sábado, 8 de agosto de 2026

UNA CRÓNICA PARISINA


París es una belleza, no hay duda alguna. París en agosto es un horror, también. Por segundo año consecutivo nos plantamos en París para visitar la Fundación Louis Vuitton y su magnífica exposición de este año. Si el anterior tuvimos la suerte de ver la retrospectiva de David Hockney, unos meses antes del fallecimiento del pintor, este año visitamos la también maravillosa exposición de Alexander Calder. Si te gusta la obra de Calder poco debo decir para alabar lo que vimos en el edificio de Frank Gehry, desde pintura del propio Calder y de coetáneos suyos, escultura, sus famosísimos móviles, figuras circenses, obras de gran formato, fotografías, traje, joyería... Y gente, mucha gente. Pero con gente y todo la visita valió la pena, grandiosa. Si no te gusta Calder, ahora cambiarás de opinión, te lo aseguro.

Hacía calor en la ciudad, aunque el viaje duraba sólo 4 días, visto y no visto, teníamos apuntado un programa completo del que, muy a nuestro pesar, se descolgaron los nenúfares de Monet en el Musée de l'Orangerie; uno aprende así, no es suficiente ir con la entrada comprada (esto es absolutamente imprescindible ya para ver cualquier cosa), es necesario acordar —previo pago, por supuesto— la hora de la visita. Nosotros, tras un largo pateo desde el hotel hasta el museo, atravesando los jardines de Las Tullerías à plein soleil pero sin Alain Delon, llegamos con nuestras flamantes entradas para encontrarnos dos filas, una corta y otra larguísima: la corta, entradas con hora; la larguísima, sin hora. Más de una hora y media anunciaba un cartel cuando ibas a colocarte en la cola. Nada, nos sentamos un rato a ver a la gente pasar y nos fuimos a la Pinault Collection para la siguiente exposición.

Cuatro días de caminatas, exposiciones, maravillosa arquitectura, iglesias, paseo en bateaux mouches por el Sena, subida en globo y la última visita programada: la Ópera Garnier. Esta requiere un párrafo solo para ella. Añadiré otra frase más a las dos del principio: la visita al edificio, como así el aburrido cambio de guardia de Buckingham Palace (no así el de Atenas, que es una joya), es completamente prescindible. Diría más, me pareció un timo. Después de ver la Filarmónica de Berlín o los edificios de sendas Óperas en Oslo y Sídney, con visitas programadas, grupos reducidos, paseos ordenados, etc., te encuentras con un tremendo caos, gente aquí y allá, selfies vayas a donde vayas, todo Japón posando en escaleras, balcones y cualquier hueco que puedas encontrar y dos minúsculos palcos por los que observar el patio de butacas cuando la modelo de turno te permite asomar la cabeza. Terrible, no tengo palabras. Claro que del edificio en sí no tengo críticas, una pasada del neobarroquismo, del lujo, un canto al mármol y al oropel. La guinda del viaje resultó estar incomestible.

Haciendo un resumen rápido porque prefiero que las fotos hablen por sí mismas, las largas caminatas fueron entrelazando los lugares al aire libre, jardines y parques, avenidas y edificios. Cronológicamente este viaje de verano ha dado de sí esto:

  • Llegada a Orly y de allí al hotel. Este, cerca de la Ópera, una monada, pequeño, acogedor, con una habitación suficiente aunque con un aparato de aire acondicionado demasiado ruidoso para tenerlo encendido por la noche. Una recepción que parecía sacada de una revista, desayuno parco a la par que suficiente y la localización, lo mejor, a una calle del que escogimos el agosto pasado.

  • Subida al Arco de Triunfo. Ascensor averiado, escaleras interminables. Preciosas vistas, calor y cielo despejado.

  • Paseo por el Sena en bateaux mouches, dentro. Arriba se hacía imposible si no querías sentirte cual huevo frito.

  • Exposición de Alexander Calder en la Louis Vuitton Foundation. Un 10. Al salir, disfrutando de una Coca-Cola Zero al borde helada, me paré un rato como un bobo a ver un cortacésped automático que iba y venía delante de dos esculturas gigantes del exterior. Junto a su obra disfrutamos también de Kandinsky, Picasso, Miró, Mondrian y algunos coetáneos más. «Calder. Rêver en équilibre» reúne cerca de 300 obras, entre las que se encuentra el legendario Cirque Calder, que se presenta en París por primera vez en más de quince años.

