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jueves, 30 de abril de 2026

LOS DIBUJOS LO DICEN TODO

Uno de los dibujos que la niña, ahora de siete años, ha hecho sobre las tres personas que trabajaban en ese centro.

Una madre que ha denunciado violencia sexual contra su hija en el colegio Waldorf de Zaragoza: “Contarlo puede ayudar a otras personas”
Diez familias han denunciado agresiones sexuales y físicas a menores de entre 0 y 6 años en ese centro privado. El caso está en instrucción desde septiembre y la investigación a cargo de la Policía Nacional.
Isabel Valdés, 30.04.2026

Llega con un clasificador azul lleno de fundas de plástico transparente y un bloc de pintura el mismo día que su hija cumple 7 años. Dentro está todo lo que ha ido guardando desde hace meses: las transcripciones de las conversaciones con ella, de los vídeos y los audios que le ha grabado mientras la niña le explicaba cosas que recordaba, dibujos que ha hecho en los que hay un hombre con sangre en la boca y al que se le distingue claramente la bragueta del pantalón que parece semiabierta, otro en el que aparece una mujer con una soga, o uno con una niña en una jaula, u otra rodeada de medicamentos y utensilios médicos. Están también todos los documentos policiales, médicos, judiciales y legales, todo lo que esta mujer de poco más de 40 años y su marido han entregado a su abogada, a la policía y al juzgado.

Esta pareja son una de las 10 familias que, desde septiembre pasado y hasta ahora, han denunciado agresiones sexuales contra sus hijos e hijas por parte de un trabajador del colegio privado Waldorf Munay de Zaragoza, un centro fuera de la red institucional, de enseñanza alternativa ―más centrada en la libertad del alumnado que en objetivos cerrados― con entre 20 y 30 menores de entre 0 y 6 años por curso desde que abrió, en 2017. Una docena de ellos, cuyos padres y madres ya han denunciado, han contado en los últimos meses a agentes policiales y distintos especialistas no solo violencia sexual, sino también física, y han hablado de momentos en los que los grababan con un móvil.

“A veces creo que todo eso no ha pasado, que es irreal”, dice la madre sentada en una cafetería de la capital aragonesa. En una conversación con este periódico, hace un relato pormenorizado de las violaciones y abusos que han denunciado los familiares de estos niños. “He escuchado muchas cosas estos meses que me ha costado semanas y semanas asimilar”, reconoce.

El caso está en el Juzgado de Instrucción número 11 de Zaragoza y la investigación a cargo de la Unidad de Familia y Menores de la Policía Nacional. El extrabajador fue detenido el 5 de septiembre y puesto en libertad provisional tras prestar declaración. Él es la pareja de una de las dos fundadoras y profesoras del centro, que son hermanas.

En octubre, ambas emitieron un comunicado en el que alegaron “sorpresa”, informaron de que habían “colaborado activamente” desde un primer momento con las autoridades, aseguraron que contaban con “protocolos de cuidado y supervisión” que iban a ser “revisados y reforzados”, y desmintieron que el colegio fuera a ser clausurado. La escuela cerró un mes después. El pasado 26 de marzo, tras meses de trabajo policial, una de esas dos profesoras fue llamada a declarar como investigada.

Pese a que una de las familias que denunció el caso pidió prisión provisional y otra alejamiento, según José María Bayod, el abogado de una de las maestras y el otro investigado, a él, el juez le retiró el pasaporte con la condición de ir cada 15 días a firmar por considerar que no existe “riesgo de fuga ni de reincidencia”. Mientras que, para la educadora, “aún no ha tomado ninguna decisión”. Además, aseguró que ambos “han abandonado su casa por acoso”.

Fuentes cercanas a la investigación, que dura ya ocho meses, explican que aún quedan muchas pruebas que practicar y testigos por declarar. La edad de los menores, y lo que narraban o lo que presentaban a través de distintos síntomas, hizo que a finales de enero se desplazara desde Madrid hasta Zaragoza un equipo de la Sección de Análisis de Conducta de la Policía Judicial ―la Guardia Civil cuenta con otra―, un grupo de especialistas en psicología criminalista que se ocupa de los casos de mayor gravedad y complejidad. Pasaron muchas horas durante varios días entrevistando a los niños y niñas y a sus familias.

El relato de “un infierno”

La madre que ofrece este relato ―a la que este periódico va a preservar tanto su identidad como la de su hija― empieza a hablar y lo hace, sin parar, durante dos horas y 38 minutos. Al por qué quiere hacerlo, contesta: “Para que no se vuelva a repetir. Creo que contarlo puede de alguna forma ayudar a otras personas. Voy a dedicar mi vida a que ella y mi otro hijo estén lo mejor posible y a intentar hablar de esto para que otros estén más seguros”. No usa en ningún momento ningún eufemismo. Sabe que lo que va a relatar “es un infierno” que quiere, y necesita, que “la sociedad entienda”.

Empieza por el principio porque, si no, dice que va saltando de una cosa a otra. El principio es el 30 de agosto de 2025, cuando una madre de otro menor de ese colegio le llamó para contarle que se habían producido episodios de violencia sexual: “Pensé que mi hija se había librado. Ella estuvo en ese colegio entre 2022 y 2023, entre los 3 y los 4 años”.

Pero también, de forma inmediata, recordó por qué solo había durado un curso en ese centro del barrio zaragozano del Arrabal: “Entró en septiembre de 2022 y en diciembre tenía ansiedad y su carácter había cambiado completamente. Ya no quería ir; me contaba que había un monstruo en el baño y que nunca iba porque le daba mucho miedo. Cuando íbamos a recogerla, lo primero que hacía al salir era hacerse pis encima”. Y ella, que sabe que hay sonidos que le molestan mucho, pensó que quizás era el ruido de tirar de la cadena o de tuberías lo que la asustaba. Ahora sabe que no.

Un dibujo sobre las emociones que la menor hizo el pasado 23 de abril. Le contó a su madre que había dibujado "lío, miedo, enfado y tristeza".

Empezaron a multiplicarse los cambios: pesadillas, se mordía las uñas, la camiseta, mordía piedras, lloraba durante horas, no hablaba. Cuenta que le preguntaron a la profesora si sabía qué estaba pasando, que les respondió que “era una niña sensible y que seguro que tenía celos porque ella iba al cole y su hermanito, que era un bebé, se quedaba con su papá y su mamá”.

Al poco de aquello, les contó “que no le gustaba cómo limpiaban a los bebés”, sin dar ningún otro detalle. Y un día, volviendo a casa, les narró una situación con otras dos compañeras en el patio; le preguntó por qué no había pedido ayuda a su profesora y le contestó que su profesora le daba miedo.

“Ahí dije: ‘Hostia, algo pasa, pero no contaba nada más”, narra mientras ojea el clasificador para comprobar que las fechas que va dando son correctas. Cuenta que empezaron incluso a no dormir de la preocupación que les provocaba saber que algo ocurría, pero no saber qué: “El día que nos dijo que si lloraban los sacaban al patio y que ya no quería volver más, la profesora nos volvió a negar todo. Decidimos que la creíamos a ella. Y la sacamos de allí. Fue en junio de 2023. Otros padres nos miraron como si estuviésemos locos. Y una vez fuera, fue volviendo a ser ella”.

“He escuchado cosas que me ha costado semanas asimilar”

Para de hablar y coge aire. Vuelve a 2025, al momento en el que esa otra madre la llamó. Ella, como el resto de familias, pensaba que el extrabajador investigado era “el cocinero, pero no alguien en contacto con los niños y las niñas”, separados en dos grupos: uno de 0 a 3 años y el otro de 3 a 6 años, a los que daban clase las dos profesoras.

Empezó entonces a intentar preguntarle cosas con cuidado. La niña, que en septiembre ya tenía 6 años, le daba respuestas sueltas que la mantenían en alerta constante: “Me dijo que a veces ya no se quería acordar, que la mente, cuando algo duele mucho, pues lo olvida. Ahí llamé a la psicóloga, porque, ¿por qué mi hija de 6 años me estaba dando la definición perfecta de trauma?”. La llevó a la especialista, que le ayudó con la gestión de los recuerdos que pudieran seguir apareciendo. Y aparecieron. Poco a poco, en casa o cuando iban en el coche, la niña fue recordando cosas que su madre intentaba siempre grabar.

Desbloquea el móvil y busca uno de esos vídeos. Se inclina sobre la mesa para explicar qué está apareciendo y enlaza, sin pausa, con muchas otras cosas que no salen en ese vídeo, pero sí en otros.

Ella —avisa antes de contarlas— sabe que son de una violencia sexual extrema: “Se fue a buscar una muñeca, y me dice: ‘Mira, me sujetaba así’, y en una hora, del tirón, me cuenta varias violaciones, de él y también de su profesora. Tú tienes que darle seguridad y no llorar y no gritar y escucharla”, confiesa. Esas son las cosas que le cuesta asimilar.

Cosas como que “les introducía objetos, que él se bajaba los pantalones en el baño porque decía que iba a hacer caca, pero que la sentaba encima de él, con el pene fuera, y frotaba, y luego la manchaba y le echaba un líquido dentro de la vagina. Me habló de jeringas, de que le decían que, si no se portaba bien, le iban a dar la medicación de dormir hasta que llegaran los papis. Que les hacían hacer pis en botecitos y en tiras de papel. Que él le daba besitos en la boca: ‘Así, mami: muack, muack’. Y que tenía una herida en el pene que había que curar, y después abrazarlo y darle besitos todos los días”.

“De la profesora, contaba también que los zarandeaba tan fuerte que los tiraba al suelo. Que les hacían fotos cuando les castigaban o les hacían daño. Les enseñaban en el móvil imágenes de cuerpos desnudos, con heridas; hacían como espectáculos de teatro que les daban miedo, y se ponían máscaras con sangre para asustarlas. Creo que de ahí los dibujos que hace de ellos, con sangre en la boca”, cuenta.

Otro de los dibujos de la niña, del pasado febrero, en el que pintó a una de las personas denunciadas en la cárcel.

Todo ese relato consta en la ampliación de la denuncia que esta madre y su pareja, el padre, hicieron el 19 de enero con lo que la niña había ido recordando en esos meses. Y la ratificaron. Solo dos días después les tocó la entrevista con la Sección de Análisis de Conducta (SAC) de la Policía Nacional. Ella estuvo tres horas y media, tres su pareja: “Y mi hija estuvo otras tres hablando sin parar con dos mujeres a las que no conocía de nada. Es un equipo de la hostia”. Una semana después, el 28 de enero, fue el turno para la cámara Gesell, en el Instituto de Medicina Legal de Aragón.

