Mostrando entradas con la etiqueta NO AL ACOSO ESCOLAR. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta NO AL ACOSO ESCOLAR. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de abril de 2026

SOBRE EL ACOSO ESCOLAR


El acoso escolar no empieza en la escuela
La sociedad debería preguntarse no solo qué pasa en los colegios, sino qué formas de relación se están normalizando fuera de ellos.
Kike Esnaola, 02.04.2026

Llevamos varias décadas nombrando, señalando y tratando de abordar el complejo fenómeno del acoso escolar. Campañas de sensibilización, charlas, protocolos de actuación. Sin embargo, cada curso volvemos a ser testigos de historias que muestran que la problemática sigue produciéndose con una intensidad preocupantemente similar. Quizá esto pueda tener que ver con que seguimos abordando el fenómeno desde algunas premisas que generan tranquilidad social, pero que resultan profundamente engañosas.

El acoso escolar no es tan diferente de muchas situaciones de hostigamiento que las personas adultas experimentamos en distintos ámbitos de la vida: la familia, el trabajo, los grupos de amistad o las relaciones de pareja. La mirada social hacia el acoso escolar sigue estando impregnada de cierto adultocentrismo: tendemos a pensar que “eso del acoso escolar” es algo que ocurre exclusivamente entre niños y adolescentes, sin vincularlo con dinámicas cercanas, familiares e incluso con comportamientos en los que, en determinados momentos, también podemos participar.

Aceptar esta idea resulta incómodo, pero es necesario: las conductas de acoso no pertenecen exclusivamente a una minoría de menores especialmente problemáticos. En determinadas circunstancias, cuando el contexto lo permite o incluso lo premia, las personas podemos participar —de forma activa o pasiva— en dinámicas de exclusión, ridiculización o humillación. A veces ocurre a través de burlas aparentemente inofensivas; otras, mediante silencios que legitiman lo que está sucediendo; y, en ocasiones, mediante la difusión de comentarios o contenidos que refuerzan la estigmatización de alguien en situación de vulnerabilidad.

Sin embargo, nos resulta complicado mirar hacia estos hechos, probablemente porque nos cuesta diferenciar conductas de identidades. Hablamos de “los acosadores” y “las víctimas” como si se tratara de categorías fijas que pertenecen solo a un tipo de personas, cuando en realidad muchas de estas dinámicas son situacionales y relacionales. Esta simplificación nos tranquiliza: si quienes acosan son “otros” —personas claramente diferentes a nosotros o a nuestros hijos—, no necesitamos revisar nuestras propias prácticas ni preguntarnos en qué contextos pueden aparecer determinadas conductas. Sin embargo, reducir el problema a identidades rígidas invisibiliza algo fundamental: una misma persona puede ocupar posiciones distintas en diferentes momentos y grupos, y muchas situaciones de acoso se sostienen precisamente porque quienes participan no se perciben a sí mismos como agresores, sino como parte de una dinámica grupal que consideran normalizada.

No podemos olvidar la dimensión contextual en la que crecen los niños y adolescentes de hoy. En los últimos años estamos asistiendo a la consolidación de estilos de liderazgo político y mediático en los que la humillación pública, la ridiculización o la violencia hacia el adversario se presentan como formas legítimas de relación —un estilo visible, por ejemplo, en figuras como Donald Trump—. Cuando estas formas de interacción se televisan, se viralizan y circulan con escasas consecuencias visibles, el mensaje implícito que reciben quienes están aprendiendo a relacionarse resulta difícil de ignorar. En ese contexto, el acoso escolar deja de ser únicamente un fenómeno que ocurre dentro de la escuela para convertirse también en el reflejo de una cultura relacional más amplia que legitima la dominación simbólica de unas personas sobre otras.

No podemos abordar el acoso en los centros educativos disociando el fenómeno del tejido cultural en el que sucede, olvidando que todas las personas podemos participar en dinámicas abusivas o tratando las conductas como si fueran identidades absolutas. Tampoco deberíamos caer en la trampa de esperar que unas medidas correctivas —sanciones disciplinarias, cambios de grupo, protocolos activados tras el daño— puedan revertir el problema si no se produce un cambio en la forma en que las diferentes partes involucradas nos posicionamos frente a la problemática. Las medidas disciplinarias pueden detener un episodio concreto, pero difícilmente transforman los climas relacionales que lo hacen posible. Reducir el acoso exige algo más incómodo y menos inmediato: revisar los modelos de relación que transmitimos, los mensajes que reforzamos en la vida cotidiana y los espacios en los que, de manera explícita o silenciosa, seguimos enseñando que pertenecer puede depender de señalar a alguien como el que sobra.

