Hoy es la víspera de Todos los Santos, o Halloween, que tanto monta. Es España más seria y triste -más en esta ocasión, con los muertos del accidente de Toledo sobre nuestras cabezas y corazones-, mucho más festiva y divertida en Estados Unidos, no hablemos ya de México. ¡Cómo no iba a calar esta fiesta entre nosotros tan dados todos a unos carnavales!
En uno de mis viajes a San Francisco, durante este mes en casa de mi buen amigo W, coincidí con los preparativos para Halloween en la ciudad, miles de calabazas, brujas, ratas y telas de araña, todo naranja y negro: escaparates, vallas publicitarias, supermercados, calles... Y llegó el día, tal como hoy, y salieron los niños a la calle, knock knock, trick or treat? Calabazas encendidas en las ventanas, los menos niños nos habíamos pertrechado con chocolatinas y caramelos y, como yo, esperábamos a que alguien tocara en nuestro portal para repartir los dulces. Mi primera experiencia de Halloween la disfruté como un enano.
Pasó el día, llegó el 1 de noviembre y la ciudad, como por arte de magia, cambió completamente y desaparecieron calabazas, brujas, ratas y telas de araña, el naranja y el negro pasó a ser brillo dorado y plateado, rojos y verdes, luces y melodías mil veces tarareadas.
Había llegado la navidad a América.
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Samuel Barber, *Adagio for strings.
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