  • Sainte-Chapelle. Alucinante. Considerada una de las obras cumbre del periodo radiante de la arquitectura gótica, construida para albergar las reliquias adquiridas por el rey San Luis de Francia, entre las que destaca la corona de espinas. Gracias a las innovaciones del sistema constructivo gótico, prácticamente carece de paredes, existiendo en su lugar multitud de vanos que filtran la luz a través de las vidrieras policromadas.

  • Iglesia de Saint-Eustache, gótica con toques renacentistas, donde pudimos ver la última obra de Keith Haring, un tríptico de bronce bañado en oro blanco y que se encuentra en una de las capillas laterales del templo.

  • Un rato de relax frente a la fuente del Centro Pompidou, cerrado por reformas y con el andamio, en su fachada, más grande que he visto nunca. La fuente, remozada pero con sus figuras originales, me retrotrajo al "viaje", nuestro querido Interrail de nuestra lozana juventud.

  • Visita a la catedral de Notre Dame, aún en obras.

  • Subida en globo (Ballon Generali) desde el Parque André Citroën. Esta actividad nos costó: logramos realizarla el tercer día; los dos anteriores el globo no despegó por viento. Una experiencia divertida y diferente, otra forma de ver París desde el cielo sin necesidad de subir a la Torre Eiffel.

  • Jardin des Tuileries.

  • Exposición «Nube #07156» por Fujiko Nakaya en la Bourse de Commerce, Pinault Collection. Esta escultura de niebla adopta la forma de una densa nube blanca de vapor de agua que dialoga con la arquitectura de Tadao Ando. Bajo la cúpula del tragaluz de la Rotonda, la artista presenta una de sus esculturas de niebla, moldeada por los cambios en el aire y el movimiento de los visitantes.

  • Visita a la Ópera Garnier: arquitectura 10, gente 0. Vuelta a casa.

Entre las tiendas y escaparates descubrimos una óptica con unas gafas preciosas por el módico precio de algo menos de 800 €. Allí se quedaron. También nos paramos a ver los precios de varios apartamentos que anunciaba una inmobiliaria. Tal cual: 28,01 m² → 348 500 €; 25,0 m² → 275 000 €; 37,00 m² → 495 000 €. París, por ahora, no está en nuestra lista de ciudades para mudarnos a corto plazo, por muy bonita que sea. Para comer, mucho vietnamita, japonés y asiático en general, un restaurante con comida de los Balcanes y un italiano rico, rico.

Y como una imagen vale más que mil palabras...

El hotelito, Korner Opera.


Subida al Arco de Triunfo.







Paseo por el Sena en bateaux mouches.










Alexander Calder en la LV Foundation.




















































































Sainte-Chapelle.













Iglesia de Saint-Eustache.























Centro Pompidou.




Catedral de Notre Dame.


















Ballon, Parque André Citroën.



















Paseos.


































































France Gall, *Il jouait du piano debout.

Jardín de las Tullerías.










Pinault Collection, F
ujiko Nakaya









Ópera Garnier.














Por último, porque la ocasión lo merece, veamos un esbozo de la apasionante vida creativa de Alexander Calder (1898–1976), uno de los escultores más influyentes del siglo XX, célebre por redefinir la escultura al introducir el movimiento y el dinamismo en la materia. Es el creador de los «móviles» (mobiles), esculturas cinéticas compuestas por formas abstractas suspendidas en el aire que se mueven con las corrientes de viento.

1. Formación e Inicios (1898–1926)
Origen artístico e ingeniería: Nació en Lawnton, Pensilvania, en una familia de artistas (su padre y abuelo eran escultores tradicionales y su madre, pintora).
Ingeniería mecánica: Antes de dedicarse al arte, se graduó en Ingeniería Mecánica en el Stevens Institute of Technology en 1919. Esta formación técnica fue decisiva para el desarrollo de sus estructuras equilibradas y pesos de suspensión.
Salto al arte: En 1923 ingresó en la Art Students League de Nueva York, trabajando paralelamente como ilustrador.