Quizá una de las preguntas más necesarias hoy no sea únicamente qué ocurre en los patios escolares, sino qué formas de relación estamos normalizando fuera de ellos. El acoso no empieza el día en que un menor insulta a otro en el aula; empieza mucho antes, en los lugares donde aprendemos quién merece respeto, qué conductas generan reconocimiento y qué silencios permiten que el daño se produzca sin consecuencias.

viernes, 7 de noviembre de 2025

TRES AÑOS DE ABANDONO

Familiares de víctimas del acoso escolar, frente al Congreso de los Diputados, este jueves. FERNANDO VILLAR (EFE)

Familiares de víctimas del acoso escolar exigen ante el Congreso una ley contra el ‘bullying’: “¿Cuántos niños tienen que morir?”
Madres y padres de estudiantes víctimas de esta violencia, entre ellos varios que se suicidaron, se concentran para reclamar medidas urgentes tras “tres años de abandono administrativo”.
Marta Sánchez Gento, 06.11.2025

La pequeña Sandra luce feliz una camiseta de su equipo favorito. Dani mira al infinito, como persiguiendo un sueño. Laura sonríe desde unos ojos azules radiantes que quieren comerse el mundo. Y Claudia deja su melena rubia al viento, adivinando a alguien querido detrás de la cámara. Todos ellos están y no están: sus vidas se han quedado congeladas para siempre en las fotografías que este jueves han levantado sus familiares frente al Congreso para reivindicar una ley integral contra el acoso escolar, la “lacra” que sufrieron esta veintena de niños, niñas y adolescentes antes de suicidarse.

Coincidiendo con el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar, asociaciones de familiares, como la entidad barcelonesa Trencats, que preside el padre de la niña Kira López, se han concentrado ante la Cámara Baja para criticar el “trato de abandono” que han recibido por parte de la Administración y visibilizar el sufrimiento de miles de víctimas de esta violencia en los centros educativos. “¿Cuántos niños tienen que morir? Hay que legislar ya”, han reclamado.

Alrededor de 200.000 jóvenes de entre 14 y 28 años se suicida al año en el mundo tras sufrir, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), si bien los expertos señalan que debe evitarse atribuir el suicidio a una sola causa, porque es casi siempre multifactorial. En España, uno de cada 10 menores sufre bullying, indica un estudio del Ministerio de Educación publicado en 2023. Los impulsores de la protesta denuncian que, tres años después de entregar más de 230.000 firmas a favor de una iniciativa legislativa que ponga freno a este problema —ya suman 260.000—, el Gobierno sigue sin adoptar medidas concretas para proteger a los menores y evitar nuevos casos de suicidio.

“Tres años de silencio gubernamental son tres años de complicidad con el acoso”, ha afirmado José Manuel López, que perdió a su hija Kira en 2021, cuando esta apenas tenía 15 años. “Mi niña no se suicidó, la suicidaron”, ha asegurado, al tiempo que ha insistido en que cada menor que se quita la vida tras sufrir bullying —cinco contabilizados en los tres últimos años— es una víctima más de la “inacción” de las instituciones, de los legisladores y de las entidades educativas.

A la movilización convocada por Trencats se han sumado familiares de víctimas de bullying llegados de toda España. Sandra Miranda, madre de la joven Daniela, que se suicidó en Oviedo con tan solo 16 años, ha explicado en declaraciones a los medios que “el acoso mata o deja secuelas de por vida”, por lo que “no se trata de una cosa de niños”, sino de un problema que hay que atajar “con leyes y protocolos efectivos”, sobre todo, tras los más de 1.196 casos que ha identificado la Fiscalía en su última memoria anual. “Yo ya no puedo hacer nada por mi hija —ha señalado muy afectada—, pero vengo para intentar hacer algo por los demás, para que nadie más tenga que pasar por esta tragedia tan injusta que es culpa de quienes miran para otro lado”.
Más prevención y más sanciones

Lourdes Verdeja, presidenta de la asociación Tolerancia Cero de Cantabria y madre de una joven que sufrió hace varios años acoso escolar y que aún hoy padece las secuelas, ha remarcado que “no es cuestión de siglas”, sino de “salvar vidas”. Por eso, ante “la soledad y el desamparo” que sintió en su caso, reclama una ley que contemple sanciones claras para los centros por omisión de responsabilidades.

En la misma línea, María Ángeles, cuya sobrina está pasando por esta situación en la actualidad, ha viajado desde Murcia para “apoyar” esta llamada a la acción. “El caso de Sandra Peña —la adolescente de 14 años que se suicidó en Sevilla el mes pasado y cuyos familiares también han estado presentes en esta concentración— ha servido, lamentablemente, para que muchos niños se atrevan a denunciar y algunos centros comiencen a aplicar protocolos. “No podemos seguir mirando para otro lado: esta muerte tiene que ser la última“, ha manifestado.

Las familias de víctimas de acoso escolar han solicitado formalmente una reunión con la ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes, Pilar Alegría, aunque denuncian su falta de respuesta. Con quien sí se reunirán este jueves durante una hora será con la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, a quien trasladarán todas sus peticiones.

