Las fotografías documentan. Dicen: “Esto ocurrió aquí y entonces”. Fijan, pues, un momento y lo conservan. Pero su relación con el tiempo es simple: pasado que se guarda en un cajón. La de un Messi de 21 años sosteniendo en brazos a un bebé de meses llamado Lamine Yamal es otra cosa: pliega el tiempo sobre sí mismo como se dobla una hoja de papel para que dos puntos alejados coincidan. Lo que nos descoloca de esta imagen no es el desafío estadístico de que dos de los mejores futbolistas de la historia compartan ese instante. Lo que nos descoloca es que el tiempo aparece roto. Messi sostiene en brazos a alguien que en el futuro le ganará un Mundial. Yamal ocupará el espacio simbólico que el argentino está construyendo en el momento mismo en el que acuna a su heredero. Nos conmueve hasta el tuétano la ignorancia de ambos. La del bebé, porque es un bebé. La de Messi, porque nadie puede mirarse en el espejo del futuro. En ese instante, Yamal no es todavía nadie en particular, y Messi no sabe aún que ese nadie le abrazará 20 años después, tras un partido, para darle consuelo.
La fotografía, en fin, no habla del fútbol. Habla de algo que el fútbol, en este caso, ha tenido la extraña gentileza de hacer visible: que el tiempo, más que una línea, es una superposición. Hay una palabra japonesa, ma, que designa el espacio significativo entre dos cosas. Esta fotografía es puro ma: el intervalo cargado de sentido entre un hombre que ignora lo que abraza y un bebé que ignora quién lo abraza. El fútbol, que no es dado a la lírica, produjo en esta ocasión un gran poema.
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