Esa cámara es una sala preparada para tomar declaración a menores o mujeres en situación de extrema vulnerabilidad, con todos los especialistas necesarios presentes para formar lo que se llama prueba preconstituida, un testimonio que sirve para el juicio sin que las víctimas tengan que volver a declarar. Y fue dura: “Desde fuera, veía cómo tenía que explicarles con su propio cuerpo lo que le habían hecho, aunque yo le había dado la muñeca para que contara sobre ella lo que tuviese que contar. Yo solo pensaba: ‘Que acabe esto ya’. Vi que no quería estar allí, que no estaba cómoda. Me sentí como el culo, la verdad”. Ambos informes, tanto el de la SAC como el del Instituto de Medicina Legal, llegarán, previsiblemente, en los próximos días.

Estos últimos ocho meses han servido, cree, “para ir aceptando y asimilando, para pasar por toda esta mierda que hay que pasar”. Todos en esa casa van a terapia y ella sabe “el privilegio” que supone poder pagarla. La niña, que ya tiene 7 años, sigue teniendo ataques de pánico y pesadillas, vomita la comida, tiene flashes y miedo recurrente a ir al baño.

¿Lo que ella querría? “Que esto jamás hubiese pasado”. ¿Lo que va a hacer? “Pase lo que pase con la investigación, con el juicio, nosotros vamos a luchar por ella hasta el final. Aunque mi única reparación va a ser que mi hija esté bien, que pueda tener una vida normal. Yo sé que no le puedo prometer que nunca más va a estar en peligro, pero sí que voy a estar con ella. Que la voy a escuchar y la voy a acompañar. Ahora, cuando tenga 15 y cuando tenga 30. Siempre”.

viernes, 7 de noviembre de 2025

TRES AÑOS DE ABANDONO

Familiares de víctimas del acoso escolar, frente al Congreso de los Diputados, este jueves. FERNANDO VILLAR (EFE)

Familiares de víctimas del acoso escolar exigen ante el Congreso una ley contra el ‘bullying’: “¿Cuántos niños tienen que morir?”
Madres y padres de estudiantes víctimas de esta violencia, entre ellos varios que se suicidaron, se concentran para reclamar medidas urgentes tras “tres años de abandono administrativo”.
Marta Sánchez Gento, 06.11.2025

La pequeña Sandra luce feliz una camiseta de su equipo favorito. Dani mira al infinito, como persiguiendo un sueño. Laura sonríe desde unos ojos azules radiantes que quieren comerse el mundo. Y Claudia deja su melena rubia al viento, adivinando a alguien querido detrás de la cámara. Todos ellos están y no están: sus vidas se han quedado congeladas para siempre en las fotografías que este jueves han levantado sus familiares frente al Congreso para reivindicar una ley integral contra el acoso escolar, la “lacra” que sufrieron esta veintena de niños, niñas y adolescentes antes de suicidarse.

Coincidiendo con el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar, asociaciones de familiares, como la entidad barcelonesa Trencats, que preside el padre de la niña Kira López, se han concentrado ante la Cámara Baja para criticar el “trato de abandono” que han recibido por parte de la Administración y visibilizar el sufrimiento de miles de víctimas de esta violencia en los centros educativos. “¿Cuántos niños tienen que morir? Hay que legislar ya”, han reclamado.

Alrededor de 200.000 jóvenes de entre 14 y 28 años se suicida al año en el mundo tras sufrir, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), si bien los expertos señalan que debe evitarse atribuir el suicidio a una sola causa, porque es casi siempre multifactorial. En España, uno de cada 10 menores sufre bullying, indica un estudio del Ministerio de Educación publicado en 2023. Los impulsores de la protesta denuncian que, tres años después de entregar más de 230.000 firmas a favor de una iniciativa legislativa que ponga freno a este problema —ya suman 260.000—, el Gobierno sigue sin adoptar medidas concretas para proteger a los menores y evitar nuevos casos de suicidio.

“Tres años de silencio gubernamental son tres años de complicidad con el acoso”, ha afirmado José Manuel López, que perdió a su hija Kira en 2021, cuando esta apenas tenía 15 años. “Mi niña no se suicidó, la suicidaron”, ha asegurado, al tiempo que ha insistido en que cada menor que se quita la vida tras sufrir bullying —cinco contabilizados en los tres últimos años— es una víctima más de la “inacción” de las instituciones, de los legisladores y de las entidades educativas.

A la movilización convocada por Trencats se han sumado familiares de víctimas de bullying llegados de toda España. Sandra Miranda, madre de la joven Daniela, que se suicidó en Oviedo con tan solo 16 años, ha explicado en declaraciones a los medios que “el acoso mata o deja secuelas de por vida”, por lo que “no se trata de una cosa de niños”, sino de un problema que hay que atajar “con leyes y protocolos efectivos”, sobre todo, tras los más de 1.196 casos que ha identificado la Fiscalía en su última memoria anual. “Yo ya no puedo hacer nada por mi hija —ha señalado muy afectada—, pero vengo para intentar hacer algo por los demás, para que nadie más tenga que pasar por esta tragedia tan injusta que es culpa de quienes miran para otro lado”.
Más prevención y más sanciones

Lourdes Verdeja, presidenta de la asociación Tolerancia Cero de Cantabria y madre de una joven que sufrió hace varios años acoso escolar y que aún hoy padece las secuelas, ha remarcado que “no es cuestión de siglas”, sino de “salvar vidas”. Por eso, ante “la soledad y el desamparo” que sintió en su caso, reclama una ley que contemple sanciones claras para los centros por omisión de responsabilidades.