“No podemos seguir esperando, sin hacer nada, mientras nuestros niños se mueren. Cada nuevo suicidio es un grito de auxilio que el Gobierno y la sociedad ignoramos”, ha declarado José Manuel López. Desde la asociación Trencats subrayan que la futura ley debe incluir protocolos antiacoso con supervisión independiente, programas de prevención obligatorios y canales de denuncia anónimos y seguros para los menores.

domingo, 26 de octubre de 2025

UNA BROMA


“Fuimos unos bestias, ahora lo veo”: acosadores escolares que dejaron de serlo
Cambiar a un ‘bully’ no es fácil, porque la mayoría niega o minimiza la gravedad de los hechos. Parte de sus familias también. Los expertos recomiendan respuestas contundentes y actuar sobre las causas.
Ignacio Zafra, 26.10.2025

La cosa duró dos o tres meses en un instituto valenciano. Durante ese tiempo, Rober y tres amigos se dedicaron a insultar en un chat a una compañera de tercero de la ESO. La llamaban “puta, zorra, cosas así” debido, afirma, a su supuesta promiscuidad. Rober, que no se llama así, estudia FP y aún es menor de edad. Siempre consideró todo “una broma”. Ella, en cambio, no. Denunció los hechos al centro, mostrando capturas de pantalla de WhatsApp, la dirección activó el protocolo de acoso y expulsó a los tres. Rober cree que aprendió la lección. “Es verdad que fuimos unos bestias, ahora lo veo, y ya no haría algo así. De hecho, si estamos en un chat de un grupo de amigos y empiezan a insultar a uno todos a la vez, les digo: ‘Eh, chavales, relajarse”.

A la mayoría de los acosadores les cuesta dar siquiera ese mínimo primer paso de reconocer que actuaron mal, coinciden los expertos. “Observamos que tienden a negar lo sucedido, a quitarle importancia o incluso a justificar su comportamiento, sobre todo en las primeras fases de la intervención. A menudo escuchamos cosas como: ‘Era en plan de broma’; ‘él también se metía conmigo”, afirma Jose Pedro Espada, director del Centro de Investigación de la Infancia y la Adolescencia de la Universidad Miguel Hernández de Elche. “Normalmente, encontramos con una alta resistencia inicial”, prosigue Isabel Diego, psicóloga en Cantabria y profesora en la Universidad Europea del Atlántico.

¿Por qué? “Primero, porque en la sociedad estamos rodeados constantemente de la justificación de todo tipo de conductas. Los menores lo ven y aprenden a hacerlo”. Después, porque los acosadores escolares pocas veces llegan a terapia por iniciativa propia o de sus padres, sino por indicación de otros, como los orientadores de los centros educativos, los servicios sociales o, en los casos más graves, la Fiscalía. “Trabajar con ellos es mucho más difícil que con las víctimas: mientras ellas vienen pidiendo ayuda, el acosador no reconoce que ha hecho algo malo”, añade Diego.

Además, buena parte de los casos de acoso, indica la criminóloga Itziar Calva, se concentran entre los 10 y los 14 años. Y los expertos señalan que la niñez y la adolescencia se caracterizan, sobre todo en algunas personas, por una menor capacidad de calcular las consecuencias profundas de los actos, lo que hace que uno de los elementos que facilitan una revisión crítica del comportamiento sea el paso del tiempo.
Las familias

Las familias de los acosados sufren mucho; hasta puntos indescriptibles en los casos más duros en los que las víctimas se suicidan, como hizo Sandra el 14 de octubre en Sevilla. Lourdes Verdeja, presidenta de la asociación Tolerancia 0 al bullying de Cantabria, ha comprobado que los progenitores de algunos acosadores también lo pasan muy mal. Varias han llamado a las puertas de su asociación en los últimos años después de ir dando tumbos en busca de ayuda para cambiar el comportamiento de sus hijos.

Una de ellas fue Andrea, nombre también ficticio de la madre de un niño al que el año pasado, con ocho años, el colegio al que iba le abrió un protocolo por acoso escolar. “Mi hijo había tenido conductas disruptivas desde pequeñín, pero del tipo de empujar a un compañero o quitarle el sacapuntas. Yo llevaba años diciendo: a mi hijo le pasa algo, porque le notaba nervioso, con ansiedad”. A mediados de primaria, la situación se agravó. El comportamiento del chaval fue a peor, y las conductas por las que el centro le sancionaba más peligrosas. “Se pasaba el tiempo castigado. Yo iba al colegio y decía: dadme pautas, porque era un niño que no podía controlar sus impulsos”, cuenta Andrea, que tiene 35 años y ha criado a su hijo prácticamente sola. “El curso pasado, no hubo un día en que no llorase, porque no sabía a quién acudir”.

Finalmente, una orientadora escolar diagnosticó al niño trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) combinado (un subtipo generalmente más grave en el que están presentes tanto la inatención como la impulsividad). “Ahora va al psiquiatra, toma su medicación, y es un chico nuevo. Está en otro colegio y no ha tenido ningún problema, aunque siempre te queda un poco de nerviosismo”, dice Andrea.

El acoso escolar no se explica, en general, por un solo factor, como un trastorno no diagnosticado. Los expertos señalan que tiende a ser multicausal, y en él pueden intervenir desde la voluntad de dominio, hasta las consecuencias de la violencia vivida en el hogar, pasando por dinámicas tóxicas dentro del grupo de iguales (como pandillas de adolescentes que desarrollan tolerancia a la agresión, la humillación o el aislamiento de compañeros).

No es raro que los padres busquen explicaciones hasta cierto punto exculpatorias de sus hijos, aunque las familias, señala Nuria Manzano, catedrática de la UNED, son muy diversas. “Unas niegan los comportamientos o minimizan su importancia. Pero también hay otras que sienten decepción, ira, vergüenza e incluso culpa por no haber identificado señales que los alertaran. En cualquier caso, muchas sienten el dilema moral interno de tener que afrontar la evidencia del acoso de su hijo o hija, el temor por las consecuencias que se deriven de ello, y el dolor por la víctima”.

