Juan José Millás, 01.02.2026
La imagen muestra la fachada de un pequeño supermercado de barrio en Caracas. Pero he visto escaparates parecidos en calles de Madrid. El grito se multiplica como un eco. Ausente ya de nuestras vidas la pulsión estética, lo urgente es anunciar que aquí hay de todo y a precios tan tirados como los carteles que anuncian el producto. Vinagre, mayonesa, aceite, sardinas, café, pimienta… Llama la atención que el anuncio bajo el que se ordenan (o desordenan) los demás sea el de “suplementos vitamínicos”. La vitamina es una de las últimas creencias a las que aferrarse cuando ha fallado todo lo demás. ¿Será eso?, te preguntas un día. ¿Serán la depresión o la tristeza o esta falta de fe en cuanto me rodea producto de una carencia vitamínica? Los antiguos marinos, continúas razonando, enfermaban de escorbuto por falta de ácido ascórbico o vitamina C. Y el escorbuto no es ninguna broma: se te caen los dientes, se te pudren las encías, sufres dolor óseo y hemorragias internas… Lo mío es una tontería al lado de ese cuadro.
De modo que vas al médico, que te saca la sangre, y resulta que sí, que andabas bajo de vitamina B, también llamada antineurítica, o sea, que algo tiene que ver con el sistema nervioso, que es mayormente de lo que estás tú, de los nervios. De los nervios, como ese escaparate, porque hay que estar frenético para dar esos gritos cromáticos y tipográficos que apenas nadie escucha, como se deduce del par de viandantes borrosos que atraviesan la escena como el que atraviesa un día. Uno más, un martes o un miércoles cualquiera. El caso es que te tomas la vitamina, por si acaso.
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Al abandonar la ducha, un frasco de perfume por el que siento gran aprecio se arrojó desde una balda para estrellarse contra el suelo.
Juan José Millás, 30.01.2026
Hay días en los que percibes a tu alrededor una intensidad suicida que contrasta con tus ganas de vivir. Hoy, por ejemplo, salí de la cama eufórico. Probé un nuevo champú que resultó muy refrescante. Pero, al abandonar la ducha, un frasco de perfume por el que siento un gran aprecio se arrojó desde una balda para estrellarse contra el suelo. Lo hizo mientras yo permanecía de espaldas, de modo que no lo vi en el momento de lanzarse al vacío, aunque escuché el estrépito que hizo al romperse. A lo mejor, dirán algunos, estaba mal colocado, porque resulta difícil atribuirles voluntad alguna a los objetos. Es más tranquilizador pensar eso. Pero los objetos son muy hijos de puta.
Y mientras recogía los pedazos del frasco suicida, uno de los cristales, al girarlo bajo la luz, me devolvió un reflejo de mi rostro. Era un rostro fatigado, como si ese espejo espontáneo tuviera acceso a una versión terrible de mí que aún no había sucedido, pero que me esperaba quizá a la vuelta de la esquina. Fue entonces cuando sospeché que el frasco no se había roto por desesperación, sino para avisarme de algo. Luego, advertí que el cable del secador estaba desenrollado de tal forma que recordaba vagamente la palabra “aún”. ¿Aún qué?, me pregunté. ¿Aún estoy a tiempo de volver a la cama? Entre tanto, el grifo goteaba en código morse. Lo descifré y decía “no vayas hoy”. ¿Adónde no debía ir? Mientras me tomaba el café en el bar de siempre, el camarero me dijo que mi amigo el ventrílocuo había preguntado por mí. “Llevaba el muñeco en brazos y el que parecía más interesado en saber a qué hora solías venir era el muñeco”.
Hay temporadas en las que los objetos intentan establecer algún tipo de conexión conmigo. Son épocas aciagas, de las que procuro huir porque los objetos, en general, tienen un lado muy siniestro. Por eso se rompen. Pero hay personas, como yo, que les debemos algo, no sabemos qué, e intentamos recomponerlos.


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