Me comentaba el otro día en Tenerife un amigo moderno, con el que tomé café a media mañana, que los tatuajes ya no estaban de moda, que me fijara bien. Claro está que él no vive en Vecindario, que debe ser la cuna del tatoo como lo fue Venecia del Renacimiento.
Como suelo ir solo al supermercado y no tengo a nadie con quién hablar, además de ser una persona observadora, entre producto y producto no tengo otra cosa que hacer que mirar a la gente. Hace un rato, en mi enésima incursión mercadoniana -luego les cuento mi teoría sobre este súper-, fui echando un ojo y contando mentalmente la cantidad de personas tatuadas con las que me cruzaba y qué tipo de dibujos portaban en sus cuerpos serranos: desde la cabeza, cara, cuello, brazos y antebrazos, piernas hasta los pies. ¿Dónde han quedado los pequeños tatuajes? ¡A saber! Ahora se llevan las historias completas, las novelas gráficas, los Tâ mokos maoríes que cubren enteras las extremidades. ¡Qué bellos recuerdos de aquellos "amor de madre"!
Yo, en medio de tal exposición museística de cuerpos y tintas, me sentía como un bicho raro y seguro que ellos lo pensaban también. En fin...
Volviendo a Mercadona, ¿no han pensado nunca que algo debe ocurrir en esos supermercados cuando, vayas a la hora que vayas siempre hay gente? Incluso, entrando cinco minutos después de abrir ya hay gente con los carros llenos hasta arriba en la cola de las cajas. Después de muchas averiguaciones creo haber llegado a una respuesta a mis dudas: en Mercadona viven unos seres humanos que son como los Fraggles, siempre están allí, detrás de las paredes, y salen cuando no nos damos cuenta.

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