La ciudad se vuelca en el funeral artístico por el poeta asesinado hace 90 años. Cientos de artistas participan en el homenaje que incluye un réquiem en la catedral y un llanto perfomativo en la plaza de las Pasiegas.
Fernando Navarro, 18.10.2026
Si la Iglesia tiene sus santos, la humanidad tiene a sus poetas. Y Federico García Lorca, uno de los poetas universales, puede que ya sobrepase la condición humana; al menos, ha adquirido durante este fin de semana categoría de sagrada. Pocas veces se ha visto algo igual por un escritor o personaje de la cultura como lo sucedido estos días en Granada, la ciudad que lo vio crecer y que nunca pudo despedirlo en mitad de una guerra civil y su posterior dictadura.
Sin guerras ni enfrentamientos, solo con “el espíritu de respeto y amor”, en palabras de la cantaora Ángeles Toledano, cerca de quinientas personas, entre músicos, poetas, bailarines, directores de orquesta, escenógrafos, coristas y campaneros, se aliaron con los ciudadanos en un duelo colectivo para reparar el trágico fin del poeta cuyo cuerpo sigue desaparecido, sin identificar, como el de decenas de miles de represaliados durante la guerra que permanecen en fosas comunes y cunetas.
Los versos del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, el glorioso poema que Lorca le dedicó a su amigo fallecido, se repitieron por varias de las 11 piezas que han protagonizado el funeral colectivo desde el jueves. “Eran las cinco de la tarde y lo era en todos los relojes”, se podía oír en voz de Paco Rabal en los altavoces instalados en la escalinata de la catedral el viernes. Las cinco de la tarde, la hora del llanto. De esta forma, las cinco de la tarde ha sido la hora en todos los relojes y durante todo el fin de semana en Granada y ya el viernes a la noche, cuando bullen los bares de la ciudad encantada, hubo un lamento que atravesó como un puñal en una plaza de las Pasiegas cercada con vallas.
La pieza Yo canto para luego, compuesta por Guille Galván, transformó el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías en cuatro canciones que sonaron como una plegaria desbordante de emoción. La plaza, custodiada por la imponente presencia de la catedral, más regia que nunca con su luz rosada sobre la piedra centenaria, estaba abarrotada. Cientos de personas esperaban en ella sin saber qué se encontrarían y, entonces, sonó el piano y, desde el mismo corazón del gentío, se elevaron las voces de un coro integrado por sorpresa entre el público. Mujeres y hombres de todas las edades se movían entre los asistentes y coreaban para acompañar los cantos dolidos, solemnes y respetuosos de la cantaora Ángeles Toledano y Miguel García Cantera, conocido como Dandy Piranha en su faceta de cantante de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. Él cantaba desde la escalinata, con la catedral de fondo, y ella lo hacía justo enfrente, desde un balcón. Después, cuando a pie de calle Guille Galván ya había recorrido la plaza con su guitarra y los coristas anónimos habían roto de emoción con sus golpes en el pecho y sus paseos con las manos entrelazadas bajo la percusión majestuosa de Eric Jiménez, batería de Los Planetas, los dos cantantes, García Cantera y Toledano, se juntaron en el centro de la plaza para cantar con hondura, integrando a todos en el mismo abrazo, en el mismo lloro. Había rostros desencajados por todas partes. Parafraseando el final del mismo poema de Lorca dedicado a su íntimo amigo Sánchez Mejías, fue como recordar “una brisa triste por los olivos”.
De izquierda a derecha, Ángeles Toledano, Laura García Lorca, Guille Galván y Miguel García Cantera. ElviraMegias
Ya en un bar, fuera del espectáculo, decía Miguel García Cantera, emocionado y que rompió a llorar tras el abrazo que le dio Laura García Lorca, sobrina del poeta asesinado, que la gente corriente y no creyente también está necesitada de “algo espiritual”. España es un país de semanas santas y su paisaje está poblado de la increíble teatralidad de las procesiones en tantas ciudades y pueblos. Es de una espectacularidad asombrosa y una belleza innata sentir el peso de una procesión. Y en la plaza de las Pasiegas el viernes noche hubo dolor contenido, escenografía fabulosa y conexión con el misterio de la muerte como en una procesión de verdad, tan solo que en recuerdo de un poeta, un hombre de la palabra laica.
Hubo también dolor y escenografía el sábado. A la tarde, en la pieza Re-Petición, la cantaora Rocío Márquez y la escritora Carmen Camacho se citaron en los balcones del Corral del Carbón para mezclar la fraternidad de las palabras de Lorca con el horror de las palabras de los verdugos. En ocasiones, Márquez cantaba con el corazón en la garganta los lamentos de tantas tragedias humanas por culpa de las guerras, del odio hecho discurso e instalado en políticos y militares desde tiempos inmemoriales. Así, en un diálogo seco, sin aspavientos, hubo un recorrido hasta nuestros días. De los golpistas franquistas a los chilenos y argentinos, de los estadounidenses echando napalm a los vietnamitas o los asesinatos de Ruanda hasta la matanza en Gaza ordenada por el Gobierno de Netanyahu o las amenazas y medidas autoritarias de Donald Trump.
El horror hecho palabra. Y contra el horror, el mejor antídoto es el arte fraterno, el sentimiento de humanidad frente a la barbarie. El sábado noche, en la catedral de Granada se citaron la poesía y la música en un lamento de belleza aplastante. El coro y la orquesta de la Ciudad de Granada, con sus sinfonías de cuerdas, sus impulsos de vientos y sus voces altas y bajas, interpretaron en recuerdo de Lorca el Réquiem en re menor, de Mozart. Minutos antes, el cantautor Alberto Cortés leyó íntegro el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Entonces, fueron otra vez las cinco en todos los relojes, la hora del llanto, las cinco en Granada, volcada en cuerpo y alma en llorar y reparar el dolor de Lorca y tantos asesinados.
El coro y la orquesta de la Ciudad de Granada interpretan el 'Réquiem en re menor', de Mozart, en la catedral de Granada el pasado sábado. ElviraMegias
El lloro final y más simbólico fue el domingo. Este último día de los cuatro del funeral colectivo, que reunió a cientos de personas venidas de todas partes, amaneció gris, con lluvia por los tejados granadinos y silencios por los rincones. Al mediodía, se hizo la despedida con los toques de campana desde el Albaicín y la Alhambra. Se tañeron las campanas bajo la lluvia, una lluvia que amenazó durante todo este réquiem por aparecer y, finalmente, lo hizo justo en el momento último, en el toque campanero del día festivo. Algunos de los presentes bajo los paraguas quisieron ver en esta lluvia lágrimas del poeta ausente, algo lo suficientemente poético como para que cobrase sentido después de cuatro jornadas de réquiem artístico, de oda humana al creador de los romances de la luna, los poemas del cante jondo y los sonetos a tantas maravillas de la naturaleza.
En pleno avance de los discursos de odio y la lucha contra el distinto, Granada ha llorado a Lorca como sólo se puede llorar a un príncipe del pueblo, a un santo pagano, a un poeta de todos. Noventa años después del asesinato vil, de dar café al maricón y al rojo, hubo un réquiem por Lorca, el poeta de la soledad y la valiente alegría que, aún hoy, sigue desaparecido. Y noventa años después, con todo y pese a todo, sigue vivo. Sus versos de fraternidad y su mirada de celebrativo encuentro con el otro son ya como salmos recitados en las calles y los templos culturales de todo el mundo. Porque, usando los versos del propio Lorca en su poema Gacela del amor imprevisto, la sangre de sus venas está en nuestras bocas.






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