Siempre me he maravillado con la capacidad del ser humando de aprender otros idiomas, sobre todo con aquellos que nacen con ese don divino. Es quizá, inversamente proporcional a la aversión que siento, digamos por ejemplo, a aquellos que se ríen de los camareros en un restaurante, hecho que puede llegar a cortarte la digestión. Esa capacidad de la que hablo, que permite leer EasyJet y pronunciar mentalmente "isiyet", con mejor o peor fortuna, o Edelweiss y entenderlo como "edelbais" en el mejor alemán de Hans Castorp que uno pueda permitirse. Saber idiomas es, sin duda, una de las cosas que más envidio (sanamente).
Recuerdo una ocasión durante aquellos años que viajaba recurrentemente a Nueva York sin compañía, cuando me acerqué a uno de los desk del hotel, creyéndome rico, a comprar allí mismo una entrada para un musical. La recepcionista, una chica muy amable, me hablaba en inglés como si tal cosa, suponiendo yo que era latina porque se llamaba Juanita o algo parecido, y de la que supe finalmente que era boricua. Me decía que prefería hablar conmigo en inglés porque hacerlo en español con un ídem le causaba depression, pronunciado casi sin mover los labios, a la manera americana de hablar inglés. Fue esa una de mis primeras conversaciones en Spanglish, sin duda.
Así que entre idiomas y camareros anda el juego.
Feliz domingo. Yo ya en casa.
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