En la misma línea, María Ángeles, cuya sobrina está pasando por esta situación en la actualidad, ha viajado desde Murcia para “apoyar” esta llamada a la acción. “El caso de Sandra Peña —la adolescente de 14 años que se suicidó en Sevilla el mes pasado y cuyos familiares también han estado presentes en esta concentración— ha servido, lamentablemente, para que muchos niños se atrevan a denunciar y algunos centros comiencen a aplicar protocolos. “No podemos seguir mirando para otro lado: esta muerte tiene que ser la última“, ha manifestado.

Las familias de víctimas de acoso escolar han solicitado formalmente una reunión con la ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes, Pilar Alegría, aunque denuncian su falta de respuesta. Con quien sí se reunirán este jueves durante una hora será con la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, a quien trasladarán todas sus peticiones.

“No podemos seguir esperando, sin hacer nada, mientras nuestros niños se mueren. Cada nuevo suicidio es un grito de auxilio que el Gobierno y la sociedad ignoramos”, ha declarado José Manuel López. Desde la asociación Trencats subrayan que la futura ley debe incluir protocolos antiacoso con supervisión independiente, programas de prevención obligatorios y canales de denuncia anónimos y seguros para los menores.

domingo, 26 de octubre de 2025

UNA BROMA


“Fuimos unos bestias, ahora lo veo”: acosadores escolares que dejaron de serlo
Cambiar a un ‘bully’ no es fácil, porque la mayoría niega o minimiza la gravedad de los hechos. Parte de sus familias también. Los expertos recomiendan respuestas contundentes y actuar sobre las causas.
Ignacio Zafra, 26.10.2025

La cosa duró dos o tres meses en un instituto valenciano. Durante ese tiempo, Rober y tres amigos se dedicaron a insultar en un chat a una compañera de tercero de la ESO. La llamaban “puta, zorra, cosas así” debido, afirma, a su supuesta promiscuidad. Rober, que no se llama así, estudia FP y aún es menor de edad. Siempre consideró todo “una broma”. Ella, en cambio, no. Denunció los hechos al centro, mostrando capturas de pantalla de WhatsApp, la dirección activó el protocolo de acoso y expulsó a los tres. Rober cree que aprendió la lección. “Es verdad que fuimos unos bestias, ahora lo veo, y ya no haría algo así. De hecho, si estamos en un chat de un grupo de amigos y empiezan a insultar a uno todos a la vez, les digo: ‘Eh, chavales, relajarse”.

A la mayoría de los acosadores les cuesta dar siquiera ese mínimo primer paso de reconocer que actuaron mal, coinciden los expertos. “Observamos que tienden a negar lo sucedido, a quitarle importancia o incluso a justificar su comportamiento, sobre todo en las primeras fases de la intervención. A menudo escuchamos cosas como: ‘Era en plan de broma’; ‘él también se metía conmigo”, afirma Jose Pedro Espada, director del Centro de Investigación de la Infancia y la Adolescencia de la Universidad Miguel Hernández de Elche. “Normalmente, encontramos con una alta resistencia inicial”, prosigue Isabel Diego, psicóloga en Cantabria y profesora en la Universidad Europea del Atlántico.

¿Por qué? “Primero, porque en la sociedad estamos rodeados constantemente de la justificación de todo tipo de conductas. Los menores lo ven y aprenden a hacerlo”. Después, porque los acosadores escolares pocas veces llegan a terapia por iniciativa propia o de sus padres, sino por indicación de otros, como los orientadores de los centros educativos, los servicios sociales o, en los casos más graves, la Fiscalía. “Trabajar con ellos es mucho más difícil que con las víctimas: mientras ellas vienen pidiendo ayuda, el acosador no reconoce que ha hecho algo malo”, añade Diego.

Además, buena parte de los casos de acoso, indica la criminóloga Itziar Calva, se concentran entre los 10 y los 14 años. Y los expertos señalan que la niñez y la adolescencia se caracterizan, sobre todo en algunas personas, por una menor capacidad de calcular las consecuencias profundas de los actos, lo que hace que uno de los elementos que facilitan una revisión crítica del comportamiento sea el paso del tiempo.
Las familias

Las familias de los acosados sufren mucho; hasta puntos indescriptibles en los casos más duros en los que las víctimas se suicidan, como hizo Sandra el 14 de octubre en Sevilla. Lourdes Verdeja, presidenta de la asociación Tolerancia 0 al bullying de Cantabria, ha comprobado que los progenitores de algunos acosadores también lo pasan muy mal. Varias han llamado a las puertas de su asociación en los últimos años después de ir dando tumbos en busca de ayuda para cambiar el comportamiento de sus hijos.

