domingo, 19 de abril de 2026

CAMPOS DE CASTILLA


Antonio Machado, poeta: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”
Vida, obra y exilio de un poeta que convirtió el tiempo en literatura inmortal.
Francisco A. Serrano Acosta, 15.04.2026

El 29 de abril de 2025, la Real Academia Española saldó de forma simbólica una deuda antigua con Antonio Machado al acoger un homenaje que recuperaba el discurso que preparó para su ingreso y que nunca llegó a pronunciar. No fue sólo un acto institucional ni un gesto de aniversario. Fue, también, una prueba de hasta qué punto Machado sigue regresando, incluso cuando parece que ya lo hemos convertido en mera materia de escuela o en cita para una taza.
Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino:
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.
“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar” pertenece a los ‘Proverbios y cantares’ de ‘Campos de Castilla’, y conviene recordarlo porque a menudo se la usa como una especie de frase de autoayuda antes que como lo que realmente es: un pensamiento poético sobre el tiempo y lo que se pierde a su paso. El propio poema la sitúa entre dos ideas decisivas. Antes dice que “son tus huellas el camino” y después remata con ese final inolvidable de las “estelas en la mar”. Es decir, el camino no preexiste, no está prometido... y no vuelve jamás una vez andado.

Ahí está, en realidad, una parte esencial de la obra de Machado. Nacido en Sevilla el 26 de julio de 1875, formado en la Institución Libre de Enseñanza y marcado por sus viajes a París, su primera poesía tuvo todavía una fuerte impronta simbolista y modernista, visible en ‘Soledades’ y en ‘Soledades, galerías y otros poemas’. Pero la publicación de ‘Campos de Castilla’ en 1912 señaló un viraje decisivo. La voz se hizo menos ensimismada, más terrestre, más atenta al paisaje, a la historia y a la España concreta que tenía delante.


Ese cambio no fue únicamente literario. Fue biográfico. En 1907 había obtenido la cátedra de francés en Soria y en 1911 viajó a París con una beca junto a su esposa y musa, Leonor Izquierdo. En 1912, pocos meses después de la aparición de ‘Campos de Castilla’, Leonor murió con sólo 19 años. La herida fue honda. Machado regresó a España y se instaló en Baeza, donde siguió enseñando y donde su escritura se volvió más honda y más consciente del desgaste del tiempo.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón,
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!
Una obra que piensa mientras avanza
Reducir a Machado a un poeta melancólico sería quedarse muy corto. Su obra tardía, su prosa y la invención de figuras como Juan de Mairena o Abel Martín muestran a un escritor que desconfiaba de las fórmulas cerradas, de la retórica hueca y de las verdades demasiado satisfechas de sí mismas. Incluso cuando reflexiona, Machado no pontifica: tantea. Su pensamiento avanza como sus versos, por aproximaciones, por correcciones, por intuiciones que se afinan con el tiempo. En ese sentido, la célebre frase del caminante no es sólo bonita ni memorable. Es un aviso a navegantes. Primero se vive, luego se entiende un poco, aunque nunca del todo. Y no esperes volver por donde has venido, ese camino ya desapareció según pasabas.

La biografía acabó por darle a ese verso una gravedad todavía mayor. Machado fue elegido académico de la RAE en 1927, pero nunca llegó a ocupar su silla. Durante la Guerra Civil fue evacuado de Madrid, pasó por Valencia y Rocafort, participó en publicaciones republicanas y, en 1939, cruzó los Pirineos hacia Francia. Murió poco después, el 22 de febrero de 1939, en la localidad francesa de Collioure. Pese a su pérdida, su poesía sigue abriendo caminos por los sinuosos senderos de las mentes y los corazones de los que descubren (o redescubren) los versos del sevillano.

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