viernes, 30 de octubre de 2026

SOBRE LA MOQUETA


Tres arquitectos frente al cine de terror: “Una casa nos da miedo cuando dejamos de entenderla”
¿Por qué es el género que está más íntimamente relacionado con la disposición de los edificios? Hemos pedido a tres especialistas que nos expliquen por qué una escalera, un ático o una puerta dan tanto miedo.
Guillermo Alonso, 30.10.2026

Toda película de terror es, en cierto modo, una película sobre arquitectura: ningún otro género tira tanto de luz, espacios y perspectivas, da tanto protagonismo a una escalera o convierte una puerta en umbral e interrogación. En el cine de terror las casas se convierten en unos personajes tan famosos como (o más que) sus protagonistas, desde la mansión victoriana de Psicosis (1960) hasta la casa que parece tener ojos de Terror en Amityville (1979), de los pasillos enmoquetados del hotel Overlook en El resplandor (1980) a la pequeña cabaña de Posesión infernal (1981). Y es ante la pantalla cuando el espectador se convierte, a su modo, en un efímero creador de planos, formas y estructuras. Cada vez que gritamos a la pantalla “¡No bajes ahí!" es porque sospechamos que el arquitecto de ese viejo caserón no diseñó una vía extra de evacuación para ese sótano.

Hemos consultado a tres arquitectos que son, además, admiradores del género para saber cómo, a sus ojos, se ve una película de terror. Esther Jiménez Herraiz, arquitecta, investigadora y comisaria de ciclos de cine y arquitectura, cree que antes de nada es importante diferenciar entre arquitectura real, la que “habitamos y experimentamos a través del cuerpo”, y la arquitectura fílmica, que “se experimenta de manera virtual a través de emoción y memoria”.

“En este proceso, el espectador se convierte en arquitecto, en constructor de espacios. Completa vacíos, une fragmentos y habita unos espacios que solo existen plenamente dentro de su propia consciencia”, explica. Un gran ejemplo de cómo nos obsesiona la idea de completar un espacio fílmico es la casa de Los Simpson (1989): ha sido dibujada y planificada cientos de veces por fans que han comprobado que hay una habitación misteriosa que aparece y desaparece. Hay otro ejemplo paradigmático y que da mucho más miedo, pero llegaremos a él en breve.

Esta es, probablemente, la casa más famosa del cine: la de 'Psicosis'. mptvimages.com

Anthony Perkins en 'Psicosis III' (1986), demostrando que nada da más miedo que una escalera y una iluminación tenue. mptvimages.com

Stephen King afirmó en su imprescindible ensayo Danza macabra (1981) que la imaginación del espectador (o lector) es tan fértil que hay promesas de horror que no se deben enseñar porque llevarán a la decepción. Por ejemplo, si una película explica que tras una puerta cerrada hay algo espantoso, será difícil que sea tan espantoso como nos hemos figurado previamente. Por eso Jiménez Herráiz considera que “el género delega buena parte de su capacidad para generar miedo en aquello que no muestra y, por lo tanto, todo lo que permanece oculto o no mostrado debe ser imaginado por el espectador”. La primera lección que hemos aprendido de arquitectura y horror, pues, es que no nos da miedo un espacio en concreto, sino uno en el que nos han dicho que está prohibida la entrada.

No entres ahí

Lanzamos la pregunta a los arquitectos: ¿qué nos da miedo en una casa, exactamente? Responde ahora Eduardo Mediero, fundador del estudio Hanghar: “Una casa da miedo cuando dejamos de comprenderla, cuando no sabemos qué hay detrás de una puerta o si estamos realmente solos. El miedo tiene mucho que ver con la duda y con lo desconocido. Pero una casa completamente acristalada también puede ser aterradora. Imagina estar en medio del bosque, de noche, dentro de una casa donde todo es transparente. Puedes verlo todo, pero también estás expuesto. La transparencia, que asociamos a la seguridad, puede convertirse en una forma de vulnerabilidad”.


Las casas acristaladas o de ventanales enormes son, de hecho, escenarios perfectos y habituales para las películas de asesinos enmascarados: en Scream (1996) o Hush (Silencio) (2016) el problema no es tanto no poder salir, sino que alguien pueda entrar. Así, podemos establecer un canon: ¿casa victoriana y hermética? Fantasmas. ¿Casa contemporánea con demasiado cristal? Asesinos. Jiménez Herráiz cree que la casa que da más miedo es, precisamente, el hogar “ordinario, familiar y aparentemente seguro”. “Es donde nos sentimos protegidos y mostramos menos defensas. Precisamente por esa sensación de seguridad resulta un escenario tan eficaz para el desarrollo del terror cuando somos testigos de cómo algo cotidiano empieza a dejar de funcionar como debería. Puertas o ventanas que se abren solas, ruidos sin origen aparente... Cuando la arquitectura empieza a fallar, se interpreta como una amenaza”.

