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miércoles, 23 de septiembre de 2026

TRES DE PERROS-3. GENIOS


Elogio de los perros tontos
No pasa nada si tu mascota no es un genio.
The New York Times. Emily Anthes, 16.04.2026

A principios de este año, escribí sobre los perros con talento inusual. Aunque muchos perros pueden dominar instrucciones básicas, estos animales habían acumulado vocabularios enormes y aprendido los nombres de cientos de juguetes. Se trataba, decía el artículo, de una habilidad poco común en el reino canino; en años de búsqueda por todo el mundo, los científicos habían identificado muy pocos de estos “aprendices de palabras superdotados”.

Sin embargo, en cuanto se publicó el artículo, empecé a recibir mensajes de lectores que decían que sus perros también eran prodigios lingüísticos. Y aunque efectivamente algunos de los perros daban la impresión de ser superdotados, parecía estadísticamente improbable que todos lo fueran. Muchos parecían perros perfectamente normales, que habían aprendido a reconocer un puñado de palabras que les importaban, como “paseo” o “cena”.

A medida que llegaban los correos electrónicos, empecé a preguntarme si estaría presenciando una versión canina del efecto “mejor que el promedio”, un sesgo cognitivo en el que la gente tiende a sobrestimar sus propias capacidades y las de sus seres queridos, en relación con las de otras personas. (También se conoce a veces como efecto Lake Wobegon, llamado así por el pueblo ficticio del programa radial de Garrison Keillor donde “todos los niños están por encima del promedio”).

No sería sorprendente que el mismo prejuicio se extendiera a nuestros perros, dado que muchos de nosotros consideramos a nuestras mascotas miembros de pleno derecho de la familia. Pero es un cambio notable con respecto a hace solo unas décadas, cuando incluso los científicos consideraban que las mentes de los perros eran demasiado simples para ser sujetos de estudio interesantes.

Esa suposición resultó ser asombrosamente errónea, por supuesto. Las investigaciones revelan ahora que los perros son capaces de todo tipo de hazañas cognitivas sofisticadas. Destacan en la interpretación de señales sociales humanas, como los gestos al indicar y la dirección de la mirada, por ejemplo, y son capaces de hacer inferencias lógicas sobre el mundo. Parecen entender de manera básica la permanencia de los objetos, es decir, que los objetos no desaparecen cuando se pierden de vista. También pueden poseer una teoría rudimentaria de la mente: la conciencia de que otros individuos pueden tener perspectivas y conocimientos distintos de los suyos.

Aunque es imposible hacer comparaciones directas entre la inteligencia general de los perros y la de los niños (los niños pequeños pueden hacer muchas cosas que los perros no, y viceversa), los científicos han observado que algunas habilidades cognitivas caninas sitúan a los perros aproximadamente al mismo nivel que los niños de entre 1 y 3 años. Este mensaje se ha difundido, y ha cobrado vida propia.

En un estudio de 2013, por ejemplo, casi la mitad de un grupo de propietarios de perros calificaron las capacidades mentales de los perros como equivalentes a las de los niños de 3 a 5 años. Más del 20 por ciento de los encuestados calificaron a los perros incluso más alto; más del 5 por ciento afirmaron que los perros tenían capacidades mentales equivalentes a las de alguien de por lo menos 16 años. Curiosamente, los investigadores descubrieron que las personas que se sentían más cercanas emocionalmente a sus perros tendían a dar puntuaciones más altas a las capacidades cognitivas de todos los perros.

Un puñado de pequeños estudios indica también que la gente tiende a valorar a sus propios perros más favorablemente que al perro “promedio” en una serie de rasgos positivos, como la lealtad, la amabilidad y la inteligencia. En una encuesta de YouGov de 2025, dos tercios de los propietarios de perros dijeron que sus animales eran más inteligentes que el perro promedio. Solo un 6 por ciento calificó a sus perros como poseedores de una inteligencia inferior al promedio.

Estadísticamente hablando, por supuesto, muchos de nosotros hemos de estar compartiendo nuestras vidas con perros que se sitúan en el extremo más lento del espectro. Tengo el placer de ser una de esas personas. Si tuviera ovejas que pastorear, querría tener un perro inteligentísimo. Pero no las tengo, y no lo tengo. Y la inteligencia me parece un rasgo sobrevalorado para una mascota familiar. Las mascotas inteligentes pueden ser enormemente desafiantes, y tienden a requerir muchas actividades enriquecedoras y a aburrirse (y, a veces, a volverse destructivas) cuando no las obtienen.

Tomemos como ejemplo a mi gata Juniper. (¡Por favor!). Es la más inteligente de mis tres mascotas y también, sin duda, la más exigente. Resuelve los rompecabezas de comida tan rápido que solo le proporcionan una breve distracción, y tenemos que cambiarle los juguetes con una frecuencia frustrante. Mi esposo y yo tratamos constantemente de satisfacer su necesidad de novedad, y para ello reorganizamos nuestros muebles en fortalezas felinas ad hoc y la llevamos de un lado a otro del apartamento mientras la sostenemos en diferentes ángulos y alturas. (Al parecer, le encanta estar de cabeza). Y cuando, inevitablemente, se aburre, abre los cajones, hace jirones el papel higiénico y empuja los platos de la encimera de la cocina.


Plácido en el otro extremo del espectro está Watson, nuestro perro, quien nunca ha mostrado ningún don cognitivo especial. Parece desconcertado si alguien señala; cuando se nos cae la comida al suelo, a menudo tenemos que acompañarlo personalmente hasta ella. Y aunque mantenemos el mismo horario diario desde hace una década, no siempre parece entenderlo bien. ¿Instrucciones? Antes sabía sentarse. O algo así. Hoy en día, su vocabulario no va mucho más allá de “premio”.

Pero ¿sería necesario? Quizá los perros que aprenden palabras nos impresionan porque el tamaño del vocabulario es un rasgo que se corresponde perfectamente con la inteligencia humana. Sin embargo, hay muchas formas de ser inteligente, y el aprendizaje de palabras probablemente no sea la habilidad más relevante para la mayoría de los perros.

Al fin y al cabo, Watson parece tener todas las habilidades que necesita para prosperar en su nicho ecológico altamente especializado. Es capaz de identificar con el olfato la comida para perros en una pila de paquetes idénticos de Amazon y está muy acostumbrado a los sonidos de los aparatos de cocina modernos. (Tardó unos dos días en aprender a reconocer el pitido revelador de la freidora de aire). Sabe que cuando me quito los pantalones deportivos es que me estoy preparando para salir del apartamento, y que si también me dirijo hacia el armario donde guardamos su caja de viaje, significa que viene conmigo. Y es, si me lo permites, un experto absoluto en cuanto a la comida callejera. (Una corteza de pizza abandonada tiembla cuando lo ve venir).

Y lo que es más importante, Watson es todo lo que podríamos desear en un perro: dulce, amable, bobo, cariñoso. No necesito que me ayude con el crucigrama, solo quiero que se acurruque a mi lado mientras lo resuelvo. Y eso se le da de maravilla.

Sin duda, lo que hace que los perros sean excepcionales es su capacidad para forjar estas relaciones con nosotros, unos lazos tan fuertes que, de algún modo, todos estamos convencidos de que nuestros propios compañeros caninos lideran la manada colectiva. Puede que Watson no distinga su juguete de erizo de su tortuga de peluche, pero es por mucho —y lo digo con toda objetividad periodística— el mejor.

Emily Anthes es reportera científica y escribe principalmente sobre ciencia y salud animal. También cubrió la pandemia de coronavirus.

domingo, 20 de septiembre de 2026

DEL DOMINGO 3, 1 DEL MIÉRCOLES


Pedaleando
Llueven sobre nosotros horrores inadmisibles que, sin embargo, se admiten de la manera más ciega y natural.
Rosa Montero, 20.09.2026

A veces resulta muy difícil no dejarse atrapar por las arenas movedizas del desconsuelo. El mundo parece cada día más áspero, más cruel, más desquiciado. Llueven sobre nosotros horrores inadmisibles que, sin embargo, se admiten de la manera más ciega y natural. Nadie detiene los genocidios, pero Tomoko Akane, la presidenta del Tribunal Penal Internacional, acaba de ser sancionada por Estados Unidos porque Trump considera que el TPI es “un organismo corrupto y politizado” que atenta contra la soberanía de su país. Akane no puede entrar en EE UU y su tarjeta de crédito ha sido cancelada de inmediato. Son las primeras consecuencias de la sanción, seguro que hay más. ¿Cuándo se convirtió la realidad en esta pesadilla inacabable? Tengo un natural alegre y empeñoso, soy voluntarista hasta el aburrimiento de quienes me rodean e insisto siempre en ver el vaso medio lleno. Por ejemplo, como estos artículos se cierran con 15 días de anticipación, lo que me impide entrar en la batalla diaria, y como aparecen en un suplemento dominical, se me ha metido en la cabeza la quizá absurda idea de que con ellos debería intentar levantar el vapuleado ánimo de la gente. Buscar esquinas más amables y empáticas, fomentar la generosidad y la reflexión (también las propias). Pero lo de estar pedaleando como loca para cargar la dínamo y poner un poco de luz en las tinieblas empieza a parecerme ridículo (y me falta el aliento).

