domingo, 25 de octubre de 2026

HiSTORIAS DE PUTAS TRISTES

Tras una noche algo azarosa —primero insomnio y, después, pesadillas vívidas—, me levanto para darme cuenta de que se me había olvidado el cambio de hora. Así que me pongo a modificar los relojes de la casa —poca cosa hay que me guste menos, superada, entre otras, por el cambio de funda al edredón—, desayuno frugalmente y salgo hacia la gasolinera. Recordé que hoy se publicaba, junto con el periódico, una edición especial de El País Semanal, así que me acerqué hasta allí para hacerme con ella.

Pocas cosas dan más placer que sentarse tranquilamente a leer el periódico en un lugar cómodo. Hoy, además, con música de Clara Schumann de fondo. Me esperaba Medianoche para desayunar, de manera que me senté en la escalera a empezar con el periódico mientras el gato daba buena cuenta del pienso de la bolsa azul, ese nuevo que parece gustarle especialmente, a juzgar por el tiempo que tarda en devorarlo, lentamente, a la manera que tienen los gatos, tan alejada de la de los perros. Ahí están los labradores, verdaderas aspiradoras caninas.

Empiezo a leer y me encuentro con un magnífico artículo de Elvira Lindo sobre la prostitución y otro en el que se comentaba que muchas comidas de negocios acaban yéndose de putas. Todo muy español, todo tan terrible y sórdido…

Me hizo recordar, como si hubiera sido ayer, una cena a la que acudimos mi amigohermano y yo hace ya años. Se trataba de una reunión de exalumnos. En estas reuniones se habla de frivolidades, de ver quién la tiene más larga, de quién ha medrado en la vida, etc., etc. Nos tocó sentarnos a una mesa con varios excompañeros, como nosotros, y uno de ellos hablaba de su empresa en primera persona: «Nosotros esto, nosotros aquello», intercalando historias de su familia, de su mujer y de sus hijas, con nombres y todo.

No soy en absoluto puritano, pero cual sería mi sorpresa cuando el susodicho empresario, terminando la arenga familiar, cuenta como si tal cosa que en una reunión de trabajo allende los mares terminaron en un bar de putas (lésase, con putas). Me abstendré por innecesario y poco revelador de contar el resto de sus cuitas pseudoamorosas. Increíble ejemplo, cómo intercalar en la misma conversación mujer, hijas y putas. Pobre familia, pensé, y pobres putas también.

En medio de tal conversación le pregunté a mi amigohermano: ¿nosotros somos así? No, me dijo, absolutamente no. Me quedé más tranquilo.

No hace falta decir que aquella fue la última cena de antiguos alumnos a la que acudimos mi amigo y yo. Del putero no he vuelto a saber más, ni falta que hace.

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