sábado, 15 de agosto de 2026

DIES SATURNI

Continúo subiendo, o igual desciendo, por mi escalera de Jacob particular, como si de un mal de ojo se tratara, después del diagnóstico de una anemia galopante, la cual va remitiendo según dice la primera analítica tras un mes de ingesta férrica, seguido por la rotura de una muela que me ha hecho acudir a este moderno centro de torturas llamado clínica dental y, desde ayer, la sordera del oído derecho, que no sabré cómo termina hasta que me vean el jueves próximo, después de haber cumplido como un niño bueno el tratamiento en forma de gotas, dos veces al día. La edad, ya se sabe, te recuerda cada día que nada de estar demasiado feliz, si acaso una pincelada.
Así, con las gotas asentadas en la caverna auditiva, desayunado -hoy rico rico: tostada con salsa tzatziki, un toque de mermelada de albaricoque (no tengo en casa de maracuyá, una pena) y taquitos de salmón ahumado-, empiezo el día leyendo un capítulo de "Aire de familia", de Alessandro Piperno, a la que estoy enganchado, y que me ha devuelto a los últimos dos años de mi trabajo donde las relaciones personales fueron realmente tóxicas, veneno puro, un antes y un después, un ejemplo de punto de inflexión profesional y, desgraciadamente también personal por aquello del mobbing. El protagonista de la historia, un prestigioso escritor y catedrático de literatura comparada se enfrenta, nada más comenzar la novela, a una profesora feminista recalcitrante que le hace la vida imposible después de que éste, por inercia o costumbre o simple educación aprehendida, la dejase pasar ante el umbral de su despacho universitario y, con los años, atreverse a leer ante sus alumnos unas cartas de Flaubert donde expresaba unas ideas algo misóginas. Estos hechos sirven para que comencemos a conocer a los protagonistas, diseminados y con un rol que cada uno irá colocando en un lugar según lo entienda, lo asuma, lo desee. He aquí una de las maravillas de la buena literatura, que te conmueve, te hace pensar, te crea pequeños cortocircuitos que obligan a pensar en algo concreto, que te llevan de viaje por lugares que creías olvidados o donde, incluso, no has estado nunca.
Si del amor al odio hay un pequeño trecho, descartado el amor, y sin querer llegar al odio porque éste absorbe demasiada energía cual agujero negro, viviendo en lugares diferentes y con pocas posibilidades de cruzarme con estos íncubos del pasado, liderados por una gorgona con ínfulas, una leguleya de catálogo y un siniestro ídem, agradezco a la vida que nos haya alejado suficientemente además de proporcionarme la capacidad, ya no de volar, pero sí  de hacerlos/as desaparecer como Houdine podía.
Salgo un momento en pos de un ramo de anturios para regalar y me encuentro con mi floristería de referencia cerrada: agosto, ya se sabe. Paso al plan B.

Danza Invisible, *Sin aliento.

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