lunes, 23 de febrero de 2026

REALIDADES PARALELAS

Leo esta mañana un artículo acerca de una conferencia de Kevin Spacey en la Oxford Union Society. Me llamó la atención esta noticia porque ahora, durante mi media hora de bicicleta estática mañanera -la cinta no tiene atril, de manera que no me lo permite- estoy con las memorias de Urdangarin. La verdad es que no sé si realmente me interesan demasiado, pero como creo que a los que pagan en la cárcel su condena se les debe dar una segunda oportunidad -he ahí la justicia de la reinserción-, pueden ser relevantes al formar parte de la reciente historia de España, independientemente se su calidad literaria, que en este caso importa poco. 

Respecto al tema de la reinserción, investigo un poco lo que dice la justicia en España, siempre con la mirada puesta en la finalidad socializadora.
En muchos sistemas jurídicos modernos, esta es una de las finalidades principales de la pena. Por ejemplo, la Constitución Española establece en su artículo 25.2 que las penas privativas de libertad deben estar orientadas hacia la reeducación y reinserción social.
La reinserción implica: educación y formación profesional dentro de prisión, programas de tratamiento psicológico, aprendizaje de habilidades sociales, preparación para la vida laboral y fortalecimiento de vínculos familiares. La idea central es que la persona no quede marcada permanentemente por el delito, sino que pueda reconstruir su proyecto de vida.

Más allá del castigo, algunos sistemas promueven modelos de justicia restaurativa, que buscan: reparar el daño causado, responsabilizar activamente al infractor, favorecer la reconciliación cuando sea posible.
En relación con la futura reinserción, el cumplimiento de la pena debería: evitar la desocialización que produce el aislamiento prolongado, reducir la reincidencia, facilitar oportunidades reales tras la excarcelación (empleo, vivienda, apoyo social) y promover la asunción de responsabilidad por el daño causado. Si el sistema penitenciario se limita solo al castigo, aumenta el riesgo de exclusión y reincidencia. En cambio, cuando se orienta a la reinserción, busca transformar la pena en un proceso de cambio y preparación para la convivencia social.

La palabra de Kevin Spacey
El discurso del actor en la Oxford Union Society me hizo recordar que Platón dejó escrito que la persona buena y noble es aquella que habla y piensa bien.
Diego S. Grarrocho, 23.02.2026

No tengo ni idea de cuál es la condición moral de Kevin Spacey ni me importa demasiado. En lo que respecta a sus problemas con la justicia, hasta donde sé, nadie le ha declarado culpable. Aunque quizá lo más relevante sea que es un actor inmenso. Y puede que algo más. Desde hace días, circula por las redes una intervención suya del pasado diciembre en la Oxford Union Society, probablemente el club de debate estudiantil más importante del mundo. Si tienen ocasión, no dejen de buscar ese vídeo: no es solo una curiosidad viral; es un recordatorio desafiante de lo que la palabra puede todavía.

La intervención de Spacey es colosal y sumamente efectista. Habla de la verdad, de los hechos, de los villanos, de los juicios paralelos… fenómenos tan clásicos que parecen hablar de nosotros. Y quizá lo hagan. Un hombre de pie, rodeado de personas sentadas, apenas provisto de unos tarjetones, proyecta la voz mientras interpela con el gesto y la mirada a sus interlocutores. Hay una parte de lo que somos, como especie y más específicamente como cultura, que tiene que ver con este uso público de la palabra.

Los antiguos lo sabían. A su reflexión teórica la llamaron retórica y a su buen ejercicio le dieron el título de oratoria. Que Aristóteles o Cicerón dedicaran al asunto tratados principales no es ninguna casualidad. El cuidado de la palabra no es una capacidad más entre otras: es uno de esos lugares donde la naturaleza humana se expresa, se prolonga y, si hay fortuna, se perfecciona.

No somos solo animales pensantes o sintientes. Somos un bicho extraño que necesita contagiar precisamente lo pensado y lo sentido. Gracias a que tenemos voz, decía el de Estagira, podemos deliberar sobre el bien y no solo sobre el placer. La oratoria es la síntesis de una región de lo humano en la que convergen el número y la letra, la matemática del ritmo y la estética de la palabra. En pocos lugares se condensa de forma tan civilizada y salvaje la vieja tríada del bien, la verdad y la belleza.

Escuchando a Spacey recordé que Platón dejó escrito que la persona buena y noble es aquella que habla y piensa bien. Es, sin duda, una exageración, aunque no me atrevería a decir que carezca por completo de verdad. El discurso de Spacey me reconcilió con la dignidad que adquiere el uso solemne de la palabra desnuda. Pero también sentí una extraña ira contra mí mismo y contra quienes algún día creímos que una clase magistral en una universidad podía hacerse con un PowerPoint.
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He aquí el discurso del actor:

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