Un estudio publicado el año pasado por la Unidad de Psicología Preventiva de la Universidad Complutense, en colaboración con la Fundación ColaCao, mostró que sufrir acoso escolar incrementa de forma significativa los intentos de suicidio: entre los que lo han padecido de forma presencial, el porcentaje alcanza el 20,5% (frente al 5,5% de la población escolar general de 10 a 16 años), y entre las víctimas de ciberacoso, el 21,1%. La investigación, dirigida por la catedrática María José Díaz-Aguado, halló otro dato menos intuitivo: el porcentaje de acosadores que han intentado quitarse la vida también es mucho más alto que el promedio, pues alcanza el 16,8% entre quienes lo cometen en persona y sube al 24,9% entre los ciberacosadores.
Respuestas firmes

La evidencia también refleja que la impunidad incrementa el riesgo de que los acosadores reincidan. Y también hace, afirma Ana Padres, orientadora en el instituto público Bovalar de Castellón, que la gravedad de sus acciones aumente. “La rapidez es esencial cuando detectamos un caso de acoso. Hay que abrir el protocolo, constituir el equipo que intervendrá, y tomar decisiones respecto a la víctima, el acosador y sus familias”.

La respuesta escolar debe ser además contundente, afirma Javier Cortes, orientador en el instituto Berenguer Dalmau de Catarroja (Valencia), en la medida en que los hechos lo exijan. “Creo que las medidas sancionadoras son efectivas, y que, como personas que se están formando, es importante que entiendan las consecuencias que implican esas agresiones. Uno no puede cometer acoso y recibir solo una intervención educativa, palmaditas en la espalda y una invitación a reflexionar. La sanción también es útil de cara a que el agresor sepa que la víctima está protegida, y que si pasa cualquier cosa a partir de ese momento vamos a estar encima de él. Y los casos especialmente graves animamos a denunciarlos a la policía”.

Actuar con firmeza no quita que limitarse a castigar a los responsables sea una respuesta parcial, cuyo efecto puede ser pasajero o tener como consecuencia, en caso de expulsión definitiva del centro, que el problema se traslade a otro lugar, apunta David de Rosa, orientador en el instituto público de Almodóvar del Río, Córdoba. De Rosa afirma que, además de actuar respecto a las víctimas, los agresores y los observadores, también hay que revisar el contexto: “¿Tiene el centro un protocolo adecuado, existen medidas preventivas suficientes, cuáles son sus valores, está enseñando democracia…?”. Las respuestas a esas preguntas contribuyen a explicar, opina, por qué el acoso escolar se produce con más frecuencia en unos lugares que en otros.

El objetivo último y difícil de alcanzar no es solo que el acosador deje de atormentar a la víctima, sino que sea consciente del dolor que ha causado y trate en la medida de lo posible de repararlo. Es lo que se conoce como prácticas restaurativas, de las que Andrés Cabana, profesor en el instituto público de Salvaterra de Miño (Pontevedra), da formaciones en centros educativos. Nacido en el ámbito penitenciario anglosajón, el escalón final de esta práctica es un encuentro como el que muestra la película Maixabel entre un exetarra, que participó en el asesinato del político socialista Juan María Jáuregui, y su viuda, Maixabel Lasa, para pedirle perdón. Cabana cree que, como culminación a ese proceso de reeducación y reconocimiento de haber hecho daño a un compañero, lo ideal es que los acosadores “tengan la posibilidad de asumir su responsabilidad, mostrar arrepentimiento, y dar explicaciones a las personas a las que han acosado”. “Siempre y cuando”, añade el profesor, “la víctima esté de acuerdo”.

sábado, 21 de septiembre de 2024

JOKIN

Quienes hemos sufrido bullying, antes llamado simplemente acoso (mejor, antes no llamado de ninguna manera), sabemos de lo que se trata. No puede entenderse desde fuera porque no se conoce, como el mobbing, o acoso laboral, tampoco; no vale saber inglés únicamente. Todos los acosos, empezando por el del compañero de colegio, el proverbial "abusón", a los gordos, cuatro-ojos, mariquitas, patosos, huevones, cojos, petudos, flojos, blancos, negros, verdes, amarillos, gitanos, moros o llámalos X, deben perseguirse sin tregua desde el primer síntoma. Los niños tienen que crecer sintiéndose seguros y felices, no olvidemos que pasan en el colegio muchas horas durante su edad de desarrollo y aprendizaje.
Recuerdo un poster de esos de "autoayuda", que se diría hoy, que decía frases del tipo: "si un niño aprende a sufrir mañana será mejor persona", una revisión laica de las bienaventuranzas, sin duda. Lo malo es que todos los niños no son lo suficientemente fuertes para superarlo.
▬

20 años de un suicidio por acoso escolar: el dolor y la angustia de Jokin no eran cosas de niños
El ‘bullying’ en las escuelas sigue sin recibir una atención prioritaria en España dos décadas después de la muerte del joven de 14 años en Hondarribia.
Mónica Ceberio Belaza, 21.09.2024

