Después de ver una y otra vez una serie interminable de noticias y fotografías de la cohorte de Epstein, próceres todos; princesas, ricos, famosos, directores de cine, millonarios, presidentes, expresidentes y al expríncipe Andrés, que va en camino de estar hasta en la sopa (ay si su madre resucitara...), parecería que este último es el niño malo, el único caído en desgracia por ahora, y todos los demás unos angelitos/as que no han roto un plato en su vida (ni en bajada). Este fulano, mimado hasta decir basta desde la cuna, el favorito-de-la-reina, según dicen los que saben de esto, fue tan torpe, visto lo visto -¿y lo que queda?- que se dejó fotografiar haciendo el tonto de mil maneras, mano aquí mano allá, feliz como una perdiz y bajo la atenta mirada sonriente del pederasta nº1 y su secuaz, la tal Ghislaine Maxwell, otra joya.
Pues leo, sin entender nada, que tras la detención de Andrés el pieza y sus más de 10 horas de interrogatorio, el Gobierno británico se plantea eliminarlo de la línea sucesoria al trono. ¿Pero esto no se daba por hecho después de haber sido defenestrado por su hermano? Pues no, igual le da tiempo de mandarle una caja de langostas con contaminación escombroide, vibriosis y toxinas marinas varias a cada uno de los siete que tiene delante y, con un poco de suerte, tenemos al rey Andrew en el trono, el primer rey abiertamente pichabrava. Tal y como está el mundo ahora, a saber...
Mira que nos metimos con el pobre Urdangarín, que aún viviendo en Washington una temporada no tuvo ocasión ni interés de relacionarse con Epstein. Un santo, vamos.
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