Termino casi una de las novelas que leo y me vienen a la cabeza algunas cosas que, a su vez, me llevan a otra. He aquí el enésimo ejemplo de la ebullición de la cabeza. Ahora escucho únicamente el sonido de la secadora dando vueltas, no hay música, ni fiestas de pueblo ni tráfico, un sábado tranquilo.
En un rato tendremos en casa Club de Cine, con nuestra pareja de cinéfilos con la que nos reunimos desde hace años. La estupenda película de Tom Ford que ya puede verse en una plataforma. Para picar pizza y helado, poco más. Esta noche: "Animales nocturnos", bonita y triste.
Una reunión de amigos, nada más fácil, nada más reconstituyente.
Las relaciones humanas siguen siendo un misterio, a pesar de tener un buen concepto de mí mismo sobre el don de gentes, de poder presumir de tener buenos amigos. ¿Cuándo y cuánto te equivocas en ver lo que no existe? ¿Cuándo das sin esperar y acabas esperando el quid pro quo? No es posible rodearte de sólo buena gente, sería una bendición; hay de todo, como en botica: transparentes, algo menos, interesados, cariñosos o fríos, despegados, egoístas, narcisistas, e incluso agujeros negros, de estos últimos mejor huir raudo.
En el trabajo pasa lo mismo, compañeros con los que pasamos más tiempo que con nuestra familia o amigos y que resultan ser un veneno o jefes que nunca están a la altura. Esta gente termina siempre pareciéndose con aquellos inesperados "amigos" con los que compartes un viaje, una relación intensa durante un tiempo para terminar con un si te he visto no me acuerdo.
Ante un naufragio, desde el agua uno puede mirar a los ojos de los que están en la orilla, seguros, y decidir a quién tenderles la mano esperando ayuda. También se sabe los que nunca ayudarían y de esos no esperas ni los buenos días. Luego están los que no sabes de qué pie cojean, de los que ignoran se sienten o padecen, los mismos a los que ves en una escalera desconociendo el sentido de su movimiento Estos son los más peligrosos, los amigos schrödinger, de los que no sabes si son asesinos en series, madres Teresas o ni una cosa ni otra.
Pero de todos ellos estamos rodeados.
Claro que el ir haciéndose viejo tiene sus ventajas, aunque pocas, lo sé. Una clara ventaja sobre los más jóvenes es que uno ha pasado ya por tanto, ha vivido tantas vidas, ha visto casi de todo, que resultan más fácil los desplantes, poner cara de asco o dar un no por respuesta sin remordimientos. Tuve el otro día un desagradable encuentro en Santa Cruz con la mujer de un cretino -cretino él, cretina ella-, que me recordó lo que quería su marido a mi padre. Sí, sí, lo sé, contesté con una aparente sonrisa congelada. Precisamente a esta pareja no la veía desde el velatorio de mi padre.
Insisto, de todos estos estamos rodeados.

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