Tenemos delante un potencial humano y laboral extraordinario que Canarias no debería desperdiciar. Nuestras empresas de servicios necesitan trabajadores.
Sergio Ramos, 23.08.2026
Durante demasiado tiempo hemos hablado de los jóvenes inmigrantes que llegan a Canarias únicamente como un problema que debemos gestionar. Hablamos de cayucos, centros de acogida, tutela, reparto entre comunidades autónomas, fronteras, costes y legislación. Todo eso forma parte de una realidad compleja sobre la que hay que debatir. Pero creo que estamos dejando fuera una pregunta mucho más interesante para el futuro de nuestras islas: ¿y si una parte de esos jóvenes que hoy acogemos puede convertirse mañana en una parte fundamental de los trabajadores que necesitan nuestras empresas?
Quiero hablar especialmente de los jóvenes procedentes de Malí y Senegal. Los datos de la Fiscalía muestran el peso que tienen ambas nacionalidades entre los menores extranjeros no acompañados llegados a España. Según la Memoria de la Fiscalía General del Estado correspondiente a 2024, llegaron por vía marítima 5.922 menores extranjeros no acompañados: 1.190 procedían de Malí y 687 de Senegal. Además, a finales de ese año Senegal era la segunda nacionalidad más numerosa en el Registro de Menores Extranjeros No Acompañados y Malí la tercera. Son cifras suficientemente importantes como para empezar a mirar esta realidad no solo desde la emergencia, sino también desde la formación, el empleo y el futuro.
Quiero dejar claro que cuando hablo de esta oportunidad no estoy hablando de todos los países africanos ni pretendo meter todas las realidades en el mismo saco. Hablo principalmente de los chicos que están llegando de Malí y Senegal porque son los que especialmente me han llamado la atención. Muchos transmiten un enorme espíritu de lucha y superación. Son chicos que han pasado por situaciones durísimas, que han recorrido un camino que pocos seríamos capaces de recorrer y que, cuando tienen una oportunidad, muestran unas ganas enormes de aprender y trabajar. Sorprenden su carácter bondadoso y amable, su educación y esa voluntad de salir adelante. Evidentemente no todos serán iguales, porque no podemos juzgar a una persona por el país en el que nació, pero sería igualmente absurdo negar lo que estamos viendo: tenemos delante un potencial humano y laboral extraordinario que Canarias no debería desperdiciar.
Nuestras empresas de servicios necesitan trabajadores. Los necesita la hostelería, pero también el mantenimiento, la construcción, la logística, la limpieza, la jardinería y otras muchas actividades. Necesitamos camareros, ayudantes de cocina, cocineros, electricistas, fontaneros, pintores, albañiles, soldadores, mecánicos, personal de mantenimiento, jardineros, trabajadores de limpieza o mozos de almacén. No estoy diciendo que estos jóvenes tengan que quedar relegados para siempre a estos puestos. Todo lo contrario. Estoy hablando de enseñarles un oficio, permitirles empezar desde abajo, adquirir experiencia y darles la posibilidad de desarrollar una carrera profesional.
También tenemos que ser justos con nuestros propios jóvenes. Decir simplemente que 'los jóvenes canarios no quieren trabajar' sería demasiado fácil e injusto. Hay puestos en los que debemos mejorar salarios, horarios, estabilidad y condiciones laborales, y las empresas también tenemos que hacer autocrítica. Pero quien está todos los días al frente de una empresa sabe que existe otra realidad: hay determinados trabajos para los que cada vez cuesta más encontrar gente y oficios donde el relevo generacional empieza a convertirse en un problema. Mientras tenemos esa dificultad, tenemos jóvenes inmigrantes que necesitan precisamente una oportunidad. ¿Por qué no conectar ambas necesidades?
Pensemos en un chico de 16 o 17 años que ha llegado desde Malí o Senegal. En lugar de pensar solamente dónde alojarlo hasta que alcance la mayoría de edad, pensemos dónde queremos que esté cuando tenga 22 o 25 años. Puede aprender español y después electricidad, fontanería, soldadura, albañilería, jardinería, cocina, mantenimiento hotelero o logística. Puede obtener certificados profesionales y aprender junto a personas que llevan décadas trabajando en un oficio. Puede terminar convirtiéndose en un trabajador cualificado, cotizando, pagando sus impuestos, independizándose y construyendo su propia vida en Canarias.
Y aquí hay algo que debemos reconocer: el Gobierno de Canarias ya está trabajando en esta dirección. Existen programas de formación e integración sociolaboral dirigidos a menores y jóvenes inmigrantes, con enseñanza de castellano, orientación laboral, capacitación profesional e intermediación con empresas. Por tanto, no partimos de cero. Lo que necesitamos ahora es aumentar considerablemente la capacidad de lo que ya se está haciendo para que pueda llegar a muchos más jóvenes y hacerlo con mayores posibilidades de éxito.
