sábado, 14 de febrero de 2026

EL GYM

Los astros se alinean para que no vaya al gimnasio, lo palpo, lo percibo, lo siento en mis carnes, pero no lo van a conseguir a pesar de todo. Me levanto como una rosa -dormí anoche considerablemente bien-, café, pertrecho mi mochila con una toalla, me acicalo con ropa deportiva al uso, nada de modas pasajeras ni ridículos modelitos metrosexuales vigoréxicos, y me dispongo a coger la moto para salir al gymnos, distante más o menos a 5 ó 6 minutos de casa. Todo en orden, mi cabeza dispuesta, mi cuerpo expectante y la moto esperándome en el garaje. Bajo, abro la puerta ¡hágase la luz! y cuando me dispongo a abrir el baúl para coger el casco me sajo el dedo índice de la mano derecha, tal cual, con algo que sobresalía y que no debió estar ahí. Un alambre o una astilla de madera o cualquiera sebe, el hecho es que raudo me puse betadine ¿o fue yodo? (vuelve el yodo, sí), un apósito y una tirita sobre todo ello para dejarlo como dios manda pero que cubre el pliegue entre falanges y me ha dejado el dedo como el de Colón en su estatua barcelonesa. Con el dedo tieso, escribiendo con el corazón, nunca mejor dicho porque el índice lo tengo inoperativo, me preparo igualmente para subir a recoger ni carné de socio y echar un ojo al recinto, vestuario, máquinas, etc. El otro día, nervioso por unas gestiones telefónicas ante el inminente velorio, me dio tiempo de entrar, pagar, dejarme fotografiar para el carné y se acabó. Del gimnasio sólo conozco el mostrador de entrada y el ventanal a la calle con el enorme adhesivo anunciando el exiguo precio de la cuota mensual mara mantener la mens sana in corpore sano; y si lo dice Juvenal, quién soy yo para contradecirlo.
Me voy al gimnasio, luego les cuento.

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