Me siento frente al ordenador para continuar disfrutando del dolce far niente de este odiado día de la semana, por aquello de ser la antesala del lunes y porque nos recuerda que el tiempo pasa, que nos hacemos viejos. Con música de Shumann de fondo y después de prepararme un té helado de melocotón con muchísimo hielo y revisado la nevera para comprobar que quedan suficientes sobras para no tener que cocinar, hago una parada en la lectura de esta mañana para escribir un poco.
Con la cabeza puesta en Nueva York esta mañana, quizá porque he leído algo sobre la ciudad últimamente o por haber soñado con ella, me he acordado de la primera vez que entré en el Waldorf Astoria, en su hall con el ramo de flores más grande que nunca vi en un hotel, las mullidas alfombras donde te enterrabas casi hasta la rodilla, el lujo que se respiraba dentro y la gente guapa que pululaban por allí, entrando y saliendo. Nunca me quedé en el hotel como huésped, todo hay que decirlo, pero mientras estamos vivos y como soñar es gratis -y yo soy un incondicional del Euromillón, -que aunque no le toca a nadie, a alguien sí le toca-, nunca se sabe si finalmente lo haré.
Desgraciadamente, sabedor de las pocas posibilidades de pernoctar en un hotel tan caro, investigo por curiosidad lo básico de éste.
Tras cerrar en 2017 para su modernización, el hotel reinició operaciones a mediados de julio de 2025 con 375 habitaciones y suites rediseñadas (reduciendo su capacidad anterior de unas 1.400 habitaciones), mientras que sus salones de eventos y el histórico Grand Ballroom reanudaron su actividad el 1 de septiembre de 2025. Las estancias en las habitaciones renovadas parten de aproximadamente $1.500 dólares por noche.
Tras el shock, ahí lo dejo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario