La verdadera defensa de los niños, nacidos y por nacer, no vendrá de una derecha oportunista sino de lugares ahora insospechados.
Aana Iris Simón, 11.07.2026
Isabel Díaz Ayuso tiene un talento indiscutible: lanzar anzuelos. Es como una pescadora que va al río de buena mañana con distintos engodos —que si un discurso, que si una declaración incendiaria, que si un apodo faltón para el presidente del Gobierno— y regresa siempre a casa con la cesta cargada de merluzos.
En esta ocasión, el señuelo no han sido unas palabras sino una ley: la del concebido no nacido. Una medida anunciada a bombo y platillo como la propuesta natalista y provida definitiva, pero que se resume en poder pedir algunas ayudas en las que influye el número de miembros de la unidad familiar antes del nacimiento del bebé en gestación. Una propuesta útil pero con muy poco alcance para las familias, que lo que necesitan no son migajas sino escuelas infantiles públicas suficientes, viviendas dignas cuyo precio no se coma los salarios, estabilidad laboral y una legislación que proteja su derecho a criar y cuidar.
El caso es que Ayuso ha vuelto a casa con el cestillo lleno de peces gracias a un sencillo trile: llamar a este paquete de medidas puramente administrativas “ley del concebido no nacido” en lugar de, por ejemplo, “plan de ayuda familiar”. Así, por una razón lingüística más que jurídica, una propuesta testimonial y que lleva aplicándose más de una década en Galicia de manera similar está siendo debatida como una gran amenaza para la legislación vigente sobre el aborto. Y, en las próximas elecciones, algún simpatizante de Vox o algún provida despistado votará a Ayuso; no por la ley del concebido no nacido, sino por lo que dicen de ella sus detractores.
Pero la postura del PP sobre el aborto es la más perversa de todo el espectro político. Al contrario que la mayoría de sus defensores, que afirman que un ser humano empieza a ser tal en el plazo que dice la ley vigente en nuestro país —que difiere con la de otros— ellos sostienen que “el concebido es persona desde el primer minuto”, en palabras de Ayuso. A su vez, defienden el aborto “como un derecho de la mujer”, en boca de Alberto Núñez Feijóo. Todo ello sin ningún dilema ético, sin reparar en que reconocer que hay vida desde la concepción y defender como un derecho acabar con ella implica legalizar y proteger el asesinato, siempre que se realice dentro del vientre materno y en nombre de la libertad.
Por eso yerra la izquierda al llevarse las manos a la cabeza por esta medida tibia de nombre rimbombante. Como yerra al pensar que el del aborto es un debate cerrado; eso solo lo cree quien no ha vivido en primera o segunda persona uno, quien no ha sido testigo de las dudas y pesares de quien aborta. Como yerra al creer que las posturas críticas con el aborto vendrán de la mano de una derecha que ha purgado a todo aquel que ha dado un paso adelante en la defensa de la vida: Ruiz-Gallardón en el PP, García-Gallardo en Vox.
Pueden llamarme loca, probablemente esté de acuerdo con ustedes. Pero apuesto a que la defensa de la vida vendrá en el futuro, no sé si cercano o lejano, no sé si también o sobre todo, de lugares ahora insospechados. De un feminismo abolicionista del aborto que tome el testigo de Clara Campoamor en defensa del no nacido y de la mujer que lo lleva en el vientre. De un humanismo que, en la línea de Delibes, Pasolini o Nat Hentoff, defienda a quienes aún no han nacido como defiende a otros sin voz. La defensa de la vida no vendrá de las mentiras de nuestros políticos, sino de la verdad de algunos corazones. Y para sostenerla no harán falta triles ni anzuelos.

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