Hasta hace poco, medíamos las superficies devastadas por los incendios del verano en campos de fútbol. Ha ardido un área equivalente a 20 campos de fútbol, nos decían. La catástrofe cabía aún en una operación aritmética de carácter doméstico. Las desgracias, para que no nos desborden, necesitan ser atrapadas en unidades de medida abarcables por una inteligencia emocional media. Sabemos lo que es una herida de 15 centímetros porque llevamos el centímetro metido en la cabeza como sabemos lo que son 90 metros cuadrados por el tamaño de la hipoteca que tuvimos que firmar en su día.
Pero este verano la cantidad y el tamaño de los incendios han roto el sistema métrico de la desgracia. Ahora hablan de islas. Ha ardido una superficie semejante a la extensión de Menorca, dijeron un día por la radio. Querían señalar que podría haber desaparecido la propia Menorca. Que la unidad de medida había sido devorada por aquello que pretendía medir. Ahora bien, ¿con qué patrón se mide el desconsuelo? ¿Qué unidad calcula el asombro de quien vuelve a casa y encuentra un escenario que ya no reconoce? Dos personas entran en lo que fue su vivienda de San Juan de la Nava (Ávila). Caminan despacio, como si temieran molestar a las cenizas. En realidad, no acceden a una casa, sino al negativo de una casa, quizá al negativo de sus vidas. El fuego, además de acabar con las fotografías o los armarios, ha consumido las rutinas. Ninguna unidad de medida alcanza a transmitirnos la idea de cuánta superficie psíquica se abrasa cuando arden las sábanas de una cama de matrimonio.
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