elvira Lindo, 01.06.2025

Mediados de los noventa. Un coche llega hasta la cabaña de un pastor en mitad del monte, y el pastor trata de ponerse al día preguntando al intruso si es verdad que Ruiz-Mateos va vestido de Superman y anda en busca de un ministro que se ha liado con una china. El anuncio conectó con todos los temas del momento: el superministro, Hacienda, Rumasa y el inesperado vuelco salsero en la vida de un político. Se trataba de vender un coche que accedía allá donde la civilización jamás llega, pero quien logró una inesperada celebridad fue aquel paisano, Jesús García, que acabó hasta las narices de turistas que le buscaban en su rincón de Guadalajara para hacerse fotos con quien había asegurado no quitarse la boina ni para dormir. “Lo mucho cansa”, dijo sentenciosamente. En esas tres palabras estaba contenida la esencia de la filosofía franciscana: entre la mirada larga del que contempla el cielo y la corta del que ve la tele, se quedaba con la de siempre.

El anuncio era ingenioso, sin duda, aunque el mensaje fuera el mismo que hoy se sigue usando para convencernos de que cualquier invento tecnológico nos lleva más allá de donde nuestra mente alcanza. El pastor García nos representa. A punto están los publicistas de inventarse un spot en el que personas como usted y como yo, que aún no hemos incorporado la inteligencia artificial (IA) a nuestras vidas, quedemos como ignorantes. O como catetos, palabra que ya nadie pronuncia, pero que muchos piensan en nuestra misma cara.

De los coches hemos disfrutado tanto de la accesibilidad como conocido su reverso maléfico, pero hoy andamos jugueteando con este seductor entretenimiento sin saber muy bien de qué manera cambiará nuestras vidas y quién pagará las consecuencias. Mientras las empresas instan a sus empleados a hacer cursillos con la nueva herramienta con la excusa de que no se puede ir a ciegas por el mundo, los aguafiestas sospechamos que en realidad nos hacen formar parte activa de la mayor reconversión jamás vista o del abaratamiento del trabajo. Mientras ya hay programadores, correctores, diseñadores, traductores, dibujantes, músicos y otros tantos oficios que están viendo cómo sus honorarios de autónomos descienden, desde nuestras casas disfrutamos del invento como si un ser superior hubiera tenido el detalle de ofrecérnoslo gratis. Pedimos a la máquina que nos sirva felicitaciones de Navidad al modo Ghibli o de los Simpson y el dios todopoderoso nos lo concede, como nos concede también una canción de cumpleaños mágicamente personalizada solo con introducir unos datos del homenajeado. Vas a un coloquio de desarrollo sostenible y la presentadora, inocente y voluntariosa, te enseña lo bien que le ha diseñado el guion la IA. Escuchas en la radio un sorprendente concurso en el que se pide a los oyentes que distingan entre canciones IA y canciones humanas y, como son todas igualmente bobas, resultan indiferenciables, porque a la IA todavía le cuesta tener el talento de Bob Dylan. Pero todo llegará.

Ahora mismo, esos centros de datos que nos roban el agua están engullendo lo que escribimos, lo que dibujamos y cantamos, lo que dicta el experto tras años de estudio, y más pronto que tarde nos devolverá nuestra voz cada vez más perfeccionada hasta que algunos oficios se resuman en alimentar a la bestia sin recibir derechos de autor. Y a quien advierta de los peligros de esta invasión feroz contra la mente humana los papanatas de la tecnología le tildarán de ignorante. Habrá pronto chistes y anuncios en los que usted y yo sustituiremos al pastor del coche. Alguien advertirá que una sola consulta de ChatGPT consume 10 veces más que una búsqueda en la Red y que para mantener ese dispendio habrá que contar con todas las energías posibles, sin reparos ideológicos, de la nuclear a la eólica, pero entonces será casi imposible desenganchar a una población abducida por un dios tan generoso que le ha dado de todo menos un abrazo.
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Nina Simone, *Ain't got no, I got life.

