Reyerta cayetana en Marbella
La sangre caliente, como el eclipse, es un gran igualador social, sobre todo en España.
Raquel Peláez, 15.08.2026
Anda circulando por ahí un vídeo impagable de una pelea entre jovencísimos cayetanos a la salida de la muy selecta cantera de Nagüeles, el paraje donde cada verano se reúne la juventud acaudalada y fina de la Costa del Sol a hacer networking con copas premium. Es de madrugada y, pese a la oscuridad, se intuye que están todos más morenos que Julio Iglesias en los años ochenta. Llevan ropajes que permiten etiquetarles como pijos redomados, aunque en ningún caso una guayabera de lino blanco, un polo de piqué celeste, unos pantalones chinos caqui o unas alpargatas color pistacho garanticen que el portador de tales prendas goce de una cuenta corriente saneada. Los clichés son como un piso Airbnb en el centro de Madrid o Barcelona: terriblemente injustos pero cómodos y económicos. ¿A que solo con estas pinceladas ya se han hecho cargo del percal?
Independientemente de su verdadera posición social, me apostaría algún miembro vital a que si les preguntásemos que opinan del actual presidente del Gobierno no escucharíamos palabras dulces. Es más, por las pintas se parecen mucho a los que protagonizaron en su día las algaradas de Ferraz y, aunque no está claro el motivo de la tangana, resultaría más raro enterarse de que la yesca prendió por un debate sobre el salario mínimo interprofesional que corroborar que simplemente estaban putodefendiendo España. Hay algo reconfortante en ver a gente con pinta de saber pelar manzanas sin usar las manos e ir a colegios donde la matrícula cuesta más que la entrada de un bólido comportarse como bandoleros de un episodio de Curro Jiménez. La sangre caliente, como el eclipse solar, es un gran igualador social. Sobre todo en España, donde tenemos una larga tradición de condes tatuados (don Juan de Borbón tenía los brazos como un bucanero) y nobles navajeros (cómo olvidar aquel episodio de violencia callejera en el que fue pillado Felipe Juan Froilán de Todos los Santos).
En este caso llama la atención el particular estilo de lucha de los pegones starliteros, porque no se observan patadas voladoras indómitas al estilo Cantona, tan adecuadas a los niveles de testosterona de la gente de su edad, sino saltos de púgil que traen a la cabeza al mismísimo Topuria, un campeón que, a petición de Ayuso, ha hecho campaña contra las drogas (y esto último lo saco a relucir por lo que sea). La impronta de la velada de Ibai Llanos es clara en esta juventud prometedora que, tal y como reclamaba Salvador Sostres la pasada semana en una incendiaria columna, no se ilusiona con cortinas de humo plebeyas porque tiene algo por lo que pelear. Yo voy a ponerme otra vez el vídeo. Este verano me agarro a los buenos momentos como una garrapata al pelo de un golden retriever.
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