domingo, 22 de febrero de 2026

LA DESCRIPCIÓN DEL MECANISMO


Epstein y la casa del patrón
En la finca del patriarca todo es dependencia, gratitud, lealtad.
Máriam Martínez-Bascuñán, 22.02.2026

¿Por qué el nombre de Jeffrey Epstein desestabiliza democracias europeas pero no el poder estadounidense? La respuesta puede ser institucional. Aquí, los implicados no controlan ya el aparato que los investiga. En EE UU, quienes deben ser investigados son el núcleo del sistema que debería hacerlo. Los archivos los publica el Departamento de Justicia, cuya cúpula es nombrada por el presidente. Desclasificar no es solo un acto de transparencia, sino de poder. El Ejecutivo decide qué se publica, cuándo y en qué contexto. La transparencia selectiva es una forma sofisticada de control: muestra lo que hiere a otros y esconde lo que te daña. El caso de Alexander Acosta lo ilustra bien. Como fiscal federal de Florida, supervisó en 2008 el acuerdo para que Epstein evitara cargos federales por tráfico sexual de menores, cuando el FBI había identificado a muchas víctimas. Años después, lo nombraron secretario de Empleo. La secuencia no prueba una conspiración, pero revela un patrón institucional: quien protege al poder es recompensado con poder.

La socióloga Melinda Cooper describe el mecanismo. Epstein no era solo un depredador sexual; era el administrador de una economía doméstica en su forma más pura, un sistema donde el poder económico se traduce en dependencia personal. Epstein financiaba carreras, pagaba casas, abría puertas, daba acceso a redes de élite. Cada favor creaba una obligación; cada obligación, una forma de control. Sus víctimas no eran solo víctimas sexuales: dependían económicamente de él. Sus aliados no eran solo amigos: aprovechaban su patronazgo. Las visitas documentadas a sus propiedades, los vuelos en jet, los favores financieros, las inversiones estratégicas, creaban una red donde todos tenían algo que perder si el sistema caía. La red de Epstein, además, explicita otra cosa: progresistas, conservadores, ultras… Daba igual. La élite es la élite. Investigar a Epstein no significa investigar a un individuo, sino una red de obligaciones que atravesaba el mundo financiero, académico, político y mediático global. Así que sabemos la respuesta: el sistema no responde porque investigar el asunto implica exponer las redes de dependencia que lo sostienen.

Lo que perturba es el salto de escala. Lo que se hacía en esas zonas francas era un crimen específico e irreductible: la explotación sexual de menores. Ninguna analogía estructural debe diluir eso. Pero la lógica que lo hacía posible (la disolución de la frontera público-privado, la sustitución de la ley por la voluntad del patrón) es similar a la de la derecha tecnológica y es la que Trump quiere aplicar al Estado, para que funcione todo como en casa del patrón. Cuando la riqueza alcanza cierta escala, crea sistemas de dependencia personal que operan paralelamente o por encima de las instituciones. Explica la paradoja de los archivos de Epstein: el problema no es la falta de evidencias sino la estructura del poder. En una democracia funcional, las instituciones existen precisamente para investigar a los poderosos. La lógica del poder democrático es impersonal: está limitado por reglas abstractas. En la finca del patriarca todo es dependencia, gratitud, lealtad. El modelo de poder que Epstein perfeccionó, como sostiene Cooper, no está fuera del sistema: el nuevo poder quiere convertirlo en el sistema mismo. Y quienes luchan con fiereza contra esa red no son, por cierto, las instituciones sino las supervivientes. Mientras los gobiernos oscilan entre la complicidad y la inacción, ellas siguen denunciando, incluso ahora que el Departamento de Justicia ha expuesto sus nombres mientras protege, una vez más, a los depredadores.

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