Tengo que viajar de nuevo para hacerme una analítica. ¿Y esto?, se preguntarán con razón. ¿Es que vives en un lugar donde no hay jeringuillas ni personal médico? Todo tiene su explicación, aunque, como dicen en las películas, es una larga historia (de la que, por supuesto, no les voy a dar la chapa). El asunto es que, por diversos motivos, todavía no he cambiado mi centro de salud al municipio donde resido actualmente y, he ahí, que tenga que desplazarme hasta el anterior. ¡Problemas de ricos!, dirán algunos, y probablemente tengan razón. Chorradas de las que nos preocupamos en el primer mundo, sin duda. Lo cierto es que debería solucionar de una vez todo el papeleo, ahora que parece —quiero creerlo así— que he conseguido resolver lo de mi anemia.
En Tenerife me muevo en moto y, como no podía ser de otra manera, siempre que voy llueve. A ver qué me encuentro en esta ocasión. Salvo por lo desagradable que resulta que se moje el cristal de las gafas y por la mayor inseguridad del asfalto, tampoco me importa demasiado que el tiempo esté revuelto. Será porque echo de menos el clima ortigalero o porque estoy más que harto de este interminable calor de un verano que parece no querer acabar nunca.
Mañana es Halloween y ya vemos por las calles a innumerables niños disfrazados, viandas negras y naranjas en los supermercados —siempre los primeros en apuntarse a un bombardeo— y cierto ambiente fiestero. No he preguntado, pero no me extrañaría que se estuviese organizando algo en mi barrio, novelero donde los haya.

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