jueves, 22 de mayo de 2025

CERO PRIVACIDAD, SUPÉRALO


Lo que decimos en el móvil
El fin de la intimidad se lleva anunciando desde hace décadas, pero no actuamos como si nuestros teléfonos fueran un peligro inédito para nosotros mismos.
Delia Rodríguez, 15.05.2025

Estos días, por lo que sea, muchos hemos pensado eso de madre mía, si alguien leyera mi Whatsapp. Lo digital conlleva riesgo en su naturaleza (¿por qué no se ha implantado aún si no el voto electrónico?), pero la mayoría actuamos como si nuestro móvil fuera un joyero guardado en el dormitorio y no un peligro inédito para nosotros mismos. Ni siquiera es necesario un hackeo, un problema técnico o una filtración interesada; un error humano basta para que suceda el desastre: pensemos en esos conocidos que se divorciaron después de un mensaje indebido o en la cúpula del gobierno estadounidense cuando añadió por error a un periodista en el chat donde se estaba coordinando una guerra.

Se lleva anunciando el fin de la intimidad décadas. “Tenemos cero privacidad. Superadlo”, dijo en 1999 un directivo de Sun Microsystems, y en ello estamos aún. Hace 15 años que Mark Zuckerberg explicó por qué a partir de ese momento Facebook iba a cambiar su política y a hacer públicos por defecto los datos de los usuarios: “Cuando empecé en mi dormitorio en Harvard, la pregunta que mucha gente se hacía era: ‘¿Por qué querría poner cualquier información en Internet? ¿Por qué querría tener una página web?’ (...) La gente se ha ido sintiendo cómoda no solo compartiendo más información y de distintos tipos, sino también haciéndolo de forma más abierta y con más personas. Esa norma social es algo que, sencillamente, ha evolucionado con el tiempo”. Y eso es cierto. Pero también lo es que empresas como la suya han contribuido a que nuestros móviles sean, por diseño, más vulnerables.

En este tiempo ha ocurrido una transacción: comodidad a cambio de privacidad. ¿Mensajes inmediatos y gratuitos con todas las personas que queramos, incluso en grupo? Firmemos donde sea. La idea del capitalismo de vigilancia ya dejó claro que nuestros datos son el gran negocio. Varias teorías más nos han ido explicando el colapso de la intimidad. La economía de la atención dice que competimos para que los demás nos hagan caso, también a través de nuestros mensajes, que se han ido haciendo más emocionales. La teoría del colapso del contexto explica que se han juntado en una misma esfera digital ámbitos antes bien separados, como el personal o el laboral, con la consiguiente confusión. Sumemos el efecto de desinhibición online, que dice que internet crea un falso distanciamiento con los otros, pudiendo llegar a decir lo que ni siquiera pensamos. Además lo hacemos por escrito, lo cual deja rastro y le da cierta importancia, cuando se trata de conversaciones propias de la cultura oral (teoría del paréntesis Gutenberg). El simple hecho de usar un celular importa: la comunicación síncrona en movimiento tiende a ser más espontánea y menos medida que la realizada de forma asíncrona, o delante de un ordenador.

Una antigua norma de etiqueta digital afirma que no deberíamos decir en la red nada que no estemos dispuestos a defender en un ascensor delante de desconocidos. Quienes son más conscientes de la fragilidad de la privacidad digital siguen esta norma a rajatabla. Un amigo de EE UU me cuenta que borra conversaciones personales de Whatsapp cada vez que accede al país, porque sabe que en la frontera pueden revisarle el móvil, comprobar si ha sido crítico con el Gobierno, y negarle la entrada. Solo borra algunas de ellas: sabe que si se deshace de todas también resultaría sospechoso. Pero cuando existe interés en confundir lo público y lo privado nada es suficiente.