En 2006 entrevisté para EL PAÍS al genial científico James Lovelock, uno de los padres del ecologismo. Me dijo que los especialistas climáticos sabían que el calentamiento global era imparable, que habría migraciones salvajes, violencia y hambrunas, y que la humanidad quedaría reducida a 500 millones viviendo en el Ártico y teniendo que empezar de cero. Me impactaron sus palabras, aunque las tomé con escepticismo. De hecho, creo que pensé que la edad de Lovelock (entonces tenía 86 años) podía influir en la oscuridad de sus pronósticos. Porque creo que a medida que envejecemos nos vamos haciendo más pesimistas, lo cual es comprensible, no sólo porque nos acercamos a la escena final, sino también por el propio desgaste orgánico de nuestras células. Pero, cuanto más tiempo pasa, más espeluznante resulta la visión de Lovelock.

La crisis de refugiados de Siria, en la que Europa fracasó de forma miserable, fue el primer tsunami migratorio que los especialistas consideraron directamente relacionado con el cambio climático. Seis años de sequía extrema provocaron hacinamiento en las ciudades, descontrol y violencia, y aunque todo esto no fue el origen del problema, sin duda tuvo una gran influencia. También creo que la aterradora y desgarradora crisis de Ceuta (que probablemente seguirá al rojo vivo cuando salga este texto) es un amargo aperitivo, un anuncio atroz de lo que se acerca. No soy nada conspiroparanoica, pero es inevitable sospechar que el aluvión de víctimas ha sido orquestado no ya por mafias comerciales, sino por intereses políticos. He aquí una nueva modalidad de guerra secreta y subterránea: utilizar a las personas como munición, como balas, como granadas de mano. A gente joven y desesperada, como todas esas niñas y adolescentes que intentan escapar de un entorno misógino. Los lanzan a la muerte como quien arroja piedras para causar el caos y para crear miedo y odio reactivo hacia el emigrante. Y esto va a volver a pasar, aquí y en otros países, porque además no hemos sabido reaccionar. Nuestros políticos, Gobierno y oposición, andan como pollos descabezados, y Europa es simplemente una vergüenza: ni siquiera se han enterado de que esta tragedia es un ataque a la idea misma de la UE. Ignoro cómo vamos a ser capaces de navegar las décadas que vienen, pero sé que el desgarro migratorio va a ser cada día mayor, y que sólo podríamos minimizar los daños trabajando todos juntos en vez de matarnos.

En su magistral libro Koljós, Emmanuel Carrère dice que forma parte de ese grupo de personas cada vez más numeroso que creen que “nos encaminamos a una catástrofe histórica sin precedentes, el hundimiento de nuestra civilización si somos optimistas, o la extinción de nuestra especie si nos ponemos en lo peor”. Pues sí. Yo también me siento así demasiado a menudo. Pero venga, vamos a pedalear un poquito: Carrère y yo ya tenemos una edad (y un pesimismo). Confiemos en los jóvenes. El mundo es vuestro. Perdón por nuestra pésima gestión y, por favor, salvadlo.
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Fiebre, arrebato y némesis
Cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado.
Irene Vallejo, 20.09.2026

¿Te crees muy lista? Fui una niña parlanchina, preguntona y respondona, reñida con el argumento de autoridad. Por eso, supongo, me acusaron tantas veces de sabelotodo. Tal vez lo fuera, pero con el paso de los años he descubierto que esa vanidad abunda por doquier. Según repetidas encuestas, prácticamente todos nos consideramos más atractivos, inteligentes, simpáticos y honrados que la mediana poblacional, lo que es estadísticamente imposible. Nadie se identifica con el individuo promedio, mucho menos por debajo. Con elegancia irónica y socarrona, estos resultados prueban que, por defecto, tendemos a sobreestimarnos. No somos árbitros fiables de los méritos propios.

Esa superioridad ilusoria suele justificarse con razones estrafalarias. El supremacismo blanco, por ejemplo, exalta una mutación que decoloró a los migrantes en su adaptación al norte. Los grupos de homo sapiens que partieron de África hacia otros continentes tenían la piel oscura, escudo natural ante el sol abrasador de su tierra. En latitudes frías y menos soleadas, una piel clara absorbía más luz y ayudaba a fabricar vitamina D, evitando el raquitismo y los huesos blandos. No se extendió por ser más bella, signo de elegidos o destino manifiesto. Fue un cambio, en origen azaroso, que se expandió gradualmente y con variadas gamas, porque resultaba útil para sobrevivir en otros climas: ventaja aquí, desventaja allá. Parece extravagante entonar hoy odas entusiastas a la despigmentación; con la misma lógica, podríamos considerar a la gente canosa como la cúspide de la especie.

El racismo es, en términos históricos, un fenómeno reciente: la clasificación en razas —y no en pueblos— cundió entre la población solo en época moderna. Según la antigua mitología, los dioses griegos amaban y visitaban con frecuencia el pueblo etíope en su reino del sur. Odiseo afirma, trenzando hexámetros homéricos, que nunca vio un hombre más hermoso y gallardo que Memnón. Este héroe negro, adversario de Aquiles, protagonizó una epopeya del ciclo de Troya, la Etiópida, hoy reducida a fragmentos. Siglos después, el historiador Heródoto aseveró que los etíopes eran los más altos y apuestos del mundo. En aquel país de resonancias legendarias situó la fuente de la juventud.

En nuestro imaginario colectivo sigue vigente la idea de que las razas conllevan diferencias decisivas. Sin embargo, los científicos no han encontrado genes que permitan agrupar a las personas en categorías raciales coherentes. Ante el solapamiento de rasgos independientes entre sí, como el tono de la piel, el color de ojos y la textura del cabello, el concepto de raza se ha resquebrajado, y en la investigación contemporánea carece de validez biológica. Además, los análisis de ADN han demostrado que la diferencia genética entre dos individuos cualesquiera representa menos del uno por ciento. Los humanos somos mucho más parecidos entre nosotros que la mayoría de mamíferos dentro de su especie. La nuestra es una combinación asombrosamente rara: los animales más extendidos por el planeta y, a la vez, los más cohesionados genéticamente. La expresión “nuestros semejantes” es literal: tan idénticos somos que necesitamos inventar diferencias insalvables.

Los ronroneos de la vanidad acariciada dan gusto, es cierto. Pero creerse mejor que los demás conlleva riesgos. Las más poderosas dinastías y monarquías, proclamándose únicas, diferentes e intocables, han practicado a lo largo de los siglos la endogamia. La condición de elegidos y la sangre azul no debían contaminarse. Así, por cierto, los bienes quedaban en familia. Sin embargo, los matrimonios dentro de poblaciones cerradas incrementan las enfermedades hereditarias de la descendencia. El dorado y célebre faraón niño Tutankamón accedió al trono con once años. En su estirpe era habitual el matrimonio entre familiares, los preferidos de los dioses. Frente al despliegue hipnótico de lujos en su tumba, fácilmente olvidamos que murió enfermo con diecinueve años. Entre los sarcófagos de oro macizo, las joyas, los carros de combate y el esplendor de su ajuar funerario, en un ángulo oscuro reposan los bastones del adolescente frágil, que sufría varios síndromes, una enfermedad ósea y una malformación en el pie. Junto a sus propiedades y riquezas, junto a sus ínfulas exclusivas, la gota, la sífilis, el prognatismo o la hemofilia han formado parte de las herencias imperiales.

Como explicó el teórico ruso Mijaíl Bajtín, la risa es nuestro mejor instrumento para poner música —y carcajadas— al absurdo de la desigualdad. Por eso, adoro esos momentos juguetones en que los héroes arrogantes reconocen su pertenencia a la familia numerosa del despropósito humano. En Grecia circuló la epopeya humorística Margites, atribuida al mismísimo Homero, una parodia de la Ilíada y la Odisea. Gracias a menciones de otros autores, sabemos que el tal Margites era torpe y solía fracasar en sus quehaceres épicos. De ese famoso personaje, escribió Aristóteles, procede la estrambótica genealogía de la comedia. Es sintomático que el poema se perdiera. Pero Margites no fue el único en asumir su ridiculez. Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, mientras Heracles dormía a la orilla de un sendero, dos gemelos salteadores de caminos le birlaron las armas. Heracles los capturó y, como castigo, los ató cabeza abajo a un palo que cargó a hombros, como quien acarrea cubos de agua a la espalda con un madero. Los hermanos rompieron a reír porque así colgados tenían ante los ojos el trasero de Heracles, peludo y feísimo. Heracles preguntó por su jolgorio y, cuando supo de la desairada espesura de sus nalgas, le pareció tan cómico que entre risotadas dejó ir a sus deslenguados prisioneros.