Una de ellas fue Andrea, nombre también ficticio de la madre de un niño al que el año pasado, con ocho años, el colegio al que iba le abrió un protocolo por acoso escolar. “Mi hijo había tenido conductas disruptivas desde pequeñín, pero del tipo de empujar a un compañero o quitarle el sacapuntas. Yo llevaba años diciendo: a mi hijo le pasa algo, porque le notaba nervioso, con ansiedad”. A mediados de primaria, la situación se agravó. El comportamiento del chaval fue a peor, y las conductas por las que el centro le sancionaba más peligrosas. “Se pasaba el tiempo castigado. Yo iba al colegio y decía: dadme pautas, porque era un niño que no podía controlar sus impulsos”, cuenta Andrea, que tiene 35 años y ha criado a su hijo prácticamente sola. “El curso pasado, no hubo un día en que no llorase, porque no sabía a quién acudir”.

Finalmente, una orientadora escolar diagnosticó al niño trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) combinado (un subtipo generalmente más grave en el que están presentes tanto la inatención como la impulsividad). “Ahora va al psiquiatra, toma su medicación, y es un chico nuevo. Está en otro colegio y no ha tenido ningún problema, aunque siempre te queda un poco de nerviosismo”, dice Andrea.

El acoso escolar no se explica, en general, por un solo factor, como un trastorno no diagnosticado. Los expertos señalan que tiende a ser multicausal, y en él pueden intervenir desde la voluntad de dominio, hasta las consecuencias de la violencia vivida en el hogar, pasando por dinámicas tóxicas dentro del grupo de iguales (como pandillas de adolescentes que desarrollan tolerancia a la agresión, la humillación o el aislamiento de compañeros).

No es raro que los padres busquen explicaciones hasta cierto punto exculpatorias de sus hijos, aunque las familias, señala Nuria Manzano, catedrática de la UNED, son muy diversas. “Unas niegan los comportamientos o minimizan su importancia. Pero también hay otras que sienten decepción, ira, vergüenza e incluso culpa por no haber identificado señales que los alertaran. En cualquier caso, muchas sienten el dilema moral interno de tener que afrontar la evidencia del acoso de su hijo o hija, el temor por las consecuencias que se deriven de ello, y el dolor por la víctima”.

Un estudio publicado el año pasado por la Unidad de Psicología Preventiva de la Universidad Complutense, en colaboración con la Fundación ColaCao, mostró que sufrir acoso escolar incrementa de forma significativa los intentos de suicidio: entre los que lo han padecido de forma presencial, el porcentaje alcanza el 20,5% (frente al 5,5% de la población escolar general de 10 a 16 años), y entre las víctimas de ciberacoso, el 21,1%. La investigación, dirigida por la catedrática María José Díaz-Aguado, halló otro dato menos intuitivo: el porcentaje de acosadores que han intentado quitarse la vida también es mucho más alto que el promedio, pues alcanza el 16,8% entre quienes lo cometen en persona y sube al 24,9% entre los ciberacosadores.
Respuestas firmes

La evidencia también refleja que la impunidad incrementa el riesgo de que los acosadores reincidan. Y también hace, afirma Ana Padres, orientadora en el instituto público Bovalar de Castellón, que la gravedad de sus acciones aumente. “La rapidez es esencial cuando detectamos un caso de acoso. Hay que abrir el protocolo, constituir el equipo que intervendrá, y tomar decisiones respecto a la víctima, el acosador y sus familias”.

La respuesta escolar debe ser además contundente, afirma Javier Cortes, orientador en el instituto Berenguer Dalmau de Catarroja (Valencia), en la medida en que los hechos lo exijan. “Creo que las medidas sancionadoras son efectivas, y que, como personas que se están formando, es importante que entiendan las consecuencias que implican esas agresiones. Uno no puede cometer acoso y recibir solo una intervención educativa, palmaditas en la espalda y una invitación a reflexionar. La sanción también es útil de cara a que el agresor sepa que la víctima está protegida, y que si pasa cualquier cosa a partir de ese momento vamos a estar encima de él. Y los casos especialmente graves animamos a denunciarlos a la policía”.

Actuar con firmeza no quita que limitarse a castigar a los responsables sea una respuesta parcial, cuyo efecto puede ser pasajero o tener como consecuencia, en caso de expulsión definitiva del centro, que el problema se traslade a otro lugar, apunta David de Rosa, orientador en el instituto público de Almodóvar del Río, Córdoba. De Rosa afirma que, además de actuar respecto a las víctimas, los agresores y los observadores, también hay que revisar el contexto: “¿Tiene el centro un protocolo adecuado, existen medidas preventivas suficientes, cuáles son sus valores, está enseñando democracia…?”. Las respuestas a esas preguntas contribuyen a explicar, opina, por qué el acoso escolar se produce con más frecuencia en unos lugares que en otros.