Al principio, nadie sabía lo que había pasado. Solo que el niño había desaparecido. Se había esfumado. Recuerdo perfectamente las primeras llamadas, mi madre al teléfono: “Jokin no ha ido al colegio, no aparece, llevan tiempo buscándole, no está en ninguna parte, es todo muy raro”. Pasaban las horas. En cada llamada sin noticias aumentaba la preocupación. Hasta que, por la tarde, llegó la peor de todas. Debajo de la muralla de Hondarribia, oculto entre el césped, había aparecido su pequeño cuerpo de 14 años sin vida. No había sido un accidente. Jokin había salido a escondidas de su casa cuando todos dormían, había cogido su bici y conducido a un lugar muy alto para lanzarse al vacío sabiendo que no sobreviviría. ¿Por qué? Porque no quería ir al instituto. Porque no pudo soportar el inmenso dolor que le producía imaginarse allí.

Jokin Ceberio Laboa, mi primo, se suicidó el 21 de septiembre de 2004, hace hoy 20 años. Fue uno de los primeros casos de acoso escolar que llegó a los medios de comunicación y a los tribunales de justicia. Una de las primeras veces en las que se cuestionó el “eso son cosas de niños” que siempre había amparado a matones y maltratadores si no habían cumplido los 18 años. Como si los chavales, mucho más frágiles y vulnerables que los adultos, tuvieran que aguantar la crueldad ajena. Como si su dolor fuera un juego. Como si no fuera la primera obligación de cualquier centro educativo detectar y erradicar el sufrimiento extremo de un niño a manos de otro.

La investigación en torno a la muerte de Jokin fue espeluznante. La autopsia reveló numerosos golpes en el cuerpo del chico de una paliza que le habían dado días antes del suicidio. Una paliza de tantas. Él había contado que estaba mal en el colegio, que le estaban pegando cada día, pero se negó a dar los nombres de los agresores: “¿Qué quieres, que me maten a hostias si te digo quiénes son?”, le dijo a su madre.

Los padres hablaron con la escuela, que aseguró que garantizaría la seguridad de Jokin, que podía volver tranquilo a clase. Pero ya era tarde. El terror se había apoderado de él. Llevaba meses sufriendo golpes, insultos, vejaciones. En la mente de un adolescente el futuro a menudo no existe, solo se vive en presente. Y su presente era tan atroz que probablemente no alcanzaba a imaginar que ese calvario pudiera acabar. No veía salida a su sufrimiento. Ni siquiera se permitió pedir ayuda, por si le mataban “a hostias”. Unas horas antes de morir, cuatro días antes de cumplir 15 años, escribió en su chat de internet: “Libre, oh, libre. Mis ojos seguirán aunque paren mis pies”.

La justicia condenó a siete alumnos del instituto de Jokin por un delito contra la integridad moral y contra la salud psíquica. En primera instancia el juzgado de menores les impuso una pena de libertad vigilada porque los chavales pertenecían a “familias estructuradas”. Eran chicos de clase media acomodada, tres de ellos, hijos de profesores del centro. En el juicio, alegaron en su defensa que todo el instituto se metía con Jokin, que no tenía “mayor importancia”. Como si eso les eximiera, como si fuera perfectamente normal y razonable hacer que la vida de un compañero se convierta en un infierno diario. Finalmente, la Audiencia de Gipuzkoa elevó el castigo y les impuso una pena de dos años de internamiento en régimen abierto.

El centro educativo no fue declarado responsable de nada a pesar de que sabían lo que pasaba. Al principio, el director, consternado, les dijo a los padres: “Estos chicos han estado comportándose como una banda de mafiosos. Quizás hemos actuado con demasiada lentitud”. Pero enseguida todo el mundo calló, conscientes de que los indicios apuntaban a que el colegio había hecho caso omiso a algo que sabían que estaba pasando.

A partir del suicidio de Jokin se habló mucho de acoso escolar. De cómo remediarlo, de protocolos, de ayudas... Pero pronto pasó, y se olvidó. Ha habido otros casos después, igual de graves. Más suicidios consumados o intentados, más dolor, más frases de críos de esas que parten el corazón en dos. Muchas escuelas e institutos han seguido mirando hacia otro lado. Muchos padres y madres siguen prefiriendo ignorar o minimizar el maltrato que sus hijos ejercen sobre los hijos de otros. Muchos chavales se siguen callando sin amparar al que sufre, a veces culpándolo por ser débil frente a los que agreden.

La familia de Jokin sigue rota por algo que nunca debió pasar. Sus padres, José Ignacio y Mila. Su hermano, Xabier. Exactamente igual que otras familias con tragedias similares. Cuando hablas con adultos que sufrieron bullying de niños o adolescentes, suelen desgranar relatos atroces de cómo ese dolor inmenso e insoportable ha condicionado su personalidad; de cómo a veces aún sienten inseguridad y miedo. Pero la sociedad, y sobre todo los centros educativos, siguen sin darle a este problema social la importancia que tiene. Mi compañera Sonia Vizoso contaba este verano el caso de X., con ataques de ansiedad e ideas suicidas por cómo le tratan sus compañeros. A sus 15 años lleva meses denunciando ser víctima de acoso escolar sin que la escuela tome medida alguna. Su madre aún ha tenido que escuchar, en 2024, aquello de que “son cosas de niños”.