2. La Etapa de París y el Cirque Calder (1926–1930s)
En 1926 se trasladó a París, centro neurálgico de la vanguardia artística.
El Circo Calder: Creó el famoso Cirque Calder, un circo en miniatura elaborado con alambre, hilo, tela y objetos encontrados que él mismo manipulaba en actuaciones en vivo para la comunidad artística parisina.
Conexión con las vanguardias: Entabló amistad con figuras clave como Joan Miró, Piet Mondrian, Fernand Léger y Marcel Duchamp.
Punto de inflexión: Tras visitar el estudio de Mondrian en 1930 y ver sus planos rectangulares de color primario, Calder decidió volcarse por completo en la abstracción tridimensional.

3. Invención de los Móviles y Stabiles
Móviles (Mobiles): En 1931, Marcel Duchamp acuñó el término mobile para describir las esculturas cinéticas de Calder. Inicialmente usaban pequeños motores, pero Calder pronto prefirió que se movieran de forma natural por la acción del viento y el equilibrio físico.
Estábiles (Stabiles): En respuesta, el poeta Jean Arp propuso el término stabile para referirse a sus esculturas abstractas fijas y estáticas.

4. Escultura Monumental y Legado Publico (1950s–1976)
A partir de los años 50, concentró gran parte de su trabajo en esculturas monumentales al aire libre hechas de planchas de acero remachadas y pintadas en colores intensos (predominando el rojo "Calder", el negro y Colores primarios).
Realizó encargos para espacios públicos de todo el mundo: la sede de la UNESCO en París, la Ciudad Universitaria de Caracas, el aeropuerto JFK de Nueva York y plazas urbanas en Chicago, Montreal y la Ciudad de México.

Falleció en Nueva York el 11 de noviembre de 1976, poco después de la inauguración de una gran retrospectiva de su obra en el Whitney Museum.

Por último, es interesante la relación entre Calder y Joan Miró, una de las amistades artísticas más sólidas, duraderas y fértiles del siglo XX. Se conocieron en París a finales de 1928 y mantuvieron un vínculo muy estrecho durante casi cinco décadas, hasta la muerte de Calder en 1976.

1. El encuentro y la química inmediata
París, 1928: Calder visitó el estudio de Miró en la Galerie Lévis. Aunque Calder no hablaba español y el francés de ambos era limitado, la química personal y la afinidad estética fueron instantáneas.
Personalidades complementarias: Calder era extrovertido, jovial, pragmático y de gran corpulencia física; Miró era reservado, metódico, poético y de voz pausada. Sin embargo, compartían un sentido lúdico de la existencia y un rechazo por el academicismo tradicional.

2. Puntos de encuentro artísticos
El vocabulario de las formas: Ambos desarrollaron un lenguaje visual biomecánico y abstracto compuesto por formas orgánicas, líneas suspendidas, planos suspendidos en el espacio y el uso de colores primarios (rojo, azul, amarillo) combinados con el negro.
Gravedad y ligereza: Mientras Miró pintaba "constelaciones" y formas flotantes en el lienzo, Calder llevó esas mismas líneas y volúmenes al espacio tridimensional a través del alambre y el metal. Decían a menudo que las esculturas de Calder parecían pinturas de Miró cobrando vida en el aire.
El gusto por lo cotidiano y lo lúdico: Ambos sentían una enorme fascinación por los materiales humildes, los juguetes, el circo y los objetos encontrados.

3. Colaboraciones y apoyo mutuo
El Pabellón de la República Española (París, 1937): Durante la Guerra Civil Española, ambos mostraron su compromiso político al participar en el pabellón republicano de la Exposición Internacional de París. Miró pintó su célebre mural El segador (hoy desaparecido) y Calder creó la icónica Fuente de mercurio (Mercury Fountain), situada justo frente al Guernica de Picasso. Calder fue uno de los poquísimos artistas no españoles invitados a colaborar en el pabellón.
Intercambio constante: A lo largo de sus vidas intercambiaron cartas, visitas entre sus talleres (en Roxbury, Connecticut, y Palma de Mallorca) y numerosas obras dedicadas el uno al otro.
Exposiciones compartidas: Con frecuencia expusieron juntos en galerías de Nueva York y Europa, mostrando cómo el surrealismo poético de Miró y el arte cinético de Calder dialogaban sin competir.

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