El hotel de 'El resplandor' es imposible de dibujar en un plano: muchos lo han intentado ya. Warner Bros - Hawk Film (COLLECTION CHRISTOPHEL / Cordon Press)

Jack Nicholson en el enorme salón de baile vacío del hotel de 'El resplandor'. Warner Bros - Hawk Film (COLLECTION CHRISTOPHEL / Cordon Press)

El tercer arquitecto, Ramón Martínez, de Estudio Burr, responde a la misma pregunta con algo que parece un chiste, pero al final no lo es. “Lo que me da más miedo de una casa son las juntas de propietarios. Hay disputas, acusaciones y amenazas y suelen darse en locales comunitarios, sótanos u otras dependencias de propiedad colectiva y en desuso, escenarios lúgubres y sin iluminación”. Para reflejar ese miedo al vecino, tan fértil para las películas de terror urbano –de La semilla del diablo (1968) a El quimérico inquilino (1976), pasando por Alguien me está espiando (1978), olvidado clásico televisivo de John Carpenter–, Martínez alude a dos ejemplos patrios. “La comunidad [de Álex de la Iglesia, 2000] convierte los espacios comunitarios de un edificio residencial del centro de Madrid, como escaleras, ascensores y rellanos, en escenarios de confrontación, pervirtiendo la propia naturaleza de estos espacios concebidos para la convivencia. También REC [de Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007] emplea la distribución horizontal de un edificio de viviendas para ir desarrollando la trama piso a piso”.

Para Mediero, la gran película sobre horror y arquitectura es precisamente una en la que la arquitectura parece jugar con el espectador y con sus protagonistas: El resplandor, de Stanley Kubrick. “Los pasillos del hotel Overlook, sus dimensiones y su organización condicionan todo lo que sucede. Me interesa cómo Kubrick utiliza una arquitectura aparentemente normal para generar desorientación. Los espacios parecen familiares, pero hay algo en sus perspectivas y recorridos que no entendemos”. Son célebres los vídeos que analizan en YouTube los planos del hotel para descubrir que, si uno intenta trazarlos, resultan del todo imposibles.



Jiménez Herraiz elige, como la casa que más le ha perturbado, la de Carretera perdida (1997), de David Lynch. “Ofrece una arquitectura de un silencio aterrador con espacios aparentemente inmóviles que, sin embargo, parecen vibrar de forma continua. El salón está dominado por la televisión, que transmite una sensación de vigilancia constante, como si no fuéramos nosotros quienes observamos la pantalla sino ella quien nos observa a nosotros. Y el dormitorio, con sus gruesas cortinas y sus texturas irregulares, adquiere una atmósfera gótica. La casa, en sí misma, es una presencia activa y perturbadora”.


Intentando recordar qué lugar del cine le aterrorizó, Martínez opta por el urbanismo: ¿Quién puede matar a un niño? (1977), de Chicho Ibáñez Serrador. “La arquitectura y, sobre todo, el urbanismo son especialmente interesantes. Se desarrolla a plena luz del día y se elimina el escondite visual asociado al terror clásico. El espacio permanece visible y reconocible, pero su funcionamiento desconcierta. Una tienda, una plaza o una casa siguen siendo los mismos espacios, pero lo perturbador es la sustitución de las relaciones humanas y las actividades que normalmente contienen. La inversión entre interior y exterior. Los protagonistas buscan refugio en los edificios, pero la película cuestiona constantemente la seguridad de sus límites. Un interior doméstico no es necesariamente más seguro que la calle: el pueblo y su urbanismo funcionan como sistema de vigilancia. Ventanas, esquinas, portales y calles permiten la aparición sucesiva de niños que observan a los protagonistas. Me interesa también cómo la película se puede leer 50 años después desde cuestiones territoriales muy actuales, como la turistificación, la despoblación o la transformación de los núcleos rurales en lugares de consumo temporal”.

Adiós, planificación

Inspirada por la obsesión de internet por los espacios liminares y las creepypastas que mezclan laberintos con elementos cotidianos (como papeles de pared o azulejos), pero arquitectónicamente imposibles, Backrooms (2026) es tal vez la muestra reciente más obvia de cómo el terror y la arquitectura van de la mano. “Demuestra que no necesitamos monstruos para sentir miedo: basta con una arquitectura que no entendemos”, opina Mediero. “Como arquitecto, creo que lo inquietante es que la arquitectura deja de cumplir una de sus funciones esenciales: orientarnos. Son espacios que existen físicamente, pero que parecen carecer de sentido; lugares de los que no sabemos cómo salir porque ni siquiera entendemos cómo están organizados”.

