Durante los años que viví en Villa Augusta, casa que adoro -quien tiene una biblioteca y un jardín lo tiene todo, decía Cicerone-, cada domingo solía subir temprano a La Esperanza para ver a mi amiga I y desayunar churros, ella 1 y yo 3, tal cual. Hoy, ni churros ni jardín, enciendo la tele para ver el Open de Australia, me levanto muchas veces en medio (ya se sabe, ver los deportes en la TV es cómodo porque tú manejas el tiempo), me afeito, me hago un café y hasta salgo a comprar el periódico a la gasolinera para que se me calmen los nervios por el partido, quién lo iba a decir. Cosa rara en este partido los comentaristas son bastante decentes, no demasiado apasionados en centrarse en uno u otro, cosa que detesto (Rafa, Carlitos, Nole, Martillo... todos colegas, todos de la familia. ¡Enormes!); no llegan al nivel de los jurados de los concursos de la tele, si fuera así ya habría apagado el televisor.
Villa Augusta, mi antigua casa donde los nuevos moradores talaron el árbol y los cipreses del garaje, arrancaron la hiedra de la fachada y a saber qué mas. Pasé un día en la moto y me dieron ganas de llorar. ¿Quién se muda a vivir al campo y lo primero que hace es destrozar un jardín de 17 años? Pregunta sin respuesta.
Leo El Semanal de EL PAÍS mientras Alcaraz y Djokovic siguen dale que te pego, justo después de montar en la Thermomix (se supone que el aparato es masculino, pero a mi me choca escribir "el" Thermomix) unos bubangos, una papa y verdura picada para preparar un potaje rico rico para hoy; luego pensaré en un segundo plato que lo acompañe.
Tuve la tentación antes de sentarme a trabajar, pero desistí. Los domingos son para desconectar e intentar descansar la cabeza. Mañana es lunes, quedan mucho tiempo todavía.
Por cierto, hoy ya 1 de febrero, se acabó mi desconexión política, al menos eso me había propuesto. Aunque... ¿no soy así más feliz? Debo darle una vuelta.
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Dotan, *Home.


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