El objetivo último y difícil de alcanzar no es solo que el acosador deje de atormentar a la víctima, sino que sea consciente del dolor que ha causado y trate en la medida de lo posible de repararlo. Es lo que se conoce como prácticas restaurativas, de las que Andrés Cabana, profesor en el instituto público de Salvaterra de Miño (Pontevedra), da formaciones en centros educativos. Nacido en el ámbito penitenciario anglosajón, el escalón final de esta práctica es un encuentro como el que muestra la película Maixabel entre un exetarra, que participó en el asesinato del político socialista Juan María Jáuregui, y su viuda, Maixabel Lasa, para pedirle perdón. Cabana cree que, como culminación a ese proceso de reeducación y reconocimiento de haber hecho daño a un compañero, lo ideal es que los acosadores “tengan la posibilidad de asumir su responsabilidad, mostrar arrepentimiento, y dar explicaciones a las personas a las que han acosado”. “Siempre y cuando”, añade el profesor, “la víctima esté de acuerdo”.

sábado, 21 de septiembre de 2024

JOKIN

Quienes hemos sufrido bullying, antes llamado simplemente acoso (mejor, antes no llamado de ninguna manera), sabemos de lo que se trata. No puede entenderse desde fuera porque no se conoce, como el mobbing, o acoso laboral, tampoco; no vale saber inglés únicamente. Todos los acosos, empezando por el del compañero de colegio, el proverbial "abusón", a los gordos, cuatro-ojos, mariquitas, patosos, huevones, cojos, petudos, flojos, blancos, negros, verdes, amarillos, gitanos, moros o llámalos X, deben perseguirse sin tregua desde el primer síntoma. Los niños tienen que crecer sintiéndose seguros y felices, no olvidemos que pasan en el colegio muchas horas durante su edad de desarrollo y aprendizaje.
Recuerdo un poster de esos de "autoayuda", que se diría hoy, que decía frases del tipo: "si un niño aprende a sufrir mañana será mejor persona", una revisión laica de las bienaventuranzas, sin duda. Lo malo es que todos los niños no son lo suficientemente fuertes para superarlo.

20 años de un suicidio por acoso escolar: el dolor y la angustia de Jokin no eran cosas de niños
El ‘bullying’ en las escuelas sigue sin recibir una atención prioritaria en España dos décadas después de la muerte del joven de 14 años en Hondarribia.
Mónica Ceberio Belaza, 21.09.2024

Al principio, nadie sabía lo que había pasado. Solo que el niño había desaparecido. Se había esfumado. Recuerdo perfectamente las primeras llamadas, mi madre al teléfono: “Jokin no ha ido al colegio, no aparece, llevan tiempo buscándole, no está en ninguna parte, es todo muy raro”. Pasaban las horas. En cada llamada sin noticias aumentaba la preocupación. Hasta que, por la tarde, llegó la peor de todas. Debajo de la muralla de Hondarribia, oculto entre el césped, había aparecido su pequeño cuerpo de 14 años sin vida. No había sido un accidente. Jokin había salido a escondidas de su casa cuando todos dormían, había cogido su bici y conducido a un lugar muy alto para lanzarse al vacío sabiendo que no sobreviviría. ¿Por qué? Porque no quería ir al instituto. Porque no pudo soportar el inmenso dolor que le producía imaginarse allí.

Jokin Ceberio Laboa, mi primo, se suicidó el 21 de septiembre de 2004, hace hoy 20 años. Fue uno de los primeros casos de acoso escolar que llegó a los medios de comunicación y a los tribunales de justicia. Una de las primeras veces en las que se cuestionó el “eso son cosas de niños” que siempre había amparado a matones y maltratadores si no habían cumplido los 18 años. Como si los chavales, mucho más frágiles y vulnerables que los adultos, tuvieran que aguantar la crueldad ajena. Como si su dolor fuera un juego. Como si no fuera la primera obligación de cualquier centro educativo detectar y erradicar el sufrimiento extremo de un niño a manos de otro.

La investigación en torno a la muerte de Jokin fue espeluznante. La autopsia reveló numerosos golpes en el cuerpo del chico de una paliza que le habían dado días antes del suicidio. Una paliza de tantas. Él había contado que estaba mal en el colegio, que le estaban pegando cada día, pero se negó a dar los nombres de los agresores: “¿Qué quieres, que me maten a hostias si te digo quiénes son?”, le dijo a su madre.

Los padres hablaron con la escuela, que aseguró que garantizaría la seguridad de Jokin, que podía volver tranquilo a clase. Pero ya era tarde. El terror se había apoderado de él. Llevaba meses sufriendo golpes, insultos, vejaciones. En la mente de un adolescente el futuro a menudo no existe, solo se vive en presente. Y su presente era tan atroz que probablemente no alcanzaba a imaginar que ese calvario pudiera acabar. No veía salida a su sufrimiento. Ni siquiera se permitió pedir ayuda, por si le mataban “a hostias”. Unas horas antes de morir, cuatro días antes de cumplir 15 años, escribió en su chat de internet: “Libre, oh, libre. Mis ojos seguirán aunque paren mis pies”.

La justicia condenó a siete alumnos del instituto de Jokin por un delito contra la integridad moral y contra la salud psíquica. En primera instancia el juzgado de menores les impuso una pena de libertad vigilada porque los chavales pertenecían a “familias estructuradas”. Eran chicos de clase media acomodada, tres de ellos, hijos de profesores del centro. En el juicio, alegaron en su defensa que todo el instituto se metía con Jokin, que no tenía “mayor importancia”. Como si eso les eximiera, como si fuera perfectamente normal y razonable hacer que la vida de un compañero se convierta en un infierno diario. Finalmente, la Audiencia de Gipuzkoa elevó el castigo y les impuso una pena de dos años de internamiento en régimen abierto.

El centro educativo no fue declarado responsable de nada a pesar de que sabían lo que pasaba. Al principio, el director, consternado, les dijo a los padres: “Estos chicos han estado comportándose como una banda de mafiosos. Quizás hemos actuado con demasiada lentitud”. Pero enseguida todo el mundo calló, conscientes de que los indicios apuntaban a que el colegio había hecho caso omiso a algo que sabían que estaba pasando.

A partir del suicidio de Jokin se habló mucho de acoso escolar. De cómo remediarlo, de protocolos, de ayudas... Pero pronto pasó, y se olvidó. Ha habido otros casos después, igual de graves. Más suicidios consumados o intentados, más dolor, más frases de críos de esas que parten el corazón en dos. Muchas escuelas e institutos han seguido mirando hacia otro lado. Muchos padres y madres siguen prefiriendo ignorar o minimizar el maltrato que sus hijos ejercen sobre los hijos de otros. Muchos chavales se siguen callando sin amparar al que sufre, a veces culpándolo por ser débil frente a los que agreden.

La familia de Jokin sigue rota por algo que nunca debió pasar. Sus padres, José Ignacio y Mila. Su hermano, Xabier. Exactamente igual que otras familias con tragedias similares. Cuando hablas con adultos que sufrieron bullying de niños o adolescentes, suelen desgranar relatos atroces de cómo ese dolor inmenso e insoportable ha condicionado su personalidad; de cómo a veces aún sienten inseguridad y miedo. Pero la sociedad, y sobre todo los centros educativos, siguen sin darle a este problema social la importancia que tiene. Mi compañera Sonia Vizoso contaba este verano el caso de X., con ataques de ansiedad e ideas suicidas por cómo le tratan sus compañeros. A sus 15 años lleva meses denunciando ser víctima de acoso escolar sin que la escuela tome medida alguna. Su madre aún ha tenido que escuchar, en 2024, aquello de que “son cosas de niños”.

El acoso escolar existe aunque no queramos mirarlo de frente, y erradicarlo sigue siendo una gran asignatura pendiente. Ese era precisamente el título de una carta a la directora de este periódico publicada hace unos días, que comenzaba así: “Nunca entendí el motivo por el que sufrí bullying”.

Los niños no pueden defenderse solos. No podemos dejarlos solos. Quizá, 20 años después de que Jokin cogiera su bici para tirarse desde lo alto de una muralla, ha llegado el momento de que los políticos, las escuelas y la sociedad en su conjunto nos lo tomemos en serio de una vez.

domingo, 23 de enero de 2022

DE LO QUE NO SE HABLA NO EXISTE


Nuestro personaje sufrió bullying (en aquellos años ni siquiera existía un término para ello) constante durante su adolescencia -dejar el colegio por el instituto fue la mejor decisión de su vida-, tartamudez muchos años, timidez patológica y ayuda psicológica en sus años universitarios; pero lo superó. Aquellos años, ya nublados por el tiempo pasado, forjaron y moldearon lo que es. Ver que ahora la sociedad parece preocupada por este problema lo hace feliz. Se han visibilizado los suicidios de jóvenes, antes tema tabú para cumplir con la máxima "de lo que no se habla no existe"; el ciberacoso, regalo envenenado de las nuevas tecnologías; anorexias, bulimias y cultos varios al cuerpo y a la mente...
Noticias como ésta reconfortan.


En la mayoría de los casos, el acoso escolar se produce a través de amenazas, intimidaciones, exclusión social, estigmatización… que pueden derivar en problemas mentales para los menores como depresión, ansiedad, cambios de personalidad, disminución de la autoestima o estrés postraumático. La falta de madurez de niños y adolescentes les impide empatizar con la víctima y el daño puede alcanzar grandes dimensiones afectando a la vida normal de la víctima.

Cada niño es único y tiene algo que lo hace especial. Todos deberían ser conscientes de ello, porque las singularidades de cada uno es lo que nos ayudan a construir una sociedad más plural y a luchar contra el mayor enemigo de la diversidad infantil: el acoso escolar. Teniendo esto en cuenta, ColaCao, una marca muy ligada a los niños desde su nacimiento hace más de 75 años, quiere ayudar a luchar con esta lacra social a través de la creación de su fundación. Esta nueva entidad nace con el propósito de sensibilizar contra el acoso escolar, una de las preocupaciones más relevantes de las familias, que se calcula que afecta a unos dos millones de menores en nuestro país.

Para ello, la Fundación ColaCao llevará a cabo diferentes iniciativas en el ámbito de la educación, la investigación y la divulgación, creando e implementando proyectos sociales y solidarios. En este sentido, Carmen Cabestany, presidenta de NACE, entidad que colabora con la Fundación, señala que “uno de los grandes problemas del acoso escolar en España es el silencio social que lo envuelve. ColaCao es una marca que siempre ha estado al lado de los niños, por lo que su fuerza como altavoz para concienciar sobre los problemas que les afectan, como puede ser el acoso escolar, es muy importante y supondrá un gran avance a la hora de fomentar el debate social al respecto”.

Líneas de actuación
El 60% de las víctimas, ante un caso de acoso escolar, recurren a sus amigos, mientras que un 16% no lo dice, un 14% a su familia y un 10% al profesorado, según datos recogidos en un Informe del Defensor del Pueblo. Existe todavía un gran desconocimiento entre padres, profesores y administración sobre el acoso y sobre cómo detectarlo. Algunas pistas que nos pueden ayudar a identificar que un menor puede estar siendo víctima de acoso escolar son cambios en su comportamiento o en las notas, absentismo escolar o el lenguaje corporal, entre otros. Es por ello, que una vez identificado el problema también hay que saber cómo proceder.