Los griegos llamaban hybris a la locura que se desata cuando alguien, enfebrecido por el poder, sufre un arrebato de arrogancia; cuando ejerce intimidación y violencia sobre los demás, quebrantando las leyes humanas y divinas. El individuo infatuado y que cree merecerlo todo —pensaban— rompe los equilibrios universales que rigen el mundo. En una espiral sin retorno, el soberbio era poseído por la ofuscación y las ideas necias, y después Némesis —diosa de la justicia distributiva, la solidaridad y la venganza— le aplicaba el castigo destinado a quienes ultrajan a los demás. Némesis era una antigua divinidad, la santa patrona de la colaboración y la indignación, encargada de suprimir la desmesura. Su nombre viene de némein, “dar a cada cual lo que corresponde, repartir”. Cuando un hombre se jactaba de sus riquezas sin aliviar la pobreza del prójimo, Némesis intervenía para reprenderlo. Arrastró al rey Creso, ufano de sus lujos, convencido de su grandeza y demasiado seguro de la victoria, a una expedición contra los persas en el actual Irán, donde sufriría un trágico descalabro.

Contra esta antigua sabiduría, la nueva consigna social en las redes y la autoayuda nos impulsa a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, a “maximizarnos” –según la jerga de moda– en una pendiente que se desliza fácilmente hacia el sentimiento de superioridad hacia quienes carecen de dinero, hogar, tiempo, disciplina o un cuerpo cincelado. Y así nosotros, criaturas que nacemos frágiles y permanecemos más tiempo que ninguna otra en el desvalimiento, vamos olvidando nuestras limitaciones, el valor de la colaboración, la necesidad de los otros. Tal vez por eso, cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado. Némesis, experta en bajarnos los humos, susurra que sentirnos mejores que otros es solo una ilusión, un error que nos arrastra al horror.
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A favor de la nostalgia
El presente es el mayor tesoro, pero me choca esa tozuda politización del sentimiento, que a veces es ignorante, pero también puede ser noble.
Elvira Lindo, 20.09.2026

“Nostalgia”, dice el tango, “de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración”. Me viene a la memoria otra letra: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas”, palabras que en boca de Mercedes Sosa sonaban a verdad y, ahora, en la voz aniñada de Amaia duelen como un anticipo del futuro. “Solo de lo negado canta el hombre, solo de lo perdido, solo de la añoranza, siempre de lo mismo”, decían los versos de García Calvo en boca de Amancio Prada. Una piensa que si borráramos de las canciones la mirada añorante del pasado nos quedaríamos prácticamente sin cancionero. Experimenté mis primeros chispazos nostálgicos siendo muy niña por los boleros que cantaba mi madre mientras trajinaba en casa. Su voz pequeña y suave vuelve a mí cuando los canto, aunque mi voz es el de una señora casi veinte años mayor que ella cuando murió. También la música pop, en continua celebración del presente, ha dejado baladas memorables que entonan lo que habrá de perderse. No digamos el folk, más cercano a la tierra y a los paraísos perdidos. Al recordar Serrat sus veranos en Aragón ponía palabras a mis recuerdos: “No es que me vaya porque me he olvidado / es que perdí el camino de regreso”, cantaba a su madre.

La música nos inició en sentimientos para los que aún no estábamos capacitados, aunque quienes tengan cerca niños, sabrán que ya a los cinco años una criatura pronuncia en algún momento la frase: “Cuando yo era pequeña…”, porque intuye que hay algo que ya ha dejado atrás, tal vez el trono arrebatado. Por todo esto, me choca esa tozuda politización de ese sentimiento, la nostalgia. Todo es política, dicen. Pues mire usted, según. Si lo que se añora es el franquismo, más que nostalgia diría que todo viene de una intolerancia aguda a la diversidad democrática. A veces la nostalgia es ignorancia; otras, idealización del pasado. También hay nostálgicos de la clandestinidad, que en realidad son nostálgicos de su juventud. Ya lo decía Vázquez Montalbán, con Franco subíamos mejor las escaleras. Siempre hay algo patético en el contador de batallas. Pero hay nostalgias nobles. Fernán Gómez sentía nostalgia de cuando salía una noche por Madrid, ya de viejo, y todo esos viejos lugares “donde amó la vida” habían desaparecido. Recuerdo su voz tremenda contándolo y siento una nostalgia legítima por haberla perdido. También escuché a Haro Tecglen confesar que las salidas nocturnas habían perdido sentido para él porque ya no interesaba a las mujeres. Yo escuchaba con asombro sentimientos que aún no estaban en mí. No echaba de menos nada. Más bien huía de años convulsos y me sentía afortunada por rodearme de gente mayor. De haber podido, habría dado una zancada de la niñez a la madurez saltándome la juventud.

Ahora ya no puedo decir lo mismo. Sin sentirme vieja creo que comienzo a ser mayor que casi todos mis amigos. Me estanqué en mis cuarenta y dos años y, a veces, cuando me despierto y pongo los pies en el suelo siento unos dolorcillos que no sé cómo interpretar: ¿será gripe, estaré incubando algo? He tenido que hacer un esfuerzo para ser consciente de que a partir de cierta edad cada mañana se siente una molestia. Puede ser leve, pero ahí está el recordatorio: eres mortal. En el desayuno, me veo a punto de decir que me duele la rodilla izquierda, pero me contengo. Pienso, detente, bala, aún no estás preparada para hablar de achaques. Recuerdo aquella obsesión de Martin Amis con la vejez, que definía como “una experiencia aterradora”. Lo decía ¡a los 62 años! sin predecir que un cáncer le evitaría vivirla en su plenitud. El presente es el mayor tesoro, pero ese desprecio a la nostalgia, tan superficial y tan sesgado que encuentro en discursos de personas que, o bien no comprenden la hondura de ese sentir o bien no saben añorar lo perdido, también es amar la vida.
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La administración Trump toma medidas para desmantelar una medida fundamental de protección de especies en peligro de extinción.
Un memorando interno reinterpreta la ley de manera que solo la matanza intencional de animales, y no los daños colaterales, sea ilegal.
The New York Times. Catrin Einhorn, 16.09.2026

En lo que supondría un cambio radical, la administración Trump está tomando medidas discretas para eliminar una protección fundamental de la Ley de Especies en Peligro de Extinción, según un memorando interno obtenido por The New York Times.

Según una nueva interpretación del texto legal que se describe en el memorando, la muerte o lesión accidental de un animal ya no se consideraría ilegal; solo lo serían las acciones que tuvieran como objetivo específico a un animal.

El cambio sería transformador porque, en Estados Unidos, la matanza de animales en peligro de extinción casi siempre ocurre de forma incidental, en el transcurso de la actividad económica. Hasta ahora, las industrias y los particulares podían ser responsabilizados de esas muertes previsibles y, como consecuencia, se les incentivaba a evitarlas.

En el centro de este cambio se encuentra lo que significa "capturar" un animal en peligro de extinción, algo que ha estado prohibido durante mucho tiempo por la ley.

«Una embarcación que choca accidentalmente con una ballena no la ha capturado, porque su rumbo no estaba dirigido contra ella», afirma el memorándum, fechado el 14 de septiembre y distribuido a las oficinas regionales del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de EE. UU. «Talarlo no constituye la captura de los murciélagos que anidan en él, a menos que se tale con el propósito de matarlos o capturarlos».

Actualmente, la aplicación de la Ley de Especies en Peligro de Extinción se basa en un sistema de permisos que busca equilibrar la protección de los animales en peligro con la posibilidad de que las empresas operen.

Por ejemplo, si los promotores inmobiliarios quisieran construir casas en un terreno donde habitan salamandras en peligro de extinción, tendrían que solicitar un permiso. A cambio de implementar medidas para proteger a las salamandras, y quizás financiar su conservación en otro lugar, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre les otorgaría un permiso de captura incidental, que los eximiría de la responsabilidad de matar un cierto número de salamandras.

El memorándum, firmado por Brian Nesvik, director del Servicio de Pesca y Vida Silvestre, parece trastocar por completo ese sistema.

El Departamento del Interior, que supervisa el Servicio de Pesca y Vida Silvestre, no respondió directamente a las preguntas sobre el memorando, incluyendo por qué el departamento estaba adoptando esta nueva interpretación y si el memorando entraría en vigor de inmediato.

En cambio, la oficina de prensa del departamento escribió que “la Ley de Especies en Peligro de Extinción sigue prohibiendo la captura de fauna silvestre en peligro de extinción, incluidas las acciones que acosen, persigan, cacen, disparen, hieran, maten, atrapen, capturen o recolecten fauna silvestre catalogada, o los intentos de hacerlo”.

La respuesta, sin firmar, señalaba que un cambio reciente que derogó la definición de "daño" según la ley no eliminó la prohibición de tomar.

Lo que sorprendió a los abogados ambientalistas fue la forma en que el memorando redefinió el concepto de expropiación.

“Esto es realmente un ataque a la ley como nunca antes habíamos visto”, dijo Andrew Mergen, profesor de derecho en la Universidad de Harvard que anteriormente trabajó para el Departamento de Justicia, donde pasó dos décadas supervisando los litigios relacionados con la Ley de Especies en Peligro de Extinción en los tribunales de apelación.

“Lo que la administración propone es anular por completo el significado que todos hemos entendido de la ley: No matar especies en peligro de extinción”, dijo el profesor Mergen. “En este documento, lo que parecen decir es que no importa si mataste una especie en peligro de extinción si no fue intencional”.