Una escena de 'Backrooms', dirigida por el debutante Kane Parsons. Ent-movie / Alamy / CORDON PRESS

“Los espacios de Backrooms materializan recuerdos y muestran hasta qué punto nuestra existencia está ligada a ellos”, opina Jiménez Herráiz. “Por ejemplo, todos conservamos el recuerdo de la casa en la que crecimos. Sin embargo, si regresáramos a ella años después, la encontraríamos más pequeña. Nuestra memoria conserva las proporciones de nuestro cuerpo en aquel lugar y, junto a ellas, la percepción emocional del espacio. Ningún espacio de nuestra memoria es neutro. Ese es el poder que la arquitectura ejerce sobre nosotros. En realidad, la de Backrooms es cerebral”.


Herráiz recuerda una película que, de alguna manera, se adelantó a Backrooms: Exit 8 (2025), de Genki Kawamura, en España disponible en Filmin. “Parte de un espacio completamente ordinario: un pasillo de metro. Cuando ese espacio está lleno de gente nos parece normal, pero vacío deja de ser un lugar cotidiano y lo percibimos como algo extraño. Quizá esa sea una de las cuestiones más interesantes para la profesión de la arquitectura: estas obras nos recuerdan que habitamos espacios que apenas observamos. Recorremos los mismos pasillos todos los días sin prestar atención a sus características, pero basta alterarlos mínimamente para que pasen a convertirse en algo inquietante”.

Bonito caserón, me lo quedo

Backrooms ha supuesto un revulsivo en la estética de terror porque, habitualmente, estamos acostumbrados al gran caserón de hechuras victorianas como emplazamiento destinado a dar miedo. Desde los castillos de las viejas adaptaciones de Drácula a la mansión de La maldición de Hill House (2018), pasando por ¡Suspense! (1961), Los otros (2001), La escalera de caracol (1946) o Al final de la escalera (1980). ¿Por qué funcionan tan bien? “El caserón victoriano tiene una escala, una compartimentación y una historia que parecen exceder a sus habitantes”, explica Mediero. “Siempre hay una habitación desconocida, una puerta cerrada o un espacio que no sabemos para qué sirve. La casa parece guardar secretos”. “Influye la propia geometría del espacio”, añade Jiménez Herráiz. “Las líneas rectas y los espacios ortogonales resultan claros y comprensibles. Sin embargo, cuando aparecen techos oblicuos, geometrías irregulares o volúmenes excéntricos, el espacio deja de ser tan cómodo. La arquitectura del terror necesita guardar secretos”.

Deborah Kerr en la terrorífica '¡Suspense!', en la que los bucólicos jardines daban tanto miedo como los interiores de la mansión gótica. ©20thCentFox/courtesy Everett

“Eso no significa que la arquitectura moderna sea incapaz de producir inquietud, ya que la limpieza extrema, el orden absoluto o los espacios blancos y aparentemente asépticos también pueden generar desconfianza y temor, aunque lo hagan de una manera distinta. Mientras la casa tradicional suele remitir al pasado, a los recuerdos o a los fantasmas, la vivienda dominada por la tecnología o por sistemas de inteligencia artificial plantea otra forma de terror donde la amenaza no procede de una presencia sobrenatural, sino de una máquina artificial que domina, controla y perturba el espacio doméstico”. De hecho, en grandes películas de terror tecnológico de los setenta como Engendro mecánico (1977), el horror doméstico está en la llegada del futuro y no en los fantasmas del pasado. En Las esposas de Stepford (1975) o Almas de metal (1973) no hay casas encantadas: solo robots tan perfectos que parecen personas caminando por ellas.

La casa de 'Terror en Amityville', una de las más reconocibles de la historia del género de terror, con sus dos famosas ventanas que parecen ojos. Rue des Archives (©Rue des Archives/Collection CSF / Cordon Press)

Cristales rotos y paredes de las que supura sangre: lo más terrorífico de 'Terror en Amityville' es pensar en si el seguro del hogar cubrirá estos desperfectos. Rue des Archives (©Rue des Archives/RDA / Cordon Press)

Si el caserón victoriano ha dejado una especie de marca registrada en el terror, los lugares abandonados (pueblos fantasma, estructuras oxidadas, edificios a punto de caer donde la vegetación ha recuperado su terreno) han alimentado especialmente los sueños de la ciencia ficción y el terror en los videojuegos, desde Silent Hill (1999) a The Last of Us (2013). “Nos fascinan porque conservan la forma de un lugar habitado, pero han perdido la vida que justificaba su existencia”, opina Mediero. Para Jiménez Herráiz, “resultan terroríficos porque tienen una relación muy directa con el vacío y te hacen preguntarte: ¿qué ocurrió en este lugar? Esa ausencia es la que alimenta una de las formas más profundas del miedo. Por otro lado, un edificio abandonado deja de ofrecer aquello que normalmente esperamos de la arquitectura: permanencia, estabilidad y protección. La arquitectura ya no nos protege, sino que nos expone al peligro".

No hay comentarios: