El acuerdo alcanzado por Partido Popular y Vox para las listas del Senado surge en respuesta a los pactos alcanzados por las fuerzas progresistas para la Cámara alta. Vox renuncia a concurrir en 14 circunscripciones y en otras 14 presenta un solo candidato. El PP, por su parte, hará lo mismo en tres, Gipuzkoa, Girona y Tarragona, un alto precio para un partido de Estado que ha gobernado España más de 13 años y aspira a volver a hacerlo.
Esta alianza tiene sus hándicaps. Parece lógico pensar que los conservadores más templados serán reacios a marcar la equis en los nombres de Vox, de la misma forma que resultará complicado explicar a quienes surgen como una escisión del PP que deben votar por aquel partido del que han huido. Tampoco parece sensato pensar que quienes van a salir de la abstención para unirse al lado pretendidamente “antiestablishment” de Vox puedan apoyar a un partido tan sistémico como el PP. Veremos si el objetivo de acabar con “el sanchismo” es suficiente.
Más allá de cuestiones tácticas, desde el punto de vista estratégico, el acuerdo alcanzado por PP y Vox clarifica mucho más de lo que parece. En primer lugar, una alianza ya clara y firme entre la derecha conservadora, liberal y sistémica que representa el Partido Popular y la ultraderecha de Vox. Podrá pensarse que era previsible tras compartir gobierno en cuatro comunidades autónomas. Ciertamente. Pero ello no permite obviar la distancia que hay entre la estrategia actual de los populares y las declaraciones que tan solo tres años atrás, en la campaña de 2023, hacía Alberto Núñez Feijóo para diferenciarse de los ultras. En aquella ocasión, el líder popular manifestaba su objetivo de “gobernar en solitario” y buscaba conquistar el centro, para lo que necesitaba alejarse de Vox. Hoy todo esto ha cambiado. Así lo muestran los acuerdos PP-Vox en los gobiernos autonómicos, y la asunción cada vez más clara de los marcos de la ultraderecha en temas como la migración, las políticas ambientales, las cuestiones de género o el modelo fiscal. Esta alianza para el Senado es la puesta de largo, nada menos que en la Cámara alta, de esta connivencia previamente establecida.
Si todo esto es posible, no es solo por la necesidad de llegar a acuerdos para gobernar, dada la fragmentación del voto conservador. Si así fuera, se trataría de mera táctica. Una observación de las propuestas políticas y los marcos utilizados muestra algo más. El único leitmotiv conocido de la campaña del PP es acabar con el sanchismo. Poco se conoce de sus propuestas políticas, del modelo social, económico y político que plantea. Un vacío que guarda relación con la profunda crisis ideológica por la que atraviesan los conservadores en el conjunto de Occidente, y que explica, en buena medida, por qué están teniendo tanta facilidad para asumir los postulados ultras. Nostalgia de los conservadores, titulaba en una tribuna en este medio hace unos días el profesor Innerarity. Carecen de una oferta propia, de un programa elaborado desde ópticas conservadoras dentro de parámetros democráticos. Está por ver los resultados que esta alianza PP-Vox obtiene en la Cámara alta, pero el acuerdo es de lo más expresivo. Se trata de una alianza clarificadora.

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