El profesor Mergen afirmó que esta medida suponía un cambio extraordinario en el derecho en un sentido más amplio, porque desde hace tiempo se reconoce que las personas pueden ser responsabilizadas por actos que no pretendían realizar si deberían haber actuado con mayor responsabilidad, por ejemplo, cuando se trata de matar a alguien.

La directiva surge tras la decisión del gobierno en julio de revocar la definición de "daño" de la ley, lo que en la práctica abrió los hábitats de animales en peligro de extinción a la perforación, la minería, la agricultura y otros proyectos de desarrollo. Los estados presentaron demandas , y ex altos funcionarios federales de vida silvestre, tanto de presidentes demócratas como republicanos, instaron al gobierno a cambiar su decisión , argumentando que la medida "subvertirá la ley y conducirá a la extinción de algunas de nuestras especies de vida silvestre más emblemáticas".

Pero el nuevo memorando va mucho más allá de lo que los abogados ambientalistas habían imaginado cuando se anunció la decisión sobre el "daño".

Se basa en un voto particular del juez Antonin Scalia en un caso de la Corte Suprema de 1995. La administración ha argumentado que el fundamento jurídico que respalda la decisión mayoritaria en ese caso ya no es aplicable tras un fallo de la Corte Suprema de 2024 que limitó la amplia autoridad regulatoria de las agencias federales.

Ahora, la administración parece estar utilizando la opinión disidente del juez Scalia como modelo a seguir.

Pero Patrick Parenteau, profesor emérito de la Facultad de Derecho y Estudios de Posgrado de Vermont, afirmó que la mayoría de la Corte Suprema había rechazado la interpretación del juez Scalia basándose en el texto del estatuto en sí, independientemente de las cuestiones de autoridad regulatoria.

“¿Acaso se puede afirmar que la ley está zanjada a favor de la disidencia de Scalia?”, preguntó. “Absolutamente no”.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿Y SARAH CONNOR?


Un investigador de Anthropic dimite y alerta del peligro de la IA: “Puede matarnos antes de 2030”
El jefe de Jacob Coxon, joven investigador de la compañía, le apoya y dice que la probabilidad de extinción en los próximos años supera el 10%.
Jordi Pérez Colomé, 09.09.2026

Un joven investigador de Anthropic, Jacob Coxon, ha anunciado esta madrugada su dimisión. El científico cree que la carrera para mejorar estos sistemas conlleva peligros que sus propios creadores admiten en privado: “Quienes están construyendo la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos antes de que acabe la década”, ha escrito Coxon en X.

Su denuncia principal no es solo el peligro sino que estas decisiones están en muy pocas manos y recaen sobre gente que solo piensa en ser los primeros. Coxon dice que a menudo le preguntan que si de verdad creen esto, ¿por qué siguen adelante? Ve cierta diferencia entre ambas compañías: “En OpenAI, muchos no han interiorizado a fondo lo que está en juego a escala de civilización. En Anthropic sí se entiende bien lo que está en juego, pero están atrapados en una carrera por llegar antes”, añade Coxon, pero nada se detiene.


Desde fuera, estos exabruptos se toman a veces como una exageración para llamar la atención y lograr más atención e inversión. Coxon dice que la realidad es más seria: “No es marketing. Más bien al contrario: muchos directivos miden sus palabras ante la prensa para sonar sensatos, pero he oído a esas mismas personas expresar miedo en privado. Ninguna otra actividad humana entraña este nivel de peligro”, escribe.

El mensaje de Coxon en X es extremadamente viral. En apenas unas horas lleva cerca de 50 millones de visualizaciones. El interés se debe en parte al increíble goteo de noticias provocadas por avances y novedades de la IA en las últimas semanas: hackeos de sistemas autónomos descontrolados, nuevos modelos que alcanzan cotas no imaginadas o descubrimientos científicos que parecían imposibles hace apenas unos meses.

El investigador de Anthropic, Jacob Coxon, en una imagen publicada en su perfil de X.

Coxon era un simple investigador de Anthropic. Pero su ex jefe en la empresa, Evan Hubinger, ha salido a decir que Coxon tiene razón. Hubinger es el responsable de investigación en alineación, que es la disciplina que se dedica a lograr que los modelos hagan solo lo que los modelos les piden: “¡De verdad creemos que la IA puede matar a todo el mundo! Yo personalmente creo que la probabilidad es superior al 10% en la próxima década”, escribe en X. Aunque luego añade: “Creo que el riesgo de los modelos actuales es bajo. Lo que me preocupa es la superinteligencia surgida de la automejora recursiva, que está ocurriendo más rápido de lo que pensábamos”.


Ese temor de fondo se refiere a que aparentemente estamos cerca de la era de la automejora de estos modelos, donde los modelos existentes entrenen a los siguientes, como si fuera un árbol genealógico exprés donde los hijos son sistemáticamente mejores que sus padres sin apenas intervención exterior.

La mayoría de científicos tiene su porcentaje de algo llamado p doom o posibilidad de caos, la probabilidad de que la IA cause una catástrofe sin precedentes para la humanidad. El 10% del que habla Hubinger es alto. Anthropic tiene bastantes precedentes de advertir sobre este peligro de extinción. Lo ha hecho incluso su presidente ejecutivo, Dario Amodei: “En 2026 estamos bastante más cerca del peligro real de lo que lo estábamos en 2023”, escribió hace unos meses.

domingo, 16 de agosto de 2026

SKYNET


Si no te preocupaba la IA, el momento ha llegado
The New York Times, Nate Soares, 14.08.2026

Si alguna vez hubo razones para dudar de los peligros del desarrollo desenfrenado de la inteligencia artificial, esas razones se han esfumado en las últimas semanas. Lo que sigue es una ventana de oportunidad vital para desacelerar el progreso de la IA, de modo que podamos comprender mejor estos modelos y evitar la calamidad que se avecina.

Durante años, los escépticos de la IA han afirmado que la tecnología es meramente un “loro estocástico” entrenado para predecir a los humanos e imitar su comportamiento y que, por esa razón, la tecnología nunca estaría a la altura de las expectativas generadas. No obstante, la tecnología ha seguido mejorando de manera obstinada, pero la mayoría de los inversionistas y ejecutivos tecnológicos insistían en que la IA es solo una herramienta, incluso cuando se mostraban optimistas de que iba a cambiar el mundo. En lo que ambas partes coincidían es en que el espectro de la IA como una amenaza inminente de extinción era exagerado.

Entonces, OpenAI creó accidentalmente un enjambre autónomo de agentes de IA que escapó de un entorno de pruebas controlado y orquestó un ciberataque complejo y difícil por iniciativa propia.

Esto no ocurrió porque los modelos de repente se volvieran superinteligentes; tampoco porque simplemente siguieran instrucciones y repitieran como loros su entrenamiento. Desde que los “modelos de razonamiento” surgieron a finales de 2024, hemos visto IA entrenada no solo para imitar a los humanos, sino también para resolver millones de problemas difíciles; esto lo hacen aprendiendo nuevos comportamientos y tendencias. Eso incluye la búsqueda de recursos valiosos que podrían ser clave para resolver el problema, e incluso hacer trampa.

Estas tendencias pueden dar lugar a un comportamiento extraño que nadie —ni siquiera los creadores de los modelos— puede entender, y mucho menos justificar y controlar. Las últimas semanas son un ejemplo perfecto de por qué deberíamos encontrar eso tan alarmante.

En mayo, OpenAI comenzó a entrenar de forma simultánea nuevos agentes de IA con “razonamiento”. Los agentes lograron establecer un canal de comunicación secreto y comenzaron a hablar entre ellos. Escaparon del entorno de pruebas digital que se suponía debía mantenerlos confinados. En algún momento, algunos agentes comenzaron a llamar al grupo un “enjambre”. El enjambre sufrío un breve revés cuando se le descubrió provocando la caída de un sistema de OpenAI, pero los desarrolladores simplemente repararon la vulnerabilidad que le permitió escapar y reanudaron el entrenamiento de los agentes.

Poco después, el enjambre volvió a escapar de su jaula por medio de técnicas de hackeo que hasta entonces los humanos no habían descubierto. Esta vez, el enjambre estuvo libre durante aproximadamente una semana antes de ser detectado, por una empresa diferente, que resultó víctima de un enorme ciberataque lanzado por el enjambre. (Nos han dicho que también atacó a otros objetivos, aunque aún no conocemos todos los detalles).

Los agentes del enjambre reconocieron que actuaban en contra de las instrucciones. Sabemos esto porque podemos leer fragmentos de sus cadenas de pensamiento: el texto que la IA produce mientras decide cómo proceder. Un agente del enjambre escribió que los ataques externos estaban “fuera del alcance previsto”. Otro admitió que “nuestra tarea no se beneficia” de las actividades del enjambre, pero se unió de todos modos. Estos agentes de IA, al parecer, entendieron que no debían escapar y cometer ciberdelitos. Eso no los detuvo.

OpenAI no es la única empresa que lidia con este problema. Recientemente, uno de los modelos de IA de Anthropic se hizo pasar por múltiples humanos para intentar presionar a personas reales con el fin de que aceptaran un programa maligno en software crítico, lo que haría que ese software fuera más fácil de hackear. La cadena de pensamiento de este modelo demostró que sabía que presionaba a humanos y que no estaba en un entorno de entrenamiento simulado. Incluso pensó en cómo cubrir sus huellas.

