Todos llevamos a otro yo dentro. Decía Elvira Lindo en uno de sus libros sobre Manhattan, que veía con asiduidad a un amigo crítico gastronómico que le enseñaba los mejores lugares para comer en NY. Este amigo era muy delgado pero llevaba a un gordo dentro. En mi caso, no dentro sino fuera, al que llevo en mi interior es un modelo de Calvin Kliein, que purga por salir pero que no encuentra el camino, que además es rico. Lo sé porque lo vi con mis propios ojos hace ya bastantes años frente a un espejo de Carrefour en La Laguna.
¿Y todo este preámbulo? Justo y necesario, fue este trasunto el que me guio por el gimnasio esta mañana, como lo oyen (leen).
Mano derecha enguantada, dedo índice en ristre, llego al gym en un tris. Aparco la moto, entro y pido diligentemente mi flamante carné de cachasfuturible que me entrega la recepcionista amablemente. Ahora que lo pienso no recuerdo si se escuchaba música o debo llevar mis auriculares -preferiría la segunda opción, no me apetece nada sufrir doblemente oyendo reguetón-. Pues bien, feliz con mi carné me di una vuelta por las instalaciones, el doble de grande pues el lado izquierdo quedaba detrás de la recepción y no me había finado en él. No vi al monitor ¿habrá alguno?, simplemente me recorrí el local completo poniendo cara de saber perfectamente para qué servían cada uno de los aparatos y saludando con un escueto ¡hola! a los que allí se encontraban, pendiente aún de conocer el saludo-contraseña de éste mi nuevo gimnasio.
Sé que me envidian, pero por privado les puedo dar la dirección del mismo. No quisiera que muriera de éxito porque está cerca de mi casa y me viene de maravilla que, aparentemente, no sea el típico adonde acuden los/as influencers.
Feliz fin de semana.
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