El acoso escolar existe aunque no queramos mirarlo de frente, y erradicarlo sigue siendo una gran asignatura pendiente. Ese era precisamente el título de una carta a la directora de este periódico publicada hace unos días, que comenzaba así: “Nunca entendí el motivo por el que sufrí bullying”.

Los niños no pueden defenderse solos. No podemos dejarlos solos. Quizá, 20 años después de que Jokin cogiera su bici para tirarse desde lo alto de una muralla, ha llegado el momento de que los políticos, las escuelas y la sociedad en su conjunto nos lo tomemos en serio de una vez.

martes, 2 de mayo de 2023

BULLYING


Acoso escolar, un problema social en el que todos somos, o deberíamos ser, parte activa
Dado el sufrimiento de los niños y adolescentes que padecen ‘bullying’ en España es necesario poner esta lacra en datos: uno de cada cinco niños afirma haber sido víctima y un 70% de ellos piensa que no se aborda de manera adecuada desde los centros educativos.
https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2023-05-02/acoso-escolar-un-problema-social-en-el-que-todos-somos-o-deberiamos-ser-parte-activa.html

El acoso escolar es una de las situaciones que más preocupan, no solo en el ámbito educativo, sino también en los ámbitos familiar y social. No cabe la menor duda de que el también conocido con su término en inglés, bullying, es una problemática social, a la que todos aportamos de alguna manera y de la que todos somos parte de la solución. Este martes 2 de mayo es el Día Internacional contra esta lacra que afecta a muchos niños y adolescentes en España y cuyos casos va aumento en los últimos años.

Dado el gran sufrimiento que viven las personas que están involucradas en las situaciones de acoso escolar (víctimas, acosadores, familiares, maestros, profesionales de la salud…) creo conveniente dedicar un artículo a mostrar algunos datos que nos aportan las investigaciones, así como a compartir algunas reflexiones para tratar de prevenirlo. Para ello, me serviré de la investigación titulada Dilo todo contra el bullying, que elaboraron desde Educar es Todo, comunidad educativa de padres, madres y docentes, con Leo Farache a la cabeza. ¿A qué conclusiones llegaron en este estudio realizado en España?

Si nos centramos en el punto de vista de las familias, uno de cada cuatro padres asegura que su hijo ha sufrido acoso escolar, y un 66% opina que ni los centros educativos ni los profesores están formados para intervenir en estos casos. De hecho, un 30% de los maestros se siente poco o nada preparado para resolver situaciones de acoso escolar. Es cierto que los casos de bullying se han multiplicado en los últimos años debido a varios factores, entre los cuales podemos señalar el mal uso de los dispositivos tecnológicos y las redes sociales. En torno al 80% de las familias cree que los contenidos violentos que visualizan nuestros jóvenes potencian los casos.

Somos conscientes de que vivimos en un mundo tecnológico y que muchas prácticas sociales de los adolescentes se vertebran a través de dispositivos tecnológicos como los móviles, ordenadores, tabletas, videojuegos, WhatsApp y otras redes sociales. Dada la gran capacidad de difusión que tienen todos estos dispositivos y plataformas, los padres, maestros y adultos en general debemos ser conscientes de dichas repercusiones sobre la autoestima y la personalidad de los menores, debiendo actuar de manera activa para garantizar el buen empleo de estos dispositivos.

De los casi 2.000 familiares que participaron en esta investigación, un 32,79% reconoció que sus hijos ya tenían móvil a los 5-6 años. A los 13-14 años, un 94,35% de los jóvenes ya dispone de uno en España. Estos datos demuestran lo normalizados que están los diferentes dispositivos tecnológicos desde que somos bien pequeños.

¿A qué conclusiones llega el estudio en torno al contenido que consumen nuestros hijos? Un 80% de los adultos cree que el móvil es un medio que potencia el acoso escolar, aunque, por el contrario, solo un 70% de los padres están al tanto de lo que hace su hijo desde dicho dispositivo tecnológico. La mitad de los progenitores no saben bien qué es el control parental que ofrecen la mayoría de los aparatos, incluso las televisiones, ni saben activarlo. Desde hace algunos años se puso en marcha un sistema para clasificar la edad a partir de la cual pueden jugar nuestros hijos a determinados videojuegos. Se le conoce con el nombre de sistema PEGI (Pan European Game Information). Pues bien, es curioso que cuatro de cada cinco familiares no saben qué es.

El papel de los maestros

Además, un poco más de la mitad de los padres y madres considera que los profesores no tienen la suficiente autoridad, pero lo cierto es que las familias no siempre les damos esa autoridad que merecen y acudimos al centro escolar para discutir las decisiones que toman respecto a nuestros hijos sobre resultados académicos o consecuencias de sus comportamientos. Nueve de cada diez profesores creen que los padres no contribuyen ni ayudan a que se les respete lo suficiente. Bajo mi punto de vista, no les falta razón. Como bien dice Francisco Mora, profesor de Fisiología Humana en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid: “El maestro debería ser la joya de la corona de nuestra sociedad”.