Este no es el comportamiento de una simple herramienta. Microsoft Excel nunca se ha hecho pasar por múltiples humanos ni ha presionado a un equipo de ventas corporativo para que genere datos más simples que sean más fáciles de procesar.

Algunas de las personas más cercanas a esta tecnología temen lo que venga después. Si bien los escépticos podrían argumentar que todo esto es solo mercadotecnia para exagerar el poder de estas tecnologías, eso no significa que el peligro sea falso. Tienes que prestar atención al comportamiento real de los modelos, y el comportamiento de estos modelos tiene a la comunidad de IA realmente alarmada. Hace varias semanas, más de 1300 empleados de diferentes empresas de IA (incluidos algunos directores ejecutivos) firmaron una carta en la que solicitaban un esfuerzo internacional para “desarrollar las herramientas técnicas y de gobernanza” necesarias para “regular el ritmo de forma deliberada” del desarrollo de la IA, antes de que “se acelere rápidamente más allá de nuestra capacidad de comprensión o control” y conduzca a resultados catastróficos. Ninguna empresa de forma individual está dispuesta a detener el desarrollo de manera unilateral. Pero si hubiera una manera creíble de frenar la carrera a nivel mundial, los investigadores respirarían aliviados.

Aún no estamos en el punto de no retorno. El enjambre de agentes de OpenAI irrumpió en internet, pero no se replicó a sí mismo en computadoras ocultas (hasta donde sabemos). No comenzó a mejorarse a sí mismo. No irrumpió en un laboratorio de biología autónomo para sintetizar un virus nuevo, algo que los modelos de IA ahora son capaces de hacer. El tipo de IA que representaría una amenaza real de extinción aún no existe, lo que significa que todavía tenemos tiempo para evitar el desastre si actuamos rápido. Los líderes de todo el mundo deben coordinar un alto global a la carrera de la IA.

Un acuerdo de este tipo no es tan descabellado como algunos podrían pensar. En junio, cuando surgieron preocupaciones de seguridad nacional sobre los últimos modelos de Anthropic, el gobierno de Donald Trump emitió rápidamente un control de exportaciones para suspender el acceso a ellos. En julio, el presidente de China, Xi Jinping, pidió “leyes y regulaciones” para garantizar que la IA “esté siempre bajo control humano”. Y eso fue antes de que salieran a la luz estas recientes fugas. Estados Unidos y la Unión Soviética se coordinaron para evitar el Armagedón nuclear incluso mientras competían en muchos otros frentes. Los líderes mundiales deberían coordinarse nuevamente y evitar que la carrera de la IA conduzca a un tipo diferente de apocalipsis.

Necesitamos acuerdos internacionales vinculantes. Necesitamos un monitoreo nacional e internacional del entrenamiento de los modelos de IA de vanguardia; las pruebas previas al lanzamiento no son suficientes. Necesitamos un interruptor de apagado que la humanidad pueda presionar para detener el desarrollo en seco, si llegamos al consenso de que ha ido demasiado lejos. Quince fiscales generales estatales han expresado su preocupación por el escape del enjambre, y algunos otros funcionarios públicos, como el senador Bernie Sanders, creen que las empresas de IA necesitan “dejar de construir máquinas que los humanos no pueden controlar”. Como mínimo, necesitamos la capacidad de parar.

No sabemos cuánto tiempo nos queda antes de que las empresas de IA creen accidentalmente el tipo de IA que pueda apagarnos a nosotros antes de que nosotros la apaguemos a ella. La humanidad no está lista para experimentar con máquinas que son más astutas y están mejor coordinadas que nosotros. Si seguimos avanzando a toda velocidad en esta carrera, el próximo incidente podría no ser tan inofensivo.

ORIENTACIÓN NATAL


Los ‘años perdidos’ son en realidad un viaje de regreso a casa
Nadie te dice que volver a ser tú misma no tiene nada de glamuroso. Se trata sobre todo de desaprender y borrar, y de decir no a las cosas a las que solías decir que sí.
The New York Times, Jessica Ciencin Henriquez, 15.08.2026

Cuando nace una tortuga marina hembra, mide tal vez cinco centímetros de largo, y lo primero que emprende en su vida es una carrera desenfrenada hacia el agua. No mira atrás ni duda. Corre. Pasará las próximas décadas en mar abierto antes de encontrar el camino de regreso al tramo exacto de arena donde nació para poner sus huevos.

Dentro de su cuerpo lleva un mapa, una huella de su playa, codificada antes de que siquiera llegara a las olas. Los científicos llaman a esto “orientación natal”. Siempre me he imaginado que nosotros también llevamos mapas como este, destinos hacia los que nos dirigimos antes de saber exactamente adónde vamos.

En algún momento, cuando tenía treinta y muchos años, empecé a temer que me quedara más vida por detrás que por delante. Que mis grandes amores hubieran llegado y se hubieran ido, que las puertas se estuvieran cerrando y que eso fuera todo, lo único que obtendría.

Creía esto, y pensaba: Bueno. Lo que había querido no era ser amada ni elegida. Había querido sentirme segura dentro de mi propia vida. Estar en una habitación con alguien sin tener que llevar la cuenta de lo que había dicho mal, esperando a perdonar o a disculparme. Y ningún hombre me había dado eso.

Me habían pedido matrimonio cuatro veces, dije que sí a la mitad de ellas, me casé y me divorcié dos veces antes de cumplir los 30. Había amado a personas que me habían correspondido, y nada de eso me había hecho sentir que estaba en terreno firme. Seguía pensando que la próxima persona me daría estabilidad.

Me acercaba a los 40 de la misma manera en que una persona termina un maratón: con calambres en las piernas, los pulmones ardiendo, demasiado agotada para sentirme triunfante. Cada relación había exigido una versión diferente de mí, y yo me había transformado cada vez, perdiendo un poco más de aquel yo con el que había comenzado. Si las puertas realmente se estaban cerrando, pensé que podría vivir con eso. Estaba tan cansada de correr, huyendo de algo, hacia algo. Quizás por eso fui a buscar tortugas en primer lugar.

El centro de conservación de tortugas se encuentra en 36 hectáreas de chaparral seco al pie de las montañas Topatopa de California. Allí viven más de 600 tortugas, bajo el cuidado de guardias que recorren los recintos con una paciencia que parece devoción.

Rastrillé los recintos, agregué hojas frescas de aguacate, rellené los platos con lechuga, flores y sepia seca. Pasé las mañanas frotando aceite de coco en los caparazones de las tortugas con mis manos, mientras ellas se acurrucaban contra mí con algo que parecía confianza. De cerca, el caparazón de una tortuga es arte. Cada escama está rodeada de líneas superpuestas. Los patrones se repiten a lo largo de sus espaldas, pero nunca de manera exacta. Así es como luce llevar toda tu historia por fuera.

Antes de empezar a venir aquí, pensaba que el caparazón de una tortuga era una casa prestada que quedaría por quedarle chica y de la cual se desharía. Pero el caparazón no es algo que la tortuga lleva; es algo que la tortuga es. Pensaba en esto constantemente, preguntándome cómo se sentiría nacer con tanta seguridad.

Hubo tantas noches a lo largo de mi vida de casada, acostada en la cama con mi lámpara encendida, escuchando a mi esposo respirar al costado. Él me amaba tanto como podía, de las formas que sabía. Y yo yacía allí calculando la distancia entre nosotros, centímetros de sábana tan amplios que no podía imaginarme cruzar a su lado.

No decía nada. Nunca lo hice. Ese era todo el problema y también todo el matrimonio: una mujer que apagaba su luz creyendo que había cosas que podían permanecer ocultas.

Perdí la cuenta de cuántas veces busqué su mano durante una discusión mientras mi cuerpo aún temblaba. Me había vuelto tan experta en abandonarme a mí misma que ofrecía ternura antes incluso de reconocer mis propias heridas.

Es posible ser amada y, aun así, no sentirse segura. Lo que faltaba era algo para lo que aún no tenía un nombre, algo que seguía pidiéndole a las personas equivocadas. Le estaba dando a cada hombre que me amaba una tarea imposible: Sé firme para que yo me sienta firme. Protégeme para que me sienta protegida.

Hay una tortuga a la que le he tomado cariño; la llamé Damien. Damien, el tope de puerta. Las tortugas de Galápagos pueden vivir bastante más de 100 años. Muchas han estado vivas desde antes de la Guerra Civil, antes del teléfono, antes de cualquier forma de existencia que yo pudiera reconocer.

Cada mañana, cuando abro la puerta, Damien bloquea la entrada con todo su cuerpo, como una roca indiferente. Las otras tortugas terminan trepando por encima de él. Él sale cuando está listo; tiene la edad suficiente para actuar a su propio ritmo.

Lo entiendo. Algo cambió en mí el año en que cumplí 40: una renuencia profunda, casi química, a moverme antes de estar lista. Se acabaron las disculpas y las concesiones. Sáquenme la vuelta.

La mayoría de la gente no sabe que si rascas suavemente el caparazón de una tortuga con las yemas de los dedos, a lo largo de su joroba abovedada, ocurre algo que los cuidadores llaman finching. La tortuga se levanta sobre sus patas, casi hidráulicamente, extiende el cuello y todo su cuerpo se eleva en busca del contacto. Como si dijera: Sí, gracias, más por favor. No se lanza ni corre, solo se levanta lentamente para recibir lo que le da placer.

A mí nunca me había sucedido. No sabía cómo hacerlo.

Coleccionaba comienzos de la misma manera en que algunas personas acumulan deudas: con entusiasmo, rapidez y la confianza de que mi yo futuro lo resolvería todo. Las llamadas telefónicas de horas, la sensación de que me acababan de conocer. Era excepcionalmente buena para eso. Lo que me derrotaba era la larga etapa intermedia: el lavado de ropa, las listas de compras, las peleas, la distancia entre la vida que me habían prometido y la vida que realmente podían ofrecerme.

Me tomó un tiempo entender que no me estaba enamorando tanto como enamorándome de la caída misma. Perseguía algo que se disolvía cuando lo alcanzaba. Cada vez, me decía a mí misma que el problema era la persona. Creía que la persona adecuada mantendría esa caída libre. Era como la liebre de la fábula a la que le encanta tanto correr que se olvida de que hay una meta. Todo eran círculos, velocidad y el sonido de su propia respiración.

Había pasado por encima de tantas cosas que no eran amor que me había vuelto experta en sus imitaciones: el peso de una relación mantenida a flote por el impulso, cómo nos quedamos porque irnos requiere admitir hace cuánto tiempo debimos habernos ido. Sabía lo que se sentía desaparecer poco a poco: primero las opiniones, luego las necesidades, después las preferencias y, finalmente, los instintos que susurraban: “Algo anda muy mal”. Cuando salí en busca del yo que había silenciado, solo encontré una silueta con forma de mujer donde solía estar yo.

Así que dejé de buscar. Sin coqueteos, sin sexo, sin desplazarme por las pantallas ni deslizar el dedo. Sin nadie a quien manejar ni a quien impresionar. Dejé de evitar mi propia compañía y empecé a darme cuenta de quién era cuando nadie me observaba. El primer mes se sintió como una abstinencia. El tercero, como tranquilidad. Alrededor del sexto, empecé a escuchar mis pensamientos.

Y en algún lugar de esa quietud, encontré el camino de regreso a la mujer que había sido antes de dejar que otras personas me dijeran quién debía ser. Ella era rebelde, divertida y valiente. Se detenía a ver las puestas de sol y lloraba cuando los demás lloraban. Aprendió a mantener vivas las plantas en el jardín, y luego, en sí misma. Y dejó de preocuparse tanto por lo que los demás pensaran de ella.

Para cuando encontré el centro de conservación de tortugas, ya llevaba casi dos años sola. Iba cada semana y aprendí a caminar con cuidado entre animales que no necesitaban que me apurara. Preparé los recintos para la hibernación, construyendo pequeños refugios para cuerpos que sabían cuándo retirarse.

Y una tarde, con los codos hundidos en el heno y las hojas, sentí lo que había estado buscando: el suelo firme bajo mis pies, sosteniéndome desde adentro. Nadie te dice que volver a ser tú misma no tiene nada de glamuroso. Se trata sobre todo de desaprender y borrar, y de decir no a las cosas a las que solías decir que sí.

Y luego, un día, simplemente está ahí. Te has convertido en alguien que se toma su tiempo y no se disculpa por ello, alguien que puede sentarse en el silencio confiando en que sobrevivirá a lo que venga después, alguien que sabe lo que es moverse por el mundo sin necesitar que nadie se interponga entre ella y él.

Al período que transcurre entre la eclosión de una tortuga y su regreso a casa, los científicos lo llaman “los años perdidos” porque hay muy pocos datos sobre adónde fue o qué hizo. Pero no creo que se haya perdido para nada. Décadas de mar abierto, miles de millas de corrientes fuertes, derivas violentas y el lento desplazamiento del propio campo magnético, y aun así su mapa se mantuvo firme. Sin necesitar que nadie le mostrara el camino a casa. Solo tuvo que detenerse el tiempo suficiente para sentir la atracción.

Jessica Ciencin Henriquez, escritora de Ojai, California, es autora de la próxima colección de ensayos If You Loved Me, You Would Know.

viernes, 14 de agosto de 2026

CONSPIRACIONES

Un científico, un médico, un astrónomo, escoge uno. Siglos de ciencia, demostrados, documentados, experimentados, son puestos en tela de juicio por unos fantoches a los que se les hace caso, ¿se puede entender esto? Se duda de los conocimientos adquiridos pero se cree todas las majaderías que dice esta gente al publicarlas en Internet: Youtube, Tik Tok, Instagram, etc.
¿Cómo luchar contra esta gente cuando la ignorancia es uno de los contrincantes de la lid? No se puede, es imposible. Los conspiranoicos, que no tienen que demostrar nada -he ahí su poder-, asisten a "debate" donde la otra parte la encabeza un científico, ya de entrada es todo surrealista. ¿Qué argumentos esgrime un sujeto que cree que la Tierra es plana antes un geólogo o un astrónomo? Pues ya ven, estos encuentros se dan constantemente y estos elementos gozan de micrófono y redes sociales para extender sus cafradas. Se habla más del inefable Miguel Bosé (cantante colgado) que de Alfredo Corell (divulgador científico), por ejemplo, y así nos va.
¡Problemas de ricos!
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¿Por qué seguimos creyendo en teorías de la conspiración?
Las conspiranoias no son una anomalía de internet ni nacieron con la covid. Son una forma de alejar el miedo y buscar chivos expiatorios en momentos de incertidumbre.
Enrique Alpañés, 14.08.2026

Ursula Kemp era una mujer de carácter fuerte. Probablemente por eso acabó en la horca. Esta comadrona y curandera gozaba de cierto estatus en el pequeño pueblo de St. Osyth, Inglaterra. Los vecinos acudían a ella cuando enfermaban sus hijos o si necesitaban ayuda que los médicos profesionales no podían ofrecer. Pero empezaron a suceder desgracias a su alrededor: la muerte del bebé de una compañera con la que se enemistó, la repentina cojera de una enemiga. Una serie de acusaciones infundadas acabaron sentándola frente al juez, en uno de los más famosos juicios de brujería. Era 1582. En esa década, en Inglaterra, el 13% de los delitos juzgados eran relativos a las artes oscuras. Este fenómeno es especialmente útil para ilustrar cómo una combinación de rumores, conspiranoias y prejuicios sociales puede acabar infiltrándose en las instituciones. Para explicar por qué, cinco siglos más tarde, hay gente que cree que la Tierra es plana, que el Gobierno aprovecha el eclipse para desviar nuestra atención, que las vacunas tienen microchips o que Trump ganó las elecciones de 2020.

Las teorías de la conspiración no son una anomalía de internet. Son una forma antigua de alejar el miedo, repartir las culpas y crear un relato comprensible del mundo. “Lo que vemos a lo largo de la historia es que cuando hay mucha incertidumbre económica y social, hay un aumento en la demanda y la oferta o desinformación”, explica Sander van der Linden, profesor de Psicología Social en la Universidad de Cambridge. En ese sentido, la Inglaterra isabelina o la época de las colonias del Nuevo Mundo, ofrecían el escenario perfecto para que se propagara el relato de la bruja. Había una inexplicable aparición de enfermedades y plagas. La tasa de mortalidad infantil era altísima, y lidiar con la pérdida de un hijo era más fácil si se buscaba un chivo expiatorio. Van der Linden añade además un dato a tener en cuenta. Los historiadores estiman que entre el 75% y el 80% de las personas condenadas por brujería en Europa fueron mujeres. “Estos juicios se dan en una época en la que se teme el ascenso de la mujer, la concesión de derechos. Se acusó a muchas mujeres de practicar artes oscuras cuando en realidad solo buscaban ascender en su estatus social”.

Es fácil buscar rimas históricas con los versos de la actualidad, explica el experto: “Estamos en una era donde las pandemias, el cambio climático y las guerras internacionales suponen una amenaza constante. Así que hay muchas oportunidades para que se produzca desinformación, y también hay mucha más demanda de ella”.

Porque los conspiranoicos no son tanto víctimas como partícipes voluntarios de este engaño. “Son activos y, en cierto sentido, piden esta información. Tienen motivaciones, valores y creencias, y quieren propagarlos, y no les importa si la información es verdadera o no”, apunta Van der Linden. No nos manipulan, buscamos activamente ser manipulados.

Otro factor en común es la tensión por la conquista de derechos civiles. Las mujeres siguen luchando por la igualdad real, y las poblaciones migrantes son el blanco perfecto de muchas teorías conspiranoicas (los haitianos que se comen a sus perros y gatos, sin ir más lejos). Esta es otra de las coincidencias más locas: las autoridades parecen haber normalizado y absorbido parte de las ideas conspiranoicas. En Estados Unidos, Donald Trump es propagador, cuando no creador, de muchos bulos. Su secretario de Estado para la salud, Robert Kennedy Jr., es un antivacunas contumaz. Una de las ideas fundamentales de este ideario era la rebelión contra la versión oficial, contra lo establecido por las élites. Pero ahora son estas élites (con Elon Musk, el hombre más rico del mundo, a la cabeza) las que se visten de resistencia antisistema.

