El refranero español, que es sabio como el que más, ya lo dice bien clarito: «Del árbol caído, todos hacen leña».
Escuché con detenimiento la comparecencia del ministro de Transportes, Óscar Puente, y, la verdad, no le arriendo las ganancias. Con la cara descompuesta, el ministro intentaba explicar lo inexplicable, tratando de encajar todas las piezas del puzle sin disponer siquiera de una imagen de referencia. Consciente, tal vez, de que no todos los accidentes, desgraciadamente, tienen una explicación meridiana. Espero que se llegue a saber qué ocurrió, cuáles fueron las causas y, sobre todo, que se encuentren las fórmulas para evitar que vuelva a suceder, para que las muertes de estas personas no hayan sido en vano.
Los accidentes ocurren y, en algunas ocasiones, nadie —o quizá todo— tiene la culpa de lo sucedido. Tengamos en cuenta, por ejemplo, que los aviones, de los que ninguno en su sano juicio podrá decir que no están sometidos a estrictos controles de seguridad, también se accidentan, y con resultados igualmente dramáticos.
Los políticos, raudos, piden la cabeza del ministro (una desgracia más para dar un toque macabro a la próxima, ya de facto, campaña electoral). VOX se atreve a llamarlo «Óscar Muerte» y Feijóo tampoco se queda corto, a pesar de su propia actuación tras el accidente del Alvia en Santiago. A todo ello, el ministro ha respondido que no piensa dimitir.
Yo me pongo en su piel y estoy completamente seguro de que sería el hombre más feliz del mundo si Pedro Sánchez le aceptara la renuncia. Esta noche podría descansar en su casa, con su familia, liberado, al menos en parte, del peso de una responsabilidad que, de momento, sigue sobre sus hombros.
Pero he aquí que tenemos a un político con conciencia, que considera que debe dar la cara antes de desaparecer del mapa, que sería lo más fácil, sabedor de que le espera un calvario terrible ante todo lo que se le viene encima, sumado al terrible duelo que deben estar pasando los familiares de las víctimas y los propios heridos.
Y es que, entre tanto ruido, tanto vergonzoso y repulsivo oportunismo político, tanta miseria humana, convendría no olvidar algo elemental: detrás de cada tragedia hay personas, familias destrozadas y vidas que ya no volverán. ¿Sería una ingenuidad pedir que, por una vez, la política tuviera la decencia de esperar a que hablen los hechos antes de empezar a partir leña?
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