Si nos centramos ahora en los menores, el estudio indica que uno de cada cinco niños afirma haber sido víctima de acoso escolar y un 70% de ellos piensan que dicha problemática no se aborda de manera adecuada desde los centros educativos. En torno a un 10-15% de los niños y adolescentes encuestados afirma tanto haberse burlado de algún compañero a través de redes sociales o WhatsApp como haber sido víctima de estas burlas a través de algún dispositivo tecnológico.

En conclusión, el acoso escolar es un problema social en el que todos somos, o deberíamos ser, parte activa. Todos podemos aportar algo para evitar situaciones de burla, faltas de respeto o acoso y todos podemos hacer algo para aliviar, acompañar y comprender a las víctimas de bullying y sus familiares. No consiste en buscar culpables, porque no los hay; se trata de hacernos responsables de lo que está sucediendo y actuar de manera responsable, asertiva y respetuosa. Quiero agradecer a Educar es Todo por realizar este interesante estudio. Mi único objetivo con este artículo es concienciar y sensibilizar sobre una problemática que, desgraciadamente, va en aumento en los últimos años.

domingo, 23 de enero de 2022

DE LO QUE NO SE HABLA NO EXISTE


Nuestro personaje sufrió bullying (en aquellos años ni siquiera existía un término para ello) constante durante su adolescencia -dejar el colegio por el instituto fue la mejor decisión de su vida-, tartamudez muchos años, timidez patológica y ayuda psicológica en sus años universitarios; pero lo superó. Aquellos años, ya nublados por el tiempo pasado, forjaron y moldearon lo que es. Ver que ahora la sociedad parece preocupada por este problema lo hace feliz. Se han visibilizado los suicidios de jóvenes, antes tema tabú para cumplir con la máxima "de lo que no se habla no existe"; el ciberacoso, regalo envenenado de las nuevas tecnologías; anorexias, bulimias y cultos varios al cuerpo y a la mente...
Noticias como ésta reconfortan.


En la mayoría de los casos, el acoso escolar se produce a través de amenazas, intimidaciones, exclusión social, estigmatización… que pueden derivar en problemas mentales para los menores como depresión, ansiedad, cambios de personalidad, disminución de la autoestima o estrés postraumático. La falta de madurez de niños y adolescentes les impide empatizar con la víctima y el daño puede alcanzar grandes dimensiones afectando a la vida normal de la víctima.

Cada niño es único y tiene algo que lo hace especial. Todos deberían ser conscientes de ello, porque las singularidades de cada uno es lo que nos ayudan a construir una sociedad más plural y a luchar contra el mayor enemigo de la diversidad infantil: el acoso escolar. Teniendo esto en cuenta, ColaCao, una marca muy ligada a los niños desde su nacimiento hace más de 75 años, quiere ayudar a luchar con esta lacra social a través de la creación de su fundación. Esta nueva entidad nace con el propósito de sensibilizar contra el acoso escolar, una de las preocupaciones más relevantes de las familias, que se calcula que afecta a unos dos millones de menores en nuestro país.

Para ello, la Fundación ColaCao llevará a cabo diferentes iniciativas en el ámbito de la educación, la investigación y la divulgación, creando e implementando proyectos sociales y solidarios. En este sentido, Carmen Cabestany, presidenta de NACE, entidad que colabora con la Fundación, señala que “uno de los grandes problemas del acoso escolar en España es el silencio social que lo envuelve. ColaCao es una marca que siempre ha estado al lado de los niños, por lo que su fuerza como altavoz para concienciar sobre los problemas que les afectan, como puede ser el acoso escolar, es muy importante y supondrá un gran avance a la hora de fomentar el debate social al respecto”.

Líneas de actuación
El 60% de las víctimas, ante un caso de acoso escolar, recurren a sus amigos, mientras que un 16% no lo dice, un 14% a su familia y un 10% al profesorado, según datos recogidos en un Informe del Defensor del Pueblo. Existe todavía un gran desconocimiento entre padres, profesores y administración sobre el acoso y sobre cómo detectarlo. Algunas pistas que nos pueden ayudar a identificar que un menor puede estar siendo víctima de acoso escolar son cambios en su comportamiento o en las notas, absentismo escolar o el lenguaje corporal, entre otros. Es por ello, que una vez identificado el problema también hay que saber cómo proceder.

Para seguir luchando con esta problemática, las líneas de actuación de Fundación ColaCao abarcarán desde programas escolares de alcance estatal que ayuden a sensibilizar al alumnado en el respeto al prójimo y en el rechazo al bullying, a estudios sociológicos que aporten datos de calidad sobre la incidencia del acoso escolar en España, pasando por el desarrollo de campañas solidarias o la producción y difusión de materiales de divulgación y sensibilización. De esta manera, la Fundación ColaCao quiere convertirse en un gran altavoz de reivindicación y concienciación social, intentando romper el silencio que rodea el problema y fomentando que los casos se denuncien a tiempo, una de las grandes barreras a la hora de afrontar y tratar el bullying, según los expertos.