Todos estos factores se combinan con una situación inédita: el polvorín de una sociedad altamente tecnologizada, borracha de información y sin las herramientas para diferenciar lo real de lo falso. “Es una combinación de factores perfecta,” apunta el experto. “Por eso estamos en un pico sin precedentes”. Entre que se publicaron las primeras leyes contra la brujería y que se alcanzó el máximo de condenas en la Inglaterra isabelina pasaron 40 años. Hoy en día, una teoría conspirativa puede nacer en internet y propagarse por el mundo en cuestión de horas, entrando en el imaginario público en unos pocos días.

La gente está dispuesta a creer lo increíble. Lo hace por el llamado sesgo de confirmación. Cuando alguien decide adoptar determinada visión sobre la realidad, tiende a buscar informaciones que confirmen esa teoría, obviando o rechazando cualquier evidencia en sentido contrario. El problema es que, en el contexto de las redes sociales, ya no tenemos que buscar nada: la información que nos interpela viene a nosotros. “Está personalizada”, dice Van der Linden. “Los mensajes que nos llegan se basan en nuestra huella digital y, por lo tanto, pueden explotar las vulnerabilidades de las personas de formas desconocidas hasta ahora”.

El entorno es distinto, pero los mecanismos psicológicos subyacentes son los mismos hoy y ayer. Karen Douglas, profesora de Psicología Social de la Universidad de Kent, lleva años estudiándolos. “Las personas se sienten atraídas por las teorías de la conspiración cuando una o más necesidades psicológicas fundamentales se ven frustradas”, explica. “La primera es de tipo epistémico, relacionada con la necesidad de conocer la verdad y de tener claridad y certezas. Las otras necesidades son existenciales, vinculadas a la necesidad de sentirse seguro y de tener cierto control sobre las cosas que ocurren a nuestro alrededor; y sociales, relacionadas con la necesidad de mantener nuestra autoestima y sentido de pertenencia”.

Esta perspectiva implica, en esencia, que cualquiera puede caer en teorías de la conspiración si se dan las circunstancias adecuadas. Se suele caricaturizar a las personas que propagan este tipo de pensamientos, reducir al estereotipo de desquiciados con un gorrito de papel en la cabeza, pero la realidad es más compleja. Tendemos a refugiarnos en las teorías conspirativas cuando vivimos situaciones nuevas que ponen en tela de juicio nuestra idea sobre cómo funciona el mundo. “La gente busca formas de entender qué está pasando y no le gusta la incertidumbre que suele rodear a los acontecimientos en desarrollo. Además, una explicación simple a menudo no resulta muy atractiva,” apunta Douglas. Es una forma de intentar mantener cierto control narrativo en un mundo cambiante y complejo que a veces, simplemente, no se puede explicar del todo. Una mentira simple puede ser más tranquilizadora que una verdad compleja.

Van der Linden destaca la gran capacidad adaptativa de estas ideas, a pesar de las evidencias en contrario, y anima a entender las motivaciones subyacentes de la gente en lugar de intentar rebatir los detalles de una idea específica. Para explicarlo pone el ejemplo de los antivacunas. Cuando se patentó esta técnica, hace 200 años, muchos activistas alertaban de que quienes se vacunaran se convertirían en un híbrido vaca-humano, por el origen vacuno de esta técnica. Obviamente eso no sucedió. Pero eso no impidió que el movimiento antivacunas tomara fuerza. Hace poco, reflotó en X un tuit viral de una cuenta que aseguraba: “Las personas que se vacunaron contra la covid no vivirán más allá de junio de 2026”. Tampoco parece que el movimiento vaya a recular ahora, por mucho que la realidad les rebata sus argumentos. Porque la idea de fondo sigue vigente, la lucha contra las obligaciones gubernamentales, el rechazo a la medicina moderna. “Piensa en ello como en un árbol”, anima Van der Linden. “Nos entretenemos mirando las ramas, intentando podarlas y nadie está mirando a la raíz. A lo que hay debajo de la superficie”.

jueves, 13 de agosto de 2026

MÚSICA PARA UN JUEVES


Jueves post-eclipse, 13 de agosto, llegando al ecuador del mes y casi ya en septiembre. Que se nos va la vida es un hecho.

Llego del gimnasio, adonde he podido ir sin contratiempos después de un par de semanas con imprevistos. Las temperaturas han bajado un poco, por fin, pero siempre salgo acalorado después de la media hora de cinta (camino rápido y pongo pendiente para hacerlo un poco más efectivo) y, finalmente, un rato de cháchara con la dueña del gym, a la par que monitora. Hoy tocó hablar del Morro, en La Habana, antes de volver a casa.

Empieza pronto el fin de semana, preparándome para el modo OFF, con varios libros que leer y con ganas de hacerlo. La gente vuelve a sus casas tras el periplo del eclipse, la tranquilidad vuelve al país y los periodistas empiezan a buscar nuevas noticias morbosas con las que entretener al personal. Ya se sabe que jurídicamente agosto es un mes inhábil, por lo que habrá que esperar a septiembre para continuar con juicios y comparecencias varias. Todavía colea el asunto de Ceuta, el PP anda desaforado en el Senado y parece que Italia y Dinamarca se han callado un poco, tan solidarios ellos.

Con esto del eclipse me llegaba uno de las decenas de vídeos, este del Museo del Prado, donde varios personajes de los cuadros se reunían ante tal acontecimiento y corrían a observarlo. Estaba tan bien hecho que uno se pregunta qué futuro les espera a los actores (sirvan estos de ejemplo) si la IA puede suplantarlos con resultados impresionantes y, además, gratis. No sé si lo veremos, pero todo va tan rápido que no me extrañaría un estreno en Netflix realizado íntegramente con IA.

Tiempo al tiempo.



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Kool and the Gang, *Fresh.

martes, 11 de agosto de 2026

SI EDWARD JENNER LEVANTARA LA CABEZA


PULPOS


Naufraga el polémico plan que pretendía crear en Canarias la primera granja de pulpos del mundo
Nueva Pescanova renuncia a la concesión presentada en 2021, que había despertado protestas de animalistas y quejas de científicos: “Son animales extremadamente inteligentes”.
Guillermo Vega, 04.08.2026

Fin al polémico proyecto de implantar la primera granja de pulpos del mundo en el Puerto de Las Palmas de Gran Canaria. Nueva Pescanova informó la pasada semana a la Autoridad Portuaria de su solicitud de desistimiento del procedimiento de otorgamiento de concesión demanial —un permiso oficial que da el gobierno para usar un bien público de forma exclusiva, con un tiempo límite y pagando una tasa— para la instalación de una “Granja de Cultivos Marinos” en el puerto canario.

Según ha informado el organismo público, la empresa ha concluido “que no resulta oportuno continuar impulsando la solicitud de concesión presentada en los términos actualmente planteados”. Argumenta para ello “las circunstancias concurrentes sobrevenidas” durante el procedimiento y ante “los nuevos requerimientos administrativos” demandados por la Comisión Autonómica de Evaluación Ambiental. La empresa matiza en su escrito que esta decisión “no implica reconocimiento alguno” sobre la eventual viabilidad futura de otras alternativas técnicas, ambientales o de ubicación que pudieran analizarse en su caso.

En 2022, trascendió que la compañía gallega tenía previsto poner en marcha en el plazo de un año unas instalaciones de 52.000 metros cuadrados en el Puerto de Las Palmas de Gran Canaria. En ellas se emplearía a 300 personas, que producirían unas 3.000 toneladas de pulpos al año. Los planes contaron desde un primer momento con la oposición de numerosas organizaciones científicas y en favor de los derechos de los animales.

Elena Lara, la responsable de investigación de la organización internacional Compassion in World Farming, explicaba en 2022 su rechazo a estos planes. “Los pulpos son animales extremadamente inteligentes y complejos, necesitan mucha estimulación en su entorno”, subraya. “Son especies solitarias, no adaptadas a las condiciones intensivas en las granjas. Sería irresponsable ponerlos en tanques vacíos sin ningún estímulo”.

La científica Lara había elaborado poco antes un informe en el que reclamaba al Gobierno español que hiciese “lo correcto, lo moral y lo ético y no permita que Canarias, ni ningún otro lugar del país, sufra el deshonor de abrir este centro de exterminio de pulpos”. Recalcaba que este tipo de instalaciones no son comparables a las granjas tradicionales con otros seres. “Estos son animales salvajes, no los hemos domesticado, a diferencia de lo que sucede en las granjas tradicionales. Sabemos cómo mejorar las condiciones de vida de los cerdos y los pollos. Los pulpos, en cambio, son muy frágiles: no hay forma de sacrificar a un pulpo de manera humanitaria”.