Para seguir luchando con esta problemática, las líneas de actuación de Fundación ColaCao abarcarán desde programas escolares de alcance estatal que ayuden a sensibilizar al alumnado en el respeto al prójimo y en el rechazo al bullying, a estudios sociológicos que aporten datos de calidad sobre la incidencia del acoso escolar en España, pasando por el desarrollo de campañas solidarias o la producción y difusión de materiales de divulgación y sensibilización. De esta manera, la Fundación ColaCao quiere convertirse en un gran altavoz de reivindicación y concienciación social, intentando romper el silencio que rodea el problema y fomentando que los casos se denuncien a tiempo, una de las grandes barreras a la hora de afrontar y tratar el bullying, según los expertos.

Alianza con NACE
La Fundación ColaCao ha establecido una alianza con NACE (Asociación No al Acoso Escolar), una de las instituciones más relevantes en España en la lucha contra el bullying. Esta asociación, compuesta por psicólogos, abogados, profesores y otros perfiles especializados, lleva más de 10 años centrada en la prevención e intervención en procesos de acoso escolar, en cualquiera de las formas que se manifiesta, así como en el apoyo y atención a las víctimas y a sus familias de forma gratuita y desinteresada. Fundación Colacao y Nace han creado un documento de consejos para prevenir el acoso.
Carmen Cabestany, presidenta de NACE relata que “la colaboración con la Fundación ColaCao supone un honor y un privilegio. Es un paso adelante muy importante para nosotros ya que va a servir para poder amplificar nuestros proyectos y ayudar a más personas afectadas por el acoso escolar. Estamos convencidos de que el acuerdo entre Fundación ColaCao y NACE servirá para evitar el sufrimiento de muchos menores y para salvar vidas”.

El deporte como herramienta para combatirlo
El primer gran proyecto de Fundación ColaCao será el impulso de un documental sobre acoso escolar y el papel que desempeña el deporte como herramienta para combatirlo. Esta iniciativa se ha promovido junto al Consejo Superior de Deportes y tiene el objetivo de fomentar el debate social y dar información de calidad a los padres y madres alrededor del bullying. El documental “Somos Unicxs”, cuenta con la participación de personalidades del mundo del deporte como Carolina Marín, Ray Zapata o Susana Rodríguez, que relatarán en primera persona su experiencia en torno al bullying durante su infancia. Además, incluye consejos y recomendaciones para que las familias puedan detectar si su hijo está sufriendo acoso escolar.

Por su parte, Marta Vernet, miembro del Patronato de la Fundación ColaCao, recuerda que “La lucha contra el acoso escolar es una evolución natural en este rol social de la marca, ya que el bullying atenta contra este empoderamiento que ColaCao lleva fomentando desde sus orígenes, hace más de 75 años. La creación de la Fundación ColaCao representa un hito en la responsabilidad social de la marca, tanto por la envergadura de la iniciativa como por el impacto social que esperamos tener”.

martes, 6 de octubre de 2020

¡SUBNORMAL!

  

Me llega ayer esta nueva joya para mi bilioteca, jota en forma de novela gráfica: ¡SUBNORMAL!, de los autores Iñaki Zubizarreta (autor), Fernando Fernández Llor (guión), Miguel Porto Hermida (dibujos). El tema es actual y eterno, en palabras del autor El bullying como expresión de lo peor del ser humano, la crueldad en la escuela, la insensatez y la cobardía del grupo...

Música de Purcell para ponerle un fondo sonoro a estas reflexiones mañaneras este martes frío con alerta por lluvia sobre las islas. Acoso escolar, se decía antes, cuando nadie le hacía el menor caso a este problema. En mi caso, un niño pelirrojo y pecoso, buenazo -bobón, dirían algunos-, al que no le gustaba el deporte, tímido. Un cóctel, vamos. no hace falta sumar 2+2 para saber cómo fue mi infancia y adolescencia en el colegio, un suplicio. Luego, con los años, los amigos (los cuales conservo), los libros, la música, los animales, los viajes y la familia, miro aquella vida pasada, que diría mi amiga G, como algo borroso y extraigo de ella la fuerza que me dio para poder ser independiente y no deber nada a nadie, ya me entienden la expresión, es solo una forma de hablar; a mis padres se lo debo todo, claro está. Así, educado y con mi profesión ganada a base de estudio y noches sin dormir, he olvidado prácticamente aquellosaños escolares que no recuerdo con romanticismo alguno. Mis antiguos compañeros, algunos acosadores, otros no, no se han vuelto a cruzar en mi vida. No siento por ellos desprecio ni rencor, sí absoluta indiferencia. Rememoro alguna vez aquellos momentos más duros y me pregunto qué habrá sido de ellos, cómo habrán educado a sus hijos y si estos estarán pasando por lo mismo. El gordo de la clase, el cuatro ojos, el tartamudo, etc.; hay tantos roles que vivir si eres diferente. Si me pregunto, muchas veces, cómo sería yo hoy si hubiera tenido una infancia más eliz, aunque luego acabo concluyendo ¡y qué mas da! Que me quiten lo bailado, o lo viajado, que tanto monta.

¡No al acoso escolar!

Henry Purcell, *Abdelazer, Z. 570: Rondeau.