Alianza con NACE
La Fundación ColaCao ha establecido una alianza con NACE (Asociación No al Acoso Escolar), una de las instituciones más relevantes en España en la lucha contra el bullying. Esta asociación, compuesta por psicólogos, abogados, profesores y otros perfiles especializados, lleva más de 10 años centrada en la prevención e intervención en procesos de acoso escolar, en cualquiera de las formas que se manifiesta, así como en el apoyo y atención a las víctimas y a sus familias de forma gratuita y desinteresada. Fundación Colacao y Nace han creado un documento de consejos para prevenir el acoso.
Carmen Cabestany, presidenta de NACE relata que “la colaboración con la Fundación ColaCao supone un honor y un privilegio. Es un paso adelante muy importante para nosotros ya que va a servir para poder amplificar nuestros proyectos y ayudar a más personas afectadas por el acoso escolar. Estamos convencidos de que el acuerdo entre Fundación ColaCao y NACE servirá para evitar el sufrimiento de muchos menores y para salvar vidas”.

El deporte como herramienta para combatirlo
El primer gran proyecto de Fundación ColaCao será el impulso de un documental sobre acoso escolar y el papel que desempeña el deporte como herramienta para combatirlo. Esta iniciativa se ha promovido junto al Consejo Superior de Deportes y tiene el objetivo de fomentar el debate social y dar información de calidad a los padres y madres alrededor del bullying. El documental “Somos Unicxs”, cuenta con la participación de personalidades del mundo del deporte como Carolina Marín, Ray Zapata o Susana Rodríguez, que relatarán en primera persona su experiencia en torno al bullying durante su infancia. Además, incluye consejos y recomendaciones para que las familias puedan detectar si su hijo está sufriendo acoso escolar.

Por su parte, Marta Vernet, miembro del Patronato de la Fundación ColaCao, recuerda que “La lucha contra el acoso escolar es una evolución natural en este rol social de la marca, ya que el bullying atenta contra este empoderamiento que ColaCao lleva fomentando desde sus orígenes, hace más de 75 años. La creación de la Fundación ColaCao representa un hito en la responsabilidad social de la marca, tanto por la envergadura de la iniciativa como por el impacto social que esperamos tener”.

jueves, 10 de enero de 2019

TRISTE MARCA


Acoso escolar: 100 casos en Canarias en un año
El Archipiélago se sitúa entre las cuatro comunidades autónomas con más casos en un año -El tramo de edad más conflictivo es el de los 12 a los 14 años.
Europa Press 10.01.2019 | 15:16

La Policía Nacional, la Guardia Civil y diversos cuerpos de Policía Local registraron un total de 5.500 casos de acoso escolar entre 2012 y 2017 en España, siendo este último año, con 1.054, el que sumó una cifra más abultada de casos, mayor que los cinco años anteriores. En el caso de Canarias, en el 2017 se alcanzaron los 100 casos.
Los datos proceden de una respuesta escrita del Gobierno al diputado socialista Antonio Hurtado y fechada el 27 de septiembre de 2018, en la que se aportan las cifras recopiladas de todas las comunidades autónomas españolas, a excepción de Cataluña y País Vasco.
Por comunidades, en 2017 Andalucía fue la que registró más casos de acoso escolar, con 255, superando los 170 de la Comunidad de Madrid, los 129 de la Comunidad Valenciana y los 100 de Canarias, las únicas cuatro regiones que suman al menos un centenar de casos de acoso escolar en un solo año.
Por el contrario, Navarra y La Rioja, con solo cuatro al año, fueron las comunidades autónomas con menos casos de acoso escolar en 2017, seguidas de Cantabria, con 11, y la ciudad autónoma de Melilla, con 13.
La serie de 2012 a 2017 revela que el tramo de edad más conflictivo es el de 12 a 14 años, siendo el que acumula más casos de acoso escolar, con un repunte en 2017 hasta alcanzar los 561, más de la mitad del total.
Ese año se contabilizaron 384 casos de acoso escolar en la franja de edad comprendida entre los 15 y 17 años. En alumnos menores los casos no son tan cuantiosos, y durante 2017 hubo 76 entre 9 y 11 años, y 33 entre 6 y 8 años.

lunes, 20 de febrero de 2017

MÁS FUERTE

Cómic dibujado por Lucía García Menárguez, la adolescente de 13 años que se suicidó en Murcia el pasado 10 de enero.

En mi época no existía la palabra "Bullying", tan de moda ahora, era simplemente acoso, acoso escolar, abusones de una u otra forma. En un colegio ser diferente es lo peor, la muerte lenta -o la rápida si nos remitimos a esta pobre niña del cómic que acabó suicidándose ¡con 13 años! porque no soportó el acoso al que la sometían sus compañeros.
Yo lo sufrí durante mi infancia y adolescencia -nunca he hablado de ello y no me extenderé mucho más-, y en ese tiempo jamás tuve apoyo de ningún profesor ni de nadie, sólo de algunos amigos que son los que conservo aún (¿quién puede presumir de tener amigos desde hace 50 años?). Sólo me desprendí de estos fantasmas sacudiéndome el colegio de encima, cambiando de centro finalmente y enriqueciéndome por dentro. Después las cosas han ido fluyendo hasta hoy, y no me quejo. Si mi amiga Anita me llamaba peculiar, cosa que me gusta, yo añadía en aquel momento que peculiar y medianamente feliz.
Siento como propios los sufrimientos de esta niña y me da una terrible pena que no haya encontrado solución en su momento porque, esto es una verdad como un templo, lo que no te mata te hace más fuerte.