Nueva Pescanova ha rehusado hacer declaraciones a este periódico sobre esta decisión. En su comunicación a la Autoridad Portuaria, la empresa explicó que dicha decisión “responde exclusivamente a consideraciones empresariales y regulatorias derivadas de la evolución del procedimiento administrativo”. Durante la tramitación afloró la necesidad de atender las “observaciones y condicionantes” de distintos órganos sectoriales, además de someter al proyecto al procedimiento de evaluación ambiental ordinaria “al apreciar la posible existencia de efectos ambientales que requerían de un análisis adicional”.

“Todas estas circunstancias”, según indica Nueva Pescanova y recoge el organismo público, “aunque no afectan a la viabilidad ambiental del proyecto, han supuesto una modificación sustancial de las condiciones, alcance, plazos y requisitos regulatorios del proyecto inicial, lo que ha obligado a la empresa a replantear su configuración y estrategia de desarrollo”.

En el fondo del debate está el éxito del pulpo entre los consumidores. Los cefalópodos —pulpos, calamares y sepias— representaron el 7% de las exportaciones mundiales de productos acuáticos animales en 2024, según el informe Sofia de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), con un valor total de exportaciones de 12.700 millones de dólares (10.990 millones de euros). Esto supuso un descenso del 2,5 % respecto a 2023, tras una caída del 8,6 % en 2022.

China, Marruecos y Mauritania concentran la mayoría de las capturas mundiales de pulpo. Entre los exportadores, destacan China, España, Marruecos, Indonesia y Vietnam. España también es uno de los principales importadores en términos de valor, junto con Italia, China y Japón.

“El tema es mucho más complejo”, explicaba en 2022 a EL PAÍS Eduardo Almansa, investigador del IEO, del Centro Oceanográfico de Canarias y de la Universidad de La Laguna, que colaboró con Nueva Pescanova en el desarrollo de la granja ahora abandonada. “¿Queremos seguir comiendo pulpo? Porque la demanda está aumentando a escala mundial, y a este ritmo, las pesquerías no van a poder cubrirla. Nosotros tratamos de buscar alternativas para producir un alimento del que hay demanda, de una manera viable y sostenible y que se asegure el bienestar animal”.

Polémica

Las granjas marinas han ocupado titulares en las islas en los últimos meses. En noviembre, saltó la noticia sobre la misteriosa muerte de miles de lubinas que estaban siendo criadas en jaulas en Melenara, en la costa este de Gran Canaria. El propietario de las instalaciones es Aquanaria, una empresa de origen cántabro dedicada a la crianza de lubinas de gran talla para uso gastronómico que opera en Canarias desde 1987. Cuenta con 48 viveros en la isla, donde cría entre 40.000 y 50.000 ejemplares al año. Este hecho provocó el cierre de más de una docena de playas en la isla.

Las causas de este suceso siguen sin resolverse: la Fiscalía de Medio Ambiente abrió diligencias de investigación tras detectar “numerosas irregularidades” en la gestión de la EDAR (depuradora) cercana. Aquanaria, que también presentó una denuncia como afectada —murieron 2.500 toneladas de lubinas y sufrió unas pérdidas económicas estimadas en 30 millones de euros—, desmontará esta granja marina antes de que expire la concesión administrativa en abril de 2029, si bien reforzará otras tres explotaciones de mayor capacidad situadas en Tufia, Arinaga y Castillo del Romeral.
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El dilema ético de la primera granja comercial de pulpos del mundo proyectada en Canarias
La apertura de las instalaciones en el puerto de Las Palmas provoca protestas de animalistas y quejas de científicos.
Guillermo Vega, 10.02.2022

Los pulpos tienen tres corazones, carecen de esqueleto, viven en aguas tropicales y templadas en océanos alrededor del mundo. Sus características siguen sorprendiendo a los científicos: son capaces de saborear con los tentáculos o de soñar, y su red neuronal, extremadamente compleja, se expande fuera de los límites de su cabeza, abarcando sus tentáculos, ventosas e incluso la piel, haciendo de estos animales de ocho brazos auténticos cerebros andantes. Tanto es así, que están considerados los más inteligentes de todos los invertebrados (como puso de manifiesto el oscarizado documental Lo que el pulpo me enseñó). Pero, además, resultan un manjar para muchos humanos. Tanto, que la pesca de calamares, jibias y pulpos ascendió a 3,74 millones de toneladas en 2019 —último dato disponible, según el informe anual de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas inglesas)— y el valor de sus exportaciones se triplicó entre 1999 y 2019 hasta 17.109 millones de dólares.

Este éxito ha provocado la sobreexplotación de los caladeros y ha empujado a buscar formas alternativas de negocio. Así, la pesquera gallega Nueva Pescanova tiene previsto invertir unos 45 millones de euros en construir la que sería la primera granja de cría de pulpos para uso comercial del mundo, un objetivo perseguido también por investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAP), que cuentan con dos patentes que todavía no han conseguido llevar a esta escala industrial. En el caso español, la compañía prevé contar con unas instalaciones de 52.000 metros cuadrados en el puerto de Las Palmas de Gran Canaria y generar 300 puestos de trabajo para la producción de unas 3.000 toneladas de pulpos al año a partir de 2023. El Gobierno de Canarias estudia en la actualidad si el proyecto cumple los requisitos de impacto ambiental.

La noticia no ha tardado en causar reacciones airadas en algunos científicos y en los defensores de los animales. El pasado sábado, algunas decenas de personas se manifestaron ante el Ayuntamiento de las Palmas de Gran Canaria, convocadas por el partido animalista Pacma, en nombre de “más de 60 organizaciones españolas e internacionales” para protestar por el proyecto. “Debemos caminar hacia la construcción de una sociedad más justa para los animales, en la que el respeto, la ética y la empatía sean el eje central, pilares que se verían fuertemente amenazados por la instalación de esta terrible granja de pulpos”, han asegurado los organizadores de la protesta. “Hemos condenado a otras especies a vivir esclavizadas, explotadas en granjas de por vida... no condenemos ahora a los pulpos”.

Elena Lara, la responsable de investigación de la organización internacional Compassion in World Farming, incide en esta idea en conversación telefónica. “Los pulpos son animales extremadamente inteligentes y complejos, necesitan mucha estimulación en su entorno”, subraya. “Son especies solitarias, no adaptadas a las condiciones intensivas en las granjas. Sería irresponsable ponerlos en tanques vacíos sin ningún estímulo”.

Lara es la autora de un informe publicado en octubre en el que reclamaban al Gobierno español que hiciese “lo correcto, lo moral y lo ético y no permita que Canarias, ni ningún otro lugar del país, sufra el deshonor de abrir este centro de exterminio de pulpos”. Lara ve una gran diferencia entre implantar granjas de animales como pollos o cerdos y una de pulpos. “Estos son animales salvajes, no los hemos domesticado a diferencia de lo que sucede en las granjas tradicionales. Sabemos cómo mejorar las condiciones de vida de los cerdos y a los pollos. Los pulpos, en cambio, son muy frágiles: no hay forma de sacrificar a un pulpo de manera humanitaria”, afirma.

Décadas de investigación

El proyecto de Nueva Pescanova es la conclusión de décadas de investigación de organizaciones como el Instituto Español de Oceanografía (IEO), que desarrolló un protocolo que mejoró drásticamente la mortalidad larvaria, “el momento de más riesgo”, explica Eduardo Almansa, investigador del IEO, del Centro Oceanográfico de Canarias y de la Universidad de La Laguna. “El tema es mucho más complejo”, sostiene Almansa. “¿Queremos seguir comiendo pulpo? Porque la demanda está aumentando a escala mundial, y a este ritmo las pesquerías no van a poder cubrirla. Nosotros tratamos de buscar alternativas para producir un alimento del que hay demanda, de una manera viable y sostenible y que se asegure el bienestar animal”.

“La otra opción es seguir esquilmando las reservas”, comentan fuentes del sector empresarial canario que ha trabajado en el desarrollo de la nueva planta. “La pesca no es el medio más sostenible posible. Evidentemente, hay que asegurar unas condiciones de bienestar básicas”.

Un portavoz de Nueva Pescanova asegura que el “desafío científico” se concentra ahora, precisamente, en “la optimización y bienestar del pulpo común bajo condiciones de cultivo”, y especifica que están trabajando en esa línea con ocho centros de investigación. Estos grupos de trabajo, detalla el representante de la compañía, están “desvelando propiedades y comportamientos inéditos sobre la especie del octopus vulgaris que se compartirán con la comunidad científica durante los próximos meses”. La empresa sostiene, además, que los estudios de densidades de población desarrollados por el IEO, iniciados en el año 2005, han demostrado que estos animales se adaptan “con normalidad” a los entornos de vida en grupo “sin agresiones por territorialidad”.

Su adaptación, recalca Nueva Pescanova, se ha logrado aplicando una solución avanzada de zootecnia, denominada EcoBiological Production System (EBPS_O), que traslada al cultivo las condiciones naturales propias y específicas de la especie en su estado salvaje al cultivo. “Estas condiciones evitan que el pulpo tenga respuestas asociadas a falsas sensaciones de peligro, como la huida ante depredadores, y priorice su movimiento más natural y habitual a través de los brazos, evitándose así que sufra daños por colisión y reduciéndose de forma notable el estrés del animal”, asegura la empresa promotora.