domingo, 23 de agosto de 2026

TRAFICANTES DE BOCADILLOS


¡Alerta! Mujeres con carros de la compra
La policía local de San Sebastián denuncia a quienes dan de comer a las personas sin recursos.
Pablo Ordaz, 23.08.2026

La acción empieza al atardecer, de forma simultánea en tres o cuatro barrios de la ciudad, pero no es fácil verla entre tantos miles de turistas que abarrotan las calles. Una mujer mayor con un carrito de la compra camina por el bulevar y, al llegar a la altura del mercado, se cruza con cuatro jóvenes que la saludan con una sonrisa. La señora, que es de aquí de toda la vida, que vivió en este barrio los tiempos difíciles del franquismo y también del terrorismo, les devuelve el saludo, se detiene, abre su carrito de la compra, saca cuatro o cinco bocadillos envueltos en papel de plata y se los entrega, pero cuando va a reemprender el camino, dos policías municipales la paran y le piden que se identifique:

—¿He hecho algo malo?

—Enséñenos qué lleva en el carrito.

Un poco más allá, en la plaza de los cines, otros dos agentes permanecen al acecho desde su coche patrulla, y cuando aparece otra mujer con una bolsa de la compra llena de bocadillos –de un tiempo a esta parte, tirar del carrito al atardecer se ha vuelto sospechoso en esta ciudad—, le piden el carné de identidad y le comunican que le llegará una sanción:

—¿Por qué? ¿Es un delito regalar un bocadillo?

—Uno, no; pero sí a determinados colectivos.

—Qué colectivos ni colectivos. Yo tengo bocadillos y ellos tienen hambre. ¿De qué me van a acusar?

—De ocupación ilegal del espacio público.

La indignación no evita la carcajada. El agente de la autoridad —que actúa por órdenes del alcalde, un joven político del partido hegemónico a quien colocó su antecesor en el cargo sin que mediaran elecciones— ha pronunciado la frase con gesto serio, pero basta mirar alrededor para percatarse del sarcasmo. La parte vieja de la ciudad está invadida por ríos de gente que hace colas interminables para comprar la tarta de queso tan famosa, el bocadillo mixto del bar en el que asesinaron a un concejal, o bebe y come sobre la escalinata de la iglesia de Santa María.

Estas mujeres que ahora reparten bocadillos –también hay hombres, pero son el 10%— tienen una historia. En 2020, se organizaron para que las personas sin recursos pudieran disponer cada noche de una cena caliente. La tarde del pasado jueves, Gema y Mariaje, dos de aquellas pioneras, me contaron cómo se organizaron para que, durante más de cinco años, pagando todo de su bolsillo y cocinando en sus casas, nadie se quedara sin cenar en su ciudad. Hasta que, el 27 de julio, la Guardia Municipal se presentó en los lugares públicos donde servían las cenas y les avisó de que a partir del día siguiente quedaban prohibidas. ¿Qué hacer? O desobedecían la orden, o buscaban ayuda. Se les ocurrió acudir a aquellos que predican amar al prójimo como a uno mismo, y en algunos encontraron buena disposición, pero enseguida recibieron una carta del señor obispo advirtiéndoles de que se podrían exponer a sanciones y que mejor que no. El partido hegemónico lo es porque, además de con los votos, cuenta desde siempre con el crédito de las sucursales y la bendición de las sacristías, y en este caso con el respaldo de los socialistas y por supuesto del PP.

Así que ahí las tienen, traficando bocadillos, algunas con los carros vacíos para despistar y otras con la preocupación en el rostro: “¿Para qué quiere la policía ficharnos? ¿Qué va a hacer el alcalde con esos datos?”.

Una mujer con un carrito de la compra es en principio una imagen de paz. Significa, por ejemplo, que la calle es segura, que el mercado está abierto, que esto no es Dallas con las redadas del ICE ni tampoco ahora San Sebastián, donde la policía te denuncia por dar un bocadillo a quien tiene hambre.

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