Si funciona con cientos, intentemos que pueda funcionar con muchos más. Si una empresa está dispuesta a formar a cinco jóvenes, facilitemos que pueda hacerlo. Si un sector sabe que dentro de cinco años necesitará electricistas, fontaneros, mecánicos, cocineros o técnicos de mantenimiento, sentemos hoy a ese sector con el Gobierno de Canarias y los centros de formación. Necesitamos más plazas, más formadores, más enseñanza del idioma, más certificados profesionales, más colaboración empresarial y más acompañamiento cuando estos jóvenes alcanzan la mayoría de edad. El verdadero éxito de la acogida no puede medirse únicamente por haber proporcionado alojamiento y manutención durante unos años. También debe medirse por cuántos salen con un oficio, un empleo y capacidad para mantenerse por sí mismos.
Las empresas canarias también tenemos que dar un paso adelante. Es fácil exigir soluciones a la Administración y más difícil comprometerse. Las organizaciones empresariales podrían identificar los perfiles que necesitan sus asociados y los oficios donde existen mayores dificultades. Se podrían crear convenios por sectores, escuelas de oficios vinculadas a las necesidades reales del mercado, formación dual, cursos de español ligados a una profesión, becas para certificaciones y sistemas de mentoría con trabajadores experimentados. Incluso las empresas podrían participar desde el principio en la formación de grupos de jóvenes y, cuando cumplan los requisitos legales y profesionales, incorporarlos a sus plantillas. Instituciones y empresas tienen que ir de la mano.
Por supuesto, existe el debate sobre la inmigración irregular. Estos jóvenes han llegado en muchos casos por vías irregulares y no tiene sentido ocultarlo. España y Europa deben trabajar por una inmigración más legal, segura y ordenada. Pero una cosa no elimina la otra. La legislación española contempla mecanismos para la residencia de menores extranjeros no acompañados bajo protección de las administraciones. Mientras discutimos cómo deberían producirse las llegadas en el futuro, tenemos que decidir qué hacemos con quienes ya están aquí.
Podemos pasarnos años discutiendo cómo tendrían que haber venido y, mientras tanto, esos chicos cumplirán 18, 20 y 25 años. La pregunta es sencilla: ¿queremos que entonces sigan dependiendo del sistema o queremos que sean electricistas, cocineros, mecánicos, camareros, jardineros, fontaneros, encargados, autónomos o incluso empresarios? Si existe un camino legal hacia la formación, el empleo y la integración, hagamos que funcione.
También debemos ser responsables cuando hablamos de seguridad. No podemos convertir la nacionalidad en una presunción sobre el comportamiento de una persona. Cada joven tendrá que demostrar con sus actos quién es y qué quiere hacer con la oportunidad que reciba, y quien cometa un delito deberá responder ante la justicia, venga de donde venga. A mí me interesa mucho más otra estadística: cuántos terminan trabajando, cuántos aprenden un oficio, cuántos consiguen su primer contrato, cuántos cotizan y cuántos pasan de necesitar recursos públicos a contribuir con su trabajo a mantenerlos. Esa es la estadística que Canarias debería querer multiplicar.
Porque nos hacen falta. Nos hacen falta trabajadores cualificados, relevo generacional y personas que quieran aprender determinados oficios. Nos hacen falta para que nuestras empresas puedan seguir creciendo, ser competitivas y mantener la calidad de los servicios que prestamos. Y ellos necesitan de nosotros formación, estabilidad y oportunidades. Esto no consiste en sustituir a un trabajador canario por uno africano. Se trata de sumar, formar profesionales y cubrir necesidades reales de nuestra economía, pagándoles con las mismas reglas, exigiéndoles la misma profesionalidad y ofreciéndoles la misma dignidad que a cualquier otro trabajador.
Canarias sabe perfectamente lo que significa emigrar. Durante generaciones fueron nuestros abuelos y nuestros padres quienes hicieron una maleta y buscaron una oportunidad fuera. Quizá dentro de diez o quince años algunos de nuestros mejores oficiales, encargados, cocineros, técnicos, electricistas, mecánicos, autónomos o pequeños empresarios sean aquellos chicos que un día llegaron desde Malí o Senegal sin prácticamente nada. El Gobierno de Canarias ya ha empezado ese camino; ahora debemos darle más capacidad y recursos, y las empresas tenemos que implicarnos de verdad. Podemos seguir hablando únicamente de inmigración, cayucos y fronteras, o empezar a hablar también de formación, trabajo, integración y futuro. Porque estos jóvenes necesitan a Canarias, pero no nos equivoquemos: Canarias también los necesita a ellos.
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